Retrato de Pablo de Tarso
San Pablo, El Greco, Museo de Arte de San Luis (Estados Unidos)

Continuando con mi recorrido por el cristianismo primitivo comenzado en mi anterior artículo: La persecución del cristianismo primitivo. Pasaré a hablar de una de las figuras clave de este momento. Sin duda, hablo de Saulo de Tarso, más conocido como Pablo. Persona rompedora por excelencia de todas las reglas que no sean las establecidas en su evangelio, Pablo consigue destacar por encima de muchos de los Doce, inclusive de Pedro, aun siendo éste la cabeza de la Iglesia naciente. Como ejemplo más claro tenemos el incidente de Antioquía donde, según el libro de Hechos de los Apóstoles, se dilucidó la importancia de la circuncisión para ser cristiano.

Pablo era, en pocas palabras, una persona enérgica que no duda en decir las cosas claras y que sabía muy bien cómo adaptar el mensaje dependiendo de su audiencia. Algo muy importante teniendo en cuenta el complicado “mercado” de religiones del siglo I d. C.

El entorno de la teología paulina

Una de las primeras cosas que debemos hacer a la hora de estudiar un personaje es, sin duda, echarle un vistazo al contexto en el que vive. Y como también hemos mencionado, el “mercado” religioso en este primer siglo del cristianismo naciente era bastante complejo a la par que abundante.

En primer lugar debemos hablar de la concepción del universo de asirios y babilonios. Para éstos, la Tierra era plana, de forma circular normalmente, pero con cuatro puntos cardinales bien diferenciados, los “cuatro confines” de la Tierra. El centro de esta era Babilonia. En la parte inferior de la superficie de las aguas y de la tierra plana o rugosa se hallaba el reino de los muertos, que cumplía además la función de base o sustento de aguas y tierra.

La antigua concepción hebrea del mundo se basa fundamentalmente en esta imagen, a la

Infografía sobre la cosmología hebrea
Fuente: http://anyulled.blogspot.com/2010/07/antigua-cosmologia-hebrea.html

que añadían algunas pequeñas precisiones, que intentaban formar un sistema más unitario. A partir de un caos originario e informe, Dios era quien había creado el cielo, la tierra y los abismos. Los israelitas modificaron el número de esferas celestes hasta siete, número que indica la perfección. El cielo, en su esfera superior, la séptima, es la morada del Dios único y de su corte celestial, ángeles. Estos espíritus sustituyen a los dioses secundarios de los acadios y babilonios. Los astros entre el cielo y la tierra, estaban gobernados por delegados de Dios, ángeles también o arcontes celestes.

El judaísmo helenizado, poco a poco, subordinó esta cosmovisión a una fe monoteísta en un Dios único y a una concepción apocalíptica muy extendida en círculos de piadosos: fuera de Dios todo está sujeto a una ley divina: el tiempo inexorable es el que conforma una historia del universo y del ser humano diseñada desde siempre por la divinidad.

El universo era al principio bueno y perfecto, pero luego resultó tremendamente desordenado por los pecados y la mala inclinación del hombre. Finalmente Dios volverá a poner orden en su creación, y volverá a generarse un nuevo todo, un mundo futuro, similar al del principio.

Esta visión del universo coincide en parte con la visión al que pertenece Pablo, la que viene del helenismo. Aunque para los griegos el cielo y la tierra existen desde siempre – la materia es eterna -, el primero es como la mitad de una esfera, sólida. Este “cuenco” celeste cubre una tierra que es plana.

En el caso de Pablo, el hecho de que concebía el mundo según esta cosmovisión se confirma por 2 Cor 12, 1-2:

«Vendré a las visiones y revelaciones del Señor. Sé de un hombre en Cristo de hace catorce años, si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe…; ese tal fue arrebatado hasta el tercer cielo…»

Origen de Pablo y vida pre-conversión

Primeros años de Saulo

Resulta muy complicado establecer el nacimiento y las características de los primeros años de la vida de Saulo (llamado Pablo posteriormente) ya que debemos combinar los datos de las cartas paulinas, el principio de la carta a los Gálatas y los datos de Hechos de los Apóstoles. Por eso la cronología de su vida puede variar entre 5 y 6 años para los autores modernos. Lo único que sabemos de manera firme es que entre el año 51 d.C. y 52 d.C. Pablo estaba en Corinto ya que sabemos que fue acusado ante el procónsul romano de la provincia griega de Acaya, Lucio Junio Galión, de actuar ilícitamente al predicar su evangelio.

El situar su lugar de origen en Tarso viene del libro de Hechos de los Apóstoles 22,3Yo soy un hombre judío, nacido en Tarso de Cilicia») A pesar de que no aparece nada al respecto en sus cartas resulta un dato que encaja bastante con lo que sabemos de su personalidad ya que, tras la lectura de sus cartas, podemos ver que era un judío muy helenizado. Lo que el Apóstol sí que afirma de sí mismo es que su familia era totalmente judía. Eso lo encontramos en Flp 3, 5:

“Circuncidado al octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos”

Como lengua materna podemos decir, con bastante probabilidad, que era el griego ya que vemos en sus cartas que lo maneja con notable soltura y que era capaz de crear neologismos o de dar nuevas acepciones a términos antiguos para expresar sus ideas. Además, según Hch 21, 40; 22,2; 26,14, hablaba también hebreo y arameo.

Formación

Se ha discutido largamente si el Apóstol siguió la enseñanza superior griega y si recibió una formación en los autores clásicos. Esto no es muy plausible teniendo en cuenta que la familia de Pablo era de estricta observancia judía y la formación griega suponía proclamar la existencia de dioses falsos, amorales y contrarios al Dios único. Además, no encontramos en las cartas referencias a poetas u otros literatos.

En sus escritos solo se hallan máximas o lugares comunes de la sabiduría popular, y en todo caso alusiones a dichos ya popularizados de filósofos y dramaturgos.

Por otro lado, Pablo debía de conocer los fundamentos de la religión pagana en general, en especial de los cultos de misterios, y tener alguna idea de las escuelas filosóficas en boga en sus días, estoicos, cínicos y epicúreos, porque parece enfrentar conscientemente su mensaje sobre Jesús al de las religiones paganas, mistéricas, a algunas ideas de estos filósofos y al culto al emperador. El corpus literario que Pablo conoce y utiliza con pasión y técnica es la Biblia judía. De todos modos, la mayor parte de las citas bíblicas paulinas se parecen más a la versión llamada de los LXX o Setenta (la versión de la traducción judía de la Biblia al griego)

En cuanto a si Pablo estuvo en contacto con el mundo fariseo o no debemos señalar que, según las características de la piedad farisea y sus exigencias, parece más que probable que educarse a fondo y vivir conforme a tales normas era prácticamente imposible fuera de la Palestina judía. La postura tradicional es que Pablo se formó como fariseo en Jerusalén según Hch 22, 3:

«Educado en esta ciudad [Jerusalén] a los pies de Gamaliel, instruido según la correcta observancia de la ley de nuestros padres, soy celoso de Dios, como lo sois todos en el día de hoy.»

Otros investigadores defienden que es sumamente improbable que un fariseo auténtico hubiera utilizado en su argumentación una Biblia no hebrea, sino su versión griega. Además, aunque toda la teología paulina se apoya casi exclusivamente sobre concepciones veterotestamentarias desarrolladas por el fariseísmo, el Apóstol las entiende a menudo de modo radicalmente diferente, a veces exactamente al revés. Pablo era también un alegorista. Su sistema exegético podría parecerse al uso del método alegórico griego que los filósofos alejandrinos habían utilizado para entender a Homero.

En conclusión, se podría indicar como hipótesis intermedia que la palabra “fariseo” está utilizada en un sentido distinto, más amplio, más como defensor de las ideas fariseas que como experto en razonamientos “rabínicos”.

Perseguidor

Según los Hechos de los Apóstoles, y Pablo mismo (Flp 3,6) no cabe duda alguna de que el Apóstol fue un furioso perseguidor de la Iglesia naciente. Según Hch 6-8, cuando surgieron ciertos problemas teológicos en el seno de las sinagogas de lengua griega en Jerusalén, provocados por los judíos helenistas seguidores de Jesús, Pablo intervino en las disputas contra estos últimos, aunque de modo secundario. Posteriormente, su jefe, Esteban, fue lapidado. Acción con la que Pablo estaba de acuerdo (Hch 8,1) y por su parte comenzó una persecución de la comunidad de creyentes de Jerusalén. El rechazo a esta comunidad puede venir por varios motivos.

Imagen del martirio de san Esteban
Martirio de san Esteban (1555-1562), Juan de Juanes, Museo del Prado

Por un lado, se ha sostenido que si Pablo conoció a Jesús en vida hubo de pensar de él lo que muchos judíos de su época, a saber, que era un mesías falso porque había acabado su vida como un fracasado, no apoyado por Dios. Ahora bien, esto no nos ha de decir que ese pensamiento lleva a una violencia sangrienta ya que tenemos el caso del gran rabino Gamaliel, quien se manifestó no partidario de tomar medidas disciplinares contra los apóstoles dejando en la mano de Dios el juicio sobre su verdad (Hch 5, 38-49)

Se ha sostenido también que eran motivos doctrinales deducibles de lo que cuentan los capítulos 6-7 de Hch. Otra razón del rechazo también puede ser que Pablo temiera las nuevas consecuencias políticas de la aparición de una secta nueva que seguía proclamando que Jesús era el Señor, el Mesías, que iba a establecer un reino a pesar de haber muerto en una cruz.

¿Ciudadano romano?

Pablo no dice en ningún lugar de sus cartas que fuera ciudadano romano, pero sí lo sostiene Hch (16,37; 22,25; 23,27), y ciertamente se podía ser tarsiota y ciudadano romano a la vez. Hay autores que no defienden la idea de la ciudadanía romana ya que Pablo sufrió muchos castigos durante su vida que hubiera podido evitar manifestando que él era ciudadano romano.

La razón principal para defender que Pablo fuera ciudadano fuera ciudadano es su apelación al César (Hch 25, 10-12). Aunque cualquier habitante libre del Imperio podía apelar al emperador, si se demostraba que la atribución a sí mismo de la ciudadanía romana era falsa, podía ser ejecutado.

Tras la conversión: sus viajes misioneros

Pablo era, como ya hemos mencionado, un apóstol apocalíptico. A tenor de su llamada, Pablo pensó que, a pesar de la muerte en cruz y del aparente fracaso, Jesús era el verdadero Mesías. Había un nuevo plan de Dios para la salvación en los momentos finales; comenzaba una era de gracia para los gentiles. La divinidad facilitaba ahora el arrepentimiento para vivir una vida nueva que condujera a la próxima salvación final (Rom 2, 3-4; 5,6-11) El Mesías no era solo el redentor de Israel tal como lo entendía la masa de los judíos, sino del Israel completo o restaurado, que en los últimos tiempos habría de acoger también en su seno a un cierto número de gentiles.

Por lo tanto, había que darse prisa para lograr dos objetivos del plan divino sobre el final de los tiempos. Por un lado, que todo Israel aceptara a Jesús como Mesías y, por otro lado, que se completara cuanto antes el número de los gentiles predeterminado por la divinidad para integrarse en el verdadero pueblo o familia de Dios. ¡El tiempo que resta es muy escaso!

Mapa con los viajes de Pablo de Tarso
Fuente: https://www.churchofjesuschrist.org/study/scriptures/bible-maps/map-13?lang=spa

En total fueron 4 viajes fundando diferentes comunidades allá por donde iba (Tesalónica, Corinto, etc.) Pablo y Bernabé iniciaron el primer viaje en Seleucia, que era el puerto de la ciudad de Antioquía de Siria —Seleucia distaba pocos kilómetros de Antioquía—; de allí se dirigieron por barco a Chipre, realizaron su tarea misional en la costa oriental de la isla, en una ciudad llamada Salamina, se cree que estaba a pocos kilómetros de la hoy ciudad de Famagusta; de la costa oriental cruzaron la isla hasta la costa occidental, hacia una ciudad llamada Pafos; de allí embarcaron hacia la costa del Asia Menor hasta la ciudad de Perge, en Panfilia, posiblemente pasando por la ciudad de Atalía —muy cercana a Perge y al puerto de esta ciudad—, que por entonces era una provincia del imperio Romano; de allí, sólo con Bernabé, se dirigió a la ciudad de Antioquía de Pisidia se fue en barco también . Se asentaron un tiempo en esta ciudad, y de allí partieron para la ciudad de Iconio, capital de Licaonia que pertenecía a la provincia romana de Galacia; por allí pasaba una ruta principal que unía la importante ciudad de Éfeso con Siria. Desde allí se dirigieron hacia la ciudad de Listra, también en la región de Licaonia. Pablo y Bernabé partieron de Listra a Derbe, y desde esta ciudad regresaron sobre sus pasos a Listra, luego a Iconio y después a Antioquía de Pisidia; de allí fueron a Perge, y de Perge al puerto de Atalia, donde se embarcaron para Antioquía.

El segundo viaje empezó por vía terrestre, Pablo lo realizó junto a otro discípulo llamado Silas o Silvano; salieron de Jerusalén, de allí fueron a Cesarea, luego a Tolemaida, y pasaron por Tiro y Sidón para llegar a Siria y de allí al Asia Menor, arribando a Antioquía; desde allí fueron a Tarso —ciudad natal de Pablo—; este viaje comenzó alrededor de los años 49 a 52. Ya en Asia Menor, llegaron a la ciudad de Derbe, y luego a Listra; allí se les unió Timoteo, y se dirigieron a Troas, ciudad junto al mar Egeo. La ruta clásica de la época era pasar por las siguientes ciudades para llegar desde Listra a Troas: Iconio, Antioquía y Dorylaeum; en Troas se unió Lucas al grupo, y se dirigieron a Macedonia, haciendo pie en la ciudad de Neápolis para luego llegar a Filipos, de donde, atravesando por Anfípolis y Apolonia de Iliria, se dirigieron a Tesalónica. De Tesalónica, donde estuvieron un tiempo, fueron a Berea, luego a Atenas y a Corinto, después fueron a Cencreas,​ de donde por mar fueron a Éfeso y de allí a Cesarea, y luego a Jerusalén, lugar en el que finalizó este segundo viaje.

El tercer viaje fue alrededor de los años 53 a 56; partió Pablo por tierra desde Antioquía hacia Tarso, pasando por Derbe, Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia; de allí fue a Éfeso; de Éfeso partió por mar hacia Aso (Misia); de Aso fue hacia Macedonia pasando por Neápolis, Filipos y Anfípolis; por mar fue Corinto, y luego, por tierra, fue a Atenas, Berea y Tesalónica, volviendo por el mismo camino hasta Éfeso; desde esta ciudad fue por mar a Mileto y Patara, y de allí volvió, parando en Tiro y Cesarea, a Jerusalén, en el año 56 a 57.

El último viaje se inició partiendo del puerto de Cesarea Marítima, arribando en una jornada al puerto de Sidón; desde esta ciudad, donde permanecieron varios días, se dirigieron, costeando entre Chipre y Cilicia, a Mira; esta travesía duró unos quince días. Desde Mira, reemprendieron el viaje hacia Creta, arribando en el puerto de Lasea (Puerto Hermoso). El final de dicho viaje será Roma donde Pablo morirá finalmente.

Las cartas paulinas

No podemos finalizar el artículo citando las diferentes cartas con las que contamos para analizar la teología paulina. Algunas de ellas se discute si son de Pablo o de un discípulo, caso de la carta a los Hebreos.

La primera cronológicamente hablando es la carta a los cristianos de Tesalónica y fue compuesta en el 50 o 51 d.C. en Corinto. Otras son importantes no tanto por su cronología como por lo que supusieron después para la historia de Occidente ya que la carta a los Gálatas y la carta a los Romanos supusieron los pilares en los que se basó la Reforma Protestante de Martín Lutero ya que, sobre todo la segunda, son las que hablan de la salvación por medio de la fe.

Las cartas a los Corintios suponen las cartas más ricas en temas a la par que la más desordenada en su presentación actual debido al intento de edición de un personaje desconocido de hacer un libro paulino. Por menciones dentro de las dos cartas con las que contamos podemos pensar que se escribieron 5 o 6 pero se han perdido. La carta a los Filipenses también presenta un problema parecido.

La carta a Filemón presenta una situación interesante ya que vemos a un Pablo diplomático y buen retórico. Filemón, un cristiano rico, contaba con un esclavo llamado Onésimo, ambos bautizados por Pablo. Onésimo ha de cumplir con al ley que dice que el esclavo ha de volver a su dueño. La carta es el documento que lleva Onésimo y en la que se pide un trato favorable para el esclavo huido. Por último tenemos las cartas a Timoteo y a Tito.

Conclusión

Pablo de Tarso es, sin duda, un Apóstol cuyos escritos han adquirido relevancia durante varios momentos de la historia de la humanidad. El estudio de los mismos, aún sin finalizar, nos ayudará a comprender bien cómo se construyeron y sobrevivieron dos de las religiones que han marcado la vida en Occidente desde tiempos antiguos.

Bibliografía

  • PIÑERO, Antonio (2018) Guía para entender a Pablo de Tarso. Una interpretación del pensamiento paulino. Madrid: Editorial Trotta.

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