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Historia de la derecha española: contrarrevolución, reacción y catolicismo

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Caricatura del carlismo, publicada en La Flaca en 1870. Atribuida a Tomás Padró.

Durante la primera mitad del XIX nacieron (o se reconstruyeron) diferentes facciones ideológicas. Leídas con ojos contemporáneos, se colocaron en puntos muy diferentes del espectro político, de derecha a izquierda. Durante la segunda mitad del siglo, muchas se asentaron, otras desaparecieron. Otras fueron evolucionando con el propio vaivén del siglo, a merced de los acelerados cambios.

La llegada de la contemporaneidad, y, con ella, el cambio de configuración social, económica y política sacudió las sociedades europeas desde los cimientos. En esa sacudida, las ideologías que sustentaban el sistema anterior cambiaron, desaparecieron o tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos.

Estos procesos salpicaron a todo el espectro político, de la izquierda a la derecha. Precisamente, la derecha se vio, en gran medida, afectada en su configuración por el propio devenir del siglo. En este artículo vamos a hablar de los orígenes y la evolución del ala derecha de la política española.

Revolución y contrarrevolución

Para comprender los orígenes de la derecha española, debe partirse de un término esencial: contrarrevolución. Se entiende como contrarrevolución todo aquello que se opone, tanto ideológicamente como de facto, de forma física, a una revolución. En este caso, la contrarrevolución de la que hablamos se opone a la revolución liberal en España, que tiene como origen la Guerra de Independencia (1808). Los efectos de la misma perduraron a lo largo del siglo XIX. La desaparición del Antiguo Régimen y la implantación de una sociedad liberal no fue algo repentino, sino que se produjo de forma paulatina.

Contra esa liberalización de la sociedad y la política españolas se posicionaron diferentes culturas políticas. Se trata de corrientes que comúnmente se denominan como reaccionarias. Se denominan así porque durante el siglo XIX, el avance de las sociedades se interpreta, en muchas culturas políticas, como un esquema maniqueo de dinámicas que se contradicen. La revolución (en este caso liberal) se interpretaba como el camino del progreso, del avance. La reacción era la dinámica opuesta, que se oponía a esa revolución liberal, que reaccionaba a esta. Es decir, tendió a la permanencia de las estructuras sociales, o incluso al retroceso, en una suerte de huida hacia atrás.

En el caso español, se pueden rastrear varias corrientes de pensamiento que toman como base ideológica la contrarrevolución. Esta evolucionó desde 1808 hasta la llegada de la Restauración borbónica, aproximadamente. Sin embargo, lejos de extinguirse, se mantuvieron hasta el franquismo e incluso hasta nuestros días. Esa corriente acabó vertebrándose, tomando diferentes formas, que se articularon desde lo que podríamos llamar “reaccionarismo genérico” (Urigüen,1988: 20).

De ese primer reaccionarismo o “reaccionarismo genérico” propio de finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX surgieron las primeras manifestaciones políticas del mismo.  Aún no estaban organizadas ni divididas en fracciones según sus diferentes matices políticos. Ese magma contrarrevolucionario del primer cuarto del siglo XIX supuso el germen del que surgen diferentes modalidades de oposición -en distinto grado- a la revolución. En este artículo se ha intentado sintetizar las mismas en tres: el carlismo, los primeros católicos liberales y los tradicionalistas, posteriormente denominados neocatólicos. Estas tres alternativas, que durante el segundo tercio del siglo tomaron caminos paralelos, acabaron por encontrarse en la fase final del reinado de Isabel II.

El dinastismo fue uno de los elementos comunes entre las distintas corrientes reaccionarias; a la vez que las mantuvo divididas durante buena parte del XIX. Las culturas políticas reaccionarias se definieron, por norma general, como legitimistas. El eje de su pensamiento político era la creencia en una soberanía prácticamente absoluta.

El conflicto dinástico por la corona española durante el siglo XIX, entre carlistas e isabelinos, marcó el devenir del siglo. Sin embargo, una parte de los isabelinos y el carlismo compartían una base ideológica común que les permitió acercarse, a pesar del conflicto por la corona.

La cultura reaccionaria en España no fue un fenómeno protagonizado exclusivamente por el carlismo, por tanto. Generalmente se toma a este movimiento como actor principal y arquetípico, pero no fue la única posición ideológica contrarrevolucionaria en España (Aróstegui, Canal, G. Calleja, 2003:11).

Lo hicieron también esos sectores de la derecha política que, aun integrados en el estado liberal y participando del juego de este, se posicionan contra algunas de sus premisas. No obstante, ese magma contrarrevolucionario que se mencionaba se desgajó en múltiples opciones, de mayor o menor calado. Todas esas opciones se pueden concentrar en las tres que se van a explicar en este artículo.

Dios, patria y reyes: el dinastismo y la reacción

Antes de explicar esas tres facciones, es necesario explicar el camino común por el que discurrieron. La relación entre las diferentes facciones de la derecha estuvo estrechamente ligada a la cuestión dinástica y a las cuestiones sociales que se escondían bajo esta. Cuando el reformismo ilustrado se transformó en revolución liberal en 1808, quedaron definidos dos bandos sociopolíticos en principio antagónicos: los realistas, favorables a una monarquía absoluta y los liberales, partidarios de la soberanía de la nación y sus ciudadanos. A su vez, los liberales acabaron por dividirse entre progresistas y moderados, tomando estos posiciones más conservadoras, en ocasiones cercanas incluso al carlismo. Este hecho se manifestó en diversos conflictos que no se limitaron a las conocidas como guerras carlistas, sino que se plantean desde años antes.

esquema partidos siglo XIX
Mapa con las principales formaciones políticas anteriores a la Restauración.

Se ha mencionado que, a pesar de provenir desde un tronco común, catolicismo liberal y, en especial, neocatolicismo y carlismo discurrieron buena parte del siglo XIX por cauces paralelos cuyos márgenes en ocasiones eran difusos.

Estas corrientes ideológicas durante una buena parte del siglo XIX se encontraron separadas por la cuestión dinástica, si bien no fue el único factor a tener en cuenta. No obstante, en sus presupuestos esenciales, se trata de una misma línea ideológica en la cual una parte de ella apoyará a Don Carlos y otra a su sobrina, la reina Isabel. Unos de ellos confían en Don Carlos como el único representante válido (y legítimo) de una rama ideológica concreta. Hubo otra parte que confió en que esa ideología se pudiese desarrollar bajo el reinado de Isabel II, por lo que se decantaron por esa rama de la familia Borbón. El liberalismo católico, en este caso, se integra también de parte de la reina.

Parece lógico pensar que estas tendencias políticas, con una raíz y una carga ideológica tan similar tuvieran encuentros o aproximaciones en algún momento. Los márgenes se hicieron difusos entre ellas en ocasiones. Y, de hecho, ocurrió. Conforme se erosionaban los fundamentos del trono de Isabel II en la década de 1860, las diferentes corrientes contrarrevolucionarias se acercaban. Esto no se debió, como se adelantaba, a una preferencia dinástica sino por ser estos quienes, en esos momentos, podían representar de forma más cercana su ideología.

De hecho, la relación entre todas estas corrientes durante el siglo XIX ha generado cierta discusión y confusión en la historiografía. Generalmente, la historiografía ha tenido cierta tendencia a denominar carlismo a estos primeros movimientos. Sin embargo, carlismo es un término que comenzó a utilizarse durante la década de 1820. Existe cierta costumbre de identificar contrarrevolución y carlismo, elementos que no necesariamente deben ir juntos. Se ha considerado al neocatolicismo incluso como una rama desgajada del carlismo. Esta idea, sin embargo, ha sido matizada y prácticamente desterrada en la actualidad (Urigüen, 1988: 45).

Además, entre su disociación en la década de 1830 y su reunificación tras la abdicación de Isabel II, entran en juego otros factores más allá de la cuestión dinástica que explican dicha disociación, los cuales se explican a continuación.

Durante un largo tiempo se ha tomado como punto de partida de estos conflictos la muerte de Fernando VII en 1833, pero la realidad es que este año supuso solamente la explosión de una serie de problemáticas previas. La pugna por quién ocuparía el trono tras el fallecimiento del rey era solo la forma externa de un conflicto que, en su interior, tenía más de social que de dinástico. Los cambios sociales a los que se oponían venían forjándose desde décadas atrás.

Se trataba de un movimiento de reacción que los defensores del régimen feudal absolutista fraguaron desde finales del siglo XVIII oponiéndose a las reformas ilustradas, las cuales tienen su mayor exponente en la figura de Godoy. Cuando, tras la Guerra de Independencia, ese reformismo ilustrado representado por Godoy se transformó en revolución liberal en las Cortes de Cádiz (1812), quedaron determinados dos bandos sociopolíticos contrarios. El realismo (germen de los movimientos contrarrevolucionarios posteriores) y los liberales (Pérez Garzón, 2015:144) quedaban enfrentados.

Este movimiento de reacción, aún en plena formación, mantendría una sola vía ideológica y de acción durante el primer cuarto del siglo XIX. Durante esa etapa comenzó a fraccionarse en diferentes tendencias que mantuvieron como tronco común una sólida base ideológica. Por tanto, en estos primeros momentos se hablará simplemente de contrarrevolución.

Desde las revueltas contra Godoy que se han mencionado, pasando por la guerra de Independencia (1808-1812) y el Manifiesto de los Persas (1814) y hasta los movimientos realistas surgidos en los años 20 del siglo XIX, la contrarrevolución fue forjándose lentamente. Fue en esa década cuando comenzó a ser llamado carlismo al movimiento de los partidarios de la reivindicación dinástica de don Carlos María Isidro de Borbón. Este,  hermano de Fernando VII, fue heredero durante un tiempo y luego desposeído del derecho al trono. Defendió su primacía frente a la heredera de Fernando, Isabel, la cual gobernaría más tarde como Isabel II. Sin embargo, los rasgos de este movimiento ya estaban presentes antes de la aparición de Don Carlos en otros movimientos (Aróstegui, Canal, G. Calleja, 2003: 15-19).

Durante el reinado de Fernando VII, el absolutismo evolucionó como mentalidad política. Con esa evolución creció también el apoyo a este dentro de una sociedad que experimentaba su primera experiencia liberal, la del Trienio Liberal (1820-23). Se impuso la Constitución de Cádiz, de corte liberal, en enero de 1820. Sin embargo, tuvo vigencia tan solo hasta la entrada desde Francia de los Cien Mil Hijos de San Luis (1823) en la Península Ibérica con el fin de restituir el absolutismo.

En los movimientos contrarrevolucionarios se integraron algunos militares y nobles, aunque no toda la capa aristocrática, casi la totalidad del clero e importantes masas del campesinado. También lo hicieron algunas de las capas sociales de artesanos y menestrales de las ciudades. Eran, en esencia, todos aquellos a los que las revoluciones liberales habían alterado negativamente sus modos de vida.

Todo esto se aglutinó en torno a ciertos dirigentes políticos y militares. Incluso se inició una insurrección en 1821, la cual acabó en una guerra civil en zonas del país entre 1822 y 1823. Sin embargo, el infante don Carlos era ajeno aún a este movimiento, en teoría acatando el liberalismo (Pérez Garzón, 2015:145). No obstante, durante el trienio 1820-1823, el liberalismo se extendió por todo el territorio y su cultura por el espacio urbano en una España mayoritariamente rural, donde hasta muchas ciudades eran más rurales que urbanas.

La abolición del régimen señorial, del mayorazgo y las desamortizaciones que se suceden durante todo el siglo XIX supusieron un gran proceso de privatización. Fueron a la vez una palanca de riqueza para unos sectores y de proletarización para otros. La revolución liberal, la demolición de la sociedad feudal para dar paso a una de clases, «necesitó» de una guerra que era la consecuencia de todas las tensiones, temores y esperanzas. Se concentraron en dos opciones no solo al trono, sino de modelo económico y social: Isabel II y don Carlos. El conflicto estaba ya planteado, por otra parte.

El origen del movimiento tradicionalista o contrarrevolucionario se encuentra, por lo tanto, en la resistencia de determinados colectivos frente a la progresiva implantación del nuevo marco político liberal y, sobre todo, a las relaciones económicas que conllevaba la extensión del capitalismo. Entre los defensores de las antiguas estructuras sociopolíticas no se encontraban únicamente los antiguos estamentos privilegiados. De hecho, gran parte de la nobleza y del clero defendieron la revolución liberal y se beneficiaron de las transformaciones que impulsó. Los principales apoyos los encontraron entre las masas campesinas, que fueron las principales perjudicadas de la liberalización de la sociedad. Estas defendían formas de vida tradicionales, así como el bajo clero y aquellos sectores ligados al servicio eclesiástico.

En torno a la década de 1830 tanto la revolución liberal como los movimientos contrarrevolucionarios estaban ya forjándose. No se trata, por otra parte, de un fenómeno exclusivamente español. La contrarrevolución fue una constante allí donde las estructuras del antiguo régimen fueron derribadas por la revolución liberal. Los movimientos liberales tuvieron su réplica en otros contrarrevolucionarios o antiliberales por toda Europa, aunque en España haya habido cierta tendencia a resumirlos erróneamente en la palabra carlismo (Pérez Garzón, 2015: 144).

Hay una clara continuidad, e incluso puede hablarse de interacción, entre los movimientos legitimistas, contrarrevolucionarios y tradicionalistas, en Francia, Portugal, Italia y España. Las conexiones entre unos movimientos contrarrevolucionarios y otros fueron permanentes en tierras europeas, poniendo las bases para la existencia informal de lo que se conoce como “internacional blanca”, por ser este el color de la bandera de los absolutistas.

Generalisima carlista
Estandarte Real o de la Generalísima, una de las principales banderas del carlismo, sobre todo durante la primera guerra (1833-1839), bordada por María Francisca de Braganza.

El caso español tendría, sin embargo, una singularidad, la frecuencia con que se manifestaron como conflictos bélicos, o al menos violentos, ya que esa resistencia a la revolución liberal se condensó, además de en símbolos e ideas, en una larga secuencia de guerras y conflictos de diferente intensidad.

El carlismo y sus significados

Cuatro días después de la muerte de Fernando VII, un grupo de exvoluntarios realistas proclamó en Talavera de la Reina a Carlos María Isidro como legítimo rey de España, bajo el nombre de Carlos V. Fue el inicio de una guerra que duró siete años y que supuso la última gran acción bélica del absolutismo (Martorell, Juliá, 2012: 53).

La guerra, como se mencionaba, era la manifestación bélica de una serie de tensiones que venían forjándose décadas y que tuvo un largo alcance. No obstante, marcó a nivel bélico, político y social gran parte del siglo XIX. La Restauración borbónica en el último cuarto del siglo no implicó la muerte de su ideología. Sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX e impregnó el ala derecha de la primitiva derecha española. Aún hoy pueden encontrarse pervivencias de esta.

Su ideario se construyó prácticamente por contraposición, por lo que en ocasiones se ha considerado incluso algo básico. No obstante, aun con un trasfondo que no debe obviarse, sus premisas básicas fueron la defensa del aparato institucional del antiguo régimen y del poder de la Iglesia en plenitud. Por otra parte, reivindicaban la naturaleza absoluta de la monarquía, a la que se presuponía un origen divino. En definitiva, Dios, Patria y Rey. Como movimiento de contraposición a la revolución que supuso, el pilar más fuerte sobre el que se sustentó fue la oposición a los cambios impuestos por la revolución liberal y la reivindicación de las relaciones económicas, sociales y políticas tradicionales (Martorell, Juliá, 2012: 53).

No obstante, no puede definirse al carlismo como un movimiento político propio del antiguo régimen. Por paradójico que parezca, fue una ideología de su tiempo, contemporánea, construida como reacción a cuestiones puramente contemporáneas también. Tuvo además  una proyección de futuro que no se anclaba en las dinámicas del pasado feudal, por mucho que lo reivindicasen e idealizasen.

El carlismo no se limitó a desarrollarse como la defensa de un aspirante al trono por una cuestión meramente dinástica, sino que supuso un fenómeno de calado mayor. Se han acumulado muchos tópicos a lo largo de la historia de España y, en parte, a causa de la misma, sobre sus contenidos y significados (Pérez Garzón, 2015:144).

En 1823 consideraron que el hecho de restaurar la monarquía absoluta era insuficiente, por lo que se articularon en batallones de voluntarios, a imagen y semejanza de la milicia nacional, para sostener a nivel militar y social el régimen absoluto. Se establece la oposición, en esos años, entre un bando nacional (adjetivo subversivo de los liberales que defendieron la soberanía ciudadana de la nación) frente a otro realista, absolutista (Pérez Garzón, 2015:144).

Fue en la década que media entre 1823 y 1833 cuando apareció el concepto de “carlista” para definirse. Fue en esos años en los que Carlos María Isidro se convirtió en un líder explícito para los antiliberales, puesto que lo asumían como heredero al trono. En 1830, Fernando VII tuvo una hija, una heredera que no fue bien aceptada por los carlistas. El rey murió tres años después y su hermano se proclamó heredero frente a su sobrina (Pérez Garzón, 2015:144).

Comenzó entones una guerra que no era la primera manifestación de este conflicto entre absolutistas y liberales. La regente, con mayor o menor agrado, hubo de apoyarse en el liberalismo para sostener a Isabel en el trono. Durante esa guerra civil el bando absolutista adoptó plenamente la denominación carlista.

En todo caso, este hecho respondía a una ola de antiliberalismo que golpeó a buena parte de Europa. Se ha comentado como, durante el primer conflicto entre carlistas e isabelinos (liberales y absolutistas) se estaba librando una guerra civil en Portugal, de 1828 a 1834, también entre liberales y absolutistas. En este caso se denominaron miguelistas, al estar representados en el rey Miguel, frente a su sobrina María, quien era la candidata al trono de los liberales. Se observa que es un conflicto dinástico prácticamente igual al español.  Portugueses y españoles compartieron incluso un mismo lema: Deus, Patria, Rei y Dios, Patria y Rey, respectivamente (Pérez Garzón, 2015:145).

Este tipo de conflictos también existieron en Italia, con movimientos antiliberales desde finales del siglo XVIII y más tarde, de resistencia a la unificación nacional. Del mismo modo, han de tenerse en cuenta las revueltas de La Vendée, en Francia.

No obstante, el pensamiento reaccionario ya había tomado forma no solo bélica, sino también ideológica. Tradicionalmente se considera que, en el caso español, debido al apego a las estructuras preliberales, tuvo especial arraigo en zonas rurales de Navarra y el País Vasco. En estas zonas, la resistencia al cambio se identificó con la defensa de los fueros, instituciones tradicionales que proporcionaban un cierto margen de autonomía a dichos territorios. Sin embargo, poco tuvieron de regionalistas las reivindicaciones carlistas en dichas zonas (Pérez Garzón, 2015; Martorell, Juliá, 2012: 53, 54). Además, si bien la guerra se concentró en determinados focos, el carlismo sociológico cundió por todo el país. El ideario carlista, contrarrevolucionario, se extendió más que las batallas.

Fue un movimiento muy ligado a las zonas rurales, que eran predominantes. No significa esto que no despertasen simpatías en el mundo urbano, sobre todo entre aquellos que se vieron perjudicados por la liquidación del sistema gremial. También entre pequeños nobles del ámbito rural, aunque la gran aristocracia del país no simpatizó tanto con el carlismo puesto que el desmantelamiento jurídico del antiguo régimen no les afectó negativamente, sino que los convirtió en propietarios, en el sentido más contemporáneo del término (Martorell, Juliá, 2012: 54). Tampoco, salvo contadas excepciones como Tomás de Zumalacárregui o Rafael Moro, los altos mandos del ejército respaldaron al carlismo.

El motivo con más peso para que la guerra carlista, -el exponente bélico de esta cuestión- se sucediese no era, no obstante la cuestión dinástica. La chispa que encendió el conflicto no fue tanto una cuestión de legitimismo como ideológica o social. Quienes se posicionaron por uno u otra candidata al trono actuaron por motivos más complejos a la par que más comprensibles que la cuestión dinástica, aunque habitualmente se presente como un mero conflicto por el trono.

Las tensiones entre revolución y contrarrevolución movilizaron a distintos grupos sociales entre 1820-1823, movilizaciones que desembocaron en una guerra civil diez años después, entre 1833 y 1839. Sin embargo, a pesar del triunfo liberal en 1839, los carlistas no menguaron su conflictividad en España. La guerra carlista fue sangrienta y cruel, se manifestó con una virulencia mayor que los conflictos paralelos en el resto de Europa.

Comenzó como una serie de alzamientos de partidas guerrilleras, pero la reacción inicial insuficiente del ejército liberal permitió que se consolidasen. Llegaron, incluso, a instaurar un microestado en el norte del país. Sin embargo, al comenzar 1839, el ejército liberal, comandado desde hacía dos años por Espartero, comenzó a hacer retroceder al carlismo hasta que, el 31 de agosto de 1839 el Convenio de Vergara selló la paz entre ambos bandos. Los carlistas reconocían la legitimidad de Isabel II a cambio de mantener los fueros vascos y navarros (Martorell, Juliá, 2012: 56). En el Maestrazgo, sin embargo, Ramón Cabrera no aceptó el Convenio de Vergara y sostuvo el conflicto hasta 1840.

Primera Guerra Carlista mapa
Mapa de la Primera Guerra Carlista en el momento de mayor conflictividad. Cabe mencionar que el carlismo y las ideologías reaccionarias en general recibieron apoyos en todo el país. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Primera_Guerra_Carlista#/media/File:Primera_Guerra_Carlista.svg

Las guerras carlistas fueron un conflicto entre diferentes modelos sociales, entre la entrada del liberalismo en España y la preservación de formas de vida tradicionales amenazadas por la revolución liberal. Con ella, se abrieron esperanzas de progreso, modernización y enriquecimiento, pero solo para unos determinados sectores sociales. Mientras que se imponía la igualdad jurídica entre los ciudadanos se iban construyendo nuevas clases sociales, desiguales entre sí y que sustituían a los estamentos propios del antiguo régimen. La construcción de un Estado centralizado y autónomo significaba, por otra parte, una amenaza para aquellos estamentos que anteriormente se habían visto privilegiados, como los viejos señores feudales y la Iglesia.

A pesar de haber sido derrotados, siguieron activos, marcando el devenir del siglo. Protagonizaron una segunda insurrección, conocida como segunda guerra carlista, entre 1846-1848, y una tercera entre 1872 y 1876. No puede pasarse por alto su decisiva movilización, además, en la guerra civil de 1936, a favor del bando nacional. A nivel ideológico y político, su relevancia fue incluso mayor que si solo se toma lo bélico como referencia.

Este movimiento evolucionó con el tiempo hasta formar un partido organizado, manteniendo como elemento de unión la legitimidad de la rama dinástica descendiente de don Carlos. Pervivió como una fuerza importante en la política española hasta el inicio del régimen del general Franco. Le acompañó siempre la insurrección armada, identificándose en la permanente lucha contra el poder liberal.

Caricatura del carlismo, publicada en La Flaca en 1870. Atribuida a Tomás Padró. En ella ya se satirizaba con el concepto de «cruzada» contra la revolución en el que se sustentaba el carlismo y que tendrá un largo alcance en la historia de España.

“¿Queréis evitar revoluciones? Haced evoluciones”. Jaime Balmes y el catolicismo liberal

El catolicismo liberal fue otra de las ramas en la que se desgajó la derecha española en sus orígenes. El inspirador cultural e ideológico de esta rama fue Jaime Balmes. Se trata de una rama de la derecha española que intentó conciliar los elementos que consideraban salvables de la tradición y lo positivo del liberalismo.

En todo caso, Balmes no fue el líder de un partido definido y agrupado (dentro de los estándares de agrupación y definición de los partidos de la época, completamente diferentes a los actuales). Pero sí fue la referencia ideológica e intelectual de todos los que abogaban por el entendimiento entre partidos o agrupaciones políticas que consideraban afines, aun habiendo tomado caminos separados (Urigüen, 1988: 65).

Si el pensamiento maduro de Donoso Cortés supuso el punto de anclaje para el neocatolicismo, Balmes se postuló como sustento del catolicismo liberal. Supuso un elemento de conciliación entre las verdades eternas de la religión católica, indiscutibles para gran parte de las culturas políticas del momento, y las necesidades técnicas y científicas de su tiempo. Con su obra Consideraciones políticas sobre la situación de España, consiguió agradar de manera notable al sector más conservador del partido moderado. Precisamente, del sector del que surgió el neocatolicismo (Urigüen, 1988: 65, 66).

El catolicismo liberal pretendió reconciliar a los carlistas y los moderados con el fin de hacer frente a la revolución social que tanto temían. No obstante, ese temor fue el elemento común entre todas estas facciones de la derecha (Urigüen, 1988: 65, 66).

Balmes pretendía una conciliación entre la España antigua, la del carlismo, y la España nueva, la de los principios liberales de las clases medias emergentes. Tenía la firme convicción de que el catolicismo era compatible con el progreso científico y con una cierta apertura a la libertad política. Si bien fue férreamente crítico con las leyes de desamortización, insistió más sobre el perjuicio que suponía la pérdida de libertad de acción de la Iglesia. Es un elemento que le distingue ligeramente de posiciones más reaccionarias (Acle-Kreysing, 2015:91).

No obstante, el catolicismo liberal, en su vertiente política, se asentó sobre una idea de nación católica que intentó igualar el concepto de ciudadano al de creyente. Tuvo como punto de partida un cierto acertamiento de la reforma liberal y la firme intención de conservar la ortodoxia católica. Esto trajo consigo una serie de tensiones. Aún no existía un acuerdo en torno a la propia nación ni a cómo debía ser el catolicismo que apuntalase ese régimen. Tampoco una línea divisoria clara que separase la comunidad de fieles de la ciudadanía (Acle-Kreysing, 2015:92).

Este es uno de los aspectos más relevantes del catolicismo liberal, uno de sus aportes de más largo alcance: la identificación entre la nación española y el catolicismo. No obstante, la construcción mítica de España supuso un dilema para esta rama de la derecha, puesto que ponía trabas a la meta última de cualquier nacionalismo, reforzar el Estado (y con él a la nación) frente a otras instituciones, como la Iglesia (Acle-Kreysing, 2015:92).

Por otra parte, ha de tenerse en cuenta que el propio liberalismo sufrió una transformación, pasando de una etapa revolucionaria a otra postrevolucionaria (Acle-Kreysing, 2015:92). Esta transformación puede considerarse más bien un desplazamiento hacia la derecha en el espectro político.

El liberalismo pasó, de forma lenta y paulatina, de constituir un elemento revolucionario a uno conservador, lo que se refleja en tradiciones ideológicas como esta. El levantamiento general contra Espartero en el que fue decisiva la intervención de los moderados y los carlistas fue el punto de referencia que encontró Balmes para su política de conciliación (Urigüen, 1988: 66, 67).

Es necesario mencionar que, en su faceta periodística, Balmes contó con el apoyo económico de hombres del moderantismo, como el Marqués de Viluma. Fue su sustento económico el que le permitió publicar El Pensamiento de la Nación, un periódico de corte católico-liberal cuya andadura comenzó en febrero de 1844. El uso de las armas del liberalismo (la prensa, los debates en cortes), algo que también fue común en el neocatolicismo, respondía a una acomodación a las formas culturales de su tiempo. No obstante, Balmes defendió la necesariedad de mantenerse en unas dinámicas políticas acordes a su tiempo (Acle-Kreysing, 2015: 96).

El Pensamiento de la Nación, 7 de febrero de 1844
Primera página del primer número de El pensamiento de la Nación, periódico de Jaime Balmes y cabecera del liberalismo católico.

Se pretendía convertirlo en el órgano no de un partido político, sino de un gobierno cuyo programa fue la reconstitución social de la nación en función a las antiguas tradiciones. Para ello, abogó también por el matrimonio entre Isabel y el primogénito de Don Carlos, ya que este permitiría fortalecer la monarquía, que se había visto debilitada por el sistema constitucional (Urigüen, 1988: 68).

El catolicismo liberal se había distinguido por mezclar un cierto idealismo con pragmatismo, lo que se reflejaba en esa propuesta. Balmes defendió el proyecto de matrimonio entre Isabel II y el Conde de Montemolín, por una cuestión puramente práctica, pero también con el fin de llevar a cabo una reconciliación simbólica. Bajo el paraguas de esa reconciliación no solo se cobijaron las ramas rivales del monarquismo, sino todas las facciones políticas.

Este matrimonio se planteaba como la combinación perfecta entre la España nueva y la antigua, la cual cimentaría los sentimientos nacionales y permitiría que Isabel II dejase de requerir de los apoyos progresistas, revolucionarios. Llegó incluso a redactar una carta que el conde de Montemolín dirigió a los españoles una vez que su padre hubo abdicado en él en 1845. En ella afirmaba no querer destruir todo lo que las revoluciones liberales habían destruido, sino conciliarlo con el legado de la “España” anterior (Acle-Kreysing, 2015: 94).

En ese mismo año, el gobierno ordenó la devolución al clero de las propiedades que no se habían vendido hasta entonces. La constitución afirmó el carácter católico de la nación española. Era un matrimonio de conveniencia entre la Iglesia y el régimen moderado, que, sin embargo, reflejó las doctrinas de Balmes en cuanto a la cuestión nacional (Acle-Kreysing, 2015: 96).

La convicción de que el “pueblo”, en el sentido más romántico y conservador de la palabra, más que las clases medias en el poder, era el reflejo verdadero de los valores de España explica las simpatías que Balmes sintió por el carlismo. Compartía con ellos la crítica a las desamortizaciones, pero desde un punto de partida muy diferente. Si el del carlismo era la contrarrevolución, el del catolicismo liberal era la aceptación del orden liberal.

Su crítica a los procesos de privatización tenía más que ver con el hecho de que para Balmes, el feudalismo aún subsistía (Acle-Kreysing, 2015: 95). No obstante, en gran medida, quienes se habían convertido en propietarios tras estos procesos habían sido los antiguos señores. Intentaba, por ello, conciliar la parte liberal de los moderados con la católica tradicionalista del carlismo.

Sin embargo, esta idea fracasó. No obstante, moderados y carlistas enfocaban el problema dinástico (y el social que subyacía) desde puntos diferentes, por lo que ese matrimonio podría haber debilitado a la monarquía. Tras esto, Balmes consideró que su intervención en la política española había concluido. A su muerte, el programa político de Balmes se diluye en el entramado político del momento, quedando asociados los católicos liberales al marqués de Viluma (Urigüen, 1988: 69).

Sin embargo, correligionarios de Balmes como Manuel de la Pezuela pudieron haber formado parte del gobierno, sobre todo a partir de 1851. No es que el catolicismo liberal desapareciese de la política. De hecho, supone uno de los gérmenes de la derecha política española. Sin embargo, los católicos liberales habían sido siempre más católicos que liberales, por lo que se centraron en proyectos como la Unión Católica de Pidal y Mon, cuya función política esencial era la defensa del catolicismo; como dogma y como cultura política (Urigüen, 1988: 73, 74).

No obstante, años más tarde otros políticos intentaron recuperar la idea de Balmes, como Aparisi Guijarro en 1857. Desde las páginas de El Pensamiento de Valencia defendió la reconciliación entre los liberales moderados y los carlistas en un partido intermedio. Intentos similares fueron los de José María Quadrado en 1869 o Alejandro Pidal y Mon en 1881. No obstante, el resultado será similar en todos los casos, aunque entonces obstaculizados por neocatólicos e integristas (Urigüen, 1988: 72, 73).

Los dos grandes proyectos del catolicismo liberal y de Balmes, el matrimonio de conciliación y la restauración de la posición privilegiada e independiente del la Iglesia quedaron en nada, al menos en vida del mismo. Sin embargo, las ideas con las que Balmes apuntaló esas propuestas tuvieron un alcance mucho más largo. La interpretación de España como una nación católica se apoyaba no solo en la imagen que leía sobre el liberalismo español, sino sobre el papel crucial de la iglesia en la historia de la nación. El legado más duradero del catolicismo liberal fue la fusión de la identidad de la nación española resultante de las revoluciones liberales a lo religioso (Acle-Kreysing, 2015: 98).

Los puntales que sostuvieron la propuesta política de Balmes dieron luz a una narrativa mítica según la cual el catolicismo había creado la nación española, era algo inherente o esencial a esta. Esta narrativa mítica sentó las bases del mito historiográfico nacionalcatólico del siglo XX, cuyos ecos resuenan hasta nuestra actualidad más inmediata. Sin embargo, durante el siglo XIX, la creación de una retórica capaz de unir pueblo, nación e iglesia y la idea de la nación española como algo históricamente católico (que, a pesar de estar de completa actualidad, ha sido desechada por la historiografía) eran cuestiones novedosas (Acle-Kreysing, 2015: 98).

El catolicismo liberal, como «partido» político tuvo un alcance y un nivel de seguimiento mucho menor que el de las dos otras ramas de la derecha mencionadas. Sin embargo, su postura «intermedia» permitió que el alcance de sus ideas desbordase al de sus seguidores y calase en la derecha española. De la construcción de la nación española como un ente católico no bebió solamente la derecha donosiana, sino que también lo hizo el carlismo y, posteriormente, todo el ala derecha de la política del siglo XX, franquismo incluido.

El catolicismo liberal supuso la facción más moderada del catolicismo militante, cuyas ideas salpicaron el neocatolicismo, aunque se recrudecieran en este y en su reniego constante de cualquier atisbo de liberalismo (Urigüen, 1988: 73). Posiciones como la de Balmes se volvieron una rareza ante el embate de los neocatólicos, quienes en el marco del bienio progresista (1854-1856) defendieron una retórica más reaccionaria, donosiana, basada en la incompatibilidad entre el catolicismo y la civilización moderna (Acle-Kreysing, 2015: 102).

Púlpitos y escaños: el Neocatolicismo

El neocatolicismo y sus raíces moderadas

Si la contrarrevolución, en sus diferentes vertientes, se había articulado como un movimiento de oposición al régimen que estaba implantándose, durante la década de los años 40 del siglo XIX esa oposición se matizó para algunas culturas políticas reaccionarias.

Tras la caída de Espartero en 1843, el gobierno pasó a manos del Partido Moderado durante una larga época. Este hecho cambió sustancialmente las relaciones entre la contrarrevolución y el poder. Sobre todo, en lo que respecta al moderantismo. Este fue, a largo plazo, la cuna del neocatolicismo. Supuso la opción más conservadora en el liberalismo triunfante tras la guerra civil.

Durante las décadas de 1830 y 1840, las relaciones entre la Iglesia y el Estado habían experimentado cambios. Tras varias desamortizaciones, la Iglesia comenzó a depender del Estado para sostenerse. Durante la regencia de Espartero (1841-1843) se intentó crear una iglesia al servicio del liberalismo. Por ello, una vez pasada la regencia de Espartero, la década de los 40 fue un momento excepcional para la Iglesia.

La conclusión de la guerra civil en 1840 y la moderación del régimen liberal tras la caída de Espartero llevan a la inclusión de partidos que podrían situarse el centro de la escena política del momento. Con el tiempo el espectro se desplazó hacia la derecha, desplazando consigo a estos partidos en dicha dirección (Aróstegui, Canal, G. Calleja, 2003: 182-185). Es en estos momentos donde entra el juego el moderantismo.

En 1844 comenzó la Década Moderada, que se extendió hasta 1854. No obstante, el Partido Moderado gobernó durante la mayoría del tiempo entre el fin de la regencia de Espartero y la Revolución de septiembre del 68, con excepción del Bienio 1954-56, conocido como Bienio Progresista y posteriormente, los cinco años de gobierno de la Unión Liberal de O’Donnell (1858-1863).

Cabe aquí, por lo tanto, contextualizar a los moderados en las fechas que se manejan. El Partido Moderado fue una formación para la acción política, al modo de los partidos de notables de la época, que representaba los intereses del estrato social superior y del ala conservadora de las clases medias. Se situaba en el centro-derecha del espectro político. Se nutrió con diferentes tipos de sujetos: liberales conservadores, reformistas, muchos de ellos colaboradores de Fernando VII en la fase final de su reinado. También carlistas arrepentidos que se unen al moderantismo tras la derrota de 1938-1939, aproximándose a la fracción del partido que en esos momentos se veía representada en el Marqués de Viluma (Urigüen, 1988: 78; Cánovas,1982). Esto demuestra las similitudes ideológicas entre ambos partidos

Se sumaron a sus filas todos aquellos que, tras la Regencia de María Cristina, en la que esta se había visto obligada a apoyarse en el liberalismo, habían quedado desencantados con los ideales y prácticas progresistas. Esto provocó que virasen ideológicamente hacia la derecha. De este modo, puede marcarse 1844 como el año en que se empezaron a definir las tres principales tendencias ideológicas que caracterizaron al partido en los años centrales del XIX: vilumismo, puritanismo y moderantismo histórico. (Sáez Miguel, 2015: 256).

Se trata de diferentes ramas surgidas por la existencia de divergencias. Sobre todo, respecto a cuánto debían contribuir las instituciones tradicionales, monarquía e iglesia, al nuevo orden político. La cuestión religiosa aparece como elemento de discusión entre estos grupos y será la que desplace a muchos a posiciones más reaccionarias (Urigüen, 1988: 79-80; Acle-Kreysing, 2015: 93).

Estas tendencias estuvieron pronto claramente definidas, a la par que se situaron como opciones casi opuestas: la mencionada rama vilumista, más conservadora y la puritana, más cercana al liberalismo. En el centro del partido puede encontrarse lo que se denomina moderantismo histórico, que representaba una revisión conservadora de la revolución liberal (Sáez Miguel, 2015: 257, 258).

El vilumismo se sitúa a la derecha dentro del moderantismo, con una ideología cercana tanto al liberalismo económico más conservador como al absolutismo reformista del sector más retrógrado del conservadurismo liberal, un grupo que no solo iba a formar una fracción diferenciada dentro del moderantismo, sino que además representaba una concepción propia del modelo monárquico, puesto que aspiraban a una monarquía tradicional, casi absolutista (Sáez Miguel, 2015: 258, 259).

Paradójicamente, fue este ideario el que, a la vez, atrajo a un sector del carlismo menos belicoso una vez terminada la primera guerra, puesto que compartían una base política similar. Se trató, de una fracción de tintes contrarrevolucionarios inserta en un partido político de origen liberal. Por una cuestión de cercanía ideológica, los vilumistas buscaban aproximarse al carlismo mediante la fusión dinástica (idea que será una constante durante el XIX, por otra parte). Es decir, pretendían, al igual que Balmes y sus partidarios, un matrimonio entre Isabel II y el candidato carlista al trono (Urigüen, 1988: 79).

Su conservadurismo tradicionalista les convirtió, en esos momentos, en el enemigo más fuerte del liberalismo, junto al carlismo. Los moderados hicieron equilibrismos ideológicos para conseguir compensar la balanza entre revolución y tradición. Para ellos, era posible ser antirrevolucionario sin ser reaccionario, aunque sus posturas lo fuesen en realidad (Acle-Kreysing, 2015: 93).

Sin embargo, si bien existían cuestiones que los acercaban, existieron elementos que separaron al vilumismo del carlismo. Uno de ellos es el propio problema dinástico. Para el vilumismo, la legitimidad de Isabel II como reina es indiscutible, puesto que había ganado la Guerra de Sucesión. Esta idea será su principal seña identitaria dentro del tradicionalismo español, pues supuso uno de los lazos de unión más fuertes con el sistema liberal. Los moderados se valieron del trono de Isabel II para prevalecer frente a sus contrarios, amparándose en esa legitimidad. Fue en ella en la que fundaron su propio proyecto político (Acle-Kreysing, 2015: 93).

Otra diferencia insalvable era el extracto social del cual se nutrían. Socialmente, en el vilumismo (también denominado isabelismo autoritario) se insertaban en unos modos de vida más vinculados a la burguesía incipiente surgida a raíz de la revolución liberal que a las clases populares (Sáez Miguel, 2015: 258-260).

En toda esta cuestión, además de factores sociales o del propio dinastismo, la religión juega un papel importante. La Iglesia católica, que se había visto fuertemente perjudicada por la revolución liberal, acabó por acomodarse a ese nuevo marco. Encontraría, en efecto, algo más que un hueco en el régimen constitucional, sobre todo a partir de 1844 (Mínguez, 2016: 68).

Los gobiernos moderados de esta etapa fueron los que posibilitaron ese reajuste, puesto que anularon completamente la tendencia secularizadora que los gobiernos progresistas seguían desde su llegada al gobierno. Los moderados trataron de integrar a los carlistas en el régimen con el fin de cerrar definitivamente la amenaza bélica contrarrevolucionaria y estrechar las relaciones con la Iglesia católica.

España había atravesado una etapa de tensiones entre Estado e Iglesia propia de los momentos más tempranos del liberalismo, que entró en un período de impasse (Inarejos Muñoz, 2008: 299, 300). La relación de la Iglesia con el gobierno a partir del Concordato impulsado por Bravo Murillo en 1851 es mucho menos tensa de lo que había sido anteriormente.

La entrada en la Década Moderada supuso, además, el comienzo de una etapa de relativa estabilidad política. La divisa de la época no es ya libertad, como diría Larra sobre la suya, sino el orden. Para el moderantismo ha pasado ya la época de las revoluciones. En 1844 se había nombrado a Isabel II mayor de edad para evitar los inconvenientes de una nueva regencia. Desde ese momento hasta la revolución de 1854, el único mecanismo viable para alcanzar el poder fue obtener el favor de la reina (Seoane, 1989: 195).

El régimen constitucional fue suplantado por la realidad de las camarillas. Conseguir cercar a la reina en un entramado de influencias era más eficaz que enfrentarse a un electorado enormemente restringido por el sufragio censitario y, sobre todo, a un voto sistemáticamente manipulado desde el poder.

En los primeros años de su reinado, sin duda, fueron los sectores del moderantismo vinculados a la exregente María Cristina y a su marido Fernando Muñoz (con Donoso Cortés como pieza clave) quienes consiguieron vincular el poder real a sus intereses políticos. Así, el general Ramón María Narváez fue la cara política de esta camarilla y sostuvo durante años la presidencia del gobierno.

Los moderados temían a la revolución social, entendida como la lucha de las clases populares por la igualdad económica. Esta, finalmente, estalló en Francia en 1848. Luis Felipe de Orleans se vio obligado a dimitir, tras lo que se instauró una república de marcada orientación socialista. La primavera de los pueblos fue radicalmente rechazada por los partidos conservadores europeos. Sobre todo en aquellas reivindicaciones referentes al trabajo, porque limitaba el derecho de los propietarios (Martorell, Juliá, 2012: 95, 96). También consiguió poner en guardia al conservadurismo español.

Cuadro de Henri Félix Emmanuel Philippoteaux, Lamartine devant l’Hôtel de Ville de Paris, le 25 février 1848. Representa la revolución de 1848 en Francia

Se trata de un momento de deriva autoritaria para el moderantismo, que se sustentó sobre las ideas de Juan Donoso Cortés. Esa deriva generó tensiones con la parte más progresista de los moderados, los puritanos. Esta tendencia fue todavía más acusada en 1851, cuando Bravo Murillo pasa a ocupar la presidencia del gobierno (Seoane, 196: 1989).

A Juan Donoso Cortés se le considera, por otra parte, el ideólogo clave del tradicionalismo en general, y, una vez configurado este, del neocatolicismo en concreto. El Donoso Cortés que deja huella en las filas católicas es el posterior a la revolución de 1848, puesto que antes de eso, era un liberal doctrinario. Sin embargo, su pensamiento evoluciona hacia la derecha política (Urigüen, 1988: 57).

Gobernar en católico: la eclosión del neocatolicismo

El pensamiento conservador, ultracatólico y antiliberal de Donoso Cortés abrió una línea divisoria en el moderantismo. Puede encontrarse, por tanto, el origen de los neocatólicos situándolo en los sectores católico-conservadores del partido moderado. Era, como ya se ha reiterado, el ala más derechista de este. Fueron, en origen, un grupo de opinión y de acción política no institucionalizado cuyo origen debe buscarse en el ala más reaccionaria del Partido moderado (Inarejos Muñoz, 2008: 298).

Entre los propios moderados reclutó Donoso a sus primeros seguidores. Sin embargo, los carlistas también reconocieron en él un defensor de ideas similares, aunque no se identificasen de forma total con este (Urigüen, 1988: 62). Todo ello evidencia la estrecha relación ideológica entre ambos grupos, separados solamente por la cuestión dinástica. En resumen, el origen de la escisión de los neocatólicos remite a un momento de gravedad en Europa: la revolución de 1848 (Inarejos Muñoz, 2008: 299-300).

En cualquier caso, la deriva de los gobiernos moderados siguió un rumbo cada vez más autoritario (Martorell, Juliá, 2012: 96, 100). Sin embargo, esa deriva autoritaria sucedió, en todo caso, sin salir de los cauces del sistema político liberal. Se dedicaron a denostar al liberalismo por todos los medios posibles desde, por ejemplo, el púlpito. Sin embargo, también lo hicieron desde escenarios tan liberales como la imprenta y el escaño (Inarejos Muñoz, 2008: 298).

Otra de las causas de la eclosión del neocatolicismo fue la revolución de 1854, cuando comenzó a infringirse el Concordato firmado cuatro años antes. Entre 1854-56 las relaciones Iglesia-Estado en España están caracterizadas por una serie de tensiones, hasta que se rompieron las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno español. Estos hechos provocan la reacción de los sectores más católicos del país. Esta reacción favoreció la división en el seno de los moderados (Urigüen, 1988: 105).

La revolución de 1854 puso en entredicho la unidad católica de España, lo que va a avivar las llamas del donosianismo. A partir de ello, el catolicismo español toma una posición hostil hacia el liberalismo, hostilidad que aumenta según la relación entre el Papa y el Gobierno italiano empeoran.

Por ello, durante la última década isabelina asumieron cargos políticos un importante número de neocatólicos. Además de esto, la muerte del cardenal Bonel y Orbe, confesor de Isabel II en 1857 y la elección de Antonio María Claret para sustituirle supuso un cambio radical en la actitud religiosa (dada la ideología reaccionaria de Claret) y moral de la reina y, lo que es realmente importante, en la deriva política del país.

La ocupación de Roma fue de gran interés para el neocatolicismo. No obstante, consideraban a la Roma papal como la capital del mundo cristiano y de la Iglesia católica, cuya defensa es su prioridad. En 1865, el reconocimiento del reino de Italia por parte de la reina Isabel supuso un elemento de confrontación entre el neocatolicismo, la reina y el sistema liberal que esta representaba.

Además, en esta ocasión, Claret presionó a la reina más allá de lo puramente religioso, intentando que fuese sumisa a la voluntad de la Santa Sede. La reina, en cambio, antepuso las razones de Estado a lo religioso. Negarse a reconocer el reino de Italia podía suponer graves problemas diplomáticos. Esto no fue del agrado del neocatolicismo. De hecho, supuso una de las razones principales por las que esta corriente se distanció de la rama isabelina y se fuese acercando cada vez más al carlismo (Urigüen, 1988: 143-144).

Si no podían gobernar en términos católicos, los neocatólicos perdían su vínculo con el sistema liberal. De hecho, estas cuestiones les sirvieron para escorarse más hacia la derecha. Incluso adoptaron como baluarte ideológico el Syllabus o Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo publicado por el Vaticano en 1864. En él, se recopilan en forma de proposiciones positivas los errores cometidos por las políticas liberales. Con ello, el neocatolicismo viraba hacia posiciones cada vez más reaccionarias.

Portada del Syllabus
Portada de una de las primeras ediciones del Syllabus en castellano (1864)

El Syllabus llegó a España en un momento en que las diferencias entre neocatólicos y liberales se iban agudizando enormemente. Coincide, además, con sonoras polémicas en el ámbito universitario, cada vez más candentes, entre los primeros krausistas (como Julián Sanz del Río o Emilio Castelar) y el ala más conservadora de la institución. Se oponían a los intentos del krausismo por desacralizar la educación.

Este tipo de comportamiento político será la tónica de la actividad neocatólica. La unidad religiosa como base y fundamento de la unidad política y como origen de la nación española son, junto con la creencia de que lo católico es definitorio de lo español, algunas de las premisas básicas del neocatolicismo y uno de los argumentos más veces utilizado para defender la unidad de cultos (Urigüen, 1988: 94). Rechazaban completamente la libertad religiosa. Se trata de ideas paradójicamente heredadas de una rama de la derecha que sí aceptaba el liberalismo desde una perspectiva católica, como fue el caso de Balmes.

El reencuentro de una ideología

El proceso de deslegitimación que sufrió la reina los años finales de su reinado disminuyó o hizo desaparecer la lealtad de muchos de sus seguidores más reaccionarios. Por eso, tras la caída de Isabel II en 1868 los carlistas y los neocatólicos, que compartían una base ideológica común, pudieron aproximarse. El monarquismo había dejado de ser un impedimento para el encuentro de ambas corrientes ideológicas. Ese acercamiento pasó, no obstante, por la aceptación de la legitimidad de Don Carlos por parte de estos últimos (Urigüen, 1988: 20, 23).

Cuando la revolución de 1868 puso fin, en septiembre, al reinado de Isabel II, esta marchó al exilio. Hasta 1865, los neocatólicos consideraban que la reina Isabel podía gobernar en católico. Creían que los principios donosianos que abanderaban podían ser llevados a la práctica dentro del sistema. Cuando la soberana se vio obligada a reconocer el reino de Italia, comprendieron que la influencia que creían ejercer sobre la reina no era tan fuerte. Asumieron que tendrían que desarrollar su ideología y sus soluciones a los problemas contemporáneos fuera del sistema que representaba Isabel. O, al menos, de los partidos liberales (Urigüen, 1988: 219).

Estas tensiones estuvieron sobre el tablero político hasta la revolución de 1868. Esta, al obligar a Isabel a marchar al exilio, hace desaparecer aquello que separaba a neocatólicos y carlistas: ella misma. Tras esto, los carlistas tuvieron muy fácil atraer a los neocatólicos.

Sin embargo, del ideario de ambos se destila una aceptación de algunos principios liberales como cuestiones de sentido común. Los conservadores no tuvieron más remedio que considerarse hijos de la revolución, tal y como había hecho Balmes y, en ocasiones, se veían obligados a reclamar su parte de sangre derramada en la lucha contra el absolutismo y por la libertad.

La revolución, por mucho que reaccionasen a ella, había sucedido y también, había arrasado todo a su paso. Se trata de la creación de un mundo nuevo. Esta imagen de un tiempo inédito es fundamental para entender la cultura política conservadora, porque pesar de renegar del sistema liberal a veces tuvieron que legitimarse como hijos del mismo, tal y como hiciera el catolicismo liberal. Las corrientes reaccionarias permanecieron siempre atentas a cualquier indicio de resurrección del demonio revolucionario (Veiga, 2016, 292, 294). No obstante, el miedo a la revolución social será una constante para estas culturas políticas.

Esto demuestra que, a pesar de su carácter reaccionario que no puede negarse, ni el neocatolicismo ni el carlismo (ni, por supuesto, un catolicismo liberal que partía de la aceptación del nuevo orden) no es una ideología feudal o del antiguo régimen. En cambio, tuvieron proyección de futuro y avanzaron, dentro de su línea de pensamiento, al mismo ritmo que avanzaba la sociedad. Puede observarse en su fuerte participación en prensa o en la defensa de la libertad de asociación. Claro que su ideología es contrarrevolucionaria, reaccionaria. Aparentemente buscan la restitución de un sistema propio del pasado. Pero ese pasado que anhelaban era un pasado que ellos mismos habían idealizado y transformado. No obstante, se trata en la mayoría de casos de hombres socializados en un sistema ya liberal.

Muchos de esto hombres pasaron, una vez había abdicado Isabel II, a engrosar las filas del carlismo. Algunos manifestaron, de forma más o menos pública, su adhesión a Carlos VII. La abdicación fue dos años posterior al exilio. Fue fruto sobre todo de las presiones de los canovistas y liberó de las relaciones de lealtad con la reina a muchos neocatólicos (Higueras Castañeda, 2016: 5).

1870-07-10 - abdicacion de isabel ii
Caricatura sobre la abdicación, dos años después de su exilio, de Isabel II en su hijo. Publicada en julio de 1870.

Los motivos por los que los neocatólicos acabaron por acercarse primero, durante el Sexenio Democrático, e integrarse después en el carlismo trascienden de lo dinástico. Para el neocatolicismo, la cuestión dinástica es prácticamente accidental: les resulta indiferente quien reine mientras defienda sus intereses, que a la vez son los de la Iglesia católica.

Será aproximadamente en esta cronología, durante el Sexenio Democrático (1868-74) cuando se comienza a utilizar el término tradicionalismo para designar al conjunto de carlistas y neocatólicos, los cuales, ya unidos, formaban la agrupación política denominada Comunión Católico-Monárquica, la cual se adhería explícitamente a las ideas de Juan Donoso Cortés (Urigüen, 1988: 53, 55). El proceso de unificación de ambas corrientes se llevó a cabo de forma progresiva y con varios conflictos de por medio, por otra parte. Tampoco fue definitivo.

Las dos corrientes políticas compartían una base que permitía la acción conjunta: la defensa acérrima del catolicismo, la condena al liberalismo y el temor a una revolución social (Higueras Castañeda, 2016:1). El liberalismo católico, en cambio, partía de la aceptación de la revolución liberal. Para el catolicismo liberal, la modernidad era un hecho que debían aceptar y del que debían abrazar sus partes positivas, combinándolas con la tradición. Compartían, por tanto, la defensa del catolicismo y temían del mismo modo una revolución de corte social, pero no renegaban del liberalismo. Sin embargo, en un momento político en que las relaciones Iglesia-Estado eran un marcador ideológico clave, los acercamientos también fueron posibles.

La contrarrevolución estuvo compuesta por todos aquellos elementos que buscan la restauración de los principios católicos y del orden tradicional de la sociedad. Es un rasgo común a todas las denominaciones de la misma: Comunión Católico-Monárquica, Partido/ Comunión Tradicionalista, Partido Carlista, neocatolicismo, Partido Religioso-Monárquico.  Con «orden tradicional» se refieren a aquel basado en una visión idealizada de los siglos previos a la revolución de Lutero.

Para ellos, el siglo XV sirvió como referencia. En su visión idealizada del mismo, todos los reinos que componían España fueron libres. Se gobernaban mediante sus fueros y servían a la Iglesia en todas sus facetas. El catolicismo, la Iglesia, Roma y el papado son conceptos básicos en las definiciones que estos hombres. Primero se denominaron neocatólicos, después carlistas y en el futuro se denominarían integristas, pero fueron, en esencia, los mismos (Urigüen, 1988: 510)

Los movimientos de contrarrevolución son los últimos intentos del Antiguo Régimen por la supervivencia de sus estructuras. En el caso de España, dada la baja industrialización del país y el predominio de lo rural, estos intentos tuvieron más relevancia. Por practicaron una resistencia más fuerte y, en ocasiones, más violenta. La revolución liberal en España es la revolución del campo, la reforma agraria liberal, las desamortizaciones, la construcción del capitalismo agrario. Por eso quienes reaccionaron a la construcción de la propiedad capitalista son sectores sociales que ven amenazadas sus formas de vida tradicionales. No sólo las formas, sino los mecanismos comunitarios de supervivencia, como el comunal. No obstante, ha de tenerse en cuenta que es una tónica europea

Además, el papel de la Iglesia en política durante la época es claramente preponderante. No se trata de una simple intervención, sino de que toda la política estatal está, de algún modo, condicionada por el ámbito religioso. A pesar de los intentos desde algunos sectores del liberalismo (sobre todo progresista) o de los demócratas por separar el poder político del religioso, se mezclaron. Incluso, se confundieron.

La Iglesia, haciendo referencia a la institución, constituye una cultura política por sí misma, sin necesidad de ligarse a partidos o fracciones políticas. Una institución que participa en política ya sea mediante la militancia o por otros métodos y que hace gala de una ideología concreta.

El proceso de disolución de las ideas del catolicismo liberal en otras facciones, así como la unión del neocatolicismo y el carlismo fue el reencuentro de una ideología. Es la reunificación de unas ideas se habían separado. Las diferentes facciones de la derecha española habían disentido, tenían matices diferentes. Sin embargo, tuvieron los suficientes rasgos en común como para volver a confluir.

No obstante, a pesar de todo lo mencionado anteriormente, no puede obviarse el arraigo de las culturas políticas reaccionarias en España ha sido bastante fuerte. Sin entrar en acontecimientos históricos del siglo XX, el partido carlista, por ejemplo, siguió estando en el tablero político hasta bien entrado el siglo mencionado. Tanto el carlismo como el tradicionalismo en sus diferentes formas marcaron acontecimientos tan importantes del siglo XX como la Guerra Civil. Se trata, en definitiva, de tres ramas de un mismo árbol que han ido uniéndose y separándose con el devenir de la historia.

Sin embargo, en seno comenzaron a formarse diferentes ramas. De estas ramas, la compuesta por el neocatolicismo, que pasaría a llamarse integrismo, acabaría también desgajándose. Se trata, en definitiva, de los orígenes de las diferentes ramas de la derecha española. Ese origen común, las diferentes escisiones del mismo (que en este artículo han intentado sintetizarse en tres opciones) resulta muy explicativo. Con el propio devenir del siglo, los componentes de la derecha cambiaron, evolucionaron, se matizaron. Pero los orígenes se pueden sentar en las tres corrientes que se han planteado en este artículo. Conocer los orígenes de la derecha abre puertas a conocer la historia política contemporánea de España, así como a comprender algunas cuestiones de plena actualidad.

 

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