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La gran batalla del Ebro, 1938

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Franco y el general Fidel Dávila, en el Coll del Moro (Gandesa) durante la batalla del Ebro, en el otoño de 1938. Fuente: Agencia EFE (El Periódico).

Desde el año 1936, los españoles estaban enzarzados en una guerra civil que iba camino de los dos años. A finales julio de 1938, el Ejército Popular Republicano lanzó una ofensiva en el Ebro que se convertiría en el mayor enfrentamiento de la contienda española.

Antecedentes de la batalla (I): Los nacionales

El año 1938 comenzó con unos meses negros para las armas republicanas. A principios de enero se había logrado tomar Teruel, la única capital de provincia que cayó en manos republicanas. Este éxito fue parcial, ya que después, a finales de febrero, la plaza fue de nuevo ocupada por el ejército nacional. A partir de aquí se desencadena el desastre.

La batalla de Teruel supuso un gran desgaste para el ejército republicano. Las tropas de Franco en cambio, solamente necesitaron de dos semanas para descansar y ponerse de nuevo en marcha. El 7 de marzo se lanzo la ofensiva contra Aragón. El ejército franquista se encontraba a menos de 100 kilómetros del Mediterráneo, y el llegar significaría el abrir una nueva línea de suministros desde el exterior. “Fue la primera vez que, por ambos bandos, se utilizaron gran número de carros de combate, pues los nacionales poseían ahora cerca de 200 de estos vehículos, en gran parte pequeños carros alemanes e italianos, y carros de mayor tamaño, soviéticos, capturados al enemigo” (Payne, 1986: 196).

La gran batalla del Ebro, 1938
Ametralladora Hotchkiss M1914 en Teruel durante los combates de 1938.

La ofensiva nacional fue imparable. En los primeros días de la misma, las líneas gubernamentales se hundieron sin que nada se pudiera hacer. Las divisiones franquistas entraron en Aragón; en las antiguas zonas donde habían existido colectivizaciones anarquistas desde 1936. Asimismo algunas unidades se adentraron por la Cataluña noroccidental y también lentamente por el Pirineo. El general Yagüe, ansioso por entrar en Cataluña, recibió la orden de detenerse completamente durante la segunda semana de abril.

El ejército de la República parecía haberse hundido finalmente, pues la resistencia ofrecida durante la ofensiva enemiga había sido poca o nula. “Durante la primera fase principal de la ofensiva, en marzo, el total de bajas nacionales entre las unidades en combate había sido de apenas el 1%; tan débil había sido la resistencia republicana” (Payne, 1986: 198). El 3 de abril de ese año el ministro de interior, Ramón Serrano Suñer, «El Cuñadísimo», había declarado “la guerra toca a su fin”. El día 15 de abril, Viernes Santo, la 4ª. División de Navarra del coronel Alonso Vega alcanzó al fin el Mediterráneo.

Fue entonces cuando Franco, en una de sus tantas discutibles decisiones, tomó la determinación de no continuar con el ataque hacia Cataluña y centrarse en Valencia. Este hecho cambió una vez más el rumbo de la guerra, pues en Valencia, los republicanos estaban bien parapetados en sus líneas defensivas y es allí donde se estrelló la ofensiva sublevada. Esto ayudó sin duda a dar un respiro al ejército de la República para reorganizarse y continuar la lucha.

Antecedentes de la batalla (II): Los republicanos

A pesar de que la situación se estabilizó a finales de abril de ese año, los republicanos habían recibido duros golpes en el desarrollo de la ofensiva franquista. El principal hecho fue que la zona republicana había sido dividida en dos partes, el centro por un lado y Cataluña por otro. La zona de centro, que incluía Madrid, era donde se encontraban la mayor parte de los cuerpos y unidades republicanos, además de ser un sector financiero importante. La zona de Cataluña quedaba en desventaja, aunque también era un centro industrial clave.

Otro golpe se dio a principios de abril, cuando el ministro de defensa, Indalecio Prieto, viendo la situación, optó por dimitir de su cargo. Prieto comenzaba a ser un incordio para la política de resistencia que se había impuesto en la República. Además, “Azaña, que nunca concibió como posible la victoria y siempre apostó por la imposición de un cese de las hostilidades tutelado desde el exterior, clamaba por la «paz, piedad y perdón»” (Jiménez, 2013: 6). Frente al derrotismo y el pesimismo de algunos políticos republicanos, se encontraba el grupo dirigido por Juan Negrín y Vicente Rojo que defendían una política de resistencia.

Negrín exclamó “Resistir es vencer”. El presidente del consejo asumió el mismo la cartera de defensa y junto al general Vicente Rojo creían fielmente en la victoria. Una victoria que debería estar apoyada por supuesto en el ejército y también en la situación internacional. Durante el mes de marzo se había sucedido la anexión alemana de Austria, algo que puso contra las cuerdas la política de apaciguamiento. León Blum, presidente de la República de Francia, era simpatizante de la II República, y durante ese mes reabrió las fronteras para que entrara material de guerra en Cataluña.

En el gobierno había un pensamiento claro de que la situación internacional estaba cambiando, que la paz existente se iba a resquebrajar y un nuevo conflicto mundial iba a comenzar. Por supuesto, el gobierno republicano sería aliado de las potencias occidentales. Para esto debían demostrar fortaleza frente a los enemigos. Vicente Rojo, como en otras ocasiones pretendió organizar una operación decisiva que devolviera la iniciativa a la República y cambiara las tornas de la guerra.

La preparación de la operación

A finales de la primavera y comienzos del verano se inició en Cataluña una nueva movilización. Esto se tradujo en la llamada a filas de los reemplazos de 1927, 1928 y 1941, seguidos de los de 1925 y 1926, y finalmente los de 1919 y 1922. Esto produjo la llegada de miles de reclutas que comprendían edades por debajo de los 20 y por encima de los 30 hasta los 40. En total, 200.000 nuevo reclutas quedaron encuadrados en el llamado Ejército del Ebro (al mando de Modesto) y del Este. Aunque lo cierto es que solamente la mitad de los efectivos, entre 80.000 y 100.000 hombres participaron en los combates.

Vicente Rojo planeó el cruce en diferentes sectores del Ebro como una operación de golpe sorpresa. “El plan del general Rojo consistía en cruzar el Ebro por sorpresa y lanzar un ataque – el principal – por el centro del arco que describe el río entre Fayón y Xerta (Gandesa), mientras se realizaban asaltos demostrativos al norte, entre Mequinenza y Fayón, para impedir un contraataque por el flanco y cortar las comunicaciones del enemigo” (Beevor, 2013: 527). El objetivo con esta ofensiva era el liberar la presión que estaban ejerciendo los ejércitos franquistas sobre Valencia. Como en Teruel, la misión era también el distraer tropas nacionales de otros frentes. Además se lanzaría una segunda ofensiva desde el frente del Centro, en dirección Extremadura, si la ofensiva del Ebro tuviera éxito en las primeras semanas.

Para el cruce del Ebro se disponía del V Cuerpo de Ejército (divisiones 11, 45 y 46) mandando por el teniente coronel Enrique Lister, el XV Cuerpo de Ejército (divisiones 3, 35 y 42), mandado por el también comunista, Manuel Tagüeña; y finalmente el XII Cuerpo de Ejército (divisiones 16, 44 y 56), mandado por el teniente coronel Etelvino Vega, que actuaría como reserva. Hay que destacar también la participación de unidades de las Brigadas Internacionales. Los internacionales durante estas fechas ya son pocos y sus formaciones están repletas de españoles. Sobre estas unidades enviadas a la batalla hay diferentes opiniones, Beevor cita a un voluntario inglés que expresa que en muchos casos son reclutas poco entrenados, mientras que Jorge M. Reverte dice que estas unidades son escogidas por Vicente Rojo debido a su efectividad y lealtad.

La preparación es minuciosa, durante el verano, exploradores republicanos cruzan por las noches el río para reconocer las orillas e informar sobre el estado de las mismas. Se contacta también con campesinos y gentes del otro lado para preguntar sobre cuáles son los mejores lugares. “El paso del Ebro fue ensayado minuciosamente, durante toda una semana, por las tropas republicanas en barrancas, en ríos y en el mar. Los cuerpos de ingenieros escenificaron el cruce en aguas del Delta con los puentes fabricados en Barcelona o comprados a Francia” (Beevor, 2013: 528).

La gran batalla del Ebro, 1938
Soldados del Ejército Popular Republicano construyendo una pasarela en el Ebro.

Otra cuestión que ayudó a que esta ofensiva pudiera ser pensada y ejecutada fue la llegada de material de guerra a Cataluña desde marzo hasta el 13 de junio, cuando Francia cierra de nuevo la frontera debido a la crisis de Checoslovaquia. Se contabilizan 25.000 toneladas de pertrechos entre los que hay fusiles, ametralladoras, municiones, aviones y tanques. A pesar de todo, siempre faltaron armas para equipar a toda la tropa. “Por ejemplo, la 35ª. División de Pedro Mateo (11.817 hombres a razón de entre 3.000-3.300 por cada una de sus tres brigadas mixtas) registrará solo 5.578 fusiles, careciendo de armamento individual asignado unos 1.500 combatientes por brigada” (Oña, 2013: 13).

La zona franquista ante la batalla

La orilla opuesta del Ebro esta a las ordenes de Yagüe. Las tropas nacionales defienden un frente sobredimensionado, un frente que va desde la unión de los ríos Segre y Noguera Ribagorzana hasta la desembocadura del Ebro en el Mediterráneo. La defensa queda dividida en tres sectores, y cada uno está ocupado por una división. En Segre (1) se encuentra la División 40ª y una bandera del Tercio, en Gandesa (2) la División 50ª, y finalmente en el Bajo Ebro (3) la División 105ª más dos batallones de la división de Caballería y una sección de carros blindados. En la reserva se estaciona la 13ª División, una de las mejores del Ejército Nacional según el doctor y autor Juan José Oña.

Así pues, el dispositivo franquista en el Ebro quedaría guarnecido por: Cuerpos de ejército de Navarra  al mando del general Solchaga, con las divisiones 3ª, 61ª, 62ª y 63ª; de Aragón al mando del general Moscardó, con las divisiones 51ª, 53ª y 54ª; y por último el Marroquí al mando del ya nombrado Yagüe. El cuerpo marroquí será el encargado de recibir el envite republicano.

Con los movimientos de tropas detenidos por orden del generalísimo, la misión de Yagüe consistió en mantener una actitud defensiva y resistir un posible ataque gubernamental. Esta espera al desarrollo de los acontecimientos le llevó a realizar misiones de observación y de reconocimiento aéreo. Estas pequeñas misiones fueron de gran importancia, ya que se tuvo información de primera mano sobre el movimiento de tropas detrás de las líneas enemigas. Igualmente, los testimonios de desertores y personas que habitaban la región vinieron a confirmar este hecho también, que los republicanos estaban preparando alguna clase de operación.

Tanto es así, que el general Yagüe inició trabajos de fortificación durante todo el mes de julio. Se estableció una línea de vigilancia en la misma ribera del río para rechazar posibles incursiones, además se ordenó montar emboscadas en lugares de paso obligado. La zona defensiva era de una gran fluidez y se confiaba en que el foso del Ebro actuara como defensa natural para los batallones allí apostados. El Estado Mayor de Yagüe analizó la situación y afirmó que una operación que pretendiera cruzar el río sería de difícil desarrollo “pues exigía pericia, técnica, audacia, disciplina, decisión y un perfecto funcionamiento de los servicios: “Ninguna o muy pocas de estas condiciones reúne el enemigo”, concluiría” (Oña, 2013: 15).

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Mapa de las operaciones en el Ebro, julio-noviembre de 1938.

El cruce del Ebro, 25 de julio – 3 de agosto

La noche del 24 de julio, las tropas republicanas están preparadas para el asalto. A las 00:15 horas del día 25 de julio, los primeros botes de remos comienzan a atravesar el río. Minutos antes de que esto ocurra, algunos soldados gubernamentales han cruzado el estrecho a nado y han pasado a cuchillo a los centinelas para que la sorpresa dure lo máximo posible.

En las primeras horas de ataque, se puede ver que el dispositivo de defensa de Yagüe no se sostiene y que los análisis de su Estado Mayor han sido erróneos. La 50ª División del Ejército Nacional había sido apostada en el sector de Gandesa, y es allí donde se concentró el ataque principal del Ejército del Ebro. La unidad no tardó en ser sobrepasada y sus integrantes en huir despavoridos intentando no ser capturados. Yagüe arriesgó demasiado en poner a una división de nueva creación y bisoña en un puesto de tan alta responsabilidad.

Los soldados republicanos cruzaron el Ebro por doce puntos distintos. Esta operación de traslado fue realizada primero por más de 250 botes de remos. Parte de estas pequeñas embarcaciones habían sido requisadas en las costas catalanas y se habían unido a las ya disponibles en los diferentes cuerpos. “Con cabida media de 10 hombres y a 8 minutos de trayecto en el río, proporcionaba a su conjunto una capacidad teórica de transporte de 8.000 combatientes/hora” (Oña, 2013: 14).

Después de las embarcaciones, se comenzaron a tender diferentes tipos de puente. Desde simples pasarelas por donde cabían apenas una fila de soldados a puentes metálicos por donde podían circular los carros blindados y camiones. Los más ligeros se tendían en apenas un par de horas, mientras los pesados necesitaban de uno o dos días. Para contrarrestar esto, el ejército franquista utilizó de manera masiva la aviación y las presas para provocar inundaciones. La aviación republicana no apareció en escena para defender a sus unidades, por lo que lo que la aviación rebelde actuó impunemente.

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Soldados republicanos cruzan el río Ebro durante el día 25 y 26 de julio de 1938. Fuente: prensa de la época.

Los soldados nacionales comienzan a caer prisioneros al verse superados por las brigadas gubernamentales. Al nordeste, en Riba-roja, la 31ª. Brigada Mixta de la 3ª. División cruzan el río, rodean la población y hacen rendirse a las fuerzas franquistas. La 33ª. Brigada Mixta también de la 3ª. División, cruza el río a unos tres kilómetros al sur de Flix y ocupa la fábrica química de Cros. En Ascó, las tropas republicanas de la 35ª. División Internacional, cruzaron con más dificultad debido a la resistencia puesta por las fuerzas rebeldes del 16º de Mérida y el 4º de Gerona. “Gritando en diferentes lenguas “Adelante, hijos de Negrín”, los internacionales se lanzaron al río” (Hernández y Rubio, 2013: 26).

En el extremo sur, en donde se planteaba una penetración con el batallón internacional Communne de París se saldó con un rotundo fracaso. Los internacionales franceses cruzaron el río en barcas, pero los nacionales, atrincherados en la otra orilla destrozaron a los voluntarios con su fuego. Pese a los retrasos y los errores que se cometieron, el primer día de ofensiva se salda con un balance bastante positivo para los cuerpos gubernamentales y ciertamente negativo para las unidades franquistas. En manos republicanas quedan más de 4.000 prisioneros.

Por contraparte, el día 25, las unidades rebeldes se retiran alrededor de Gandesa. Esta localidad va a ser clave en el desarrollo de los combates. En Gandesa los republicanos centran sus esfuerzos para superar la defensa improvisada que han montado diferentes formaciones nacionales. Si la población cae, el frente podría hundirse irremediablemente. Franco, viendo la situación y para evitar el desmoronamiento, retira divisiones de otros frentes para enviarlos al Ebro. El tapón creado por diferentes batallones, regimientos, banderas y tabores en la ciudad permite que esta no caiga.

Los días 26 y 27 los ataques contra la localidad continúan con gran intensidad. Los gubernamentales, a pesar de que tienen al alcance de la mano la ciudad, no pueden hacerse con ella. En retaguardia, la aviación franquista (españoles, italianos y alemanes), bombardea sin cesar los puentes y pasarelas, lo que dificulta el traslado de unidades y sobre todo de material bélico. El producir este retraso le otorga a Franco una victoria. Modesto, el jefe del Ejército del Ebro, lanza una y otra vez a sus brigadas contra Gandesa. Por el norte, por el sur, pero lo más lejos que llegan sus soldados es a entrar en las primeras casas y en el cementerio.

En los siguientes días y hasta primeros de agosto, el panorama se repite con los mismos resultados. A pesar de que los republicanos han conseguido cierta cantidad de material para acompañar los ataques, los franquistas han conseguido una superioridad artillera y aérea, lo que les da la ventaja. Finalmente entre el 1 y el 3 de agosto, Modesto ordena al Ejército del Ebro que pase a la defensiva. “Durante la primera semana de la batalla ha perdido [Modesto] 12.000 hombres a cambio de 800 kilómetros cuadrados de un terreno desolado, sin árboles, salpicado aquí y allá de majuelos y coscojas, de nulo valor estratégico” (Beevor, 2013: 533).

Las contraofensivas franquistas

La rápida respuesta de Franco al reto que le propuso Vicente Rojo con la ofensiva del Ebro permitió al Ejército Nacional aguantar el tipo. A esta rápida respuesta se le unió el error republicano de no haber utilizado la aviación desde el primer momento como ya se ha dicho anteriormente. Una vez paralizado los avances gubernamentales, los defensores pasan a ser atacantes y se comienza a planear una maniobra para recuperar el territorio perdido durante los frenéticos días que acaban de terminar.

Las conquistas que habían realizado los republicanos tenían poco valor estratégico, pero sí simbólico. Habían hecho retroceder las líneas franquistas, se había capturado material bélico y prisioneros. Sin embargo, el Ejército del Ebro se encontraba en una posición delicada que los nacionales van a aprovechar. En el territorio no se podían construir complejas estructuras defensivas, además, las unidades dejaban a las espaldas el río, un serio obstáculo si había que replegar hombres y material.

Tres días más tarde (6 de agosto) de que Modesto ordenara a sus hombres que pasaran a la defensiva, el coronel Delgado Serrano lanzó un contraataque con una fuerza mixta en el sector de la bolsa de Fayón-Mequinenza. Aquí se encontraba la 42ª. División republicana que apenas había podido recibir material y refuerzos. Al día siguiente, los rebeldes han conseguido reconquistar y eliminar esta pequeña bolsa. “Esta primera fase fue también la más fácil de la contraofensiva, capturándose según fuentes nacionales, 1.626 prisioneros y enterrándose 817 enemigos” (Payne, 1986: 204).

La contraofensiva principal fue dirigida hacía los altos y las sierras en frente de Gandesa. Fue así como la batalla del Ebro se convirtió en una guerra de desgaste, en el que más aguantara sería el vencedor. El día 9 de agosto, la 4ª. División de Navarra mandada por Alonso Venga recibió la orden de atacar la sierra de Pándols. Allí se encontraba la 11ª. División del teniente coronel Enrique Lister. En un terreno escarpado, rocoso y árido, los republicanos habían fortificado las zonas altas lo más que pudieron. Durante once días de contraofensiva nacional, fue imposible expulsar a los gubernamentales de allí y las bajas fueron numerosas. “Las bajas fueron, de las más graves de toda la guerra, en lo que se refiere a una división nacional, pues la IV División de Navarra perdió casi 2.600 hombres, dos veces más, aproximadamente, que los republicanos” (Payne, 1986: 205).

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Trinchera republicana durante los combates en la sierra. Fuente: Memoria Histórico Militar Ebro 1938.

Diez días más tarde (19 de agosto), los nacionales volvieron a la carga. Atacaron las sierras al noreste de Gandesa. Tras ocho días de combates, el resultado fue el mismo que en la sierra de Pándols. Las bajas fueron relativamente altas y no se consiguió romper el frente. Los republicanos sacaron el máximo partido a sus posiciones. A pesar de las bajas y la lentitud, en esas semanas de agosto los franquistas se hicieron con una buena parte de las cumbres que rodeaban Gandesa.

La lentitud de las operaciones creó una verdadera tensión en el interior del Ejército Nacional. El haber roto los flancos del enemigo y el embolsar al Ejército del Ebro en sus posiciones hubiera sido más factible, pero Franco quería dar su merecido a aquellos que habían osado invadir su territorio. Unos vientos pesimistas se apoderaron durante semanas de las unidades rebeldes, incluso el propio Franco se vio algo afectado. El general Vigón dejó detallado esto en su diario de operaciones.

El 3 de septiembre, se lanzó una nueva contraofensiva en el sureste de Gandesa. Al mando de esta estuvo Rafael García Valiño con sus divisiones de requetés. A pesar de que se conquista terreno, ni si quiera este notable comandante del ejército rebelde es capaz de romper el frente de manera decisiva. El día 11 de septiembre, tras una semana de contraofensiva, hay de nuevo un alto en las operaciones. Septiembre va a ser un mes clave para la guerra civil española. Parece que la guerra europea va a comenzar, los nacionales retiran parte de la ayuda humana italiana, los republicanos hacen lo mismo con las Brigadas Internacionales, que son retiradas del frente. La tensión se masca en el ambiente.

Tras esta crisis europea de septiembre, Franco salió fortalecido, la guerra en el continente aún no iba a llegar. Para el gobierno republicano fue un chasco más y la diplomacia de No Intervención continuó. Octubre va a ser el mes que lo cambie todo. Con un gran uso de preparación artillera, los nacionales comienzan a abrirse paso por las escarpadas sierras catalanas. El objetivo ahora es Cavalls, donde se encuentra la 43ª. División republicana. Esta posición ha sido muy fortificada, con sistemas de refugios, cuevas y trincheras. Los infantes y legionarios avanzaban detrás de la cortina artillera. “La maniobra es arriesgada porque exige una gran precisión de tiro que evite causar bajas entre las fuerzas propias. El coronel Martínez de Campos, jefe de la artillería rebelde, consigue ese efecto. Cuando las bombas dejan de reventar, los marroquíes y legionarios se arrojan sobre las trincheras y llegan antes de que sus enemigos puedan montar la respuesta” (Reverte, 2009: 290).

Entre el 30 de octubre y el 14 de noviembre, todas las posiciones republicanas comenzaron a caer una tras otra. Pandols, Pineel y Miravet cayeron en los primeros días de noviembre. El 14 y el 15, los nacionales avanzaron dirección Riba-roja, Flix, Ascó y Móra d´Ebre; lugares por donde el Ejército del Ebro había cruzado el día 25 de julio. Tagüeña y Modesto ordenaron el repliegue de las unidades que quedaban en la otra orilla para evitar bajas mayores. La batalla del Ebro concluyó el día 16 de noviembre, tras casi cuatro meses de intensos combates.

Consecuencias de la batalla

La primera consecuencia por supuesto es el gran número de bajas que ha habido durante el enfrentamiento. Las fuentes difieren, según el Servicio Histórico Militar, los nacionales tuvieron 41.414 bajas. Antony Beevor aumenta esta cifra a 60.000 (muertos, heridos y desaparecidos). Para los republicanos la batalla se ha saldado con 75.000 bajas. Beevor habla de 30.000 muertos. Fernando Martínez de Baños habla además de que 20.000 de esas bajas han sido prisioneros. “Por otro lado los cadáveres enterrados fueron unos 13.275, a los que se debería añadir los sepultados o fallecidos en la retaguardia republicana y un número doble o triple de heridos” (Martínez de Baños, 2013: 52).

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Franco y el general Fidel Dávila, en el Coll del Moro (Gandesa) durante la batalla del Ebro, en el otoño de 1938. Fuente: Agencia EFE (El Periódico).

El desgaste como se ve ha sido enorme para ambos contendientes. El Ebro va ser la mayor batalla de la Guerra Civil Española. Sin embargo, los peor parados van a ser los republicanos. Las unidades del Ejército Popular han quedado destrozadas tras meses de combates. Los soldados están exhaustos. A esto se añade la gran pérdida de material que ha supuesto la batalla. Artillería, carros blindados y aviones (se habla de 300 derribos) se han perdido para siempre y no podrán ser reemplazados. En cambio, el Ejército Nacional ha salido reforzado después de este episodio de lo que ellos denominan “Guerra de Liberación”. La moral se vio aumentada y los aires de pesimismo desaparecieron.

Después del Ebro, Cataluña quedó a merced de Franco y sus ejércitos. El ataque no se haría de esperar, y en el mismo mes de noviembre de 1938, Franco firmó su idea de maniobra.

Conclusiones

La batalla del Ebro supuso el canto del cisne del Ejército Popular Republicano en Cataluña. Fue la última gran ofensiva llevada a cabo por la República en la guerra civil. Bien es cierto, que Vicente Rojo puso todo su empeño en la operación, pero algunos detalles no estuvieron del todo pulidos. De aquí que el cruce del Ebro, aunque fue un éxito, tuvo sus problemas, como la ausencia de la aviación. También habría que añadir la falta de transportes que existían en las agrupaciones.

Igualmente, Vicente Rojo siguió desarrollando una operación superior, el olvidado «Plan P» que debía romper el frente nacional por Extremadura y llegar hasta la frontera portuguesa. Se intentó llevar a cabo en la última operación de la guerra, pero tuvo que abandonarse debido a falta de unidades y de material. Este plan era muy ambicioso, incluso Rojo pensaba que si el ejército republicano tocaba la frontera portuguesa, podía haber un levantamiento popular en ese país que derrocara la dictadura de Salazar.

En referencia también a los mandos republicanos, no se puede descartar que Miaja (en Valencia-Levante) y Rojo no se comunicaban apenas. Los dos importantes líderes republicanos tenían una relación un tanto arisca. Miaja era reticente a lanzar una ofensiva para ayudar a liberar la presión del Ebro, pues sus tácticas defensivas le habían ido bien. Y en este apartado hay otra cuestión, tras la batalla, los comunistas comenzaron a ser más odiados que nunca en la zona republicana. Su plan de resistir hasta las últimas consecuencias comenzaba a irritar a ciertos sectores. “Negrín le pasa a Rojo un informe de un miembro de la FAI en el que se le acusa de incompetente y de entreguista al comunismo, llegando a afirmar que las operaciones las dirigen los asesores soviéticos” (Reverte, 2009: 278).

Por último, y como se ha dicho en las consecuencias, meses más tarde Cataluña cayó y así se perdió un importante sector gubernamental. A pesar de ello, la Guerra Civil Española continuó hasta marzo de 1939, cuatro meses después del desastre del Ebro.

Bibliografía consultada

PAYNE, G. S (1986): “De Teruel a la batalla del Ebro”, en VV.AA, La Guerra de España 1936-1939, Madrid, El País, 193-208.

REVERTE, M. J. (2009): El arte de matar, como se hizo la Guerra Civil Española, primera edición, Barcelona, RBA. Pp. 253-293.

BEEVOR, A. (2013): La Guerra Civil Española, primera edición, Barcelona, Crítica. Pp. 525-540.

VV.AA (2013): “1938, La batalla del Ebro”, Desperta Ferro Especiales, Número Especial III.

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