Los alemanes fueron los últimos en subirse al barco de los colonizadores europeos. Para ellos fue una proeza mantener Venezuela como suya, aunque solo fuese por dieciocho años. Alemania estaba atraída por las crónicas repletas de riquezas que iban llegando a Europa procedentes del Nuevo Mundo. Gracias a las altas capacidades financieras de los bancos alemanes y a las deudas que Carlos I contrajo con ellos por su candidatura al Sacro Imperio Germánico, pudieron llevar a cabo esta campaña expansionista y comercial. Normalmente, este episodio histórico no suele ser muy nombrado en las aulas ni en los manuales, de aquí este interés hacia un tema desconocido y sorprendente a partes iguales: hoy os hablamos de Ambrosio Von Alfinger.

El estado de la cuestión

En este análisis destaca la bibliografía sobre el inicio de la conquista alemana, concretamente la referente al acuerdo establecido entre el monarca Carlos I y los Welser y sus respectivas cláusulas. Mientras que la llegada de los alemanes a Venezuela no está igual de tratada, y mucho menos las andanzas de las tropas de este almirante por aquellas tierras. La bibliografía existente es variada, y proviene generalmente de Alemania, Venezuela, Colombia y España. Dentro de esta, las dos fuentes más útiles son de procedencia sudamericana, y en concreto de la Biblioteca Ayacucho, que es la máxima institución venezolana en la publicación de narrativa histórica.

Ambas, tanto “América, tierra firme y otros ensayos” del escritor Germán Arciniegas como “Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela” de José de Oviedo y Baños, son las únicas fuentes encontradas que nos hablan de los pasos dados por los alemanes allí, y todos sus actos más significativos. Dentro del resto de las fuentes, destaca“Die Konquistader Augsburger Welser-Gesellschaft in Sudamerika (1528-1556): historische RekonstruktionHistoriografie und lokake Ennireungskultur in Kolumbien und Venezuela” de Jörg Denzer.

Los orígenes…

Grabado de Theodor de Bry con conquistadores españoles usando a los nativos como porteadores.

Resulta evidente que, por el hecho de haberla poblado con anterioridad, el legado español superara con creces las expectativas alemanas cuando estos llegaron allí. Al no gobernar más de cuatro años, escasas son las referencias hacia su persona en los libros. Pese a esto, fue el primer hombre alemán en gobernarla y explotarla territorialmente. Su carácter indomable, fiero y cruel, hacen de él un personaje digno de estudio.

Este personaje ha pasado a la historia como uno de los conquistadores más crueles del colonialismo del siglo XV, siendo conocido por algunas crónicas como el “cruel entre los crueles”. Perteneció a la familia Ehinger, de origen bávaro. Este apellido acabó por deformarse por los cronistas quedando finalmente como Alfinger o Dalfinger. Cabe decir que su origen no está plenamente documentado ni demostrado, puesto que se piensa que pudo ser hijo de un tal Hans Talfinger, natural de Ulm. Se dice también que su madre se llamaba Úrsula, aunque no hay ningún dato sobre ella. Entre los cronistas españoles hay dudas sobre si Ambrosio pudo ser realmente un noble oriundo de la villa de Alfinger, eliminando así la posibilidad de que este fuese su nombre familiar. Sea como fuere ha permanecido la idea de que Alfinger era su apellido (Denzer, 2005, 68).

Lo que sí se sabe es que esta familia vivía de manera próspera, asociándose en el año 1517 con la familia Welser, banqueros establecidos en Augsburgo, la cuál era su sede. Fue una de las casas de finanzas más potentes del continente en aquel momento y su líder era Bartolomé Welser. Se consideraban descendientes del general Belisario[1] y acumularon una gran fortuna.  Desde el año 1473, la influencia de estos banqueros se extendería por las ciudades de Núremberg, Venecia, Berna, Lyon, Sevilla, Santo Domingo, México e incluso Río de la Plata (Arciniegas, 1990, 212-213).

Nació en el año 1500 en el seno de la familia Ehinger, compuesta por tres hermanos, Jorge, Enrique y el mismo Ambrosio. El segundo regentaba una casa comercial en la zona de Constanza mientras que el tercero estaba establecido en Salamanca. Ambrosio era el menor de todos ellos y en su juventud vivió en Sevilla. Era el más ambicioso de todos y decidió instalarse en Nueva América, concretamente en Santo Domingo, donde comenzó a establecer todo tipo de negocios con gente influyente de la zona. Los negocios en los que se vio envuelto tenían que ver con los lavaderos de oro y las minas de cobre y plata de Cotoy[2] y Zultepec[3] (Arciniegas, 1990, 212-213).

La elección de Carlos I como emperador del Sacro Imperio Germánico fue apoyada por los Fugger y por los Welser, aportando aproximadamente entre los dos 687.000 florines. Esto no sólo produjo pérdidas económicas para sendas familias de banqueros, sino que también alimentó su codicia, la cual se materializó en el desarrollo comercial derivado de la expansión territorial europea (Grosshaupt, 1991, 5).

Con la legalización, en 1525, del comercio y la emigración hacia América, bajo el gobierno común de la Casa de Austria, se abrieron las puertas para la expansión alemana. Los primeros pasos de los Welser en el nuevo mundo fueron la inversión en los viajes a las Molucas. Ya años antes, uno de los hermanos Ehinger, Enrique, había comprado grandes mercancías de especias a Magallanes. Pero sin duda, lo que traería mayores beneficios posteriores a los Welser, sería la actividad minera (Grosshaupt, 1991, 3-4).

Los Welser habían conseguido la adjudicación de la provincia de Venezuela a cambio de las deudas contraídas por Carlos I para financiar sus campañas europeas y su título de emperador. Este acuerdo permitía a los alemanes nombrar gobernadores de manera autónoma, usar a los indios como mano de obra, además de un permiso especial por el cual podían llevar hasta allí unos 4.000 esclavos africanos, que habían firmado el 12 de febrero de 1528. Se cuenta también que Enrique de Alfinger y Jerónimo Sailler, agente comercial de los Welser o Belzares, visitaron la corte del rey antes de establecer estas capitulaciones en ese mismo año, dejando establecido en ese instante todo lo mencionado anteriormente (De Oviedo y Baños, 1992, 29):

“Ansí mismo me hiciste relación —dice el rey en el documento de la capitulación del 27 de marzo de 1528, fruto de sus conversaciones— que junto a la dicha tierra de Santa Marta y en la misma costa está otra tierra que es el Cabo de la Vela y el Golfo de Venezuela y el Golfo de San Román y otras tierras hasta el Cabo de Maracapana (…) que vosotros os ofrecéis a pacificar y poblar (…) todo a vuestra costa y munición” (De Oviedo y Baños, 1992, 29).

Estas capitulaciones incluían que el nuevo gobernador de la provincia y capitán general disfrutase de los títulos mientras viviera, lo que le harían ganar unos 200.000 maravedíes por el primer título y 100.000 por el segundo. Podían delegar su puesto en caso de no liderar las expediciones, también se les concedería el título de Alguacil Mayor, pero sin remuneración económica. Además, tenían derechos sobre el 4% de las ganancias que produjese el territorio. Los alemanes, en cambio, se comprometían a llevar con ellos a cincuenta mineros para desarrollar la actividad minera de la provincia de Venezuela, siguiendo un proyecto que la corona había impulsado años atrás en el norte peninsular sin la obtención de ningún beneficio (AA.VV., 6-7).

Como contrapartida, se les exigió a los alemanes la fundación de dos ciudades y la creación de tres fortalezas, desde las cuales deberían explotar el territorio y obtener las mayores riquezas. En caso de no cumplir lo anteriormente pactado, la corona se reservaba el derecho a obtener la cantidad de quinientos ducados, sin que el pago de este dinero significase que estaban exentos de seguir cumpliendo con las obligaciones que habían contraído. Si la flota que iba a Venezuela se estancase finalmente en Santa Marta, García de Lerma debía de correr con todos los gastos de la empresa, indemnizando a la tripulación alemana.

Con tan solo veintiocho años, Ambrosio Ehinger, o Micer Ambrosio como los españoles se referían a su persona, contaba ya con la posesión del título de gobernador de Venezuela, otorgado por García de Lerma[4]. Este contaba con la simpatía del rey Carlos, pero no con los hombres suficientes para poblar un territorio. No obstante, supervisaba desde 1519 la costa norte de Suramérica, por eso era gran conocedor de la situación geográfica de Venezuela (Grosshaupt, 1991, 3-4).

Don Gonzalo Jiménez de Quesada en Colombia. Ambrosio Von Alfinger
Don Gonzalo Jiménez de Quesada en Colombia. Palacio Liévano

El gobierno de Ambrosio Alfinger

Ambrosio demostraba, ya en aquellos momentos, una actitud fiera, codiciosa y cruel (Arciniegas, 1990, 212). Una de sus mayores ambiciones era la persecución de «el Dorado», reino legendario ubicado en la frontera entre Venezuela y Colombia donde se creía que existían grandes cantidades de riqueza (Chapman, 1967, 48). Venezuela no ofrecía a los pobladores las mismas oportunidades que México o Perú, sin embargo, formaba parte de una motivación irracional, fruto del misterio. Sirviéndose de las ilusiones y expectativas de los españoles cuando llegaron a estas tierras, decidieron estos alemanes embarcarse obsesivamente en la búsqueda del oro. Según decía la tradición, un cacique denominado como el Dorado, cubría su cuerpo desnudo con polvo de oro y posteriormente se bañaba en un lago que estaba encantado para así quitárselo y consagrar a sus dioses. A este mito le siguieron el de la ciudad dorada del sol. Esta era la principal motivación de la mayoría de los exploradores cuando acudían a las selvas de Orinoco y Río Negro (Fastenrath, 1892, 367).

El Dorado ha sido, históricamente, una leyenda atractiva que engañó a los viajeros que soñaban con una mina de oro inacabable, y les hacía recorrer las selvas vírgenes nunca pobladas por el hombre, y en las que las posibilidades de morir eran elevadas (Fastenrath, 1892, 367).

La corona actúo de manera inteligente, advirtiendo de los futuros problemas que iban a encontrar en aquellas tierras, como eran el carácter belicoso de sus habitantes, y el apoyo de los oriundos a los españoles que habían llegado allí con anterioridad (AA.VV., 7). Los españoles, Rodrigo de las Bastidas y Juan Martínez de Ampués fundaron respectivamente en el año 1515, las colonias de Santa Marta y Santa Ana de Coro.  Esta última sólo contaba con veinte meses de existencia cuando los alemanes llegaron allí (Fastenraht, 1892, 368).

De manera simultánea a la llegada de Ambrosio Ehinger y su tripulación a Coro, se encontraba allí, Juan Martínez de Ampués, su fundador. Este venía ejerciendo el cargo de Factor Real desde 1511 en la Isla de la Española. Gracias a su buen trato con personajes como el cacique Manaure, construiría el pequeño asentamiento de Coro el 27 de julio de 1527 (Fundación Centro Nacional de Historia, 2012, 31-40). Los alemanes dan con una colonia pobre y llena de esclavos, sin embargo, era sorprendente el clima de paz que allí residía gracias al ejército español. Ampués había desarrollado un sistema basado en la amistad y en la concordia y no en la amenaza y la fuerza. Los recién llegados no iban a gozar de un terreno rico, pero si de una relativa armonía. Para los nativos, Ampués era conocido como “Juan, el bueno” debido al buen trato que les dispensaba (Fundación Centro Nacional de Historia, 2012, 31-40).

Llegaron allí generando una gran sorpresa, puesto que los españoles no conocían que aquel hombre tuviera el título de gobernador. Para Ampúes, esto supuso una gran desolación, sin embargo, no le quedó otra opción que aceptar lo que aquel papel mostraba, aquella era la voluntad del monarca y no podía negarse a cederle su territorio. Las fuentes nos cuentan que a partir de este episodio vivió el resto de su vida retirado en la isla de Santo Domingo, sin ser suficiente la entrega de la señoría de la isla de Curazao que el monarca le hizo para agradarle después de su desconsuelo (De Oviedo y Baños, 1992, 32). Para los soldados no eran buenas noticias tener que rendir pleitesía a Ambrosio Ehinger, del que dedujeron que sólo estaba allí para obtener ganancias, libre de compromisos y responsabilidades (Arciniegas, 1990, 215).

El desarrollo y conservación de Coro no estuvo entre los objetivos principales de Ehinger, una vez que esta estuvo en su posesión. No obstante, instaló en ella oficios propios de una república, además de una buena administración judicial (De Oviedo y Baños, 1992, 32). Lo más espeluznante de este periodo fueron, indudablemente, las cacerías hacia los indios, propiciadas por la falta de botín por parte de la tripulación alemana, lo que les obligaba a obtener nuevos recursos sea como fuere. Inició una nueva técnica consistente en la marcación con hierro a sus cautivos, para poder evitar así, posibles equivocaciones con el tráfico de personas (Arciniegas, 1990, 214).

Un día, estando Ambrosio en las orillas de un lago situado al oeste de Coro, quedó absorbido por su belleza. Este lago se denominaba comúnmente como Maracaibo. Los españoles lo habían descubierto anteriormente y habían quedado igual de sorprendidos que él. Se cuenta, a modo de leyenda, que el nombre de Venezuela deriva de la supuesta similitud que esta zona del lago mantenía con Venecia (De Oviedo y Baños, 1992, 34).  Este episodio se remonta al viaje en las Américas del joven caballero castellano Alonso de Ojeda con Juan de la Cosa como cartógrafo y Américo Vespucio. Este último descubrió en los meses estivales del año 1499 el golfo de Venezuela, decidiendo bautizarla así por haber visto allí gran cantidad de chozas edificadas en las aguas de manera encajada, rememorando así la imagen de Venecia en Italia. Este nombre ha perdurado hasta nuestros días (Fastenrath, 1892, 363-375).

Armada de los Welser en Venezuela. Ambrosio von Alfinger
Ejército de los Welser en Venezuela. Hieronimus Köler (circa 1560)

En estos primeros asentamientos se siguió el modelo portugués de factoría comercial, donde podían controlar los territorios interiores mediante alianzas y caciques que gobernaban las regiones. Si la colonia conseguía mantenerse en una situación próspera, pasaba a convertirse en un polo de atracción extranjera y negocios internacionales. Maracaibo consiguió estas bases debido a la facilidad de cultivos europeos que tenían sus suelos, además de por sus posibilidades de caza y pesca (AA.VV., 7).

A las orillas de este lago, contempló Ambrosio la llegada de bergantines alemanes. En la otra parte del lago, montaría un racho y se olvidaría de sus obligaciones respecto a sus promotores, los Welser. De esta forma, el 8 de septiembre de 1529 quedaría fundada Maracaibo. Esta pequeña villa estaba denominada por los alemanes como la “Nueva Núremberg». Ambrosio desaparece de Coro y deja el gobierno de la colonia a Juan Sarmiento (Arciniegas, 1990, 215).

Los Welser deciden mandar más naves a la isla, mientras que Ehinger huye de allí junto a un total de doscientos hombres y con hambre de iniciar una nueva aventura expansionista. Narran las fuentes que todos aquellos hombres emprendieron su marcha, tanto en caballo como a pie y que si alguno de ellos paraba en su camino por motivos de cansancio, Ambrosio mandaba que le cortasen la cabeza (Arciniegas, 1990, 215). Gran parte de estos hombres sufrieron enfermedades derivadas de la inadaptación bacteriológica y medioambiental. También perecían por desnutrición, picaduras de insectos o animales o por la ingesta de sustancias alucinógenas (AA.VV., 9).

Después de meses tratando de descubrir más territorios, sin importarle la cantidad de oro y esclavos adquiridos ya, decidió volver al rancho que había fundado. Debido a las enfermedades que su tripulación había atravesado, se veía incapaz de realizar nuevas campañas por lo que pidió socorro a Coro, la cual había abandonado tiempo atrás. En esta ciudad se había quedado como teniente N. Federmann, cronista alemán que acompañó a A. Ehinger en su empresa (Arciniegas, 1990, 217). De esta llamada de socorro consiguió que llegaran infantes, caballos y armas necesarias para la guerra (De Oviedo y Baños, 1992, 35-36).

En el rancho, dejó a la parte de su tropa enferma a cargo del Capitán Venegas. Volvió a irse de este lugar en 1530, en esta ocasión para dirigirse a la zona del Poniente. Llegaría al Valle de Upar[5], el cual quedaba, sin él imaginarlo, fuera de su jurisdicción. Cometería el tremendo error de devastarlo. Posteriormente, llegaría a las provincias de Pocabuyes y Alcojolados, aprovechándose de las buenas cantidades de oro que allí residían. Finalmente dio con la laguna de Tamalameque[6], conocida como Zapatosa, encontrándola desierta ya que sus pobladores se anticiparon a huir de allí, tras conocer la noticia de lo que había ocurrido en el Valle del Upar (De Oviedo y Baños, 1992, 35-36). Estos se habían refugiado al otro lado de la laguna, además se habían llevado sus canoas con ellos para evitar que pudieran desplazarse las tropas alemanas. No obstante, no contaron con que algunos de los hombres que acompañaban a Micer Ambrosio, se lanzarían a nadar por la laguna. Este lugar quedaría también bajo el sometimiento de este particular personaje (De Oviedo y Baños, 1992, 37).

Decidió descansar durante un corto periodo de tiempo en el que aprovechó para mandar a otros territorios a algunos de sus hombres, liderados por el capitán Iñigo de Bascona. Todas las riquezas que había acumulado, las consiguió con el motivo de mostrar sus logros y animar a más hombres a acompañarle en sus proezas, pero lo que no previó es que todos estos hombres acabarían perdidos por el camino. Aguardó en vano a la llegada de estas tropas en los ríos Cesare y Margarita. No le quedó más opción que continuar por la orilla de los ríos Magdalena y Lebrija, en los que fueron atacados vilmente por los mosquitos, lo que unido a la falta de alimento, hizo que pasaran uno de los momentos más míseros desde que habían llegado al continente. Por esta razón, denominó a esta zona como el Valle de la Miseria (Fastenrath, 1892, 370).

Estuvo obligado a volver a Santo Domingo en 1530, y no continuar con su afán, para recuperarse de la fiebre. Los españoles, que vigilaban todos los movimientos del alemán, sabían que no había ido hasta allí sólo para curarse de su mal, sino que también iba para realizar compras con todo el oro que había conseguido y volver desde allí a Coro (Arciniegas, 1990, 229).

Paralelamente, se promulga una norma por la cual solamente los Welser podían mandar mercancía a Venezuela, no admitían que ningún oficial de la Hacienda Real se inmiscuyese y registrase sus mercancías repletas de oro. Ellos controlaban todo el comercio, primeramente vendían sus mercancías a un precio muy razonable, pero fueron contrayendo deudores españoles con el paso del tiempo. Ambrosio, que andaba más preocupado por endeudar a los españoles que de otros asuntos más importantes, no permitía que la tierra escapase de sus manos (Arciniegas, 1990, 229).

Ambrosio von Alfinger
Raro mapa de John Pinkerton sobre la situación de esta parte de América en el año 1810.

Una vez consiguió recuperarse, volvió a Coro. Desde allí, envió a España a Nicolás Federmann, al cual había dejado al mando durante su ausencia. Su ambición era tan grande que se sentía obligado a seguir descubriendo territorios. Eligió a cuarenta hombres con caballos y dejó en Coro a aquellos que estaban casados o enfermos. En la mayoría de los lugares a los que llegaron, se encontraron con el rastro que habían dejado los españoles al mando de García de Lerma. Los indios, de manera muy hábil, se inventaban la existencia de un ídolo de oro que iba siempre en una hamaca, con la intención de que los alemanes no se demorasen mucho en sus poblaciones. Venezuela era un territorio rico, pero no tanto como Ambrosio soñaba (Arciniegas, 1990, 230-233).

Durante estos momentos de ofensiva alemana, los indios intentaron por todos los medios, la organización de una defensa decente. Sembraban el suelo de púas con veneno, incluso desarrollaban guerrillas, que no hicieron más que fracasar por el poder superior de sus enemigos. Los cronistas católicos denominaron a Ambrosio como “El Luterano”, Fray Bartolomé de las Casas lo retrató de esta forma:

“Han asolado, destruido y despoblado estos demonios encarnados más de cuatrocientas leguas de tierras felicísimas, y en ellas grandes y admirables provincias, valles de cuarenta leguas, regiones amenísimas, poblaciones muy grandes, riquísimas de gente y oro. Han muerto y despedazado totalmente grandes y diversas naciones, muchas lenguas que no han dejado persona que las hable, si no son algunos que se habrán metido en las cavernas y entrañas de la tierra huyendo de tan extraño y pestilencial cuchillo.” “Una vez, salíendoles a recibir de la manera dicha, hace el capitán, alemán tirano, meter en una gran casa de paja mucha cantidad de gentes y hácelos hacer pedazos. Y porque la casa tenía vigas en lo alto, subiéronse en ellas mucha gente huyendo de las sangrientas manos de aquellos hombres o bestias sin piedad y de sus espadas: mandó el infernal hombre pegar fuego a la casa, donde todos los que quedaron fueron quemados vivos. Despoblóse por esta causa gran número de pueblos, huyéndose toda la gente por las montañas, donde pensaban salvarse.” (De las Casas, 1552, 59)

La ambición y caída de Ambrosio

Meses después de aquello, emprendió otro viaje, donde volvió a recorrer las tierras de los Pocabuyes y el río Magdalena. Desde allí, llegó a la ribera del río Cauca, donde adquirió riquezas con un valor superior 60.000 castellanos de oro. Llegando a la provincia de Mérida, se encontró con las tierras fértiles de Chinacota[7] , cercana a la ciudad de Pamplona y pertenecientes a territorio neogranadino. Le estaban esperando allí, conocedores de su infinita avaricia y crueldad. Habían previsto la retirada de sus familias en lugares recogidos de los montes (De Oviedo y Baños, 1992, 43-44).

Un buen día, al retirarse Ambrosio a conversar con su gran amigo Esteban Martín en un tranquilo valle, aprovecharon los indios chitareros para desarrollar una estrategia que tenían planeada desde tiempo atrás, consistente en pillarle desprevenido y atacarle por sorpresa. Cuando Ambrosio intento sacar su espada para defenderse de esta emboscada, se encontraba ya malherido sin posibilidad de hacer nada. Delante de los indios disimuló su dolor y prometió vengarse de todos aquellos que habían participado en aquel ataque. Desangradas sus heridas, murió tres días después, se cuenta que esta flecha que le atravesó la garganta contenía veneno también, lo que hizo que se filtrara por todo su cuerpo. Dejaba con su muerte, una herencia repleta de atrocidades y tiranía. Se llegó a pensar que los españoles tuvieron algo que ver con su fallecimiento, debido al poco afecto que despertó entre la mayoría de las personas que lo conocieron en vida. A este lugar se le conoce, tras su muerte, como el valle de Micer Ambrosio (De Oviedo y Baños, 1992, 45).

No se puede saber con exactitud quiénes podían estar más contentos con la muerte de este hombre, si los indios o los españoles. Ambos habían sido testigos directos de la opresión causada por los alemanes y soñaban con que el rey no volviese a mandar hombres de la misma procedencia. Pero Carlos, que apoyaba a los alemanes por su dependencia económica hacia ellos, decidió apoyarse en uno de los artículos que se habían tratado en la capitulación firmada con los Welser en 1528, en el cual se instaba a rellenar la vacante que dejaba Ambrosio tras su fallecimiento (Arciniegas, 1990, 243-244).

Ambrosio Von Alfinger había dejado como su sustituto a Bartolomé Sailer, teniente y capitán general de la Provincia desde 1531, pero este será destituido por los miembros del Cabildo y por la presión de la población. Los Welser, cada vez más cercanos al monarca, sentían que todo ese oro que se había descubierto debía de seguir siendo suyo. Nicolás Federmann, que había sido desterrado por el propio fallecido, miraba con melancolía la posibilidad de regresar y gobernar la provincia. En Coro, la noticia de su muerte fue recibida con seis meses de tardanza y con gran exaltación, aún sin conocer la llegada del que sería después el más conocido de todos los conquistadores alemanes en aquellos años de posesión. Resaltaba también por su amor por el oro y su falta de escrúpulos, consiguiendo llegar hasta la actual Bogotá (Fundación Centro Nacional de Historia, 2012, 31-40).

“Tomamos como guías algunos indios que habíamos capturado y llevábamos en cadenas, los cuales nos condujeron a un arcabuco, hasta que perdimos el camino. Sin embargo, los seguimos, pues, según sus avisos, llegaríamos al territorio de los cyparicotes por otro camino. Durante todo este día no encontramos el otro camino del que nos hablaban los guías, y llegó la noche. Acampamos cerca de un riachuelo, comiendo algo de los mandamentos o comida que habíamos traído y que pronto se nos acabaron, pues pensábamos alcanzar aquel mismo día algunos pueblos o aldeas. Hice dar tormento a los indios, quienes, sin embargo, persistían unánimemente en lo dicho. Tampoco al otro día encontramos camino alguno, y tuvimos que andar por el bosque, siguiendo el curso del sol hacia el oriente y perdiendo toda esperanza, pues nos veíamos engañados por los indios (…). Así viajamos todo aquel día sin comer y aun sin agua, salvo la que traíamos del lugar donde habíamos acampado por la mañana. Hice descuartizar a dos de ellos para atemorizar a los demás; pero de nada sirvió, pues preferían ser muertos antes que quedar nuestros prisioneros. Sólo nos habían conducido por este camino para perdernos y para que muriésemos de hambre, de lo que estuvimos muy cerca, y así vengarse de nosotros.” (Federmann, 1958, 115)

Federmann fue el único que logró salir vivo de allí, muriendo en la ciudad de Valladolid, España, en el año 1542. Después de este, llegaría el conocido como Jorge de Spira, nombre que referenciaba al pueblo alemán de Speyer. Estaba reconocido por los cronistas como “el demente”, por su locura y deseos de riqueza. Empeñó más de tres años en la búsqueda de tesoros, para simplemente obtener la consecución de 1.600 pesos y la muerte de más de la mitad de sus hombres. Moriría en 1540 a causas de unas fiebres relacionadas con el paludismo (Fundación Centro Nacional de Historia, 2012, 38). Dentro de todos los gobernadores alemanes, el que se comportó de manera más ecuánime y cívica fue Philipp Von Hutten. Nueve hombres recorrerían tierras venezolanas de 1528 a 1545.

La labor de gran parte de estos hombres se alejó mucho de lo determinado con el emperador en 1528. Por ello, no nos extraña hoy, que Carlos decidiese rectificar y eliminar todo lo acordado con los alemanes en el año 1546 (Fundación Centro Nacional de la Historia, 2012, 40-41).

Conclusiones: la figura de Ambrosio Ehinger

Después de este breve análisis por la figura de Ambrosio Ehinger, se pone de manifiesto que, si los alemanes no se hubieran visto presos de su propia ambición desenfrenada y hubieran dedicado todos sus esfuerzos a la fundación de nuevas ciudades y fortalezas, tal y como se habían comprometido, probablemente hubieran llegado a colonizar de manera más hábil y duradera esta parte del continente.

La historia de los alemanes en Venezuela es una prueba evidente de como una falsa ilusión y la fascinación hacia lo desconocido y lo exótico pueden descontrolar las decisiones de los exploradores. Resulta curioso también que, en pleno Renacimiento europeo, destacasen de manera tan elevada las casas de finanzas y el mecenazgo como brazos ejecutores de proyectos de tamaña envergadura. Los Welser contaban con la ventaja de que la corona española tenía en ese momento una hacienda poco unificada. Otro hecho relevante es que la conquista de estos nuevos territorios no era una pugna clara entre europeos e indios, sino que era un enfrentamiento entre europeos y europeos, que se ponían piedras en el camino para desbaratar los intereses del rival.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Arciniegas, G. (1990). América, tierra firme y otros ensayos. Fundación Biblioteca Ayacucho.
  • VV. (n. d.). El tesoro perdido de Ambrosio Alfinger. Venezuela.
  • CHAPMAN, W. (1967). The Golden Dream: Seekers of El Dorado. Indianápolis: Bobbs-Merrill.
  • DE OVIEDO Y BAÑOS, J. (1992). Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Fundación Biblioteca Ayacucho.
  • DENZER,J. (2005). Die Konquista der Augsburger Welser-Gesellschaft in Südamerika (1528-1556). Historische Rekonstruktion, Historiografie und lokale Erinnerungskultur in Kolumbien und Venezuela. Múnich: Beck
  • FUNDACIÓN CENTRO NACIONAL DE HISTORIA (2012). “El camino sangriento de El Dorado. La Venezuela de los Welser”, en FUNDACIÓN CENTRO NACIONAL DE HISTORIA “Invasión Europea y resistencia ante el sistema colonial” Colección Memorias de Venezuela: 31-40.
  • GROSSHAUPT, W (1991). “Los alemanes en Venezuela” en Revista Encuentros, 11: 3-42.
  • FASTENRATH, J. (1992). “Los exploradores alemanes en la América del Sur en la época de la conquista” en El Centenario: Revista Ilustrada (Tomo I): 363-375.
  • FEDERMANN, N. (1958). Historia Indiana, traducido por primera vez directamente del español al alemán por Juan Friede. Madrid: Aro Artes Gráficas.

 

[1] Considerado como uno de los generales más importantes de la Historia, encargado de la expansión mediterránea por parte del reinado de Justiniano I.

[2] Municipio dominicano cabecera de la provincia de Sánchez Ramírez, su nombre antiguo es Cotoy, el cual se refería a la comunidad taina que se localizaba alrededor de las minas de oro y plata explotadas por los conquistadores españoles.

[3] Ciudad de origen azteca

[4] Parte de la dinastía mercantil burgalesa

[5] Ciudad ubicada en el norte de Colombia

[6] Municipio colombiano

[7] Actual Colombia

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