A lo largo de la contemporaneidad, han sido muchos los países que se han ganado el adjetivo de inexpugnables, debido a su resistencia a las fuerzas de ocupación enemigas. Es el caso de España, Vietnam o Etiopía, entre otros. El caso que nos ocupa en este artículo es el de la primera guerra anglo-afgana. Antes de entrar en el conflicto, hagamos un pequeño recorrido por Afganistán, un país apasionante pero tristemente inestable.

La capacidad de resistencia de la actual Afganistán sobrepasa todas las épocas. Ya durante el periodo helenístico, con la llegada Alejandro Magno, uno de los generales más brillantes de la Historia de la humanidad, se pueden observar una serie de características que han hecho del territorio un infierno para los ejércitos de ocupación.

La primera de ellas es la propia disposición del terreno. Teniendo en cuenta que Afganistán se encuentra atravesado por el Hindu Kush, el acceso y maniobrabilidad de grandes ejércitos se ven cortados por enormes desniveles y la imposibilidad de salvarlos. Esto favorece una guerra condicionada por el uso de grupos pequeños que puedan moverse rápidamente para atacar y replegarse con facilidad, favoreciendo la guerra asimétrica. Es algo que se puede observar perfectamente en las campañas del macedonio, donde no funcionaba la táctica del “yunque y el martillo” porque directamente no había batallas campales[1]. Así, los ejércitos helénicos se encontraron con un sistema de guerra que no entendían y eran masacrados constantemente. Siendo incapaces de aprovechar las victorias, cuando le cortaban una cabeza a la hidra bactriana, dos ocupaban su lugar. Aun así, pudieron doblegar el país e incluso crear un floreciente reino griego que duró más de dos siglos.

La primera guerra anglo-afgana (1839-1842)
Mapa de Afganistán. Fuente: Geology.com

Lo mismo ocurrió llegado el siglo XXI. Cuando comenzó la Guerra contra el Terrorismo en 2001, el ejército estadounidense se hizo con el control del país con una facilidad pasmosa. Prácticamente con la misma facilidad que los británicos en 1839. Sin embargo, la guerra se ha extendido interminablemente durante más de una década y jamás se ha conseguido someter al país asiático, situación idéntica a la que vivieron los soviéticos poco antes del colapso del modelo comunista del Pacto de Varsovia. El paradigma de esto se puede observar en el valle de Korengal, conocido entre las tropas estadounidenses como el “valle de la muerte”, ya que su geografía ha facilitado mucho el trabajo a los talibanes y presentan en este lugar una enconada resistencia contra las fuerzas de ocupación.[2]

Es curioso que nadie, salvo quizás Alejandro Magno, haya sabido leer realmente cómo pensaban sus habitantes. Siempre se ha llegado con una ambición imperialista y unos objetivos muy claros, pero sin ningún tipo de intención de aproximarse a la mentalidad de unos habitantes que nunca han estado dispuestos a ceder su soberanía. Estamos hablando de un país que vive en una guerra perpetua, primero contra ellos, y luego contra cualquiera que intente entrar en el país.

Afganistán es un país de condiciones duras. Estas condiciones, a lo largo de los siglos, han moldeado la sociología de sus residentes. La tónica a nivel social es la existencia de una moral muy rígida fundamentada en el Islam, a la que se le añaden una serie de códigos morales, tribales y étnicos. De este modo, en la sociedad afgana se crea un laberíntico entramado en el que es muy difícil entrar para los extranjeros, con los que solo les conecta un interés comercial por parte de las élites. Para quienes no forman parte de dichas élites, el contexto ha ido moldeando duramente sus formas de vida, puesto que viven con unos recursos bastante limitados.

A ojos occidentales puede ser realmente difícil comprender la sociología de los habitantes de este territorio. Se muestran reacios a que nadie altere su forma de vivir, lo que se manifiesta en una alta beligerancia. Generalmente, se muestran dispuestos a presentar batalla hasta las consecuencias finales.

Con todo esto se encontró el Gran Ejército del Indo cuando cruzó los pasos de montaña que separaban Afganistán de sus territorios. Así, en tres años conquistaron el país, se asentaron en él, y fueron aniquilados. Pero antes, tenemos que hacer un pequeño repaso por la política internacional de un mundo que entraba demasiado rápidamente en un periodo de globalización que no hemos sido capaces de entender en su totalidad.

El Gran Juego y la política internacional durante la invasión de Afganistán en 1839

Vasili Vasílyevich Vereshchaguin, “Ataque repentino” (1871) óleo sobre lienzo. Tretyakov Gallery, Moscú.
Vasili Vasílyevich Vereshchaguin, “Ataque repentino” (1871) óleo sobre lienzo. Tretyakov Gallery, Moscú.

El “Gran Juego” es como se conoce al enfrentamiento diplomático más importante del siglo XIX en Asia Central, entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso. Este conflicto estalló a causa del miedo generado por un sistema de espionaje cada vez más refinado cuyos informes iban realimentando el terror del otro a ver amenazadas sus posesiones más preciadas económicamente hablando. Por el lado británico se temía por la protección de la India, y por el lado ruso, por la capacidad británica de destruir sus nodos de comercio en Asia Central[3].

Estos temores eran generalmente infundados. Sin embargo, los distintos informes que los hombres al servicio de ambas coronas iban produciendo generaba un sistema de política internacional paranoide en el que las decisiones se tomaban como si Asia Central fuera un enorme tablero de ajedrez.  En él, se desplegaban un sinfín jugadas que intentaban anticiparse a las del contrario.

No obstante, esta fue una “Guerra Fría”, ya que pese a la constante posibilidad de que la guerra estallara entre ambos Imperios, nunca llegaba a darse. Salvo en el caso de la Guerra de Crimea. Fue una guerra muy localizada en un punto concreto y con unos objetivos muy marcados. El término fue popularizado por la novela Kim del célebre autor Rudyard Kipling y volvió a ganar muchísima importancia durante la Guerra de Afganistán iniciada en 1978. Originalmente se consideraba un “gran juego” a todas aquellas empresas dificultosas pero que podían conseguir unos réditos económicos bastante grandes. El término utilizado en Rusia es “torneo de las sombras”.

Se considera que el estallido de este entramado de operaciones encubiertas y crisis diplomáticas comenzó en 1830[4], cuando se llevó a cabo una nueva ruta comercial con el Emirato de Bujará[5]para conseguir un control económico sobre Afganistán y convertirlo en un protectorado. Se pretendía, de este modo, generar una serie de estados tapón entre los territorios de la Corona Británica y del Imperio Ruso. Bujará seguirá siendo un punto de tensión entre ambos imperios ya que más tarde el Zar decidirá llevar a cabo la conquista del territorio durante los años 60 y 70[6].

La mayor obsesión de los británicos era defender el subcontinente de la India, conocido como “la Joya de la Corona”. Este miedo a perder uno de los lugares más ricos en materias primas de su Imperio se debe a que ya a principios del siglo XIX existían planes para invadirla por parte de Napoleón en connivencia con Rusia. Sin embargo, Pablo I, que veía el plan con buenos ojos murió y su sucesor, Alejandro I no estaba por la labor de invadir la India. La idea era, además, ir conquistando todos los kanatos de Asia Central hasta las posesiones británicas[7][8]. Un plan tan grande como realmente inviable, así que Napoleón empezó a negociar un posible acuerdo con Persia que tampoco terminó de fraguarse[9].

Es de esperar que con estos antecedentes, se fuese generando un cierto miedo a perder este territorio. Ese miedo siguió proyectándose hasta bien entrando el siglo XX. Para la economía británica, perder estas posesiones hubiera tenido unos efectos catastróficos. Sin embargo, jamás estuvo en los planes de Rusia la conquista de la India, ellos lo juzgaban inviable. Ni siquiera con Nicolás I, zar que tenía una política abiertamente contraria a la de la corona británica. Sin embargo, éste pensaba que se podían repartir las esferas de influencia de Asia sin que existiera ninguna problemática real al respecto. Puede decirse, entonces, que el “Gran Juego” tiene un poco de paranoide por parte de los altos cargos de la Compañía de las Indias Orientales.

El enfrentamiento entre Rusia y Gran Bretaña, como veremos, estuvo marcado por el enorme fracaso del segundo en Afganistán. El “Gran Juego” no podía ser ganado ya por Gran Bretaña, que jamás podría conseguir que sus intereses se impusieran en el centro de Asia. Aun así, los historiadores consideran que el final del Gran Juego se dio el 10 de septiembre de 1895 cuando Afganistán definió su frontera por un tratado con el Imperio Ruso. Aunque, para Hopkirk, lo que él denomina como end-game (fin de juego) se producirá con la Guerra ruso-japonesa (1904-1905).[10]Para otros no hubo ni vencedores ni vencidos, sino que más bien ambos coludieron para que el verdadero perdedor fuera otro: Afganistán.

Para los autores más anglófilos, el Gran Juego es una leyenda en la mente de los novelistas de la época. Según Malcolm Yapp, no existe documentación sobre operaciones de espionaje en la India así que cualquier debate sobre el Gran Juego en la historiografía es totalmente yermo[11]. Esto se ha demostrado falso gracias a las profundas investigaciones de William Dalrymple en las que muestra abiertamente que no solo existió, sino que también rigió la política internacional de los británicos[12].

El torneo de la sombras: el conflicto visto desde Rusia

Vasili Vasílyevich Vereshchaguin, “¡Qué entren!” (1871) óleo sobre lienzo. Tretyakov Gallery, Moscú
Vasili Vasílyevich Vereshchaguin, “¡Qué entren!” (1871) óleo sobre lienzo. Tretyakov Gallery, Moscú

Rusia no tenía un interés fundamentado en conquistar la India, pero acabaría entrando en el juego debido a que cada vez veía peligrar más sus intereses en Centro Asia. Si no se tiene en cuenta el apoyo que Rusia le dio a Dost Mohammad, el área de interés del país se centraba en el Turquestán.

La relación entre estos territorios y los zares viene de mucho antes de la presencia inglesa en Asia Central. Con la expansión en el siglo XVI de Iván IV el Terrible por Siberia entraron directamente en contacto con las zonas fronterizas del Turquestán. Se llevaron a cabo constantes incursiones de kazajos contra las fronteras rusas, por lo que las fuerzas cosacas se desplazaron a lo largo de la frontera creando asentamientos semi autónomos. Con la llegada del siglo XVIII, se crearon una serie de fuertes por la frontera con Kazajistán conocida como la “línea siberiana”. Las tropas rusas se fueron adentrando constantemente en Asia Central. Ha de tenerse en cuenta también la guerra librada con Persia durante el siglo XVIII.

No obstante, no será hasta 1839 cuando se intente una invasión del territorio para hacerse con el control de lo que hoy en día es Uzbekistán. Sin embargo, esto resultaría un auténtico fracaso en lo que será Afganistán durante el siglo XIX. Además, las fechas coinciden perfectamente y los errores son los mismos: exceso de confianza inicial, castigo de las tropas por la guerra de guerrillas y excesivo tren de bagaje. A esto hay que sumar un clima excepcionalmente frío ese año.[13]

De este fracaso aprenderán, por supuesto. Comenzaron su expansión por el Turquestán a lo largo del siglo XIX, siendo muy relevante la conquista del emirato de Bujará, con la caída de Samarcanda en 1868[14]. No conseguirán, sin embargo, conquistar Khiva hasta el año 1873.[15]

Todos estos datos revelan dónde estaban los intereses rusos en la zona. De haber querido, la Corona británica podría haber acordado unas zonas de reparto de influencia y no se habrían molestado unos a otros en ningún momento. Sin embargo, el caos diplomático, el miedo a perder la India, y el espionaje causaron que las relaciones fueran más tensas de lo que podrían haber sido inicialmente.

Sir John Tenniel ”Emir Sher Ali con sus amigos, el oso ruso y el león británico” (1878) revista Punch.
Sir John Tenniel ”Emir Sher Ali con sus amigos, el oso ruso y el león británico” (1878) revista Punch.

Afganistán antes de la llegada británica

Históricamente Afganistán solo ha conseguido la unidad política en ocasiones contadas. Que el país esté fracturado por el Hindu Kush es una de las razones que lo explican.

Uno de los momentos de unidad que es necesario mencionar en este caso es la creación del Imperio Durraní en el año 1747 fundado por Ahmad Shah Abdali de los restos de tres imperios caídos: el uzbeco, el mogol y los safávidas. El fundador de la dinastía fue capaz de extenderse por un territorio enorme – típico de los efímeros imperios de Centro Asia- que abarcaba hasta Cachemira. No obstante, una especie de tumor en el rostro o quizás la lepra causaron estragos en su cuerpo pese a sus imparables victorias militares. El emperador murió antes de afianzar realmente su imperio, y por lo tanto dejando en una situación de debilidad a su sucesor[16]. Es curioso que la fuente de financiación de la corona afgana fueran las joyas, concretamente las robadas a Nadir Shah. Entre ellas destacaba el Koh-i-Nur, el diamante más grande de la Historia hasta ese momento.[17]

Su sucesor fue Timur Shah, quien consiguió conservar los territorios de su padre -salvo los territorios de Persia- y además empezó a dar forma administrativa al Imperio. Entre sus primeras decisiones destacó el desplazamiento de la capital a Kabul y el embellecimiento de esta, creando ostentosos jardines y preciosos palacios. Este interés por la estética chocaba con su gusto por el sadismo, concretamente con la decapitación[18].

Los sucesores de Timur entraron en una lucha intestina por el control del país. Eran 24, lo que supuso que el país empezara a perder peso y la autoridad se fuera disgregando. Finalmente, en esta pugna consiguió el poder Shah Zaman. No fue tan buen hombre de estado como su padre, aunque la situación del Imperio Durraní durante este periodo también era más comprometida.

Para conseguir fondos intentó llevar a cabo una campaña de saqueo de la India, pero ya no era el subcontinente de antaño. En los últimos años una potencia extranjera se había hecho con el poder del territorio: el Reino Unido de la Gran Bretaña. Dirigidos por lord Wellesley, hermano mayor del duque de Wellington,[19]los británicos fueron capaces de vencer a los afganos sin hacerles frente. Mientras la expedición se dirigía a la India, Wellesley entró en contacto y cedió armas a los persas para que atacaran su retaguardia, lo que causó que tuvieran que cancelar la empresa de la India para marchar hacia el otro extremo de su territorio.

En la desorganizada retirada, destacó un joven sij de 19 años al que se dejó al cargo del Punyab: Rajah Ranjit Singh. La política de Zaman hizo que Ranjit más tarde independizara esta parte del territorio y creara su propio reino, uno más rico, estable y refinado que el afgano[20]. Además, Zaman fue traicionado por los suyos en el año 1800, cuando llegó a una fortaleza fronteriza. Allí, mataron a su escolta, lo torturaron y lo cegaron[21], perdiendo así la capacidad para el gobierno del Imperio Durraní.

Ranjit Singh en Harmandir
Ágoston Schoefft “El Maharaja Ranjit Singh escucha al gurú Granth Sahib cerca del Akal Takht y el Templo Dorado, Amritsar, Punjab, India” (1850) Colección de la princesa Bamba, fuerte de Lahore.

Su sucesor lógico era su hermano menor, Shah Shuja al cual se intentó asesinar. Este consiguió huir y se refugió en las montañas para protegerse de los usurpadores de la corona. Tan solo tenía 14 años, y aborrecía el estilo de vida que le había tocado llevar, gustaba de la poesía y huía de la violencia[22]. Durante tres años vagabundeó por las sinuosas cordilleras de Afganistán hasta que por fin se dio una revuelta contra el usurpador Shah Mahmoud[23].

El contexto fue de revuelta religiosa y enfrentamiento entre la minoría chií elitista y los suníes. En este marco, Shah Shuja se planteó como el defensor de la ortodoxia sunní y sitió Kabul. En este momento se olvidó completamente de su anterior desprecio por la violencia y empezó a entrar en el vicioso juego de corte afgano. Así, mandó ejecutar al líder de la tribu que les había traicionado. Cuando le venció, llenó su boca de pólvora y lo hizo volar por los aires. Tanto su fortaleza como sus gentes fueron aniquiladas. En cambio, el Shah Mahmoud fue perdonado y marchó al exilio, algo que le pasaría factura tiempo después.

Shah Shuja había llegado al poder y va a ser uno de los protagonistas de nuestra historia. Sin embargo, se encontraba en la más absoluta ruina debido a las guerras internas que se daban en el interior del país. Desde 1803 a 1809 gobernó en una situación económica muy precaria para el modo de vida al que acostumbraban los grandes emperadores de Afganistán.

Por lo tanto, necesitaba urgentemente fondos. Casualmente, un diplomático escocés llamado Mountstuart Elphinstone se dirigía a las puertas de Kabul en nombre de la Compañía de las Indias Orientales para llevar a cabo un intento de acuerdo comercial con los durraní[24]. En el año 1809 llevaron a cabo un tratado económico y defensivo en caso de invasión a Afganistán y el Punyab en Rusia. Como hemos visto, esta política fue llevada a cabo por el interés británico de crear una serie de estados tapón frente al Imperio Ruso.

No obstante, esto no duró demasiado, ya que, en junio de 1809, Shah Mahmoud dio un golpe de estado y envió al exilio a Shuja, el cual fue apresado en el Punyab durante dos años, hasta que consiguió huir[25]. En el transcurso de los acontecimientos, Shuja perdió el Koh-i-Nur que se quedaría Rajit Sigh.

Copia del Koh-I-Nur en el museo de la Torre de Londres
Copia del Koh-I-Nur en el museo de la Torre de Londres

Después de todo esto, Shuja vivió durante años con sus concubinas llevando una vida placentera y con una pensión de la Compañía de Indias en Ludhiana. La salud mental del emperador centroasiático fue deteriorándose a pasos agigantados y gustaba de cercenar miembros a todos los sirvientes que hicieran mal su trabajo[26]. El joven bondadoso de antaño se había trocado en un cruel hombre.

Allí, esperaría al momento adecuado para intentar retomar el poder.

Espías y diplomáticos, el detonante del conflicto

El siglo XIX, como hemos visto, estuvo marcado por el Gran Juego. El tablero era Asia Central, pero sobre todo va a destacar Afganistán. Tras la caída de Sha Shuja va a haber una serie de golpes de estado en el seno del Imperio Durraní que desembocaron en el fin de este. Tras su descomposición, muchos territorios se independizaron y solo quedó el emirato de Afganistán, donde una nueva dinastía ocupó el poder: los Barakzai. El primero de ellos en llegar a Emir Dost fue Mohammad Khan[27].

Los británicos buscaron formar una alianza con él contra Rusia, ignorando las pretensiones al trono del exiliado Sha Shuja. No obstante, Ranjit Singh no había estado quieto durante este periodo y había formado lo que se conoce como el Imperio Sij.  Se denomina así a la edad de oro de este territorio punjabi en el que modernizó el ejército a la europea y se llevó a cabo un cambio total en el paradigma centroasiático del modelo de Estado. Con la reforma de su maquinaria de guerra, Ranjit Singh lanzó una ofensiva contra el Imperio Durraní que terminó con la conquista de Peshawar, la capital de invierno afgana. Además, demostró su sagacidad política utilizando como distracción a Sha Shuja, al que mandó al frente de un ejército a intentar reconquistar Afganistán, empresa en la que fracasó en 1833[28].

Tras observar como ocurría todo esto, se dieron cuenta de que era más interesante mantener una alianza con los Sij que con Afganistán, ya que Ranjit tenía el ejército más poderoso de la zona después del británico. Esto causó que perdieran influencia en la corte afgana, momento que aprovecharon los rusos para enviar a uno de los agentes más brillantes del momento Iván Vitkevich. Éste barajaba la posibilidad de establecer una alianza con Afganistán, mientras que Dost Mohammad, conocedor de la situación británica daba pábulo a la posible alianza con Rusia para forzar a los británicos a agasajar al emirato.

Los británicos cayeron en todas las trampas posibles tendidas por Dost Mohammad y el pánico de que los rusos conquistaran la India volvió a sonar con fuerza, sobre todo tras el asedio de Herat de 1838[29]. En éste, los rusos apoyaron a Dost en el intento de conquista de este territorio de los persas safávidas, uno de los más ricos de toda Centro Asia. Con él, se podía abastecer de alimento a un gran número de habitantes gracias a su enorme fertilidad. No obstante, fracasaron en el intento gracias a la política británica de apoyo a los persas[30].

Las alarmas saltaron en el seno de la Compañía de Indias y empezaron a maquinar una forma de cambiar la situación de Afganistán. De hecho, la campaña de Herat de Dost Mohammad supuso el elemento catalizador de la Primera Guerra Anglo-Afgana con la conocida como Declaración de Simla.

Comienza la guerra anglo-afgana: la declaración de Simla

La declaración de Simla es un texto con unas intenciones muy marcadas por las cuales se intenta configurar la verdad de tal manera que se permita una actuación militar en territorio afgano. Por ello se emiten algunas mentiras y unas cuantas medias verdades.

La más importante de estas mentiras es que Shuja era muy popular en toda Afganistán y que le abrirían las puertas por todo el país. Algo que más adelante se demostrará totalmente falso, pero era necesario para justificar que fuera escogido como sustituto de Dost Mohammad.

Otra de las mentiras principales es que el ejército británico apoyaría a Dost Mohammad para quitar de en medio cualquier interferencia extranjera que pudiera hacer que la voluntad del pueblo afgano no triunfase. Algo que se demuestra falso ya que los rusos tras el fracaso de Herat decidieron no tomar más cartas en el asunto. Es más, Nicolás I ordenó volver a San Petersburgo a Iván Vitkevich, el principal impulsor de esta política. Éste se suicidó al llegar por miedo a represalias.[31]. Con esto, quedaba demostrado que no iba a haber ninguna interferencia de alguna potencia extranjera.

De esta manera, podemos observar como el asedio de Herat suponía la razón por la que se justificaba esta campaña, pero a la vez servía para desacreditarla. Sea como fuere, la guerra iba a ser llevada a cabo, y esto solo era una justificación para hacerlo.

Por ello, se creó el Gran Ejército del Indo y se preparó a todas las fuerzas para partir en 1839. La guerra estaba sellada, así como el destino de miles de soldados coloniales, que todavía no eran conocedores del infierno que les esperaba.

Simla
Simla, fue una de las mayores zonas de retiro de los gobernadores británicos de la India. Autor desconocido.

Las fuerzas inglesas

El ejército estuvo compuesto por un combinado de fuerzas británicas e hindúes ya que partía de la India. Este territorio, como hemos mencionado anteriormente era impresionantemente rico y por lo tanto uno de los principales fortines del dominio británico. El ejército, por su parte dependía de la Compañía de las Indias que ejercía el control de la India de forma autónoma pero dependiente de Londres. La compañía funcionaba de forma relativamente privada y era una de las empresas más ricas del siglo XIX, pudiendo mantener simultáneamente a tres ejércitos: el de Bengala, Bombay y Madras[32].

De los habitantes de las Islas Británicas, un buen número de hombres procedían de Escocia, incluyendo también a los mandos[33]. Aunque en realidad, la gran mayoría de tropas eran indias (200.000 hombres en total entre ingleses e indios). Eso sí, los mandos siempre eran de Albión y eran entrenados por la misma compañía en un cuartel general muy cercano a Londres[34].

De dos de esos ejércitos, el de Bengala y el de Bombay, se extrajeron diversos regimientos y surgió lo que se conoce como “Gran ejército del Indo”[35]. Con este magnánimo nombre se formaba el ejército que iba a llevar al desastre al Reino Unido en Asia Central.

Los regimientos indios que participaron fueron el 43º de Infantería Nativa, el 2º de Caballería Ligera (del ejército de Bengala) y el 19º de Infantería Nativa y la Caballería de Poona (Bombay). Del ejército británico, que era relativamente independiente de la Compañía pero que estaba encuadrado en estos tres ejércitos había diversos regimientos: el 16º de Lanceros, el 13º de Caballería Ligera, el 2º batallón de infantería de Guardias de Coldstream, el 17º de Infantería y el 4º de Dragones. En total eran 21.000 tropas entre británicos e indios y varios miles más que quedarían fuera de las fronteras como refresco. De su propio bolsillo, el Shah Shuja reclutó a 6000 mercenarios.

Además, habría varios miles más de acompañantes para establecer una línea de suministros. Los ingleses pecaron de exceso de vanidad durante sus operaciones, utilizando más de 30.000 camellos para llevar enseres que realmente no necesitaban; los oficiales tenían a su disposición hasta 60 camellos cada uno para llevar sus objetos personales.[36]

Inicialmente la expedición fue llevada a cabo por Sir John Keane, pero después sería relevado por William Elphinstone, primo de Mountstuart, el diplomático que entabló relaciones con el Sha Shuja por primera vez.

Soldado en Afganistán, William Keoch Cumming
Las tropas británicas no entraron preparadas en Afganistán. Resalta la escasa representación de la mayoría del ejército británico: los cipayos. William Keoch Cumming, “Soldado en Afganistán”.

Las fuerzas afganas

Como hemos visto, la estructura de Afganistán era prácticamente feudal hasta ese momento[37]. El Emir proclamaba la guerra y los jefes tribales tenían que enviar hombres para que lucharan contra la amenaza que se cernía contra el país. Con la conquista de Afganistán por parte de los británicos, se presionó al Shah Shuja para que formara un ejército reformado, pero este tuvo que negarse al contemplar como el país no estaba administrativamente preparado para esto.

Cuando no había una amenaza externa, los afganos generalmente guerreaban entre ellos, ya que el mundo “nobiliar” afgano estaba lleno de traiciones y guerras internas, algo que continuará a lo largo de todo el siglo XX y XXI.

En el enorme entramado étnico que hay en Afganistán era -y es- muy complicado que no surjan rencillas entre los distintos grupos. El mayoritario es el de los pastunes, cuyos guerreros eran los más feroces ya que seguían un código militar muy poderoso[38]. Pero también había tayikos, uzbecos y otros aún más minoritarios, que a su vez se dividen en otros clanes menores. Además, en Afganistán se profesan las dos ramas del islam: el chií y el sunní[39].

Por estas razones el país nunca ha terminado de pacificarse, ya que es imposible por el elevado número de tribus y por las guerras internas. No obstante, cuando hay un enemigo exterior, la mayor parte de las tribus se unen. En el caso de esta guerra se convocó la yihad, es decir, la Guerra Santa, con la intención de expulsar a los farangis (el término despectivo para los británicos) de su tierra.

Tienen un estilo tradicional de guerra muy peculiar consistente en la guerra asimétrica. Sus tácticas eran muy rudimentarias y consistían básicamente en disparar desde la distancia con el jezail, un mosquete curvo muy característico de la región.[40]

La primera guerra anglo-afgana (1839-1842)
Mapa del avance británico durante la Primera Guerra Anglo-Afgana (1838-1842). Fuente: https://www.forces.net

El camino hacia la conquista

El ejército empezó su movilización a finales de 1838, y para finales de 1839 habían llegado a Quetta, una ciudad afgana al pie de la enorme cordillera que parte Afganistán por la mitad. Después empezaron su marcha hacia Kabul.

Su exceso de confianza inicial fue tal que cuando llegaron a Kandahar decidieron dejar a un lado el equipo de asedio porque pensaban que no lo iban a necesitar. Craso error, pues cuando llegaron a la fortaleza de Ghazni vieron que era inexpugnable. La expedición podría haber tenido aquí su primer escollo de no ser por un informante que les avisó de un punto débil en una de las puertas de esta. Por lo tanto, la volaron con pólvora y consiguieron conquistar el fuerte. Se hicieron más de 1600 prisioneros, al coste de 200 hombres muertos en el bando británico[41].

Tras esta derrota, la puerta hacia Kabul estaba totalmente abierta. Aunque Dost Mohammad intentó llevar a cabo una guerra de guerrillas fracasó en el intento y tuvo que huir a Bujará, donde el emir le encarceló[42]. Los británicos habían ganado aparentemente la guerra, pero todavía había guerrilleros hostigando sus rutas de suministros, por lo que realizaron una auténtica masacre en Kalat.

Un punto que muestra la crueldad de los afganos es que en determinado momento los británicos hicieron 50 prisioneros y le fueron entregados a Shah Shujah. Cuando uno de estos intentó asesinar a un ministro suyo con un cuchillo que tenía escondido, mandó decapitar a todos, algo que el propio Keane recuerda en sus memorias como un auténtico acto salvaje y deplorable. La aristocracia afgana era salvaje sí, pero también podía ser refinada y sutil cuando la situación lo requería. Hacían gala de un carácter, en el que las maneras de proceder podían marcar claramente como suceden los actos.

Nikolai Karazin "Tropas rusas tomando Samarcanda"
Nikolai Karazin “Tropas rusas tomando Samarcanda”. Con ciudades parecidas se encontrarían los integrantes del ejército británico.

Como perder el control de un país

Con la llegada de los británicos a Kabul, la situación parecía haberse pacificado lo suficiente para que la mayoría del Gran Ejército del Indo regresara al interior de la India y se reincorporara a los tres ejércitos estacionados en el subcontinente.

Sin embargo, pronto se darían cuenta de que para que el Shah Shuja mantuviera el poder iba a hacer falta un buen número de hombres. Esto se debe a que el dirigente afgano nunca fue especialmente hábil en el manejo del país. Dost Mohammad siempre fue mejor gobernante.  De hecho, es recordado como uno de los hombres más capaces bajo el gobierno de este país. Eso no quita que, para los parámetros europeos de su época, fuera un vil y despiadado carnicero. En el Afganistán de la época, no obstante, había que ser especialmente maquiavélico si se quería morir de viejo en el poder.

El descalabro de relaciones entre los afganos y los británicos comenzaría pronto. Fueron “malos antropólogos” y jamás se molestaron en saber leer el código moral en el que estaban imbricados la mayoría de los afganos. Un pastún, siguiendo su ética jamás puede perdonar una ofensa, ya que, de hacerlo, no se le consideraría como un hombre dentro de su cultura[43].

Con la llegada a Kabul, el máximo jefe político británico pasaba a ser William H. Macnaghten, un juez de un pequeño tribunal del Úlster[44]que fue ascendiendo meteóricamente gracias a su sagacidad e inteligencia. Sin embargo, su enorme inteligencia era compensada por su pomposidad y escasa capacidad para ejercer en el trabajo de campo[45], de tal manera que lo primero que hizo nada más llegar a Kabul fue comprar una mansión y decorarlo todo al estilo inglés para sentirse como en casa.

Sus primeras medidas ya levantaron resquemor entre los afganos cuando mandó que los soldados trajeran a sus familias. Esto hacía pensar a los habitantes del estado centroasiático que los británicos habían llegado para quedarse y, por lo tanto, se lo tomaron como una afrenta a su cuidada independencia. A esto hay que sumarle la vida de excesos en la que habían caído los soldados ingleses. Muchos de ellos mantenían relaciones sexuales con mujeres afganas, lo que evidentemente desde el modus vivendi afgano era una auténtica afrenta de sangre, ya que la pureza de la mujer era realmente importante. Muchas mujeres morirían lapidadas por mantener sexo extramarital con los anglosajones y, además, los afganos tenían una visión muy estigmatizada de lo británico. Así, los infieles británicos eran vistos cada vez de una peor manera.[46]

Para garantizar que los pasos de las montañas se mantenían abiertos y dar apoyo a Shuja. la Compañía pagaba a los jefes tribales de Ghazi. Sin embargo, en una extraña e inexplicable medida, Macnaghten decidió pagar solo la mitad. Si tenemos en cuenta que la fidelidad tribal en Asia Central era puramente económica, lo que consiguió fue que se proclamara una nueva yihad contra los británicos. A pesar de ello, él no le dio importancia y continuó viviendo en su burbuja palacial de Kabul. Los británicos no habían aprendido la lección de Bujará, donde uno de sus embajadores fue apresado de por vida por sobornar con menos dinero del esperado al emir.

En 1841 llegaba a Kabul George K. Elphinstone, enfermo de gota y reumatismo. Incluso se desplazaba encamado por la ciudad. Él sería el encargado de dirigir al ejército a partir de este momento. Una de sus primeras decisiones fue la nefasta colocación del acantonamiento de tropas en el noreste de Kabul. Anteriormente las tropas se encontraban en el inexpugnable fuerte de Bala Hissar, pero decidió moverlas inexplicablemente a un terreno pantanoso y rodeado por colinas por las que podrían ser fácilmente atacados.[47]

En otras montañas mucho más altas, las del Hindu Kush, Akbar Khan, el hijo de Dost Mohammad preparaba la guerra contra los ocupadores. Mientras, de forma paralela, su padre escapaba de la prisión del emir de Bujará. El país estaba en pie de guerra y los británicos todavía no habían movido ficha.

No lo hicieron hasta el 10 de octubre de 1841, cuando enviaron al 35º batallón de Infantería Nativa y al 30º de Infantería Ligera para enfrentarse con los Ghazi, a los que vencieron. Después exigieron que los hijos de los líderes tribales fueran enviados como rehenes. Otro error y una enorme falta de conocimiento de sus aliados.[48]

Como habíamos visto, Shuja había decapitado sin siquiera meditarlo a toda una serie de rehenes a lo largo de la guerra. Esto no era nada nuevo, ya que el afgano tenía cierto fetiche con la mutilación. Evidentemente, esto se sabía entre los Ghazi, y la noticia fue recibida con tal horror que Macnaghten tuvo que retractarse. Lo que además fue visto como una muestra de debilidad. Para la moral europea, era muy difícil acertar con la ética afgana. Este es uno de los motivos por lo que todas las empresas occidentales han fracasado desde la de Alejandro Magno.

Sea como fuere, esta debilidad percibida por los líderes afganos hizo que los que habitaban Kabul empezaran a cambiar también su lealtad sin que lo supieran los británicos. La debacle se acercaba silenciosa pero imparable cuando el 1 de noviembre de 1841 empezara a prepararse el levantamiento en la propia capital debido a los excesos sexuales de Burnes[49].

Burnes era un escocés de 36 años con una habilidad innata para las lenguas. Teóricamente, su misión en Kabul era comercial, ya que había llevado a cabo dos expediciones, una en 1830 y otra en 1836. Sin embargo, realmente era un enviado de la Compañía de las Indias Orientales para espiar y dirigir políticamente a las élites afganas. Se mantuvo siempre en contra de la recolocación en el trono de Shuja, ya que había entablado una amistad sincera con Dost Mohammad. Sin embargo, se le nombró baronet y se le propuso como segundo al mando de Macnaghten, cosa que aceptó. Éste le mantuvo al margen del gobierno, por lo que se dedicó a llevar una vida licenciosa que causaría el estallido del motín en Kabul[50]. Sus actuaciones violaban el código pastún, lo que hizo que los líderes de este grupo étnico declararan también la yihad contra los infieles europeos[51].

Al día siguiente Kabul ardía, y una turba furiosa se dirigía a la casa de Burnes, donde su hermano, sus mujeres e hijos fueron literalmente descuartizados. Después se dirigieron a las casas de otros altos cargos británicos pasando a cuchillo a todo lo que encontraban en su camino: niños, sirvientes, cipayos y oficiales.[52]

William Keoch Cumming, “Segunda Guerra Anglo-Afgana”
William Keoch Cumming, “Segunda Guerra Anglo-Afgana”.

Los británicos no hicieron nada como respuesta debido a la incapacidad de sus mandos. Shuja por su parte ordenó a un regimiento escocés que intentara retomar el casco antiguo de Kabul, pero sufrieron 200 bajas en unas pocas horas y tuvieron que retirarse al fuerte de Bala Hissar[53]. Mientras las horas pasaban, ni Elphinstone ni Macnaghten sabían que hacer.

No sería hasta dos meses después cuando los británicos se dieran cuenta de que la situación estaba perdida y que lo único que podían hacer era huir. Cuando Macnaghten intentó negociar con Akbar Khan, hijo de Dost Mohammad, ya era demasiado tarde, pues fue aprisionado y asesinado en el instante[54].

La ominosa retirada

El día 6 de enero de 1842 las tropas británicas comienzan su retirada ordenada con 4500 efectivos y otros tantos seguidores de campamento. De esos 4500 solo un batallón, el 44º de Infantería, era británico, el resto eran cipayos. En teoría Elphinstone había pactado la retirada pacífica de las tropas, pero tan pronto como llegaron a los pasos de montaña fueron atacados por guerreros del clan Ghilzai lo que causó que perdieran prácticamente todas las tiendas que llevaban y también la comida. Por ello, tuvieron que dormir al raso en un lugar donde el clima en enero suele estar prácticamente siempre bajo cero[55]. Debido a la cantidad de seguidores, las tropas apenas podían avanzar con rapidez, lo que facilitaba el hostigamiento de los guerrilleros afganos, que atacaban desde las montañas con sus mosquetes curvos.

La situación fue tan desesperada en varios momentos que el 44º tuvo que luchar a bayoneta calada. Mientras tanto, muchos sirvientes morían en las rápidas emboscadas Ghilzai, incluso acompañantes británicos. El 8 de enero Elphinstone paró la marcha esperando hablar con Akbar Khan, hijo de Dost Mohammad para que respetara el pacto de retirada al que habían llegado. Durante la espera cayó una enorme tormenta de nieve que hizo que varios cientos murieran por congelación. Al día siguiente, Akbar envió un emisario asegurando que tomaría a las mujeres y niños británicos como rehenes para que no se les ocurriera atacar a ningún afgano o de lo contrario los pasaría a todos a cuchillo.

Finalmente fueron enviadas a Kabul, pero no ocurrió lo mismo con los indios, ya que los británicos no estaban dispuestos a pagar un rescate por ellos así que fueron abandonados y murieron congelados en el Hindu Kush debido a que, cuando los afganos los encontraban, les arrancaban los ropajes abandonándolos a su suerte. El camino de vuelta de las mujeres y niños a Kabul fue similar al de Napoleón volviendo tras sus pasos en Rusia, ya que encontraban cadáveres desnudos y congelados por todo el camino.[56]

El 10 de enero se reanudó la marcha, sin comida ni ropa adecuada para la situación de frío extremo que se estaba viviendo. Prácticamente todos los soldados habían perdido ya algún dedo tanto de los pies como de las manos. Esa misma mañana se libró una de las escaramuzas más encarnizadas de la retirada en el paso de Tunghee Tareekee, allí la tribu de los Ghizye emboscó a una columna aniquilándola entera. En otro lugar cercano unos cuantos soldados del 44º luchaban dirigidos por su capitán: Shelton. Este luchó con la espada descuartizando a sus rivales a lo largo de todo el día. Cuando Shelton, Elphinstone y otros oficiales fueron a suplicar a Akbar que respetara el acuerdo, fueron tomados como prisioneros. Elphinstone moriría en el cautiverio.[57]

William Barnes Wollen, “The Last Stand of the 44th Regiment at Gundamuck, (1898) Chelmsford Museum, Essex.
William Barnes Wollen, “The Last Stand of the 44th Regiment at Gundamuck, (1898) Chelmsford Museum, Essex.

A partir de este momento las masacres fueron en aumento ya que ante ellos se abrían 48 kilómetros de pasos sinuosos a través del río Kabul. El último conato de resistencia se daría en Gandamak, donde 65 soldados del 44º de Infantería, algunos cipayos y unos pocos artilleros con 20 mosquetes y cuarenta balas se encontraron rodeados por varios miles de afganos al amanecer[58]. Aun así, los británicos fueron capaces de rechazar dos oleadas enteras de enemigos antes de quedarse sin munición. Después, se defendieron durante horas en un combate cuerpo a cuerpo del que solo sobrevivieron 9 hombres que fueron tomados prisioneros[59].

Poco después William Brydon, un doctor escocés que había sido seriamente herido por un espadazo en la cabeza llegaba a la fortaleza de Jalalabad.[60]Allí, una guarnición británica observó que este, junto a unos pocos cipayos que llegaron después, eran los únicos supervivientes de esta ominosa retirada.

Unos meses después el Sha Shuja había perdido todos los apoyos en el país y moriría asesinado por uno de sus sirvientes[61]. Más tarde los ingleses llevaron a cabo una operación de castigo en lo que se conoce como la “Batalla de Kabul”, pero que no tuvo más impacto que el resarcirse de una guerra perdida.

¿Por qué fracasó la invasión? Conclusiones

La Guerra Anglo-afgana que enfrentó a las fuerzas de ocupación británicas contra el pueblo afgano responde claramente a una iniciativa muy mal meditada por parte de los altos mandos de la Compañía. Éstos buscaban expandir sus áreas de influencia sin pararse a intentar entender qué estaba pasando realmente.

Esta falta de interés total en entender la situación surgió en una doble dirección. En primer lugar, no tuvieron ningún interés en entender las políticas rusas, que no tenían intención ninguna de amenazar a la India. Pero, en segundo lugar, es que tampoco se molestaron en entender a los propios afganos ni a la idiosincrasia de las ruinas del Imperio Durraní. Este fue, sin duda el punto de partida del gran fracaso.

Por supuesto, este se vio magnificado por otros, como el exceso de confianza. Los soldados británicos quisieron tener todas las comodidades en su proceso de conquista, algo que pagaron luego, cuando tuvieron que enfrentarse a un territorio tan inhóspito como Afganistán. Porque, sin duda, otro factor fue el climático y orográfico. No solo lucharon contra los ferocísimos afganos, sino que también tuvieron que enfrentarse a las inclemencias del tiempo.

Cuando los cadáveres indios sembraron el suelo con sus cuerpos desnudos, no hubo nombres detrás. Ni los cipayos, ni los afganos que siguieron al campamento del Gran Ejército del Indo tuvieron nombre. Tampoco hay nombres de las mujeres afganas que huyeron con los británicos por miedo a la respuesta de sus compatriotas.

Que solo se considere como superviviente a William Brydon, cuando muchos cipayos lograron sobrevivir, es una muestra de la capacidad británica a lo largo de la Historia para mirar solamente a su ombligo e ignorar a sus colonias. Las fuentes con las que actualmente reconstruimos esta historia son, por lo tanto, un producto por y para de las élites que no ha tenido en cuento otros aspectos más ella de estas. Sin embargo, los hechos históricos que hemos descrito en este artículo se prestaban a ser historiados desde una perspectiva más social, que permitiese un conocimiento más global sobre un conflicto apasionante no sólo a nivel militar, sino también social.

Consulta la bibliografía haciendo click aquí.

Guerra anglo-afgana
Elizabeth Thompson, “The remnants of an army, Jellalabad, January 13, 1842, (1879) Tate Britain, London

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