Durante el siglo III en adelante, el imperio romano, cuya naturaleza, grosso modo, se había basado entre otras cosas en el eclecticismo cultural (basado a su vez en el pragmatismo y el control), fue testigo de uno de los cambios culturales más radicales de su existencia, y que terminó afectando a todas las esferas sociales que lo componían: la relación entre las distintas religiones existentes en el entramado ideológico romano. Este proceso se vio complementado por otros de carácter político y económico que, si bien profundas y muy influyentes, solo veremos aquí de manera anecdótica (pero que podéis disfrutar aprendiéndolos mejor en el artículo de mi compañero Esteban García).

El imperio romano disponía de una extensión y una red de contactos suficientemente grande para aguardar una fluctuación constante de cultura y creencias entre territorios que debían gobernar y administrar. Como se sabe, el proceso de conquista fue dispar y sobre lugares muy diferentes y ajenos entre sí. Esto es muy importante a la hora de entender que las medidas sociales, económicas y religiosas van a influir tangencialmente distinto según la región. Oriente y Occidente no se dividieron territorialmente hasta Teodosio, pero siempre tuvieron una esencia (y un tratamiento) dispar.

Fuentes

Por último, para comprender la época, haremos una pequeña reflexión sobre las fuentes literarias del periodo. De esta manera, las fuentes primarias romanas nunca fueron lo que ahora denominamos por objetivas (lo que no significa que no sean útiles), mas hay que diferenciar entre el elemento que causaba su mayor sesgo ideológico: a grandes rasgos, durante el tradicionalmente llamado Alto Imperio lo vital para entender la posición de los autores era su estatus social, generalmente asociado a la aristocracia conservadora y al Senado.

Del siglo III en adelante, se ha de tener en cuenta la simpatía o rechazo por las distintas corrientes filosóficas y religiosas. Podemos diferenciar así a autores claramente paganos (Amiano Marcelino, Dion Casio, el emperador Juliano, Libanio…) o, por otro lado, visiblemente cristianos (Lactancio, Eusebio, Orosio, San Agustín…), por nombrar los más ilustres. Sus consideraciones personales contribuirán a formar la imagen de la época que ha llegado hasta nosotros, aunque ahora hacemos uso de otro tipo de fuentes que nos ayudan a completar la información sobre el pasado.

CONTINGENTES ENFRENTADOS?

¿Hubo un conflicto directo entre los intereses y las diferencias entre cristianos y paganos?
Sí.
¿Eran las únicas corrientes de pensamiento, cultos y religiones del imperio romano?
Rotundamente no.

Como hemos venido diciendo, un sistema que administrara un territorio tan vasto se componía de una cultura que era muchas cosas, pero de ninguna manera simple y homogénea. Mejor dicho, el imperio romano estaba compuesto por un conjunto de culturas en relación y con las que el estado mediaba. El cristianismo, que suele protagonizar, sino acaparar, los discursos historiográficos, se fue erigiendo en torno a una jerarquización y a un sistema de creencias complejo, mas no era el único culto que competía en popularidad con las creencias tradicionales.

De esta forma el concepto religioso no puede entenderse durante el siglo III (ni tampoco el IV) solo como una lucha entre dos bloques, el cristiano y el pagano, sino como un conglomerado de creencias autónomas que necesariamente tuvieron que lidiar con unas creencias oficiales. Si bien muchas de ellas no tuvieron su origen en el siglo III, fue entonces cuando tuvieron su auge y se expandieron ampliamente, además de ser sus respectivas teologías profundamente reflexionadas y fijadas ante la necesidad de códigos y credos que seguir, consecuencia de cierta desconfianza del aparato político tradicional (Alvar, 2014: 269).

De esta manera se nos presenta un cúmulo de creencias cada vez más integradas en los territorios romanos y que, dependiendo de cuál, eran seguidas desde por clases bajas hasta por emperadores. Sin embargo, algunas de ellas a veces imposibilitaban dicha coexistencia con la religión tradicional, a su vez basada en siglos de costumbres y regidora del mundo ideológico, político y administrativo romano (Alvar, 2014: 271).

Mapa de la extensión del imperio romano dividido según sus fases de expansión.
Mapa de la extensión del imperio romano dividido según sus fases de expansión. Google imágenes.

Como con todo contacto, se asimilaron y/o se ponían en duda entre ellas. En este periodo, el siglo III, vamos a destacar las concepciones religiosas más extendidas:

  • Cultos mistéricos.
  • Isis y Serapis.
  • Mitra.
  • Cristianismo.
  • Sol Invictus.
  • Cibeles y Atis.

De origen griego.

Un conjunto de cultos muy extendidos en el siglo III fueron los cultos mistéricos, de origen griego, relacionados originalmente con deidades vinculadas a la fertilidad y al cultivo de los campos. Estos morían para luego triunfar en sus cometidos (producto de la observación de la naturaleza). Sus participantes fueron especialmente reacios a desvelar su funcionamiento, pero sin duda sus cultos se estructuraban en base a ritos de iniciación y prometían la salvación mediante el conocimiento de la realidad divina y, por ende, de la verdad absoluta. Lo realmente prometedor de estos cultos es la superación del fatal destino (fatum) al que todos, irremediablemente, estaban destinados. Esto superaba hasta al poder de los dioses tradicionales. Y es una meta individual, lo cual es una novedad importantísima en el pensamiento romano (Blázquez, 1989: 456-458).

La oportunidad de un bien ultraterrenal dado mediante el conocimiento de la verdad y de una divinidad superior y universal, además de compartir características con otras religiones, era lo suficientemente fuerte para prosperar en un mundo desarraigado e inseguro. Su esoterismo suponía una concepción radicalmente divergente al ámbito público y colectivo propio de la religión tradicional (Alvar, 2014: 266). Para hacernos una idea de su extensión, los emperadores Adriano (siglo II) y Juliano (siglo IV) se iniciaron en ellos e hicieron de ellos su culto, además del tradicional.

De origen asiático y africano.

El culto a Cibeles, iniciado ya con el contacto con Cartago durante la República, se mantuvo, asimilada a otras deidades como Atis, en el Bajo Imperio (esta fue la única deidad incorporada a la religión oficial desde mediados de la República (II a.C.) hasta Isis y Serapis por Caracalla en el siglo III d.C. (Garnsey y Saller, 1990: 201); Isis, desde Egipto, una diosa protectora en vida y ultratumba, con una división sacerdotal organizada y una iconografía que se haría notar en el cristianismo (Blázquez, 1989: 470-471).

Además de estas, se extendió el culto, especialmente entre las legiones, del dios Mitra, de origen iranio y cuyos ritos compartían rasgos mistéricos. Este era un dios persa universal y salvador, que ayudaría a los fieles en el momento de abandonar el mundo terrenal, el cual se veía como un lugar agonizante y terrible. El agua era especialmente simbólica en sus ritos de paso, celebraba la resurrección del cuerpo y su fiesta más señalada era el día 25 de Diciembre. Fue tan venerada que el círculo imperial no fue ajeno a él: contribuyeron distintos emperadores a su culto, sin por ello introducirlo en el mundo tradicional de la religión romana: Caracalla, Septimio Severo y Diocleciano, gobernantes del siglo III, construyeron templos incluso en la ciudad de Roma y elevaron su prestigio al del panteón tradicional (Garnsey y Saller, 1990:202).

Otro ejemplo de culto oriental asumido en las altas esferas y en el imaginario popular es el del Sol Invictus, una concepción de un dios preponderante y supremo. Los demás dioses se encuentran a su servicio o son extensiones de él (y que recuerda enormemente a la estructuración del poder en un régimen imperial). Esta concepción de dios predominante es denominada henoteísmo, y como vemos ya existía una tendencia fuerte y múltiple, por lo que el monoteísmo no fue una ruptura tan exageradamente grande con la tradición como solemos entenderla (¿Alguien recuerda un ejemplo egipcio de esto?).

En este caso, se relaciona el culto solar con el dios Atis y cuya importancia reside en la liberación del alma individual (Alvar, 2014: 401). Este Sol Invicto es especialmente relevante durante la Dinastía Severa, oriunda de Siria, y cuyo introductor fue el excéntrico Heliogábalo. Posteriormente los emperadores Aureliano y Diocleciano pretendieron acercar a dicha divinidad a que fuera la suprema del Estado (Bravo, 1989: 217).

Moneda de Aureliano (270-275) representado con una “corona radiada” en representación del Sol, con él mismo en el reverso y la inscripción “SOLI INVICTO”. Tesorillo.
Moneda de Aureliano (270-275) representado con una “corona radiada” en representación del Sol, con él mismo en el reverso y la inscripción “SOLI INVICTO”. Tesorillo.

Mundos conectados

El avispado lector habrá podido encontrar múltiples y diversas coincidencias con las características que componen la estructura institucional, litúrgica y cosmogónica cristiana. No por esto queremos dar a entender que el cristianismo no tuviera ninguna originalidad, porque no es el caso, sino que fue otro de los movimientos religiosos y culturales que estuvo en boga en estos dos siglos junto con otros que, como hemos visto, también llegaron hasta las élites imperiales. Muchos cultos y religiones incorporadas al imaginario romano, que no al aparato estatal oficial, convivían en una misma realidad durante el siglo III.

Por cierto, habréis notado que tienen como origen común Oriente (ya que Occidente tenía una tradición religiosa diferente y más cercana a los gustos romanos e itálicos, a pesar de una enorme cantidad de cambios a su vez). Por esto mismo no es de extrañar que compartan ritos y características como bien hicieron, por ejemplo, los misterios y el cristianismo (Alvar, 2014: 270), o incluso influencias en la política, como las ideas cristianas en concepciones de gobierno imperiales (Mitchell, 2015: 215).

Eso sí, el contacto necesariamente originó también numerosas y duras críticas: el neoplatonismo era una filosofía de la que se nutrieron los principales pensadores propaganos para combatir la lógica cristiana (aunque compartían con el cristianismo, por herencia de las ideas de Platón, la coexistencia de un mundo terrenal y otro místico (Van Andringa, 2007: 389), y los cristianos proferían hirientes ataques a diversas concepciones religiosas que diferían de su ideología.

Especialmente interesante es hacer notar lo siguiente: una buena parte estas creencias confían en una salvación o salvaguarda individual o colectiva en el más allá. Son deidades poderosas, en ocasiones excluyentes, pero a los cuales podías acercarte mediante diversos ritos que eran regidos, a veces, por una jerarquía sacerdotal. Todo esto nos lleva a pensar que no solo el cristianismo se propone como una solución a un problema mayor, sino que buena parte de las creencias del momento se conciben como una salida práctica a una situación en la que reinaba la inestabilidad y la crisis política y la violencia centraban las actuaciones imperiales. Por otro lado, habremos notado que este tipo de relación individuo/comunidad – deidad era incompatible con el mundo teológico tradicional (público, político).

VETIO AGORIO PRETEXTATO

Epígrafe funerario de Vetio Agorio Pretextato (320-384). Google imágenes.
Epígrafe funerario de Vetio Agorio Pretextato (320-384). Google imágenes.

¿Quién fue Vetio Agorio Pretextato? Fue un procónsul de Acaya (Grecia) del siglo IV, cuyo epígrafe nos ayudará a ejemplificar esta convivencia ideológica. En él se hace eco de los cargos políticos y religiosos que ocupó, al igual que los de su mujer (quien parece gozar de una sorprendente libertad en lo que a cargos religiosos se refiere), y encontramos un bello sincretismo:

Por nombrar solo algunos ejemplos característicos, fue, “augur, pontífice de Vesta [elementos tradicionales romanos], pontífice de[l dios] Sol […] que ha recibido el taurobolio [elemento procedente del culto a Mitra], gobernador consular de Lusitania, procónsul de Acaya, prefecto de la ciudad [de Roma]”

Por el contrario, su mujer, Aconia Fabia Paulina, ostentaba los títulos de “consagrada a Ceres e incluso en los misterios Eleusinos, consagrada en Egina a Hécate, que ha recibido el taurobolio, hierofanta [cargo de los cultos mistéricos] […] estoy imbuida de todos los misterios, tú, piadoso consorte, me honras como sacerdotisa de Cibeles y de Atis mediante ceremonias táuricas […] tú me haces digna de los cultos de la Ceres griega.” (en Lomas, 2014: 387-389).

¿Convivencia o represión?

Este punto ha de ser concluido con la evidencia que a mi parecer tiene más fuerza en el discurso historiográfico sobre la convivencia religiosa en el Imperio romano, magníficamente plasmado en Garnsey y Saller (1990). Esta convivencia lejos está de una situación real de tolerancia en nuestros términos, frente a la que sí
muestran los romanos en otras ocasiones. No existía una confrontación continua ni una resistencia exacerbada, pues la integración de la cultura romana en las provincias, mutatis mutandis, está más que constatada.

Mas la tolerancia venía definida dentro de las directrices de un sistema ajeno, el romano, que decidía los límites y libertades. De esta manera y como estamos viendo, generalmente el no ataque a los cultos no conlleva una introducción de los mismos en el aparato estatal romano (Van Andringa, 2007: 88), y, como veremos más claramente con el cristianismo, el modus operandi ante estas situaciones era, simplemente, la pasividad y la indiferencia más que el esfuerzo en la convivencia (Garnsey y Saller, 1990: 201).

De esta manera, las represalias contra todos estos cultos fueron selectivas y esporádicas, y de hecho la peor parte las sufrieron prácticas como la astrología y la magia, que poco tenían que ver con las nuevas costumbres religiosas, pero que atentaban contra la tradición de lo exageradamente grande que era su influencia en todas las esferas concediendo más credibilidad a los augurios que a los mandatos divinos preestablecidos (Garnsey y Saller, 1990: 203-205).

ALGUNAS CONCLUSIONES HASTA AHORA

Por un lado, las creencias tradicionales paganas se estructuraron de una manera muy diferente a las novedosas religiones exógenas. Las actuaciones por parte del Estado no eran de reprensión, sino de pasividad. Estas organizaciones de carácter religioso simplemente no podían ser controladas, como demuestra el ambicioso número y grado de extensión que tuvieron.

Por otro parte, la popularidad y extensión de los cultos dependían tanto de las clases bajas y aristócratas, que extendían las fórmulas religiosas, como de las decisiones personales imperiales, quienes tenían obvias preferencias y apoyaban ciertos cultos, aunque fuera del aparato estatal (hasta Caracalla como hemos dicho y posteriormente el cristianismo).

Mitra realizando un sacrificio de un toro. Fresco de su templo en San Marino. Siglo II. National Geographic.
Mitra realizando un sacrificio de un toro. Fresco de su templo en San Marino. Siglo II. National Geographic.

¿QUÉ DIFERENCIÓ A LOS CRISTIANOS?

Aunque pudimos constatar cómo las dificultades religiosas iban más allá del conflicto tradicional entre paganos y cristianos, es innegable la existencia de este. Eximiendo la alusión de Tácito ante el incendio de Roma (“los cristianos, una clase de personas que profesa una superstición nueva y perniciosa” Tac. VI, 16,5), en época de Trajano encontramos la primera alusión en las fuentes hacia los cristianos como un elemento que ha de ser tenido en cuenta políticamente es en las cartas de Plinio el Joven (X, 96-97) al emperador Trajano (siglo II) y que servirá de ejemplo de actuación hasta finales del III:

No han de ser perseguidos; si son denunciados y encontrados culpables, han de ser castigados, de tal manera, sin embargo, que quien haya negado ser cristiano y lo haga evidente con hechos, es decir, suplicando a nuestros dioses, consiga el perdón por su arrepentimiento, aunque haya sido sospechoso en el pasado. Sin embargo, los panfletos [denuncias] presentados anónimamente no deben tener cabida en ninguna acusación”

Sacerdotisa realizando ritos paganos (ca. 300). Victoria & Albert Museum, Londres.
Sacerdotisa realizando ritos paganos (ca. 300). Victoria & Albert Museum, Londres.

Como hemos visto en el anterior punto, no es una actuación que difiera demasiado respecto al deber que tenían que cumplir las autoridades para con los demás cultos: asegurar el correcto culto tradicional e intervenir a otros cultos en caso que comprometiera elementos legales o administrativos (impuestos por sacrificios), e incluso identitarios.

“Puesto que el acto religioso culminaba en la realización del sacrificio que, en la simbología pagana, establecía el vínculo entre los romanos, sus ancestros y los dioses de ambos a través de la pietas, se consideraba impío a quien se negara a sacrificar a los dioses, toda vez que el propio emperador solía hacerlo en ciertas celebraciones oficiales […] la negativa al sacrificio podía interpretarse como un acto de rebeldía en cuanto que ponía en entredicho la soberanía incuestionable del emperador.” (Bravo, 1989: 118).

Tan solo por tener un esbozo más de la dimensión que tenía la religión en la vida y en la política romana, vamos a hacer mención de una de las medidas sociales más importantes de la historia del Imperio: el edicto mediante el cual el emperador Caracalla, a comienzos del siglo III, concede la ciudadanía a los habitantes del imperio (salvo esclavos). En un documento que afecta tanto política, económica y socialmente encontramos que la manera de reconocer como ciudadanos a los habitantes es que son aquellos que participan con él en el culto a los dioses:

“El emperador César Marco Aurelio Severo Antonino Augusto declara: [laguna] puedo manifestar mi agradecimiento a los dioses inmortales que me protegen [laguna] […] haciendo participar conmigo en el culto de los dioses a todos los que pertenecen a mi pueblo. […] Este edicto será [laguna] la soberanía del pueblo romano.” (Constitutio Antoniniana, en Lomas, 2014: 242)

La existencia de una convivencia ininterrumpida hasta la primera persecución per se Decio y posteriormente con Valeriano (finales siglo III) no implica necesariamente que no hubiera conflictos antes, pues registrados han quedado multitud de condenas a personas (no a multitudes) de diversas religiones y desórdenes públicos, mas queda muy lejos de la imagen tradicional de represión y matanzas generalizadas que nos ha llegado a través de fuentes cristianas.

El momento en el que se llegaba a una situación de intransigencia venía cuando personas o grupos no respetaban la ley y el orden (intrínsecamente relacionados con la religión tradicional, que imbuía ofrendas al emperador o a representaciones del mismo (Van Andringa, 2007: 91). Esta era la razón por lo que se les designaba ateos, independientemente de la religión o culto que profesasen. La intolerancia surgía en tanto en cuanto no se seguían las cláusulas tradicionales (que desencadenaba la ira de los dioses, lo contrario a pax deorum. De forma más pragmática, debido a los impuestos del culto, suponía un problema fiscal y social. Eso, como vemos, poco tiene que ver con que privadamente se creyese en una religión u otra (Garnsey y Saller, 1990: 206).

Por lo tanto, una razón principal de la animadversión entre cultos y religiones era la imposibilidad de complementar sus visiones sobre el mundo (dioses universalistas, modos de rendir culto, coexistencia con la religión oficial etc.), es decir, de carácter ideológico. Pero me gustaría resaltar dos aspectos que nos ayudan a comprender este proceso como un cambio complejo y durativo, no siempre radical y dramático. Por una parte, conocemos la existencia de muchos cristianos que renunciaron a su fe (lapsi). Pero, más importante aún, ellos, como quienes participaban en los otros cultos, pertenecían a un sustrato común romano, aunque quisieran separase de él. Como una imagen vale más que mil palabras, vamos a ver rápidamente el uso de la misma técnica y el mismo motivo artístico (la cúpula celeste) en dos ejemplos que no podían diferir más:

Detalle de la coraza del “Augusto Prima Porta”. Siglo I. Museos Vaticanos.
Detalle de la coraza del “Augusto Prima Porta”. Siglo I. Museos Vaticanos. Augusto demostró pericia al configurar un sistema de representación en el que se basara una parte de las creencias paganas.
Detalle sarcófago cristiano “Iunius Bassus”. Siglo IV. Roma.
Detalle sarcófago cristiano “Iunius Bassus”. Siglo IV. Roma. El cuerpo celeste, debajo, cubriéndose la cabeza, se encuentra arriba en la coraza de Prima Porta.

El empoderamiento de la iglesia.

Mas bien, el siglo III es el momento en el que la iglesia más se fortalece como institución. Sin embargo esto no quiere decir que fuera un poder unitario y centralizado. Existió una verdadera rivalidad entre distintas doctrinas, cada una con un líder y cuyas disputas se basaron en interpretaciones de su religión y la posesión de propiedades (Leppi, 2007: 97). El cénit de su lucha vendrá en su momento de mayor apogeo,el IV.

En el siglo tercero sí que se constata un refuerzo institucional que haría a la iglesia obtener tanta influencia como para soterrar todos los demás cultos, y lo haría mediante el poder económico. Como hemos visto anteriormente, existían distintas creencias que abogaban por un dios único, por la salvación, con una jerarquía institucional autónoma… Pero no hubo movimiento parejo respecto al crecimiento del cristianismo en unido vínculo con su eficiente sistema, la iglesia. Su desarrollo, visto distintamente según autores, quizá ha de ser visto como que tuvo un aumento significativo y constante, pero no desmesurado, como evidencian escasez de referencias en las fuentes clásicas no cristianas hasta finales del siglo III: en Marco Aurelio, una sola mención, ninguna en Dion Casio (Garnsey y Saller, 1990: 207).

Como induce la lógica, y a pesar de que martirios y represiones locales sirvieron para exacerbar el sentimiento cristiano, la formación de un sistema eclesiástico autónomo y estable solo pudo darse debido a largas etapas de tolerancia, aunque ya hayamos visto en qué términos se debe de usar esa palabra para este espacio de tiempo. Estos sistemas cristianos proporcionaban unos recursos materiales y espirituales que diferían respecto a lo ofrecido por el Estado (Bravo, 1989: 224). Cabe destacar la importancia que tiene la extensión del movimiento religioso, ya que se el cristianismo se introdujo en las aristocracias provinciales. Usualmente encargadas de la administración y gestión de las comunidades, su «cambio de bando » conllevó un aumento de recursos en la iglesia a la par que una reducción de la riqueza municipal tradicional (obligaciones públicas), ahora destinada a un lugar distinto.

De esta manera el poderoso influjo ideológico del cristianismo se unió con un sistema administrativo autónomo y de cada vez mayor organización y juntos supusieron un punto de inflexión en la convivencia entre las religiones del imperio. En siglo IV habrá una actuación mucho más directa, política y conflictiva en lo que a las religiones se refieren…

¡pero eso lo contaré en otro artículo!

Se agradecen la difusión y los comentarios.

CONCLUSIONES Y SUMARIO

Durante el siglo III existían una larga lista de creencias que se extendían por todo el imperio romano de manera más o menos profunda dependiendo de la provincia y del estatus personal. La expansión y promoción de las religiones no dependen de un solo sector de la sociedad, sino de todos.

Estas religiones orientales promueven un modelo de culto que recompensa; mediante ritos de iniciación, con la salvación y el contacto con una divinidad suprema y unificadora.

Habría que replantear los términos “persecuciones” y “tolerancia”, basándose en una convivencia reglada con un paganismo que no se mostraba débil.

El conflicto con la religión tradicional se creaba al no continuar con sus ritos en el ámbito público. De esta manera, el rechazo era entendido como la no aceptación del sistema imperial y administrativo romano. No obstante, como hemos visto, lejos de la religión compartían una cultura producto de décadas o siglos de convivencia.

El cristianismo, hasta mediados del siglo III, no difirió demasiado con el resto de cultos orientales en tanto a relación con el Estado. No obstante, su organización, su popularidad y poder económico serían pilares que otras organizaciones carecían o, directamente, no buscaban.

FUENTES CLÁSICAS

  • Plinio el Joven, Cartas [trad. Julián González Fernández], Madrid, Gredos, 2005.

BIBLIOGRAFÍA

  •  Alvar, J. (2014), “Alto Imperio romano” en García L., Gascó F., Alvar J., Lomas F., Historia del mundo clásico a través de sus textos. 2. Roma., Madrid, Alianza.
  • Blázquez, J. (1989), “Las creencias en la Roma Imperial”, en Roldán, J., Blázquez, J., Del Castillo, A., Historia de Roma. Tomo II. El imperio romano (siglos I-III), Madrid, Cátedra.
  • Bravo, G. (1989), Poder político y desarrollo social en la Roma antigua, Madrid, Taurus.
  • Garnsey, P., Saller, R. (1990), El imperio romano. Economía, sociedad y cultura, Barcelona, Crítica.
  • Leppi, H. (2007), “Old Religions Transformed: Religions and Religious Policy from Decius to Constantine” en Rüpke, J. (ed), A Companion to Roman Religion, Oxford, Blackwell.
  • Lomas, F. (2014), “Bajo Imperio romano” en García L., Gascó F., Alvar J., Lomas F., Historia del mundo clásico a través de sus textos. 2. Roma., Madrid, Alianza.
  • Mitchell, S. (2015), A History of the Later Roman Empire, Óxford, Blackwell.
  • Van Andringa, W. (2007), “Religions and the Integration of Cities in the Empire in the Second Century ad: The Creation of a Common Religious Language” en Rüpke, J. (ed), A Companion to Roman Religion, Oxford, Blackwell.

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