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Los nuevos movimientos sociales de Argentina en la actualidad

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La historia contemporánea de América Latina es, probablemente, a nivel social, una de las grandes ignoradas. Este artículo, que se centra en el caso argentino, pretende realizar un repaso por la realidad social argentina en su historia reciente. No es poco frecuente pensar que los movimientos sociales han suscitado un comportamiento reivindicativo a nivel general. De hecho, el ejemplo sindical y los movimientos obreros del mundo suponían el mejor modelo de acción colectiva que hacían preservar unos derechos laborales justos y ejemplares para todos. Sin embargo, con el debilitamiento de los sindicatos y la pérdida de sus valores universales, lo que encontramos actualmente es un modelo de colectividades que se manifiestan en pos de objetivos desiguales y que se insertan en lo que ha pasado a denominarse como «nuevos movimientos sociales».

A finales de los años 70, en plena dictadura del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, se reivindicó, mediante el movimiento de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, una resignación social que no incluía, dentro de la narrativa del acto, la lucha de clases o revolucionaria de etapas anteriores. Se trata de protestas que, a nivel general, no buscaban la transformación radical del sistema en el que se vivía, sino una denuncia dentro de una estructura determinada que no es criticada en su base.

En los años 80, se profundizó cada vez más la brecha social de desigualdad ante la emergencia de regímenes políticos de corte neoliberal. Los movimientos sociales salen a la luz manifestando que los pobres existían, sí, pero que las políticas gubernamentales en vez de paliar o de combatir la pobreza mediante políticas sociales la habían incrementado. Dado que las asociaciones sindicalistas tradicionales, que habían sido las protagonistas de esa lucha social hasta ese momento, no estaban dando los frutos deseados por amplios sectores de la población, van a rebrotar casi de forma espontánea los llamados “nuevos movimientos sociales».

Estos surgieron en oposición a las susodichas agrupaciones tradicionales, que hasta prácticamente la llegada de la década de los 80 habían canalizado de alguna manera la participación política mediante partidos y sindicatos. Como consecuencia del rechazo hacia este paradigma clásico, van a aparecer nuevos protagonistas políticos que recogieron las reclamaciones de la sociedad para impulsar nuevas formaciones políticas.

Puede considerarse este hecho como una respuesta al desgaste o al cansancio del modelo político, hasta ese momento hegemónico, que no había sido capaz de renovarse o de adaptarse a las nuevas circunstancias sociales. En momentos como el que tratamos, de debilidad política, los viejos modelos se deslegitimaron, surgiendo nuevas corrientes muy diversas entre sí, pero que levantaban una idea común: la necesidad de renovación.

Dentro de esta heterogeneidad, vamos a encontrar movimientos indígenas, feministas, ecologistas e incluso animalistas que van a representar intereses diversos, pero que se pueden agrupar en dos: la demanda de un reconocimiento por parte de la sociedad y la exigencia de derechos civiles o de reivindicaciones de índole cultural.

Uno de los grandes despertares de la sociedad, entendiendo esta como el instrumento de cambio político en América Latina, llegó durante las dictaduras.  Se planteaba, con casi total seguridad, una lucha por lograr una democracia plena, pero sin que esta tuviera una connotación necesariamente revolucionaria. En ese afán democratizador, la población argentina, azotada por la represión y las persecuciones de la dictadura, tomaban las calles en busca de una solución que las autoridades judiciales no podían o no estaban en condiciones de ofrecer.

Estamos hablando, como se adelantaba al principio del artículo, de la llamada Marcha de las Madres y Abuelas en la Plaza de Mayo. Todo un movimiento, más o menos espontáneo, que reivindicaba y reivindica aún en la actualidad la liberación de numerosos jóvenes opositores al régimen dictatorial, así como su reconocimiento por parte del Estado. No obstante, aparece como un movimiento eminentemente femenino, de mujeres que exigieron la recomposición de su unidad familiar, es decir, se manifiestan como madres y abuelas que querían recuperar a sus hijos o nietos respectivamente.

Un grupo de Abuelas de la llamada Marcha de Abuelas y Madres en la Plaza de Mayo, 1982
Un grupo de Abuelas de la llamada Marcha de Abuelas y Madres en la Plaza de Mayo, 1982

Pero ¿qué repercusión tuvo esta movilización? A raíz de esta, tras la dictadura, concretamente durante los gobiernos de Alfonsín y Menem, van a surgir nuevas organizaciones cuyo objetivo va a ser la recuperación y el reconocimiento de todos aquellos individuos que fueron víctimas de la presión y de la violencia política y social ejercida por la dictadura. El movimiento de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, por otro lado, no solo exigía que los responsables fuesen juzgados, sino que marcaron un antes y un después en lo relativo a la aparición de otros movimientos en defensa de los Derechos Humanos que fueron privados durante estas etapas autoritarias. A pesar de todo, se observa la nueva perspectiva de los movimientos sociales: se limitan a un hecho concreto, pero en términos de reforma. Se trata de movimientos sociales que no implican la transformación radical de un sistema determinado.

Con la llegada de la década de 1980, Latinoamérica se ve envuelta en todo un proceso de transición democrática, pero acompañada de nuevos movimientos sociales que aparecieron durante los mencionados regímenes militares. Eduardo Viola da importancia a cinco: los de aquellas comunidades ligadas al sector de la Iglesia; las asambleas de vecinos y el movimiento feminista en Brasil; los grupos defensores de los derechos humanos en Argentina y los ecologistas en los dos países mencionados. Todos ellos, sin lugar a dudas, aportaron su granito de arena en acabar con los regímenes militares y en la propia transición democrática.[1]

Este artículo, no obstante, se centra en la década de 1990, cuando se percataron movimientos sociales masivos en contra los programas neoliberales y que, en el caso de Argentina, tendrían una notable repercusión: estos serían el movimiento “piquetero” y el movimiento “ahorrista”.

En el momento en que se dieron las transiciones democráticas, estas vinieron acompañadas de la recuperación de esos movimientos sindicalistas tradicionales. De hecho, con su reaparición se introdujo la idea de que los “nuevos movimientos sociales” serían como una especie de eventualidad pasajera y que no podrían hacer frente al poder sindical. Sin embargo, esto solo sucedió en aquellos países donde se consolidaron nuevos partidos políticos que sí representaban los intereses de esos nuevos movimientos sociales.

El movimiento «piquetero»

El movimiento “piquetero” o de trabajadores desempleados es posiblemente uno de los movimientos sociales que más ha llamado la atención entre todas aquellas acciones colectivas que se llevaron a cabo en los años noventa como respuesta al sistema neoliberal imperante. El nombre “piquetero” fue ideado por la prensa argentina para hacer referencia a los habitantes que boicotearon rutas a mediados de la citada década  en zonas como Cutral Co y Plaza Huincul (1996-1997) y Salta (1997-1998).[2] En dichas protestas, revivió el término “piquete” como un escenario de reivindicación que tuvo la capacidad de erigirse como la voz cantante y el canalizador de la lucha social en defensa de unos intereses demandados por amplios sectores de la sociedad argentina.

El proceso neoliberal, adoptado en su máxima extensión por Carlos Menem, se tradujo en la manifestación del empobrecimiento, la vulnerabilidad y la exclusión social.  Aunque con antecedentes durante la última etapa de la dictadura militar de la década de los 70, este experimentó un punto de inflexión entre 1989 y 1991:  el ejecutivo llevó a cabo todo un programa de privatizaciones que provocó una gran tasa de desempleo en un momento en que las políticas sociales brillaban por su ausencia. Además, los principales sindicatos, organizados en la Confederación General del Trabajo (CGT), de índole peronista, igual que el gobierno de Menem, no mostraron su rechazo hacia las reformas del presidente, independientemente de que ante esta pasividad se estaban quebrando el número de afiliaciones a los sindicatos. ¿Por qué los sindicatos no protestaron? Se cree que decidieron adaptarse a la nueva situación económica internacional. Por este motivo, no es de extrañar que surgieran consignas y declaraciones como estas:

“Ohhhh, que se vayan todos, ohhh, que no quede ni uno solo […]. Baila la hinchada baila, baila de corazón, sin radicales, sin peronistas, vamos a vivir mejor […]. ¿A dónde está? La burocracia sindical […]. ¿A dónde está? Que no se ve Esa famosa CGT […]. Hay que saltar, hay que saltar, el  que no salta es militar […].”[3]

El incremento de las desigualdades sociales, la precariedad, el desempleo y el sentimiento de traición por parte de los sindicatos hicieron que aparecieran nuevas formas de organización y protesta. A partir de 1996-1997, una buena parte de esta Argentina descontenta por el modelo neoliberal cortó numerosas vías de comunicación, boicoteando el libre tránsito de circulación de personas y mercancías,  a la vez que se exigía la recuperación de los puestos de trabajo. Estos primeros actos reivindicativos tuvieron lugar en las inmediaciones petroleras de Neuquén y Salta, teniendo como principales actores a la mayor parte de las comunidades cercanas. Es justo en este momento cuando surge el término “piquetero”, que reflejaba toda una alternativa para todas aquellas personas que sentían el desempleo como un mal que debía ser erradicado a toda costa. Estas cambiaron su condición de desempleado por la de piquetero, lo que reflejaba un ideal de dignidad que no querían perder. [4]

Es justo así como empieza la historia del movimiento piquetero en Argentina, pero debemos tener en cuenta que no era un movimiento unitario ni homogéneo, sino que estaba compuesto por una gran diversidad de corrientes político-ideológicas. Vivió su etapa de máximo esplendor a partir de 1996, momento en el que la privatización sistemática de empresas estatales incrementaba sin cesar las tasas de desempleo en el país, así como por el empobrecimiento creciente que asoló a más del 58% de la población total de la república. La diversidad de modelos dentro del movimiento piquetero fue enorme, es más, se apuntan distintos postulados políticos que se pueden explicar a partir de tres factores que están presentes en todos ellos: una presencia sindical, una representación política y una presencia de la calle como lugar en el que ponen de manifiesto sus reivindicaciones sociales frente al gobierno de Menem.[5]

En cuanto a la presencia sindical, encontramos sindicatos como Federación de Tierra y Vivienda; sobre elementos de magnitud política podemos presenciar partidos de políticos de izquierda, que habían prestado sus bases a los movimientos piqueteros, destacando sobre todo Polo Obrero, Barrios de Pie, Movimiento Territorial de Liberación o el Movimiento Teresa Vive. Las ideas políticas de las formaciones descritas comparten la lucha solidaria de los desempleados dentro de sus idearios, por lo que la representación política dentro de las Cámaras estuvo asegurada. Por último, la espontaneidad del movimiento piquetero hizo que parecieran diversos conglomerados del movimiento en barrios que tendrían su origen en militancias vecinales, pero que se desentendieron de los paradigmas sindicales y partidistas, es decir, se atribuyen lógicas más independientes. Ejemplos de este eslabón del movimiento piquetero lo encontramos en los llamados Movimientos de Trabajadores Desocupados.[6]

Piqueteros impidiendo la circulación en una carretara a finales de los años noventa.
Piqueteros impidiendo la circulación en una carretara a finales de los años noventa. Foto realizada por Jorge Ariza. Fuente: Bonifacio, José Luis (15/07/2016), los desocupados se convirtieron en piqueteros, en 8300web. Recuperado de http://www.8300.com.ar/2016/07/15/los-desocupados-se-convirtieron-en-piqueteros/ 

El movimiento “piquetero” se postuló contra el gobierno peronista de Menem, y mantuvo luchas muy violentas contra las estructuras clientelares locales favorables al gobierno entre 1996 y 1999. Podríamos considerar que fue la vanguardia y la organziación de presión que defendió y apoyó al gobierno de Eduardo Duhalde, quien se convirtió  en presidente del gobierno provisional tras el mandato de Menem. Del mismo modo ocurriría en el caso de su sucesor, Néstor Kirchner, a partir de 2003.

Las relaciones entre las organizaciones piqueteras y los gobiernos centrales han sido muy diversas, discurriendo desde el diálogo y la negociación hasta la protesta y la represión. Durante el gobierno de Menem, la única postura negociadora  llegó de la mano del llamado Plan Trabajar, política que produjo una gran confusión al no poder desarrollar ningún tipo de subsidio de desempleo que paliara el alto índice de pobreza de la sociedad argentina. En general, durante la década de los 90 la represión fue el arma principal del gobierno neoliberal de Menem. Asimismo, los recortes en materia de derechos sociales y laborales vinieron acompañados de una gran dosis de represión que tuvieron su reflejo en el incremento de la violencia ejercida por parte de las fuerzas de seguridad del estado. Además, se incrementaron las facultades de las diferentes instituciones de los cuerpos de seguridad: un ejemplo lo encontramos en los funcionarios encargados de vigilar las fronteras, la llamada Gendarmería nacional, que obtuvo las competencias de tomar acciones represivas contra las protestas sociales acaecidas en un gran número de provincias. Muchas de estas acciones incluían pueblos que fueron totalmente rodeados, asesinatos, así como amenazas destinadas a los principales líderes y militantes de los movimientos piqueteros, incluyendo más de 3.000 procesamientos judiciales en los que se manifestaba acusaciones de “sedición” o de “interrumpir el tránsito normal de personas o mercancías”.[7]

Finalmente, la llegada de Néstor Kirchner al poder en 2003 abrió una nueva etapa que conseguiría apaciguar las tensiones sociales mediante la negociación y la cooperación con el el movimiento piquetero en su beneficio. No obstante, se ha de tener en cuenta que se llevó a cabo una marginación profunda, así como el aislamiento e incluso elementos de represión que fueron ejercidos contra aquellos sectores que inducían a tácticas más radicales, y que suponían la defensa abierta de unas pretensiones políticas y sociales que incluían la lucha armada contra el gobierno.

El movimiento «ahorrista»

Los llamados “ahorristas” eran otro grupo de protesta que se encontraba dentro de aquellas manifestaciones que aludían a la expresión, o más bien proclama, que dictaba lo siguiente: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. En este movimiento, se alienaban ciudadanos que se habían organizado en defensa de la liberación de todos los depósitos que habían sido bloqueados por el Ministro de Economía a finales de 2001. Durante ese fatídico año, se había producido una gran concentración y salida de divisas, dólares, de los que dependía no solo la propia política de convertibilidad de la moneda nacional, sino también el pago de las obligaciones externas de la deuda. La llamada Ley de Convertibilidad era uno de los fundamentos esenciales de la política económica del gobierno argentino que se basaba en la paridad del valor entre el dólar estadounidense y el peso argentino.

Esta fuga masiva de capitales hizo que el Poder Ejecutivo Central tomara cartas en el asunto, decretando una serie de limitaciones a la retirada de efectivo en dólares de los depósitos bancarios. Como respuesta a este escenario, conocido como “corralito”, se formaron organizaciones para emprender acciones contra el gobierno. Las más destacadas fueron la Asociación de Ahorristas de la República Argentina y los Ahorristas Bancarios Argentinos Enfadados. Estos últimos se representaban como un “movimiento popular autoconvocado que nació en la Ciudad de Buenos Aires bajo el dolor y la indignación de miles de argentinos que fueron víctimas de una maniobra defraudadora realizada por el Gobierno Nacional y por el denominado Sistema Financiero”.[8]

Los “ahorristas”, en definitiva, articularon protestas en las cercanías de los bancos reclamando su dinero y exigiendo a las autoridades su actuación para solucionar el problema. Todo este movimiento vino acompañado de críticas hacia la corrupción, el robo y la gran brecha social de desigualdad ante el enriquecimiento sin límites de una clase dirigente, tanto política como económica, a los que sin ningún tipo de recelo se les acusó de la grave situación económica y social del país.[9]

Es importante destacar la presencia de discursos o comunicados pequeños que se convirtieron en lemas de estos movimientos sociales. Uno de los más conocidos,  “que se vayan todos”, es un reflejo de esa dramática coyuntura de desaliento institucional y de desconfianza hacia el sistema de representación, que causará la formulación de nuevas ramas de concentración política y social en la Argentina contemporánea.

Movimiento indígena

Con respecto a los movimientos indígenas en Argentina, ha de mencionarse que durante la fase en la que la economía comenzó a globalizarse, incluyendo los sistemas de producción alimentaria, la situación rural latinoamericana comenzó a desquebrajarse. Desde la estructura económica agroexportadora, cuyas raíces se encuentran en época colonial, hasta la llamada sojización de las tierras fértiles cultivables en la región, la idea del monocultivo hacía necesaria la ocupación extensiva de tierras para poner en marcha cada vez más sistemas extractivos que estaban provocando el desplazamiento forzoso de comunidades indígenas.  ¿Qué hicieron estos grupos humanos? Como parece lógico, estos grupos se organizaron en movimientos que reclamasen sus derechos sobre una tierra que les pertenecía y que había sido objeto de expropiación por parte de las autoridades.

Sobre la estructura agraria argentina, esta apunta características que extrapolan una total desigualdad geográfica a nivel nacional. Frente a la llamada Pampa Húmeda donde existen zonas opulentas de gran desempeño agrícola que domina el sistema capitalista clásico, encontramos una segunda región extrapampeana que es mucho más diversa en lo que respecta a una producción agroindustrial, e incluyendo toda una serie de prácticas ganaderas que constituyen las actividades básicas de sistema de subsistencia campesino. Es, por lo anteriormente mencionado, en este último grupo donde la comunidad campesino-indígena ha forjado movimientos sociales con gran influencia y que reciben nombres como Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI). Este  reivindica los derechos sobre la propiedad de la tierra,[10] aunque posiblemente lo más novedoso del mismo es que aúna tanto a campesinos como a indígenas.

El MNCI está formado por más de 20.000 familias repartidas en unas 10 provincias argentinas, entre las que se encuentra la capital. Sus reivindicaciones más inmediatas son la lucha por erradicar la pobreza urbana y el campo, el fin de la economía extractiva, adoptar fórmulas que permitan abastecer de alimentos al conjunto de la población a través de un intercambio justo, así como la defensa de las tierras, el campesinado y los derechos humanos. Se trata de cuestiones que, a su vez,  exigen un mayor número de prestaciones sociales básicas como pueden ser la salud y la educación. A pesar de que el movimiento naciera en 2003, su tradición radica fundamentalmente en la articulación y el mantenimiento de unas sociedades agrarias e indígenas que siempre han mostrado un fuerte vínculo con una tierra que les habría pertenecido por derecho y por el legado de sus ancestros.[11]

Este movimiento ha mostrado su total rechazo al modo de producción extractiva, así como a la sojización del campo que ha llegado a cotas altísimas en Argentina (probablemente como consecuencia de las inversiones chinas en el país). Aunque su lucha es noble legítima, este grupo ha denotado una gran autonomía con respecto a las fuerzas políticas, lo que despertó cierto carácter deslegitimador dentro de los ámbitos gubernamentales. Sin embargo, sus acciones se han hecho notar: mientras que en una parte de la Pampa Húmeda se siguen manifestando comportamientos de alta cantidad de capital, las zonas septentrional y meridional del país han sucumbido a cambios verdaderamente importantes en lo que concierne a las estructuras, a los modos de producción y a los repartos agrícolas, si bien siguen existiendo prácticas de tendencia neoliberal con gran respaldo por parte de las autoridades competentes: la sojización de la tierra cuenta con más de 20,3 millones de hectáreas cultivables del país. Además, se ha de tener en cuenta la implementación de fertilizantes, agroquímicos y la apuesta por tecnologías que han marcado este panorama agrícola ajustado a la susodicha doctrina económica.[12]

Movimiento campesino indígena
«Si nos quitan la tierra nos matan a todos». Cartel de una manifestación en Salta, Argentina. s/f.

Por último, es necesario hacer mención a la curiosa perspectiva indígena sobre el feminismo. Existen mujeres indígenas adscritas a los movimientos feministas de Argentina.  No obstante, su consideración acerca del feminismo es bastante distinta, principalmente porque los vínculos entre las “originarias” y las feministas son escasos. En esta cuestión, se entrecruzan grados de reivindicación cultural más amplios que denotan diferencias entre ambas corrientes. Estos movimientos de mujeres indígenas asumen, en algunos casos, las reivindicaciones del feminismo con ciertos matices, mientras que en otros las rechazan completamente:

El feminismo se mete en esto del liberalismo, del libertinaje, que son cosas muy diferentes. Cuando ves a esas mujeres feministas, encuentran un desorden en su vida, en su familia, el descuido de sus hijos. […] Porque si hay ese desorden, ese desequilibrio entonces de qué me va a servir a mi decir que soy feminista. Si no estoy cumpliendo el rol de mujer, o sea, estoy descuidando a mis hijos.[13]

Clara muestra de como las originarias reflejan su concepción del feminismo como una especie de rechazo total hacia la maternidad, que también tendría una connotación que ejercería una discriminación hacia los varones:

Pareciera que en el sistema quiere competir con el hombre nuestra lógica no es competir, porque es la igualdad o sea la mujer cumple un rol. […] La mujer cumple una función muy importante y este sistema con el feminismo dispersa sus energías por cualquier lado y no cumple esa función. Están pensando en algo que no es bueno. Hoy en día cuesta ese equilibrio, te van a decir “porque las mujeres tenemos que luchar”, ¡sí! Tenemos que luchar pero también está nuestro compañero y él nos tiene que acompañar.

Siguiendo la tesis Silvana Sciortino, frente a aquellas mujeres originarias que no comparten los ideales del feminismo como este caso, las hay que se integran dentro del movimiento feminista y se declaran abiertamente feministas, y apoyan la lucha para establecer una igualdad entre los seres humanos. Por otra parte, hay otras mujeres que se adscriben dentro de estos movimientos pero no se declaran feministas, si bien exponen los problemas o tensiones que viven dentro de sus comunidades sociales: destacan la desigual participación en la toma de decisiones y la representación entre mujeres y varones de los pueblos originarios, y denuncian sucesos relacionados con  malos tratos y violaciones.[14]

Por lo tanto, podemos encontrar todo tipo de referencias entre las mujeres originarias acerca de conceptos tan actuales como patriarcado, feminicidio, violencia de género, identidad de género, gracias a la narración de sus propias experiencias personales. Se ha insertado en estas comunidades un modelo feminista que, si bien todavía debe madurar más, coincide o está totalmente ligado a este movimiento social que irrumpe dentro de este mundo globalizado. Puede encontrarse, en este sentido, un gran avance dentro de un movimiento feminista que intenta insertarse tanto en la pluralidad como en la diversidad cultural.

Conclusiones

En el contexto latinoamericano (en este caso, en el argentino) de las últimas décadas, las crisis económicas, políticas antisociales o escándalos de corrupción provocaron ceses de gobiernos, por ejemplo el de Collor de Melo en Brasil (1990-1992); en Argentina el gobierno de De la Rúa en diciembre de 2001 tras actos de protesta intensa como el mencionado “cacerolazo”.

En un marco social y político que conllevaba la existencia de connotaciones negativas que alteraban un modelo de bienestar social, la población tomó la calle para reclamar ser escuchada y el cumplimiento de las demandas de un pueblo que en teoría tiene el poder en un sistema democrático. A pesar de todo esto, los movimientos de principios del siglo XXI, como los de Argentina descritos anteriormente, fueron consecuencia de un panorama social grave, pero no articularon un objetivo más “ambicioso” ni atacaron a las bases del sistema. Tuvieron un carácter reformista y se marcaron unos enemigos claros: la banca y el gobierno de ese determinado momento. La plasmación sistemática de asambleas barriales en ese contexto “piquetero” y “ahorrista” reflejaron eficaces elementos de presión, pero demasiado autónomas y muy mal coordinadas, que no incorporaban un examen crítico del sistema con dosis revolucionarias.

Las nuevas democracias impulsaron un nuevo problema: la crisis de la representación, por la que surgieron nuevos movimientos sociales en forma de diversos intereses, que no tienen por qué estar unidos, como pueden ser los movimientos ecologistas, animalistas, feministas,  asociaciones en defensa del colectivo LGTB, etc. Las colectividades se han puesto en pie de calle de una forma  espontánea, alcanzando grandes niveles de calado social.

En definitiva, “los nuevos movimientos sociales” canalizan la demanda de una nueva democracia que represente los intereses olvidados de unos colectivos que buscan el reconocimiento para crear una nueva ciudadanía que sea consciente de la pluralidad y la diversidad del mundo. En este sentido,  los movimientos indígenas han suscitado un gran apoyo en los contextos de agitación política en defensa de los sectores más vulnerables de la sociedad, poniéndose de manifiesto su integración en la «nueva era» de la «posmodernidad».

Bibliografía

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RETAMOZO, Martín: “Movimientos sociales, política y hegemonía en Argentina”. En Polis, nº 28, Centro de Investigación Sociedad y Políticas Públicas, 20 de abril de 2011, pp. 1-30.

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HUMBERTO SOTO, Oscar: “Movimientos sociales y articulaciones políticas. Apuntes sobre el Movimiento Nacional Campesino Indígena y el Movimiento Evita en el período Kirchnerista”. En Revista Digital de Ciencias Sociales, vol. V, nº 9, Universidad Nacional de Cuyo, 2018, pp. 33-58.

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Notas

[1]Scott Maiwaring, Eduardo Viola y Rosa Cusminsky, “Los nuevos movimientos sociales, las culturas políticas y la democracia: Brasil y Argentina en la década de los ochenta”. En Revista Mexicana de Sociología, vol. 47, No. 4, Actores Sociales y Política (Universidad Nacional Autónoma de México, 1985), p. 35.

[2]Martín Retamozo, “Movimientos sociales, política y hegemonía en Argentina”. En Polis, nº 28, (Centro de Investigación Sociedad y Políticas Públicas, 20 de abril de 2011), p. 8.

[3]Extraído de María Antonia Muñoz, “Crisis política y conflicto social en Argentina: Alcances y límites de un tipo de participación política no convencional”. En European Review of Latin American and Caribbean Studies, nº 87, octubre de 2009, 72.

[4]Maristella Svampa, “Movimientos sociales y nuevas prácticas políticas en Argentina. Las organizaciones piqueteras”. En VV.AA. Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras, 2003, p. 114.

[5]Maristella Svampa, “Movimientos sociales y nuevas prácticas políticas en Argentina. Las organizaciones piqueteras”(…), 115.

[6]Ibídem y 116.

[7]Maristella Svampa, “Movimientos sociales y nuevas prácticas políticas en Argentina. Las organizaciones piqueteras”(…), 116-117.

[8]María Antonia Muñoz, “Crisis política y conflicto social en Argentina: Alcances y límites de un tipo de participación política no convencional”. En European Review of Latin American and Caribbean Studies, nº 87, octubre de 2009, 66.

[9]Julia Nuño de la Rosa García, “Del “que se vayan todos” al “no nos representan”. Respuestas a la crisis económica en Argentina y España”. En Ágora, vol. I, nº 2, 2014, p. 105.

[10]Oscar Humberto Soto, “Movimientos sociales y articulaciones políticas. Apuntes sobre el Movimiento Nacional Campesino Indígena y el Movimiento Evita en el período Kirchnerista”. En Revista Digital de Ciencias Sociales, vol. V, nº 9, Universidad Nacional de Cuyo, 2018, p. 43.

[11]Oscar Humberto Soto, “Movimientos sociales y articulaciones políticas. Apuntes sobre el Movimiento Nacional Campesino Indígena y el Movimiento Evita en el período Kirchnerista”. (…), 44.

[12]Ibídem.

[13]Opinión de una mujer quechua aymara llamada Clara. Extraído de: Silvana Sciortino, “procesos de organización política de las mujeres indígenas en el movimiento amplio de mujeres en Argentina. Consideraciones sobre el feminismo desde la perspectiva indígena”. En Universitas Humanística, nº 79, enero-junio 2015, Universidad Nacional de La Plata, p. 80.

[14]Silvana Sciortino, “procesos de organización política de las mujeres indígenas en el movimiento amplio de mujeres en Argentina. Consideraciones sobre el feminismo desde la perspectiva indígena” (…), 81.

3 COMENTARIOS

    • Hola, Sergio:

      ¡Gracias por tu comentario! Sinceramente, lo desconocía; no obstante, intentaré buscar más información relativa a tu aporte. Me interesa mucho el país argentino, pero he de reconocer que se me escapan muchos detalles.

      De nuevo, muchas gracias.

      Un saludo.

  1. No conozco a los compañeros de esa agrupación (MKR).
    Lo que si estoy seguro, que el kirchnerismo no es para nada revolucionario.
    Al contrario, tiene la deficiencia de no creer en la militancia y en la organización popular de base.
    La prueba está en que solo acomoda progresistas de clase media en todos los puestos y deja de lado a compañeros con años de militancia social real.
    Seguir dándole aire, es repetir el error de muchos militantes que en el periodo K pasado (2003 – 2015) apoyaron sin críticas.
    Ya venimos sufriendo desde la época de Menem el cuento, de entrar a un gobierno, para tener espacios e ir ganando fuera, etc, etc. La realidad, demuestra que no se logra nada.
    Es más, los K cuando ven que alguna agrupación tiene posibilidades de crecer, la copta, haciendo que termine como un engranaje más del sistema, entrando en la politiquería.
    Es hora de organizarse en serio, desde las bases.
    Y con respecto a la «historia» de los «movimiento sociales» tratar de buscar opiniones de verdaderos militantes y no de intelecutualoides que nunca entendieron al Pueblo.

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