En la amalgama de formaciones políticas que emergen del Sexenio Democrático (1868-1874), el republicanismo fue una de las culturas políticas que tomó más fuerza. La primera experiencia republicana española tuvo su fin en los primeros días de 1873 con el golpe de Estado del general Manuel Pavía. Este estableció una dictadura republicana conservadora al mando del general Serrano. A su vez, fue derrocada por el pronunciamiento del general Martínez Campos casi un año después, el 29 de diciembre. Dicho pronunciamiento restauró definitivamente la monarquía borbónica y permitió que Alfonso XII ascendiese al trono. Sin embargo, si el golpe de estado de Martínez Campos mató a la República, no hizo lo mismo con la ideología republicana.

Alegoría a I República Española publicada en La Flaca
Alegoría a la I República

Generalmente se afirma además que, finalizado el Sexenio y restaurada la monarquía borbónica, España se estabilizó y el militarismo pasó a un segundo plano dentro de la política. Sin embargo, fenómenos como el que vamos a tratar en este artículo matizan esas creencias. En este caso, se trata del asociacionismo militar republicano durante los primeros años de la Restauración.

Con la Restauración, el sistema político y partidario experimentó una serie de cambios, no exentos de la influencia de las dinámicas políticas de la etapa isabelina. En ese complejo entramado de culturas políticas a medio caballo entre la España liberal y la de la Restauración, la conspiración y la insurrección continúan constituyendo una dinámica más mediante la cual acceder al poder o apartar a otros de él. Y en ella arraigaron muchos de los partidos políticos del momento, incluidos los republicanos.

No puede negarse que el siglo XIX está marcado por las conspiraciones y las insurrecciones, principalmente de carácter militar pero también a nivel civil. La insurrección se caracteriza por la presencia de un hecho concreto en un contexto de agitación o descontento, que detona un conflicto. Este conflicto puede quedarse simplemente en un motín o transformarse en un proceso de una consistencia mayor que genere cambios políticos a pequeña o gran escala.

Estos cambios pueden tener como consecución simplemente la reforma o, en el caso de que adquieran una mayor entidad, realizar cambios a nivel sistémico. Todas las insurrecciones comparten este rasgo, además del hecho de que ese estallido inicial emerge desde el exterior de las estructuras de poder y se enfrenta a este. La insurrección se opone al orden político o social vigente y pretende desencadenar un cambio en este (Fernández Gómez, 2016). De hecho, el siglo XIX español es uno de los lugares históricos donde la estrategia insurreccional se desarrolla con más normalidad dentro de las dinámicas políticas. Aparece como una herramienta más, siendo el desencadenante de muchos de los cambios sociopolíticos que suceden durante el siglo.

En 1874, la Restauración vino de la mano de una teórica renuncia al insurreccionalismo por parte de determinadas culturas políticas que hasta el momento parecían reivindicarla. Probablemente este hecho tuviera que ver con que el sistema emergente contaba con el beneplácito y la complacencia de las élites. Especialmente, con aquellas relacionadas con el conservadurismo liberal. Además, hubo sectores del progresismo histórico que aceptaron el nuevo sistema sin mayor problema ante la emergencia de ideas más “radicales” (Fernández Gómez, 2016).

Además, buena parte de la historiografía militar ha destacado el papel del ejército en la consolidación de la Restauración, del sistema canovista basado en el turnismo, el fraude electoral y el caciquismo. En muchas ocasiones se afirma que el éxito del sistema de la Restauración se debe al hecho de haber atajado el militarismo de raíz. La renuncia al insurreccionalismo por parte de la política se vio convenientemente acompañada por el papel “discreto” del ejército. Se plantea siempre la excepción del zorrillismo, en torno al cual se articuló una infraestructura en teoría débil, la Asociación Republicana Militar, ARM. Esa interpretación asume y reproduce un tópico: el del desapego de la población respecto a la política, el de la falta de movilización y el ajuste de la población a las instituciones de la Restauración.

Este tópico, que se ve reforzado en el ámbito rural, ha sido necesario para reivindicar el sistema restauracionista como la opción política que mejor se ajustaba a las necesidades de la sociedad del momento, negando la movilización democrática. Se trata, en muchos casos, de un intento por minimizar en el presente el peligro que las intentonas insurreccionales de las asociaciones castrenses tuvieron en el pasado, de reducir la amenaza que, desde los márgenes de las estructuras de poder, suponían los militares republicanos (Higueras, 2016: 96).

Es cierto que todos los intentos de insurrección llevados a cabo por la ARM fracasaron en su intención de proclamar la república, pero esos fracasos no significan que la asociación no supusiera una preocupación para las autoridades ni que no tuvieran un innegable peso a nivel social. Tampoco que su infraestructura fuera débil. La historiografía más reciente en torno al republicanismo histórico permite cuestionar esa supuesta inmovilización democrática en España. Con ejemplos como el que se plantea en este artículo, cabe plantearse si la Restauración borbónica logró la hegemonía social e ideológica que tradicionalmente se afirma.

La Restauración, a través del turnismo, logró integrar diferentes corrientes políticas tradicionalmente enfrentadas y que estas renunciasen a la conspiración y la insurrección. Sin embargo, no todos se adhirieron a ello. Como parece lógico ante la Restauración de un sistema monárquico, algunas corrientes republicanas, que a priori se vieron excluidas del sistema, no abandonaron los planteamientos insurrectos (Fernández Gómez, 2016). Tampoco lo hizo la parte del progresismo histórico demócrata, que se vio abocada al republicanismo, como es el caso del zorrillismo, del que hablaremos a continuación.

Ha de tenerse en cuenta que la tradición ideológica republicana ya estaba arraigada en el sistema político español y que esta promovió una cultura democrática que caló en diferentes sectores sociales o profesionales. El ejército no fue una excepción, sobre todo teniendo en cuenta que la década de los 80 fue de transformaciones dentro de la institución (Higueras, 2016: 96, 97). Durante los primeros quince años de la Restauración, el ruido de sables republicano fue sordo, pero se mantuvo constante.

A ello ha de sumarse la existencia de sectores de obrerismo, proclives a los motines y atentados. Ha de tenerse en cuenta que, en el contexto que estamos abarcando, el movimiento obrero tiene puntos de fricción amplios con el republicanismo, que sirvió durante varias décadas como vía de encauzamiento de la organización obrera y de la protesta popular. El auge del movimiento obrero en España no se entiende sin la estrecha relación con el republicanismo.

En este contexto y teniendo en cuenta todos estos factores, emerge, de la mano de Manuel Ruiz Zorrilla, líder republicano en el exilio, la Asociación Republicana Militar, una de las agrupaciones que, desde la clandestinidad, continuaron conspirando para llevar a cabo la vía insurreccional.

Manuel Ruiz Zorrilla, el conspirador

Manuel Ruiz Zorrilla es una de las figuras más relevantes y, a la par, más controvertidas y olvidadas de la historia política del siglo XIX. Había dado sus primeros pasos en la arena política como político liberal progresista. Este progresismo, no obstante, era de por sí proclive a la actividad insurreccional, que le llevó a intentar en varias ocasiones poner fin a la monarquía isabelina. Si bien el progresismo en origen se constituía como un partido monárquico, hacían a Isabel II responsable de no haber alcanzado un régimen verdaderamente constitucional. Durante su reinado, este se había visto opacado por un entramado de camarillas en torno a la reina. Acceder al poder pasaba, necesariamente, por acceder a la red de camarillas entretejida alrededor de la figura de la reina, en vez de por el ejercicio de la política institucional (Burdiel, 2011).

Manuel Ruiz Zorrilla retratado como presidente de las Cortes Constituyentes

El triunfo de la Gloriosa, en la que Ruiz Zorrilla se implicó directamente, lo convierte en un hombre de estado, ocupando la cartera de Fomento durante el gobierno provisional de Serrano. La aprobación de la Constitución de 1869 provocó una escisión de gran parte del Partido Demócrata, que pasó entonces a denominarse Partido Republicano Federal, si bien Ruiz Zorrilla se integró en la minoría monárquica de este, llegando a presidir las Cortes. Su presidencia en las Cortes coincidiría con su ingreso en la masonería.

Se había implicado en la búsqueda del candidato a rey, de modo que durante el reinado de Amadeo I ejerció la cartera de Fomento y la presidencia del Gobierno, inmerso en un conflicto político con Sagasta del que surgieron dos nuevos partidos de notables, el Radical de Ruiz Zorrilla y el Constitucional de Sagasta. Cuando Amadeo I abdicó, se retiró de la vida política y dio plena libertad a los miembros del Partido Radical para acordar con los republicanos.

Volvería a la política, encaminándose cada vez más hacia el republicanismo. Durante los últimos meses de la I República, se aproximó a su antiguo partido, el Radical, y a líderes del republicanismo como Emilio Castelar para evitar la vuelta de los borbones. Tras el golpe de estado de Martínez Campos al final de año, Zorrilla incrementó su actividad conspirativa, lo que le condujo al exilio a principios de 1875 por orden del recién instaurado gobierno de Cánovas.

Una vez asentada la Restauración, Castelar forma el Partido Demócrata Posibilista, de corte monárquico. En 1980, se integró en el Partido Liberal. Esta ilustración apareció en la revista satírica española Don Quijote (1982). Muestra nombres de líderes republicanos (entre ellos Ruiz Zorrilla), excluyendo a Castelar.

Ruiz Zorrilla tuvo que exiliarse debido a la celebración de una reunión clandestina en su casa, en la que habían participado cerca de 20 generales. La presencia de casi una veintena de altos mandos del ejército en el domicilio de un político cercano al republicanismo y tendente a la conspiración y a las insurrecciones militares resulta significativa. No obstante, deshace la concepción tradicional de lo militar como un sector social con una sociología principalmente conservadora o reaccionaria.

Tras unos años de acercamientos entre el progresismo y el republicanismo, el exilio le abocó, definitivamente, a la opción republicana. Es precisamente durante su exilio y su paso hacia el republicanismo cuando en torno a Ruiz Zorrilla nacen organizaciones clandestinas dentro del contexto militar. De estas organizaciones surgirán varios intentos de insurrección mediante los cuales derribar a la recién repuesta monarquía. Es en esos momentos cuando el hombre de estado del Sexenio dio paso al conspirador compulsivo.

"Entrada libre", de Demócrito, El Motín, 5 de junio de 1881
“Entrada libre”, ilustración de Demócrito (pseudónimo de Eduardo Sojo publicado el 5 de julio de 1881 en El Motín, seminario satírico de corte republicano que apoyó la vía insurreccional de Zorrilla. En la ilustración, de izquierda a derecha: Francisco Serrano, Práxedes Mateo Sagasta, Cristino Martos y Eugenio Montero Ríos. Al otro lado del Bidasoa, Ruiz Zorrilla, volviendo del exilio.

Obviamente, la actividad conspirativa de Ruiz Zorrilla no hubiera tenido importancia de haber actuado en soledad, de no ser porque recibió apoyos dentro del republicanismo militar y, sobre todo, de no haberse visto respaldado por una serie de asociaciones militares clandestinas. Si la actividad conspirativa de Ruiz Zorrilla tuvo relevancia fue especialmente gracias a la Asociación Republicana Militar.

La ARM: origen, bases y organización

La primera mitad de la década de los 80 fue el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de asociaciones militares republicanas clandestinas. Su cauce principal fue la Asociación Republicana Militar, renombrada Asociación Revolucionaria Militar en 1883. Fue la vía en la que confluyeron las diferentes agrupaciones militares antimonárquicas y la protagonista del último rebrote insurreccional del siglo, de mano de los militares republicanos progresistas. Sin embargo, si hablamos de “revolución” en los términos de la época, es decir, como una acción encaminada a derribar el gobierno vigente con procedimientos fuera de la legalidad (fueran estos los pronunciamientos militares o la protesta popular) no puede decirse que fueran la única fuerza proclive a la insurrección (Higueras, 2016: 99, 100).

Por el contrario de lo que se ha afirmado tradicionalmente en la historiografía, la ARM no nació en 1880, sino un año más tarde. En sus primeros momentos de vida, dentro de la organización se debatió entre dos corrientes divergentes: los republicanos zorrillistas y los partidarios del federal Estanislao Figueras. Sin embargo, ambas partes compartían la inclinación hacia la organización secreta y exclusivamente militar. Consideraban la revolución, los actos insurreccionales, como una “responsabilidad” castrense (Higueras, 2016: 100, 101). No obstante, ambos sectores acabarían confluyendo. No era extraña la cooperación entre republicanos federales y progresistas, por otra parte.

En 1882 Ruiz Zorrilla había pasado ya a encabezar la ARM. Desde ese momento las adhesiones se incrementaron, pues bajo las siglas de la ARM se hilvanaron los diferentes núcleos militares conspirativos que se entendían con Zorrilla anteriormente. En la autoridad del líder republicano se buscaba, probablemente, multiplicar las uniones a la organización. La aparición de estos grupos fue más o menos simultánea a la de la ARM, lo que indica que su emergencia se debió a una serie de causas comunes (Higueras, 2016:101).

Además, está se organizó siguiendo el mismo modelo de esas agrupaciones secretas que tendieron a proliferar en el ejército durante el XIX (González Calleja, 1998: 104), es decir, con una separación clara entre la parte civil y la militar. Es una muestra del corporativismo de estas asociaciones, que interfería con las intenciones de realizar un cambio político integral.

El momento álgido de la ARM se vivió entre 1883 y 1886, años que concentran la actividad insurreccional de más relevancia de la organización. En esos momentos, Zorrilla, aislado en el exilio, decidió instigar el desarrollo de una conspiración principalmente militar, siguiendo los viejos usos del progresismo. Los constantes recortes presupuestarios de años anteriores, entre otros motivos, alentaron organizaciones y actividades de corte clandestino como la ARM, le proporcionaron el clima perfecto para iniciar la actividad insurreccional. Pronto se extendió entre los sargentos y los oficiales de graduación baja y media. Contaron también con la participación de generales como Ferrer, mariscal de campo y jefe de fila de los cantonalistas de Cartagena, Merelo y Villacampa, quien protagonizaría la última insurrección militar del siglo XIX (González Calleja, 1998: 104).

Su programa tenía como base la aplicación del principio de igualdad dentro de la organización del ejército. Si su papel a nivel estatal era revolucionario, dentro de la institución era, por el contra, reformista. Esa intención reformista se tradujo en tres medidas concretas: instaurar el servicio militar obligatorio, suprimiendo las quintas, la reforma de los cuerpos facultativos, (Estado Mayor, Ingenieros y Artillería), tradicionalmente privilegiados frente a las armas generales (Infantería, Caballería). En tercer lugar, pretendían establecer un sistema de ascensos por antigüedad, atajando con el nepotismo dentro del ejército (Higueras, 2016: 102). Para pertenecer a la ARM era precisa una conducta irreprochable dentro del ejército y el aval de uno de los afiliados. Posteriormente se aceptó a empleados de Telégrafos, Correos y Ferrocarriles, asimilados al Ejército (González Calleja, 1998: 104, 105).

Conspirando pretendían llevar a cabo una actividad reivindicativa a medio camino entre la protesta profesional y la profesión de la fe republicana. La protesta profesional estuvo muy presente en la ARM. Hubo sectores del ejército que priorizaron las motivaciones políticas y sociales a las profesionales, o al menos hilvanaron estas en un proyecto de transformación política democrática. La identificación política se solapaba, en este caso, con la pertenencia a un grupo profesional de carácter tan marcado como el ejército (Higueras, 2016: 98, 99). Este sirvió como un escenario más donde las culturas políticas correspondientes se opusieron a la Restauración borbónica. Eso sí, desde la clandestinidad.

Las bases de la ARM recogían que los afiliados tenían la obligación de cooperar propagandísticamente al “hecho revolucionario”, con el fin de proclamar la república y hacer valer la voluntad de la nación. Se constituían como un grupo de presión para garantizar el republicanismo dentro del ejército y la adopción de reformas dentro de la propia institución.

La organización de la asociación clandestina tenía como prioridad, además, la preservación de la identidad de sus miembros. Si bien desde la ARM se apostaba por la insurrección castrense, era la parte civil de la asociación la que la soportaba económicamente, se encargaba de la red de comunicaciones, establecía las comunicaciones y las negociaciones entre las cabezas militares, etc. La separación radical de lo civil era, por tanto, complicada, teniendo en cuenta también que la redacción de El Porvenir, periódico que sirviera de órgano para el Partido Republicano Progresista, se convirtió en el escenario principal para la infraestructura insurreccional (Higueras, 2016: 102, 103). Alrededor de El Porvenir, la máxima autoridad estaba en manos de Ruiz Zorrilla, como Jefe de la Revolución, seguido de una Junta Central ocupada de forma casi permanente por Manuel Villacampa, protagonista de la última insurrección armada del siglo XIX.

Conspiración e insurrección

Alrededor de la ARM se organizaron diferentes conspiraciones militares. La primera en la que participó dio lugar a la insurrección de Badajoz, en agosto de 1883, seguida por otra en la Seo de Urgel, que también fracasó. Esta primera prueba empezó a forjarse en 1882. La reforma fiscal y arancelaria promovida desde el ministerio de Hacienda levantó un ciclo de protestas populares y huelgas en Cataluña. Desde la ARM se planteó aprovechar la coyuntura para prender la mecha de un conflicto de mayor magnitud. Buscaban legitimar el ruido de sables en un movimiento cívico. La pretensión era rebasar la protesta económica y sus propias protestas profesionales (pues el movimiento coincidió con la llamada a quintas) para proclamar al fin la república. El primer movimiento se llevó a cabo en agosto de 1883, cuando la ARM contaba con una estimación de aproximadamente 2800 afiliados (Higueras, 2016: 103, 104).

El movimiento debía estallar simultáneamente el cinco de agosto en Levante, Baleares, Cataluña, La Rioja, Burgos, Cantabria y Badajoz, así como en otros puntos del interior más secundarios: Ciudad Real, Villanueva de la Serena y Don Benito. Sin embargo, en el último momento se decidió aplazar la rebelión hasta el día nueve. Las órdenes ya habían sido enviadas a Badajoz, donde se cumplieron antes de tiempo. El adelanto descubrió los planes, por lo que fracasó. A pesar de este fracaso, las tropas en Santo Domingo de la Calzada y la Seo de Urgell se rebelaron, así como algunas partidas armadas que detuvieron fábricas de Hostafrancs. Lógicamente, el movimiento fue detenido. El cabecilla de la insurrección de Santo Domingo de la Calzada, el teniente Cebrián, murió de un tiro en la espalda y cuatro de los sargentos de la ARM fueron fusilados (Díaz Morrás, 2014)

El teniente Juan José Cebrián
El teniente Juan José Cebrián

Este primer intento sirvió para arrojar luz sobre las debilidades de la ARM. Pincipalmente, sobre la dificultad para coordinar una cantidad elevada de socios sin un sistema de comunicaciones adecuado. Esto hizo que la guarnición de Badajoz se anticipase y que, debido a la descoordinación, la réplica desde la Seo de Urgel y Santo Domingo de la Calzada, donde se conoció como la sargentada, fuese tardía e insuficiente.

La rebelión fracasó en su objetivo principal, proclamar la república, aunque alcanzó otros objetivos a medio plazo. Ruiz Zorrilla tenía plena consciencia de la dificultad de sus objetivos y de que, para ello, necesitaba que el liberalismo de Sagasta y la Izquierda Dinástica se planteasen la conspiración. Para ello, habían de estar en la oposición y sin optar a ser llamados a gobernar en un plazo corto de tiempo. La sublevación de Badajoz, si bien fracasó, contribuyó a la caída del gobierno liberal y empujaba a Sagasta, forzosamente, a la oposición (Higueras, 2016: 104, 105).

Tras la fallida sublevación de 1883, el ministro liberal Segismundo Moret contactó con el secretario de la ARM, Miguel Pérez Siffler, exiliado en Ginebra. Este accedió a vender información al gobierno, pero no logró las listas de afiliados, que custodiaba el propio Ruiz Zorrilla. Sin embargo, de acuerdo con el gobierno, escribió un panfleto en el que daba una versión deliberadamente inexacta de la organización con la intención de derribar la reputación de Zorrilla y sus colaboradores más cercanos. El panfleto fue distribuido por prensa de todos los signos políticos («Asociación Republicana Militar»).

El resultado, sin embargo, fue contradictorio, pues lejos de tumbar la figura de Ruiz Zorrilla, reveló la posibilidad de que dentro del ejército se desarrollasen asociaciones clandestinas republicanas sin hacer saltar ninguna alarma, con un número de afiliados considerablemente alto. El panfleto daba claves que permitían a las autoridades desarticular la organización, pero a nivel social dejaba claro que la asociación y el éxito de la misma eran posibles. Tanto era así que las cifras de venta de El Porvenir se dispararon coincidiendo con la publicación y la asociación no paró de engrosar sus filas de forma exponencial.

A finales de 1883 la ARM contaba con nuevos cuadros y un nuevo reglamento, en el que se fusionaba con otra asociación clandestina de similar carácter, formada por militares cercanos al republicanismo federal y que nació de forma paralela a la Asociación Republicana Militar, pasando a denominarse Asociación Revolucionaria Militar.

Esto revela que las causas que motivaron este tipo de formaciones fueron comunes a diferentes sectores del ejército y que no giraron exclusivamente en torno al afán conspirativo de Ruiz Zorrilla en esos momentos. La organización reflejaba, a una menor escala, la unión política que se produjo entre los diferentes republicanismos para oponerse a la Restauración. Sus objetivos eran similares a los marcados en los estatutos de 1881, pero el liderazgo no recaía solo sobre Ruiz Zorrilla como Jefe de la Revolución, sino que implicaba a otros líderes en un Junta Civil. En ella se políticos de la talla de Nicolás Salmerón o Pi i MargallAsociación Republicana Militar»).

El crecimiento, no obstante, no mejoró la funcionalidad de una organización que de por sí contaba con la presencia de infiltrados y delatores. Mediante estos, el gobierno pudo adelantarse a la insurrección planeada para abril de 1884, en la que murió uno de los hombres de confianza de Zorrilla, Higinio Mangado y dos oficiales de la ARM, aunque no llegaron a sublevarse. Del mismo modo, se desactivaron los planes insurreccionales previstos para el siguiente año («Asociación Republicana Militar»).

La acción de más trascendencia de la ARM fue, probablemente, el pronunciamiento en septiembre de 1886 en Madrid, encabezada por Manuel Villacampa, brigadier republicano Comenzó a forjarse en marzo de 1886, momento en que los líderes de los partidos republicanos, progresista y federal sentaron las bases de una Coalición republicana, en cuyo seno se formó un Centro de Coalición Republicana. En él figuraba nombres como el de Pi i Margall, Salmerón o el marqués de Santamarta. En ese centro se vio también implicado Ruiz Zorrilla y supuso el eje de la última sublevación de la Asociación Republicana Militar, que sería la última del siglo.

Fue Villacampa quien fijó la fecha de la insurrección el 25 de agosto. Debía estallar en lugares tan dispares como Madrid, Ferrol, La Coruña, Valladolid, Santander o Barcelona. Sin embargo, los planes volvieron a retrasarse, en este caso por desavenencias en el Centro de Conciliación Revolucionaria. Este retraso facilitó que el Gobierno interceptara el hilo de la conspiración y la precipitara para hacerla fracasar («Asociación Republicana Militar»).

En origen, los planes contaban con una acción concertada entre civiles y militares. Se había organizado un grupo de espionaje para controlar los movimientos de las autoridades. Se esperaba también tomar el ministerio de la Guerra y el de Gobernación para evitar la respuesta del gobierno. Sin embargo, Villacampa se precipitó y todo ello fue imposible. Una parte de las fuerzas comprometidas en Madrid respondieron, sin embargo, las de Alcalá de Henares no lo hicieron. Tampoco Aiza y Romero de Quiñones. Entre los sublevados, algunos huyeron a Francia. Villacampa, sin embargo, fue apresado y sentenciado a muerte, aunque fue conmutada por pena de prisión, Este pronunciamiento fracasó no sólo a causa del retraimiento de parte de los implicados. Lo hizo, además, por la “pasividad” de los civiles, que, por primera se veían implicados en una acción de la ARM.

Este hecho fue señalado por algunos de los líderes republicanos del momento, como Nicolás Salmerón o Francisco Pi i Margall como una de las causas centrales de los fracasos de las insurrecciones de la ARM. Consideraban elemental el hecho de no haber contado con la intervención de los civiles, centrándose solo en el malestar de los militares, sin unirlos al descontento de las clases populares. Se trataba, no obstante, de un momento de emergencia del obrerismo, de cierta agitación social, como se mencionaba anteriormente. Haber desaprovechado ese hecho podría ser una de las causas del fracaso de los pronunciamientos.

Tras el fracaso de este último intento insurreccional, la ARM entró en declive. No dejaron de conspirar ni se disolvieron inmediatamente, pero fue descomponiéndose paulatinamente. La ARM sirvió como cauce para las tentativas de insurrección al menos hasta 1891, pero su último intento significativo fue el de 1886. Su actividad, además, llevó al exilio a muchos militares, que dejaron memorias sobre sus vidas como exiliados. No obstante, si la ARM fue el foco principal del insurreccionalismo en la época, también lo fue de los exilios provocados por dicha actividad. Muchos de los militares implicados solicitaron indultos, pero buena parte los rechazó, Sin embargo, en 1891 y tras una serie de tiras y aflojas con Zorrilla, fueron amnistiados y pudieron regresar a España (Higueras Castañeda, 2013: 41).

En definitiva, el fenómeno de la ARM resulta interesante para desmontar viejos tópicos alrededor de la Restauración. La presencia de este tipo de organizaciones en la vida política entre 1875 y 1890 es el reflejo de décadas de militarismo en España, que no terminaron de la noche a la mañana. La imagen de la Restauración como un sistema estable que terminó con las problemáticas típicas asociadas a la primera mitad del siglo cojea si se tienen en cuenta experiencias como esta.

No obstante, la presencia de militares de todo signo ideológico en la política, la conspiración y la clandestinidad eran dinámicas que estaban muy arraigadas al restaurarse la monarquía. La ARM tuvo unas dinámicas pasadas en las que arraigar y, a su vez, dio continuidad a una tradición que se arrastró hasta el siglo XX en organizaciones como la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA), surgida en 1934 como respuesta a la actividad de la UME (Unión Militar Española), de orientación política opuesta.

La existencia de organizaciones clandestinas de militares republicanos obliga, sin duda, a reconsiderar las relaciones entre el ejército, la política y la sociedad durante la Restauración, o al menos durante sus primeros años. El hecho de que en la supuestamente estable España de la Restauración existiera una organización clandestina que sumó miles de afiliados, de ideología republicana, resulta significativo. La presencia de la ARM en la vida política del momento lleva, en definitiva, a repensar qué fue de la república después de la República.

Bibliografía

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Burdiel, Isabel (2011), Isabel II: Una biografía (1830-1904), Taurus

Díaz Morrás, Francisco, La Sargentada calceatense de 1883, recuperado de http://www.historiacalceatense.com/la-sargentada-de-1883/

Fernández Gómez, Francisco, (2016), XIX. El siglo de las insurrecciones, recuperado de https://serhistorico.net/2016/06/19/xix-el-siglo-de-las-insurrecciones/

González Calleja, Eduardo, (1998), La razón de la fuerza: orden público, subversión y violencia política en la España de la Restauración (1875-1917), CSIF, Madrid

Higueras Castañeda, Eduardo, (2013), “Militares republicanos en la Restauración: de la rebelión al exilio (1883-1891)”, en Trocadero, n º 25, Editorial UCA, Cádiz

Higueras Castañeda, Eduardo, (2016), “Asociaciones secretas y republicanismo militar en la Restauración (1875-1890): entre la protesta profesional y la reivindicación política” en Espacio, tiempo y forma, Serie V, n º 28, UNED, Madrid,

http://www.bermemar.com/REPUBLICA/muer83.htm

Manuel Ruiz Zorrilla, recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Ruiz_Zorrilla.

 

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