La Francia de finales del siglo XIII y principios del XIV estuvo gobernada por el monarca Felipe IV, conocido históricamente como el Hermoso o como el Rey de Hierro, esto último, a causa de su dura e intransigente personalidad. El periodo histórico propuesto destaca por ser uno de los momentos más violentos de toda la historia de la humanidad, ya que nos encontramos con el desarrollo de las últimas cruzadas, con grandes hambrunas, persecuciones religiosas, enfrentamientos feudales, complots políticos y enfermedades contagiosas. Será con el avance del siglo XIV, cuando las cruzadas vayan quedando apartadas, dejando paso al desarrollo del continente europeo.

Felipe IV el Hermoso de Francia
Pintura de Felipe IV el Hermoso de Francia. En la parte inferior central del cuadro se observa la imagen del contra sello real.

Fue en este escenario donde nuestro protagonista gobernó con mano de hierro sus posesiones galas junto al reino peninsular de Navarra, trono ocupado prácticamente sólo de nombre. Obtenido gracias a su matrimonio con Juana I de Navarra, su único casamiento. Tras la muerte de su esposa en 1305, el rey no volvió a contraer nupcias, pasando la titularidad del reino navarro a manos del primogénito de ambos cónyuges, Luis X, quien nunca se preocupó por los navarros, autogobernándose esta región sin tener en cuenta su opinión.

Felipe IV perteneció a la mítica dinastía real europea de los Capeto, fundada por Hugo Capeto –rey de los francos– en el siglo X. Desde el ascenso de Hugo Capeto al trono (no hay que olvidar el carácter electivo de la monarquía capetina hasta el siglo XIII) hasta la caída de Felipe IV, sólo once monarcas ostentaron la corona de Francia, dejando todos ellos con vida a un heredero que pudiera perpetuar el legado de la dinastía, algo que llevó a todos sus súbditos a bendecir a los Capetos. Además, esta notable continuidad regia se plasmó en una sociedad que se terminó acostumbrando a vivir bajo la misma ley, lo que poco a poco dio lugar a una tímida encarnación de la idea de nación, la cual emanaba de la persona del rey, puesto que el rey era Francia. No obstante, la muerte de Felipe IV y la consiguiente convulsión en la sucesión de monarcas posterior destruyó todos los avances logrados, pasando los Capetos a ser vistos por sus súbditos como una dinastía envuelta en la fatalidad y la maldición como veremos a lo largo del artículo propuesto.

EL REINADO Y LA MALDICIÓN SOBRE FELIPE IV

Felipe IV el Hermoso ya desde joven se hizo amo absoluto de todas las decisiones del reino, convirtiendo a Francia en uno de los ejes centrales de Europa. A pesar de todo, nuestro protagonista no nació como heredero al trono francés, pues no fue el primogénito de Felipe III el Atrevido, sino su segundo vástago. No obstante, el destino jugo sus cartas, pues tras el envenenamiento de su hermano mayor Luis y su consiguiente muerte, el joven Felipe se convirtió en el heredero de su padre, sucediéndolo en 1285.

El monarca a lo largo de su reinado destacó por su ferrea mano para el gobierno y sus políticas restrictivas, algo que le llevó a: dominar a los barones del reino, permitir a sus vasallos comprar su libertad, apagar la sublevación flamenca, frenar a los ingleses en Aquitania y subyugar al Papado, convirtiéndose con esto en uno de los principales protagonistas de la crisis que vivió el pontificado entre los siglos XIII y XIV.  Felipe IV, a través del atentado de Anagni (1303) contra el Papa Bonifacio VIII (Pontífice que había intentado excomulgar al rey francés a través de la bula Unam Sanctam), consiguió que este abandonara la silla de San Pedro, se nombrara a un nuevo Papa (el francés Clemente V, aunque anteriormente le precedió durante un año Benedicto XI) y se trasladara la sede pontificia de Roma a Avignon a partir de 1309 hasta 1377. Así las cosas, “en este tiempo la intervención directa del monarca francés en el gobierno de la Iglesia fue completa” (GARCÍA DE CORTAZAR y SESMA MUÑOZ 2015, p.398), pues los cinco Papas siguientes fueron franceses, todo ellos, cercanos al entorno real.

Por otro lado, el éxito del gobierno real también estuvo en la intuición que tuvo Felipe el Hermoso para saber rodearse de hombres notables (Guillermo de Nogaret o Enguerrand de Marigny) que supieron aconsejarle sobre el rumbo que debían seguir sus mandatos, encaminándose la mayoría de ellos a paliar las necesidades que experimentaba continuamente el Tesoro de Francia. Algo que le llevó a poner en marcha agobiantes impuestos, a variar el valor de la moneda y a expoliar a los judíos. Sin embargo, la crisis económica se hizo notable durante su reinado, lo que llevó al reino a la ruina y al hambre, multiplicándose como consecuencia los motines y las ejecuciones en los patíbulos, ya que nadie podía oponerse a la autoridad real, todos debían inclinarse ante ella, consiguiendo así Felipe IV fortalecer el poder real francés.

Soberanía que a ojos del rey estaba garantizada, puesto que la sucesión al trono estaba a salvo, ya que contaba con tres hijos varones sanos: Luis X, Felipe V y Carlos IV; casados con Margarita de Borgoña, Juana de Borgoña y Blanca de Borgoña, respectivamente. Junto a estos varones contaba con una cuarta hija: Isabel, reina de Inglaterra tras su matrimonio con Eduardo II Plantagenet. Mujer que pasará a la historia con el nombre de la Loba de Francia, ya que fue la directora de la revuelta de los barones ingleses contra su marido, al que acabaron derrocando y asesinando. Gobernó Inglaterra tras esto, junto a su amante Sir Roger Mortimer en nombre de su hijo Eduardo III, hasta que este tomó las riendas de Inglaterra mandando ahorcar al amante de su madre en 1330.

La familia de Felipe IV de Francia
Pintura insertada en un códice del siglo XIV donde aparece retratada parte de la familia del monarca, el cual se encuentra representado en el centro de la pintura sentado en un escabel. Junto al rey tenemos de izquierda a derecha a: Carlos IV (hijo menor), Felipe V (hijo mediano), Isabel de Francia (hija), Luis X (hijo mayor y heredero) y Carlos de Valois (hermano del rey).

La suma de todo lo anterior, nos hace ver a Felipe IV como a uno de los soberanos más poderosos de toda la Cristiandad. No obstante, el monarca se encontró con un poder que logró desafiarlo y oponerse a él: La orden de los Caballeros del Temple. Esta mítica organización eclesiástico-militar ostentó una gloria y una riqueza incalculables, además gracias a su pericia financiera contó con señoríos repartidos por toda Europa, especialmente por Francia, donde Felipe IV también les confió el control del Tesoro.

La independencia y el poder que ostentaron los templarios no gustaron al monarca francés, era algo que lo inquietaba, convirtiéndose en un impedimento para lograr su objetivo económico y político para con Francia. La orden se había convertido en un nido de oposición al monarca y sus mandatos. De esta forma, Felipe IV aprovechó el control adquirido sobre el Papado para poner en marcha una conspiración contra el Temple, que lo destruyera y le permitiera hacerse con sus riquezas. Así, bajo el consentimiento de Clemente V –el Papa no tenía nada en contra de la orden pero las presiones del rey hicieron mella en su frágil personalidad–, Felipe IV ordenó a su consejero Nogaret que pusiera en marcha en 1307 un proceso jurídico contra el Temple. El proceso, no exento de corruptelas e intereses oscuros –los caballeros deberían haber sido juzgados mediante el derecho canónico–, duró siete largos años siendo en torno a quince mil hombres apresados, torturados, asesinados y obligados a confesar bajo tormento cargos como: sodomía, idolatría, hechicería, entre otros; en resumen, los templarios fueron tachados de herejes, algo que condujo a la orden hacia su destrucción.

El colofón a esta conspiración llegó en marzo de 1314 con la condena y ejecución del gran maestre de la orden Jacques de Molay, quien fue quemado vivo en la hoguera frente a una gran multitud, tras ser duramente torturado y arrancadas de su garganta varias confesiones falsas, gracias a la gran labor que los torturadores de Nogaret hicieron con el cuerpo del gran maestre. Sin embargo, Molay se retractó públicamente de sus confesiones antes de ser quemado vivo y profirió una maldición con su último aliento contra el rey, el Papa y todos los demás actores que habían participado de su desdicha.

En función de la fuente que consultemos las palabras vertidas por Molay varían, ya que los testimonios de los personajes medievales se alteran dependiendo de los cronistas consultados. Por ello, para hacernos una idea de las palabras pronunciadas por el gran maestre he decidido rescatar sus últimos deseos de los textos redactados por el escritor francés, Maurice Druon, gran experto en el tema propuesto, según el cual Molay habría dicho lo siguiente: “¡Papa Clemente! ¡Caballero Guillermo! ¡Rey Felipe! ¡Antes de un año yo os emplazo para que comparezcáis ante el tribunal de Dios, para recibir vuestro justo castigo! ¡Malditos, malditos! ¡Malditos hasta la decimotercera generación (según otros textos hasta la séptima) de vuestro linaje!” (DRUON 2009, p.117). Así, Molay profetizó la venganza divina contra los responsables de su desgracia y su comparecencia ante el tribunal de Dios en el plazo de un año. La maldición quedaba proferida y pronto aparecerían sus primeros síntomas.

Tras la confiscación de todos los bienes del Temple –parte se quedaron los caballeros hospitalarios y parte los reinos donde se hallaban sus posesiones–, la situación económica debió haber mejorado, sin embargo esto no fue así, ya que rápidamente el Tesoro francés volvió a dar síntomas de agotamiento. A esto se unió un problema inesperado que corrompió la tranquilidad del reinado, el escándalo de la torre de Nesle, el cual involucró a toda la familia real, punto de partida de la maldición que persiguió a los Capetos hasta su final. Lugar que se convirtió en un espacio de lujuria elegido por las princesas borgoñonas, Blanca y Margarita, esposas de los príncipes franceses Carlos IV y Luis X, para mantener citas con su amantes secretos, los hermanos normandos Philippe y Gautier D’Aunay, quienes además contaban con la ayuda y el encubrimiento de la otra princesa, Juana, esposa del hermano restante, Felipe V.

La torre de Nesle
Grabado que retrata la ubicación tradicional y el aspecto que tuvo la Torre de Nesle junto al río Sena, escenario del adulterio real, antes de ser destruida por completo en el siglo XVII.

El engaño fue descubierto por Isabel de Francia, la única hija de Felipe IV y hermana de los príncipes humillados. Cuando el escándalo estalló y salpicó a toda la familia real, el rey se mostró implacable con sus nueras y sus amantes. De esta forma, tras un largo consejo y tras serles arrancadas las confesiones de adulterio mediante torturas a los hermanos D’Aunay, se dictó sentencia. Los hermanos fueron condenados a ser: enrodados, despellejados vivos, castrados, decapitados y colgados en público. Por su parte, las nueras del rey, Margarita y Blanca fueron condenadas a ser encarceladas de por vida en la fortaleza de Château-Gaillard. Juana la nuera restante, por cómplice y encubridora del adulterio fue condenada a ser encerrada en el torreón de Dourdan hasta que el rey la liberase. Además, las tres nueras, según Maurice Druon, fueron condenadas también a presenciar el calvario de sus amantes en persona a través de unas carretas tapadas con lonas.

La familia real se desmoronó puesto que la condena de sus esposas dejaba a los tres hijos de Felipe IV sin capacidad para aumentar su descendencia, poniendo en peligro a los Capetos: Luis sólo contaba con una hija, Juana, tachada de ilegitima tras el escándalo; Carlos no tenía descendencia alguna con Blanca; Felipe contaba con tres hijas a las que el escándalo también podía salpicar. Este problema de la necesaria descendencia se podía haber evitado si las princesas hubiesen sido ejecutadas –opción barajada pero rechazada por las posibles consecuencias–, junto a sus amantes, ya que los hijos de Felipe IV podrían haber contraído nuevas nupcias rápidamente. Sin embargo, al ser encarceladas estos nuevos esponsales no podían darse, poniendo en peligro la descendencia regia, ya que sólo los matrimonios, según el derecho canónico, se podían anular si había evidencias de nula consumación.

Los problemas para el rey no terminaron aquí, ya que el 20 de abril de 1314, se produjo la repentina muerte del Papa Clemente V, cumpliéndose así el primer punto de la maldición de Molay, aunque pocos días antes también había muerto en extrañas circunstancias el caballero Guillermo de Nogaret (principal actor del proceso y las torturas contra los templarios), maldito también.

A continuación, con la venida del otoño de ese mismo año de 1314, llegará el momento culmen de la maldición, ya que en el mes de noviembre se producirá la muerte del monarca tras un supuesto accidente de caza, pues cuando iba a acometer una estocada a un ciervo quedó paralizado, siéndole más tarde diagnosticado un derrame cerebral en una zona no motriz del cerebro. Lo que le llevó a estar postrado en cama, hasta el día de su muerte, el 29 de noviembre de 1314. La maldición se había cumplido en su primera fase, ya que todos los malditos directamente por el gran maestre, habían perecido antes del término de ese fatídico año de 1314 –Nogaret y Clemente V en abril, el rey en noviembre–, como Molay había predicho antes que las llamas de la hoguera abrasaran su lengua.

Funeral de Felipe IV de Francia
Pintura que retrata el funeral y enterramiento del monarca Felipe IV de Francia en la basílica de Saint-Denis, necrópolis real, en noviembre de 1314. A continuación, su hijo Luis X tomó el testigo de su padre al frente de Francia siguiendo la formula tradicional: -¡El Rey a muerto! ¡Viva el Rey!

Tras la muerte del rey Felipe IV, se abría una etapa oscura para sus sucesores y para Francia, ya que todos los miembros directos de la dinastía de los Capeto posteriores acabarán pereciendo en extrañas circunstancias al llegar al trono y sin descendencia asegurada (envenenamientos, asesinatos, accidentes, complots). Este será el caso de los hijos de nuestro protagonista, Luis X, Felipe V y Carlos IV. Desapareciendo, tras sus muertes y la de Luis I el Póstumo (hijo de Luis X y Clemencia de Hungría), la dinastía de los Capeto directos, quedando el trono francés en manos de los Valois (Capetos indirectos) hasta el siglo XVI.

CONCLUSIÓN

La Francia de Felipe IV fue una nación convulsa y violenta, rasgo típico de la época propuesta, donde la mayoría de los reinos europeos se encontraban en plena ebullición política, social y militar. A pesar de todo lo narrado, Felipe IV legaba a sus hijos una Francia fuerte y poderosa, sin embargo con el último aliento del monarca en Fontainebleau, la sensación de sus súbditos fue de que el reino parecía morir con él, ya que su hijo Luis X –débil de carácter y de salud– no tenía heredero varón ni mujer en el momento de subir al trono.

Luis X volverá a casarse pero únicamente tras la repentina muerte de su esposa Margarita de Borgoña durante su cautiverio en Château-Gaillard en 1315. Castillo-prisión donde apareció estrangulada. Muerte supuestamente orquestada por su esposo, quien necesitaba casarse de nuevo para dar un heredero a Francia, ya que la nulidad matrimonial era imposible de alcanzar al encontrarse vacante la silla de San Pedro tras la muerte de Clemente V. Esponsales con Clemencia de Hungría de los que nació Juan I el Póstumo (15-19 de noviembre de 1316), monarca que sólo vivió cinco días y al que su padre nunca conoció, pues murió supuestamente envenenado en el mes de junio de 1316. Breve reinado el suyo, únicamente de dieciocho meses. Muerte que condujo al reino de nuevo a la inestabilidad y a la apertura de una etapa de regencia y de enfrentamiento entre los pares del reino.

La relación de la maldición vertida contra Felipe IV con los hechos históricos que siguieron la podemos tomar al pie de la letra o no. En mi opinión, la rápida correlación de reyes franceses tras Felipe IV,  se debió más bien a los avatares propios de la época oscura que se vivía en Europa y al reinado débil que mantuvieron los Capeto tras la muerte de nuestro protagonista, donde proliferaron las conspiraciones, los crímenes, los asesinatos y el nacimiento de varias facciones que se desgarraron a través de la intrigas palaciegas, quienes no esperaron a que se enfriara el cadáver de Felipe IV para lograr sus objetivos de riqueza y honores regios. Ya desde su juventud los hijos varones de Felipe IV daban síntomas de debilidad, a excepción de Isabel, característica que se tradujo sin paragón en sus reinados.

Pero como nadie tiene el derecho a toda la verdad sobre una época tan remota, el debate queda abierto, pudiendo cada cual pensar lo que guste basándose en mis explicaciones y en los datos históricos actuales. Pudiendo optar: o bien por la maldición como consecuencia de tan rápida correlación de reyes y de las constantes muertes regias repentinas; o por las cuestiones lógicas de debilidad monárquica, complots nobles, nulo nacimiento de herederos varones sanos de las nuevas nupcias contraídas por los hijos de Felipe IV, ambiciones y demás acontecimientos típicos de un periodo tan voluble e inestable como fue el Medievo.

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