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Las violaciones en la Edad Media (1200-1500)

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Detalle El jardín de las Delicias
Detalle de El Jardín de las delicias (1490-1500). El Bosco. Museo del Prado

Las violaciones en la Baja Edad Media fueron recogidas por la legislación como un acto ilícito que atentaba contra la moral cristiana y contra la honra de la víctima y su familia. Los «forzamientos», tal y como se denominaron a las violaciones en el momento, fueron ilegales, por quedar regulados y castigados por las leyes. Sin embargo, no fue un delito fácil de penar porque entraba en el tablero de juego un imaginario colectivo donde las mujeres eran concebidas como seres lujuriosos y provocadores. Eran, por ello, las Evas que tentaban a los hombres al pecado carnal.

Así, los procedimientos de denuncia descansaron en el fundamento de que la mujer-víctima, debía oponer resistencia y no ofrecer ningún atisbo de consentimiento. Por ello, los gritos oídos por otros, las heridas externas y otras muestras que fuesen visibles, como las ropas rajadas, fueron las principales y únicas herramientas disponibles para recurrir a la justicia.

Otras, sin tener pruebas visibles o por miedo a caer en la deshonra pública, no denunciaron aquel agravio contra su honra. En algunos casos, como consecuencia de arreglos extrajudiciales entre familias, tuvieron que casarse con su agresor.

La doctrina moral promulgada por el cristianismo, extendida en la sociedad medieval occidental, percibió las relaciones sexuales extramatrimoniales o sin el fin de procreación como un pecado-delito. En este marco, ¿cómo se concibió la violación en la sociedad y en la legislación y qué supuso?, ¿qué capacidad de acción jurídica tuvieron las mujeres víctimas de estas agresiones?, ¿qué castigo recibieron los hombres que cometieron estos actos? Estas y otras preguntas serán objeto de reflexión en este artículo.

La sexualidad en la Edad Media dentro del marco cristiano

En la Edad Media, el argumento oficial ante la sexualidad estuvo prefijado por la religión, bien fuese cristiana, musulmana o judía. Esta actuó como reguladora de las relaciones sexuales bajo la batuta de la moralidad. Así, la religión —en este caso, el cristianismo— determinó y difundió dos clases de sexualidad: la lícita y, por tanto, permitida, y la ilícita, prohibida por pecaminosa, aunque no por ello inexistente en la práctica cotidiana (Cabezuelo Pliego, 2019: 235).

La moral sexual predominante en el contexto de la Baja Edad Media queda muy bien ilustrada en el esquema de James Brundage en su libro Law, Sex and Christian Society in Medieval Europe —ver esquema—. La Iglesia, al intentar regular la sexualidad, promulgó todo un “catecismo sexual”. Se hizo un esfuerzo por detallar desde qué posiciones eran las autorizadas hasta los días en que se podía practicar sexo. Incluso con quién estaba permitido y con quién tajantemente prohibido (Federici, 2018: 67). Sea como fuere, el sexo era un acto pecaminoso y únicamente podría realizarse con el fin de procrear. Solo así sería honesta copulatio.

Capitel. Colegiata de San Pedro de Cervatos (Cantabria).
Capitel. (s. XII). Colegiata de San Pedro de Cervatos (Cantabria).

Moral religiosa y práctica sexual

Obras de bastante difusión en la época como el Decretum de Graciano —un monje maestro de Teología en Bolonia durante el siglo XII— hacen referencia a la premisa de que la actividad sexual era solamente lícita en el seno del matrimonio. Siempre y cuando el sexo estuviese destinado únicamente a la procreación. Como consecuencia ineludible, se sancionó cualquier placer mundano que abocase a la lujuria o a la lascivia y, en definitiva, al placer.

De esta manera, el sexo extramarital no solo era causa de pecado, sino que también se le añadía una carga delictiva: era un pecado-delito. Esta idea se corroboró en el IV Concilio de Letrán en 1215, donde se sacramentalizó el matrimonio, pautándose como monogámico e indisoluble (Montero Cartelle, 2010: 46). Se denunció, con ello, cualquier conducta sexual realizada fuera del matrimonio o contra natura. En definitiva, la moral religiosa se preocupó intensamente por el control de la sexualidad, transmitiendo sus inquietudes a la sociedad mediante los códigos normativos.

Esquema sobre la toma de decisiones sexuales para no cometer pecado. Recogido de James Brundage, 1987: 162.
Esquema sobre la toma de decisiones sexuales para no cometer pecado. Recogido de James Brundage, 1987: 162.

La imagen muestra cómo la sexualidad estuvo estrictamente pautada. Cualquier transgresión de esta reveló a ojos de la sociedad una conducta pecaminosa que, sin embargo, era cotidiana. La mayoría de estas vulneraciones se produjeron en el seno conyugal y quedaron silenciadas entre los muros del hogar. Sin embargo, otras escaparon de las barreras domésticas y formaron parte de la vida pública.

Si bien esta moral sexual se aplicó igualmente en hombres y mujeres, a estas últimas se les añadió un plus de exigencia moral al deber guardar castidad (Jara Fuente, 2010: 348). En efecto, la castidad femenina definió la fama de las mujeres. Pero no solo de ellas, también de sus familiares varones al estar bajo su tutela —maridos, padres…—.

En consecuencia, la castidad de las mujeres, al determinar su honra y fama, estuvo bajo estricta vigilancia hasta el matrimonio. Esto también incluía no perderla contra la voluntad de las mujeres, en el caso de las violaciones. Por ello, para analizar el marco contextual de las violaciones en la Baja Edad Media es imprescindible realizar un acercamiento a los términos de honra y fama asociados a la sexualidad femenina.

Fama, honor y sexualidad femenina

El honor y la fama son conceptos que escapaban de lo privado. Eran, pues, una condición pública determinada por cómo la colectividad veía a una persona (Maiza Ozcoidi, 1995: 193-194). Para bien o para mal, por tanto, esta imagen era diseñada por externos. De ahí que la apariencia pública fuese imprescindible para crear una buena fama ante la sociedad.

En esta lucha por aparentar se ve muy envuelta la sexualidad de las mujeres y el imaginario del cuerpo femenino. Las mujeres eran vistas como sujetos que necesariamente marcaban la fama familiar, especialmente en los varones. Estos, al tener custodia sobre ellas, fueron los principales responsables de tanto si la conducta de las mujeres era buena como si no. Si así no lo era, tenían la exigencia moral de corregir sus actos.

Por ejemplo, si una mujer era adúltera, su marido, para no aumentar su deshonra e infamia pública, debía aplicar la marital corrección. Hasta el punto de llegar a asesinarla y que fuese legítimo: el uxoricidio por causa de honor. Es el caso de los familiares de Leonor Martín en 1489, en Jerez de la Frontera, que perdonaron al marido el asesinato de su esposa porque esta había sido adúltera con otro, “viendo cuánta razón tuvo para matarla” (cit. en Bazán Díaz, 2006: 57).

La fama en las estructuras de la sociedad bajomedieval fue tan importante que condicionaba el estatus social de las personas. Por ello, al ser un elemento público y superficial por el que se juzgaba, se recurrió con frecuencia a las manipulaciones para crear una buena apariencia externa. Cuando las mujeres se involucraron en la dinámica de la infamia, pusieron en marcha mecanismos para ocultar aquella honra dañada. Esto provocó que se actuase bajo el engaño, la ocultación o el silencio, entre otras estrategias para no caer en la mala fama y en la marginalidad (Ortega Baún, 2016: 76-77).

Detalle de El Jardín de las delicias
Detalle de El Jardín de las delicias (1490-1500). El Bosco. Museo del Prado

Ser honrada: ser virgen o casta

La mala fama de las mujeres estuvo, por tanto, a menudo muy ligada a su sexualidad. Un elemento imprescindible que construía la buena fama de las mujeres era ser vírgenes. De esta manera, la virginidad se alzó como un valor que atesoraban las mujeres y que solo sería entregada al varón tras el enlace matrimonial. Por consiguiente, la virginidad no era solo de la mujer, sino del futuro marido. Es por esta razón que el control parental de la virginidad de las hijas hasta el matrimonio era una de las principales tareas del padre. Una muestra muy clara sobre la importancia de la castidad prematrimonial de las jóvenes en la sociedad castellana se encuentra en informes donde, por causas accidentales, el padre justifica la ruptura del himen de su hija.

Es el caso de una niña de tres años que, en 1488, “andando jugando con los mochachos de la casa, se le metyó una canna que traya en la sua mano por su natura e se le corrompió e le corrió sangre della”. U otra una niña de seis años que en 1495 “jugando con otra su ermana de quatro años y otros niños saltando sobre un tinajón, subiendo e desçenciendo del dicho tinajón, se le abrieron las piernas e le corrió sangre e le corrompió su uirginidat” (Córdoba de la Llave, 1994: 20-22).

Estos testimonios son claro ejemplo de la importancia dada a la conservación de la virginidad de las hijas como fuente de honra en un futuro. Mantener la virginidad intacta supuso, por tanto, una categoría que debía llevar incluida la mujer al entrar al matrimonio para ser honrada.

La pérdida de la virginidad, voluntaria o no, podría traer consecuencias gravísimas sobre las mujeres en la época, como el desamparo socioeconómico. Estas consecuencias también repercutieron en los hombres de la familia, por ser tutores de las mujeres y tener bajo su responsabilidad sus acciones. Por ello, en las legislaciones medievales, la pérdida de la virginidad en contra de la voluntad femenina se castigó (Cabezuelo Pliego, 2019: 237). Se verá el caso de las violaciones.

Las violaciones o «forçamientos» en la época medieval

El análisis de las violaciones en la Baja Edad Media debe iniciarse por la terminología empleada en la época sobre este caso específico de agresión sexual. Es necesario apuntar que el término “violación” únicamente hizo referencia al incumplimiento de una ley y no tuvo, por tanto, el significado empleado a día de hoy. Como sí se refería era con los términos “forzar” o “cometer fuerza” sobre una mujer. Específicamente, en el caso castellano, se aludía a “haber dormido con ella por la fuerza y contra su voluntad”. Incluso llegó a denominarse como “corromper la virginidad” apuntando a la causa directa de la violación sobre las jóvenes (Córdoba de la Llave, 1994: 19-20).

Miniatura
Detalle de una miniatura que muestra a una mujer y un hombre (c. 1341). British Library

¿Cuál fue la normativa?

Las Partidas muestran la concepción jurídica de este acto en su contexto. Se trata de una acción violenta completamente ilícita y denunciada por el código normativo. El capítulo acerca de los “forzamientos”, muestra la gravedad que supondría perpetrar esta acción:

“Atrevimiento muy grande facen los homes que se aventurar á forzar las mugeres, mayormente quando son virgines, ó mugeres de órden o vidbas que facen buena vida en sus casas ó de sus padres” (Partida VII: título XX, proemio).

Siguiendo con Las Partidas, la violación “es yerro et maldat muy grande” por dos motivos: “porque la fuerza es fecha contra personas que viven honestamente á servicio de Dios e á binestanza del mundo” y porque “facen muy grant deshonra a los parientes de la muger forzada” (Partida VII: 20, 1).

En esta explicación sobre el “forçamiento” se conciben los puntos más importantes del porqué de la gravedad de estos actos. El primero se basa en la religiosidad y la moral sexual adoptada desde el cristianismo. La segunda, por la deshonra causada al hogar debido al hecho de que una mujer de la familia fuera violada. De ello se vislumbra, otra vez, la importancia de mantener una honra limpia de todo perjuicio.

¿Qué capacidad de acción tuvieron las víctimas? El procedimiento judicial

Escrita la ley, ¿qué podían hacer las víctimas para denunciar la agresión? Inmediatamente, se les exigía no haber dado prueba alguna de que el acto hubiese sido consentido. De esta manera, a todos los procedimientos de denuncia acompañó otro proceso para comprobar que la mujer no consintió el acto.

Se partía del hecho de que las mujeres, mediante su supuesta condición femenina inseparable de una naturaleza lujuriosa, podría haber incitado el deseo sexual del hombre del que este no pudo desprenderse. Mucha producción literaria de la época corrobora este pensamiento extendido en el marco cristiano. Una de las más famosas es el Malleus Maleficarum (1487), un tratado para la persecución de la brujería que refleja la mentalidad sobre el cuerpo femenino como objeto de lascivia y provocación, así como de tentación carnal para los hombres (Díaz Bazán, 2006: 40).

Aquelarre. Grabado de Hans Baldung Grien
Aquelarre. (c. 1510). Grabado de Hans Baldung Grien. Rijksmuseum

Entonces, si se partía de que las mujeres eran provocadoras e incentivaban el pecado carnal en los hombres, ¿qué posibilidades de acción tuvo la víctima tras la violación? Generalmente, la violación desencadenó dos tipos de actitudes: la del encubrimiento y la de denuncia. Ambas serán analizadas ya que son reveladoras de lo que supuso este tipo de violencia sexual y de qué manera se insertó en el contexto histórico donde se produjo.

El ocultamiento/silenciamiento de la agresión

La primera vía que se tomó como consecuencia de acuerdos extrajudiciales fue el ocultamiento o silenciamiento de la agresión. En efecto, muchas mujeres víctimas de una violación no denunciaron. La razón: no mancillar su propia honra y la de su familia. Una de las soluciones más comunes tomadas en estos casos fue forzar el matrimonio entre el agresor y la víctima. Así, las familias realizaron pactos bilaterales fuera de la ley. Esta medida no estuvo aprobada por la Iglesia en los primeros siglos de la Edad Media. Sin embargo, ya en la Baja Edad Media, terminó por aceptarse como solución válida. Así, el matrimonio se convirtió en moneda de uso corriente (Córdoba de la Llave, 1994: 44).

La denuncia de la violación

La denuncia constituyó otra vía de acción de las víctimas tras la violación. Al ser llevada a procesos judiciales, los documentos han dejado más constancia de estos trámites. El procedimiento comenzaba con el imperativo de verificar cualquier tipo de consentimiento de la víctima. Si se daba cualquier supuesto indicio para pensar que no había mostrado su absoluto rechazo, no se penó como violación.

A pesar de lo que acarreaba hacer pública una deshonra por una agresión sexual, hubo mujeres que quisieron denunciar ante la justicia. De primeras, la sociedad tenía dudas sobre el consentimiento o no de la mujer ante este acto. En efecto, la imagen de las mujeres estaba alimentada por una mentalidad misógina que recurrió frecuentemente al mito de Eva tentadora. Los legisladores, por ello, exigían unas pruebas firmes donde se atestiguase el carácter violento, la oposición de la mujer y la rapidez de denuncia del acto.

Una verificación pública

Para verificar el grado de violencia las mujeres durante la violación debían gritar y defenderse para mostrar su rechazo, obligando así al violador a usar la fuerza para retenerla. Solo así el acto posteriormente se pudo calificar como delictivo. Por ejemplo, en Aragón en el año 1247, se estableció un patrón para reconocer la violación. Al respecto, la víctima debía quejarse a los primeros hombres que se encontrase tras la agresión y mostrarles indicios de violencia y de haberse resistido.

Además de esto, tenía que presentar “la cara rota et los cabellos et los vestidos rotos algúnd poco” (cit. en Córdoba de la Llave, 1994: 52-54). Así se asoció directamente la violación con signos externos de violencia en el cuerpo femenino. Es por ello que, si el violador no causó heridas externas, las víctimas tuvieron que hacerse heridas en la cara para poder denunciar. Sin ello, su acusación sería ignorada y rechazada.

Detalle del Romuleón
Detalle del Romuleón. (c. 1466). Sébastien Mamerot (trad.)

Gritos de auxilio y señales de violencia

Esta apelación a la justicia, como consecuencia, fue todo un procedimiento público basado en la muestra de los daños visibles producidos por la violación. Se trató, por tanto, de un ritual de denuncia pública donde se pusieron en escena los sentimientos de desesperación ante la deshonra causada. Así, fue habitual en estos casos que la mujer gritase, se arrastrase por el suelo, se arrancase los cabellos o se arañase la cara (Madero, 1992: 588).

En el Fuero de Cuenca (finales del siglo XII), por poner otro ejemplo, también se recogieron normas penales sobre las violaciones. Del caso conquense interesa en especial un artículo titulado De la muger forçada o rascada, que se describe de la siguiente manera:

La muger que de fuerça fuere querellosa e desde el dia dela fuerça fasta en terçero dia el juez a alos alcaldes se querellase e teniendo las mexillas rascadas, el forçador salga enemigo siempre e sus ayudadores por un anno (cit. en Claramunt Rodríguez, 1982: 305).

Este fragmento hace referencia a una serie de rasgos característicos de la violación: la rapidez —tres días— con la que se debía de denunciar, el considerar un signo distintivo que la mujer presentase heridas y la pena impuesta al agresor, una vez que el proceso de comprobación hubiese finalizado y comprobado su verificación. En este caso la pena establecida fue el destierro y un pago monetario de “trezientos sueldos” (cit. en Ibídem: 305). Sin embargo, los castigos difirieron según el territorio, desde pena de encarcelamiento y monetarias hasta corporales —aunque menos abundantes—.

Conclusiones

La violación o “forzamiento” en la Baja Edad Media fue un delito perseguido y castigado. Pero, para ello, se tuvieron que presentar ante la justicia las pruebas citadas para corroborar dicha agresión. Fue, quizá tras el homicidio, uno de los crímenes de mayor gravedad en la sociedad de la Baja Edad Media, debido a la transgresión presentada de las normas morales amparadas bajo el marco del cristianismo. Por otra parte, atentaba contra el honor no solo de la víctima, sino también de los parientes. Además, rompían el orden equilibrado de la sociedad, por dificultar tras una violación el acceso al matrimonio -de hecho, los padres debían incrementar la dote con una hija violada- y limitar, por tanto, la creación de la familia, célula social nuclear en la Edad Media.

Bibliografía

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