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El triunfo de Carlos V en Italia

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Tapiz de Bernard van Orley, Museo de Capodimonte (Nápoles)

Las campañas del emperador Carlos V de Habsburgo, cargo que ocupaba desde 1520, en la Península itálica durante la primera mitad del siglo XVI se encuadran dentro de su rivalidad con el rey francés Francisco I de Valois, en la que el dominio de dicho territorio era una de sus principales cuestiones, en concreto la posesión del Milanesado, en disputa entre Francia, España y la familia Sforza, gobernadores de forma intermitente del territorio desde mediados del siglo XV hasta el definitivo dominio español.

Un joven Carlos V retratado por Bernard van Orley (a partir de 1515)

La importancia estratégica del Ducado de Milán para el Imperio estribaba en la necesidad de conservar sus posesiones del sur peninsular y su conexión con el Tirol. En noviembre de 1521, las tropas del emperador, aliadas en una Liga con las papales de León X y con la de algunos cantones suizos, y comandados por el condottiero Prospero Colonna, tomaron Milán, posesión francesa desde 1515 y que estaba defendida por Odet de Foix, vizconde de Lautrec, quedando el Ducado, por decisión de Carlos V, en manos de Francesco II Sforza.

Poco después de la conquista de la ciudad lombarda, moriría el Papa León X (Giovanni de Medici), siendo elegido un candidato teóricamente muy cercano emperador, su tutor y confesor Adriano de Utrecht (Adriano VI), antiguo regente de los dominios hispánicos mientras que Carlos se encontraba en Alemania para su coronación imperial, quien además tuvo que lidiar con la Guerra de las Comunidades en Castilla, sofocada en 1521 tras la Batalla de Villalar, y la revuelta de las Germanías en el Reino de Valencia. El suyo sería un breve pontificado, en el que encontró la oposición de los nobles romanos, que lo denominaban “bárbaro”, siendo sucedido en 1523 por Giulio de Medici, que tomaría el nombre de Clemente VII.

El dominio imperial en Lombardía se vio consolidado tras la victoria en abril de 1522 en la Batalla de La Bicoca sobre franceses y venecianos, preludio de la de Pavía (acaecida a principios de 1525).

Francisco I retratado por Jean Clouet (1524)

El norte de Italia no era el único foco de conflicto entre el emperador y el rey francés, ya que este había invadido Navarra en 1521, tomando la ciudad de Fuenterrabía, a orillas del Bidasoa, en la frontera de ambos países, que no sería recuperada por las tropas imperiales hasta 1524, momento en que Carlos se decidió a intervenir Francia, una invasión que contaba con tres vertientes: él mismo entraría en territorio francés desde Navarra, contando con el apoyo del duque Carlos III de Borbón, enemigo de Francisco I, que se dirigiría a la Provenza y el ejército anglo – flamenco del duque de Norfolk y el conde de Buren, con objetivo París. Esta invasión tuvo como único triunfo la conquista de Tolón, llegando a bombardear infructuosamente la importante ciudad portuaria de Marsella.

Además, Tolón debió ser abandonada rápidamente debido a una nueva invasión por parte de Francisco en Lombardía, entrando en Milán el 26 de octubre de 1524, dejando como gobernador de la ciudad a Louis II de la Trémoille, lo que provocó que los Estados Pontificios y la República de Venecia abandonaran su apoyo al Habsburgo para congraciarse con el rey de Francia, de nuevo, por el momento, vencedor en el norte de la península. En este sentido, estas potencias italianas sellarían una alianza con Francisco a finales de año. Tras la invasión francesa, únicamente quedaba como posesión imperial en el Milanesado la plaza de Pavía, defendida por Antonio de Leyva.

La guerra, iniciada como una rivalidad Habsburgo – Valois, había conseguido enardecer el espíritu francés, presente desde los tiempos de la Guerra de los Cien Años, aglutinándose en torno a la figura del monarca, y como nos dice Fernández Álvarez (2000, p. 300), “aquella guerra que parecía iniciada a causa de las rivalidades de dos reyes, se convirtió en una guerra patriótica”,  haciendo fracasar la triple invasión de su territorio por Carlos V, Borbón y su aliado el rey inglés Enrique VIII, casado con Catalina de Aragón, tía del emperador.

La batalla de Pavía y el apresamiento de Francisco I 

Ante todo pronóstico, Pavía no solo resistiría el asedio francés, sino que el ejército imperial el 24 de febrero de 1525 venció al francés, a pesar de la superioridad numérica de este, y tres soldados españoles conseguirían capturar al mismísimo Francisco I, quien sería trasladado a Madrid, donde quedaría recluido en el Alcázar. El ejército victorioso no solo estaba formado por los soldados españoles al mando de Leyva, sino también por tropas de Charles de Lannoy, virrey de Nápoles, Fernando Francesco de Ávalos, marqués de Pescara y el alemán Frunsberg, al mando de mercenarios compatriotas suyos, todos bajo el mando del duque de Borbón.

A pesar de todo, la victoria en Pavía, conseguida gracias a que el ejército francés se vio atrapado entre dos frentes, el de los asediados y el del resto del ejército imperial, produciéndose una asombrosa salida de los primeros, que cogió por sorpresa a los franceses. tenía un mayor valor simbólico que militar, ya que no puso fin a la guerra en el norte de Italia.

Una vez preso el rey Francisco en el Alcázar madrileño, donde enfermó, lo que ponía en una situación complicada al emperador en caso de que falleciera, se abrió el camino para la negociación entre ambos monarcas, llegándose a un acuerdo en el Tratado de Madrid del 14 de enero de 1526, que establecía que para la liberación del rey francés debía a entregar a Carlos el ducado de Borgoña, una reclamación patrimonial del emperador debido a su abuela paterna María de Borgoña, la renuncia a sus reclamaciones del Milanesado, Génova y Nápoles y la permanencia en España como rehenes de los dos hijos mayores de Francisco, mientras que este se casaría con la hermana del emperador, Leonor de Austria.

La Liga de Cognac y el Saco de Roma

Sin embargo, pronto el Valois incumplió lo pactado con el emperador y pactó contra él con los Estados Pontificios y Venecia, recelosas del poder de Carlos V en la península, formándose la Liga de Cognac (también llamada Liga Clementina porque fue impulsada por el Papa Clemente VII) en mayo de 1526 con el objetivo de expulsar a los imperiales de la península, estando dispuestos incluso a un acuerdo con Solimán el Magnífico, el sultán otomano, para que atacara las posesiones imperiales, destrozando al ejército húngaro en agosto en Mohacs, muriendo el propio rey Luis II, cuñado del emperador por su matrimonio con María de Austria, cuyas coronas de Hungría y Bohemia pasarían a Fernando de Austria, hermano menor del emperador.

El Castel Sant’Angelo (Roma, Italia) en la actualidad

Ante la posterior inactividad en el frente húngaro por la ausencia de nuevas ofensivas por parte del Turco, el emperador respondió con la entrada del duque de Borbón en Italia, recuperando de nuevo Milán, en manos francesas a pesar de la derrota en Pavía, con objetivo Roma, devastando Toscana a su paso. A las tropas de Borbón, se unirían los lansquenetes alemanes de Frunsberg, del virrey napolitano, que avanzaría desde el sur, los tercios viejos españoles de Alfonso de Ávalos marqués del Vasto, la caballería ligera de Orange y los mercenarios italianos de Fernando Gonzaga.

Ante la amenaza imperial, Clemente fortificó apresuradamente la Ciudad Eterna y se refugió en el Castel Sant’Angelo, pero la ciudad no escapó de la furia de los invasores que realizaron un primer saqueo de Roma en febrero de 1527, repitiéndose en mayo con mayor saña, ya que sin soldada y descontroladas, las tropas tras la muerte de Borbón en el asalto causada por el escultor y orfebre Benvenuto Cellini, según el propio artista, fueron los culpables de “todo tipo de expolios y tropelías” (Floristán, 2002, p. 196), provocando, según algunos autores como Davide Scalmani (2016, p. 177), el fin del Renacimiento italiano, por los desastres causados por el ejército imperial, en especial por los lansquenetes luteranos alemanes, ya que, “el Saco de Roma fue nefasto para las artes, con destrucciones y huidas de artistas” (Zalama, 2016, p. 173) aunque la ciudad se recuperara y el Papa volviera tras su huida a Orvieto cuando fue liberado meses después del saqueo.

Prácticamente al mismo tiempo que se producía el saco de Roma nacería en Valladolid el heredero de Carlos, el futuro Felipe II, fruto de su matrimonio con Isabel de Portugal.

Los hechos acaecidos en Roma fueron un golpe de efecto por parte del emperador, pero de todas formas era una situación escandalosa, ya que el Papa, en un principio, todavía seguía preso en la fortaleza romana, justificándose a través de Alfonso de Valdés, humanista y secretario de cartas latinas del emperador, por la corrupción de la Iglesia.

Sin embargo, la guerra en Italia continuó con la entrada en el Piamonte, conquistando Asti y Alejandría (Alessandria), de un ejército francés comandado por Lautrec (teniendo como aliados a Inglaterra, antiguo aliado imperial, y a Venecia, con la liberación del Papa como casus belli); y con el asedio de Nápoles de la flota francesa y genovesa al mando del almirante Andrea Doria, cuyo cambio de bando resultó decisivo para la liberación de la ciudad y para que el resultado de la guerra en Italia fuese favorable para Carlos V.

El fin de la guerra

Al año siguiente, en 1529, se llegó a un acuerdo para la deseada paz con el Tratado de Barcelona con los Estados Pontificios y con Francia con el Tratado de Cambrai o “Paz de las Damas” porque fue negociada entre Margarita de Austria, tía del emperador y gobernadora de los Países Bajos y Luisa de Saboya, madre de Francisco I, mediante el cual este renunciaba a sus pretensiones italianas y Carlos, a las suyas sobre Borgoña, pero que consolidaba el dominio español en la península, quedando el ducado milanés en manos de Francesco II Sforza, aunque siempre en la órbita del emperador, cuyo culmen de poder llegaría al año siguiente con su solemne coronación imperial por el Papa Clemente en Bolonia el día de su cumpleaños y aniversario de la batalla de Pavía (24 de febrero). Finalmente, los dos hijos de Francisco I rehenes en España volverían a Francia tras el pago de una importante suma.

BIBLIOGRAFÍA

Fernández Álvarez, M. (2000). Carlos V, el César y el hombre. Madrid: Espasa.

Floristán Imízcoz, A. (2002). Historia Moderna Universal, Barcelona: Ariel.

Scalmani, D. (2016). Historia de Italia. Madrid: Sílex.

Zalama Rodríguez, M.A. (2016). El Renacimiento: artes, artistas, comitentes y teorías, Madrid: Cátedra.

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