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La Masacre de Nankín: El Holocausto Asiático

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Cuerpos de víctimas a lo largo del río Yangtzé fuera de la puerta oeste de Nankín (1937). Moriyasu Murase | Wikimedia
Cuerpos de víctimas a lo largo del río Yangtzé fuera de la puerta oeste de Nankín (1937). Moriyasu Murase | Wikimedia

En Estados Unidos, la mayor parte de los centros escolares enseñan a sus alumnos los efectos catastróficos que causaron las dos bombas atómicas que su país lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, existe cierta desinformación sobre la masacre que Japón vertió sobre la ciudad china de Nankín. La mayoría desconoce lo que ocurrió en aquella ciudad durante la cruenta batalla ocurrida en 1937.

Los políticos japoneses han venido insistiendo desde entonces que lo que ocurrió en Nankín ha sido un engaño y un invento, hechos que en realidad nunca sucedieron. Y una de las razones por las cuales ha sucedido esto es por cómo Japón lidió con sus crímenes durante la posguerra. El gobierno japonés, a diferencia del alemán (que suele usarse como ejemplo paradigmático), nunca se ha asumido a sí mismo, ni a la sociedad japonesa, como el responsable de los crímenes acaecidos tanto en la ciudad de Nankín como en todo el territorio arrasado. Como resultado, en Japón siguen tratándose los crímenes de guerra como si hubieran sido acciones aisladas de soldados o incluso acontecimientos que nunca ocurrieron (Chang, 2016: 266).

En 1990, Ishihara Shintaro, uno de los dirigentes del Partido Liberal Democrático conservador de Japón, le comentó a un entrevistador de la revista Playboy: “La gente dice que los japoneses hicieron un holocausto allí [en Nankín], pero eso no es verdad. Se trata de una historia fabricada por los chinos. Ha manchado la imagen de Japón, pero es mentira” (Chang, 2016: 267).

Todo el sistema educativo japonés sufre de amnesia selectiva. Hasta 1994 los estudiantes japoneses desconocían, a nivel educativo, que el ejército de Hirohito fue responsable de la muerte de aproximadamente veinte millones de soldados aliados y civiles asiáticos durante la Segunda Guerra Mundial. Esto se debe a que todos los libros de texto que se usan en las escuelas japonesas deben pasar por los filtros del Ministerio de Educación del país. Si bien esto es algo común, en este caso las autoridades llevaban a cabo una revisión histórica que, prácticamente, manipulaba la historia (Chang, 2016: 272-273).

Por ejemplo, en 1977 el Ministerio redujo una sección sobre la Segunda Guerra Mundial de un libro de historia de varios cientos de páginas a solo seis, que consistían principalmente en fotografías del bombardeo incendiario estadounidense de Tokio, de las ruinas de Hiroshima, y una estadística de las víctimas de guerra japonesas. El texto no mencionaba las bajas del bando contrario, las atrocidades de guerra japonesas ni las evacuaciones forzosas de prisioneros chinos y coreanos a campos de trabajo en Japón (Chang, 2016: 272-273).

Ienaga Saburo, historiador japonés, escribió en 1952 un libro de texto que fue ampliamente utilizado. Tras cuatro años el Ministerio de Educación decidió que el texto era demasiado “parcial”, demasiado negativo respecto a la guerra japonesa en Asia. Le pidieron varias veces que reescribiera el original y, en 1964, Ienaga demandó al Gobierno por conducta inconstitucional. En los años ochenta le pidieron que eliminara los pasajes sobre la matanza de Nankín, las violaciones cometidas por soldados japoneses y los experimentos médicos de Japón en Manchuria. Ienaga adujo que la censura de libros de texto iba en contra de la Constitución de posguerra, que garantizaba la libertad de expresión (Buruma, 2010: 222-223).

En 1970 la justicia le dio la razón a Ienaga. El magistrado del juzgado de distrito de Tokio sentenció que la revisión de los libros de texto por parte del ministerio no debía ir más allá de la corrección de los errores de bulto y las erratas. La censura de aspectos sustanciales del contenido era anticonstitucional, y así quedó establecido en el caso de Ienaga. Pero en 1974 otro juez reconoció que el proceso de revisión había sido “excesivo”, pero no inconstitucional (Buruma, 2010: 231-232).

La difusión de la controversia de los libros de texto logró dos cosas. En primer lugar, la destitución del ministro de educación de Japón, que había defendido la política del ministerio de edulcorar la historia de la Segunda Guerra Mundial. En segundo lugar, una mayor toma de conciencia dentro del ministerio de que la masacre de Nankín fue algo que no podían seguir ignorando (Chang, 2016: 276).

Pero para poder entender con claridad el conflicto que se desató en el continente asiático entre China y Japón, y lo que sucedió posteriormente durante los juicios que se celebraron en Tokio después de la Segunda Guerra Mundial, tenemos que retroceder a la segunda mitad del siglo XIX, cuando Japón salió de la autarquía en la que se veía sumida, con la Restauración Meiji, para convertirse en una potencia equiparable a las de Occidente.

Antecedentes: El Japón de la Era Meiji (1868-1912)

Retrato del Emperador Mutsuhito (1888). Desconocido | Wikimedia
Retrato del Emperador Mutsuhito (1888). Desconocido | Wikimedia

La Era Meiji (1868-1912) es la etapa de la historia japonesa que se inicia después de la renuncia del shōgun Tokugawa Yoshinobu y finaliza con la muerte del emperador Mutsuhito el 30 de julio de 1912. Será un momento marcado por la apertura japonesa al mundo exterior después de un largo período de aislamiento. En ese arco temporal, Japón pasará de ser una sociedad eminentemente feudal a una nación moderna, industrializada y enormemente influenciada por Occidente. El modelo de sociedad que se tomará como ejemplo será el de la Prusia liberal de Guillermo II.

Los acontecimientos ocurridos en enero de 1868 provocaron la súbita desaparición del shogunato Tokugawa y crearon un nuevo centro de autoridad bajo el símbolo del emperador (Hall, 1973: 243).

De todos los pueblos de Asia, los japoneses fueron de los que más mostraron admiración por la civilización occidental. La Carta del Juramento, la primera de las reformas del nuevo sistema de la Restauración Meiji, había situado la occidentalización, al lado de la creación de un estado poderoso, como los dos objetivos principales del nuevo régimen (Hall, 1973: 263).

Una de las primeras reformas que padeció la sociedad japonesa fue la abolición del sistema de las cuatro clases en 1869. Los cortesanos y los daimyō fueron nombrados nobles, los samuráis fueron clasificados como pequeña nobleza o soldados, y todas las demás clases formaron un conglomerado de ciudadanos comunes (Hall, 1973: 259).

Calle transitada de Tokyo (1905). Desconocido | Wikimedia
Calle transitada de Tokyo (1905). Desconocido | Wikimedia

La élite Meiji adoptó muchos de los estilos y gustos del oeste victoriano. En la arquitectura doméstica, esto se ve particularmente en los interiores de pabellones y salas de recepción de «estilo occidental». Este estilo, sin embargo, no puede interpretarse en ningún sentido simple como occidental. La mayoría de estas casas fueron construidas por carpinteros japoneses y revelan las técnicas de construcción a las que los artesanos nativos estaban acostumbrados. Las habitaciones a menudo se decoraban con muebles de fabricación nacional y extranjera. En ellos se colocaban antigüedades japonesas, chinas y otras asiáticas, dispuestas y diseñadas de acuerdo con las concepciones japonesas contemporáneas del gusto occidental.

La integración de las formas culturales occidentales con un supuesto espíritu japonés nativo intacto era característico de la sociedad Meiji, especialmente en los niveles superiores, y representaba la búsqueda de Japón de un lugar dentro de un nuevo sistema de poder mundial en el que dominaban los imperios coloniales europeos (Sand, 2000: 637).

El nuevo mundo que se le ofrecía a los japoneses, sobre todo a los jóvenes, era de apoyo al emprendimiento de nuevas industrias. El gobierno alentó el desarrollo industrial, ya que no se le había escapado el detalle de que las naciones más poderosas eran también las más ricas, y que se habían enriquecido a través de la industria (Bolitho, 1991: 30). Pero más importante que el desarrollo industrial fue la prontitud con la que el gobierno proveyó a la industria de los medios que ésta necesitaba para prosperar: ferrocarriles, un sistema postal, una red telegráfica y un sistema telefónico, así como carreteras, puentes y facilidades portuarias (Bolitho, 1991: 33).

El primer ferrocarril se abrió entre Tokio y Yokohama en 1872, desarrollándose rápidamente en todo Japón hasta bien entrado el siglo XX. La introducción del transporte ferroviario condujo a una producción más eficiente debido a la disminución de los costes de transporte, permitiendo así que las empresas manufactureras se trasladasen a regiones interiores más pobladas. El ferrocarril también permitió un nuevo acceso a las materias primas que anteriormente habían sido demasiado difíciles o costosas de transportar (Tang, 2014: s.p).

En la década de 1880 Japón crecía acostumbrado a los extranjeros. Incluso a los escolares japoneses no les resultaba extraño que les enseñasen profesores procedentes de los Estados Unidos y Gran Bretaña. El contacto con las ideas extranjeras se convirtió en algo cotidiano, lo que ayudó al desarrollo de la industria de la impresión, pasando del primer periódico japonés publicado en 1872 a más de 600 periódicos y revistas en la década de 1890 (Bolitho, 1991: 35-37).

Los pequeños pueblos rurales permanecieron largo tiempo sin cambios, pero en las calles de las grandes ciudades, el viejo Japón desapareció en los veinte años de la Restauración. Aparecieron imponentes edificios occidentales, diseñados por arquitectos extranjeros. Podían verse caballos y carruajes, y más adelante, el tranvía tirado por caballos (Bolitho, 1991: 39).

También la gente había cambiado. La comida era mucho más variada de lo que jamás había sido. La monótona dieta del Japón de los Tokugawa, basada en arroz, rábanos en vinagre, derivados de la soja y té verde, se complementaba ahora con otras comidas, tales como manzanas, uvas, fresas, coliflores, espárragos, carne, etc. (Bolitho, 1991: 39). El propio emperador marcó la pauta de otros cambios cuando apareció, en 1873, vestido con pantalones y americana, en vez de los pesados bombachos, y el pelo cortado y peinado con raya al estilo occidental, no recogido en un moño (Bolitho, 1991: 41).

Asimilación a las naciones europeas y la figura del emperador

Se suele afirmar que el comportamiento de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial fue causado a raíz de ser un pueblo cruel y fanatizado, a causa de la sumisión a un código militar que fomentaba la tortura. También, a consecuencia de estar condicionado por la adoración de la figura del emperador. Sin embargo, esas afirmaciones se tambalean si se tiene en cuenta que los actos de los japoneses en otras batallas anteriores a esta guerra lo desmienten claramente (Rees, 2009: 17).

Por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial, los japoneses hicieron prisioneros de guerra a 4600 hombres de la colonia alemana de Tsintao. Estos prisioneros fueron tratados con un régimen penitenciario bastante laxo. Como afirma Hans Kettle, nieto de uno de los prisioneros “en el campo disponían de mucho rato libre. Se cocinaban sus propias salchichas, tenían un club de gimnasia y representaban muchos musicales”. Fotografías de los prisioneros de guerra en el campo de Bando afirman esta buena actitud para con los alemanes. En 1905, durante la guerra ruso-japonesa, Mackenzie, enviado especial de The Daily Mail, escribió que no había palabras para ensalzar los cuidados y las atenciones del pueblo japonés hacia los enemigos heridos (Rees, 2009: 18).

Orquesta formada por prisioneros alemanes en el campo de prisioneros de guerra de Bando, Japón (1917). Desconocido | Wikimedia
Orquesta formada por prisioneros alemanes en el campo de prisioneros de guerra de Bando, Japón (1917). Desconocido | Wikimedia

Esta actitud puede explicarse por la presencia de un edicto imperial, datado de 1880, estipulaba que las fuerzas armadas japonesas debían tratar a los prisioneros capturados con respeto. Los japoneses querían comportarse como una nación moderna y occidental, además de remarcar los elementos de compasión que existían en el código de los guerreros japoneses (Rees, 2009: 19).

El aislamiento de Japón hasta mediados del siglo XIX y el deseo de adoptar los inventos y la industria occidental iba acompañado de una revolución política que estaba transformando la figura imperial. El poder pasó del shōgun al emperador con la llegada del comandante Matthew Perry a Tokio en el año 1853, con el objetivo de abrir Japón al mercado internacional. Este hecho, además, supuso el surgimiento un deseo entre los japoneses de familiarizarse con la tecnología occidental (Rees, 2009: 19).

El ascenso al trono del Emperador Meiji, en 1867, iniciaba una nueva etapa donde se decidiría el modelo político del nuevo Japón. Es así como en el año 1889 nace la Constitución Meiji, formándose el primer parlamento electo de Japón, la Dieta Imperial. Esta constitución consolidaba nuevos poderes del emperador. Las críticas a esta figura no eran permitidas y solo este podía declarar la guerra y sellar la paz. Además, el emperador era el comandante jefe de las fuerzas armadas (Rees, 2009: 20).

Aun contando con todos estos avances, para que Japón se equiparase a las poderosas naciones europeas “necesitaba” colonias. Los japoneses asumieron que las naciones fuertes tenían el derecho a dominar a las débiles y, cuando estuvieron preparados, penetraron en Corea y Taiwán. Taiwán pasó a manos japonesas el año 1894 a raíz de un tratado firmado por China. En el año 1910 obtuvieron Corea y, durante la Primera Guerra Mundial, las colonias alemanas de Kiaochao y las islas Mariana, Carolina y Marshall. Al finalizar la guerra, Japón se había transformado en la nación más poderosa de Asia (Rees, 2009: 21-22).

Con la restauración Meiji, el emperador no era considerado un ser humano, sino una figura divina. Con la instauración del Shinto como religión estatal, se decretó que el emperador debía ser adorado como de un dios se tratara. Incluso así se impartía en la educación japonesa de la época. Los estudiantes de aquel momento tuvieron que estudiar en la escuela que el emperador era un dios con forma humana y que los japoneses le pertenecían (Rees, 2009: 23).

Conflictos anteriores a la batalla de Nankín. El odio hacia los chinos

Hirohito con uniforme de gala (1935). Desconocido | Wikimedia
Hirohito con uniforme de gala (1935). Desconocido | Wikimedia

El 25 de diciembre de 1926 ascendió al trono japonés, con veinticinco años, el nieto del emperador Meiji, Hirohito. Había recibido una formación tradicional y desarrollado un especial interés por la ciencia moderna. Además, llegó al poder en una etapa convulsa en la que el káiser tuvo que huir de Alemania y en la que el zar Nicolás II de Rusia fue derrocado y asesinado. Es a raíz de estos acontecimientos por los cuales se decide reforzar la figura del emperador, mostrando a Hirohito como un emperador tradicional en la cabeza de una sociedad ultramoderna (Rees, 2009: 23-24).

Proceso de crispación

Los años posteriores a la llegada al poder del emperador Hirohito fueron convulsos. Japón se había sumido en una etapa de crisis agrícola antes que ocurriera el Crack de Wall Street en Estados Unidos. Este último hecho provocó que los norteamericanos dejaran de importar seda, lo que provocó que muchos granjeros japoneses acabaran en la ruina. El trabajo era casi nulo y se daban casos de familias que tenían que vender a sus hijos para poder percibir ingresos. Este es el caso de Yoshio Tshuchiya, testigo de cómo siete u ocho familias de niñas que iban a su escuela fueron obligadas a vender a sus hijas a proxenetas (Rees, 2009: 26).

Además, los japoneses tuvieron que hacer frente a otra problemática que se les venía encima: el creciente aumento de la población. Japón no disponía ni del territorio ni de los recursos naturales suficientes como para sostener el incremento poblacional. Además, la densidad de población del país era una de las mayores del planeta. Fue entonces cuando tuvieron que empezar a plantearse la necesidad de buscar espacio vital, o Lebensraum, como lo denominaban los nazis (Rees, 2009: 26).

El ambiente de crispación aumentó con el asesinato del primer ministro Hamaguchi, en 1930, después de haberse firmado el tratado naval de Londres. El ejército empezó a pedir distanciamiento hacia las políticas no beligerantes de la Primera Guerra Mundial para poder así lanzarse hacia la expansión colonial. Desde su perspectiva, lo único que creían haber conseguido asimilándose a los occidentales había sido una fuerte depresión económica y el advenimiento del comunismo (Rees, 2009: 27).

Durante el verano de 1931 hubo miembros del ejército que creían que la solución a muchos de los problemas de Japón era ocupar Manchuria, la cual era rica en recursos naturales y metros cuadrados. Los tratados firmados hasta entonces imposibilitaban el ataque directo al territorio y es así como idearon una estrategia para poder llevar a cabo sus pretensiones. El 18 de septiembre los japoneses bombardearon una sección del ferrocarril de Manchuria del sur. Este estaba controlado por Japón, que responsabilizó del ataque a los chinos. Diferentes unidades del ejército Kwantung japonés se enfrentaron a las fuerzas chinas y, en febrero de 1932, los japoneses conquistaron Manchuria. Nacía el estado de Manchuko, que ofrecía más espacio vital para los japoneses. Esto llevó a Japón a distanciarse de las democracias occidentales, abandonando de la Liga de las Naciones en 1933 (Rees, 2009: 31).

Adoctrinamiento escolar y militar

Para prepararse ante la guerra con China, Japón llevaba décadas entrenando a sus hombres para el combate. Las escuelas japonesas operaban a modo de unidades militares en miniatura. Algunos de los profesores eran oficiales del ejército, que adoctrinaban a los estudiantes sobre su obligación de ayudar a Japón a cumplir con su destino de conquistar Asia y levantarse ante las naciones del mundo. Enseñaban a los jóvenes a manejar modelos de armas, y los libros de texto se convirtieron en vehículos para la propaganda militar. Los profesores también inculcaban odio a los niños y desprecio hacia los chinos (Chang, 2016: 46).

Para que Japón pudiera expandirse tal y como deseaban los nacionalistas era necesario contar con un ejército numeroso, potente y preparado. La rápida expansión de los efectivos militares trajo consigo varios problemas para los miembros que formaban parte del Ejército Imperial, sobre todo el cómo se debía mantener la disciplina. La solución fue tan simple como el maltrato físico hacia los jóvenes, tanto por parte de los superiores como de los veteranos. Los soldados eran golpeados con los puños, con cañas de bambú e incluso con los tacones de las botas, ya fuera por los brazos como por la cara. Cuando los instructores se quedaban sin fuerzas para seguirlos castigando, eran los mismos soldados los que se abofeteaban por parejas. Era evidente que la instrucción que recibían los soldados del Ejército Imperial tenía como objetivo prepararlos para luchar en China y conquistarla (Rees, 2009: 35).

La Segunda Guerra Sino-japonesa se inicia el 7 de julio de 1937 cuando un contingente japonés, que se encontraba realizando unas maniobras cerca del río Hu, llega al puente de Marco Polo. Al cruzarlo se encontraron con las tropas chinas, las cuales iniciaron un tiroteo que derivó en la demanda de Japón de declararles la guerra. El 27 de julio de 1937 la aviación japonesa bombardea la ciudad de Pekín (Rees, 2009: 37).

Yoshio Tsuchiva explica que a los soldados japoneses se les hacía ver a los chinos como seres infrahumanos, una raza inferior a los humanos, considerándolos como insectos o animales, mientras que la raza japonesa, la superior, existía desde hacía 2 600 años (Rees, 2009: 37).

Al llegar a China, los soldados del Ejército Imperial eran sometidos a una nueva instrucción. Esta insistía en que estaban tratando con seres infrahumanos. Tal y como explica Hajime Kondo, la instrucción consistía en entrenar con bayonetas, empalando por parejas de dos soldados a un grupo de chinos. Con esta brutalidad se instruyó a los soldados japoneses en China. La idea sobre que la raza china era inferior, sumada a la brutalidad física como respuesta a cualquier acto de insubordinación, tuvo como resultado los crímenes de guerra más violentos del siglo XX (Rees, 2009: 37-40).

Modus operandi del Ejército Imperial

De camino a Nankín, en la ciudad de Suchow, las violaciones y los asesinatos por parte del Ejército Imperial hacia los civiles supusieron, según el Chinese Weekly Review, que, de una población de 350 000 habitantes, solo quinientas personas quedasen con vida (Rees, 2009: 41).

Las violaciones del Ejército Imperial eran muy comunes. Oficialmente, para el ejército japonés, la violación era un crimen, pero aun así pocos soldados de los que cometieron estos crímenes tuvieron que declarar en los juicios posteriores, no solo por haber matado seguidamente a las víctimas, sino porque los oficiales no lo permitieron. Cuando finalizó la guerra, los chinos no ejecutaron a los violadores y asesinos confesos, sino que les permitieron volver a Japón al cabo de cincuenta años. Cuando a los culpables se les preguntaba sobre los crímenes, estos se justificaban alegando que lo hacían en nombre del emperador, y que en su nombre podían hacer con los chinos lo que quisieran (Rees, 2009: 51).

Estas violaciones ya se iniciaron en 1932 en la ciudad de Shanghái. Las violaciones cometidas por el Ejército Imperial llegaron a ser tan frecuentes que algunos generales empezaron a preocuparse por la creciente indignación y resistencia china (Buruma, 2010: 229). Es así como se toma la decisión de establecer prostíbulos cerca del frente para uso de los militares. Inicialmente se trasladaron prostitutas japonesas a los burdeles, pero después se decidió buscar mujeres procedentes del resto del continente asiático.

Al no encontrar suficientes mujeres que se dedicasen a la prostitución anteriormente, el Ejército Imperial decidió engañarlas u obligarlas a ejercer la prostitución. Un ejemplo de engaño lo encontramos en el testimonio de Sol Shinto, reclutada en Corea cuando era una adolescente. Le ofrecieron trabajar para el Ejército Imperial limpiando barracones y uniformes. Al aceptar, se la llevaron a un campamento situado en el norte de China, donde descubrió que la habían engañado para ejercer la prostitución. Si se negaba a alguna de las peticiones de los soldados, era abofeteada. Nunca le pagaron un salario por ejercer estas prácticas. La mayoría de las mujeres prostituidas cayeron víctimas de las enfermedades o fueron asesinadas. Las estimaciones de las víctimas de violaciones bailan entre las 80 000 y las 100 000 (Rees, 2009: 46-48).

Otros crímenes cometidos durante la guerra fueron los experimentos con civiles chinos sanos en salas de operaciones. El general Ishii de la Unidad 731, por ejemplo, asesinó a la población de Manchuria sometiéndola a experimentos como la reacción humana a la peste, la fiebre tifoidea, la viruela, el cólera, la disentería, la escarlatina, la difteria, la gangrena gaseosa, la tuberculosis, y un sinfín de enfermedades de las cuales no existe una lista completa (Rees, 2009: 61).

Prueba bacteriológica de prevención de plagas dirigida por la Unidad 731 en Nong'an Condado, noreste de China (1940). Desconocido | Wikimedia
Prueba bacteriológica de prevención de plagas dirigida por la Unidad 731 en Nong’an Condado, noreste de China (1940). Desconocido | Wikimedia

Implicación militar del emperador Hirohito 

Hay historiadores que especulan sobre si el emperador supo de los crímenes que el Ejército Imperial cometió en China, ya que es muy poco probable que el emperador no supiera nada. Hirohito nunca mandó investigar los crímenes. Actuó como un cabeza de Estado, pretendiendo que su ejército se impusiera sin importar los medios que utilizaran para la causa. Según explica Herbert P. Bix, historiador y profesor en la Universidad de Hosei, de Hitotsubashi y de Binghamton, Hirohito estuvo implicado en la toma de decisiones militares que desembocaron en el uso en China de armas prohibidas, enviando unidades especiales de guerra química al continente. Allí se utilizaron gases venenosos en centenares de ocasiones durante toda la guerra (Rees, 2009: 56-58).

Además, Hirohito tenía que estar enterado de los métodos de la Unidad 731, la cual realizaba incursiones aéreas con ratas infectadas con la peste. Con ellas bombardearon a los chinos en varias ocasiones, provocando incluso, por equivocación, la muerte de 1 600 soldados japoneses (Rees, 2009: 56-58).

La Masacre de Nankín

Desde las protestas del 4 de mayo de 1919, los patriotas chinos veían en Japón la mayor amenaza para la soberanía china. En 1895 Japón había conseguido Taiwán y, en 1905, se hizo con el domino del sur de Manchuria. China no ofreció resistencia militar, pero recurrió a la Sociedad de Naciones, la cual no impuso sanciones significativas a Japón. La ira que despertó la agresión japonesa avivó el nacionalismo chino y tuvo como resultado la formación de ligas de salvación nacional y boicoteos a los productos japoneses (Buckley, 2009: 357-358).

Mapa que muestra la carrera japonesa hacia Nankín (s.f). Iris Chang | Chang (2016: 54)

Debido al reducido número de soldados, los japoneses se apoyaban en gran medida en el engaño. La estrategia implicaba varios pasos. En primer lugar, prometer a los chinos un trato justo a cambio de que estos abandonaran la resistencia. Tras ello, convencerlos para que se rindieran a sus conquistadores y dividirlos en grupos de entre 100 y 200 hombres. Finalmente, conducirlos por diferentes áreas de los alrededores de Nankín, donde los ejecutaron (Chang, 2016: 61).

A causa de los bombardeos realizados sobre la ciudad de Nankín en verano de 1937, miles de personas huyeron de la ciudad. En otoño, muchos residentes permanecieron en la ciudad, ya fuera para esperar o por ser demasiado ancianos como para marcharse (Chang, 2016: 90).

Después de que los soldados se rindieran en masa, no quedó ya nadie para proteger a los ciudadanos de Nankín. Es así como los japoneses entraron en la ciudad el 13 de diciembre de 1937. Ocuparon edificios gubernamentales, bancos y almacenes, mientras disparaban a la gente al azar en las calles, a muchos de ellos por la espalda cuando huían. Después de la captura de Nankín, la masacre que se perpetró por el ejército japonés llevó a la muerte a más de 250 000 residentes de la ciudad, una cifra difícil de calcular con precisión a causa de los muchos cuerpos quemados deliberadamente, enterrados en fosas o lanzados en el rio Yangtsé.

Los japoneses mataron sistemáticamente a los residentes de la ciudad en el curso de inspecciones casa por casa, en busca de soldados chinos en Nankín. Pero también masacraron a los chinos en los suburbios de alrededores y en el campo. En los pueblos cercanos a Nankín, los japoneses dispararon a todos los hombres jóvenes que se cruzaban, bajo la presunción de que podían ser antiguos soldados chinos. Pero también asesinaron a gente completamente ajena al ejército, en caso de que dudaran o simplemente no comprendieran las órdenes, que les daban en japonés, de moverse en una u otra dirección (Chang, 2016: 66).

En aquel momento, en Nankín se encontraban ciudadanos occidentales que pudieron contemplar en primera persona los crímenes que se cometían contra la población civil después de la rendición. Lewis Smythe, secretario del Comité Internacional para la Zona de Seguridad de Nankín, fue uno de los que pudo presenciar. Del mismo modo, además de la noche del catorce de diciembre, hubo muchos casos de soldados japoneses que entraban en las viviendas de los chinos y violaban o secuestraban a las mujeres. También John Rabe, presidente del Comité Internacional para la Zona de Seguridad de Nankín, explica como algunas ejecuciones se hacían a fuera de las dependencias del Ministerio de la Guerra. También otro tipo de crímenes, como por ejemplo la violación de cerca de mil mujeres y niñas, algunas de ellas del colegio Ginling (Rees, 2009: 42).

Algunos de los crímenes cometidos en Nankín fueron atroces, y muchos de ellos los conocemos hoy en día gracias al testimonio de los soldados que participaron en ellos. Uno de los más reveladores es el de Nagatomi Hakudo, que actualmente ejerce de médico en Japón. Este dice así:

“Recuerdo que me condujeron en un camión por un sendero que había sido despejado apilando miles y miles de cuerpos masacrados. Perros salvajes roían los cadáveres. Nos detuvimos. Sacamos a un grupo de prisioneros chinos de la trasera del camión. Entonces el oficial japonés propuso poner a prueba mi coraje. Desenvainó su espada, escupió en ella, y con un fuerte y repentino golpe la descargó sobre el cuello de un muchacho chino que se encogía de miedo ante nosotros. Fue un corte limpio. La cabeza cayó rebotando hacia el grupo mientras el cuerpo caía hacia delante, con dos fuentes de sangre que brotaban del cuello. El oficial sugirió que me llevara la cabeza a casa como souvenir. Recuerdo que sonreí con orgullo al tiempo que cogí su espada y empecé a matar gente.

Pocos saben que los soldados empalaban a bebés en bayonetas y los arrojaban, todavía vivos, a calderas de agua hirviendo. Violaban en grupo a mujeres de entre doce y ochenta años, y después las mataban cuando ya no podían satisfacer sus demandas sexuales. Yo decapité a gente, la dejé morir de hambre, la quemé y enterré viva, en total más de 200 personas” (Chang, 2016: 82-83).

Los concursos de matar y las torturas

Los concursos de matar eran concursos entre soldados japoneses para determinar quién podía matar más rápido. Mientras un soldado hacía guardia con una ametralladora, los otros ocho se dividieron en parejas para formar cuatro equipos. En cada equipo, un soldado decapitaba prisioneros con una espada.

En una ocasión, una mujer embarazada luchó por su vida mediante arañazos hacia un soldado que trataba de separarla del grupo de prisioneros para violarla. El sadismo de esas prácticas era tal que soldado la mató, abrió su vientre con la bayoneta y le sacó los intestinos y el feto (Chang, 2016: 116).

Decapitación de un civil chino por parte de un miembro del Ejército Imperial japonés en Nankín (1937). Desconocido | Prisionero de Guerra
Decapitación de un civil chino por parte de un miembro del Ejército Imperial japonés en Nankín (1937). Desconocido | Prisionero de Guerra

La tortura que el Ejército Imperial practicó sobre la ciudad de Nankín sobrepasa los límites imaginables de cualquier persona humana. Algunos de los ejemplos más atroces son los siguientes:

Entierros prematuros. Los japoneses obligaban a un grupo de cautivos chinos a cavar una fosa mientras un segundo grupo enterraba al primero. Algunas víctimas eran parcialmente enterradas hasta el pecho, para luego ser cortadas a trozos con espadas o ser atropelladas por caballos o tanques (Chang, 2016: 118).

Mutilación. Por toda la ciudad clavaron a prisioneros a tablas de madera y los aplastaron con tanques, los crucificaron a árboles o a postes eléctricos, les arrancaron la piel a tiras y los usaron como diana para practicar con la bayoneta. A otros les arrancaban los ojos, les cortaban la nariz y las orejas o los quemaban vivos (Chang, 2016: 119).

Muerte por fuego. En Hsiakwan, un soldado japonés ató a prisioneros chinos juntos, de diez en diez, y los tiró a un hoyo, donde fueron rociados con gasolina y prendidos fuego. Los soldados japoneses llegaron a diseñar juegos con fuego. Una forma de entretenimiento era dirigir a grupos de chinos a los pisos altos de edificios, para luego demoler las escaleras e incendiar las plantas bajas. Muchas de aquellas víctimas se suicidaron saltando al vacío desde ventanas y tejados (Chang, 2016: 119).

Muerte por hielo. Los soldados japoneses forzaban a cientos de prisioneros chinos a desfilar hasta la orilla de un lago helado, donde se les ordenaba que se desvistieran, rompieran el hielo y se metieran en el agua. Sus cuerpos, endurecidos, eran acribillados a tiros. Otro ejemplo sería cuando los japoneses ataron a un grupo de refugiados, los arrojaron a un estanque poco profundo y los bombardearon con granadas de mano, provocando “una ducha explosiva de sangre y carne” (Chang, 2016: 120).

Muerte por perros. Esta tortura consistía en enterrar a las víctimas hasta la cintura para ver cómo eran despedazadas por pastores alemanes (Chang, 2016: 120).

Los soldados saturaron a personas en ácido, empalaron a bebés con bayonetas o colgaron a la gente por la lengua.

Las violaciones

En las culturas patriarcales, las mujeres son percibidas no solo como reproductoras, sino como las cuidadoras de las comunidades (Palacián, 2014: 2). El uso de la violencia sexual como arma de guerra es un fenómeno común históricamente. Las violaciones se relacionan con una demostración de poder, de dominio, más que con un acto meramente sexual. Sus objetivos principales, que no únicos, han sido mujeres y niñas. La masacre de Nankín hizo de las violaciones una de las armas más comunes. De hecho, se conoce también como las Violaciones de Nankín. El uso de la violencia sexual como método de represión y dominación, como se decía, es una constante histórica que, en este caso, si bien recayó con mayor dureza sobre el género femenino (algo también común) no lo hizo con exclusividad. Los hombres también fueron víctimas de estos crímenes de guerra.

Hasta que la comunidad internacional tuvo acceso a ciertos testimonios de los conflictos de Bosnia y de Ruanda, los actos de violencia sexual eran considerados por el derecho internacional humanitario como una afrenta al honor y pudor de las mujeres. No se incluían en las categorías de genocidio, crimen de guerra, crimen contra la humanidad y tortura. En 2008, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas declaraba la violencia sexual como crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. Se trata del reconocimiento por parte de la comunidad internacional de la violación como arma de guerra. Ello implica además asumir que no se trata de hechos accidentales, sino que responden a un objetivo estratégico (no militar propiamente dicho). Puede ser sembrar el terror, desplazar a la población, destruir comunidades enteras o llevar a cabo una limpieza étnica (Palacián, 2014: 2, 3).

Como ya se ha dicho anteriormente, las violaciones fue una de las graves consecuencias de la ocupación de la ciudad de Nankín por parte del Ejercito Imperial. De hecho, tal y como afirma Iris Chang, Nankín se trató de una de las mayores violaciones en masa de la historia de la humanidad. Tal es así que, para paliar este crimen, se emitió la orden de establecer casas de consuelo durante este periodo de tiempo. El plan era que, mediante la captura de entre 80 000 y 200 000 mujeres, el ejército japonés redujera la incidencia de las violaciones aleatorias de mujeres locales y así, a la vez, poder controlar las enfermedades de transmisión sexual a través del uso de preservativos.

La primera “casa de consuelo” oficial abrió sus puertas cerca de Nankín en 1938. Muchas de las mujeres se quitaron la vida cuando supieron cuál iba a ser su destino; otras murieron por causa de la enfermedad o el asesinato. Las que sobrevivieron sufrieron toda una vida de vergüenza y humillación, esterilidad y problemas crónicos de salud. Es imposible determinar con exactitud el número de mujeres que fueron violadas en Nankín, aunque los cálculos oscilan entre las 20 000 y las 80 000 (Chang, 2016: 75, 121).

Los japoneses violaron a las mujeres de Nankín sin distinción de clase social: mujeres de granjeros, estudiantes, profesoras e incluso monjas budistas, algunas de las cuales fueron violadas en grupo hasta la muerte. En Nankín los soldados japoneses las buscaban constantemente cuando saqueaban viviendas y se llevaban a los hombres para ejecutarlos (Chang, 2016: 122).

Las mujeres chinas fueron violadas en cualquier lugar y a todas horas. Se calcula que un tercio de todas las violaciones tuvieron lugar durante el día. Las supervivientes recuerdan incluso que los soldados abrían las piernas de las víctimas para violarlas a plena luz del día y en medio de las calles de Nankín, ante multitud de testigos. Los japoneses atacaron a mujeres en conventos, iglesias y escuelas bíblicas. Diecisiete soldados violaron, uno tras otro, a una mujer en un seminario (Chang, 2016: 123).

La edad de las víctimas, en ningún caso, fue impedimento para los violadores. Un número considerable de mujeres ancianas sufrieron repetidos ataques sexuales. A un soldado japonés que violó a una mujer de sesenta años le ordenaron que “se limpiara el pene con su boca”. Cuando una mujer de sesenta y dos años protestó a los soldados porque era demasiado mayor para el sexo, “le clavaron un palo como alternativa”. Muchas mujeres octogenarias fueron violadas hasta la muerte (Chang, 2016: 124).

Con las niñas no fue mucho mejor. La pederastia se incluye dentro de estos crímenes. Violaron a niñas de forma tan brutal que algunas no pudieron caminar durante semanas. Muchas requirieron operaciones después; otras murieron. Testigos chinos vieron a japoneses violar a niñas de menos de diez años en las calles y después cortarlas por la mitad con la espada. En algunos casos, los japoneses les cortaban la vagina a las niñas prepúberes (Chang, 2016: 124).

Las violaciones, con frecuencia, venía acompañada de la masacre de familias enteras. Testigos chinos describieron el cuerpo de una niña de once años que murió después de haber sido violada de forma continuada durante dos días: “Según informes de testigos oculares, la zona hinchada, reventada y manchada de sangre entre las piernas de la niña era algo demasiado perturbador como para mirarlo directamente” (Chang, 2016: 128).

Quizá una de las más brutales formas de entretenimiento japonés era el empalamiento de vaginas. Por las calles de Nankín yacían cadáveres de mujeres con las piernas abiertas y los orificios perforados con palos de madera, ramitas o hierbajos (Chang, 2016: 129).

La violencia sexual por parte del Ejército Imperial recayó con más dureza en las mujeres, pero no con exclusividad. Los hombres también la sufrieron. Con frecuencia, sufrieron sodomizaciones o fueron forzados a practicar toda una variedad de actos sexuales repulsivos ante los soldados japoneses. Al menos un hombre chino fue asesinado porque se negó a cometer necrofilia con el cadáver de una mujer en la nieve. A los japoneses también les encantaba tratar de obligar a hombres que habían hecho votos de celibato de por vida a practicar actos sexuales (Chang, 2016: 130).

Algunos de los ejemplos de tortura sexual implicaban la degradación de familias enteras. Los japoneses experimentaban un placer sádico en forzar a los hombres chinos a cometer incesto, o sea, que los padres violaran a sus propias hijas, los hermanos a sus hermanas y los hijos a sus madres (Chang, 2016: 130-131).

Pero no todas las mujeres se sometieron fácilmente. Una monja budista y una niña pequeña evitaron la violación y el asesinato porque se mantuvieron calladas en una fosa repleta de cadáveres, haciéndose las muertas, durante cinco días (Chang, 2016: 132).

Los muertos tras la masacre de Nankín 

Cuerpos chinos masacrados en una zanja (s.f). Masacre de Nankín. Desconocido | Wikimedia
Cuerpos chinos masacrados en una zanja (s.f). Desconocido | Wikimedia

Nunca logrará saberse con exactitud el número total de muertes producidas por el Ejército Imperial a raíz de la masacre de la ciudad de Nankín, pero sí que existen algunas cifras aproximadas.

El especialista militar chino Liu Fang-chu propuso la cifra de 430 000 muertos. Fujiwara Akira, un historiador japonés, da la cifra de aproximadamente 200 000. En cambio, el escritor japonés Hata Ikuhiko defiende que la cifra está entre los 38 000 y los 42 000. Otros estudios japoneses hablan incluso de no más de 3 000 víctimas (Chang, 2016: 137).

 

Conclusión

Soldado japonés practicando con la bayoneta con el cadáver de un civil chino usado como diana (1937). Masacre de Nankín. Fotógrafo de LIFE | Wikimedia
Soldado japonés practicando con la bayoneta con el cadáver de un civil chino usado como diana (1937) Fotógrafo de LIFE | Wikimedia

La Violación de Nankín se recuerda no solo por el número de personas masacradas, sino también por la crueldad con la que muchos encontraron la muerte. Los hombres chinos fueron utilizados como diana para practicar con bayonetas y en concursos de decapitación.

Entre 20 000 y 80 000 mujeres chinas fueron violadas, según estimaciones de algunos historiadores. Muchos soldados fueron más allá de la violación y destriparon a mujeres, les cortaron los pechos, las clavaron vivas a los muros. Se obligó a los padres a violar a sus hijas y a los hijos a sus madres, ante la mirada de otros miembros de la familia. La gente fue rutinariamente enterrada viva, castrada, desmembrada. Y se practicaron las más diabólicas formas de tortura, tales como colgar a personas de la lengua en ganchos de hierro o enterrarlas hasta la cintura para contemplar cómo eran despedazadas vivas por pastores alemanes. Los crímenes en Nankín fueron tan duros que hasta los nazis que se encontraban en la ciudad se horrorizaron.

El principal motivo por el cual los japoneses trataron a los chinos, especialmente en Nankín, con tanta crueldad radica en el hecho de que los consideraban inferiores, animales, además del odio que sentían hacia ellos los japoneses incluso antes de iniciarse la guerra. El nacionalismo o imperialismo japonés se desarrolló en paralelo al ascenso de los fascismos (con todos sus matices) europeos y compartió determinados rasgos con él. El sentimiento de nacionalismo exhacerbado y el odio al otro (en este caso, China) es uno de esos rasgos.

Por lo tanto, y como conclusión, no se puede entender el motivo por el cual los japoneses se comportaron de esa manera tan horrorosa con los chinos sin antes comprender el adoctrinamiento recibido por los soldados del Ejército Imperial.

Bibliografía 

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  • CHANG, I. (2016). La Violación de Nanking. El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial. España: Capitán Swing
  • HALL, J.W (1973). El imperio japonés. Madrid: Siglo XXI
  • PALACIÁN DE INZA, B. (2013). La violencia sexual como arma de guerra. Instituto Español de Estudios Estratégicos: Documentos de Análisis, 7-2013, 1-7
  • REES, L. (2009). El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Madrid: Crítica
  • SAND, J. (2000). Was Meiji Taste in Interiors «Orientalist?». Positions: east asia cultures critique, 8 (3), 637-673
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