A principios del Quinientos Francia se había consolidado como un reino próspero y poderoso que parecía destinado a sostener el cetro europeo en el siglo XVI. Al frente se encontraba Francisco I, que nada más comenzar su reinado había logrado una gran victoria en la batalla de Marignano que le permitiría la anexión del ducado de Milán. Sin embargo, la oportuna herencia fruto del matrimonio entre Juana la Loca y Felipe el Hermoso había legado al hijo de ambos un extenso patrimonio, con sus posesiones rodeando por sur y este a la vecina Francia.