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Nicolás Maquiavelo y la Italia de principios del siglo XVI

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Maquiavelo según Santi di Tito
Maquiavelo según Santi di Tito

Nicolás Maquiavelo, político, filósofo y escritor florentino, nació en 1469 en el seno de una familia acomodada, vinculada desde hacía siglos con el patriciado gobernante de Florencia, que era la ciudad – Estado más importante de la Toscana, y dedicada al comercio de lana y seda, y a la banca. En algunos artículos ya os hemos hablado Italia durante este periodo.

Sin embargo, su padre, Bernardo, propietario de una casa en las inmediaciones del Ponte Vecchio, un importante foco comercial de Florencia, nunca ocupó un puesto de responsabilidad política en el gobierno de la República, dominada desde hacía décadas por la familia Medici.

Maquiavelo, considerado el fundador de la ciencia política moderna, destacó no solo por su obra literaria, desde el tratado El príncipe (1513), dedicada a Lorenzo de Medici, nieto de Lorenzo el Magnífico, una especie de modelo de gobierno para los príncipes para conquistar y conservar su poder; hasta obras teatrales como La Mandrágora (1518) e historiográficas como los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (iniciado en 1513) o las Historias florentinas (1525), sino por su carrera política, en diferentes etapas.

Ejecución de Savonarola en en la Piazza della Signoria (Anónimo, 1498)
Ejecución de Savonarola en en la Piazza della Signoria (Anónimo, 1498)

La primera empezó en junio de 1498, poco después de la ejecución del dominico radical Girolamo Savonarola, que se había hecho con el control de la ciudad tras la expulsión de Piero de Medici (1495), sucesor de facto de su padre Lorenzo el Magnífico en el gobierno, fallecido tres años antes.

La expulsión de Piero se produjo gracias a una revuelta popular, en el contexto de la invasión de Italia de Carlos VIII de Francia en su disputa por el Reino de Nápoles. Tras la expulsión de los Medici, se instauró una República teocrática dominada por el citado Savonarola, quien criticaba duramente el lujo y la corrupción en la Iglesia, lo que le llevó a la excomunión por parte del papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia). El dominico moriría en la hoguera tras perder el apoyo popular, a lo que contribuyó las interferencias del pontífice.

Maquiavelo, llegado a la Señoría, órgano de gobierno de la ciudad, tras la muerte de Savonarola, fue elegido para dirigir la Segunda Cancillería, encargada de la política exterior de la República tal vez por intercesión de su amigo Virgilio Adriani, primer secretario de la República. Ocuparía este cargo hasta su exilio tras el regreso de los Medici en 1512.

Desde esta posición, llevó a cabo diferentes misiones diplomáticas, en un momento en que la Península itálica era un mosaico de diversos Estados (aparte de Florencia, los Estados Pontificios, Venecia, Génova, el Ducado de Milán, Nápoles…), además de ser escenario de las Guerras de Nápoles (1495 – 1504), entre Carlos VIII y la Liga de Venecia o Liga Santa, formada en 1495 por los Estados Pontificios, Venecia, Milán, el Sacro Imperio Romano Germánico y los Reyes Católicos.

César Borgia retratado por Altobello Melone

El primer encargo, con resultado satisfactorio para la Señoría, que tuvo Maquiavelo como canciller (1499) fue el de obtener ayuda económica y militar para la guerra que Florencia mantenía con Pisa, reuniéndose con Jacobo IV de Appiano y Caterina Sforza, condesa de Imola y Forlì. Al año siguiente partiría por primera vez a Francia, tradicional aliada de Florencia, donde durante seis meses conocería de primera mano los entresijos y los mecanismos internos de la monarquía francesa.

Mientras tanto, César Borgia (Borja), hijo del papa, y duque de Valentinois, tenía aspiraciones de dominio político en el centro de Italia, la Romaña, de lo que resultó el control del ducado de Urbino en junio de 1502. Para reunirse con Borgia, y asimismo reconocer la supremacía de este en la región, acudieron embajadores florentinos, como Francesco Soderini, obispo de Volterra, y el propio Maquiavelo, lo que este aprovechó para empezar a hacerse una idea del carácter y la naturaleza de César, a quien terminaría admirando y quien será uno de sus modelos para El príncipe, y a cuya corte ducal regresaría como embajador en octubre.

En este momento conocerá a su “compatriota” Leonardo da Vinci en Imola. El maestro trabajaba como ingeniero militar para el Valentino, como era conocido Borgia en Italia. Los florentinos, en una débil posición, desconocían el siguiente paso de César, mientras que este demandaba de aquellos dinero y soldados, y necesitaba el apoyo de Luis XII de Francia, aliado de Florencia.

La presencia de Leonardo en la corte del Valentino, de la que desconocemos su fecha exacta de inicio, podría deberse al propio Maquiavelo y al gonfaloniere florentino Pier Soderini, máxima autoridad de la República desde 1502, por lo que el de Vinci sería “un par de ojos y de oídos” (Nicholl, 2010, p. 385) dentro del círculo de César.

Las vidas de Leonardo y Maquiavelo se volverían a cruzar en 1503 cuando al artista se le encargó el muy ambicioso plan de desviar el río Arno a su paso por Pisa para cortar a la ciudad rebelde a la Señoría la salida al mar y hacer navegable el río desde Florencia, lo que hubiera permitido a la ciudad participar en el comercio y exploración de las recién descubiertas tierras del Nuevo Mundo. Maquiavelo, que se había convertido en la mano derecha de Soderini política y militarmente, había apostado por Leonardo tras haber sido testigo de su capacidad como ingeniero militar en la “corte” de César. Sin embargo, un año después se abandonó el plan, que resultó ser un auténtico fracaso para los florentinos.

También en 1503, en octubre, a Leonardo se le encomendaría la decoración en fresco la sala del Gran Consejo del Palazzo Vecchio de Florencia, la sede del gobierno de la ciudad, con escenas que narraran la Batalla de Anghiari, para conmemorar la victoria florentina sobre el Ducado de Milán de los Visconti en 1440. El propósito de esta obra era recobrar el ánimo de la República en un momento complicado por el conflicto pisano.

Detrás de este encargo y de su tema es posible que estuviera el propio Maquiavelo, desde el hecho de que fuera Leonardo el elegido, ya que fue su secretario personal, Agostino Vespucci quien redactó el contrato.  “Haya sido o no Maquiavelo quien concibió el tema de la pintura (…), su tema militar coincidía perfectamente con la visión que tenía el Segundo Canciller de una república de ciudadanos sostenida por el coraje marcial de su pueblo” (Unger, 2013, p. 162).

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Copia de la Batalla de Anghiari realizada por Peter Paul Rubens

Al año siguiente, se sumaría a las obras en la sala el también florentino Miguel Ángel Buonarroti, representando otra famosa victoria florentina, la de Cascina, esta vez, sobre los pisanos a finales del siglo XIV. La presencia de ambos maestros en el Palazzo Vecchio provocará fricciones y rivalidad entre ambos. Sin embargo, ninguno de los dos proyectos ha llegado hasta nuestros días, ya que el de Leonardo se destruyó y de él solo se conserva una copia de la parte central hecha por Rubens, y el de Miguel Ángel no pasó de un esbozo, debido a que interrumpió su cometido florentino por realizar la tumba de Julio II en Roma, a lo que Soderini accedió para no enemistarse con los Estados Pontificios.

Podemos decir que Maquiavelo y Miguel Ángel “se conocían y tenían amigos en común, pero no hay indicios de que ambos hombres hayan sido amigos” (Ibídem) y los encuentros que tuvieron fueron “mundanos en extremo, demostrando que cuando dos grandes mentes se encuentran los resultados pueden ser triviales” (Ibídem). Tampoco fue demasiado fructífera la relación del primero con Leonardo, la cual “carece de cualidades inspiradoras” (Ibídem).

Mientras esto sucedía, la carrera político – militar de César Borgia sufrió uno de sus momentos más críticos e importantes: la revuelta de algunos importantes señores de Italia, tradicionales aliados suyos, como Vitellozzo Vitelli, Francesco Orsini, Gianpaolo Baglioni, su lugarteniente Ramiro de Lorqua…, sofocada con dureza por el Valentino.

Sin embargo, la estrella de César comenzaría a declinar tras la muerte de su padre en agosto de 1503, debido a una extraña enfermedad, posiblemente envenenamiento, que también afectó gravemente a su hijo.

El causante de la caída de César fue el nuevo papa, Julio II (Giuliano della Rovere), que sucedió al efímero Pío III. César sería encarcelado en noviembre, y posteriormente trasladado a España tras ser apresado por el papa en 1504. Finalmente, moriría en Viana (Navarra, en 1507), luchando por su cuñado el rey Juan III de Albret en su guerra civil contra los beaumonteses del conde Luis III de Lerín, a quien apoyaba Fernando el Católico.

Mientras tanto, en el sur de Italia, se habían reanudado las hostilidades entre los Reyes Católicos y Francia tras la ruptura del Tratado de Granada (1500 – 1501), que culminarían con las victorias de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, en Ceriñola y Garellano (1503), donde murió Piero de Medici, que significaron la incorporación del Reino de Nápoles a los dominios de Fernando II de Aragón.

En los años posteriores, en la carrera política de Maquiavelo podemos destacar sus misiones diplomáticas al Sacro Imperio de Maximiliano I (1507), a los cantones suizos, o su participación en la reconquista de Pisa por parte de Florencia (1509), tras quince años de rebelión pisana frente al dominio florentino, en parte gracias a la milicia ciudadana creada por el propio Maquiavelo.

Posteriormente, en la Península itálica se sucederían guerras y alianzas entre las diversas potencias, donde podemos destacar la Liga de Cambrai (1508 – 1510) contra la poderosa Venecia (firmada entre Francia, Aragón, el Imperio, los Estados Pontificios y Ferrara), que será una época de muy agitada también para Maquiavelo, con diversas embajadas en Francia, una vez que Julio II había hecho las paces con Venecia y perseguía una coalición contra Luis XII, lo que provocaba que Florencia, aliada de este último, se encontrara entre la espada y la pared. De esta forma, los Estados Pontificios, Venecia, España, el Imperio, con el apoyo de Inglaterra y de mercenarios suizos firmarían la Liga Santa (1511 – 1513) contra franceses, florentinos y ferrareses.

Poco después, en 1512, se produjo el regreso de los Medici a Florencia, estando el ejército del virrey napolitano Ramón de Cardona a las puertas de la ciudad, que provocó la entrada de los partidarios de los Medici en la Señoría y el fin de la República florentina, lo que afectará personalmente a Maquiavelo al ser cesado en septiembre de su cargo de canciller y de secretario de los Diez.

Al año siguiente, Maquiavelo será acusado de participar conspiración de Pier Paolo Boscoli y Agostino Capponi para asesinar a Giuliano de Medici (uno de los mandamases de Florencia hasta su muerte en 1516) y tomar el poder, por lo que será arrestado en febrero. Aquellos serán ejecutados, a diferencia de Maquiavelo que será puesto en libertad, lo que significaría el exilio a su propiedad rural de Sant’ Andrea in Percussina, donde escribirá sus grandes obras.

A pesar de que era una de las figuras más afectas al viejo régimen, “nunca hubo ningún indicio de que Maquiavelo tuviera la menor idea de lo que se preparaba, ni de que lo hubiera aprobado en caso de haberlo sabido. (…) no era en absoluto un idealista soñador dispuesto a arriesgar el cuello participando en un plan desesperado” (Ibídem, p. 219), más bien era “un burócrata legal que prefería reformar el Estado desde adentro en vez de arriesgarse al caos de una revolución violenta” (Ibídem, p. 220).

Bajo las instrucciones del nuevo Papa, León X, Giovanni de Medici, el sistema se cristalizaría el 22 de noviembre con una nueva “constitución” que garantizaba el poder a una elite mediante unos organismos que se elegían entre sí, además de con la Balia, comité especial encargada de implantar las reformas constituido inicialmente por cuarenta y cinco ciudadanos notables.

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Giovanni de Medici (León X) retratado por Rafael

Maquiavelo, como otros tantos ciudadanos florentinos, no se encontraba a gusto en el campo, alejado de los negocios y de la vida de la ciudad, “es un forzoso renunciar a la vida que ama. Los ocios literarios, la meditación filosófica y religiosa, la paz agreste, son cosas que no le interesan (…); se divierte en compañía de los demás para reírse de los sucesos de la vida cotidiana y para tomar parte en los grandes asuntos del Estado” (Viroli, 2004, p. 144).

Será por las noches cuando, tras despojarse de las ropas con las que había estado en el campo y en la taberna y ponerse aquellas con las que había dialogado con príncipes y emperadores, “conversará” con los grandes hombres de la Antigüedad, es decir, reflexionará sobre lo que antiguos historiadores habían escrito sobre las acciones y elecciones de aquellos. “Con” ellos, “Maquiavelo se encuentra por fin a sí mismo” (Ibídem, p. 147), pareciéndole ahora triviales sus preocupaciones mundanas (la pobreza, el hastío, la muerte…)

El hecho de que Maquiavelo dedicara El Príncipe, escrito este año, a un miembro de los nuevos señores de Florencia podría indicar un intento de acercamiento al nuevo régimen y de conseguir un trabajo en él, lo que continuaría al año siguiente con la publicación del Escrito sobre el modo de reconstituir la Ordenanza, en un momento (mayo de 1514) en que se había reestablecido esta institución florentina, que reglamentaba la milicia ciudadana. Las sugerencias del antiguo vicecanciller florentino no serán escuchadas, ya que en septiembre Lorenzo elegirá para su antiguo puesto al frente de la milicia a Bonifacio de Zanobi dei Marinai.

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Lorenzo II de Medici retratado por Rafael

En el contexto internacional podemos destacar la subida al trono francés en 1515 de Francisco I de Valois, protagonista durante las próximas décadas de constantes conflictos en la Península Itálica junto al futuro emperador Carlos V de Habsburgo, quien todavía no había heredado sus tronos ibéricos. Las hostilidades en suelo transalpino comenzarían cuando Francisco invadiera Italia y el Papa se adhiriera en febrero a una coalición antifrancesa en la que también se encontraban aragoneses, suizos, milaneses… Mientras tanto, Giuliano de Medici, había contraído matrimonio con Filiberta de Saboya, tía del rey francés, quien nombró al florentino duque de Nemours.

La invasión francesa se saldará con éxito tras la victoria en la batalla de Marignano (septiembre), en las proximidades de la ciudad de Pavía, en la que contaron con el apoyo de las tropas venecianas comandadas por el condottiero Bartolomeo d’Alviano. Como resultado de la batalla, el ducado de Milán retornará a la órbita gala. La entrada triunfal de Francisco I fue conmemorada por Leonardo da Vinci mediante la realización de un león mecánico cuyo pecho se abría para mostrar una flor de lis.

El polifacético artista florentino trabajará durante estos últimos años de su vida, desde 1516 hasta su muerte en 1519, en la corte de Francisco I, quien sentía por Leonardo una sincera admiración. La mansión – castillo de Clos -Lucé, cerca de Amboise, en el valle del Loira, sería su última morada. En esta última etapa le acompañaría su discípulo Francesco Melzi, quien redactaría su testamento en abril, días antes del fallecimiento del maestro de Vinci.

Melzi será uno de los principales beneficiarios de la última voluntad de Leonardo, ya que le legará sus libros, sus instrumentos y retratos, “asimismo lo que quede de su pensión, así como todas las cantidades que le sean debidas desde el pasado hasta el día de su muerte…” (Nicholl, 2010, p. 560).

En 1516, volviendo a los avatares políticos que agitaron la Italia de Maquiavelo, podemos destacar un nuevo honor recibido por Lorenzo II de Medici (que desde 1513 gobernaba de facto la ciudad porque Giuliano se encontraba junto al Papa en Roma), esta vez, el ducado de Urbino de manos de su tío el Papa, que incluía los territorios de Senigallia y Pesaro. También en la Península itálica, la República de Venecia recobrará la ciudad de Verona y otras zonas que colindaban con el Imperio de Maximiliano. En el ámbito internacional podemos destacar la muerte de Fernando el Católico y la llegada al trono de su nieto Carlos, el futuro Carlos V, a los tronos de Castilla y Aragón.

Este mismo año o en 1517, el antiguo secretario florentino se introducirá en el círculo literario de Cosimino Rucellai (los llamados Orti Oricellari), a quien dedica, junto a Zanobi Buondelmonti, sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio tras arrepentirse de haber dedicado El Príncipe a Medici, ya que fue rechazado para reingresar en la vida política de su ciudad: “sé que no he cometido un error en elegiros a vosotros, a los cuales, antes que a nadie más, dirigí estos Discursos” (Maquiavelo, 1971, p. 1), en referencia a Rucellai y Buondelmonti. Será en este círculo donde Maquiavelo ubicará otra de sus grandes obras, Del arte de la guerra (1521), donde a través de diálogos de los integrantes de los Orti con el condottiero Fabrizio Colonna expone su política militar.

Posteriormente, ya en 1519 se producirá inestabilidad política en Florencia tras la inesperada muerte de Lorenzo II de Medici (Giuliano había muerto en 1516). Se generará una situación de vacío de poder en Florencia porque Lorenzo muere sin descendencia masculina, ya que de su matrimonio con Madeleine de la Tour d’Auvergne solo había nacido su hija Catalina, quien será reina de Francia. En este contexto se hará con el poder el cardenal Giulio de Medici (futuro Papa Clemente VII), ante quien se presentará Maquiavelo en 1520, año en que Carlos I de Castilla y Aragón se convertirá en emperador Carlos V un año después de la muerte de su abuelo Maximiliano.

En los próximos años, Maquiavelo volverá a tener encargos públicos, como la redacción de una historia de Florencia encargada por el cardenal, una misión en Carpi para intervenir en un Consejo de los franciscanos de Romaña, junto a su amigo, Francesco Guicciardini, historiador y gobernador pontificio de esta región (1521).

A finales de este año morirá León X y en enero del año siguiente será elegido nuevo Papa Adriano de Utrecht, tutor y confesor del emperador, quien tomará el nombre de Adriano VI. Además, había sido regente de sus reinos hispánicos durante el tiempo que Carlos estuvo en Alemania para su coronación imperial.

Esto provocó que el arzobispo de Florencia, el cardenal Giulio de Medici, regresara a su ciudad para regirla. El inicio del gobierno del cardenal traerá a florentinos como Maquiavelo esperanzas de un regreso de las antiguas libertades republicanas, aunque se rumoreaba que Giulio estaba pensando en poner al gobierno de la ciudad a dos bastardos de su familia: Ippolito, hijo natural de Giuliano, y Alessandro, de Lorenzo.

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Giulio de Medici (Clemente VII) retratado por Sebastiano del Piombo

Esto podría explicar por qué fue objeto en junio de 1522 de una fallida conspiración para acabar con su vida, orquestada por antiguos miembros de los Orti, como Buondelmonti, Luigi Alammani y Jacopo da Diaceto. Nuestro protagonista, al ser tradicionalmente contrario a las conjuras violentas para acabar con gobiernos, no participó directamente, aunque podría haber inducido a sus compañeros, a través de la lectura de los prorrepublicanos Discursos, a la acción. Algunos de los conjurados sí que serán ejecutados, como un homónimo primo de Alammani y Diaceto.

Tras la muerte del Papa al año siguiente, Giulio será elegido como nuevo pontífice y tomará el nombre de Clemente VII, en un contexto de recrudecimiento del conflicto Habsburgo – Valois por el norte de Italia, y en concreto, por el Milanesado. Francisco invadiría esta zona con un ejército en octubre de 1524 apoyado por el nuevo Papa, pero será duramente derrotado por los imperiales en Pavía en febrero de 1525 y, además, será apresado y recluido durante meses en el Alcázar de Madrid. Esto provocará el dominio imperial del norte de Italia, aunque la ciudad de Milán continuó en manos francesas a pesar del desastre pavés.

Sin embargo, Francisco incumplirá el Tratado de Madrid, por el que había sido liberado, y regresará a la Península Itálica, con apoyo papal y veneciano, con quienes formó la Liga de Cognac (1526). Carlos respondió recuperando por fin Milán con un ejército en manos del duque de Borbón, que desolará Toscana y en mayo de 1527, poco antes de la muerte de Maquiavelo, saqueará Roma, quedando el Papa encerrado y humillado en el Castel Sant’Angelo.

Estos últimos años de la vida de Maquiavelo estarán caracterizados por un regreso a la vida pública de la mano de Clemente VII, con quien mantuvo una buena relación. Le aconsejaría, como había hecho décadas antes en Florencia para acabar con la rebelión pisana, crear una milicia popular de los Estados Pontificios, lo que será no será escuchado por el pontífice; o crear la Liga de Cognac (también llamada precisamente Liga Clementina) para terminar con el dominio de Carlos en Italia.

Tras el saqueo de Roma, se producirá en Florencia una revuelta que acabará de nuevo con el poder de los Medici en la ciudad, y establecerá una República que recordaba a la savonariolana. Maquiavelo, por haber apoyado a Clemente VII en su desastrosa guerra contra el emperador y ser contrario a los savonariolanos, será rechazado para ocupar un puesto de responsabilidad en ella, a pesar de su condición de republicano y de tradicional enemigo de los Medici, por los que sentía una gran aversión (aunque siempre hubiese buscado colaborar con ellos).

Finalmente, Nicolás Maquiavelo moriría en Florencia el 21 de junio de 1527 y será enterrado al día siguiente en la iglesia de Santa Croce.

Interpretaciones de El Príncipe y pensamiento político de Maquiavelo:

Il Principe
Edición de 1532 de «El Príncipe»

El Príncipe o Sobre los principados, como el autor lo denominaba, era resultado de los estudios de Maquiavelo sobre historia antigua y de lo que había aprendido durante sus años de actividad política. Confiaba en que, dedicándoselo a los Medici, estos se dieran cuenta de que era el idóneo para formar parte en su gobierno.

Tras ser publicado, “encontró (…) muchos enemigos que lo consideraron una obra maligna, inspirada por el diablo en persona, en la que un escritor impío enseña al príncipe cómo conquistar el poder y conservarlo por medio de la avaricia, la crueldad y la simulación, sirviéndose de la religión para mantener dóciles a los pueblos” (Viroli, 2004, p. 150). Otros, en cambio, lo interpretaron como una sátira dirigida a los príncipes para mantener sus Estados, revelándoles que “el poder del príncipe se basa en la fuerza, la crueldad y el engaño” (Ibídem), en contraposición a los autores clásicos, como Cicerón, que sostenían que un príncipe debe ser clemente, generoso, leal…

Según el autor, “un príncipe no debe preocuparse de la fama de cruel si con ello mantiene a sus súbditos unidos y leales” (Maquiavelo, 2015, p. 135) y en cuanto a qué es mejor para un príncipe, si ser amado o temido, Maquiavelo opina que “convendría ser lo uno y lo otro; pero como es difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado cuando se haya de prescindir de una de la dos” (Ibídem).

Este pensamiento político expresado hizo que la obra fuera objeto de insultos, condenas, glorificaciones, imitaciones…  “A partir de la reforma protestante desencadenó un odio visceral en los sectores religiosos” (Cañas Quirós, 2004 – 2005, p. 113). Por ejemplo, Reginald Pole, arzobispo de Canterbury y cardenal, dijo de ella que era una obra diabólica, el Papa Paulo IV (1555 – 1559) tildó a Maquiavelo de impuro y malvado… E incluso la Matanza de San Bartolomé de 1572 de los católicos contra los hugonotes, calvinistas franceses, fue denominada por estos como “jugada florentina aprendida en El Príncipe” (Ibídem, p. 114).

Ya en el siglo XVI aparecerán los términos “maquiavélico”, “maquiavelismo” …  y en siglos posteriores será libro de cabecera del mismísimo Napoleón, que incluso comenta la obra, y Mussolini dirá que “la doctrina de Maquiavelo está más viva hoy que hace cuatro siglos” (Ibídem).

Según su biógrafo, el historiador del pensamiento Maurizio Viroli, “todos los que han leído sus obras han reconocido su grandeza como pensador político, en tanto que muy pocos, a lo largo de los siglos, han dicho que fue un gran filósofo moral que (…) nos ha enseñado a aceptar y apreciar la idea de que cada cual ha de seguir su propia naturaleza sin ser esclavo del juicio de los demás” (Viroli, 2004, p. 164).

De otra de sus obras, los Discursos, se puede extraer también su inspiración humanista al decir que se debía volver a los principios clásicos para que su patria no cayera en la decadencia. A esto se le suma su deseo de una unidad de Italia, algo que compartía con Francesco Guicciardini, que supiera defenderse ante los bárbaros, que serían los españoles y franceses que en su época se disputaban la Península. Sin embargo, a esta ansia de unidad se oponía el Papado, lo que podría explicar el tono antipapal de la obra de Maquiavelo, a lo que se unía que Roma había sido un tradicional enemigo de Florencia.

Su Italia ideal estaría formada por una República, como podemos observar en su obra historiográfica Historias florentinas, autoritaria gobernada por un líder que supiera imponer el orden.

“Maurizio Viroli, por otro lado, encuentra en la noción de patria —de cuño romano y cristiano— de Maquiavelo la clave para comprender su obra. El Maquiavelo de Viroli combina la caritas romana y la cristiana para la defensa de la patria y esta operación es la que le permite asociar la noción de patria con la presencia del pueblo en una república” (Mattei, 2018, 114).

Según otras interpretaciones del pensamiento del vicecanciller florentino, en su obra “se plantea la concepción de lo humano como ser esencialmente político, que oscila entre lo racional y lo instintivo, con predominancia del segundo sobre el primero. El estudio de la historia permite entender una naturaleza humana inalterable y reiterativa, en una especie de eterno retorno de las pasiones políticas” (Cañas Quirós, p.118).

En definitiva, el pensamiento político de Nicolás Maquiavelo se caracterizaría, en líneas generales, por un republicanismo, pero no democrático en sentido moderno, sino, autoritario; por una visión laica de la política, defendía que los religiosos no debían injerir en los asuntos de los Estados; por un desprecio por las tiranía; y por desear una unidad italiana, aunque no se puede denominar todavía su sentimiento como nacionalista.

Bibliografía:

  • Cañas Quirós, R, “Maquiavelo y el realismo político”, Revista Estudios, 18 – 19, 113 – 121, 2004 – 2005.
  • Fernández Álvarez, M. (2000). Carlos V, el César y el hombre. Madrid: Espasa.
  • García Jurado, R, “Maquiavelo y los Médicis”, POLIS, 2, 151 – 175, 2013.
  • Guicciardini, F. (1971). Storia d’Italia. Turín: Einaudi.
  • Maquiavelo, N. (1971). Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio. Florencia: Einaudi
  • Maquiavelo, N. (2015). El príncipe. La mandrágora. Madrid: Cátedra.
  • Maquiavelo, N. (1990). Epistolario 1512 – 1527.  Ciudad de México. Fondo de Cultura Económica.
  • Mattei, E, “El pueblo y las pasiones: Un análisis de los Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio de Nicolás Maquiavelo, AGORA, 37, 113 – 140, 2008.
  • Nicholl, C. (2010). Leonardo. El vuelo de la mente. Madrid: Taurus
  • Scalmani, D. (2016). Historia de Italia. Madrid: Sílex.
  • Unger, M. J. (2013). Maquiavelo. Una biografía. Barcelona: Edhasa.
  • Viroli, M. (2004). La sonrisa de Maquiavelo. Barcelona: ABC.
  • Zalama Rodríguez, M.A. (2016). El Renacimiento: artes, artistas, comitentes y teorías, Madrid: Cátedra.

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