La Caída del Imperio Romano suele ser considerada una de las claves de la Antigüedad Tardía. Esto hace que, cuando se hable del periodo, inevitablemente se mencione como una de las piedras angulares del mismo. Desafortunadamente, esto ha hecho que la etapa se estudie como una sucesión de hechos que conllevan inexorablemente a la caída del Imperio Romano de Occidente. Llegada esta situación, hace que se pierda el foco y se entienda todo como una política de hechos consumados. Sin embargo, esta época funciona muy bien por sí misma, sin necesidad de un hecho teleológico que lo ligue todo.

Sin duda, uno de los puntos más interesantes es la alteridad. ¿Qué es la alteridad? La forma en la que se entiende al otro y se relaciona(ba)n los pueblos. Esta cuestión hace que el historiador se adentre en la psique de los mismos. Irremediablemente, le obliga a intentar entender cómo veían el mundo. Una vez se comprende esto, el siguiente paso es tratar de considerar cómo entendían al resto. No es fácil, ya que todas estas relaciones tenían multitud de matices tanto ideológicos, como sociales, económicos y culturales.

Para ello, es necesario primero poner sobre la mesa las herramientas con las que se pueden elaborar estos análisis. En consecuencia, es necesario definir algunos términos como «etnicidad» o «pueblo».

Etnicidad e identidades múltiples: dos hombres con un mismo destino

Decía Bustamante: «somos dos hombres con un mismo destino, pero yo sé que ella me quiere a mí, y que juega contigo». Con estas palabras, cualquiera podría pensar que está hablando de un triángulo amoroso condenado al desamor por una de sus partes. En realidad, lo que el artista de San Vicente de la Barquera quería contar era una historia sobre la etnicidad en la Antigüedad Tardía. Lo que pasa es que él no lo sabía. Al final la etnicidad y la alteridad en este periodo trata de cómo la idea de romanidad es anhelada por los distintos grupos étnicos que la incorporan entre las capas de sus élites, pero a la vez la desgajan debido a los intereses propios de estos.

Definir la etnicidad es, a priori, algo sencillo. Generalmente se toma la definición de etnicidad como la relación de parentesco de un pueblo. Sin embargo, es aquí dónde reside la trampa. ¿Qué demonios es un pueblo? Desde visiones decimonónicas, un pueblo es asimilable al concepto de nación. Por lo tanto, esta definición no puede servirnos, ya que existen múltiples estados multiétnicos en los que la gran mayoría de la población independientemente de su grupo étnico se siente representado por la «nación».

Thomas Cole, la Desolación del Imperio. La caída de Roma durante la Antigüedad Tardía se ha solido concebir como un resultado finalista, ignorando en muchos casos los procesos anteriores que supusieron una transformación fundamental del Viejo Continente.
Thomas Cole, la Desolación del Imperio. La caída de Roma durante la Antigüedad Tardía se ha solido concebir como un resultado finalista, ignorando en muchos casos los procesos anteriores que supusieron una transformación fundamental del Viejo Continente.

En este sentido, es necesario que se ahonde aún más en el término para reparar en que es poliédrico, y tiene muchos más matices de lo que podría parecer. Después de los terribles sucesos acaecidos a mitad del siglo XX, la visión de la etnicidad como algo primordialista se empieza a abandonar. La experiencia del ultranacionalismo hizo que toda una generación tratara de entender la etnicidad como la idea de pertenencia a un grupo concreto. Esto hacía que el grupo étnico pudiera ser desechado en caso de ser necesario, surgiendo así el instrumentalismo.

En la Antigüedad Tardía se ha intentado explicar de múltiples formas. Es más, han corrido ríos de tinta en desaforados debates sobre la etnicidad. Entre los autores de renombre de hoy en día, encontramos dos visiones contrapuestas, unas más aperturistas y otras más primordialistas.

El primordialismo ha sido imperante en las teorías sobre la etnicidad en prácticamente todo el estudio de la Antigüedad Tardía. Sin embargo, este pierde bastante validez ya que cae en presentismos a la hora de analizar una situación tan compleja como es la de las postrimerías del Imperio Romano.

Guy Halsall mantiene unos postulados más abiertos, interesantes y adaptables al campo de estudio tratado. Desde su visión se puede ver un planteamiento de la etnicidad con cinco estratos diferentes. Estas dotan de sentido al término y le permiten una profundidad que sirve como herramienta fundamental para entender este periodo. Poco a poco se irán descifrando a lo largo de este apartado.

En primer lugar critica la clásica concepción del exterminio de pueblos. Para los autores más clásicos, algunos pueblos como los galos, ostrogodos y britanos simplemente desaparecían porque habían sido exterminados. De hecho, Heather infiere que esto es lo que sucede con los ostrogodos en el siglo V d. C. Sin embargo, si la etnicidad es instrumental, es posible que simplemente la abandonaran cuando ya no tenía sentido.

Si se vuelve sobre la definición primordialista de la etnicidad, se puede inferir en la Antigüedad Tardía muchos pueblos pertenecían al mismo grupo étnico. Al fin y al cabo, los godos creían estar relacionados en sus orígenes con los hunos. A pesar de ello, ni siquiera dentro de estos grupos étnicos se tiene una memoria única sobre la etnogénesis, y por lo tanto la teoría primordialista cae en esta primera escala.

Cuando se analiza esta cuestión, es necesario recaer en que el único factor común que tiene la etnicidad es el interés de pertenecer a un grupo étnico en concreto. Creer en la idea de su existencia hace que ese grupo se forme como tal. Por lo tanto, no es un factor primordial u originario, sino más bien cognitivo, surge de la identidad de distintas mentes.

Una vez determinado que la etnicidad es cognitiva, es necesario entender que está profundamente pluriestratificada. La etnicidad tiene tantos niveles cómo pueda darle un individuo. Un ciudadano de la ciudad de Albacete muestra distintos niveles de estratificación: es de un barrio de la ciudad, después albaceteño, posteriormente manchego, castellano y español. Algunos rasgos pudiera parecer que no tienen ninguna importancia, cómo por ejemplo el barrio al que pertenecen. No obstante, estos criterios sí que pueden tener una gran entidad cuando sirven para contraponerse o definirse en negativo.

Supongamos por un momento que existe un fortísimo movimiento independentista y regionalista en Albacete.

Pintada que reza "El Bonillo es una nación" realizada sobre el muro de una casa en mitad del campo que rodea El Bonillo, Albacete
Pintada que reza «El Bonillo es una nación» realizada sobre el muro de una casa a la entrada de El Bonillo, Albacete

En un determinado momento, la ciudad logra independizarse del poder central. Sin embargo, dentro de esa ciudad un barrio en concreto se mantiene firme defensor de la unidad con España. En ese momento, la identidad étnica pluriestratificada de pertenecer a ese barrio cobra muchísima más entidad de la que pudiera tener en un principio.

Ahora viajemos 1500 años al pasado. A la muerte de Teodorico el Amalo, el reino ostrogodo empieza a debilitarse, las luchas intestinas hacen bastante daño en su seno y llega al poder Teodato en el año 534. Este monarca de corta duración (tan solo dos años) nos permite entender de una forma muy interesante esta pluriestratificación aplicada a la Antigüedad Tardía. En primer lugar, Teodato era un terrateniente de la Toscana, después era un ciudadano romano, y finalmente, también era el rey de los ostrogodos. Esta escala varía en su importancia según la que quieran darle sus propios usuarios. Sin embargo, es bastante esclarecedor para entender que la etnicidad es líquida y se pueden potenciar unos estratos u otros dependiendo del interés de su población.

Ruinas de una ciudad Antigua. (1833). John Martin. La visión de la Tardoantigüedad se ha solido aducir generalmente a la caída del Imperio Romano de Occidente
Ruinas de una ciudad Antigua. (1833). John Martin. La visión de la Antigüedad Tardía se ha solido aducir generalmente a la caída del Imperio Romano de Occidente

Así, en algunos momentos se va a reivindicar una etnicidad menor. Por ejemplo, pertenecer a una polis. Los ciudadanos de una ciudad en la Antigüedad eran orgullosos miembros de una comunidad. Su mundo era ese emplazamiento y la organización que consideraban perfecta. Así, antes que romanos, muchos se consideraban de Tarento o de Capua. En cambio, en otros momentos va a existir un interés por reivindicar una etnicidad de un grado más amplio: la ciudadanía romana. Por lo tanto, la etnicidad es conductual, no es innata, ni inmanente (Halsall, 2012: 55).

Los estados multiétnicos prácticamente nunca muestran un trato paritario a sus integrantes. Los grupos dominantes intentan imponer una visión étnica a los grupos dominados. En muchos casos, estos últimos muestran una actitud proactiva a cumplir estos cánones en busca de un ascenso social. Un buen ejemplo sería el de la inmigración jamaicana en Reino Unido. Las primeras oleadas migratorias buscaron integrarse en la sociedad asimilando precisamente todo lo que se esperaba de ello (Hall, 2014).

Sin embargo, las siguientes precisamente utilizaron sus distintivos étnicos de forma identitaria para señalar la diferencia de ser un grupo étnico totalmente diferente. Esto se puede observar en la época de dominación del Imperio Romano también de una forma muy similar. Ocurría por ejemplo con las poblaciones de judíos que vivían en el Imperio, o también con los grupos de habitantes armenios. De hecho, los armenios siguen teniendo poderosas redes étnicas hoy en día.

En consecuencia, también observamos que la etnicidad es profundamente situacional. En algunos puntos sirve para marcar al diferencia y en otros sirve precisamente para unir o estrechar lazos. Además, al ser pluriestratificada cabe recordar que dependiendo del interés se pueden reivindicar unos u otros aspectos. Esto significa que la etnicidad es situacional (Halsall, 2012: 56). Dentro de lo situacional encontramos dos niveles.

Por un lado está el micronivel de la «situación» propiamente dicha. Es una relación más individual entre los colectivos o unidades étnicas. Por otro lado, esta un macronivel conocido como «marco» que realmente es un reflejo del contexto social que se está viviendo en ese momento. Si el marco está cambiando, cambia absolutamente todo, incluyendo las relaciones entre los grupos étnicos.

En la Antigüedad Tardía el marco está cambiando de una forma acelerada. Por ello, también cambian las relaciones entre los distintos grupos étnicos que forman el Imperio Romano y el mundo exterior al mismo. Por ello, la etnicidad es profundamente dinámica y cambiante.

Dicho esto, ¿Cuál era la relación entre los distintos grupos étnicos que se encontraban en el Imperio Romano? ¿Cómo veía el romano al otro? En un mundo en creciente situación de colapso, la cuestión cultural estaba de relieve en muchos aspectos.

Un mundo nuevo: la Antigüedad tardía y la pugna del pasado

Los siglos I y II d. C. son considerados por la prolífica historiografía de esa época cómo la edad de oro del Imperio Romano. Con una gran estabilidad social, durante este periodo se consigue que las ciudades del Mar Mediterráneo dejen de matarse entre ellas y formen parte de algo común. Un aristócrata romano de Numidia podía viajar a Oriente y entenderse con las élites del lugar a través tanto del griego como del latín. Además, seguían las mismas tradiciones y mantenían unos modales idénticos. El Mediterráneo durante este periodo se uniformiza en las formas hacia una cultura grecolatina única.

Las cosas en el campo eran muy distintas. Los campesinos morían de hambre mientras las ciudades rapiñaban todos sus excedentes para poder vivir. Las abultadas barrigas de los ciudadanos descansaban bajo el esmeroso esfuerzo de una clase campesina que sufría graves penurias.

El gran día de su ira. John Martin.Para muchos habitantes del Imperio Romano en la Antigüedad Tardía, el mundo estaba cercano a su final.
El gran día de su ira. John Martin. Para muchos habitantes del Imperio Romano en la Antigüedad Tardía, el mundo estaba cercano a su final.

El siglo III supone una crisis política en el seno del Imperio Romano que no se había vivido hasta entonces. En poco más de 40 años, el ejército elige más de 25 emperadores, de los cuáles sólo uno consigue morir por causas naturales. Es durante esta etapa durante la que surge una ruptura que va a ayudar a configurar la manera en la que se entendía la sociedad, y, por supuesto, al otro.

Al poder llegan emperadores muy poco romanizados. Un curioso ejemplo de esto es Maximino el Tracio, del que las fuentes (Hist. Aug. 2.5) hablan que apenas sabía defenderse con el latín. Lo mismo se decía de Aureolo, el magister equitum de Galieno. Se había convertido en el segundo hombre más poderoso del Imperio y provenía de una familia de pastores que todavía estaban por romanizar (De Blois, 1976: 43). Se va configurando en el seno de la institución imperial una suerte de aristocracia de servicio que se apoya en hombres que anteriormente habrían sido considerados bárbaros. La llegada de estos homo novus va a causar que el Estado romano sea más proclive a la permeabilidad de nuevas formas de entender el mundo. Es esta, entre otras cuestiones, por las que el cristianismo se consigue insertar como religión oficial del Estado tan solo 60 años después de la última gran persecución.

Paralelamente, de forma muy curiosa, los grandes terratenientes procedentes de la clase senatorial toman el rumbo contrario. La tradición y la cultura grecorromana se convierten en un símbolo de estatus que poco tiene que envidiar a las manifestaciones del mismo en el siglo I d. C. Estos poseedores de la tierra serán más ricos que nunca. Por ello, los homo novus que dirigen el Imperio les necesitarán en una suerte de danza macabra entre lo viejo y lo nuevo.

Es precisamente ese choque de ideas, esa tensión polar entre tradición y novedad lo que hace que este periodo cambie el mundo romano y posromano. Por supuesto, esto también afectará a la alteridad. Por ejemplo, en el siglo IV todavía había una prominente industria escultórica. Los senadores y los hombres más ricos asistían a estas para hacerse retratar. No obstante, mientras que la escultura que se hacía seguía los cánones de la indumentaria clásica romana, el hombre que ponía rostro a la estatua vestía prácticamente como un bárbaro. Entonces ¿Cómo se veían los romanos? ¿Cómo veían a los bárbaros?

Entendiendo al barbarus

El barbarus no es más que aquel que habla un lenguaje que es ininteligible para los romanos. Ahora bien, la terminología no proviene del latín, sino del griego βάρβαρος. Junto a la propia palabra, los romanos trajeron de la Hélade el significado completo del término. Ya no solo tiene que ver con la lengua, sino también con aquellos que viven fuera de las fronteras del Imperio.

Los griegos habían elaborado sus teorías sobre los bárbaros en base al clima y la salud (Sierra Martín, 2012). Siguiendo los tratados hipocráticos de la época clásica, dependiendo de dónde se hubiera nacido se tenía tendencia a mostrar unos rasgos de lo más diversos. Por ejemplo, los libios y egipcios eran los más saludables debido a su dieta, clima y forma de vivir. Mientras que los asiáticos eran de temperamento débil y esclavizables debido a que su clima era demasiado benevolente. Yendo al norte, a las zonas más frías, los bárbaros eran estúpidos pero fieros, convirtiéndose así en una seria amenaza por la calidad de sus guerreros.

Para los propios helenos, al vivir ellos en el centro del mundo, era fácil pensar que su cuerpo y su salud eran perfectos, por lo que se convertían en superiores al resto de pueblos. El problema es que los romanos no podían extrapolar esto, ya que la Península Itálica no estaba en el centro del mundo conocido, sino que se encontraba escorada al oeste. En consecuencia, los romanos a partir del Imperio dieron una visión sustancialmente distinta de lo que era «estar en el centro del mundo». Así, el centro del mundo era el Mediterráneo en general, todas sus costas. Según se fuera uno marchando del Mare Nostrum hacia el interior, la situación empeoraba (Halsall, 2012: 62). Los etíopes, demasiado cerca del sol eran seres viles, lo mismo que ocurría con los germanos por estar demasiado alejados.

De hecho, la vida en las ciudades del interior continental romano era bastante compleja. La mayoría de estas ciudades se encontraba en Occidente y su economía era como un oasis en medio de una gran nada. Una ciudad continental romana apenas podía controlar lo que sucedía más allá de 50 kilómetros a su alrededor. El transporte y la tecnología no permitía que estas ciudades fueran abastecidas correctamente, ya que el mar seguía siendo el principal canal de transporte. Además, por supuesto, del más barato. Así, antes de que surgieran las grandes villas tardorromanas, las ciudades occidentales vivían en una situación bastante complicada y con una economía de subsistencia muy depredadora con su entorno (Brown, 2021).

A partir del siglo II d.C., la conexión entre Roma y los «pueblos bárbaros» empieza a ser cada vez más estrecha. Es cierto que desde tiempos de Augusto, los romanos ya asentaban a tribus bárbaras en su seno (Halsall, 2014: 529), sin embargo, a partir de este momento va a producirse un auténtico aluvión sobre las fronteras romanas. Esta dinámica va a empeorar aun más a mediados del siglo III d. C., cuando los bárbaros conviertan el Danubio en una frontera permeable e incluso se echen a la mar para saquear el Bósforo y Asia (Zósimo 1, 25, 1).

Los favoritos del emperador Honorio. John William Waterhouse. Para muchos autores, Honorio fue uno de los peores emperadores de la Roma de la Antigüedad Tardía
Los favoritos del emperador Honorio. John William Waterhouse. Para muchos autores, Honorio fue uno de los peores emperadores de la Roma de la Antigüedad Tardía

Sin embargo, el conocimiento real sobre los bárbaros en estos primeros compases de la Antigüedad Tardía es realmente mínimo. Los romanos eran unos etnogeógrafos incapaces de entender al otro más allá de una serie de estereotipos básicos. En consecuencia, nos encontramos con que los germanos eran valientes y con ira ciega, salvajes, incautos y poco tenaces en sus intentonas. Sin embargo, esto es solo una muestra bastante poco ajustada de lo que era realmente ser germano. En cualquier caso, ni siquiera se trataba de hablar de los germanos, ya que cuando Tácito elabora su obra, realmente lo que está haciendo es criticar la moral romana utilizando un espejo.

Mientras que para los siglos III y IV, la organización y la forma de ver el mundo de las tribus germanas había cambiado, los romanos seguían teniendo una visión enraizada en los tiempos de Julio César. De hecho, ni siquiera van a interesarse en cuáles son los nombres de estas tribus. Van a utilizar los nombres de las tribus que antiguamente ocupaban los territorios de las nuevas. Así, godos, alanos, sármatas y taifales van a seguir siendo llamados «escitas» o «getas», pueblos que vivían en la zona transdanubiana.

Esto muestra una falta total de interés por saber que había detrás de esos pueblos. Al fin y al cabo eran bárbaros, eso les hacía iguales a ojos de los romanos. Aun así, si querían afinar el tiro, solían intentar acercarse un poco más a los orígenes. A veces con poco acierto, ya que preferían llamar escita a los godos antes que germano, algo que adolece de ciertos problemas si tenemos en cuenta que tenían una lengua claramente germánica.

En cambio, ¿Qué pasaba en los lugares dónde había un Estado relativamente fuerte y capaz de asegurar una serie de instituciones? Si nos vamos al sur del Imperio, los mauri (moros) y árabes también eran bárbaros. Sus estructuras solían ser bastante débiles, fundamentalmente tribales (Amm. 14.4-1-7). Tanto los mauri como los árabes tuvieron una actitud ambivalente hacia el Imperio. Los primeros llegaron incluso a invadir Hispania en varias ocasiones (Pantoja y Garzia, 2018, p. 272) mientras que los segundos tuvieron una actitud ambivalente que se pudo ver reflejada en la guerra contra Palmira en el siglo III.

Si se centra la vista sobre Oriente Medio y el Cáucaso se encuentran una suerte de reinos (Armenia y Georgia) e Imperios (el Sasánida) que realmente no eran vistos cómo bárbaros salvo por los escritores que seguían la tradición griega. Aun así, los sasánidas seguían siendo considerados «medos» o «partos» como se puede ver en autores como Amiano Marcelino o Zósimo.

Entonces, está claro que hace falta algo más que ser extranjero para ser considerado un bárbaro. En esta cuestión, se trata más de un tema de identidad excluyente más que de ser extranjero. La alteridad en el mundo antiguo se entiende de tal manera que es excluyente más que inclusiva. Sin embargo, durante este periodo con el auge del cristianismo la situación cambia lentamente y son las cuestiones relativas a la inclusión en las comunidades las que ganan importancia (Gruen, 2011).

El problema es que, además, la etnografía de los habitantes del Imperio no comenzaba en las fronteras del mismo, sino en su interior. ¿Qué significa esto? Pues que incluso antes del año 212, momento en el que Caracalla concede la ciudadanía universal a todos los habitantes del Imperio, existían una serie de rasgos identitarios entre los distintos pobladores del mundo romano. Como nosotros establecemos diferencias entre un andaluz y un valenciano, ellos hacían lo propio con las distintas provincias que lo integraban. Dependiendo del lugar de origen del que procedían incluso hacían alabanzas comparándose con su similitud de carácter con Italia (Amm, 15.12).

Al final, la romanidad es algo que está por encima del lugar de nacimiento. Cómo se ha podido atender anteriormente, la etnicidad es algo pluriestratificado. La identidad romana se vuelve flexible (Halsall, 2012: 70) pero tiene como punto en común la necesidad de vivir de acuerdo con la ley. Si un habitante del Imperio no vivía cumpliendo la ley se convertía en un bárbaro automáticamente. En consecuencia, la romanidad se vuelve importante en tanto en cuanto dejas de ser romano si te conviertes en un enemigo del orden público. También podías entrar a formar parte de la romanidad si aceptabas sus códigos.

La «barbarización» del Ejército romano

A finales del siglo V y principios del VI, el historiador romano-oriental Zósimo escribía su Historia desde Augusto hasta el saqueo de Roma de Alarico. Su obra es estupenda, y una de las fuentes más interesantes para ahondar en los periodos que abarcan desde el siglo III hasta el V d. C. No obstante, la Nueva Historia de Zósimo está cargada de furibundas proclamas contra el cristianismo y contra su principal defensor: Constantino. Esto va a marcar la mentalidad de los autores desde el siglo XVIII, que van a culpar al cristianismo de la caída del Imperio. La visión de Constantino también va a estar marcada por ser el culpable según Zósimo de la barbarización del ejército.

Nada más lejos de la realidad. La supuesta barbarización de las filas romanas permitió al Imperio no solo sobrevivir, sino también mantener el ejército profesional más eficiente de la Antigüedad Tardía (Soto Chica, 2019).

Los casos de traición por parte de los bárbaros del ejército romano son escasos (Halsall, 2020: 54; Soto Chica, 2019) y van a permitir al Imperio un refuerzo de unos que demográficamente eran imposibles de mantener de otra manera. El número de tropas activas durante los siglos IV y V oscilan entre los 400.000 y los 600.000 efectivos. Número que, a priori, podría parecer bastante exagerado, pero que muestra claramente que el ejército romano tardoantiguo era más grande que el del Alto Imperio.

En cualquier caso, ¿es el ejército tardorromano más «bárbaro» de lo que era el del Alto Imperio? Cabe tener claro que durante el Alto Imperio una parte muy importante del ejército era bárbara y formaban las unidades de auxilia. Caballería batava, mauri… todos formaban parte de los auxiliares y la condición sine qua non para servir en las mismas era precisamente no ser ciudadano romano.

En el año 212 con la Constitución antoniniana todos los habitantes del Imperio pasan a ser oficialmente romanos, con lo que los auxiliares dejan de ser tal para pasar a formar parte de las legiones normales. A partir de este momento los únicos auxiliares podían ser tropas reclutadas fuera de los confines del imperio. Gracias a la Notitia Dignitatum se conocen los nombres de las unidades del ejército tardoimperial, haciendo referencia a pueblos bárbaros existentes (francos, alamanes…) pero también de otros que hacía mucho tiempo habían dejado de existir, como los cimbrios, sabinos o partos.

Ahora bien, con un breve análisis de la situación es fácil llegar a la conclusión de que estos nombres hacen referencia más a la propia tradición de las unidades que a una realidad palpable. Después de cincuenta años luchando, es posible que en la caballería mauri, los «moros» fueran los que menos la integraban. Las bajas en combate hacen que sea necesario «rellenar» las unidades con tropas que originariamente no integrarían las mismas. Sin embargo, queda una tradición arraigada en estas unidades que busca reivindicar esos orígenes. Más importante aun, los soldados que las integran buscan mantener estas tradiciones como muestra de pertenencia.

Se ha intentado ahondar en cuál era el nivel de barbarización de las tropas. Sin embargo, los análisis más elaborados (Elton, 1996) siguen siendo bastante difíciles de considerar como algo fiable. El motivo es que los bárbaros se romanizaban el nombre a la hora de entrar a servir a Roma. Se da entonces una situación bastante curiosa: mientras que los bárbaros se van imbricando de la cultura romana, el ejército se vuelve cada vez más bárbaro culturalmente. ¿Por qué?

Autor y nombre desconocidos. El ejército tardorromano plantea grandes incógnitas sobre sus integrantes.
Autor y nombre desconocidos. El ejército romano de la Antigüedad Tardía plantea grandes incógnitas sobre sus integrantes.

El ejército romano de la Antigüedad Tardía está replicando los tópicos considerados como positivos de los bárbaros: la ferocidad, la fiereza. Todas las unidades querían ser las más modernas en sus actitudes. Lo que resulta interesante es determinar que precisamente en este momento, la moda, la modernidad, es ser bárbaro (Halsall, 2012: 122). Debe entenderse que el ejército ya no imitaba los modelos de masculinidad de la Antigüedad Clásica. En estos, primaba el autocontrol, el término medio y el culto tanto al cuerpo como a una actitud comedida. Para finales del siglo IV y principios del V esto es historia. Tanto en estética como en actitudes es la barbarización lo que resulta atractivo para las tropas romanas.

Por ello, encontramos una doble actitud que puede resultar contraintuitiva: los milites romanos se barbarizan, mientras que los bárbaros se romanizan.

Conclusiones: la Antigüedad Tardía, el choque de lo viejo y lo nuevo

La Antigüedad Tardía supone un momento de clara transición. Un mundo vetusto entra en declive. Mientras, otro nuevo se hace hueco desplazando las formas y costumbres del antiguo.

Esto también afecta, como no podía ser de otra manera, a la forma de entender al otro. Hay nuevos valores que empiezan a importar más que el origen étnico. La religión va a ser un factor importante en este sentido, ya que los cristianos buscarán crear una comunidad universal. Sin embargo, también hay otros factores, como el ejército o el mundo rural que tienen también una gigantesca importancia en estos cambios.

Bibliografía sobre la alteridad en la Antigüedad Tardía

  • Brown, P. (2021). El mundo de la Antigüedad tardía. Taurus, clásicos radicales.
  • De Blois, L. (1976): The Policy of the Emperor Gallienus, Leiden, Brill.
  • _________ (2019): Image and Reality of Roman Imperial Power in the Third Century AD: The Impact of War. Londres, Routledge.
  • _________ (2014): “Integration or Disintegration? The Roman Army in the Third Century A.D.” En Integration in Rome and in the Roman World: Proceedings of the Tenth Workshop of the International Network Impact of Empire (Kleijn, G. y Benoist S. eds), Leiden, Brill.
  • Elton, H. (1996): Warfare in Roman Europe, 350-425. Oxford University Press.
  • ___________: Frontiers of the Roman Empire. Batsford Ltd.
  • Ferril, A. (2011): La Caída del Imperio Romano. Biblioteca EDAF.
  • Gómez-Pantoja, J., y Martino Garzía, D. (2018). “ Septimius Severus Aper, legatus legionis VII Geminae”. En Zeitschrift für papyrologie und epigraphik, Univerzität du Köln, pp. 268-273.
  • Halsall, G. (2012): Las migraciones bárbaras y el occidente romano, 376-568. Publicaciones de la Universidad de Valencia.
  • ________ (2014): «Two Worlds Become One: a «Counter-intuitive» View of the Roman Empire and «Germanic» migration». German History (32, 4) pp. 512-532.
  • ________ (2020): «La barbarización del Ejército Romano». Desperta Ferro Especiales (25).

 

Autor

  • Director y miembro fundador de Archivos de la Historia. Graduado en Historia (UAH), Máster en Mediterráneo Antiguo (UOC), Máster de Formación del Profesorado (UCM). Me veréis hablando de todo un poco, pero fundamentalmente sobre la Antigüedad Tardía.

1 COMENTARIO

  1. Saludos, al autor de esta entrada, la cual me gusto su análisis. Creo muy oportuno, la forma de destacar la etnicidad y la alteridad, excelente.

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