Hablar de esclavismo supone evocar lejanos periodos de la historia donde los seres humanos servían como simple mercancía y propiedad de otras personas más ricas y poderosas, que mediante una simple transacción compraban, como si de un mueble se tratara, la vida del esclavo. El esclavismo puede recordar a la antigua Grecia, Roma, a los otomanos y a otros tantos pueblos que se sirvieron del sometimiento de la población para crear un eficaz sistema socioeconómico con fecha de caducidad. Porque los sistemas esclavistas, con sus propias contradicciones y límites, acaban cayendo, más fuertemente cuando sobre ellos se asientan grandes imperios.

Sin embargo, algo que nos parece viejo y obsoleto, que ataca profundamente la moral y ética humana, gozó hasta no mucho de una importante vigencia en uno de los países que ahora se postula como vigilante del nuevo orden mundial: los Estados Unidos de América. En un periodo donde Europa se desligaba de esa vieja institución debido a la progresiva consolidación del sistema capitalista y de la revolución industrial, en una parte de Norteamérica se reafirmaba el comercio de personas negras, sin más derechos que los que podría tener un objeto, una simple propiedad del esclavista que, amparado por la Constitución de 1787, defendía su derecho a tener esclavos. Las ventajas que ofrecía el uso de mano de obra barata motivaron al sur de los Estados Unidos a consolidar ese sistema hasta que, tras la Guerra de Secesión de 1861-1865, se vino abajo por la derrota de la Confederación frente a la Unión.

Sobre Estados Unidos tenemos una batería de artículos, puedes leer sobre sus orígenes aquí, aquí y aquí. También sobre si la independencia fue una auténtica revolución.

ORÍGENES DEL ESCLAVISMO

El sistema esclavista estadounidense hunde sus orígenes en la colonización británica de los territorios al norte del río Grande. España y Portugal, principales potencias del siglo XVI, se habían asentado fundamentalmente al sur de este, donde se pensaba que la existencia de oro era más abundante. Gran Bretaña, deseoso de colonizar espacios alejados de los dos principales imperios coloniales, decidió asentarse en las costas de Norteamérica, donde la presencia española y portuguesa era mínima. La creación de las llamadas trece colonias correspondía a un interés estratégico de comercio mutuo con la metrópoli: estos territorios exportarían materias primas baratas a la industria inglesa, que fabricaría productos y los devolvería listos para vender a sus colonias y a otros territorios, obteniendo así grandes ganancias económicas.

Las trece colonias iniciales fueron Virginia, Maryland, Nueva Inglaterra, Plymouth, Massachusetts, Rhode Island, New Hampshire, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Georgia, Connecticut, y Carolina. De ellas, fue Virginia una de las más destacables gracias a la introducción del cultivo del tabaco, pues los colonizadores se dieron pronto cuenta de la imposibilidad de sobrevivir buscando oro en una región donde no era abundante. Y al igual que en Virginia, en otros muchos territorios colonizados tuvo que desarrollarse la agricultura y dejarse de lado la extracción de minerales, dado el poco beneficio que esta suponía. Maldwyn A. Jones destaca el hecho de que las colonias pudieron sobrevivir gracias a las ayudas de las compañías inglesas, primero, y de la corona británica, después. Estas ayudas se materializaron en suministros y refuerzos, pero también con el ofrecimiento de tierras para cultivar, tal como se hizo desde 1618, cuando se creó un sistema de concesión de tierras para otorgar 20 hectáreas de tierra “a cada persona que importara a un poblador o sirviente a la colonia” (Jones, 1996: 13).

Por tanto, la participación de la corona inglesa fue fundamental para el desarrollo de las colonias y su posterior consolidación. Progresivamente fueron alcanzando grandes cuotas de poder en su condición de exportadoras de materias primas, hasta que la Guerra de Independencia (1775-1783) desembocó en la creación de los Estados Unidos de América a partir de las trece colonias. Es desde este momento cuando el nuevo país realizó una transición económica que no se basó exclusivamente en la recolección de materias primas, sino también en la implantación de una potente industria de transformación de los recursos obtenidos. El norte, con un clima frío y tierras de peor calidad, inició una continua industrialización que se extenderá durante todo el siglo XIX; el sur, debido a un clima benigno, con temperaturas parecidas a las mediterráneas, se centró en la agricultura y en el sector primario. Se observa aquí el preámbulo del sistema esclavista, nacido ya en el siglo XVII pero con un crecimiento poco notable hasta finales del siglo XVIII.

El esclavismo tuvo en Estados Unidos un desarrollo muy acusado debido a las necesidades económicas de los nuevos estados miembros. La guerra contra los británicos, las malas cosechas, el proteccionismo económico de la metrópoli inglesa y el ataque de las tribus nativas mermaron enormemente la mano de obra disponible para trabajar el campo y la protoindustria. Porque hay que recordar que en los territorios ocupados se asentaban tribus que, lejos de asimilarse a los colonizadores, se enfrentaban a ellos en una lucha por la defensa de lo que consideraban su hogar. Esas carencias obligaron a las colonias a importar esclavos de África, continente del que llevaban siglos extrayendo esclavos los europeos y que se convertiría en clave para la obtención de mano de obra barata y eficiente para los campos sudistas.

El sistema esclavista en Estados Unidos. Tabla nº 1.
Incremento del número de esclavos en Virginia entre 1625 y 1775. Fuente: Sam Houston State University

Desde el siglo XVII comenzaron a exportarse esclavos en grandes cantidades. Los datos reflejan un rápido aumento de este fenómeno: en 1625 Virginia, uno de los principales estados esclavistas, contaba con 23 esclavos. Apenas cien años después esa cifra se había elevado a 26.559 esclavos negros (History). Como se puede observar en la tabla nº 1, el crecimiento económico de Estados Unidos fue parejo a una intensificación de la importación de esclavos. Cultivos como el tabaco, el maíz y el trigo, realizados de manera extensiva, requerían de una abundante cantidad de población que trabajase los campos. Debido a ello, el comercio de esclavos gozaría de salud durante los siglos XVII y XVIII. El historiador Howard Zinn calificaba la movilización de esclavos desde África a Estados Unidos como “marchas de la muerte”: la población africana era transportada desde todas las partes del continente hasta la costa, donde tras una dura travesía en las que podían morir hasta dos de cada cinco personas eran embarcados y amontonados en los llamados barcos negreros, donde solamente disponían de cubículos de 80 centímetros de ancho por 120 de largo para tumbarse. Los esclavos eran encadenados en las bodegas y las condiciones de salubridad eran penosas, pues no tenían más sitio para expulsar sus excrementos que el propio suelo. Los suicidios eran habituales y las muertes numerosas, pues las bodegas solían inundarse y ahogaban a los esclavos amarrados (1999: 32).

El sistema esclavista en Estados Unidos: condiciones de viaje de los esclavos
Ilustración de las condiciones de viaje de los esclavos africanos. Fuente: www.history.com

Pese a eso, los beneficios eran astronómicos. Javier Maestro señala que la ruta de esclavos transoceánica “llevó a tierras americanas alrededor de quince millones de negros en condiciones tan infrahumanas que se calcula que el 20% ya moría en una travesía de unos dos meses de duración por enfermedad, hambre, suicidio o severos castigos por rebelión” (2009: 55). Los medios no importaban si el resultado era positivo. La dominación de los imperios africanos supuso una fuente casi ilimitada de mano de obra. Muy al contrario que las tribus nativas de Norteamérica, que ofrecían una fuerte resistencia debido a la alta organización de sus líderes y una intensa identidad cultural, los esclavos negros eran traídos desde distintas partes del continente, con lenguas distintas que imposibilitaban la comunicación entre ellos. Si a ello se suma su traslado a un nuevo país desconocido se obtiene una fácil subyugación al hombre blanco. Y es que desde las primeras importaciones de esclavos en 1637 comenzó a elaborarse todo un sistema de sometimiento de la población negra. Un corpus legislativo, unido a las distintas prácticas socioculturales fue mermando la capacidad de organización de los esclavos hasta reducirlos a simples objetos propiedad de los colonos.

 

LA INSTITUCIONALIZACIÓN Y CONSOLIDACIÓN DEL ESCLAVISMO

Las primeras leyes sobre esclavitud datan de finales del siglo XVII. Las Leyes de esclavitud de Virginia en la década de 1660 suponen la gestación de un sistema legal que se desarrollará en los próximos años. En uno de los textos de estas leyes, fechada en 1662, se establece que los hijos nacidos tendrán la consideración que tenga la madre y que, además, se deberá pagar una multa si un cristiano fornica con un negro (Sam Houston State University, 2009). Lo que se está haciendo es atar a las futuras generaciones de esclavos, pues se impide la mezcla étnica y, además, se destina a los hijos a ser esclavos para el resto de sus días. Al contrario que hicieron otros colonizadores como los españoles, que se juntaron con los pueblos conquistados, los colonos de las trece colonias, y posteriormente estadounidenses, destacarán por mezclarse solo entre ellos.

Las Constituciones Fundamentales de John Locke y Anthony Ashley Cooper del 1 de marzo de 1669 proporcionan una base jurídica más sólida con la que justificar el esclavismo. Ya en la introducción (Yale Law School, 2008) se definen los siguientes objetivos: asegurar el buen desarrollo del gobierno, defender los intereses del rey, evitar la creación de una democracia numerosa y asegurar y perpetuar lo establecido entre las élites para posibilitar un sistema hereditario del poder. En realidad, se estaba asentando la legislación necesaria para ordenar la estructura social colonial, consolidar una aristocracia hereditaria e introducir el concepto de esclavitud.

Más adelante, en el apartado ciento siete, los autores refieren al concepto de derecho natural como legitimación de la dominación sobre la población negra. Al final del párrafo se especifica “pero ningún esclavo estará exento de ese dominio civil que tiene su dueño sobre él, y será en todas las cosas en el mismo estado y condición que estuviera antes”. Es decir, que el esclavo queda reducido a simple mercancía, propiedad del dueño. Esta idea se consolida tres apartados después cuando se afirma que “cualquier hombre libre de Carolina puede tener absoluto poder y autoridad sobre sus esclavos negros, [y] de las opiniones y religiones cuales tenga”. Se observa, por tanto, que las Constituciones Fundamentales suponen la legalización de la esclavitud y el inicio de una nueva era en las todavía colonias británicas.

La legalización de la esclavitud supuso un incremento notable del tráfico de esclavos. En apenas veinte años ―entre 1680 y 1700― la cifra se había incrementado de 3000 esclavos a 16390, lo que poco a poco comenzó a representar un problema para los amos blancos, principalmente porque el temor a una revolución social rondaba siempre sus cabezas. Las guerras coloniales que azotaron Norteamérica durante los siglos XVII y XVIII no hicieron sino intensificar ese miedo. Por eso mismo se originó un complejo sistema de sometimiento de la población negra que consistía en una continua tortura psicológica del esclavo (Aptheker, 1978: 58): se le hacía perder su identidad cultural mediante la dispersión familiar, de modo que el esclavo se encontraba solo en un país desconocido, en numerosas ocasiones con otros esclavos que ni siquiera hablaban su propio idioma. Con el paso de los años se favoreció la proliferación de familias negras, de manera que todos quedarán atados y se evitaran intentos de fuga. Se destruía su individualidad y se le hacía pensar que su lugar estaba junto a su amo, pues era una mera herramienta carente de alma, con más parecido a un animal que a otro ser humano. Entra aquí en juego la religión, elemento que resultó indispensable para el esclavismo Norteamericano.

El sistema esclavista en Estados Unidos. Familia de esclavos.
Grupo de esclavos en una plantación de Carolina del Sur, 1862. Fuente: http://www.dailymail.co.uk/news/article-5106967/Haunting-photographs-reveal-American-slave-auctions.html

Los clérigos hicieron creer a los esclavos que la posibilidad de salvación radicaba en trabajar para sus amos y que de no hacerlo arderían en el infierno. Además, se justificaban las malas acciones de los esclavistas, pues si los esclavos eran maltratados se debía a que habían actuado mal en el pasado y, por ende, merecían una corrección en el presente. En el caso de que los amos se equivocaran, los clérigos, cínicamente, lo justificaban diciendo que Dios se encargaría de dar su justo castigo a aquel hombre que provocara daño injustamente. Sin duda, el propósito era inculcar la mansedumbre y la docilidad entre los esclavos (1978: 60). Se cambiaban de esta forma las estructuras mentales de los esclavos, quienes no tenían más remedio que acatar las órdenes como un niño castigado. Ese fuerte desarrollo del paternalismo amo-esclavo ayudó a anular por completo la capacidad de contestación de este grupo social, que fue subyugándose cada vez más con el paso de los años.

Como se puede apreciar, el mundo religioso fue ligado íntimamente al esclavismo. Por una parte era utilizado por los esclavistas con el objetivo de evitar sediciones y mantener a sus esclavos bajo control, mientras que, por otro lado, sirvió de anestesia para millones de personas obligadas a pasar el resto de sus días bajo las órdenes de un desconocido. Los propios esclavos, en un intento de alejarse de su deplorable jornada, se reunían varias veces a la semana después de trabajar para rezar. Esta práctica duró poco, pues los esclavistas se dieron cuenta de que existía la posibilidad del surgimiento de sectas que contrariaran al cristianismo y que podrían provocar una rebelión social.

En todo caso, cabe distinguir que la religión no sirvió exclusivamente como una evasión del día a día de estos esclavos o como un medio de legitimación de los esclavistas. Existió, y ha de hacerse énfasis en ello, un movimiento religioso que abogaba por la libertad de los esclavos negros con la Biblia en la mano. Dentro de él se distingue a los cuáqueros, que desde 1688 venían denunciando el esclavismo a través de la Religious Society of Friends (Sociedad Religiosa de Amigos) (Maestro, 2009: 57) y que defendían que la revelación divina pudiera darse a cualquier ser humano y que, por tanto, todos pueden sentir a Dios, pues en esos momentos la gente negra tenía prohibido leer la Biblia. Como es de esperar, este grupo religioso recibió numerosísimas críticas y detractores, fundamentalmente en el sur, que veían en el antiesclavismo una amenaza a su forma de vida. Incluso en 1796 el jurado del condado de Cowan, en el nordeste de Carolina del Norte, advertía y denunciaba del peligro que suponían los cuáqueros, pues apoyaban la insubordinación de los negros, protegían a los fugitivos y realizaban prácticas subversivas como los incendios a las plantaciones (Aptheker, 1978: 64).

Más allá del ámbito religioso, el sistema esclavista se fortaleció enormemente durante el siglo XVIII y, especialmente, en el XIX. La principal causa es la polarización económica que experimentó los recién nacidos Estados Unidos tras la Guerra de Independencia. El norte, con una incipiente industria, tuvo un rápido crecimiento gracias a los nuevos colonos que recibía desde Europa y al auge demográfico. El sur, de igual forma, creció demográficamente a un ritmo paralelo, pero con una mayor focalización en el sector primario. Massachusets, en 1700, contaba con 70.000 personas, y Virginia con 72.000. En 1780 Massachusets había alcanzado los 307.000 habitantes mientras que Virginia lo superaba ampliamente: en torno a 520.000.. No obstante, de esos 520.000 se calcula que existían en torno a 220.000 esclavos (fuente). Se puede apreciar claramente el peso de la población esclava negra en el sur, donde en lugares como Virginia o Carolina esa proporción se disparaba a 2,36 habitantes blancos por cada negro, por lo que casi la mitad de la población, en determinadas áreas del sur, era esclava.

El sistema esclavista en Estados Unidos. Vendedores de esclavos.
Empresa vendedora de esclavos en Virginia. Durante la Guerra de Secesión sería tomada por las fuerzas de la Unión. Fuente: http://www.dailymail.co.uk/news/article-5106967/Haunting-photographs-reveal-American-slave-auctions.html

A inicios del siglo XIX, el norte disponía de una industria consolidada, mientras que el sur se había quedado atrasado dada su condición de exportadora de materias primas. Debido a esto, se originó una complicada relación entre el norte y el sur, con cruzadas acusaciones mutuas: los primeros recelaban del sistema esclavista del sur, mientras que estos veían con desconfianza al movimiento antiesclavista que crecía inexorablemente. Sin embargo, cabe aclarar que si en el norte el esclavismo era muy reducido se debe a que no existió la necesidad de utilizar esclavos. Al contrario que en el sur, la disponibilidad de tierras era menor, el clima resultaba inadecuado para la agricultura y la industria absorbía buena parte del trabajo disponible, por lo que en vez de esclavos existirá una potente clase obrera. El sur era muy distinto, pues disponía de una vasta cantidad de terreno para explotar con el clima adecuado para la agricultura. Esto contribuyó a la especialización en el algodón, materia prima estrella del sur de Estados Unidos. Y es que, como afirma Willi Paul Adams, “el ritmo de expansión del Sur durante la primera mitad del siglo XIX fue en gran medida una respuesta a la demanda de nuevas tierras para su cultivo” (1987: 67).

La continua afluencia de esclavos imposibilitó cambios económicos estructurales en el sur, de manera que siguió apostándose por el cultivo del algodón y la demanda de mano de obra esclava. Esa fuerte polarización dentro de los Estados Unidos, que fue haciéndose más evidente con el paso de los años, creó una evidente tensión entre el norte y el sur. En 1787, en el Congreso Continental, se prohibió la esclavitud en los territorios de Nueva York y al norte del río Ohio, y en 1807 se restringió la importación de esclavos de África. Esto conllevó serios problemas a los esclavistas, pues los precios crecieron debido a la progresiva “escasez” de esclavos. A inicios del siglo XIX un esclavo podía encontrarse por cerca de 300$, mientras que esa cifra fue creciendo rápidamente desde 1807, hasta alcanzar su máximo pico en el periodo previo a la Guerra de Secesión, en 1860, cuando un esclavo valía de media unos 800$ dólares (Williamson y Cain, 2016). Algunas fuentes, como el New York Times de 1863, señalan que una pareja de chicas de dieciocho años podrían haber alcanzado el precio de 2500$ en la ciudad de Savannah, en Georgia. Es, en todo caso, una muestra del enorme incremento que experimentó el sector del esclavismo por la falta de acceso a nueva mano de obra.

El sistema esclavista en Estados Unidos. Precios de un esclavo.
Precio medio de un esclavo entre 1804 y 1861. Fuente:                     https://www.measuringworth.com/slavery.php#footstar

La subida de los precios provocó el aumento de las tensiones entre el norte y el sur. Las críticas entre ambos ya no solo se enfocaron en el tema “esclavitud sí, esclavitud no“, sino que se conformó una visión realmente curiosa en el imaginario sudista. Pasaron a verse como herederos de la antigüedad clásica, argumentando que, si en el pasado los grandes imperios tuvieron un sistema esclavista y alcanzaron grandes cuotas de poder y sabiduría, ellos estaban destinados a tener el mismo papel. De esta forma, James D. B. Debow, un intelectual sureño, argumentaba que “la civilización en el mundo tiene su origen en el sur, como queda reflejado en la historia. Grecia, Roma y los estados esclavos del sur han dado al mundo entero la civilización las artes, literatura, leyes y el gobierno” (Martínez Maza, 2016: 384).

Los intelectuales sudistas llegaron a utilizar a Aristóteles y su obra Política como un medio de legitimación del esclavismo, puesto que el griego justificaba que unos seres humanos desarrollaban más su “esencia” que otros en base a la naturaleza, lo que conllevaba, por tanto, una estratificación de la sociedad evidenciada por la decisión de la naturaleza. Y cuando esta argumentación flaqueaba frente a los postulados abolicionistas se recurría al uso del componente racial, razonando que los afroamericanos eran seres inferiores, tal como defendía Fiz Hugh, que afirmaba que “la democracia ateniense no es posible en una nación negra, ni el gobierno de la ley es el adecuado para el individuo negro. Él no es sino como un niño y debe de ser gobernado como un niño” (2016: 389). Esta visión sobre el sistema de la esclavitud perduraría, incluso, tras la Guerra de Secesión de 1861-1865, pues a pesar de que se liberó a la población negra estos siguieron estando fuertemente estigmatizados, sobre todo en la antigua Confederación.

En definitiva, el sistema esclavista fue la base del crecimiento de las trece colonias y de los futuros Estados Unidos. Probablemente la industria norteña no hubiera podido nunca acrecentarse de esa manera sin un sur esclavista que le proporcionara materias primas a un precio asequible. Su consolidación como sistema económico no evitó que existiera de forma permanente, con luces y sombras, un fuerte debate ético y moral sobre la conversión de seres humanos en meras herramientas de trabajo. Y es que debe recordarse siempre que el crecimiento económico americano estuvo sostenido por los hombros de millones de personas, de varias generaciones que se vieron privadas de la libertad para el beneficio de toda una sociedad.

 

Bibliografía

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