El mundo de la Antigüedad es un mundo mágico. En la batalla de Maratón, un hoplita fantasmagórico prestó batalla junto con sus homólogos de carne y hueso. En las postrimerías de la Antigüedad, un ejército derrotado de Atila el Huno siguió combatiendo durante tres días a las puertas de Roma solo para calmar sus ansias de batalla. Es lógico que la magia imbricara la forma de entender el mundo pese a que solemos imaginar que romanos y griegos eran muy racionales. Lo cierto es que no lo eran, al menos no la gran mayoría. Gustaban de imaginar encuentros paranormales, o los usaban para justificar un mundo que no terminaban de entender. Así, surgían los hombres lobo, zombies, brujas y otros seres que convivían entre los mundanos aterrorizando su día a día.

En este artículo os hablaremos de algunos de ellos, y de cuáles son las fuentes que nos han llegado al día de hoy.

Versipellis: los licántropos del mundo romano

Para las élites cultas romanas, creer en los licántropos era una auténtica tontería propia de las clases más bajas. Los romanos de baja alcurnia eran considerados por las élites como un auténtico hervidero de patrañas debido a que eran especialmente supersticiosos. Una palabra similar a patraña (fabulae) es la que utiliza Plinio el Viejo (23-79 d. C.) para calificar al hecho de creer en los «versipellis», el término que utilizaban los romanos para referirse a aquellos hombres que se convertían en bestias. La tradición romana señala que el origen de los hombres lobos está en Arcadia, una polis griega de la península del Peloponeso.

En la Metamorfosis, Ovidio nos habla del mito de un rey, Licaón, el cual llevó a los arcadios a un estado de civilización sin parangón. No obstante, el monarca realmente seguía siendo bastante primitivo, consumiendo carne humana. El mismísimo Zeus fue a visitarle de incógnito haciéndose pasar por un humano sin ningún poder. Por su parte, el monarca arcadio trató de asesinarle y hacerle comer carne humana. En consecuencia, el líder del panteón grecolatino condenó a Licaón a convertirse en una bestia que vagara por Arcadia como un lobo que se dedicaba a comerse el ganado de la región.

Este mito forma parte de la extensa obra del poeta romano, en la que se narran distintas historias mitológicas con la metamorfosis como base de todas ellas. A través de esto, también recoge Plinio diversas historias sobre el origen de los «versipellis» (Plin. 8, 34). Según el mismo, se hacía un sorteo entre la población masculina de Arcadia del cual se elegía a un joven al azar. Este debía cruzar un lago a nado y pasar nueve años en un desierto, lugar en el que se convertía en lobo. Durante este tiempo, si no encontraba a ningún humano durante ese tiempo, al volver cruzando el lago a nado recuperaría su forma humana.

Es más que posible que esta tradición se diera en épocas arcaicas y supusiera un rito de paso entre la población arcadia, algo similar a un entrenamiento que hacía que los jóvenes transicionaran hacia la edad adulta en algo similar a la agogé espartana. De ahí todo fue derivando hasta la consecución de un mito del que se habla extensamente en la tradición latina. Fundamentalmente, los autores que más la mencionan lo hacen en la edad de oro de la literatura latina.

Brujas, hombres lobo y zombies en la Antigua Roma
Brujas, hombres lobo y zombies en la Antigua Roma

El ejemplo de Petronio (s. I) en su «Satiricón» es excepcional porque sintetiza como nos imaginamos a los hombres lobo hoy en día: un hombre fuerte y alto que se convierte en licántropo durante la luna llena:

La luna iluminaba la noche como si fuera mediodía (…) él orino en círculo sobre sus ropas y, de repente, se transformó en lobo. Petronio, Satiricón, 61-62. Traducción de Gonzalo Fontana Elboj.

En las Églogas de Virgilio (VIII 95-99) vamos a atender a algo realmente curioso. Un pastor que se convierte en lobo. Esto es muy interesante ya que el pastor suele ser la antítesis del lobo. Es, junto al perro, el defensor del rebaño, el que se encarga de cuidar al ganado y guiarlo. Por este motivo, que se convierta en el principal depredador es algo realmente original que solo se ha conservado en la obra de Virgilio.

No obstante, si nos alejamos de la Edad de Oro de la literatura latina también encontramos autores que recogen estos acontecimientos. San Agustín de Hipona (La Ciudad de Dios, 18, 17) también recoge estos mismos eventos con la misma claridad que los autores del siglo I. Para el autor cristiano nacido en el 354 y fallecido en el 430, la visión de una posible existencia de los licántropos también son puras supercherías. Sin embargo, recoge la tradición de autores antiguos para hablar sobre ellos en términos muy parecidos a los de Plinio el Viejo.

Las brujas en Roma: misoginia y contraposición de roles

Brujas en la Antigua Roma
Brujas en la Antigua Roma

La misoginia era algo que siempre se encontraba presente en la sociedad romana. Algunos lugares estaban vetados para las mujeres y eran consideradas un elemento disruptor que podía romper el orden establecido. Por lo tanto, los romanos veían a la mujer como algo peligroso y en buena medida como algo negativo. Evidentemente, como en los hombres, existían una serie de juicios que establecían si una mujer era buena o mala. Generalmente las mujeres eran buenas en tanto en cuanto eran buenas esposas y madres. La función de la ciudadana romana era traer al mundo más ciudadanos, sin más. Esto hacía que cualquier intención de salirse de la posición establecida hiciera que fueran consideradas díscolas y dadas a la mala vida.

En este marco surgen las brujas. Mujeres muy malvadas que en base a sortilegios y envenenamientos acababan con la vida de los hombres. Aunque, como en la tradición posterior, las brujas van a estar muy vinculadas al rapto y asesinato de niños. Así, las brujas eran considerados seres capaces de hacer las mayores maldades posibles, como es el caso del infanticidio.

Aparte de este tipo de nefandos crímenes, las brujas se vinculaban profundamente al envenenamiento, considerándose prácticamente el mismo tipo de crimen. Por contraparte, también se dedicaban a la elaboración de pócimas y filtros de amor, pudiendo así con sus tejemanejes ser capaces de moldear la voluntad de las personas.

Las fuentes suelen hablar de la existencia de brujas, y ninguna de estas se suele mostrar de manera positiva. Al contrario, las brujas son un peligro social ya que pueden subvertir las normas. Eso sí, generalmente, las brujas solían ser de nuevo algo en lo que creían las clases más bajas. Aunque la sociedad romana era muy supersticiosa en general, los romanos de clase alta consideraban cuentos este tipo de historias.

En cualquier caso, tanto la literatura como la epigrafía nos habla de la existencia de las brujas. El caso de la epigrafía es bastante interesante, ya que  alumbra realmente una creencia por parte de aquellos que la encargaron en este tipo de seres. Mientras que, la literatura, no deja de ser ficción que trata de entretener e instruir al lector, tal y como ocurre en nuestros tiempos.

En este sentido se encuentra la inscripción en honor a un niño esclavo, Jucundo (CIL 06, 19747) por la cual una bruja le hechizó con sus malas artes contando con solo cuatro años de edad. Se puede observar así que los niños eran un blanco principal con el que acabar por parte de las brujas. ¿Por qué? Lo cierto es que sus órganos eran muy valiosos para fabricar distintos tipos de pociones. En este sentido, podemos ver como Horacio, en su Épodo 5 (un tipo de poesía típica de la Antigüedad) nos cuenta la historia de un niño secuestrado por Canida, la líder de un aquelarre. En él, el joven maldice a la bruja mientras esta le empieza a extraer sus órganos para elaborar un filtro de amor. Concretamente se encarga de extraerle la médula y de secar su hígado.

Otro niño es secuestrado en el Satiricón de Petronio (63) donde unas brujas roban los órganos a un niño que acaba de fallecer mientras su familia vela el cadáver. Un hombre es capaz de derrotar a una de ellas aparentemente, pero una herida causada por la misma hace que el hombre muera días después tras volverse totalmente loco.

Volviendo al registro epigráfico se puede aseverar que las brujas siempre se contraponen ante el bien y la virtud. Así sucede en el caso de Enia Fructuosa (CIL 08, 02756), una «esposa queridísima, buena y gran matrona» (karissima coniunx cer/tae pudicitiae bonoque obse/quio laudanda matrona). Esta fue atacada por un sortilegio y cayó muerta. Algo similar le sucede a Acia Ampliata (CIL 06, 02197), una joven de 23 años que tuvo que vivir durante un año y cinco meses totalmente muda y postrada en una cama debido al ataque de una bruja.

Se pueden extraer algunas nociones básicas de cómo entendían la brujería los romanos. En primer lugar, se atiende a la ya mencionada misoginia. Sin embargo, también está la contraposición de roles, la mujer extremadamente malvada que ataca a los más vulnerables y a las buenas mujeres que son dignas. Ahora bien, las brujas también podían atacar a los más eminentes, como es el caso de un complot de matronas romanas que acabaron con la vida de muchos personajes importantes. Algo que narra Tito Livio (VIII, 18, 1-11) en su Historia de Roma.

Los zombies: el Correos de la época

Brujas, hombres lobo y zombies en la Antigua Roma
Brujas, hombres lobo y zombies en la Antigua Roma

Nada más lejos de la realidad, los romanos no concebían a los no-muertos como enemigos; sino como mensajeros. Por ello, lo que vemos en la foto, para un romano sería pura ficción sin fundamento. Al fin y al cabo, nuestra tradición de la «mitología zombi» viene de América y, por lo tanto, difiere mucho de la visión romana de la cuestión.

Es por ello por lo que en esta ocasión tenemos que dividir la cuestión en dos. Por un lado encontramos los relatos supersticiosos que se vinculan a la realidad y por el otro la novela romana que tenía una intencionalidad de diversión. En la primera de ella encontramos muchos muertos apareciéndose ante vivos para dar noticias o juicios de valor sobre lo que están haciendo. Algo que relata el propio Plinio el Viejo en su Historia Natural (VII, 53, 178-179) en la Guerra de Sicilia, donde un muerto le aseguró a Sexto Pompeyo que perdería la guerra.

No obstante, la divertidísima obra «El Asno de Oro», una joya de la novela romana, nos guarda uno de los más interesantes relatos sobre revivir a los muertos. En este caso de una manera que nos recuerda a Frankenstein de Mary Shelley. Allí, en tono totalmente de ficción, Apuleyo nos habla de un taller en el que resucitan a un joven beocio a través de ingenios creados por la más refinada alta magia romana. En el caso de este tipo de magia, la solían hacer hombres y generalmente no se contaban sus historias con intención de asustar, sino a través de una pretendida intencionalidad casi científica.

Conclusión

Como se ha podido comprobar a lo largo del artículo, los romanos vivían en un mundo mágico. Este mundo estaba plagado de seres sobrenaturales. En esta ocasión, solo hemos hablado de unos pocos de ellos, pero la realidad es que la propia forma de entender el mundo por parte de los romanos hacía que en los confines de las tierras conocidas existieran criaturas míticas, mágicas y exóticas. Buen ejemplo de ello son los blemios, hombres sin cabeza cuya cara se encontraba en su pecho. Por ello, si el mundo romano ya era mágico, fuera del mismo encontramos restos todavía más flagrantes de que lo ignoto siempre ha tenido un poderoso componente supersticioso en el pensamiento humano.

Bibliografía

Alfayé Villa, S. (2018). «¿Quién quiere matar a un muerto? Violencia, magia y necrofobia en la Antigua Roma» en Contreras, J.M. y Parejo, Mª. J. (coords), Religiones: no violencia y diálogo. Actas del XI Congreso de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones. Tirant Lo Blanch, pp. 77-97.

Fontana Elboj, G. (2021). Sub Luce Maligna: Antología de textos de la Antigua Roma sobre criaturas y hechos sobrenaturales. Editorial Contraseña.

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