En el estudio de las actitudes ante la muerte tiene vital importancia la combinación de los aspectos más puramente espirituales y las prácticas que se realizaron con los muertos. Ni el espiritualismo ni las prácticas van por si solas, ambos aspectos se relacionan recíprocamente y hay que comprenderlos como un conjunto sociocultural.

El principal precursor del estudio de las actitudes ante la muerte es Philipe Ariès, cuyas investigaciones publicó en un libro ya clásico en 1975, tardíamente traducido al español décadas después. Abrió nuevos caminos a la investigación de las mentalidades y de los comportamientos culturales. En esa línea hay un reciente trabajo de la española Susana Guijarro González, El bien façer, el buen morir y la remembranza en la sociedad medieval burgalesa (siglos XIII-XV) (Susana Guijarro, 2016). Por lo tanto, el interesado por esta temática ahora dispone no sólo de monografías de carácter general sobre la muerte en occidente, sino con estudios más concretos por países, que también han llegado a España.

Las actitudes ante la muerte constituyen, por tanto, una faceta de la historia que ha permitido conocer cómo se han comportado a lo largo de la historia las distintas sociedades ante el trance tan temido por los humanos. Es un complejo, sin duda. En estas páginas solo se esbozan algunas cuestiones relacionadas con la historia de las emociones y de las creencias espirituales.

 

El temor hacia la muerte y el mundo de los muertos.

La muerte ha sido un tema que no ha parado de resonar en nuestros pensamientos desde que el ser humano tenía conciencia. Probablemente debido a que es un acontecimiento que atañe a todos, además de ser algo indefectible en la vida. La muerte es sinónimo de vida, pues lo que no ha estado vivo no puede morir.

No obstante, aunque sea un acontecimiento universal, no todo el mundo tiene la misma actitud ante la muerte, y dependiendo de esta actitud aparecerá un tipo de pensamiento y modo de entender la muerte diferente. Según María Luisa Bueno Domínguez (Bueno Domínguez, 2001. Pág. 435.), podemos distinguir tres tipos de comportamientos:

  1. El de quienes consideran que la muerte llega en contra de su voluntad y creen que el cuerpo mortal muere, pero que de alguna forma permanece con ellos. Esta actitud genera miedo ante los muertos.
  2. Un segundo grupo de personas son aquellos que asumen la muerte colocándose positivamente sobre ella. La muerte no es más que un medio de acceso para la vida eterna. Evidentemente es uno de los mensajes del cristianismo. Esta actitud será fundamental para entender el concepto que tenía la sociedad de la Edad Media frente a la vida terrenal. Es un mero espacio de paso, y todo lo que se haga en esta vida serán motivos para el acceso a una vida mejor, la divina, que es la que verdaderamente importa.
  3. Un último grupo son los que ven la muerte como la liberadora de grandes sufrimientos. Sin duda en este grupo estarían todos aquellos que estuvieran padeciendo en vida enormes calamidades y ven a la muerte como un salvoconducto. Curiosamente la mayoría de los ejemplos que encontramos en este tipo de actitudes tienen que ver con personas con un sufrimiento en la parte sentimental.

Lo que sí que tenemos claro es que todos estos grupos estuvieron influidos por el cambio de concepción con respecto a la muerte que apreciamos en la Baja Edad Media y concretamente a partir del s. XIII. La muerte siempre ha sido una compañera del ser humano medieval. En otras palabras: “El hombre en la edad media convive directamente con la muerte”. Un ejemplo de miedo que podríamos traer aquí es la de aquellos que morían solos por padecer una enfermedad. Las epidemias hacían abandonar a los enfermos, por lo que no conseguían recibir auxilios espirituales. Los auxilios espirituales en momentos cercanos a la muerte son realmente importantes. Por lo tanto, con la peste del siglo XIV este sentimiento de miedo hacia esta forma de muerte se agudizó. Se intensificó hasta tal punto que la gente vivía con auténtico pavor lo que estaba sucediendo.

Todo esto fue provocado, en primer lugar, por la ausencia de una explicación clara sobre cómo se producían los contagios, y en segundo lugar, la falta de una ciencia médica que pudiera hacer frente a la peste, y en tercer lugar, el miedo a morir en soledad, como comentábamos anteriormente, abandonados por miedo al contagio y sin auxilio espiritual (Bueno Domínguez, 2001, pág. 417).

La muerte producía miedo, pero algunas de las reacciones más intensas venían dadas, por la forma en las que estas muertes se producen. Es decir, la persona medieval no quería morir, pero menos aún de ciertas formas.

Algunas de ellas son:

  • La muerte fuera de su entorno. Generalmente, el hombre medieval se movía con mucha más frecuencia que las mujeres. Podemos hablar de Reyes que se desplazan a guerras, los caballeros en las batallas, torneos. Por motivo de estos desplazamientos, las muertes se producían fuera de su entorno, donde ellos de verdad desearían estar cuando murieran, y genera una gran preocupación.
  • La muerte repentina. Es una de las que generan más pavor entre los cercanos al difunto, precisamente por el desconocimiento de la causa de la muerte que lleva con ello. Se genera desconcierto y será entonces cuando se empiecen a tramar diferentes creencias sobre lo ocurrido. Sobre la muerte de estas personas de manera repentina, sin una explicación concreta, se acaba concluyendo en la mayoría de los casos con la creencia de que tras esta muerte han actuado fuerzas sobrenaturales. Estas fuerzas serían malignas y por ello atemorizan a la sociedad. Además, tienen una característica fundamental para la creación del miedo en el pensamiento humano: no se pueden controlar, no se pueden dominar. Pero la conclusión que debemos extraer ante este tipo de muerte es el miedo real que provoca, y este sin duda es el de morir sin haber tenido tiempo ha poder confesarse o arrepentirse de sus actos.
  • La muerte por suicidio: A ojos de la sociedad es la muerte más terrible, no hay muerte más deshonrosa. Está muy mal vista por la sociedad cristiana desde la Edad Media, ya que se veía necesario que el ser humano completase su ciclo natural de la vida al ser una creación de Dios. Lo mínimo que se espera del individuo en esa sociedad Medieval es que recorra el camino que Dios ha preparado para él. Por lo tanto, existe un pensamiento establecido en la sociedad que rechaza y condena a todos ellos que no cumplen con el plan de Dios y lo acortan a su voluntad. Aquel que toma el suicidio como método de evasión de este mundo queda condenado y maldecido. Y debemos también hacer hincapié en otra consecuencia producida por este tipo de muerte: Al haber fallecido sin que su hora hubiera llegado el muerto nunca podrá descansar en el mundo de los muertos. Es, por así decirlo, una condenación eterna. Pero, ¿Qué les llevaría al suicido a estas personas, que aun sabiendo la repudia hacia el método que tenía la sociedad de su momento lo llevaban a cabo?

Incluso el propio Alfonso X “el Sabio” comentó sombre este tema. Él consideró que el suicidio llegaba por una locura que había sido producida por una mala situación económica o por el padecimiento de enfermedades. Pero también debemos de tener en cuenta otros factores, como la depresión que pudieron padecer monjes y conversos en los monasterios. Una situación moral que los llevaría a quitarse sus vidas.

Por lo tanto, En la Edad Media nos encontramos ante dos tipos de problemas. En un primer término, la muerte crea un gran desconcierto y angustia cuando se da en alguna de estas formas que acabamos de ver. En un segundo término, y quizás el más importante, se crea el temor hacia el que ha muerto. De cierta manera, este miedo hace que el difunto perviva, aunque eso sí, en el mundo de los muertos.

El mundo de los muertos será un concepto por el que la sociedad medieval esté tremendamente aterrorizada. No se teme a todos los muertos en general, pero si a aquellos que entran en las características de la mala muerte. La sociedad llega incluso a preparar defensas ante ellos, porque están seguros de que estos muertos podrán salir de aquellos lugares donde se llevó a cabo su enterramiento. Es por ello por lo que es habitual que se intentara obstruir las tumbas de aquellos que se consideraban propicios para venir del mundo de los muertos a atormentar a los vivos. Era muy común la colocación de piedras o incluso fijar las tumbas (Bueno Domínguez, 2001, pág. 440).

Los suicidas además tenían un trato especial al ser sin duda la muerte más aberrante que se podía tener. De hecho, no podían tener ningún contacto con el resto del mundo que habían dejado. Se podría decir que se les marginaba dentro de la práctica mortuoria, no se les trataba como a los demás, (ni si quiera como a los condenados a muerte o los que mueren sin confesión). Se creía que el suicida podía albergar al demonio, por lo que debían de ser enterrados lejos de los espacios sagrados. Tampoco estaba excluido de esta preocupación el que había muerto de repente, el demonio podía haber sido el que propició la muerte de esta persona, llevándolo al mundo de los muertos sin su correspondiente auxilio espiritual.

Danza macabra, s. XV
Representación de la danza macabra, sala capitular del convento de San Francisco de Morella, Castellón (España), siglo XV.
Imagen extraída de https://mfla.wordpress.com/2008/04/25/la-danza-de-la-muerte-del-convento-de-san-francisco-de-morella/ el 14/11/2018

En definitiva, los cuidados que se van a tener ante el que ha muerto va a depender en gran parte del tipo de muerte que ha tenido.

Por último, en lo referente al mundo de los muertos, será muy importante las actuaciones y tratamientos que la sociedad tenía para facilitar el transcurso del difunto del mundo de los vivos al de los muertos. Existe una creencia en el deber del vivo de tratar bien al muerto, un intento de contentar al muerto. Dentro de estas actuaciones se deja ver una característica supersticiosa. Se crean por tanto diferentes métodos para ayudar al muerto a descansar en paz, ayudarle a irse en vez de ponerle trabas. De ahí surge el Requiescat in pace y demás fórmulas para conseguir que el alma deje de estar vinculada al mundo de los vivos (Guijarro González, 2016, pág. 18).

La peste como elemento protagonista de miedos persistentes.

Con la extensión de la peste negra por Europa a partir del siglo XIV nos es muy difícil no concebirla dentro del estudio de las actitudes ante la muerte como elemento protagonista. Sin embargo, la peste del siglo XIV no fue la primera de la historia. Solía aparecer a lo largo de la historia de manera cíclica. De esta manera la sociedad del siglo XIV ya había oído lo terrible que la peste podía ser, incrementando aún más su temor hacia ella.

del triunfo de la muerte frente a los vivos
Es prácticamente inevitable no acordarse de este óleo de Pieter Brueghel el Viejo (c.1562) cuando se habla de los efectos de la peste. Sin duda una representación extraordinaria del triunfo de la muerte frente a los vivos. Imagen extraída de: https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/la-peste-negra-la-epidemia-mas-mortifera_6280/4 el 14/11/2018

Además, si al hecho de los pocos medios que tenía los médicos medievales para paliar los efectos de la peste, le añadimos que además la sociedad estaba muy mal alimentada por las malas cosechas que se habían ido sucediendo, nos encontramos ante una población indefensa ante la enfermedad. Fueron sin duda unos factores determinantes para que la peste negra fuera una catástrofe y se llevara consigo a toda clase de personas, desde los que tenían más poder hasta los que menos. La presencia del miedo en la llegada de la peste no estaba simplemente impuesta por el miedo a morir. La enorme confusión de una sociedad que no sabía cómo actuar también influyó de manera decisiva. La población medieval del siglo XIV no sabía ni cómo se originaba la enfermedad, ni cuál era la forma de contagio, ni por supuesto, como combatirla. Uno de los condicionantes para que el miedo corra sin ataduras fue que los médicos, con temor a contagiarse y sin saber que hacer con los enfermos, llegaron a dejar de atenderlos. La imagen para aquellos que se encontraban indefensos ante la peste debió de ser demoledora.

Solo debemos de imaginarnos el caos que se debió de formar cuando realmente no existía ni unas medidas preventivas ni unas curaciones que fueran en una misma dirección. Cada médico aplicaba sus propias medidas, que en algunos casos, por simple desconocimiento, producían efectos no deseados. Como muy acertadamente indica María Luisa Bueno Domínguez, era “la imaginación al servicio del miedo” (Bueno Domínguez, 2001 pág. 424). Con respecto a las medidas preventivas al contagio, muy dispares. Desde contagios a través de una mirada hasta la combinación de los astros. En definitiva, la peste dio rienda suelta a una metodología que mostraba la profunda desesperación de la sociedad por encontrar una solución que no llegó.

 

El juicio final en el sermón medieval. Temor a Dios y el Demonio.

Es de vital importancia que tratemos, aunque sea ligeramente, este tema, ya que se produjo un verdadero miedo dirigido a través de las instituciones, especialmente la Iglesia. Tuvieron dos vías principalmente, la represión y las predicaciones. Nos centraremos en esta última. El motivo es porque no hubo un medio más efectivo que el sermón para entrar en la parte más profunda del individuo medieval. Los sermones medievales tuvieron tres objetivos: En primer lugar, eliminar o rectificar los males que están presente en la sociedad; en segundo lugar, castigar a aquellos que lo merezcan, y en tercer lugar, acabar con todo lo que pareciera opuesto a la moral cristiana. Además, saben perfectamente a que público dirigirse, van a por las capas populares.

El principal elemento que se usa en el sermón medieval es el miedo a Dios. Se conduce el discurso hacia el temor sobre la vida después de la muerte que les espera si no se distancian de una vida pecaminosa. El temor a dios es propio de toda la Edad Media, pero a partir del siglo XII se incluye también el miedo al Juicio Final. Si añadimos que la sociedad es fervientemente religiosa y que además el público al que iba dirigido estos sermones era en su mayoría inculto, era un perfecto caldo de cultivo para el discurso del miedo. No debemos de olvidar tampoco una intención que a veces queda fuera de los estudios sobre este tema: Era una manera perfecta para controlar a la población.

El predicador se dedica a advertir a la población de los pecados que atentan contra Dios. Habla de pecados graves, como la lujuria o las vanidades, muy presente en sus sermones, pero también se lleva al discurso otros pecados que son más amplios entre la población (y menos graves) como no practicar las fiestas de guardar o ir a la taberna. De esta manera la mayor parte de la población medieval, y en especial de las ciudades, se veía identificada con los pecados que el predicador condenaba. Y por lo tanto les inundaba un sentimiento de culpabilidad y miedo, ya que serían juzgados por un Dios severo y firme.

Pantócrator de la Igelsia de San Vicent de Taüll
La imagen poderosa del Pantócrator en el Juicio Final del ábside de la Iglesia de San Vicent de Taüll. Imagen extraída de: http://viajarconelarte.blogspot.com/2017/10/el-juicio-final-en-el-medievo.html el 15/11/2018

Por otro lado, está la imagen del demonio, que se presenta como aterradora. Además, el demonio está presente en la vida de las gentes medievales, creen que convive en su entorno intentando desviarlos de la rectitud cristiana. Incluso se le llega a temer por su aspecto. A partir del siglo XIII empiezan a darse detalles sobre una figura con ojos rojos y alas de fuego. El miedo que trae consigo el demonio va conectado con el temor a los muertos. El motivo es por la creencia de que puede hacerse con el alma de los que están muriendo y llevárselos consigo al infierno. En grandes rasgos, la finalidad del demonio en la Edad Media es la de intentar a través de trucos engañar al ser humano y llevarlo hacia el mal, corromperlo, y por último, condenarlo eternamente.

La otra cara del miedo: La muerte como espectáculo.

Resulta terriblemente contradictorio ver cómo una sociedad que está inmersa en el miedo ante la muerte, y que se siente acosada cada día por ésta, disfrute viendo las ejecuciones públicas en las ciudades medievales. Era un acto casi protocolario y dantesco, pero al que acudían la mayoría de los ciudadanos. No había hombre, mujer ni niño que no acudiera a la plaza a presenciar las torturas y ejecuciones cuando se producían. ¿Habían perdido la sensibilidad al estar tan familiarizados con la muerte? Es posible, aunque no se sepa con certeza. Lo que si que queda cristalino ante las investigaciones es que se disfruta. “Todo es un espectáculo. Se espera con emoción a que llegue la carreta con los que van a morir, y es fácil imaginar que su aparición levanta aplausos, risas y, cómo no, insultos”. (Bueno Domínguez, 2001. Pág. 295.)

Por lo tanto, este es un elemento más para ver cómo la ciudad medieval, y en su extensión, la sociedad, estaba impregnada por la muerte. A veces tan temida y a veces incluso disfrutada.

 

Podemos extraer algunas conclusiones sobre las actitudes ante la muerte:

  • La sociedad medieval tuvo la muerte presente cada día de sus vidas. Esto despertó en un temor profundo, especialmente dependiendo del tipo de muerte que se tratase.
  • El miedo a morir no es el único temor que se manifiesta. El temor al mundo de los muertos es incluso aún más fuerte que el miedo a la muerte en sí. La idea de la posibilidad de la vuelta de los muertos para atormentar a los vivos es la causante de auténtico pavor.
  • La peste fue un factor principal en la modificación de la actitud ante la muerte en la Edad Media. Supuso un caos absoluto en la vida de las personas debido a una medicina muy precaria que se vio desbordada ante la peste. Además, se dio rienda suelta a la imaginación para la búsqueda de terapias curativas y de prevención, lo que aumentó aún más el desconcierto.
  • Las instituciones introdujeron el miedo a la muerte, en especial la Iglesia. Los predicadores medievales incluyeron en su discurso a un Dios que los castigaría por sus pecados, un juicio final en el que todos serían severamente juzgados. Además, apareció la figura del Demonio, el cual también aterrorizaba a la población con sus intentos por quedarse con sus almas.
  • También nos encontramos con elementos contradictorios dentro de la sociedad medieval: se teme a la muerte y al mundo de los muertos, pero se disfruta de las ejecuciones públicas, convertidas realmente en un macabro espectáculo popular en las plazas de las ciudades. Además, se celebra con jolgorio que también los ricos mueren y todos somos iguales ante la muerte.

 

Bibliografía utilizada:

  • ARIÈS, Philippe, Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días. Barcelona, El Acantilado, 2000.
  • BUENO DOMÍNGUEZ, María Luisa, Espacios de vida y muerte en la Edad Media. Zamora, Semuret, 2001.
  • GUIJARRO GONZÁLEZ, Susana, El buen façer, el buen morir y la remembranza en la sociedad medieval burgalesa (siglos XIII-XV): lección festividad de San Isidoro, curso académico 2015-2016, Santander, Universidad de Cantabria, D. L. 2016.
  • MARTÍNEZ GIL, Fernando, La muerte vivida: muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad Media, Toledo, Diputación Provincial, 1996.
  • MITRE FERNÁNDEZ, Emilio, La muerte vencida: imágenes e historia en el Occidente Medieval (1200-1348), Madrid, Encuentro, 1988.

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