Los gritos eran omnipresentes. Las calles estaban teñidas de sangre y una mezcla de olor a quemado y sonidos quedos se repartían por la ciudad imperial. Los “bárbaros”, como los definirá el historiador bizantino Nicetas Choniates, campaban a sus anchas; la ciudad era suya. Aquel fatídico día del 13 de abril de 1204 Nicetas se vio obligado a correr a casa de un amigo veneciano, razón por la que se salvó del saqueo. Más tarde no dudó en verter ríos de tinta sobre el acontecimiento; Constantinopla había sido tomada, finaliza la Cuarta Cruzada.

Pero lo adelantado no es sino el punto anterior al final del artículo, que tratará la Cruzada, entre 1202 y 1204, fruto de deudas, tramas, líderes ambiciosos, advenedizos y ansias de poder. Dirigida contra los griegos en la guerra santa, sin duda, menos cristiana de todas las habidas, siendo ello una marca muy difícil de superar. Pero, comenzando por el principio, hemos de conocer un poco más en profundidad de dónde era capital esa gran ciudad antaño llamada “Constantinopla”.

Mapa de Constantinopla en su máximo esplendor.

El Imperio de los Romanos

La grandeza de tiempos pasados en la capital imperial, Constantinopla, no se visualizaba tan lejana como pudiera creerse. Ciertamente no se tenía la abundancia de tiempos del emperador Justiniano I El Grande, ni tampoco el poderío de tiempos de Basilio II El Asesino de Búlgaros, pero con Alejo I o Juan II Comneno el imperio volvía a enfrentarse a sus adversidades. La economía era pujante, su ejército el mejor de la cristiandad y fueron por todos, incluso por el enemigo musulmán, reconocidos como la mayor potencia cristiana:

El señor de Constantinopla, déspota orgulloso, Goliat de la infidelidad, soberano de un Imperio que dura desde hace largos años, jefe de la cristiandad, la cual reconoce en todas partes su supremacía y se inclina bajo su yugo

Saladino (Dos jardines, II, p.169)

Cerca estuvieron de recuperar la perdida Anatolia, romana sólo medio siglo atrás, pero los frentes eran muchos y los enemigos más. Aunque no eran los foráneos los más peligrosos, y fueron aquellos más cercanos quienes propiciaron su caída, la cual, si quiere ser bien entendida, debe ir acompañada del inicio de sus andanzas.

Éstas dieron comienzo medio milenio atrás, cuando su hermano occidental finalmente cayó ante tantos ataques en 476, afectado de dolencias tanto internas como externas. Prontos intentos hubieron por recuperar el terreno perdido. Puede verse en el reinado de Justiniano I el Grande, que consiguió recuperar África, Italia y parte de Hispania, aunque a un coste económico y en vidas pírrico. La mala suerte acompañó al imperio de la mano de la Peste de Justiniano, acabando por arrasar este antepasado de la peste negra grandes zonas del Imperio. Muchos fueron los problemas entonces, sumados al malestar económico y la sangría humana, como la invasión lombarda en Italia, la amenaza ávara en el Danubio y, la peor de todas, su oriental vecino sasánida.

Del año 602 hasta el 628 el Imperio Romano se encaminó en una guerra con su rival oriental que acabaría por desgastar completa y absolutamente a ambos contendientes. Sus ejércitos quedaron diezmados, su capacidad recaudatoria mermada y sus fronteras desprotegidas mientras discurrían la forma de acabar con la disensión interna. Entonces atacó el recién creado Califato musulmán, pronto tomando las provincias orientales y africanas bizantinas mientras fagocitaba a su antiguo enemigo sasánida. Aun con el increíble empuje inicial, se consiguió defender Anatolia y el resto de provincias mediante el sistema de themas, encaramándose entonces el Imperio en una guerra contra los musulmanes que, más tarde, acabaría con su vida. (Payne, 1959, p.119)

El Imperio a finales del s.VII.

A finales del s.X y principios del s.XI los mayores representantes de la Dinastía Macedónica en Constantinopla, Juan I y Basilio II, consiguieron la mayor expansión imperial desde tiempos de Justiniano. Fortalecieron el ejército, reformaron el estado e hicieron palidecer a sus enemigos. Pero en menos de cincuenta años sus sucesores de otras dinastías perdieron todo avance conseguido. Con el emperador Nicéforo III Botaniates el Imperio se resquebrajaba tras continuas usurpaciones y emperadores incapaces. Fue en 1081 cuando la Dinastía Comneno se alzase triunfante con Alejo I, cuya labor no fue intrascendente.

Venecia y Occidente

Pero es en occidente donde se gestó nuestro siguiente protagonista, la Serenísima República de San Marcos, Venecia. La ciudad se fundó alrededor del año 421, sin excesiva certeza en la fecha, pero con motivo claro. Las continuas invasiones y razias bárbaras acabaron empujando a las poblaciones del Véneto a huir, de forma temporal, a estas islas a las que los salvajes no podían acceder. Poco a poco la población fue asentándose; las cosas eran lo suficientemente caóticas en tierra como para mudarse. (Norwich, 2018, p.29)

Vista a través de Google Maps de la actual laguna veneciana.

En el continente las antiguas dinastías bárbaras se contentaron con sus nuevos dominios. Los francos se encontraban en la Galia y Germania, mientras los visigodos en Hispania con sus trifulcas internas. A principios del siglo VI  desde Constantinopla se llevó a cabo la Renovatio Imperii, tomando para sí el África vándala, la Italia ostrogoda y buena parte de la costa hispana. Venecia, aunque regida de forma autónoma por sus 12 tribunos, se plegó ante el emperador como buena súbdita romana. La suya fue una relación cordial durante siglos cual vasallo con gran autonomía y señor que requería de favores cada cierto tiempo. La flota veneciana de la época, aunque proveniente de unas islas sin mucho más aparte de modestas casas de madera, era la más poderosa del Adriático, fundamental en toda operación en el lugar. (Norwich, 2018, p.36)

Con el paso del tiempo la relación entre el emperador y el ahora más independiente dux veneciano se iría deteriorando. La Iconoclastia bizantina del s.VIII no hizo sino disminuir enormemente su influencia en la península, con tantos súbditos descontentos que preferían al advenedizo lombardo a renunciar a su credo diario. Pero un punto culminante de su separación fue en 841, cuando Venecia envió en socorro bizantino hasta 60 galeras con 200 hombres cada una a Crotone, donde los musulmanes iban avanzando a costa imperial. La derrota fue escandalosa, narrando las crónicas venecianas la huida del almirante griego, probablemente una excusa inventada a posteriori para justificar la derrota. Las relaciones no volvierona ser las mismas. De forma paralela los tratados venecianos con otras potencias como el Imperio Franco se sucedían, concediéndoseles reiterados privilegios comerciales y diplomáticos. (Norwich, 2018, p.66)

La relación con su antigua metrópolis siguió siendo la misma de iure, manteniendo lazos en base a tratados y prerrogativas. Pero ya ninguna ayuda sería desinteresada. En tiempos de Alejo I Comneno, como su hija Ana relató en La Alexíada , el vasallo veneciano envió su armada para proteger al Imperio de la amenaza normanda. Y convenientemente menta los enormes privilegios comerciales dados a cambio, como la negación de toda clase de impuesto o aduanas a sus mercaderes, cesión de fondeaderos etc. A estas alturas Venecia se erguía como una ciudad enriquecida enormemente por el comercio; pragmática e interesada en las ayudas, muy diplomática aunque con una fuerte flota que no dudaba en usar. Pero una nueva ola de religiosidad azotaba Europa. Entramos en el segundo milenio después de Cristo, el milenarismo y el fervor cristiano dieron rienda suelta a las pretensiones papales. (Comnena, traducción de Rolando, 2016, p.253)

Mientras, las peleas ecuménicas no cesan. En 1054 la enconada rivalidad católico-ortodoxa llegó a su cenit, producto de la adopción latina de ciertos ritos cuestionados por su hermana. El papa León IX y el patriarca ecuménico Miguel Cerulario se excomulgaron recíprocamente. Las consecuencias, a la larga, serán catastróficas.

Los Comnenos y las Cruzadas

Durante el siglo XI la frontera anatolia romana fue defendida por los Akritai, señores fronterizos encargados de su protección con gran autonomía y tierras, llegando a ser problemáticos debido a su concentración de poder. Éstos estaban enfrentados a los ghazis musulmanes, cuya tarea no era defensiva, sino ofensiva. Estaban compuestos por voluntarios turcos que se dedicaban a las razias en territorio cristiano, con predilección bizantina. Fueron el germen de la caída del Imperio. (Runciman, 2006, p.72)

Lámina medieval representando a los akritai.

Hacia el año 1071 el ejército sasánida y romano se encararon en Manzikert. Irónicamente ninguno quiso tal batalla. El sultán Alp Arslan creía estar siendo atacado por el emperador Romano IV Diógenes, al cual creía aliado del Califato Fatimí en Egipto. Mientras Romano creía ser igualmente atacado. Finalmente Romano fue derrotado contundentemente; los fallos estratégicos sumados a deserciones masivas de enemigos políticos y mercenarios occidentales acabaron por dar al traste con la batalla, con el emperador capturado.  En principio lo único a deber por éste, tras su liberación, fueron ciertos tributos y la rendición de alguna plaza. Alp Arslan debía seguir con su guerra al sur. Pero no así pensaban sus aliados.

Los ghazis turcos, arremolinados en las fronteras imperiales, atacaron sin piedad. Constantinopla se envolvía nuevamente en crisis internas, con el emperador destronado, nuevos usurpadores y caos completo. Los akritai estaban destrozados y las defensas molidas por la batalla y acoso externo. Estos fanáticos religiosos entraron a tropel en la plaza más importante de todo el Imperio, Anatolia. En ella vivía la mayor parte de la población, se recaudaban mayores impuestos, conseguían más soldados y se reunía más grano. El Imperio hubo de contentarse con conservar la costa. (Runciman, 2006, p.78)

Pero ante la ascensión de Alejo en 1081 tal cosa comenzó a cambiar. Pero ahora el problema a tratar eran los normandos. Éstos estaban liderados por Roberto Guiscardo, que no sólo expulsó a los bizantinos de sus últimos reductos italianos, sino que llegó a invadir el propio Imperio junto con su hijo Bohemundo de Tarento. Sólo tras no pocas derrotas y con una resistencia a ultranza Alejo I Comneno consiguió expulsarles. Multiplicándose los frentes al atacar entonces los pechenegos, tribus túrquicas del norte del Mar Negro, siendo finalmente derrotados.

Tales éxitos no pudieron haberse completado sin grandes sacrificios. Al inicio del reinado de Alejo el ejército se encontraba en un estado deplorable, contando casi exclusivamente con mercenarios extranjeros. Tras  reformas, llevadas mayormente por la necesidad, el ejército, nutrido de forma importante de descendientes de antiguos militares, comenzó a crecer y recuperar su antiguo prestigio.

Una vez estabilizados los Balcanes y neutralizada, al menos por el momento, toda posible oposición, Alejo miró a Anatolia, en la cual aún conservaba ciertas plazas desde las que emprender su reconquista, pero sus ejércitos eran necesarios para proteger la frontera. Entonces miró al oeste, al papado, al que a principios de 1095 pidió, aprovechando una relación relativamente amistosa, el suministro de tropas para enfrentarse a los turcos. Lo que la corte en Constantinopla no pudo imaginar fue la llamada a las armas en una “Guerra Santa” que propagaría el papa desde el Concilio de Clermont.

Concilio de Clermont de 1095. Livre des passages d’Outre-mer, s.XV

Según llegaban los caballeros cruzados a la capital imperial, uno a uno, Alejo se reunía con ellos haciendo que le jurasen vasallaje. Puestos a sufrir su molesta irrupción, aprovecharía todas sus conquistas para bien imperial. Con el paso del tiempo y el continuo contacto entre culturas Bizancio aprendió a convivir hasta cierto punto y comerciar con el Islam, mas era a los “bárbaros” latinos a quien más se temía, pues en no pocas ocasiones intentaron acabar directamente con el Imperio. (Comnena, traducción de Rolando, 2016, p.391)

En el antiguo oriente romano ya la mayoría de la población era de religión musulmana, con gran cantidad de conversiones a principios del s.X, pero aún quedaban gran cantidad de cristianos en Antioquía, Edesa o la costa palestina junto con la cordillera siria. Aunque no eran éstos precisamente amigos del emperador. En el lugar se seguía la estricta regla de “mejor un infiel que una iglesia enemiga”, pues las continuas disputas entre monofisitas, cristianos armenios y jacobitas, entre otros, sólo se calmaban a la hora de combatir al enemigo común, la represiva ortodoxia griega. (Oldenbourg, 2003, p. 733)

Gracias a las cruzadas buena parte del occidente anatolio se recuperó y, aunque los príncipes cruzados acabasen por abjurar de su vasallaje imperial, también la mayoría del Mar de Cilicia con Antioquía. Los Reinos Cruzados fueron creados y guarnicionados con caballeros francos en Jerusalén, provenzales en Trípoli y normandos en Antioquía y Edesa. La región fue harto inestable, con alzamientos armenios en Cilicia y las constantes incursiones musulmanas y bizantinas para recuperar su control. En todo caso Venecia estuvo ojo avizor a la caza de posibles privilegios. Su labor en la Primera Cruzada sólo se mostró al final de la misma; pero su papel en la Segunda (1147) y Tercera (1187) fue de consideración, requiriendo tras toda intervención mayor participación y privilegios del comercio palestino según sus estados iban desmoronándose gracias al desamparo europeo. (Eberhard, 2001, p.209)

Con el tiempo los europeos asentados en el lugar aprendieron, a fuerza de carecer de hombres con los que mantener otra postura, a tener una actitud conciliadora con los locales no cristianos mientras mantenían la paz con sus poderosos vecinos, pero fue en balde. Pronto fueron perdiendo territorio y plazas fuertes, incluida la propia Jerusalén, razón por las que fueron sucediéndose las cruzadas. Volvían a necesitar ayuda.

La Catástrofe Anunciada

Manuel I Comneno, el último gran Comneno, murió en 1180. Le hubiera sucedido su hijo Alejo, pero Andrónico, pariente suyo, acabó por hacerse con el trono gracias al descontento popular con la regente y madre del niño, María de Antioquía, latina. A su llegada a Constantinopla una turba, a la que no frenó, organizó una verdadera masacre de latinos. La relación entre Venecia y el Imperio en tiempos de Manuel ya se agrió bastante debido a restricciones mercantiles y expediciones navales, aunque la cosa “mejoraría”. (Norwich, 2018, p.175)

Irónicamente Andrónico I Comneno en sus inicios fue un buen emperador, eliminando de raíz la naciente feudalización en el Imperio y la corrupción administrativa, mejorando enormemente la situación popular, con la consecuente mejora tributaria. Pero sus purgas entre la aristocracia acabaron por hacerle ganar una gran cantidad de enemigos que acabaron por volverlo paranoico, dando pie a un auténtico reinado del terror.

La guerra con Hungría pronto terminó, pues se encontraba enfrascada combatiendo a Venecia por una ciudad del Adriático llamada Zadar, de la que hablaremos más tarde. Pero las rebeliones se sucedieron con, finalmente, la guerra. Los normandos volvían y en mayor número por el este, pero nuestro actual emperador no pudo ver la resolución del conflicto, pues un pariente lejano suyo, Isaac Ángelo, le destronó en 1185. El ex basileus fue torturado hasta su final muerte.

Tras los normandos, vencidos no sin esfuerzo por Isaac II Ángelo, vino el problema búlgaro. El ejército estaba muy debilitado y éstos, bien liderados por Iván I Asen y más tarde Kaloyan, barrieron a los ejércitos imperiales. Su política exterior tampoco brilló. Venecia, aprovechando la ignorancia del emperador, le ofreció un trato que sellaría su destino en 1187; mediante éste el Imperio defendería la ciudad ante toda clase de agresor a cambio de la cooperación de los astilleros venecianos, que botarían la armada imperial. Tres de cada cuatro venecianos viviendo en las fronteras imperiales se someterían a leva para nutrir esta armada a órdenes del Mega Dux bizantino.  De esta forma se abandonó toda industria naval interna favoreciendo la veneciana, que controlaría de forma completa y absoluta los mares, cosa de la que más tarde se aprovecharon. (Norwich, 2018, p.176)

Tampoco restó mucho hasta el alzamiento de un nuevo emperador, sustituyendo al corrupto Isaac en 1195. Su hermano Alejo se coronó aprovechando su ausencia, cegándolo y encerrándolo. A continuación se sucedieron reiteradas revueltas en gran parte del Imperio; ya no eran usurpadores, sino señores locales con ansias de poder, abortando cualquier represalia a las razias búlgaras. Pero el recién coronado Alejo III Ángelo tendría un problema mayor: el hijo de su depuesto hermano, Alejo, escapó de prisión en 1201.

Cruzada a Tierra Santa

La situación en la Europa del momento no estaba completamente clara, sumiéndose la mayoría de sus países en guerras internas como la librada por la muerte del fallecido Ricardo Corazón de León o en luchas de poder en el Sacro Imperio. Era una situación “ideal” para el papa Inocencio III, nuevo papa que veía su autoridad moral indiscutida en todo el continente. De igual manera la situación no era mejor en otras partes, como en el decadente Imperio de los Romanos o el oriente musulmán tras la muerte de Saladino.

Fresco del papa Inocencio III en el monasterio de San Benedetto, 1219.

De esta forma, y tal como ya quiso su predecesor Celestino III, el papa quiso una cruzada que devolviese Tierra Santa para la cristiandad, predicándola ya en 1198. Las anteriores cruzadas, formadas por varias nacionalidades se vieron entorpecidas por las propias rencillas internas, por ello sus esfuerzos se dirigieron más específicamente al área francesa, sin apelar directamente a los atareados monarcas. (Norwich, 2018, p.183)

Conocidos predicadores como Fulco de Neully intervinieron en la misma. Pero un hito de la cruzada se produjo en noviembre de 1199, en un torneo en Ecry (actual Asfeld) organizado por Tibaldo III de Champagne. En el lugar el anfitrión y varios de sus asistentes decidieron tomar las armas, siendo nombrado Tibaldo líder de la expedición que organizada. Destacan entre los voluntarios para la aventura su mariscal Godofredo de Villehardouin, cronista de la expedición, Balduino de Flandes, Louis de Blois, Simón IV de Montfort y Hennegau y el gibelino Bonifacio de Montferrato. (Runciman, 2008, p.699)

En el año 1201 el objetivo cruzado fue fijado. Tal como tiempo atrás declaró Ricardo Corazón de León, el punto más débil del Islam se situaba en Egipto, y ahí atacarían. Pero bien es sabido que todo peón cruzado que se ofrecía para la expedición ansiaba combatir por su tierra santa, no atendiendo a los beneficios estratégicos que pudiese brindarles otro destino, por lo que se mantuvo secreto. Aunque para desgracia de su objetivo inicial Tibaldo murió de forma natural en 1201, siendo nombrado su sucesor en el liderazgo Bonifacio de Montferrato. (Runciman, 2008, p.702)

Elección de Bonifacio como líder de la cruzada. “Salles des Croisades” de Henri Decaisne en 1840.

Igualmente era necesaria una manera en que moverse hasta su objetivo, descartándose la vía terrestre por su lejanía, prefiriendo la marítima. Casualmente la única capaz de proveer semejante cantidad de barcos fue Venecia, hacia donde se envió a sus representantes para fijar un acuerdo. La República proveería para el 28 de junio de 1202 víveres para 4.500 caballeros, 9.000 escuderos y 20.000 infantes durante un año con 50 galeras a cambio de 85.000 marcos de plata y los derechos sobre la mitad de lo que tomasen; no estaba muy vivo en el corazón veneciano el espíritu cruzado. (Runciman, 2008, p.703)

Otro detalle es la no mención de Egipto en el contrato; a ambos les beneficiaba, a los cruzados por evitar explicar antes de tiempo su real objetivo, y a Venecia por estar en ese momento muy probablemente en trámites para firmar un acuerdo comercial con Egipto al que, en verdad, no tenía intención de atacar. (Norwich, 2018, p.186)

Las negociaciones acabaron y el contrato fue firmado. Poco a poco, aunque pasada la fecha acordada, los cruzados fueron llegando a la desembocadura del Po, desde donde las tropas de a pie fueron transportadas a la isla de San Nicolás de Lido, sin acceso a la ciudad. Pero surgió un problema, pues los preparativos y suministros brindados superaban hasta por tres el número real de cruzados, siendo sólo 11.000; aun tras pagar los señores hasta la última de sus monedas la deuda ascendía a 34.000 marcos de plata. La situación era desesperada y Venecia no les dejaba partir. Personajes como el obispo de Autun con sus seguidores, junto con todos los cruzados occitanos, optaron por embarcar directamente en Aigues Mortes o Marsella, privando a la expedición de un importante contingente; pero el verdadero problema vino por el exceso de confianza cruzado en sus números. (Eberhard, 2001, p.265)

Venecia, por su lado, no iba a ceder. Eran demasiado pragmáticos para dejarles ir tan tranquilamente y estropear sus intereses. A su frente se encontraba el veterano Enrico Dandolo, figura mítica veneciana. El anciano dogo, pues a su ascenso en 1192 superaba los setenta años, era una curiosa figura. Pese a su vejez conservaba la viveza de cualquier joven junto con superior lucidez y, aunque ciego por pendencias pasadas, se orientaba como cualquier otro. Posiblemente se produjese la herida que le cegó unos 30 años antes en una misión diplomática a Constantinopla, pero la información al respecto es muy limitada. (Norwich, 2018, p.181)

Grabado de Enrico Dandolo del s.XIX.

Las tropas del Lido comenzaban a intranquilizarse y los barones cruzados se sumían en la desesperación. Pero Dandolo les ofreció una moratoria; si tomaban para Venecia la disputada ciudad de Zadar, el pago sería aplazado por un tiempo, que no saldado. Esta ciudad fue causa de conflicto con el Reino de Hungría desde siglos pasados, siendo un importante nodo comercial que podía causar graves problemas a la república, que ansiaba poseerlo. Desde hacía dos décadas se alzaba rebelde, afín al rey magiar, y Venecia quiso ahora que fuesen los cruzados quienes la recuperasen. Éstos, con las tropas al borde de la hambruna, aceptaron.

Cruzada contra el Cristiano y un Emperador a la carta

De esta forma, el 8 de noviembre de 1202 la Cuarta Cruzada zarpó con hasta 480 naves, la flota veneciana al completo, para la toma de Zadar. Tras lo pasado por la tropa baja, no era excesiva su queja, no así en el caso de algunos de los barones, cuyo ánimo hubo de calmarse para no causar altercados. El día 10 se llegó a Zadar, y tras sólo cinco días de sitio la ciudad se rindió, no sin pasar antes por un brutal saqueo a la población dálmata. Tras ello hibernaron en la ciudad para continuar la campaña al año siguiente. (Runciman, 2008, p.705)

A Inocencio III no le gustó la deriva de la cruzada; veía como ésta se perdía entre sus manos en favor de aquellos odiosos venecianos que siempre le desafiaban aun teniendo representantes en el lugar. Acto seguido profirió una excomunión general a sus participantes, arrepintiéndose más tarde y lanzándola únicamente a los venecianos; Dandolo no estaba por preocuparse de las virtudes cristianas.

La toma de Zadar de Andrea Vicentino.

Pero a principios de 1203 llegó un inesperado mensajero, al menos inesperado para la mayoría. El hijo del depuesto Isaac II, Alejo, escapó de su prisión en 1201, huyendo a la corte de su yerno, el alemán Felipe de Suabia. Éste, hermano del fallecido Enrique VI e hijo de Federico Barbarroja, tenía no pocas pretensiones por un Sacro Imperio Romano universal, queriendo facilitar las del hermano de su mujer. Ya en 1201 el rey pasó las navidades con su buen aliado y vasallo Bonifacio de Montferrato, al que presentó al muchacho y con el que discutieron la posibilidad de entronizarle; pero tal reunión se guardó en secreto.

El mensajero que a Zadar llegó pedía a los cruzados sus servicios para entronizar al “legítimo” emperador. Pero no era ésta tarea realizada “sólo” por principios legitimistas. En caso de ayudarle, Alejo “IV” Ángelo saldaría la deuda que los cruzados contrajeron con Venecia; reforzaría la cruzada a Tierra Santa con 10.000 de sus hombres, financiando de su tesoro la expedición a Egipto durante un año (algo valorado en 200.000 marcos); sufragaría el costo de 500 hombres en Tierra Santa de forma permanente; y, lo más importante, sometería a la Iglesia Ortodoxa a la autoridad papal. Incluso Inocencio, al ver que la situación escapaba a su control, acabó aceptando la misión cruzada. (Ibidem)

La mayor parte de la flota partió en dirección Corfú el 20 de abril, esperando en Zadar Dandolo y Montferrato a su pretendiente, que llegaría cinco días más tarde. Buena parte de los caballeros brindaron por la nueva visión, pero muchos otros abjuraron de tal tarea, casi creándose un cisma entre los barones. Después de tanto tiempo escuchando de labios de sus predicadores, o del mismísimo pontífice, las blasfemias que proferían los orientales, tildándolos de heréticos como mínimo, no era mucho el afecto que se les guardaba entre el vulgo. Por su parte Venecia estaba satisfecha, pues Alejo III, actual emperador, se oponía a renovar sus privilegios.

En los discursos para convencer a su ya convencida soldadesca se mezclaban conceptos como el sometimiento de los heréticos vecinos, la legitimidad de Alejo o las historias de innumerables riquezas y reliquias. Pero no todos creyeron en la viabilidad de esta conducta y nobles como Simón IV de Montfort  o Reinaldo de Montmirail se separaron del grupo, siendo los únicos que realmente acabaron en Tierra Santa. Mientras que el propio Alejo perdió credibilidad según hacían sus escalas, en la misma Corfú no sólo el arzobispo local abjuró de cualquier clase de conversión, sino que las puertas de la ciudad se mantuvieron cerradas y la armada veneciana fue echada de su puerto a cañonazos. (Crowley, 2016, p.87)

En este punto los historiadores del pasado siglo se encontraban divididos entre aquellos que creían  la cruzada dirigida al Imperio desde el primer momento y quienes confiaban en el azar. Los unos poniendo en valor la predisposición de Felipe de Suabia, el “tratado” véneto-egipcio sin confirmar o la fácil cesión de sus líderes; mientras los otros una casual concatenación de los hechos que condujo al resultado final. En este caso se apunta de forma predilecta a la suerte, iniciándose casualmente para, tras ello, ser guiada por los intereses de sus dirigentes. (Eberhard, 2001, p.270)

La Ciudad Imperial

Las naves partieron de la isla el 24 de mayo de 1203, cuando les quedaba únicamente medio año de “alquiler”; debían darse prisa. En su camino a la capital imperial aguaron en la isla de Andros, siendo tomada por Venecia; tras ello saquearían los alrededores de Abido, en la Tróade, para conseguir sus cosechas, pues iban a pasar una larga temporada en la zona. Adentrándose en el Mar de Mármara saquearon parte de Calcedonia sin poder tomarla mientras el 25 de junio se encontraban ya frente a la gran ciudad.

Los cruzados establecieron su primer campamento junto Skutarion, en la costa asiática del estrecho tras un intento fallido de asalto. Hasta este mismo momento el emperador Alejo III nada había hecho por preparar sus defensas: ni las murallas se habían reforzado, ni hombres de confianza se habían reunido, ni los puentes se cortaron. No se encuentra otra explicación para su desidia que una fe desorbitada en la misión “cruzada” de la expedición camino a Tierra Santa. Hasta tal punto llegó la negligencia del emperador que, en palabras de nuestro observador, Nicetas Choniates:

“Aquellos que quisieron cortar leña para preparar los barcos fueron amenazados con los más graves castigos por los eunucos que guardaban las densas montañas boscosas, reservadas para la caza imperial” Nicetas Choniates (1593), p. 584.

Sólo en últimos instantes algunas medidas fueron tomadas, como el cierre del Cuerno de Oro. Era éste el estuario que poseía el mayor puerto de Constantinopla, cerrándose mediante una cadena izada desde el otro lado en la “Gran Torre” (siendo posterior la actual Torre Gálata) en el barrio de Pera. También los remanentes de la antaño gloriosa flota romana fueron rearmados, pero es difícil preparar adecuadamente para combatir a una enorme flota unos 20 barcos que hasta hacía poco se conservaban pudriéndose al sol sin tan siquiera anclas. Por otro lado, las tropas de las que disponía Alejo englobaban a un numeroso conjunto de alrededor de 15.000 mercenarios francos, pechenegos y eslavos de dudosísima lealtad, contando también con fieros Varegos y locales; siendo igualados, si no superados, por el contingente véneto-cruzado.

Los cruzados, por su parte, no pudieron quedar más asombrados por lo que ante sí veían. No sólo estaban junto a la ciudad más grande que jamás hubieran visto, sino a la mayor urbe de toda la cristiandad, debiendo tener por aquella época alrededor de 250.000 habitantes. Al llegar con sus barcos frente a sus enormes murallas marítimas por ambos lados hubo asombro; en las murallas se agolpaban sus habitantes, atemorizados por el invasor, mientras en los barcos lo hacían los cruzados ante la desproporción de semejante plaza.

Los cruzados, y especialmente los venecianos, tenían ventaja a la hora de amenazar Constantinopla, pues el barrio veneciano se encontraba justo junto al Cuerno de Oro. Sus comerciantes filtraron toda la información interna de la que fueron capaces al campamento latino; parece que dentro no había intenciones de ceder. El mismo 3 de julio los cruzados decidieron conseguir esa rápida “victoria” que esperaban; Alejo IV embarcó junto con Dandolo y un portavoz griego en 10 galeras que desfilaron junto a las murallas proclamando la liberación de la ciudad frente al tirano que entonces les gobernaba. No sólo recibieron abucheos, sino que las flechas de poco les alcanzaron. Ni un alma en el campamento dejó de sentir una profunda sensación de engaño; ya no veían con tan buenos ojos a Alejo. (Crowley, 2016, p.93)

Al día siguiente, y tras una misa, los cruzados planificaron sus movimientos; atacarían la Gran Torre accediendo al Cuerno con su flota. Pero el día 5, día del ataque, las fuerzas bizantinas dirigidas por el mismo Alejo se encontraban preparadas en la costa para oponérseles. En el momento del desembarco en pocos minutos los dardos fueron arrojados por cientos y la caballería comenzó a desembarcar lanza en ristre; no encontraron, colina arriba en posiciones defensivas magníficas, un solo alma. Todos los defensores, Alejo a la cabeza, huyeron despavoridos, destruyendo el puente que a su paso dejaban. La guarnición de la torre aguantó un día más, acabando por tomarse y bajarse la cadena. (Crowley, 2016, p.94)

Tras ello el ejército cruzado se encaminó al puente y, sin oposición alguna, lo reparó y se apostó frente al barrio de Blaquernas, donde establecieron su campamento; los venecianos guardarían el Cuerno con su flota. De todas las murallas que rodeaban la ciudad, la marítima, junto a Blaquernas, situada en la esquina junto a las murallas Teodosianas, era la más vulnerable ante un ataque al ser la más baja de todas con sólo una barrera. Entonces reaccionó Alejo, hostigando de forma continuada e ininterrumpida al ejército cruzado. A éste le quedaban únicamente unas tres semanas de víveres y la caballería comenzaba a escasear (pues la carne del caballo era bien valorada), pero aun con hasta siete salidas diarias no cejaron en su preparación.

Un Primer Asalto

Los líderes de la expedición, tras desencuentros iniciales, decidieron lanzar un ataque doble; venecianos desde el Cuerno y cruzados desde tierra. Los venecianos prepararon sus navíos, añadiendo a sus vergas pasarelas reforzadas con maderos y cuero por si el enemigo utilizaba el temido fuego griego; los navíos se acercarían a las murallas y las tropas escalarían hasta ellas. Mientras los cruzados consiguieron armar, aunque con dificultad, numerosas catapultas y escalas de asedio para asaltar la puerta del Barrio de Blaquernas. (Norwich, 2016, p.192)

El día 17 de julio las trompetas sonaron. Una larga hilera de grandes navíos de transporte, precediendo a las galeras, se encontraba ya dispuesta paralelamente al lienzo amurallado de la ciudad. Las vergas estaban abarrotadas de ballesteros, los lanzarrocas cargados y desde ambos bandos las miradas estaban fijas. La hora llegó, se dio la señal y ambos bandos se prepararon para el asalto. Las escalas cruzadas bajo el fuego enemigo se posaban en la muralla, al igual que las pasarelas venecianas, pero los problemas dieron comienzo. La guardia varega ocupaba las posiciones asaltadas desde tierra, no teniendo mucha dificultad en defenderlas; los venecianos estaban solos y comenzaban a flaquear.

Mapa de la toma de Constantinopla de Igor Dzis.

Fue en este momento en el que el Dogo Enrico Dandolo,  octogenario y ciego, alertado de la retirada de sus tropas ordenó a su galera que se acercase a las murallas, desembarcando en la playa y animando a sus hombres a seguirle. El ataque cobró nuevos bríos, huyendo grandes contingentes de defensores al ver las banderas de San Marcos en las almenas. Cuando los venecianos consiguieron abrir brecha en la muralla, habiendo tomado un cuarto de sus torres, la guardia varega fue enviada a frenarles. Ésta, pese a estar en inferioridad numérica, consiguió parar a los venecianos, los cuales, al verse sobrepasados, decidieron prender fuego a las casas que les separaban, ardiendo más de 50 hectáreas de la ciudad, pudiendo fortalecer su posición. (Crowley, 2016, p.99)

Por el norte, y ante la sorpresa de unos cruzados derrotados, el grueso del ejército de Alejo salió al exterior, superándoles ampliamente en todo campo. Bonifacio era reacio a avanzar contra éste, pero sus hombres acabaron por presionarle, pero, cuando ya podían distinguirse el blanco de los ojos, Alejo se retiró. La sorpresa latina fue mayúscula, pero el emperador consiguió lo que pretendía, que los venecianos aflojasen su asalto para socorrer a sus aliados. Lo que no debió calcular Alejo fue que buena parte de Constantinopla estaba observando lo que deseaban fuese la derrota definitiva cruzada. Ante tal retirada, pudiendo haber vencido fácilmente y haber destruido al enemigo, el odio de una ciudad beligerante se enzarzó con él.

Esa misma noche Alejo III Ángelo huyó de la ciudad al amparo de las sombras junto con su hija favorita, bastantes joyas y una cantidad nada desdeñable del desvalijado tesoro imperial. Su destino fue Tesalónica, pero no sería el permanente. Los funcionarios y cortesanos palaciegos, ante semejante sorpresa, decidieron acabar con el enfrentamiento de la forma más rápida posible. El depuesto y cegado Isaac II Ángelo fue sacado de su monasterio y coronado nuevamente por sus “leales” súbditos. (Runciman, 2008, p.707)

Vista del campamento cruzado, de Antoine Helbert.

El emperador, presto, envió mensajeros a los sitiadores y, ante las nuevas noticias, dos delegados francos y dos venecianos arribaron al palacio imperial, informando al ciego basileus de los acuerdos de su hijo mientras se admiraban de la ingente riqueza de la estancia. El anciano, ataviado acorde con su antigua posición, se sorprendió de manera abismal ante tales condiciones, acabando por declarar, en una reunión ya más íntima, la imposibilidad de cumplimiento ante el miedo de una rebelión. Pero los cruzados no se dieron por vencidos, insistiendo de forma amenazante a éste, que acabó por claudicar. El día 1 de agosto de 1204 Alejo Ángelo entro triunfalmente en la ciudad, siendo coronado en Santa Sofía como coemperador, el IV de su nombre.

Un Agitado Interludio

El emperador Isaac pronto resolvió la deuda cruzada con el pago de 86.000 marcos de plata a los venecianos. Éstos se encontraban contentos y tenían libre acceso a la ciudad, con la cual se maravillaron, aunque estaban asentados en Pera por seguridad. Los ánimos locales, en cambio, no eran nada positivos, pues se estaban pagando las deudas de los latinos mediante la creación y subida exorbitada de impuestos y el expolio sistemático de las iglesias, cuyas obras fundían para crear moneda. Es seguro que si hubieran sabido de la teórica rendición religiosa que su emperador había firmado, no hubiese quedado títere con cabeza. (Crowley, 2016, p.105)

Era finales de julio y los cruzados deseaban marcharse a mayor prontitud, pues su contrato con Dandolo finalizaba el 29 de septiembre. Pero Alejo tenía algo que añadir. Propuso su permanencia durante un año más para ayudarle a cimentar su poder, corriendo él con todos los gastos adicionales de alquiler de flota, víveres y acomodo. Dandolo estaba contento, pues así conseguía 100.000 marcos más. Para ganarse el apoyo cruzado igualmente dio regalos a destacados barones, aumentando, al contrario de lo que esperaba, su codicia. (Crowley, 2016, p.107)

Días tras la firma de la paz un tumulto griego se alzó contra los mercaderes latinos. Los locales amalfitanos y pisanos eran enemigos naturales de los venecianos, llegando incluso a participar en las anteriores labores de defensa, pero en la refriega no se distinguió nación y, junto con venecianos, fueron expulsados a Pera con los cruzados. Ahora éstos sólo buscaban venganza, y algunos cruzados deseaban saquear una mezquita propiedad de mercaderes árabes, mala mezcla que se fraguó el 19 de agosto. El ataque a la mezquita dio comienzo pronto, alertando a la población, pero tras ello se inició una verdadera batalla callejera en la que los italianos, en un día con especial viento, comenzaron a quemar casas en venganza por su expulsión.

Tras ello se generó el mayor incendio que el continente pudo llegar a contemplar en cientos de años; barrios completos arrasados, miles de familias huyendo de las llamas que el viento arrastraba contra ellas, verdaderas tormentas de fuego ascendiendo centenares de metros sobre el aire. En palabras de Nicetas:

“Era una visión nueva que desafiaba el poder de la descripción. Mientras en el pasado muchos incendios tuvieron lugar en la ciudad – nadie podría decir cuántos y de qué tipo hubo – los fuegos iniciados en este momento dejaron a los otros como meras chispas.”
Nicetas Choniates (1593), p. 600.

Cuentan las crónicas que las mismas llamas llegaron a lamer las paredes de Santa Sofía y que fue únicamente por un milagro que la magna basílica no sucumbiese también a la destrucción. En total 170 hectáreas de la ciudad fueron pasadas por el fuego, perdiendo su hogar otras casi 10.000 familias. Los propios cruzados pudieron contemplar el espectáculo horrorizados. La ciudad no volvería a ser la misma.

Durante parte de noviembre, Alejo IV marchó para someter varias ciudades tracias aun leales a Alejo III; al volver, los latinos dejaron constancia del cambio de actitud del coemperador, más arrogante que de costumbre. Los cruzados, ya hibernando en Pera, decidieron en enero enviar una embajada para pedir explicaciones ante los últimos impagos. En la ciudad las voces aristocráticas anti-occidentales cada vez eran más y gritaban más fuerte; estaban éstas encabezadas por Alejo Ducas “Mourtzouphlos” (“oscuro” debido a sus cejas densamente pobladas) protovestiario de Alejo IV, posiblemente primo del emperador.  Al llegar tal embajada los enviados fueron en exceso “sinceros”, llegando a amenazar veladamente al emperador de producirse un impago; no sólo Murzuflo exhortó directamente a cancelar todo pago, sino que los embajadores debieron huir a la carrera ante la masa encolerizada. El conflicto era inminente. (Crowley, 2016, p.112)

Una última vez Dandolo se reunió con el basileus frente al puerto, exigiéndole explicaciones, recibiendo una contestación insolente a la que correspondió de igual forma. La paz se había roto y en Pera los cruzados se preparaban para tomar las medidas necesarias. En noches siguientes los griegos, sabiendo de la debilidad cruzada de carecer de barcos, intentaron hasta en dos ocasiones el enviar brulotes que los destruyesen. En ambos casos la pericia veneciana impidió tal final. El enfado contra Alejo era mayúsculo, pues durante todas estas confrontaciones no hizo sino observar; no quería implicarse en exceso, pues seguía contando con los cruzados para ayudarle en caso de rebelión.

La tensión interna escaló de forma cada vez mayor hasta el día 25 de enero. Esa mañana los cruzados arrasaron los campos aledaños para conseguir avituallamiento, la gota que colmó el vaso. Una masa revolucionaria se agolpó en Santa Sofía, obligando al clero y senado a reunirse para nombrar un nuevo emperador. Éstos se reunieron, entre ellos se encontraba Choniates, y decidieron ponerse a ello, pero nadie con cabeza se ofreció para tal “honor”. Finalmente un joven aristócrata, llamado Nicolás Kannavos, fue obligado a ser ungido emperador, vitoreado por sus benefactores.

Pero tal momento también fue aprovechado por Murzuflo, que habiendo ganado fama en días anteriores veía en ésta su oportunidad. Alejo IV justo tras el nombramiento de Kannovos se temió lo peor, haciendo llamar a los cruzados para su protección, petición que, finalmente, no le dio tiempo de formalizar. Se encontraba solo, pues comenzó desde hace tiempo a gobernar en solitario por la pobre salud de su padre.

Murzuflo, como protovestiario de Alejo, tenía libre acceso a sus dependencias palaciegas, entrando la noche del 27 de enero con la connivencia del resto de cortesanos. Ahí, entre oscuridad y sorpresa, Alejo fue sacado abruptamente de la cama a voces; era Murzuflo que quería “proteger a su señor”, la guardia varega se encontraba asaltando el palacio para pasarlo por el hacha. Alejo, recién despertado y sin voluntad propia, agradeció de corazón la preocupación de Murzuflo, vistiéndose con desgastados ropajes para pasar desapercibido, iba a esconderse en lugar seguro. Pero de repente se vio acorralado, había sido traicionado e iba a acabar sus días en una oscura celda. (Norwich, 2018, p.196)

Representación de Alejo V Ducas “Mourtzouphlos” en un manuscrito del s.XIV.

Eran cuatro los emperadores y tal cosa no podía a permitirse. Isaac fue igualmente encerrado y Santa Sofía asaltada por los Varegos, que capturaron y decapitaron a Kannavos. Murzuflo sería coronado como Alejo V Ducas en Santa Sofía. Desde el fin del abastecimiento los cruzados estaban en una posición delicada, pero no por ello dejaron de vencer en batalla. El ahora emperador no se desanimó, decidido a defender la ciudad a toda costa.

El 7 de febrero se realizó el último parlamento entre los contendientes, con Dandolo y Alejo V a ambos lados; el anciano dogo le conminó a aceptar exigencias tales como liberar a Alejo IV, indemnizarles con 5.000 libras de oro y jurar obediencia al papa. Cuando Murzuflo se dispuso a irse, habiendo rechazado la oferta, una emboscada cayó sobre él, escapando de milagro. La guerra comenzaba, y se había dado cuenta de que el mantener a Alejo IV con vida hacía que la deuda veneciana viviese con él; no duró mucho su malestar, pues muerto el deudor, muerta la deuda. Poco después el anciano Isaac también murió, unos dicen que estrangulado, mientras otros que su anciano corazón no pudo soportar las noticias de la muerte de su hijo. (Crowley, 2016, p.121)

El fin del Imperio de los Romanos

No hubo un solo cruzado que no maldijese la expedición, deseando haberse escindido cuando se dio la oportunidad, pero ahora eran conscientes de algo: o capturaban la ciudad, o se quedaban varados en Pera. Su toma era ya indiscutible, alimentando tal decisión los barones cruzados, al cántico de “emperador usurpador, asesino y que ha abjurado de Roma”, los mismos clérigos les aseguraron que tomar la ciudad equivalía a rescatar Tierra Santa, enfatizándose el factor religioso al ser cuaresma. No quedaba otra.

Pero quedaba un asunto pendiente ¿Qué hacer si ganaban? No había uno que dudase en la victoria, pero no habían pensado en el después. Por ello desde principios de marzo los líderes de la expedición se reunieron para plantear futuros pactos; uno de los principales problemas era el instaurar a un nuevo emperador, puesto por el que peleaban entre los propios cruzados, habiendo algún alma cándida que proponía a Felipe de Suabia. Se resolvió que tras la toma se formase una comisión de seis venecianos y la misma cantidad de  francos que decidiesen el reparto del Imperio; quien tuviese el trono imperial cedería al contrario el trono patriarcal. Y de igual manera las tres cuartas partes de los saqueado en la ciudad sería donado a Venecia hasta haber saldado la deuda que ya con ella tenían de 150.000 marcos, tras ello, a medias. (Runciman, 2008, p.709)

Los cruzados se prepararon para el nuevo asedio igual o más contundentemente que la vez anterior, con más refuerzo en los barcos venecianos, que resistirían mejor el envite enemigo. Pero Alejo V Ducas, no era alguien contemplativo como sus predecesores; construyó encima de las bajas murallas marítimas enormes plataformas de madera de varios pisos de altura que salían hacia el exterior, dificultando enormemente su escalada. En cada torre situó una catapulta para pesadilla veneciana, tapió todas las puertas, protegió la plataforma con pieles empapadas en vinagre y situó su cuartel junto a la zona de la batalla. Estaba dispuesto a resistir. (Crowley, 2016, p.124)

Los asaltantes, en un alarde de caballerosidad, juraron sobre las reliquias que poseían el donar al botín común todo aquello que adquirieran que valiese más de 5 sueldos. Tampoco, bajo ningún pretexto, violentarían a ninguna mujer o clérigo ni dañarían iglesia o convento alguno. Nobles intenciones, pero el cruzado es una extraña mezcla de fiel y bandido, y normalmente la segunda suele predominar durante los saqueos.

El día 9 de abril ya todo estaba preparado, por la mañana la inmensa hilera de barcos quedó ya extendida, alargándose más de kilómetro y medio con el rechinar de las pisadas en sus tablones, mientras el ejército cruzado se alzaba amenazador en tierra. Murzuflo por su parte estaba preparado, y en menos de un abrir y cerrar de ojos la artillería cruzada fue destruida por las catapultas griegas de una manera increíblemente precisa; el ataque veneciano tampoco surtió efecto, demostrándose la plataforma de la muralla como de enorme resistencia contra incluso el fuego griego y de difícil escalada.

El ataque falló y levanto ligeramente los ánimos en la capital imperial, que no eran especialmente elevados. Alejo era un buen gobernante, decidido, pero que no contaba con el apoyo completo de la ciudad, pues no dudó en destituir a todo aquel que no le fuese fiel. Tampoco llegaron los refuerzos de provincias que se hubiese querido, estaban solos. Alguna figura destaca de entre los defensores como el noble Teodoro Lascaris, importante en futuros acontecimientos.

El día 11 de abril, tras su debido descanso, los preparativos del asedio se reanudaron, la moral volvía a estar alta y algún ingenio se ideó para superar anteriores inconvenientes. Mismamente los venecianos ataron en parejas sus barcos de borda más alta, aquellos cuyas vergas alcanzaban las murallas, para asaltar por dos puentes diferentes cada torre. (Crowley, 2016, p.127)

“La captura de Constantinopla en 1204” de Tintoretto, 1580.

La mañana siguiente amaneció sin sol, con la ciudad bajo el ataque de una gran tormenta que bien les hubiera podido salvar el día del incendio. La hilera de navíos volvía a cernirse sobre el Cuerno de Oro y esta vez no se retiraría. Pronto comenzó el intercambio de proyectiles, volando los pedreros en astillas a mano de las catapultas griegas e intercambiándose un sin fin de proyectiles que a hombres de toda condición se llevaron. El viento que, hasta hace unos momentos, empujaba a los venecianos tras las murallas viró, viniendo ahora del norte; las galeras no pudieron sino arremeter contra la costa con una fuerza imposible para los remeros, alcanzando la línea amurallada.

Cuenta la crónica que el primero en saltar a una torre fue un pobre veneciano que pronto murió por su temeridad, seguido de un caballero francés al que también dieron por muerto los defensores, pero al que su armadura salvó. Los desmoralizados griegos al ver alzarse al “muerto” huyeron despavoridos, llegando pronto refuerzos para el malherido franco. Pronto otra torre igualmente cayó, pero sólo eran dos en un enjambre amurallado rodeados de enemigos, la esperanza iba desvaneciéndose. (Crowley, 2016, p.129)

El asalto por tierra y mar fue simultáneo, pero en ambos frentes la cosa estaba muy igualada, con los griegos aguantando sus posiciones de forma férrea. Llegado el momento el noble Pedro de Amiens desembarcó a sus hombres en la misma playa buscando puntos débiles a asaltar, alcanzando a ver la pequeña puerta de Petrion tapiada, que, junto con el resto de su mesnada, acabaron por derribar gracias a un ariete. La situación era difícil y no podían aguantar más bajo el constante fuego enemigo, por lo que Aleaumes de Clari y su hermano Roberto, uno de los cronistas de la historia, entraron los primeros a la ciudad. Al otro lado únicamente se encontraron a unos pobres milicianos acobardados que tan siquiera plantaron batalla, Murzuflo se dio cuenta.

Ante dicha indefensión los francos entraron a tropel. El emperador intentó de todas las formas posibles reunir hombres para un contraataque y defender las murallas marítimas, pero fue inútil. Presa de la desesperación aprestó a los pocos hombres que le siguieron y cargó contra los invasores, siendo rápidamente rechazado. La batalla se decantó por completo por los latinos, que ya tomaban una tras otras las torres ante un ejército imperial desmoralizado que huía para intentar proteger a sus familias o simplemente salvarse. (Runciman, 2008, p.710)

Toma de Constantinopla vista desde el Cuerno de Oro, de Antoine Helbert

Poco más pudo ya hacer el emperador, que aún resistió a rendir su ciudad, dando gritos a los soldados y gentes que se encontraba demandando firmeza, siendo contestado con indiferencia o cobardía. Acto seguido, y viendo la situación perdida, cabalgó los 3 kilómetros que lo separaban del palacio de Bucoleón y huyó a Tracia en un barco pesquero. Sería tiempo más tarde capturado y muerto, lanzándolo desde lo alto de la columna de Teodosio, conocida desde entonces por los latinos como “Columna de Morzoflo”. (Crónica dels Fets, p.100)

Monedas Sin Valor

Las tropas latinas comenzaron a entrar a espuertas tomando todo Blaquernas, la situación ya era insostenible, pero los cruzados se entretuvieron en el norte por ese día. La mañana del día 13 en Santa Sofía se reunieron los últimos remanentes de la devastada guardia varega y varios ciudadanos notables. Se quiso coronar a un último emperador que defendiese la ciudad hasta el final, eligiéndose finalmente a Constantino Lascaris, hermano de Teodoro, que no quiso ser coronado en ese momento (hay quienes dicen que fue el propio Teodoro el nombrado y no su hermano). Ante unos Varegos que parecían dispuestos a una última batalla frente al Milión, epicentro de la ciudad, Constantino avanzó contra los cruzados hacha en mano, pero aun tras arengas y promesas, desertaron. Pronto siguió el camino de Alejo V y marchó, a Asia en este caso, junto con gran parte de la nobleza imperial.

Los cruzados se encontraban realmente tensos según avanzaban por la ciudad, esperándose que sus cientos de miles de habitantes la cobrasen cara. No por menos en gran parte de su callejero era un enorme laberinto de estrechos pasadizos, muy dados a este tipo de tramas. Pero no fue eso lo que se encontraron. Desde hacía varias décadas los ciudadanos no se encariñaban en exceso de ningún emperador, conscientes de la inestabilidad reinante, por lo que, ante el nuevo “cambio” de gobierno, no hicieron sino proceder esperando un armisticio. Miles de ciudadanos marcharon en procesión portando reliquias, cruces y demás símbolos religiosos escoltados por los pocos varegos que no huyeron; querían aclamar emperador a Bonifacio para evitar daños mayores, pero los cruzados no estaban por la labor. (Crowley, 2016, p.133)

Los griegos y su procesión religiosa no reblandecieron el corazón cruzado, al contrario. Al intentar comunicar a los francos su intención de entronizar al líder latino, éstos se abalanzaron sobre ellos. Primero tomaron todo aquello de valor que poseían los miembros de la procesión ante la estupefacción de los presentes, y acto seguido comenzó el saqueo. Lo que a continuación sucedió quedó escrito a fuego en la Historia como una de las mayores catástrofes jamás ocurridas; durante tres días completos la ciudad imperial, la mayor urbe cristiana y epicentro cultural del continente, fue pasto del saqueo. Bonifacio y Balduino así mismo contribuyeron a lo sucedido tomando y saqueando los palacios de Bucoleón y Blaquernas respectivamente.

“Entrada de los cruzados en Constantinopla” de Eugene Delacroix, 1840. Representa a Balduino I a su entrada.

Ningún voto fue respetado. Las iglesias fueron saqueadas, sus reliquias robadas, sus monjes vapuleados cuando no muertos. Toda mujer mínimamente agraciada que se cruzase con los cruzados o cuya casa fuese asaltada también sabía lo que le iba a suceder. La misma Santa Sofía fue asaltada y pillada, destruyéndose todo aquello de valor que poseyese; su altar de oro y su dosel de plata fueron rotos en pedazos y repartidos, sus ídolos robados y sus mosaicos fragmentados. Incluso entraron mulas para cargar con lo conseguido. La Iglesia de los Santos Apóstoles, lugar de enterramiento de los emperadores, fue igualmente víctima del pillaje; destaca el momento en el que se dispusieron a profanar las tumbas regias, entre las que abrieron la de Justiniano I, cuyo cuerpo se mantenía impertérrito, lo tomaron como un milagro y, a continuación, le robaron hasta sus ropajes. (Crowley, 2016, p.137)

El arte de milenios acumulado en la ciudad fue destruido a una velocidad inusitada. Incontables obras de la más fina escultura griega y romana fueron fundidas sin compasión por los cruzados.

Esos bárbaros, que no tienen amor por lo bello, tampoco se abstuvieron de tumbar las estatuas y otros maravillosos trabajos del hipódromo; con estos también acuñaron moneda, cambiando grandes cosas por pequeñas, y reemplazando cosas conseguidas con gran esfuerzo por monedas sin valor.

Del texto griego editado por J. L. van Dieten, publicado de Gruyter, Corpus fontium historiae byzantinae, XI (Berlin, 1975), 647-55

Únicamente los venecianos tuvieron mayor picardía al saquear la ciudad, no destruyendo las obras sino trasladándolas a Venecia. Dos buenos ejemplos de ello son los tetrarcas de la Catedral de San Marcos o los caballos del hipódromo. También los líderes cruzados se reservaron para sí la obtención de las mejores reliquias, como el santo sudario o la cabeza de Santiago entre otras muchas. (Norwich, 2018, p.199)

Caballos de la cuadriga del hipódromo. Actualmente expuestos en el Museo de la Basílica de San Marcos.

El Imperio Latino de Constantinopla

El gran saqueo duró tres días, pero la situación de total incertidumbre varias semanas, con violentos soldados acantonados a pocos metros de la población. Finalmente se repartió el botín, consiguiéndose 900.000 marcos de plata, siendo 400 para los cruzados y 500 para los venecianos, quienes se alegraron de los enormes beneficios de la empresa. (Eberhard, 2001, p.271)

El consejo de doce se reunió para coronar a un nuevo emperador. En días siguientes al saqueo el propio Bonifacio casó con Margarita, viuda búlgara de Isaac II, para adquirir mayor legitimidad y ganar favor de cara al trono, pero hubo un problema, los venecianos querían a alguien manejable (y sin tanto trato con Génova). Por ello el 16 de mayo de 1204 Balduino IX de Flandes se convirtió en emperador, I de Constantinopla. Este emperador se quedó, dentro de la ciudad, con los palacios de Bucoleón y Blaquernas, junto con ¼ del antiguo Imperio, consistiendo en Tracia, Asia noroccidental, Lesbos, Quíos y Samos. Tan siquiera tuvo alodios, enfeudando hasta a 600 vasallos. Su poder fue más ilusorio que real, siendo los asuntos del reino realmente dirigidos por un consejo véneto-franco. (Eberhard, 2001, p.272)

Situación de la Romanía tras la cruzada.

Bonifacio por su parte originalmente poseía tierras en el norte griego y Anatolia, pero cambió por querer mayor estabilidad. Consiguió Macedonia y Tesalia, con las que fundó el Reino de Tesalónica, aunque jamás llegase a coronarse. También tuvo Creta, pero para ganar el favor veneciano se la vendió por 5.000 ducados de oro (aunque estuviese infestada de piratas genoveses). Éstos eran poseedores de “un cuarto y medio cuarto” del Imperio, con tres octavos de toda Constantinopla. Pero los venecianos no eran gentes de tierra, renunciando de facto a grandes extensiones territoriales, como todo el Epiro o Morea, a cambio de plazas fuertes costeras y puertos principales en Mármara.

Consiguieron así mismo que se formase un “estado” cruzado completamente dividido, reduciéndose este Imperio Latino realmente a un protectorado veneciano mientras éstos tan siquiera tenían que jurar lealtad a “su” emperador. Muchos otros nuevos estados latinos fueron creados en el lugar tras su conquista a los locales ortodoxos. Destacan algunos como fue el Principado de Acaya, gobernado por francos y símbolo de la caballería medieval, situado en la península del Peloponeso; el Ducado de Atenas, primero dependiente de Tesalónica y luego de Acaya, recibiendo en el siguiente siglo la visita de la famosa expedición almogávar; y las Cícladas, conjunto de islas del Egeo en la que por cada peñasco podía concebirse un reino, propiedad de iure veneciana que fue pasto de piratas y finalmente de señores locales de maleable lealtad. El patriarca veneciano fue colocado en Hagia Sofía; ya nadie habló de Jerusalén. (Norwich, 2018, p.202)

Por otro lado no toda tierra griega claudicó ante el dominio cruzado. En Trebisonda, actual Trabzon junto al Mar Negro, se instalaron los nietos del emperador Andrónico I, en el llamado Imperio de Trebisonda, haciéndose conocer como Grandes Comnenos. Su principal riqueza vino a través de sus minas de plata y el comercio, pero pronto abandonaron su visión imperial, acabando como vasallos mongoles. El Despotado de Epiro se situó en las actuales Albania y occidente heleno en manos de una línea bastarda de los Ángelo, disputando el territorio imperial de forma continuada a sus contendientes, siendo finalmente reducido a la intrascendencia y vasallaje rival.

Pero el final “relevo” del previo Imperio restó en el Imperio de Nicea. De Constantino Lascaris nada se supo tras primeras batalla, dándosele por muerto. Por ello Teodoro fue coronado por un nuevo patriarca, casándose con una hija del asesinado emperador Alejo III. Con una frontera turca calmada al reforzar el sistema de akritai, se centraron en retomar Europa en alianza antinatura con los búlgaros.

En el mismo 1205 sucedió la Batalla de Adrianópolis, en la que el ejército completo latino fue masacrado por el búlgaro, siendo el propio Balduino I muerto, ascendiendo su hermano Enrique. La historia del primer emperador del nuevo imperio fue breve, caótica, corta y rodeada de pobreza. Curiosamente con la mayoría de gobernantes de los nuevos principados ocurrió de forma similar; aventureros que vinieron con ansias de riqueza acabando por morir en la pobreza, como sucedió a Bonifacio en manos de los epirotas cuando tomaron Tesalónica.

Dandolo no tuvo mejor destino, permaneciendo en Constantinopla hasta el final de sus días ese mismo año; tras la cruzada pidió a Inocencio III la remisión de sus votos cruzados y el poder volver a su patria, pero el papa rió último, debía primero ir a Tierra Santa en cruzada, cosa que no alcanzó. Pero si algo se puede admitir, es que sin su decidida intervención y dirección, la cruzada jamás hubiera conseguido lo que obtuvo situándose como una verdadera leyenda. Fue la única persona en ser enterrada en Hagia Sophia.

Tras la Cuarta Cruzada

Un daño colateral producido por la cruzada fue el progresivo abandono de Tierra Santa. La propia Venecia desvió su atención en buena parte de Siria a la Romanía. Los latinos de los enclaves palestinos acabaron por migrar a tierras griegas en busca de feudos que poseer o en busca de aventura, llenándose sus caminos y mares de oportunistas que acababan por conseguir tierras. (Crowley, 2016, p.151)

Mientras de entre todos aquellos que recibieron algo de la cruzada, Venecia fue sin duda la más beneficiada, por no decir que cumplió todas sus posibles aspiraciones. El Mediterráneo oriental se convirtió en su lago privado, pues Génova y Pisa tenían vedada la entrada a oriente, iniciándose con la primera una guerra que duraría siglos. Su comercio estaba libre de cualquier clase de impuestos y dominaba las rutas mediante sus numerosísimas bases. Entre estas destacan, en orden de trayecto, Durazzo, Corfú, Modona y Corona (“los ojos de Venecia” en Morea), Creta y Negroponte (antigua Eubea) entre otros muchos, gobernando el lugar mediante sus podestás. Tal fue el impacto comercial del nuevo “imperio” veneciano que llegó a plantearse, para ser pronto rechazado, el cambiar su capital a Constantinopla.

El gobierno veneciano de cara a sus nuevos e indeseados súbditos fue, por lo general, aceptable y no en exceso violento. Pero de sus nuevos dominios destacó especialmente Creta, su mayor y más necesaria posesión. Se situaba en el enlace entre las rutas a Egipto y Siria y las de Constantinopla y el Mar Negro, iniciándose pronto una colonización militar con la que migraron hasta 10.000 venecianos. Pero no es exagerar el nombrar los alzamientos locales por centenares; aparte de los altos impuestos, hubo un campesinado con un culto proscrito, separado racialmente, sometido a una represión brutal, aislado,  con levas obligatorias, expropiaciones y, en general, en unas condiciones serviles extremas. Jamás caló en el corazón cretense otra patria que la romana ni otra religión que la ortodoxa, y así lo mostraron. (Crowley, 2016, p.155)

Los cruzados actuaron, en principio, por el fin del cisma oriental, pero tal no fue sino un sueño vista la realidad. En Constantinopla y en toda iglesia dentro de sus feudos se implantó el rito latino, seguido por los propios latinos. Entre los locales la invasión e imposición no hizo sino ahondar de forma más profunda y duradera el odio mutuo que se profesaron y profesarían, trascendiendo los siglos y llegando hasta nuestros propios días. Inocencio III en cambio vio su influencia aumentada, dando inicio una nueva era de cruzadas e intervención papal masiva, siendo por su voluntad que los monarcas gobernaban. (Jaspert, 2010, p.74)

Por parte latina, sus gobiernos no dejaron jamás de ser sino sombras que luchaban entre sí y contra los griegos por sus intereses. La propia Venecia se dio cuenta de su enorme debilidad bien pronto; ya en 1219 firmó un tratado comercial con los nicenos, refiriéndose a Teodoro como “emperador de los romanos”, viva muestra de lo triste de la posición latina. (Norwich, 2018, p.211)

Su final enemigo fue el Imperio de Nicea, que progresivamente fue capturando sus posesiones hasta 1261. En tal año, y bajo el gobierno de Miguel VIII Paleólogo, Alejo Estrategopoulos y 800 mercenarios cumanos entraron en plena noche en Constantinopla, con la venia de los guardias, por la Puerta de Selimbria. Toda la guarnición se encontraba en campaña, sin ninguna defensa. Pronto la tropa quemó el barrio veneciano al completo mientras un atónito Balduino II, último emperador latino de facto huía a Italia. Con la entrada triunfal de Miguel y su coronación en Hagia Sofía parecían venir nuevos tiempos para la ciudad, que únicamente conservaba 35.000 habitantes.

Puerta de Selimbria por la que recuperó la ciudad Alejo Estrategopoulos.

Tras ésto el núcleo comercial veneciano se trastornó, asentándose en 1273 los genoveses en el barrio de Pera. Pero no afectó en exceso, pues no sólo Venecia conservó su imperio, sino que  ambas repúblicas fueron turnándose la órbita imperial. Irónicamente en lo máximo que contribuyó esta cruzada fue en el fortalecimiento musulmán. Los turcos anatolios no sólo dieron buen avance ante el derrumbe bizantino, sino que se encontraron tras ello a un Imperio en decadencia y extenuado hasta la saciedad. Éste estuvo hasta el final rodeado de enemigos y el mal gobierno lo acabó por sumir en la desgracia. La ortodoxia seguiría viva en el lugar, pero no gracias a los cruzados, que sacrificaron su poder en beneficio propio a costa de la defensa a futuro de todos los Balcanes. (Eberhard, 2001, p.278)

Pero, sin duda alguna, la mayor consecuencia de la Cuarta Cruzada, y por la que aun todo ser consciente puede lamentarse, fue la pérdida cultural del saqueo. Como bien se relató, en éste no sólo se perdieron esculturas milenarias, grandes trabajos artísticos y las más preciadas reliquias de la cristiandad, sino también escritos. Las más valiosas bibliotecas privadas y públicas de la ciudad, la más erudita de Europa, fueron pasto del saqueo y las llamas, perdiéndose con ella innumerables volúmenes de los textos y sabiduría clásica que difícilmente pudieron recuperarse. Sólo en las mentes de los sabios bizantinos se mantuvieron, transmitiéndose en un futuro a occidente, como uno de los muchos acicates que propiciarían la aparición del Renacimiento.

Una cruzada cristiana iniciada en bancarrota, guiada por intereses económicos y dirigida contra el mayor escudo existente contra el Islam. Destruyó al Imperio de los Romanos y debilitó la posición cristiana en el lugar, con su legado de por medio. Con gobiernos débiles que pronto cayeron contra un renacido Imperio que no haría finalmente sino volver a caer. Una vez más las Cruzadas se consolidaron como lo que eran, empresas motivadas en última instancia por el interés personal, primando éste sobre el religioso.

Bibliografía:

  • Hans Eberhard Mayer. (2001). Historia de las Cruzadas. Madrid: Istmo.
  • Nikolas Jaspert. (2010). Las Cruzadas. Valencia: Publidisa.
  • Steven Runciman. (2008). Historia de las Cruzadas. Madrid: Alianza Editorial.
  • John Julius Norwich. (2018). Historia de Venecia. Barcelona: Ático de los Libros.
  • Zoé Oldembourg. (2003). Las Cruzadas. España: Edhasa.
  • Roger Crowley. (2016). Venecia, Ciudad de Fortuna. España: Ático de los Libros.
  • https://web.archive.org/web/20021015202331/http://www.kcl.ac.uk:80/kis/schools/hums/byzmodgreek/Z304/NicetasSignis.htm [23/12/2018]
  • https://archive.org/details/librodelosfecho00fatgoog/page/n10 [21/01/2019]

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