Me complace de sobremanera poder dar comienzo a mis andadas por Archivos de la Historia teniendo la oportunidad de escribir sobre uno de los temas de la Historia que más me apasiona y sobre el que me gustaría dedicarme a investigar a cuerpo completo: la «anarquía militar».

Este lapso de tiempo, que comprende tradicionalmente entre los años 235 y 284, se caracterizó por una serie de factores de distinta índole, véanse económicos, sociales, religiosos o políticos. Partiendo de estos, la idea de «crisis» asociada a este periodo se ha discutido desde la historiografía con distintas perspectivas (Para un buen inicio en la lectura de esto, véase Fernández Ubiña 1982; Bravo Castañeda 2012). Querría pues, centrarme en este último factor, dado que, si hay algo que llama la atención aquí, es la elevada densidad de emperadores que se suceden unos a otros en periodos de tiempo extraordinariamente cortos, hecho que podremos ir observando conforme avancemos en este viaje, en el que podremos ir emperador por emperador mostrando como fueron sus dispares gobiernos, así como algunas de las particularidades que los relatos en torno a ellos han hecho llegar hasta día de hoy.

Maximino el Tracio, el emperador «bárbaro»

Inauguramos esta sección con Gayo Julio Vero Maximino, el considerado como el primer emperador-soldado por la historiografía (derivado del término alemán Soldatenkaiser), dado su origen ecuestre, así como su pulsión por la guerra (Este sería el segundo ecuestre en llegar a emperador tras Macrino en el año 218). Este ordo de origen se cuestiona desde la misma Historia Augusta, que lo acusa de otorgárselo a sí mismo, así como de ordenar deliberadamente ocultar elementos referentes a su origen, cómo la identidad de sus padres, quienes, parece, provendrían de la región fronteriza del Danubio. Aprovecho la mención de esto para hacer un matiz que será recurrente a lo largo de los distintos escritos que compondrán estas historias; las fuentes referentes a este periodo se encuentran repletas de tópicos, indistintamente de si estas fueron escritas con mayor o menor distancia temporal con respecto a los eventos narrados (el caso más claro de esto es el topos del tirano dentro de su vita de la Historia Augusta, véase Escribano Paño 1996, pp. 197-234). Incluso las fuentes que se suponen más cercanas y coetáneas a algunos episodios se encuentran ubicadas con la intención quasi manifiesta de establecer un relato claro y concreto sobre los personajes que protagonizan sus narraciones. Sobre esto, de lo que aquí dejo constancia, se hará alusión en algunas ocasiones, puesto que considero que el uso y, especialmente, la contextualización de las fuentes clásicas ha de ser un pilar fundamental a la hora de comprender este periodo.

Busto de Maximino el Tracio, ubicado en los Musei Capitolini.

Las descripciones que nos brindan las fuentes sobre el nuevo emperador son siempre peyorativas, abarcando desde que era un bárbaro analfabeto, bruto, aunque generalmente justo (SHA. Capitol. Max. 2-3; Aur. Vic. Caes. 25), hasta ser la misma encarnación de la crueldad, necesario esto debido a su origen bárbaro y pastoril (Hdn. VII, 1, 1-3). Siempre se le carga con la consideración de ser el primer emperador de origen no senatorial; condición que explicaría parte del desprecio generalizado profesado en las fuentes. El ascenso de Maximino se debió al asesinato de su antecesor, Alejando Severo, junto a su madre, Julia Mamea, durante una campaña destinada a combatir a las tribus bárbaras de la frontera danubiana. La motivación del magnicidio llevado a cabo por las tropas se justificó con una nefasta campaña contra el sasánida Ardashir I, además de la presunta intención de princeps de no combatir a los bárbaros, sino que se les pagara tributo a cambio de la paz, idea que habría sido inoculada por su madre, responsable de las tan nefastas decisiones a ojos de las tropas (Hdn. VI. 9. 5-6; SHA. Lampr. 63. 5-6).

Las primeras acciones de Maximino fueron proseguir con la campaña en Germania, enviar una misiva al senado exigiendo su reconocimiento como nuevo emperador, vincular a su hijo al trono. Durante esta gesta militar, no tardó mucho en verse obligado a evitar una conjura contra él, perpetrada esta por un patricio llamado Magno, y otra pequeña revuelta marcial dentro de sus tropas, lideradas por un excónsul de nombre Cuartino (Hdn. VII, 1, 4-11). Es importante remarcar que, aunque en esta guerra se lograron sucesivos éxitos bélicos (Ibid. VII, 2), fue la intención del usurpador proseguir con ella, pues es su victoria en esta supone su principal baza de legitimación ante el ejército, que le otorgó el poder, y ante el senado.

La más que posible causa del porqué de su final, que desembocó en la muerte del emperador, fue la elevada presión fiscal derivada de estos sucesivos conflictos, que comenzaron en Germania, para más adelante, una vez terminados aquí, pasar al Danubio. Autores como Herodiano dejan entrever esto al hablar de ofensas religiosas (es decir, la expropiación de bienes de los templos para fines militares) y saqueo del tesoro público, vinculando esto también con las expropiaciones de tierras de los rivales políticos, no siendo estos necesariamente los afines a su predecesor (Hdn. VII. 3. 4-6). Que esta política fiscal del emperador estuvo orientada al sustento del ejército es tipificable desde el ámbito material, siendo un ejemplo claro de esto la reforma de la red viaria en el norte de África, conocida esta por la cantidad de miliarios con dedicatoria al emperador en estas provincias (Bénabou 1976, 204), con el fin de facilitar el transporte del pago en especia que constituía la annona militaris, que era un pago en especie mediante varios productos como el aceite de oliva (Van Berchem 1939, p. 122) establecido por Septimio Severo, manteniendo así a las tropas romanas abastecidas y fieles a él.

Maximino y sus tres años de gobierno constituyen el primer caso de intento de construcción dinástica dentro del periodo de la «Anarquía militar» (Mazzarino 1956, p. 516). Si bien el foco principal de legitimación de facto fue apoyarse en el ordo militar, no puede obviarse que el emperador usó a sus dos familiares más cercanos como elementos propagandísticos. El primero de ellos fue Gayo Julio Vero Máximo, que, como ya se ha mencionado, fue elevado como Caesar desde prácticamente el inicio del gobierno de Maximino, acompañándole en todas las gestas llevadas a cabo por este. Como testimonios principales de este personaje tenemos tanto epígrafes como monedas, haciéndolo partícipe de sus victorias militares por medio de títulos de triunfo militar, como el de Germanicus.

RIC IV-II, 10. Anverso de Máximo con su retrato y la leyenda: MAXIMVS CAES(ar) GERM(anicus)

Por otra parte, tenemos a su esposa, Cecilia Paulina, de la que poco se conoce. Los vestigios materiales sobre esta Augusta apuntan a que habría fallecido antes del ascenso de Maximino, siendo esto lo más probable, a pesar de que otras fuentes muy posteriores, como Zonaras (XII. 16) achacan su muerte a la obra del propio Maximino. Zonaras escribió sobre esto:

«Cuando el gobernó, Maximino escribió al senado, revelando así su proclamación por parte de los soldados. El no solo fue represivo y cruel con los cristianos, sino que también lo fue con todos sus súbditos, puesto que era a la vez violento y codicioso, y por ende muy injusto, un asesino, y un absoluto tirano, quien en cualquier instante recurrió a violar y asesinar hombres. Se incline hasta tal punto por el castigo de sangre, que ni tan siquiera perdono a su propia esposa, a la que asesinó». (Zon. XII. 16. Traducción propia del inglés, extraída de la traducción de Bandich & Lane 2009, p. 43).

Este relato es bastante dudoso, puesto que el asesinato de su esposa parece ser un recurso literario para engrandecer la crueldad de un emperador al que las fuentes cristinas describen como un perseguidor (Eus. HE. VI. 28, además de los ya citados), además de que sería incongruente que, tras asesinar a su esposa, este la deificara mediante la conscriptio, junto con toda la acuñación derivada de ello. Un breve apunte sobre esto, es que lo dicho por Zonaras es bastante similar a lo que Lactancio escribió sobre el comportamiento de rechazo y agresividad de Diocleciano, el gran perseguidor, sobre su esposa Prisca, presuntamente cristiana (Lactant. De mort. pers. 15. 2), con la salvedad de que esta de última si que se tenía constancia de haber sobrevivido a su marido.

RIC IV-II, 2. Anverso con un retrato de Cecilia Paulina portando un velo, señal de su divinización, y la leyenda: DIVA PAVLINA

Como hemos podido observar, las fuentes clásicas de origen cristiano también son extremadamente hostiles contra Maximino. En este caso, es más que probable que la política fiscal abusiva y las medidas punitivas derivadas de esta no hicieran distinción entre aquellos que profesaban los cultos tradicionales del estado romano, los de tipo más local o los cristianos, puesto que, a diferencia de otros emperadores que próximamente abordaremos, no hay vestigios de un trato en especial dados a unos o a otros en este caso. Si es cierto, que según el Liber Pontificalis, una compilación de las biografías de los papas que dista del siglo VI, en la que encontramos que en época de este emperador son martirizados San Ponciano y San Antero, decimoctavo y decimonoveno obispos de Roma, respectivamente (Lib. Pont. XIX-XX). Por lo tanto, esta imagen de perseguidor puede tener su base en el trato dado a las expropiaciones de bienes pertenecientes a espacios religiosos cualesquiera, seguramente potenciada por los citados martirios (parece que en menor cantidad si los comparamos con otros perseguidores), así como por el relato creado alrededor de este emperador y su antecesor, sobre el cual dejan caer los autores cristianos su posible fe en Cristo compartida con su madre (Eusb. HE. VI. 21. 3-4; Oros. VII. 18. 7), así como por la aparición de delatores, los cuales no tenemos constancia de que tuviesen una finalidad persecutoria de tipo religioso. La Historia Augusta, posiblemente escrita en el siglo IV, sino incluso en el siglo V, nos da a entender en varias ocasiones que Alejandro Severo rendía culto a Cristo (SHA. Lampr. Alex. Sev. 29. 1-2), lo que ayudó a que la Historia, independientemente de quien la escribiese, siempre tuviera siempre una visión positiva de este joven, además de por estar ubicado entre dos emperadores considerados malos: su primo Heliogábalo y Maximino; aun habiendo también persecuciones en época del último Severo, con los ejemplos de los martirios de San Asterio de Ostia y San Calepodio, sin que por ello se el etiquete como autor de las mismas. Este matiz, añadido a que partimos del supuesto de que Maximino nunca estuvo en Roma durante sus años como emperador, así como su ausencia en De mortibus persecutorum, mucho más próxima que el Liber Pontificalis o la obra de Paulo Orosio (VII. 19. 1), hacen que ponga en duda su papel como perseguidor de los cristianos.

Los relatos que más ahondan en la figura de Maximino, Herodiano y la Historia Augusta, tienen un fin claro en la construcción del relato que lo envuelve: situar a este emperador como la una de las partes de un conflicto descrito, grosso modo, como la lucha entre el senado y algunas de las fuerzas militares fieles a un traidor. Si bien, este relato será algo que retomemos cuando hablemos de los dos primeros Gordianos y el origen de la revuelta, no veo incorrecto adelantar algunos de los acontecimientos, entremezclándolos al estilo de las vitas respectivas de la Historia Augusta. Decir que, aunque, aunque se ponga especial énfasis en el terror desatado por Maximino (en forma de delatores) y el rechazo generalizado a este, podría ser que este no fuera tal y como parecen indicar las fuentes. El ejemplo de esto lo tenemos en la revuelta del año 238.

Lo que se nos narra sobre este suceso fue que un grupo de jóvenes terratenientes de la ciudad de Thysdrus, al sur del actual Túnez, asesina a un pocurator augusti a raíz de sus abusos en su cargo, lo que provoca que fueran a buscar al procónsul de la provincia a su villa cercana a la ciudad (Hdn. VII. 4, 2-7). Una vez allí, el anciano gobernador Gordiano es alzado como Augusto y se establece en Cartago, donde asocia a su hijo homónimo al poder. Desde esta improvisada capital, se envían cartas al senado y a otras personalidades importantes de Roma, instando a unirse a este alzamiento, obteniendo la respuesta afirmativa por parte de los padres conscriptos, quienes se organizan en un consejo de veinte senadores y declaran a Maximino y a su hijo como enemigos públicos a la par que ordenaron a los gobernadores provinciales seguir sus pasos.

Esta revuelta en sí no tuvo mucho recorrido en el tiempo, aunque en las fuentes se da a entender que todas las provincias, salvo contadísimas excepciones, se unen al senado al unísono (Loriot 1975, p. 700). Lo cierto es que esto, junto con, consecuentemente, la idea de la lucha entre senadores y el tiránico Maximino, se cae en el momento en el quien acaba con el efímero gobierno de los Gordianos es un hombre llamado Capeliano, senador a cargo de la legio III Augusta, ubicada en Numidia (SHA. Capitol. Max. 19.1; Hdn. VII. 9. 2-3), mientras que, por otra parte, tenemos constancia material de, como mínimo confirmado, dos provincias más demostradas como disidentes en esta revuelta (Bersanetti 1965, p. 66), sobre las cuales, nuevamente, podremos pararnos una vez tratemos con más detenimiento a los Gordianos.

Aún con importantes bajas por el camino, la revuelta contra Maximino no se detiene, provocando que este deba de trasladarse desde Sirmio, donde se encontraba preparando su próxima campaña, hasta Roma, donde no tenemos constancia de que llegara a estar nunca, con el fin de restablecerse en el imperium. Su camino acabó en el asedio de Aquilea, donde el infructuoso desarrollo de este asalto a la urbe provocó, irónicamente, que acabara corriendo la misma suerte que su antecesor, ser asesinado junto a su hijo por las tropas que se les suponían fieles, entregando sus cabezas a sus enemigos (SHA. Capitol. Max. 23. 6-7; Hdn. VIII. 5. 8-9; Zos. I. 15. 2). Aquí concluye la vida de este emperador, dando paso a la restauración del principado óptimo, necesario tras tan terrible tiranía, o al menos este era el pensamiento que plasmó Herodiano en el final de su obra.

Conclusiones

Recapitulando, hemos podido conocer a un emperador completamente vilipendiado por las fuentes, cuyo cometido de origen y fin último se centro en la guerra, en el limes, un elemento que no podemos perder de vista de aquí en adelante, pues será el inevitable escenario de la mayoría de traspasos, escisiones y eventos relevantes de este lapso de tiempo, a la par que las dinámicas internas del imperio cambiaran en mayor o menor medida según la región. Maximino, si bien posiblemente tosco de carácter por su educación y recorrido, fue un hombre que asumió la carga del Estado y que, a la postre, se ha visto que sus inclinaciones no estuvieron fuera de las dinámicas a las que el imperio se vio abocado. Visto en perspectiva, este Maximino parece ser primera toma de contacto a la hora de que el imperio fuese asumido por un no senador, lo que, como veremos, se repetirá en no pocas ocasiones a lo largo de estos años.

Es una pena que poco se conozca de los tres años de gobierno de Maximino el Tracio, más allá de las campañas bélicas, si es que acaso llegó a haber algo más. Aun con esto, soy firme defensor de que su retrato en la Historia es una distorsión aguda de alguien que no era analfabeto y que, incluso me atrevería a señalar, no hizo nada que no fuera necesario dada la complejidad de los problemas del imperio, como otros hicieron y harán más adelante mediante diversas reformas, ya fuera Septimio Severo o Galieno. Esto no es más que el comienzo de las consecuencias sobre un imperio al que no le queda otra que asumir la gran tarea de su defensa integral frente a aquellas amenazas externas e internas, agravadas estas por problemas arrastrados desde, por lo menos, el siglo anterior.

Bibliografía

Fuentes clásicas

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Herodianus, Historiae. Traducción por Torres Esbarranch, J. J. (1985): Herodiano. Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, Madrid, Gredos.

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Liber Pontificalis. Traducción por Loomis, L. R. (1916): The Book of the Popes (Liber Pontificalis) I. To the Pontificate of Gregory I. New York, Columbia University Press.

Lucius Caecilius Firmianus Lactantius, De mortibus persecutorum. Traducción por Teja, Ramón (1982): Lactancio. Sobre la muerte de los perseguidores, Madrid, Gredos.

Paulus Orosius, Historiarum adversus paganos libri septem. Traducción por Sánchez Salor, E. (1982): Orosio. Historias. Libros V-VII, Madrid, Gredos.

Sextus Aurelius Victor, De Caesaribus. Tradución por Falque, E. (2008): Eutropio, Aurelio Víctor. Breviario y Libro de los Césares, Madrid, Gredos.

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Zosimus, Historia Nova. Traducción por Candau Morón, J. M. (1992): Zósimo. Nueva Historia, Madrid, Gredos.

Obras

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Bravo Castañeda, G. (2012): «¿Otro mito historiográfico?: la crisis del siglo III y sus términos en el nuevo debate» en Studia historica. Historia antigua, 30, pp. 115-140.

Escribano Paño, M. V. (1996): «Maximinus tyrannus: escritura historiográfica y
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Fernández Ubiña, J. (1982): La crisis del siglo III y el fin del mundo antiguo. Madrid, Akal.

Le Bohec, Y. (1989): La Troisième Légion Auguste, Paris, Centre National de la Recherche Scientifique.

Loriot, X. (1975): «Les premières années de la grande crise du IIIe siècle: De l’avènement de Maximin le Thrace (235) à la mort de Gordien III (244)», en Temporini, H. (eds.), Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt, Berlín, De Gruyter, pp. 657-787.

Mazzarino, S. (1956): L’impero romano II, Bari, Laterza.

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