Tras el final de la Guerra civil española las relaciones entre la Alemania nazi y la España franquista se encontraban en un punto álgido. Franco debía su victoria a los nazis, al mismo tiempo que el nuevo régimen español debía una considerable suma de dinero a Alemania. Pero más allá de las consideraciones económicas, la irrupción germana había llegado a muchos más ámbitos, y uno de ellos era la prensa. Paradójicamente, uno de los agentes alemanes más influyentes en la España de la posguerra iba a ser Josef Hans Lazar, nada menos que un judío pro-nazi.

Los inicios

Josef Hans Lazar, de origen austríaco, había nacido en Estambul en 1895. Hijo de un diplomático austro-húngaro destinado en la capital del Imperio otomano, se dedicó al periodismo y en su madurez combinaría esta faceta con la de diplomático. Llegó a contraer matrimonio con una aristócrata rumana, la baronesa Elena Petrino Borkowska, viajando como periodista freelance por varios países balcánicos. A pesar de ser judío, Lazar abrazó con entusiasmo el nazismo tras la anexión de Austria por la Alemania nazi en marzo de 1938. Sus orígenes hebreos, que mantuvo bien ocultos, no le supusieron ningún problema en el nuevo régimen.

Joseph Goebbels, el todopoderoso ministro de Propaganda, llegó a escogerlo para que fuera a la España franquista con la misión específica de organizar un gran servicio de noticias. Llegó a la península ibérica en septiembre de 1938, instalándose en un piso del centro de Burgos, entonces la sede del gobierno franquista. En ese momento la guerra civil española se inclinaba a favor del Ejército de Franco, mientras que las fuerzas de  la República agotaban sus últimos cartuchos. También para Alemania soplaban buenos vientos: desde 1936 había mejorado de forma considerable su posición en el seno de la España franquista.

Lazar no tuvo demasiados problemas para organizar su red, si bien actuaba oficialmente como corresponsal de la agencia de noticias nazi Transocean. Contaba, además, con una importante baza a su favor: en abril de 1938 se había aprobado en la zona franquista la Ley de Prensa, por la cual el periodismo prácticamente se convertía en una institución al servicio del Estado. A su vez, el Estado se convertía en el principal árbitro del periodismo. Con esta ley, que había sido impulsada por Ramón Serrano Suñer –ministro de la gobernación y cuñado de Francisco Franco–, se creaba la figura de un director general de Prensa a las órdenes del gobierno y encargado de controlar a todo lo relacionado con el ámbito periodístico.

En los años venideros Lazar iba a saber aprovecharse de las ventajas que esta nueva situación le ofrecía. El final de la contienda, sin embargo, también iba a traer importantes cambios para la estrategia alemana.

Lazar, el nazi más influyente de Madrid

El 1 de abril de 1939 la Guerra civil se dio por finalizada con la victoria de los franquistas. El ejército vencedor entró en la capital sitiada, haciéndose cargo de las antiguas instalaciones del gobierno republicano.

Por esas fechas Lazar se trasladó a Madrid, donde iba a establecer su residencia, y no se traslada a una vivienda cualquiera: se instaló nada menos que en un gran palacio situada en el Paseo de la Castellana que había sido propiedad de la familia Hohenlohe. También se trasladó a la capital su esposa. Durante los siguientes años el matrimonio llegó a destinar grandes sumas de dinero a la decoración de aquella mansión, donde reinaban los lujos y también numerosas piezas de arte gótico y bizantino.

La embajada germana también se trasladó a Madrid, donde reorganizaron sus principales departamentos –propaganda, espionaje, contraespionaje–, y en la cual Lazar iba a encontrar un lugar preferente. Se convirtió en el agregado de Prensa de la embajada, en un momento en que Alemania iba a necesitar aumentar su influencia en el exterior: el 1 de septiembre las fuerzas armadas alemanas invadieron Polonia, y dieron con ello comienzo a la Segunda Guerra Mundial. España se declaró neutral ante el conflicto, a pesar de las abiertas simpatías nazis del régimen de Franco.

Así pues, convertido en el principal encargado de la propaganda del Tercer Reich en España y a su vez en la mano derecha de Goebbels en el país ibérico, no tardó mucho tiempo en empezar a establecer contactos con los granes periódicos de la época. En la capital el diario vespertino Informaciones, bajo la dirección del falangista filo-nazi Víctor de la Serna, se convirtió en el principal portavoz de la embajada germana. El diario Arriba, órgano oficial de FET y de las JONS, simpatizaba abiertamente con las posturas de Alemania. Esto también se extendía a los demás periódicos pertenecientes a la Cadena de Prensa del «Movimiento», bajo el control directo del partido único de la dictadura.

Lazar supo cómo ganarse a los jerarcas del régimen y su palacio se convirtió en escenario de suntuosas fiestas a las que acudían importantes dirigentes franquistas. Acudía a los restaurantes de Madrid con tal frecuencia llegó a ser tal que acabaría convirtiéndose en una figura conocida. Se hizo un cliente habitual del restaurante Horcher, donde acudía junto a otros agentes nazis. Este alto nivel de vida que exhibía ostentosamente contrastaba con la pobreza que reinaba en aquella España rota por la contienda, que luchaba por sobrevivir.

El grado de complicidad que Lazar demostró tener con los jerarcas franquistas fue tal que en una ocasión celebró una fiesta en su casa para felicitar al nuevo subsecretario de Prensa y Propaganda…un día antes de que el nombramiento fuera público. Su amistad con José María Alfaro, el subsecretario de Prensa y Propaganda, le permitió tener acceso a muchos de los periodistas del régimen. Con esta red de contactos e influencias fue capaz de conseguir que las noticias y la propaganda nazis tuvieran un lugar preferente en los diarios españoles, que oficialmente mantenían una postura neutral.

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Heinrich Himmler, en la frontera de Irún, durante su visita a España en octubre de 1940.

Esta situación cambió considerablemente cuando en junio de 1940 los alemanes completaron la conquista de Europa occidental, infligiendo una humillante derrota a Francia y dejando malherido al Reino Unido. En aquel momento la prensa española adoptó un decidido tono germanófilo, ante la perspectiva de que la guerra concluyese en cuestión de semanas con una victoria total de Hitler.

Una prensa alienada

Para 1941 la imagen de Alemania en España se encontraba en su apogeo, al mismo tiempo que los agentes nazis se  movían a sus anchas por el territorio español.  La contienda parecía desenvolverse a favor de los designios de Hitler, y aunque Reino Unido seguía resistiendo, parecía abocada a tener que firmar una paz. Lazar había consolidado su posición hasta convertirse para muchos en el verdadero forjador de la prensa española, una descripción que quizás no fuera exagerada del todo.

Lazar, que disponía de numerosos fondos económicos bajo su control, consiguió tener en su nómina tanto a políticos como periodistas del régimen, logrando llegar donde otros no podían. Para la embajada británica, que conocía sobradamente sus actividades encubiertas, en más de una ocasión supuso más de un quebradero de cabeza. Por otro lado, el todopoderoso agregado de prensa alemán había conseguido que la agencia de noticias EFE, de reciente creación, difundiera un sinfín de noticias y propaganda procedente de las agencias de noticias alemanas. Y por si no fuera poco, ejerció una gran influencia sobre la dirección de EFE, al punto de que el director de la agencia –Vicente Gállego– hubo un momento en que no pasaba de ser una figura meramente instrumental. Pero la influencia nazi también llegaba a través de otros medios.

Desde la embajada germana se patrocinaban y organizaban viajes de periodistas al territorio controlado por los nazis. Por ejemplo, en el verano de 1940, poco después de la victoria alemana en el Frente occidental, Lazar organizó un viaje de periodistas españoles a Alemania, donde visitaron Berlín y otras ciudades, además de las modernas instalaciones de la prensa nazi, etc. Dentro de este grupo se encontraban, entre otros, Víctor de la Serna –director de Informaciones– y Xavier de Echarri –director de Arriba–,  convertidos ya en dos ardientes filonazis.

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De izquierda a derecha, Víctor de la Serna, Gabriel Arias-Salgado, Otto Dietrich y Xavier de Echarri durante una visita oficial a Berlín, en enero de 1943. Arias-Salgado era vicesecretario de Educación Popular de FET y de las JONS, mientras que Otto Dietrich era jefe de prensa del Reich.

De entre los dirigentes franquistas que colaboraron con Lazar destacan algunas figuras importantes, como fue el caso de Juan Aparicio y Federico de Urrutia. El primero fue nombrado delegado nacional de Prensa tras la crisis de gobierno de mayo de 1941. No tardó en establecer una estrecha amistad con Josef Hans Lazar, y reflejo de su relación con el agregado de prensa alemán es el hecho de que algún autor le haya considerado “una de las criaturas de Lazar. Que el agregado de prensa alemán lograse mutar sus relaciones políticas y seguir manteniendo sus influencias, a pesar de las crisis internas españolas, demuestra hasta qué punto su poder era omnipresente. Por su parte, Federico de Urrutia era el delegado provincial de Propaganda en Madrid, un puesto desde el que realizó una destacada actividad favorable al nazismo y la causa de Alemania.

En 1942, para cuando Alemania ya se encontraba en guerra con Estados Unidos y la Unión Soviética, lanzó el llamado “Gran Plan”. Este habría consistido en la movilización de hasta medio millón de colaboradores –falangistas «camisas viejas» en su mayoría– que ayudaron en el esfuerzo propagandístico nazi. Muchos de estos colaboradores fueron funcionarios de correos y de Telefónica, que habrían ayudado tanto a la distribución de la propaganda germana como a sabotear la propaganda aliada. La propaganda nazi se amplió con la edición de numerosas revistas editadas en España, y también con la distribución de revistas propagandísticas editadas en la propia Alemania como Signal o Adler, muy populares entre el público español de la época.

La Iglesia fue el siguiente ámbito que entró en el radio de acción de Lazar. Subvencionó cientos –o quizás miles– de hojas parroquiales por todo el país que automáticamente pasaron a convertirse en órganos de la Alemania nazi en las iglesias españolas. Y además contó con la colaboración de miembros de los sectores católicos, que procedieron a la distribución de propaganda nazi en las calles y las parroquias.

Miembros de las Juventudes Hitlerianas desfilando por el centro de Madrid, hacia 1941. Al fondo se observa el Monumento a Cibeles y la fachada del Banco de España.

Toda esta presión, sin embargo, tuvo un coste. Lazar era muy mal visto por una parte importante de los miembros de la colonia alemana en España, quienes no compartían ni el grado ni el tono que había alcanzado la propaganda nazi. Entre los Aliados, especialmente los embajadores Gran Bretaña y Estados Unidos, imperaba un clima venenoso ante el poderoso agregado de prensa alemán y de hecho no escatimaron en adjetivos para describirle en sus informes a Londres o Washington. Pero por si fuera poco, entre los jerarcas nazis en España también imperaba la desconfianza.

Su lujoso tren de vida, su afición a las obras de arte, su adicción a las drogas y su misteriosa vida privada le convirtieron en una persona tremendamente sospechosa para el oscuro Paul Winzer, el jefe de la Gestapo en España. Winzer, que al parecer sospechaba de sus orígenes no arios, envió un buen número de informes negativos a sus superiores de las SS. Entre los subordinados de Lazar en la embajada circulaban rumores sobre sus orígenes, o sobre su disoluta vida privada. Otro jerarca nazi que desconfiaba de él fue Hans Thomsen, el jefe de la rama local del Partido nazi en España. Sin embargo, las autoridades de Berlín no tomaron ninguna medida especial contra él y Goebbels siguió confiando en su fiel subordinado.

El declive

Los esfuerzos de la propaganda nazi, a pesar de cosechar un importante triunfo en un país neutral como era España, no lograron enmascarar un hecho innegable: que la guerra iba en contra de las armas alemanas, especialmente tras la catastrófica batalla de Stalingrado. Poco a poco la otrora triunfante Wehrmacht fue retirándose hacia sus propias fronteras, y la labor de Lazar se complicó extremadamente, aunque pudo seguir echando mano de simpatizantes españoles del nacionalsocialismo.

Las sucesivas derrotas alemanas permitieron que las presiones aliadas surtieran efecto y que la prensa del régimen comenzara a acoger puntos de vista favorables a Estados Unidos o Reino Unido. El propio Franco empezó a distanciarse de sus antiguos socios, consciente de que no lograría sobrevivir si continuaba abrazado a las potencias del Eje. Cuando en mayo de 1945 terminó la contienda en Europa, la embajada germana en Madrid había quedado «limpia» de documentos y muebles, y Lazar, uno de los nazis más buscados por los Aliados, había desaparecido. Importantes figuras del régimen franquista le ofrecieron protección, y cuando los Aliados lograron dar con él, llegó a simular un supuesto ataque de apendicitis y se hizo ingresar en la Clínica Ruber de Madrid.

Su figura y su labor cayeron en el olvido de la historia, y en la actualidad sigue siendo una figura poco conocida por el público español, a diferencia de otros jerarcas nazis que han recibido mayor atención.

 

Bibliografía

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