La llamada «noche de los cuchillos largos» no solo supuso la purga de la milicia del Partido Nazi (la Sturmabteilung, o SA), sino que también constituyó un movimiento de carácter represivo que afectó a más sectores políticos. En última instancia, supuso el asentamiento definitivo del poder de Adolf Hitler y de la dictadura nazi. Como tal, este movimiento tuvo una gran repercusión en el ámbito exterior, algo que a día de hoy puede verse a través de la prensa histórica. La prensa española de la época también se hizo eco de los sucesos de Alemania, pudiendo percibirse ya una división ideológica en la misma.

Contexto histórico

En el complicado contexto que imperó en Alemania tras la Primera Guerra Mundial, las SA (acrónimo de Sturmabteilung, o «sección de asalto») fueron un instrumento clave en el ascenso al poder del Partido Nazi. Lo mismo servían para silenciar a otras fuerzas políticas mediante el uso de la violencia y la intimidación, o para realizar grandes desfiles por las calles que sirvieran para mostrar su poder. Con sus uniformes y sus camisas pardas lograron atraer hacia sus filas a muchos alemanes, lo que aumentaría su tamaño de forma considerable. Muchos de sus miembros habían sido veteranos de la Gran Guerra, y compartían el sinsabor de la derrota. A ese estado de cosas se unirían, una década después, los efectos de la crisis económica de 1929. Todo este conjunto de factores constituían el contexto perfecto para propiciar la expansión y actividad de una organización como las SA.

Desfile de las SA
Las SA desfilan frente a la Cancillería del Reich la noche del 30 de enero de 1933, el día en que Hitler fue designado canciller y, con ello, ascendió al poder. Fuente: Bundesarchiv.

Cuando Adolf Hitler fue designado canciller del Reich, en enero de 1933, el Partido Nazi ya se había convertido en la formación política más votada (aunque todavía seguía sin tener la mayoría absoluta en el Reichstag, el parlamento germano). Con Hitler en la cancillería se produjo el acceso al poder de los nazis, los cuales —tras el sospechoso incendio del Reichstag— lograrían establecer un régimen dictatorial unipartidista que dejaría fuera de la ley a partidos de izquierdas y sindicatos. Las otras fuerzas de la derecha, que habían apoyado a Hitler en su acceso al poder, quedaron políticamente anuladas y en algunos casos hubieron de integrarse forzosamente en el Partido Nazi.

Para el verano de 1933 los nazis gozaban de amplias cotas de poder dentro del aparato del Estado, si bien la constitución y el parlamento en teoría seguían estando vigentes. Existía, no obstante, una parte del Estado que seguía conservando su autonomía: las fuerzas armadas, cuyos oficiales constituían un cuerpo elitista y eminentemente conservador. Muchos altos oficiales, aunque veían con buenos ojos las promesas hitlerianas de rearmar el país, desconfiaban de los nacionalsocialistas, y muy especialmente de las SA, a las que veían como una amenaza directa y como un grupo abiertamente revolucionario.

Ernst Röhm
Ernst Röhm (centro), en una fotografía que le hicieron tras su nombramiento como ministro sin cartera en el gobierno Hitler, diciembre de 1933. Aparece acompañado de Franz von Stephani (izq.) y Karl Ernst (der), este último persona muy cercana a Röhm. Fuente: Bundesarchiv (Berlin).

En efecto, tras la toma del poder en el seno de las filas nacionalsocialistas se evidenciaron dos corrientes: una, de corte conservador, partidaria de asentar el poder y conciliar posiciones con la alta burguesía y élites dirigentes; otra, de corte más revolucionario, aspiraba a desarrollar los aspectos más socialistas del programa político del Partido Nazi. Esta segunda corriente estaba formaba en buena medida por miembros de las SA, haciendo de Röhm su cabeza más visible. La milicia del partido también aspiraba a sustituir al ejército, al cual consideraba un representante del viejo orden. No obstante, en febrero de 1934, Hitler frenó dichas pretensiones tras subordinar a las SA como una fuerza auxiliar del ejército. Röhm terminó aceptando esta disposición, pero solo a regañadientes y no desistió de sus planes. Este hecho dejó entrever la separación que ya existía entre ambos líderes.

Pero los oficiales del ejército no eran los únicos que sentían aprensión por la Sturmabteilung. Muchos conservadores y miembros de la burguesía veían con cada vez mayor desagrado la violencia que sus miembros practicaban en las calles, así como sus aspiraciones revolucionarias o su afición a los banquetes y coches de alta gama. Los estamentos conservadores, entre los cuales sobresalía el vicecanciller Franz von Papen, seguían conservando una cierta autonomía y en ocasiones realizaban críticas poco veladas contra algunas políticas gubernamentales.

Para finales de junio de aquel año Hitler y sus colaboradores más estrechos ya tenían preparado el plan para lograr descabezar a las SA y silenciar a aquellos sectores que todavía constituían una oposición al régimen.

La noche de los cuchillos largos

Hitler había convocado a los jefes y principales mandos de las SA para asistir a una reunión que se celebraría en el balneario bávaro de Bad Wiessee, el 30 de junio. Aquel día, de madrugada, el líder nazi y su círculo más cercano se trasladaron en avión a Múnich. Nada más llegar se dirigieron al Ministerio del Interior bávaro, donde se reunieron con varios dirigentes nazis locales, entre ellos August Schneidhuber, líder local de las SA y jefe de la policía de Múnich. La noche anterior se habían producido graves disturbios callejeros, motivo que centró las críticas de Hitler. Tras una violenta discusión (y después de que Hitler le arrancara las charreteras de las SA), Schneidhuber fue detenido y enviado a prisión, donde más tarde sería asesinado sin juicio previo. Schneidhuber sería el primero en caer dentro de la purga que, de forma oficial, comenzó a ser calificada paradójicamente como reacción al Röhm-Putsch (o «golpe de Estado de Röhm»).

Las SS fueron el principal actor que llevase a cabo la represión, además de la policía secreta (Geheime Staatspolizei, o «Gestapo») y otras fuerzas de seguridad. Hitler, acompañado por efectivos de estos cuerpos, se trasladó a continuación a Bad Wiessee, donde detuvo en persona a Röhm y a un gran número de jerarcas de las SA. Este sería el caso del jefe regional de las SA en Breslau, el temido y violento Edmund Heines. El comandante local de las tropas de asalto en Berlín –y estrecho colaborador de Röhm–, Karl Ernst, fue arrestado tras regresar a Alemania de su viaje de luna de miel. Además, otros tantos líderes de la Sturmabteilung que se habían trasladado a Baviera para asistir a la reunión fueron detenidos a su llegada a Múnich.

Tanto Heines como Röhm fueron sorprendidos en la cama con hombres jóvenes, manteniendo relaciones homosexuales, algo a lo que posteriormente el ministro de Propaganda sacaría provecho de cara a justificar las acciones contra las SA. Heines y Ernst fueron asesinados aquel mismo día sin más preámbulos, mientras que Röhm caería acribillado en su celda el 1 de julio, tras haberse negado a suicidarse.

Prensa alemana, 1934
Portada del ‘Völkischer Beobachter’, órgano del Partido Nazi, el 1 de julio de 1934. En titulares señala, en alemán: «Röhm arrestado y depuesto». Fuente: Deutsches Historisches Museum.

Sin embargo, esta purga se extendió más allá de las SA y fue aprovechada para asesinar a otros personajes molestos para el poder. Ese fue el caso de Erich Klausener, líder de «Acción Católica» y persona muy cercana al vicecanciller Franz von Papen; o de Gregor Strasser, antiguo jerarca nazi del ala izquierda que se había distanciado y enfrentado con Hitler en 1932. La represión también alcanzó a enemigos del nazismo de sus primeros tiempos. Este fue el caso de Gustav Ritter von Kahr, antiguo staatskomissar (comisario de Estado) de Baviera que había mantenido una compleja relación con Hitler. Además, Von Kahr había sido uno de los responsables del fracaso del Putsch de Múnich de 1923.

La matanza de líderes de las SA perseguía lograr que los altos mandos del Reichswehr no desconfiasen de los nazis y que se facilitara el entendimiento mutuo. Sin embargo, hubo dos oficiales de alto rango que serían asesinados: el general Kurt von Schleicher, antiguo canciller y predecesor de Hitler, que fue asesinado en su residencia junto a su esposa; y el coronel Ferdinand von Bredow, estrecho colaborador de Schleicher que, además, había sido jefe del servicio secreto militar (el Abwehr). Schleicher había tratado de articular en 1932 un gobierno con la participación nazis críticos con Hitler (como Strasser).

En contra de lo que parece indicar la expresión, la «noche de los cuchillos largos» se extendería del 30 de junio hasta el 2 de julio. Durante ese período, entre 80 y 200 personas serían asesinadas, según la fuente que se consulte. No tardó en hacerse evidente lo que había ocurrido, por lo que el Ministerio de Propaganda del Reich preparó una versión que se distribuyó al pueblo alemán y a la prensa extranjera. En ella se explicaba que en realidad el Estado había reaccionado de forma preventiva contra una intentona revolucionaria de signo izquierdista.

La reacción de la prensa española a la noche de los cuchillos largos

Mientras en Alemania se producía el asentamiento definitivo del régimen nazi, la situación interna en España era muy diferente. El gobierno centrista de Ricardo Samper encaraba un agrio conflicto con la Generalidad de Cataluña por cuestiones de competencias. Al mismo tiempo, en aquellos días el líder de las derechas, José María Gil-Robles, acababa de contraer matrimonio. Al margen de la política, buena parte de la población intentaba sobrellevar el fuerte calor de aquellas fechas.

En un principio la información que empezó a circular por los diarios españoles fue muy confusa. Respecto a Ernst Röhm algunas cabeceras llegaron a señalar que –tras ser arrestado– se había suicidado para, poco después, terminar manifestando que había sido fusilado. Inicialmente, una parte de la prensa española se abonó a la versión de los hechos que distribuyó el régimen nazi, con más o menos matices. Dicha versión, que sostenía que en realidad las SA habían intentado llevar a cabo un golpe de Estado izquierdista, era reproducida por el diario ABC el 3 de julio:

[…] no nos equivocamos al afirmar que los vencidos son los izquierdistas del partido nacional-socialista. Ciertamente, ello no significa el tirunfo de la ‘reacción’, aunque se puede prever que Adolfo Hitler emprenderá una orientación más derechista […] Según un telegrama, el plan de los sediciosos consistía en proclamar la dictadura socialista, para destruir la Banca y socializar la industria. Como escribe el jefe del Estado, el pueblo alemán debe gratitud a Hitler por haberle salvado de un gran peligro.

Hubo diarios de izquierdas que, si bien mantenían una posición crítica, se abonaron parcialmente a la versión distribuida por la Deutsches Nachrichtenbüro (DNB), la agencia de noticias oficial de la Alemania nazi. Aunque pueda parecer incoherente, esto no debe extrañar puesto que en aquella época la DNB era citada con regularidad y de hecho esta agencia llegó a abrir una sede en Madrid desde la cual contribuyó a difundir la propaganda nazi en el contexto español. DNB llegó incluso a firmar un acuerdo de colaboración con la agencia de noticias Fabra, que entonces era la más importante de las agencias españolas.

Para El Liberal lo sucedido se trató más de una pugna entre facciones internas del Partido Nazi, si bien daba por buena la versión que sostenía que las SA habían intentado una revolución. El izquierdista Heraldo de Madrid, se hizo eco de la supuesta revolución izquierdista contra Hitler y de la versión oficial que «explicaba» la detención o asesinato de figuras Ernst Röhm o el general von Schleicher; a pesar de ello, el rotativo se mantenía crítico con el régimen germano, como confirmaba su hiperbólico titular que señaba que «el fascismo alemán [estaba] en plena descomposición».

Cabecera del ‘Heraldo de Madrid’ en su edición del 30 de junio de 1934. Fuente: BNE.

Hubo otras informaciones procedentes de la versión oficial alemana que circularon profusamente entre la prensa española y calaron fuertemente. Una de ellas llegó a señalar que Röhm había llegado a iniciar una revolución en Múnich, algo totalmente falso. La prensa española también se hizo eco de las prácticas homosexuales entre los miembros de la Sturmabteilung, que de hecho fue uno de los argumentos empleados por las autoridades germanas para justificar la represión como una acción contra la inmoralidad y la perversión. El rotativo madrileño El Liberal, al igual que su periódico hermano el Heraldo de Madrid, vio en estos sucesos poco menos que un desmoronamiento del régimen nazi –una aseveración que con el paso del tiempo se acabaría confirmando como errónea–.

La noche de los cuchillos largos según El Liberal
‘El Liberal’, en su edición del 1 de julio de 1934. Fuente: BNE.

La prensa conservadora mostró, por contra, una posición más conciliadora. El corresponsal de ABC en Berlín, Eugenio Montes, fue a contracorriente. En contra de las malas informaciones que circulaban sobre las SA, Montes reinvidicó su existencia y elogió además su labor higiénica de haber reconvertido a muchos antiguos izquierdistas en buenos nacionalsocialistas. Otro articulista, César González-Ruano, elogiaría a Hitler por sus acciones, calificando al líder alemán de «hombre justo». No obstante, la línea editorial del diario monárquico tendió a una posición más moderada.

El diario La Nación, antiguo órgano oficioso de la dictadura de Primo de Rivera, fue, dentro de la prensa española, uno de los periódicos que mayor identificación mostró con las acciones de los líderes nazis, a las defendió como una suerte de contrarrevolución preventiva. Y ponía en guardia a sus lectores sobre las «informaciones [con las] que perversamente se intenta explotar en descrédito de un nuevo régimen, de una nueva modalidad política, que va ganando las voluntades de los pueblos de Europa».

El principal periódico del carlismo, El Siglo Futuro, también se manifestó respecto a los sucesos de Alemania. En su edición del 2 de julio, aunque criticó el asesinato de algunos líderes católicos, en líneas generales mantuvo un tono comprensivo para con las autoridades germanas. Tan es así que el diario llegó a afirmar lo siguiente:

[…] no es difícil juzgar lo que hubiera pasado en Alemania de haber triunfado Schleicher-Roehm; con ese triunfo la política alemana habría caído en un bolchevismo grosero y de cuartel; mucho peor, si cabe, que, el mismo bolchevismo ruso, que, al decir de algunas informaciones, es el principal alentador del fracasado golpe.

Pero, en líneas generales, se admitía abiertamente la acción de fuerza por parte de las autoridades alemanas, aunque resultara evidente que dichas acciones se salían de los márgenes de la ley y la normalidad. Como señalaba El Liberal, el 3 de julio:

Hoy puede decirse ya claramente, por las nuevas noticias de la bárbara tragedia alemana, toda la odiosa verdad de lo sucedido. Una parte de la soldadesca amoral y desenfrenada que tiraniza al pueblo germano ha sido exterminada alevosamente, con una cobardía y una crueldad inauditas, por la fracción rival no menos abyecta. No ha habido lucha, porque Goering y Hitler se han anticipado y han sorprendidos inermes a los que iban a desencadenarla […] No ha habido más que una racha de asesinatos en frío […]

Cuando la situación empezó a aclararse y algunos articulistas reflexionaban sobre lo ocurrido, entre algunos periódicos hubo duros reproches respecto a la cobertura que la prensa había realizado de los sucesos en Alemania. Cabe citar el caso del Heraldo de Madrid, que llegó a criticar duramente a diarios como ABC o El Debate por lo que a su juicio era una posición excesivamente conciliadora con las acciones nazis. El derechista La Nación, por su parte, arremetería contra la prensa izquierdista por no haber sabido entender lo que realmente había ocurrido en Alemania.

Cabeceras de los diarios ‘La Nación’ y ‘Heraldo de Madrid’, que muestran el enfrentamiento que hubo en la prensa española. Fuente: elaboración propia/BNE.

Pasados unos días, los sucesos de Alemania perdieron relevancia informativa, si bien continuaron apareciendo historias relacionadas con los asesinatos de algunos destacados políticos o exdirigentes nazis. Hacia el 5 de julio El Liberal llegaría a señalar, en titulares, que «se acabó la ficción nacionalsocialista». En cualquier caso, lo ocurrido iba a marcar irremisiblemente la imagen de Alemania para muchos españoles. Para algunos, como un caso paradigmático de los peligros que entrañaba el fascismo; para otros, como un ejemplo a seguir en un contexto de crisis económica y política.

Unas semanas después, a comienzos de agosto, el mariscal Paul von Hindenburg falleció de muerte natural, a los 86 años de edad. En España, para la prensa de izquierdas la defunción del presidente del Reich significó el final de un proceso de asunción de poderes que había comenzado un año antes, tras la designación de Hitler como canciller, y que ahora suponía aunar la jefatura del Estado con la del gobierno (así como el mando supremo de las fuerzas armadas). Ciertamente, para el líder nazi este suceso —que había ocurrido en un momento tan conveniente— supuso un reforzamiento de sus poderes y, lo más importante, hacerse con la autoridad suprema del ejército de forma pacífica.

Para algunos aquello marcó el verdadero comienzo de la dictadura hitleriana. En este sentido, el diario El Liberal publicó una caricatura de Hitler, con un hacha, que rezaba: «Hasta ahora han sido ensayos. ¡Ahora es cuando voy a empezar yo a gobernar!»

La noche de los cuchillos largos, una caricatura de El Liberal
Caricatura aparecida en El Liberal, el 3 de agosto de 1934. Fuente: BNE.

Fuentes y referencias

Fuentes documentales

  • Hemeroteca digital del diario ABC.
  • Hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

Hemerografía

  • ABC
  • El Liberal
  • El Siglo Futuro
  • Heraldo de Madrid
  • La Nación

Bibliografía

CHECA GODOY, A. (2011). Prensa y partidos políticos durante la II República. Sevilla: Centro Andaluz del Libro.

GELLATELY, R. (2002). No sólo Hitler. La Alemania nazi entre la coacción y el consenso. Barcelona: Ed. Crítica.

KERSHAW, I. (2003). Hitler. Barcelona: Ed. Folio.

RAMOS OLIVEIRA, A. (1964). Historia social y política de Alemania, vol. II. México: Fondo de Cultura Económica.

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