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El nacionalismo japonés: gritos del sol naciente

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En este artículo nos centraremos en la historia del nacionalismo japonés. Es de los nacionalismos asiáticos, de creación reciente,  el más influyente en torno a su idea de imperio panasiático. Su oposición al atraso chino y a la soberbia occidental,el intrigante Kita Ikki, su militarismo exacerbado, y su propia crueldad, marcaron la epopeya en el Pacífico y provocaron su caída.

Los tiempos cambian

Antes y después del Emperador Meiji, esclarecedora representación del cambio japonés a finales del siglo XIX.

Japón es un archipiélago al este de Asia con una singular historia. Azote de China, Rusia, Corea y casi cualquier nación que se le oponga, posee una cultura singular. Y a menudo ha sido considerado, tanto por propios y ajenos, como un puente entre Occidente y Oriente. Por no hablar de su cultura, bellas geishas, valerosos samurais, complejos haikus, y las vistosas pagodas hacen de esas islas un lugar de fascinación occidental. Y en un corto lapso de tiempo obtuvo un imperio que hoy fascina a los nipones, y todavía despierta el odio en otros lugares de Asia. Un análisis de tiempos remotos en las islas niponas lo tenemos en los artículos del Japón Tokugawa. Pero rara vez hablamos del nacionalismo japonés, la cortina ideológica que sustentó el periodo más sangriento de la historia del país.

Entre 1853 y 1854, el comodoro estadounidense Mathew Perry obligó a abrir la economía del Sol Naciente. Los samurais, haciendo el papel de clase reaccionaria contra el capitalismo, fueron arrasados por las ametralladoras Gatling de Estados Unidos. Lo cierto es que algo semejante había ocurrido al ejército chino durante la Guerra de los Bóxer, y varios intelectuales japoneses decidieron averiguar qué era lo que había hecho a Occidente tan poderoso respecto al resto del mundo. Así que decidieron imitar absolutamente todo, siendo el cambio más visible en la ropa.

En 1870 se prohíbe el ennegrecimiento de dientes, y el afeitado de cejas en la corte. Los kimonos se empiezan a llevar en privado por las mujeres, que prefieren los nuevos vestidos occidentales. En 1888 el emperador aparece vestido mitad de embajador, mitad de marino, en una ceremonia pública. Los samuráis abandonan su oficio de guerreros para dedicarse a ser policías de las nuevas ciudades que irían surgiendo. Y aunque parece vano hablar de la ropa, para los nipones conseguir que se les tratase como iguales era un gran logro. No en vano eran la primera sociedad no occidental que observaba los efectos de la revolución industrial y la sociedad de consumo. Y lo abrazaron antes que países con teóricamente mayor contacto, como China, Corea, Filipinas…

Por supuesto no se limitaron a lo estético, puesto que había muchas cosas a imitar de los occidentales. Adoptaron el Patrón Oro en 1897, si bien es cierto que antes adoptaron una constitución del estilo prusiano. De Estados Unidos admiraban su alfabetización, con lo que impusieron su sistema público de escuelas elementales y secundarias, y de Francia su estética, adoptando su sentido de la moda. Lo que fue sui géneris fue su modelo de empresa, más parecido a una familia que a una asociación de trabajadores. Esto provocó que su productividad aumentase en un 80%, y los británicos comprasen patentes de la empresa Toyoda, Pero no podemos idealizar esto, como un idealista encuentro de civilizaciones.

Lo cierto es que desde los japoneses había admiración a Occidente, pero también había envidia, y sobre todo resentimiento por su arrogancia. El rey inglés Eduardo VIII en una carta a su amante se refería al Emperador japonés como “un mono de primera clase”. Se disfrazaba de japonés en sus fiestas privadas para ridiculizarlos. Y también en el ámbito diplomático, puesto que tras la victoria de Japón sobre los chinos en 1895, solo se vieron compensados en dinero en vez de en territorios. No, Japón no era un igual, como manifestaría años después la Sociedad de Naciones, negando la igualdad racial entre nipones y blancos (tampoco es que los japoneses tuviesen mayor aprecio a los chinos, y a tantos otros pueblos).

Eso y la conciencia de superioridad ante los chinos les hizo decidirse por formar el último invento occidental de moda, un Imperio. Con franqueza lo expresó Inoue Karou “Tenemos que establecer un imperio de estilo europeo en el Mar Oriental…confrontar a nuestros ciudadanos con los europeos, que adquieran conciencia de su inferioridad, se sientan molestas…Solo así podremos lograr una posición equitativa con los europeos en cuanto a tratados”.

Uno de los grandes hitos del efímero imperio fue la derrota de Rusia. Una potencia occidental fracasaba contra una asiática, subiendo la autoestima nacional japonesa.

Inventando la nación japonesa

Antes hemos mencionado la Constitución Meiji, y debemos detenernos en esta, porque su importancia será radical. Hay que pensar que pese a lo farragoso de los textos legales, en la constitución de un estado reside el proyecto del estado nación. No en vano el filósofo alemán Carl Schmitt  explicaba que la Constitución sustituiría a la Biblia como libro sagrado, siendo la de cada nación referente a su particular Volkgeist hegeliano. Y por supuesto, la Constitución Meiji no iba a ser menos, siendo escrita sobre el lema “Bunmei kaika”, es decir, civilización y progreso.

Y podrían haber escogido distintos modelos constitucionales, incluso el particular inglés. El francés, liberal y fomentador de la fraternidad, defendido por Itagaki Taisuke (Partido Liberal) o el británico, con una democracia limitada, el que mantenía Okuma Shinegobu y su Partido Progresista. Y en lugar de ese escogieron el prusiano, la nación pujante en Europa, que acababa de unificar Alemania. Este era defendido por el Partido Imperialista. Hay que aclarar que los partidos tenían ciertos rasgos confucianos que implicaban que la política la debían hacer unos aristócratas más que a través de unas incómodas leyes. ¿Por qué triunfa la Constitución Prusiana? Era ideal porque no tenían que convertirse en República, podían escoger ser monárquicos, tenían gran desconfianza hacia el liberalismo y el socialismo. Además les aportaría un conocimiento de la nación racial, es decir alguien es japonés porque su raza es nipona. Y esta raza se vería amenazada por las vecinas. Y a su vez se fomentaba un culto a una figura divinizada, el Káiser, que en este caso sería el Emperador. Y el anteriormente mencionado Volkgeist, el espíritu del pueblo, sería traducida como Kokutai. El Kokutai es la esencia nacional, como explica muy bien Hall. Y el sentai es la forma pasajera/contingente del gobierno actual. Así que tanto la Constitución Meiji como la actual son sentai. Esto propicia un nacionalismo más racial e idealista que cultural (francés), o materialista (soviético).

Una de las grandes deficiencias de la constitución era que no aclaraba el papel del Emperador. Porque en teoría tenía los máximos poderes, pero no se esperaba que se comportase como los jefes del estado del momento, inmiscuyéndose en política. Una explicación de este fenómeno puede ser que fue un prusiano, el oficial Jacob Meckel. Héroe de la guerra franco-prusiana, fue contratado para organizar el ejército y estado del momento, pues se intentó que tuviese gran influencia en la sociedad. Les explicó que el secreto no estaba solo en una mejor táctica, o una artillería de mayor alcance. Lo importante era que los soldados alemanes luchaban por su Káiser con ardor patrio, y eso les hacía más eficaces que a cualquier soldado europeo. Así que desde el principio el ejército tiñó la política y la sociedad, dando pasos en el camino al autoritarismo, con un nacionalismo militarista.

Claro que esta visión la recogen autores anglosajones como Niall Ferguson o Hall. Y el primero se limita a dar la explicación de que el Imperio Japonés fue una suerte de fenómeno mímico, de pura imitación de lo occidental. Copiando la ropa, copiando la industria, copiando el dominio de Asia. Hall especifica más en que el ejército influyó en la cultura de los conservadores, haciéndoles adoptar una constitución prusiana, la cual les guió inevitablemente a un imperialismo autoritario. Pero sin embargo, cuando uno escucha hablar del imperialismo japonés y su Doctrina Amau, expresada por James Crowley, no puede evitar pensar en la doctrina Monroe. Es decir, tanto Japón como Estados Unidos debían librar a sus respectivos continentes de las influencias europeas (para poner las suyas), pero liderando (para su beneficio exclusivamente) el desarrollo de los mismos. Y como si Gran Bretaña no hubiese hecho cosas igualmente horribles en Asia y hubiese que buscarle una explicación que estaba relacionada con otro enemigo, Alemania. No, nunca necesitaron germanizarse para realizar un Cordón Negro en Tasmania, aniquilando a todos. Ni para gasear población civil.

Así que al final, considero que los anglosajones tienen cierta tendencia a echar la culpa a Prusia, de haber “malinfluenciado” a Japón. Cuando buscar la supremacía naval mundial, querer tutelar a tu continente, o civilizar a la fuerza a poblaciones no es nada que no se haya hecho en Estados Unidos o Inglaterra. Así pues, exponemos que Japón ya había tenido guerras exteriores durante la unificación, y hasta el cierre de sus fronteras (sakoku) tuvo relaciones bélicas violentas con sus vecinos. Así que dar más importancia a la cultura germánica, que iluminó muy de lejos a las islas, que a la anglosajona, o la propia japonesa es demasiado conveniente. La culpa siempre de Alemania.

Aclarado esto, es interesante también incidir en la educación de los japoneses. El Edicto Imperial de 1890 logró una mezcla de todas las antiguas normas del confucianismo, budismo, y sintoísmo. Tendrían así dos virtudes cardinales, lealtad al Emperador y devoción filial. De paso cortarían de raíz todas las ideologías que pudiesen cuestionar el sistema nacionalista imperante, como el liberalismo o el socialismo. Sin embargo si uno ojea revistas de la época ve que con facilidad se pueden conseguir bastantes libros de Marx, Rosseau, Jefferson o Bakunin. Y hubo grandes revolucionarios como Katayama Sen, así que no se puede hablar de unas islas niponas monolíticas de pensamiento único. Pero tampoco podemos dejar de ver que Japón estaba siendo traumatizado por unos avances demasiado virulentos y acelerados.

Así que no nos extraña cuando el Partido Socialdemócrata fue perseguido y suprimido a las tres horas de su creación. Los idealistas intelectuales de izquierdas tuvieron muy poco contacto con el campesinado o el proletariado que en teoría representaban. Alguna huelga subversiva, pero poco más. Pero también se generaron otras sociedades, estas ya de ideas más imperialistas. La primera la Sociedad Genyosha, que proclamaba la unidad de Asia bajo el mando japonés, que había aprendido de Occidente a defenderse. En un principio sería una opinión como otra cualquiera, pero pasaron a la acción, apoyando a Aguinaldo en su lucha en Filipinas, y a China. Un Japón que liderase la expulsión de los blancos de Asia. Y además, tenían claro que la sociedad debía tener “una sola mente” por lo que persiguieron a socialistas, liberales, y todo el que les cuestionase.

Probablemente la sociedad más famosa de estas fuese la famosa del Dragón Negro. El exótico nombre viene porque querían llegar al Río del Dragón Negro (el Amur)el cual estaba en el Norte de China. Para ello debían vencer, y de hecho lo hicieron, al Imperio Ruso. Esta particular sociedad nunca ofreció ningún proyecto serio, a diferencia de la anterior. Simplemente se dedicaba a erradicar cualquier ideología occidental, tratando de crear una sociedad de japoneses campesinos-soldados al exclusivo servicio del Estado.

Es cierto que usaron métodos violentos, financiaron movimientos anticoloniales, pero la clave de estas ordenes, su radical importancia no está ahí. Lo que de verdad hicieron fue mantener a raya el pensamiento heterodoxo occidental, fomentar el odio al hombre blanco, al liberalismo, al socialismo y a la democracia. Pero por encima de todo crearon líderes, que por la influencia confuciana anteriormente explicada, tuvieron mucha relevancia en el futuro. Hablamos así de Kita Ikki. Que podría ser comparable a un Jose Antonio Primo de Rivera asiático.

Este brillante aunque controvertido hombre fue observando intensos cambios en el mundo rural a finales del XIX. Contempló el fracaso de la Revolución China de 1911. Y decepcionado con el coloso continental, decidió que Japón debía suspender la Constitución, el Emperador desarrollar un papel casi absolutista, y hacer intensos cambios en la sociedad durante ese periodo.

Era partidario de extender la educación obligatoria a los 16 años, de suspender las clases de inglés y abolir el béisbol. Odiaba a las mogu y a las moba, chicas y chicos que con sus peinados y faldas cortas alarmaban a la moralista sociedad japonesa. A su vez tenía ideas para fomentar el minifundio, evitando así las grandes fincas en propiedad de oligarcas. También Japón debía expulsar a portugueses, españoles, franceses, ingleses y estadounidenses de Asia. Y tras esa tarea de teñir de amarillo el continente ellos tutelarían a las agradecidas naciones asiáticas liberadas. Se podría decir que era parcialmente anticolonialista, como el panasianismo japonés en general. Anticolonialismo blanco, pro imperialismo japonés.

Ikki tuvo gran influencia entre los pobres campesinos que veían como no tenían tierras por culpa de grandes fortunas terratenientes. Pero todavía más entre los sectores jóvenes de los militares, siendo el Imperio Revolucionario un concepto que atrajo a esos nacionalistas que deseaban una explicación para sus males, como la inflación, las huelgas, y la repentina llegada del mundo contemporáneo a las islas. A su vez Ikki era un neo-malthusiano, es decir, creía que la población crecería tanto con el futuro que se lucharía por recursos naturales. Japón debía crear una especie de colchón de territorios donde poder colonizar y asegurar el sustento a sus nacionales. La lucha de la nación más fuerte. El darwinismo político.

Finalmente Kita Ikki cayó en una arraigada costumbre asiática. Esta consistía en hacer oposición al gobierno cayendo en un programa de corte más radical-nacionalista que este. De esta forma se podría tachar de traidor al adversario político, justificando así cualquier acción contra ellos. Y así fue como unos militares jóvenes trataron de dar un golpe de estado el 26 de febrero de 1936. Asesinaron a grandes personalidades y ministros, pero el golpe fue fallido. Ikki les había inspirado en esta acción, siendo fusilado por el gobierno nipón.

Así, podemos hablar de una especie de imperio revanchista, más que revolucionario, pero mucho más conservador que la Alemania nazi. Es decir, no había enormes movimientos de masas, sino intelectuales y militares. El sistema político de partidos se mantuvo, con utilidad discutible. Más una Prusia Oriental antes que una Alemania nazi amarilla. El Imperio comenzaba.

Afán del dominio sobre el Pacífico. Particularmente preocupante era su mirada sobre Australia, país que fue salvado por los estadounidenses.

¿Por qué les odiaban?

Dice Zizek que la ideología siempre aspira a no ser ideología. Es decir, que lo que se contempla en un platónico mundo de las ideas (feminismo, comunismo, liberalismo) ha de aspirar a ser una parte más de la realidad. Que lo que antes era ideológico (ejemplo, voto femenino), ahora sea una parte de la realidad plenamente aceptada. Así pues, hay que preguntarse si todas esas teorías pan-asianistas, coloniales y ultraconservadoras calaron en la sociedad de masas japonesa, o se limitó al ejército y clase política. Y si todos esos altamente desarrollados prejuicios hacia otras razas y naciones jugaron un papel diferencial en su política exterior. Así que en este apartado expondremos estos aspectos. Una relación en la que tenemos que detenernos largo y tendido es en la sino-japonesa. Pese a que es común entre los occidentales confundirles, se consideran de distintas razas, y tienen una larga historia de odio y sangre entre sí. Y es especialmente curioso el punto de vista japonés, pues por una parte es cierta envidia, o sentimiento de inferioridad respecto a la dimensión cultural del milenario coloso continental. Pero es innegable también que los japoneses se mofaban del intento fallido de los chinos de establecer un estado occidental. Es algo curioso, pero se puede decir que los japoneses se sentían inferiores como asiáticos pero superiores como occidentales respecto de la potencia sínica. El caso es que hemos visto como los jóvenes militares adoptaban ideas más y más peligrosas. Y seguramente la capital fue la decisión autónoma de operar en China. Sin orden expresa del gobierno, los militares japoneses intervinieron en China. El Ejército de Kwantung estableció estados títeres, y tras el incidente del Puente de Marco Polo, se enfrentó a la china republicana del Kuomintang y Kai Shek. Pese a que el gobierno no autorizó estos ataques, el Emperador, con su papel en teoría ambiguo, sí que lo hizo. Así entraron en una guerra contra un país al que, pese a que infligieron muchas bajas, acabaría imponiéndose por población. La Guerra Sino-Japonesa empieza en 1937, y haría perder muchos recursos a los nipones Como había predicho Ikki, una guerra contra los nacionalistas chinos solo beneficiaría a los soviéticos y a los comunistas chinos, dirigidos por Mao. Indirectamente, colaboraron en su ascenso, y a su vez hicieron un seppuku al Imperio Japonés. Su desprecio por los chinos les impidió ver las cosas con claridad.

Y dentro de la guerra hubo enormes carnicerías y asuntos que todavía hoy son heridas abiertas, como las esclavas sexuales chinas y coreanas, como se explica magistralmente en este artículo. Los soldados japoneses fueron explícitamente exonerados del cumplimiento de las Leyes de la Guerra. Así que en Nanking y en Shangai se cometieron atrocidades de todo tipo, el odio en el que eran educados los soldados japoneses tuvo su efecto . Violaciones, crucifixiones, bayonetazos, todo valía con tal de eliminar a los soldados decadentes. El Ministro de Guerra y altos cargos les ordenaron detener la matanza, pero los oficiales jóvenes les hicieron caso omiso. Y así se perpetraron horrendas masacres, que provocaron la condena de todo el mundo. Incluida, sí, la de la Alemania nazi. Aquí se ve antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, cómo suele ocurrir con los nacionalismos.

La antigua China estaba indefensa ante un sonriente y sádico japonés que la troceaba. Los japoneses dejaron de ser admirados, como en la viñeta contra los rusos, a ser odiados por el mundo occidental.

Y es con Alemania con la que tuvieron también una relación que delata su odio a los países blancos. Baste decir que les consideraban también unos extranjeros, utilizando un vocablo que tiene altas condiciones despectivas, Gaijinn. Pero al fin y al cabo incluso durante la Primera Guerra Mundial , donde se enfrentaron, hubo gestos de buena voluntad, como los japoneses tratando con honores a los valientes soldados alemanes. Pero nada cristalizó. Los alemanes firmaron el Pacto de No Agresión con la Unión Soviética a espaldas de Japón, cuando teóricamente les unía el anticomunismo. Así que el archipiélago asiático esta vez fue pragmático, firmando con Stalin un tratado de no-agresión propio, de forma que nunca intervinieron en el Frente del Este. Aquí vemos algo de política maquiavélica, y cierta xenofobia hacia los alemanes. Probablemente fuese mutua, pero lo que es seguro es que nunca se coordinaron en la Segunda Guerra Mundial.

Claro que seguir la anteriormente mencionada Doctrina Amau les proporcionaría otro peligroso enemigo, Estados Unidos. Los norteamericanos, por la inmigración japonesa y la larga relación entre ambas potencias, tenían un gran concepto de Japón. Pero con el tiempo y los actos imperialistas japoneses se diluyeron. Lo de Nanking ocupó portadas. La imagen del japonés noble, samurái, occidental, nación blanca asiática, frente al chino fumador de opio y débil se diluyó. En su lugar aparecieron retratados como bárbaros, sangrientos, mujeriegos…y los chinos como cultos defensores de su patria. Así pues, decisiones como cortarles el suministro de combustible, prohibir la inmigración japonesa, e incluso hacer campos de concentración (no de exterminio, aclaro) tuvieron un gran apoyo. Nunca existió un sector filo-japonés, como sí que lo hubo germanófilo, dentro de Estados Unidos o Inglaterra. El archipiélago había pasado a aislarse otra vez, solo que ahora en terreno moral y diplomático.

Conclusiones

Espero que este artículo haya servido para hacer una idea general del Imperio Japonés y las ideas que lo sustentaban. Sabemos mucho sobre el nacional-socialismo, sobre el fascismo, e incluso acerca del nacional-catolicismo. Pero parece que el pensamiento que impulsó las acciones de la potencia asiática del Eje es más desconocida. Una idea sobre su surgimiento, sus orígenes controvertidos y sus consecuencias se ha pretendido dibujar aquí.

El siempre polémico Niall Ferguson afirma que Japón quiso un Imperio para ser respetado. Es decir, que de alguna forma el nacionalismo japonés fue de lo negativo que le legó Occidente. Y que había un gran complejo de inferioridad. Es cierto, pero la xenofobia siempre ha sido fuerte en Japón. Su palabra para extranjero, gaijin, es directamente un insulto. No nos parece, en lo personal, una explicación del todo acertada.

La japonesa Michiko Tanaka en cambio afirma que fue una reacción puramente nipona, sui generis. En un punto medio, si uno lee a Burleigh, da la sensación de que se unieron su odio a los gaijins con el nacionalismo de los estados recién creados. A su vez, por su situación de histórica segunda potencia asiática, y su posición geopolítica de islas, una nacionalismo era útil. Controlaría a las nuevas masas de campesinos empobrecidos, y proletarios descontentos. Sea como sea, esas islas, abiertas o cerradas, siempre darán que hablar. Sayonara babies.

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