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La Quintrala: la Erzsébet Báthory hispana

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Mural del museo de Ligua que representa a la Quintrala

Catalina de los Ríos Lisperguer, más conocida como la Quintrala (1), fue una de esas mujeres poderosas que en el pasado aprovecharon su posición para desatar su más oscura naturaleza. Al igual que algunas de sus pares más famosas como la ya mítica Erzsébet Bathory o, la ya algo posterior Mari Delphin Lalauri (que aunque de origen francés lo cierto es que fue, al menos en parte, hispana por haber nacido en la Nueva Orleans española), dejó un impronta de sangre, dolor y crueldad en su paso por este mundo. Mujer aristócrata, de alto linaje y posición social en ese lugar, aún tampoco conocido, que fue el fronterizo Chile hispánico, labró una leyenda sangrienta que todavía en el siglo XIX resonaba en Santiago. Sangre de la aristocracia germánica, de la nobleza indígena y de los conquistadores españoles corrió por las frías venas de esta temible fémina. Pero antes de ver la cruel y desconocida vida de esta tenebrosa criolla es necesario entender los orígenes que la permitieron tener esa privilegiada posición desde la que desató tanto horror.

Ya os hablamos de cuatro sanguinarios personajes aquí, entre ellos Báthory.

En Santiago quien no es Lisperguer es mulato

La sentencia del título pertenece a José Manuel de Astorga, un célebre estudioso chileno de las genealogías de su país y muestra el calado de esta familia en la aristocracia de su tierra. La línea de sangre germana de los Lisperguer entró en América a través de Pedro Lisperguer y Bittamberg, paje de Carlos I que llegó al Perú como servidor del Virrey Don García Hurtado de Mendoza a mediados del siglo XVI. Pasó a Chile como secretario del hijo de Don García el cual había sido nombrado, por voluntad de su padre, gobernador de aquella dura frontera indiana. Una vez instalado en la capital de la región, Santiago, el noble germano se casó con la hija de un encomendero, también de origen teutón, y una de las más ricas y poderosas caciques indígenas de la región santiagueña.

Su numerosa prole afianzó la posición de poder de la familia y se hizo notable en todo el virreinato (2). Para aumentar el poder de la dinastía, una de las hijas del fundador del clan familiar, Catalina Lisperguer y Flores, fue casada con el poderoso Gonzalo de los Ríos, conocido en el guerrero reino de Chile como el “General”. Fue de esta unión de donde nació la cruel criolla. Catalina tuvo tres hermanas, María y Magdalena, con las que compartió parte de su vida y, con la primera, de sus crímenes. Mientras que su hermana Magdalena murió temprano, Catalina y María se hicieron célebres en la ciudad a principios del siglo XVII al ser acusadas de intento de asesinato. Su víctima fue ni más ni menos que el famoso gobernador don Alonso de Rivera (3) y el arma usada el veneno. El magnicidio se intentó con unas hiervas que un nativo experto (que según dicen los documentos fue posteriormente asesinado por las dos potentadas criollas para ocultar el crimen) les entregó y que ellas pusieron en la tinaja de agua del gobernador. Descubierta la tentativa de envenenamiento, las dos mujeres se refugiaron de la justicia bajo la protección de la orden de San Agustín (orden eclesiástica con la que su familia tuvo importantes vínculos). El motivo del odio al gobernador se ha escapado a los registros de la historia, pero, aunque el proceso judicial no pasó adelante gracias a la influencia de los eclesiásticos, la fama de las Lisperguer como peligrosas, taimadas y con halo de brujería incluido, creció en la capital a su alrededor.

El padre de la Quintrala por su parte también perteneció a una dinastía poderosa e influyente. El primer Gonzalo de los ríos, abuelo la Quintrala, fue un servidor muy cercano del conquistador del reino de Chile, Pedro de Valdivia. Tan cercano fue al conquistador que le casó con su segunda amante, doña María de Encío. Pero la relación entre ambos fue oscura y terminó con el asesinato de Gonzalo a manos de su mujer (4). El segundo Gonzalo de los Ríos selló la alianza de su familia con la de los Lisperguer a través de su matrimonio con Catalina Lisperguer y Flores, pero no sin pagar un duro precio. La antigua amante de Valdivia asesinó a golpes a la hija ilegítima de su marido. De esa unión de trágicas familias nació Doña Catalina Lisperguer y Ríos, más conocida como la Quintrala.

La Quintrala, una vida de crueldad y severidad

La Quintrala nació a principios del siglo XVII en la capital del reino, Santiago, en las propiedades de su ilustre familia criolla. Su hermana, doña Agueda de los Ríos, se casó tempranamente con el oidor don Blas de Torres Altamirano (5). Pero lo que nos interesa de este matrimonio es que explica la protección que recibió durante sus crímenes la Quintrala. Como no pudo ser de otra manera, Catalina de los Ríos y Lisperguer ejecutó su primer crimen con el arma que tanto protagonismo tuvo para sus antepasadas: el veneno. La documentación, en la que consta una acusación de una hermana del patriarca, la acusa de haber envenenado a su padre, ya anciano y enfermo, con un pollo. El parricidio quedó sin castigo gracias al poder acumulado de la familia, que usaba su influencia para torcer a su voluntad la actuación de los jueces reales y evitar a uno de los suyos el castigo.

La impunidad de doña Catalina se reforzó cuando cometió su segundo crimen.  A principios de la década de 1620, mandó la oscura dama invitar a un caballero de la orden de Santiago de la ciudad para tener un encuentro nocturno en su alcoba. Esa misma noche el caballero acudió al lujurioso llamamiento para ser asesinado por la cruel amante. El proceso, bajo los hilos de su cuñado en Lima, pasó por culpar a una esclava negra (Ramírez Errázuriz, 2005, p.114) que terminó ahorcada por el estrangulamiento del caballero, mientras que la sádica aristócrata simplemente recibió una multa por este asesinato.

No solamente fue lujuriosa y sádica la Quintrala, sino también algo que en su época era considerado un gran crimen, fue sacrílega (6). No le importó atacar con un puñal al sacerdote y vicario general del obispado de Santiago, don Juan de la Fuente Loarte (7) cuando este la amonestó por su comportamiento. A raíz de este comportamiento destemplado y salvaje su abuela y tutora, por la muerte de sus padres, doña Agueda de Flores la decidió casar. Pensando que el matrimonio conseguiría aplacar y domesticar la furiosa alma de Catalina, se le puso como marido al soldado don Alonso Campofrío Carvajal (8). El matrimonió se celebro en septiembre de 1626 tras pagar la abuela de doña Catalina una inmensa dote a su nuevo yerno. El matrimonio buscó alejarse de la vista de la vigilante sociedad hispana y se instalaron en el “Ingenio”, lugar situado en la finca de la Ligua, una de las posesiones familiares de la Quintrala, y el corazón de sus siniestros actos.

Pero la estrategia para apaciguar a la temible Doña Catalina de los ríos y Lisperguer no funcionó en absoluto. Alonso Campofrío no fue un freno a las oscuras pasiones de la Quintrala, sino su cómplice. El sacerdote que unió al matrimonio, llamado Pedro Figueroa recibió varios intentos de asesinato por parte de poderosa criolla, según algunos por venganza ya que nunca amó a su esposo y según otros porque el religioso se resistió a sus intentos de seducción (Ramírez Errázuriz, 2005, p. 113) En su refugio de Ligua los abusos y actos atroces se sucedieron. Uno de los crímenes de los que se acusó a la pareja fue de mandar a un agustino con uno de sus esclavos negros y un criado indio de los de su encomienda a matar al cura doctrinero de Ligua. El resultado fue que el grupo de matones dirigido por el agustino emboscó y dio una brutal paliza al desgraciado sacerdote cuando este iba de camino a dar una extremaunción. El doctrinero, de nombre don Luis de Venegas, sobrevivió al asalto, pero ni aún así la justicia pudo actuar contra la aristócrata. Una vez más, con ayuda de sus parientes, su influencia y el uso torcido de los mecanismos judiciales de la época, el crimen quedó sin castigo.

Del tétrico matrimonio nació un único retoño, el pequeño Gonzalo de los Ríos. Sin embargo, la muerte esta vez cambió de bando. El pequeño Gonzalo murió antes de cumplir los 10 años (algo común en la época por la alta mortalidad durante la infancia) y para 1650 la Quintrala era viuda, por lo que su marido tampoco la acompañó mucho tiempo.

Los dominios del látigo, el garrote y la muerte

La Quintrala
La Quintrala maltratando uno de sus sirvientes.

Pero si bien la historia de doña Catalina de los Ríos y Lisperguer hasta ahora es cruel, áspera y violenta, el horror de verdad estaba oculto en la oscuridad de lo doméstico. Como no podía ser de otra manera para una opulenta criolla, Catalina fue encomendera y propietaria de múltiples riquezas en tierras, ganado, propiedades y elementos productivos (molinos).Fue una mujer que controló personalmente sus muchas estancias rurales, las cuales recorrió a caballo (subirse a los equinos se ayudaba de una “escalerilla de plata, forrada en terciopelo carmesí”) vistiendo “una capa de picotón doble con vuelta de de rasillo de Italia, guarnecida de galón de seda y plata…guantes de cordobán…sombrero negro de Sevilla” y “antojos de camino” (Vicuña Mackenna, 1972, p. 115). Como encomendera tuvo acceso a gran cantidad de nativos que la sirvieron en sus dominios y fueron ellos, junto con sus esclavos, algunos de los que más sufrieron su violenta naturaleza. Niños, ancianos, capataces de vacas y pastores encontraron la muerte en sus frías manos. Las cuentas de la Quintrala relatan una siniestra cadena de pagos a familiares de sus víctimas para evitar que fueran a la justicia. Hombres y mujeres fueron azotados hasta la muerte o la mutilación (incluso hasta provocar pérdidas la muerte de nonatos) por orden o mano de la sádica aristócrata.

Muchos de los indios de sus encomiendas y de sus esclavos escaparon a los montes huyendo de la explotación y el terror que sobre ellos desataba su siniestra señora. Pero haciendo uso de su poder sobre los resortes legales del reino consiguió permiso de la Audiencia para dar caza a los fugitivos. Asencio de Erazo fue el tétrico servidor de la Quintrala que se ocupó de recuperar a los desgraciados fugados y llevárselos a su señora, la cual los recibía en persona, acompañada de su sobrino Jerónimo de Altamirano, y presenciaba o participaba en el violento castigo. Fue tal la crueldad de la sangrienta de la Quintrala y la imagen lamentable de aquellos desgracias prisioneros que arrastraba Asencio de Erazo por la provincia de camino a la mazmorra de Ligua que, finalmente, la justicia real se terminó implicando.

La Real Justicia vuelca sus ojos en la Quintrala

Atendiendo a los innumerables rumores, relatos y avisos que hablaban de los atroces abusos que estaban siendo cometidos en Ligua, la Real Audiencia decidió investigar. Desde 1634 el obispo Salcedo pidió intervención contra Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, pero no fue hasta 1660, cuando la terrible aristócrata había perdido a gran parte de sus protectores, que la Audiencia mandó a un investigador. Francisco Millán fue a Ligua y procedió a expulsar a la Quintrala, a su sobrino y a Erazo para poder escuchar a los denunciantes e investigar y buscar “los cepos, grillos, cárceles y otras prisiones en que estuvieran libres o esclavos, heridas, azotes y otros castigos…” y, como no podía ser de otra forma en la época, “averigüe cuánto tiempo no se dice misa en esa estancia, ni la oye los que allí están” (Vicuña Mackenna, 1972, p. 126). Una vez más, Catalina de los Ríos y Lisperguer se enfrentaba a una querella criminal, pero esta vez sin la protección que la hizo inmune a la justicia real en las anteriores.

Pero la Quintrala aún era muy poderosa y estaba lejos de estar acabada. Dilató el proceso de 1660 a 1664 gracias a sus deudos y familiares tanto de Santiago como de Lima. A esto se sumó el terror que inspiraba la siniestra Catalina de los Ríos y Lisperguer (algunos de sus esclavos fugados no se atrevieron a volver de los montes hasta después de su fallecimiento), que hizo que muchos no testificaran por miedo a las represarías de una mujer que ya había demostrado con anterioridad que podía torcer la ley a su favor. Pero su violento carácter actuaba en su contra, puesto que aún siendo procesada judicialmente continuó desatando su cruenta naturaleza, hasta el punto de que llego a ser denunciada por Francisco Figueroa por haber asesinado a su esclava mulata durante aquellos años.

Pero como tantas veces en la historia, doña Catalina de los Ríos y Lisperguer no pagó por sus crímenes. Con apoyo del presidente de la Audiencia don Francisco Meneses, al cual compró con favores y dádivas, la sádica y severa criolla murió sin que ninguna de las causas criminales abiertas contra ella llegara a representar una amenaza real para ella. El propio Meneses actuó como defensor de la ya anciana tirana para desagrado de los fiscales que la persiguieron, sin ningún éxito real. La terrible mujer, ya enferma y anciana murió en su lecho el 15 de enero de 1665, dejando generosas herencias a sus familiares y deudos y pagando miles de misas para su alma y quinientas para las de sus víctimas, siendo su cadáver sepultado en la iglesia de los Agustinos que tanto la habían servido a ella y su familia. (Vicuña Mackenna, 1972, pp. 145-146).

La Quintrala: la historia y el mito

Lo cierto es que la historia de la Quintrala está aún a día de hoy envuelta en cierto halo de misterio y leyenda. Se ha presentado la opción, tal y como pasa con Erzsébet Bathory, de que mucho de lo dicho fuera falso y realmente simples difamaciones de sus enemigos personales y políticos. La documentación de los procesos y los documentos de cuentas (de los pagos de la Quintrala) han sido la base para probar la crueldad legendaria de esta mujer. También se ha hablado largo y tendido de las intenciones políticas con que se rescató el personaje durante el siglo XIX (Ramírez Errázuriz, 2015, pp. 116-119). Aún con todo, parece difícil negar que su placer por el castigo y la disciplina violenta se trasluce a través de la documentación que ha sobrevivido (que no ha sido toda la que gustaría). Pero al margen de este debate, lo cierto es que la Quintrala merece su hueco en la historia del crimen y de la crueldad, siendo además uno de esos sangrantes casos donde, el criminal escapó de la justicia gracias a su poder, influencia y astucia por un lado y a la corrupción y ambición de muchos de sus contemporáneos, convertidos en cómplices, por otro.

La Quintrala
Portada del libro de Vicuña Mackenna de 1877

Notas

1-El origen del nombre de Quintrala no está claro. En el mito se dice que deriva de quintral, un parásito  vegetal nocivo para la agricultura, pero es poco probable ya que los primeros informes sobre la aparición de este parásito siglos después con la llegada de los primeros Álamos a la región. Otra de las opciones que se baraja es que sea una conjugación de palabras mapuches castellanizadas, aunque lo más probable es que venga derivado de Catalina. (Edwars Bello, 1969, pp.18-19)

2-Algunos fueron muy notables como Juan Rodulfo Lisperguer, que murió en las guerras contra los nativos. Otros aunque fueron notables, tuvieron una reputación menos honrosa como su hermano Pedro de Lisperguer y Flores, conocido como el pendenciero y que participó en los enfrentamientos armados entre los clanes de Santiago por el poder y se casó con la hija del un oidor tras “secuestrarla” de su casa.

3-Ilustre militar con una brillante carrera como oficial de tercios españoles en los campos de batalla europeos, fue enviado en 1601 por orden directa de Madrid, como respuesta a la cruenta guerra desatada en Chile desde la sublevación de 1598. (Valdés, 1984, pp. 418-422).

4-El obispo Salcedos nos informa que María de Encío mató a su marido con azogue (Mercurio) inoculado a través del oído. (Vicuña Mackenna, 1972, p. 70)

5-Oidor de la sala del crimen de la Audiencia de Lima y natural de Granada era un personaje importante e influyente de la región y pidió altísimas condiciones a su futuro suegro durante la negociación de su matrimonio. (Vicuña Mackenna, 1972, pp. 76-77)

6-La leyenda cuenta que la famosa talla del Cristo de la Agonía, creada por Pedro Figueroa y de gran adoración en la región, giró su rostro de madera de expresión reprochadora la brutalidad con que la Quintrala desollaba a golpe de látigo la espalda de una de sus víctimas. La altiva criolla al ver esto mandó expulsar de su hogar la sagrada talla mientras decía “Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara ¡Afuera!”. Otra versión cuenta que lo que reprobó el Cristo fue el excesivo canalillo usado por la aristócrata. (Vicuña Mackenna, 1972, pp. 100-101)

7-Sacerdote criollo natural de aquel reino de Chile nacido en la Imperial hijo de un soldado castellano y una mestiza de Cuzco.

8-Miembro de una ilustre familia de militares que se originó en Alcántara, Extremadura y que tuvo miembros que participaron entre los conflictos de la región como en la resistencia y derrota al corsario Cavendish en 1585 en Quintero, y en las guerras de la Frontera. (Vicuña Mackenna, 1972, pp. 91-92)

Bibliografía

-Edwards Bello, Joaquín (1969), La Quintrala, Portales y algo más, Chile, Editorial Universitaria S.A

-Ramírez Errázuriz, Verónica (2005), “La Quintrala: La figura mítica de la mujer en la colonia y el discurso liberal del siglo XIX” en De Heroínas, fundadoras y ciudadanas: mujeres en la historia de chile”, pp 105-119 Chile, Ril editores

-Valdés Bunster, Gustavo (1984), “Chile, en el siglo de su difícil consolidación: el Flandes del Nuevo Extremo”, en Historia general de España y América. América en el siglo XVII. Evolución de los reinos indianos, tomo IX.2, pp 417-447, Madrid, ediciones Rialp.

-Vicuña Mackenna, Benjamín (1972), Los Lisperguer y la Quintrala, Buenos Aires, Editorial Francisco de Aguirre.

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