Alejo comenzó en su juventud como otro militar que supo ascender, pero aspiraba a más. El Imperio Bizantino temblaba sobre sus cimientos; turcos, pechenegos, normandos, y los propios romanos atacaban, y él tomó el relevo. Punto de inflexión en la historia imperial y comienzo de un nuevo renacimiento. Alejo Comneno, salvador o precedente de la desgracia, emperador.

Introducción y Estado de la Cuestión

Alejo Comneno (1081 – 1118) gobernó tras un periodo de continuado declive fiscal y militar que culminó en la pérdida de buena parte del territorio imperial en oriente. Como contraste, la situación económica no era precisamente precaria, cosa que no se correspondía con el estado de la hacienda. Su labor reformadora fue determinante para la supervivencia económica del aparato estatal; mientras, en su papel como militar intentó proteger las fronteras a ultranza. Pero antes de su llegada vinieron otros que, como él, creyeron poder enderezar el rumbo del Imperio, con mayor o menor éxito.

Historiográficamente su figura fue olvidada durante grandes periodos de tiempo. Desde el año 1900 (con la monografía de F. Chalandon) hasta hace pocas décadas no se dedicaron apenas trabajos a su reinado. En estos momentos su figura y aquello relacionado a la misma comenzó a ser más estudiado, profundizándose cada vez más sin caer en excesivos maniqueísmos. Con todo, sigue habiendo opiniones profundamente enfrentadas respecto a Alejo, desde aquellos que lo consideran el salvador del Imperio, a otros que lo ven como quien lo dirigió hacia el abismo. La renovación del trabajo respecto los Comneno se dio con mayor brío a partir de finales del s.XX, destacando entre sus autores a algunos como Magdalino o Frankopan. Sin contar con el debate respecto a la feudalización o no del Imperio, en el que la historiografía marxista con Ostrogorsky coloca los ss. XI-XII como punto central.

Fuentes Primarias

El artículo se nutre de diferentes fuentes primarias cronológicamente cercanas al reinado de Alejo Comneno. Principalmente greco-parlantes y una armenia, entre las que se pueden ver autores más influenciados por el gobierno Comneno y sus intereses, y aquellos menos atados al mismo, por lejanía o por tiempo.

Ana Comnena (1083 – 1153). Hija primogénita de Alejo Comneno. Ella, continuando la labor iniciada por su marido Nicéforo Bryennios, redactó la biografía completa del reinado de su padre. Se trata de una fuente de grandísimo valor debido a la escasez de letras griegas por la época, narrando la Primera Cruzada desde la perspectiva romana, entre otros muchos aspectos. Como biografía imperial y de renombre, se encargó de encumbrar a quien le beneficiase (su padre o su marido, aspirante al trono en oposición a Juan Comneno) y desprestigiar a quien no le convenía. Entre los casos más destacados están el de plasmar combates navales victoriosos contra los normandos que nunca sucedieron para dejar en buena situación a su padre. Con todo, sigue siendo una gran fuente de la que extraer información vital durante todo el gobierno de Alejo.

Miguel Psellos (1018 – ca. 1078). Polímata y político romano que ocupó altos cargos en la administración imperial durante buena parte de su vida. Mediante su Vida de los Emperadores (originalmente «Cronografía») conoceremos los entresijos de los diferentes reinados previos a la venida de los Comneno. La mayor parte de la obra fue escrita hasta 1063, reincorporándose al trabajo durante durante el reinado del emperador Miguel VII (1072 – 1078), inmediato precedente del devenir Comneno; con ello hemos de fijarnos en las benévolas palabras que usa el autor para definir a los miembros de la dinastía Doukas, de quienes en ese momento recibía beneficios. No dudará en atribuirse méritos y lavarse las manos en las malas situaciones alrededor de su obra, de igual forma que intentó catequizar en la modestia y frugalidad. Pero la calidad del escrito, siempre que se vaya atento a su intencionalidad, compensa con creces.

Juan Zonaras (1074 – 1154). Muy relevante teólogo y jurista imperial. En su obra tratará de explicar la historia del mundo a su alrededor y del Imperio desde la creación hasta el fin del reinado de Alejo. Aunque de redacción más farragosa, con él conoceremos también los precedentes al gobierno Comneno y su desarrollo. También sigue la tónica general de los autores de época Comneno, blanqueando parcialmente su ascenso al trono, que describirá como una necesidad, y esclareciendo claroscuros respecto a la sucesión de Juan.

Mateo de Edesa (s.XII). Monje armenio de Cilicia. Con su particular visión de los hechos, por religión y situación geográfica. Describirá los precedentes al advenimiento Comneno desde el punto de vista armenio, destacando en algunos casos por su desconocimiento de la situación más allá del Bósforo. Su monofisismo militante, enemistado con ortodoxos y católicos, se hará notar, pero no por ello deja de ser una lectura obligatoria para la mejor comprensión de la época.

Nicetas Choniates (1155 – 1217). Político e historiador. Nicetas creció y vivió en una época clave de cumbre y derrumbe del dominio imperial. Fue testigo del reinado de los últimos Comneno y de su desgracia, ostentando puestos de responsabilidad con la dinastía sucesora. En lo que más destacan sus escritos es en su narración de la caída de Constantinopla en manos cruzadas en 1204; para este artículo será brevemente citado al describir con detalle el fallecimiento de Alejo y entronización de Juan II.

Precedentes de Alejo

La Estructuración del Imperio

El s.XI en su totalidad fue un siglo convulso para el Imperio de los Romanos. También llamado «Bizantino», ambos términos pueden ser usados indistintamente. La época fue en sí misma un periodo de transición. Hubo cambios en parcela militar, social, económica, fiscal o dinástica, mientras otras pervivieron. El territorio imperial de inicios del s.XI se estructuraba alrededor de tres ejes vertebradores, la fortaleza, la ciudad, y el oikos rural (las tierras de los magnates locales) (Casamiquela, 2015: 86). En torno a estos tres elementos (incluyendo como sustitutivo del tercero a los monasterios) se organizó su territorio, sólo modificándose la relación entre los factores, pero no los mismos.

Mapa del territorio del Imperio de los Romanos durante el gobierno de Basilio II (976 - 1025). Alejo Comneno sólo pudo optar a recuperar parte de lo perdido tras él.
Mapa del territorio del Imperio de los Romanos durante el gobierno de Basilio II (976 – 1025). Alejo Comneno sólo pudo optar a recuperar parte de lo perdido tras él. Fuente: Wikipedia.

Dentro de esta estructura la ciudad era alrededor de la cual giraban los intereses de todo hacendado o administrativo con deseos de medrar. La urbe bizantina como centro de las aspiraciones de todo magnate (también llamados dynatoi) (Hunger, 1982: 203); en ella se situaba el poder político y la riqueza comercial, consolidándose las grandes familias sólo de tener acceso a una porción de ese poder. De la misma manera, estos grandes clanes conseguían su influencia gracias a la tierra, de la que manaba su riqueza y, por ello, redes clientelares, aumentable exponencialmente de gozar de un cargo en la administración (Casamiquela, 2015: 52). Por esa misma razón la burocracia imperial solía designar como cargos locales a extranjeros (de la provincia), pues no tenían terrenos con los que financiar su clientelismo y estaban más aislados (Mullet, Whittow, 1996: 64).

Por su lado, la fortaleza no funcionará como aglutinante, ni como centro alrededor del cual se construirá la administración (como sí sucede en el feudalismo occidental), sino como elemento puramente práctico. Alrededor de éstas los aristócratas erigirán sus oikos, principalmente por protección, y en algunos casos llegando a regentarlas ellos mismos. Mientras que su principal cometido será el defensivo, rodeando a las urbes como forma de evitar su toma (Casamiquela, 2015: 32).

Los campesinos, por su parte, siguieron siendo mayormente libres, viviendo en villas propias. Éstas conforman comunidades de impuestos remitidos directamente a la capital, todo ello enmarcado en una época de bonanza. No hubo una necesidad real de atar al campesino a la tierra, como sí la hubo en occidente, pues los impuestos eran de obligatorio cumplimiento. Ello implica que, residiesen donde residiesen, el censo acabaría por registrarles, debiendo abonar los honorarios o corveas (trabajo obligatorio, para el estado en este caso) debidas (Hunger, 1982: 205).

Sin olvidar a quienes no gozaban de igual estatus, los paroikoi, campesinos adscritos a un territorio, bien estatal o privado, cuyo número aumentó con el tiempo. De permanecer en su tierra durante más de 30 años se les conferían derechos sobre la misma, no pudiendo alienársela; mientras otra ventaja que les concedía esa situación era el librarse de molestos inconvenientes como las corveas estatales. No estaban anclados a un punto fijo, a lo que sí estaban obligados era a cultivarlo en caso de quedarse ahí. (Laiou, 2007: 106).

De todos estos factores el más alarmante para el poder central de Constantinopla fue el progresivo fortalecimiento de los magnates locales. Fue común su apropiación de las tierras themáticas, propiedad de los campesinos-soldado que guarecían la zona, cosa que los empujaba a depender de su poseedor (Casamiquela, 2015: 35), igual sucedido con los campesinos libres. Tal refuerzo, concentrado en las planicies anatolias, no recrudeció el autonomismo de los magnates, pues no interesaba, sino que aumentó sus aspiraciones a la corona. Desde el reinado de Constantino VII (913 – 959) los emperadores llevaron a cabo reformas legales para disminuir su fuerza (Hernández, 2014:174), aunque fue una pugna desigual.

Sí destacó en esta labor Basilio II (976 – 1025), que endureció tales medidas para mantener vivo al campesinado libre, principal fuente del ejército romano (Mullet, Karlin, 1996: 137). Gracias a su más firme control del ejército y centralización pudo capar la adquisición de nuevas tierras aristocrática junto con el desmembramiento de sus redes clientelares. Este monarca fortaleció el poder imperial, llegando a expandir al ejército hasta la cifra de 247.800 hombres (con margen de error de 20.000) en su cénit en 1025 y sin contar con mercenarios eventuales (Treadgold, 1998: 85).

Pero tan gran ejército no se requirió sólo para fortalecimiento interno, sino para las continuadas conquistas que la dinastía Macedónica llevó a cabo. A ello hemos de sumarle la defensa fronteriza, cada vez más necesaria en un panorama hostil tanto en el Danubio, Italia o Siria. El problema del gasto en alza es que la recaudación debe ir en similar tono, o de lo contrario nos encontraremos, tal y como fue, con una crisis fiscal en medio de una bonanza económica.

Negligencia en el Trono

Las crisis que siguieron al colapso de oriente en el s.VII con el fin de Heraclio resintieron la economía bizantina, que debió concentrarse en sobrevivir. Pero desde finales del s.VIII hasta finales del s.XII se produjo un aumento demográfico generalizado. Tanto ciudades como campo crecieron en simbiosis, expandiéndose la producción al roturarse nuevas tierras mientras se impulsaba a mayor escala el comercio (tanto interprovincial como internacional). Laiou llega a presentar cifras de incluso 19.000.000 habitantes a la altura de 1025 gracias a su prosperidad; cifra que, aún con las futuras pérdidas en Anatolia, se mantendrá gracias al continuado crecimiento y la ausencia de hambrunas (Laiou, 2007: 93).

Con la demanda interna más que satisfecha, el mercado romano se lanzó al comercio mediterráneo con gran éxito, sin envidiar a las repúblicas mercantes que comenzaban ya a despuntar. Una característica esencial de ese mercado interno era la increíble demanda de la metrópolis de Constantinopla. Laiou recoge una cita ejemplificante:

«¿De qué carecéis? ¿No son las planicies de trigo de Macedonia, Tracia y Tesalia cultivadas a vuestra voluntad? ¿Los viñedos de Eubea, Ptelion, Chios y Rodas prensados para vosotros? ¿No son vuestros vestidos tejidos por dedos tebanos y corintios? ¿No corren todos los ríos de bienes hacia la ciudad como si fuese el mar?«
Miguel Akominatos, traducción propia (Laiou, 2007: 98)

Pero el gobierno de Basilio, principalmente con militares en los puestos de poder, acabó con su fallecimiento en 1025, sucedido por gobernantes de carácter más indolente que sustituyeron a los militares por civiles, despreocupados de lo bélico (Hunger, 1982: 207). El evergetismo para ganar el favor popular aumentó, así como un desaforado clientelismo alrededor de la cabeza imperial, que no ahorraba en caprichos. Ello, combinado con la sucesión de guerras sin aumento de ingresos sometió al estado a una profunda crisis fiscal, produciendo moneda por necesidad de liquidez como para provocar una crisis de inflación (Mullet, Harvey, 1996:167). Todo en medio de una situación de bonanza, pero con un estado cuya recaudación era insuficiente.

Esta situación siguió repitiéndose casi ininterrumpidamente hasta la venida Comnena, pero no faltaron aquellos que, de forma más o menos legal, accedieron al trono con visos reformistas, no siempre consiguiendo su propósito. En el año 1056 con la muerte de Teodora la dinastía macedonia se extinguió, sucediendo en el trono Miguel el viejo, un antiguo funcionario. Pero al año se alzó con el trono, tras una rebelión encabezada por el sector militar, el primer Comneno, Isaac, reputado militar. Psellos nos describe el Imperio de la época de esta forma:

“Un cuerpo monstruoso dividido en múltiples cabezas […], provisto de manos en número incalculable y dotado de idéntico número de pies, un cuerpo que estaba además gangrenado en su interior, presa de una enfermedad maligna”
Miguel Psellos (Signes, 2018: 354).

Isaac volvió a hacer uso de los militares para la administración, levantando grandes expectativas. Venció a las norteñas tribus pechenegas, intentó depurar la administración e incluso llevó a cabo confiscaciones contra ciertos magnates o la misma iglesia, cuya gran propiedad amenazaba a las comunas rurales (Casamiquela, 2015:133). De su reinado encontraremos no pocos paralelismos con el de su sobrino Alejo. Finalmente su abrupto aumento de los impuestos junto al enfrentamiento con la iglesia le forzarán a abdicar cuando la salud le falló en 1059. Pero, antes, designó sucesor al dux Constantino Doukas, dando origen a una nueva (si bien breve) dinastía reinante (Signes, 2018: 374).

Constantino X continuó con cierto reformismo más progresivo en pro del campesinado, junto con una política diplomática más conciliadora ante el debilitamiento militar interno (Signes, 2018: 388). Pero, con todo, la posición italiana imperial o la defensa oriental se debilitaron. Ante su muerte en 1067 heredó el trono su mujer Eudocia, que acabó casando con el adinerado Romano Diógenes para continuar en el trono. Éste, como nos cuenta Psellos, era aficionado a lanzar pequeñas campañas a oriente con las que legitimarse, pero su ejército daba que desear.

Con Romano seguía en vigencia el viejo sistema defensivo-militar de los Themas, áreas militares en las que tropas asalariadas recibían terrenos a cultivar y hacer vida, a la vez que los guarnecían. En un momento determinado la leva sería levantada, y en la teoría un ejército barato, pero capaz, debía alzarse. Con Romano IV Diógenes esas levas llevaban sin ser llamadas, ni reaprovisionadas, casi treinta años (Birkenmeier, 2002: 35).

Themas bizantinos en tiempos de Basilio II. Aquí podemos ver las diferentes demarcaciones militares del Imperio. Wikipedia.
Themas bizantinos en tiempos de Basilio II. Aquí podemos ver las diferentes demarcaciones militares del Imperio. Fuente: Wikipedia.

Un momento trascendental fue la derrota de Romano en Manzikert (1071). La batalla no tuvo consecuencias inmediatas exageradas, pero sí a la larga. Parte del ejército desertó y el resto, mal equipado, fue derrotado por el sultán selyúcida Alp-Arslan, que no se lanzó a la conquista. Los selyúcidas no tenían grandes pretensiones sobre Anatolia; les interesaba principalmente la zona este debido a su posición estratégica y comercial. Ante la derrota, Alp-Arslan firmó con Romano un pacto de amistad y alianza, pudiendo volver libre a cambio de un par de fortalezas. El problema, y verdadera relevancia del enfrentamiento, vino con el descontrol de los contingentes túrquicos nómadas, cuyos actos realmente escapaban de manos selyúcidas (Birkenmeier, 2002: 37). Éstos estaban liderados por los Ghazis, «luchadores por la fe», expertos fronterizos túrquicos y profesionales de la razia y la conquista, que vieron las posibilidades de conseguir botín de manera sencilla (Runciman, 1965: 77).

En ese mismo momento el hijo de Constantino, Miguel VII, ante el vacío de poder y rumores sobre el paradero de Romano Diógenes, se hizo con el trono. Romano, contando en su haber con un número considerable de tropas fieles y gran cantidad de mercenarios orientales, plantó cara, dando pie una cruenta guerra civil que destrozó el oriente bizantino, borró sus defensas y dio vía libre a esos nómadas pastores. Por ver la magnitud de la anarquía, sólo entre 1071 y 1081 sucedieron decenas de alzamientos militares en la Península, con diferentes caudillos queriendo coronarse a sí mismos (Birkenmeier, 2002: 9).

En 1078 Miguel cayó, aun conservando los Doukai una enorme influencia. En su caída dos magnates se levantaron contra él. Por un lado estaba Nicéforo Botaniates, antiguo strategos (gobernador militar) del thema de Anatolicon. Botaniates perdió el favor imperial un par de años atrás al abandonar al césar Juan (título honorario que solía corresponder a miembros de la familia imperial) en batalla. En el momento de su rebelión se encontraba exiliado por las planicies anatolias, sin llegar a suponer una verdadera amenaza hasta que se hizo con el apoyo de los turcos que en ese momento plagaban la Península (Mullet, Whittow, 1996: 65).

Imperio de Miguel VII en 1076. Podemos observar cómo la guerra civil y el avance turco comienzan a notarse en Anatolia.
Imperio de Miguel VII en 1076. Podemos observar cómo la guerra civil y el avance turco comienzan a notarse en Anatolia. Por la época Alejo Comneno comenzó su carrera militar. Fuente: Wikipedia.

Por otro lado tenemos el caso paradigmático de Nicéforo Bryennios (cuyo descendiente homónimo se casará con Ana Comnena) con su rebelión en Europa. Éste ostentaba la poderosa posición de Dux (similar a strategos) de Dirraquio (actual Dürres), pero prefirió marchar a su ciudad natal de Adrianópolis para auto-proclamarse emperador. Ello es debido, nuevamente, al reducido clientelismo que podían crear los foráneos en sus puestos dentro de la administración imperial. Así vemos la influencia que los diferentes clanes de magnates podían llegar a tener en sus diferentes plazas de origen (Casamiquela, 2015: 94).

Alejo Comneno

Orígenes y Juventud

Ya unos pocos años antes el joven Alejo combatió con el título militar de stratopedarca (comandante) a rebeldes normandos en Anatolia. Luego, con el gobierno de Botaniates Alejo guarnicionó y protegió Selimbria (junto a Constantinopla) de Bryennios para luego derrotarlo, tomando Adrianópolis (Casamiquela, 2015: 97). No fue el último rebelde al que venció, pero sí le reportó grandes beneficios de cara a la corte, sucediéndose los títulos tanto para sí como para su hermano mayor Isaac. Alejo fue nombrado sucesivamente sebasto, proedro (títulos honoríficos) e incluso doméstico de occidente (comandante en jefe de las tropas romanas en los Balcanes), rango militar que denotaba su influencia (Díaz, 2016: 112). Será rondando los 23 años cuando decida, junto con su clan, asaltar el poder.

Miniatura con el emperador Alejo Comneno siendo bendecido por Cristo. (Euthymios Zigabenos, s.XII).
Miniatura con el emperador Alejo Comneno siendo bendecido por Cristo. (Euthymios Zigabenos, s.XII).

Alejo y su familia formaron parte del clan Comneno, cuyo miembro conocido más antiguo se remonta al aparato militar de la dinastía Macedónica. Hay varias teorías de su origen,  tracio o anatolio. Lo que no tiene opción de duda es que su principal centro de poder, como magnates con tierras, se concentraba en la región de Paflagonia (norte de Anatolia), y más específicamente alrededor de la plaza fortificada de Kastamón. Desde ese mismo lugar Isaac Comneno fue proclamado emperador y ahí se asentaba su poder real (Mullet, Crow, 1996: 22). Fue por ese poderío de ciertas familias que Miguel VII llegó a legislar prohibiendo la herencia de fortificaciones, que pasarían directamente a mano estatal (Casamiquela, 2015: 39). Pronto se perdió ante los turcos, pasando los intereses familiares a Constantinopla.

Acceso al Trono

El entusiasta evergetismo de emperadores como Botaniates agotó las arcas imperiales, problema al que se sumaba la despreocupación por lo militar y el acelerado retroceso de las fronteras. Pero a los Comneno, liderados por los hermanos Isaac y Alejo, les iba bien. No sólo ostentaban grandes títulos, sino que eran dignos del aprecio de sus gobernantes (cosa que no debe extrañarnos debido a su poder). La maquinaria propagandística Comneno hace su función, con Zonaras y Ana escribiendo sendas crónicas justificando lo luego ocurrido.

Al parecer el aprecio imperial acabó por suscitar recelos de otros “cortesanos”. Zonaras llega a declarar que se los nombró herederos del Imperio (Álvarez, 2006: 358). Las maquinaciones comenzaron a dar sus frutos, y Alejo consiguió una protectora. La misma emperatriz María de Alania accedió a darle trato de hijo adoptivo, con lo que consiguió excusa para una mayor cercanía con la corte, con la promesa de apoyar en el trono a su hijo Constantino (Díaz, 2016: 115), cuya herencia estaba en peligro, razón de iure para un alzamiento (Orlov, 2018: 172)

Pero las tramas de rivales cortesanos no cesaron, retratando Zonaras y Ana la rebelión como una especie de última salida. Ante la toma temporal de Cízico por los turcos (plaza fuerte en el mar de Mármara), Alejo aprovechó para reunir a sus tropas (Díaz, 2016: 119) en Adrianópolis, tras lo que partió hacia la capital. Cabe destacar que el ejército del que gozaba Alejo como doméstico de occidente, unas 20/25.000 tropas (Birkenmeier, 2002: 62) le apoyó en bloque a él y no a su hermano mayor. La principal razón para ello, según los cronistas, fue la experiencia militar; no hemos de olvidar el rango que ostentaba, tampoco a sus aliados militares como Jorge Paleólogo o el veterano césar Juan Doukas (hermano de Constantino X), de cuyo favor gozaba entre otras razones por su matrimonio con Irene Doukaina (Díaz, 2016: 128).

Aunque en el momento en que éstos se dirigían a sitiar la capital una nueva noticia llegó, surgía un rival en Asia. Nicéforo Melissenos, anterior strategos del thema de Anatolikon, se había hecho con el control de las provincias anatolias, llegando a tener la suficiente fuerza como para penetrar con sus mercenarios turcos en la fortificada ciudad de Nicea y autoproclamarse emperador (Frankopan, 2006: 157). Ante tal situación tiempo más tarde el cronista Mateo de Edesa, debido a su posición geográfica y cierta ignorancia de los verdaderos acontecimientos, llegó a creer y escribir que Melissenos gobernó desde la propia capital, siendo derrocado por Alejo (Edmond, 1993: 142).

Puerta de Lefke en Nicaea (Desconocido, 1839). Una de las puertas de las fortificaciones bizantinas en tiempos otomanos.
Puerta de Lefke en Nicaea (Desconocido, 1839). Una de las puertas de las fortificaciones bizantinas en tiempos otomanos.

Melissenos, al ver la ventaja de Alejo, accedió a someterse, siéndole prometidas prebendas como la gobernación de Tesalónica, el título de césar, y la mano de Eudocia, hermana del emperador (cuestiones cumplidas parcialmente). Durante el sitio y por la imposibilidad de un asalto directo a Constantinopla, Alejo decidió a sobornar a sus defensores. Fueron los nemitzos/colquios (mercenarios germanos) de la puerta de Chryseia (también conocida como la puerta dorada, la entrada más al sur y reservada a los ceremoniales) quienes se ofrecieron, dando paso franco a los asaltantes. Zonaras describe la toma:

“Su hueste era de muchas naciones, con partidas de turcos, macedonios y bárbaros, los cuales comenzaron a robar y han hecho gran daño y abusado de muchas doncellas y monjas, y hechas otras cosas abominables, y mataron muchas gentes”
Zonaras. Traducción propia (Álvarez, 2006: 360).

No le faltó tiempo al emperador para actos de arrepentimiento, pero la situación era apremiante. Botaniates aceptó abdicar, marchando a un monasterio en el que murió al poco. Ya no hubo oposición. La ciudad y el Imperio (o lo que quedaba) era suyo. El patriarca Cosmas le coronó en Santa Sofía. Pero sólo a él, pues aún faltaron días hasta la coronación de su mujer, la emperatriz Irene Doukaina, tras lo que el golpe conseguía su respaldo legal al fusionarse con la anterior dinastía (Orlov, 2018: 193). Su reinado no hizo sino empezar, y las presiones fueron muchas.

La Caída de Asia

El mayor acontecimiento del reinado de Alejo fue la caída de Asia, tradicionalmente atribuida a la rebelión de Nicéforo Melissenos. Pero las fuentes contemporáneas callan de forma sepulcral a la hora de hablar del suceso. Cabe la posibilidad de que, de hecho, grandes ciudades como Nicea no cayesen antes del ascenso de Alejo, sino durante el mismo. Puede que el silencio en las crónicas sobre el suceso, junto con el echarle la culpa a un tercero, fuese encaminado a exculpar a Alejo. No hay que olvidar que sobre 1082 el sultán de Nicea y Alejo habían hecho las paces, recibiendo sus tropas mercenarias mientras el turco se iba de campaña a Cilicia (Frankopan, 2006: 179).

Por su lado, al leer a Ana Comnena nos da la sensación de que fue, de hecho, Alejo, quien consiguió recuperar Bitinia a los turcos (Díaz, 2016: 179), imagen sin duda creada para encumbrar a su padre. Autores como Mateo de Edesa nos hablan en la época de la anarquía reinante en la Península. La autoridad imperial se veía reducida a ciertas ciudades costeras o bien fortificadas que resistían a duras penas, mientras el campo era señoreado por las bandas turcas, impidiendo por ello el cultivo. La migración hacia occidente fue muy numerosa. En palabras de Mateo:

“El campo se llenó de gran número de gentes, y muy importantes e ilustres personajes vagaban para mendigar”
Mateo de Edesa, traducción propia (Edmond, 1993: 144)

Esa migración masiva (como mínimo por parte de la nobleza provincial), acarreó consecuencias de enorme calado. Aunque ya a partir del s.XI la nobleza comenzó a trasladarse a las ciudades, los grandes latifundios primaban en Anatolia. Como contraparte, en los Balcanes la proximidad física del poder imperial impidió una excesiva privatización del espacio, girando con ello los intereses aristocráticos alrededor de la capital (Casamiquela, 2016: 107). Tal aristocracia con enorme poder terrenal fue borrada de un plumazo en el plazo de una década (incluyendo a los Comneno), obligados a migrar a Constantinopla para recibir los subsidios que confería el gobernante y adquirir puestos en la administración. A la vez que aumentaban la demanda de productos de lujo y su industria (Laiou, 2007:132).

Los magnates en este momento sólo abandonarán Constantinopla para ir a las provincias de tener cargos en ellas. Las tierras de las que gozarán en occidente (ahora más dispersas) estarán en manos de administradores, disminuyendo con ello también su influencia local. Se dio, por ello, cierta “des-aristocratización” de la provincia. Ello desembocó en un más directo control de los notables del Imperio, que pasaban a depender casi completamente de su cercanía con el emperador (Casamiquela, 2016: 216).

Si bien la pérdida de Anatolia supuso un duro golpe estratégico-militar y fiscal de grandísima, no lo fue tanto en otros aspectos. Excluyendo los iniciales momentos de crisis e invasión en Europa por diferentes contingentes enemigos, el crecimiento económico y demográfico continuó en alza durante un siglo más. La población se mantuvo estable, contando luego con la recuperación de la poblada costa anatolia, pues el centro perdido era una planicie poco habitada (Laiou, 2007: 92).

Clan, Gobierno y Aristocracia

Al inicio de su gobierno Alejo era muy consciente de las grandes crisis a las que se enfrentaba (normandos, turcos, inflación o crisis fiscal), pero también lo era de la necesidad de una base sobre la que actuar y, luego, expandirse. Debido a sus continuos desplazamientos iniciales por la guerra dio plenos poderes en la administración a su madre Ana Dalasena (aunque luego se hizo él cargo) (Mullet, Magdalino, 1996:151). Por esa misma inseguridad decidió llevar consigo a sus rivales durante sus campañas (Frankopan, 2006: 165). Aparte, en el momento de su ascenso los grandes títulos cortesanos se habían desgastado, y Alejo quiso marcar una nueva tendencia dentro de la aristocracia imperial, creando nuevos títulos con los que brindaría honores y puestos a sus allegados (Frankopan, 2007: 7).

La base para la mayoría de ellos fue el antiguo sebastos (“venerable”). Con ellos se quiso crear una nueva y más clara jerarquía dentro del Imperio. Destaca de ellos el sebastocrator, segundo al mando tras el emperador, dado a su hermano Isaac; panhipersebasto, tercero en la jerarquía junto con el césar, dado a Miguel Taronites, marido de su hermana María; y protosebasto, dado a su hermano Adrián (Díaz, 2016, 157). Más tarde su hijo Juan recibió el de basileus (emperador), como heredero, marcando así tendencia hacia la primogenitura. Se darán títulos y ciertas cotas de poder a los descendientes del monarca, pero el heredero tenía preferencia (Casamiquela, 2016: 161).

Si bien en un primer momento el emperador se apoyó fuertemente en su familia, ni ésta monopolizó el Imperio, ni fue un bloque homogéneo como en ocasiones se ha dicho. Hay que tener en cuenta que los tres anteriores gobernantes cayeron por conjuras. Alejo se valió de parte de su familia, no dudando en dejar sin pastel a los que no gozaban de su confianza. Por otro lado sí dio puestos a gentes no relacionadas con su familia, también incluso a otros de origen extranjero. De entre ellos destaca el caso de Tatikios (o Taticio), pro-hombre de origen turco que acompañó a Alejo desde sus primeras campañas en puestos de responsabilidad (Frankopan, 2007: 10).

Los primeros años de gobierno fueron complejos, con el desastre cerca en muchas ocasiones. Por ello, la imagen propagandística de una familia unida y fuerte en el gobierno es realmente engañosa. Buen ejemplo son los diferentes golpes que Alejo sufrió, todos ellos desbaratados. Aparte de pequeñas tramas en diferentes momentos, el primer intento serio de rebelión se vio en 1092. El incendiario en este caso era el mismo Juan Comneno, hijo del sebastocrator Isaac y dux de Dirraquio (Díaz, 2016: 336).

Una posible razón para su trama (aunque fue perdonado) es el nacimiento años antes del hijo homónimo de Alejo, desplazándole en la sucesión. Ya en esta ocasión la familia tuvo grandes disputas internas, acabando de manifestarse en 1094, con el siguiente intento de golpe. En tal año se descubrió el intento de rebelión de Nicéforo Diógenes, hijo de Romano IV. La conspiración de Diógenes tuvo semejante calado que Alejo hubo de convocar un sínodo con sus más fieles colaboradores en Blaquernas (al que no invitó a algunos miembros de su familia). Tras ello se presentó ante los principales conspiradores en reunión junto al ejército, dando una amnistía general, sin contar el cegar al cabecilla (Frankopan, 2007, 18).

Miembros de la familia como Taronites, Melissenos o Adrián Comneno fueron sospechosos de alentar tales conjuras, lo cual desmonta esa idea de monolitismo familiar que los cronistas quisieron transmitir. También denota la debilidad inicial del gobierno. Tampoco Ana Comnena habla demasiado de los implicados, pues muchos de ellos siguieron ostentando cargos de relevancia en el Imperio, como Constantino Doukas (Díaz, 2016: 365). El número de implicados fue tan elevado que Alejo se vio forzado a dar un perdón general.

Fue con esos mismos Doukai con los que mayor conflicto tuvo alrededor de su longevo reinado, pues aún conservaban grandes apoyos de su época imperial. Salvo honrosas excepciones, como la rama del césar Juan, las maquinaciones dentro de la corte fueron comunes. Bien gracias a sus influencias en la iglesia, miembros díscolos como Constantino e incluso la propia Irene Doukaina, esposa de Alejo. La emperatriz nunca quiso que Juan heredase el trono, prefiriendo favorecer al marido de Ana Comnena, Nicéforo Bryennios (que nunca quiso saber nada del asunto). Ello con el fin de sustraer el poder imperial de los Comneno, bien asentados, acercándolo a su propia dinastía (Orlov, 2018: 263)

Aún en el poder, no faltaron contrincantes, destacando entre ellos a los degradados miembros del senado, acaudalados magnates con influencia. Los Comneno, con el tiempo, aprendieron a contentar a esos magnates para resistir en una posición estable. Una opción ya expuesta fue el empleo de títulos, pero hubo más, como son su política matrimonial y la concesión de privilegios económicos y/o territoriales. En la política matrimonial de inicios del reinado de Alejo destacó su madre Ana. Los primeros matrimonios trataron de relacionar a la familia con casas aristocráticas poderosas (Doukas, Taronites, Melissenos, Diógenes etc). Mientras que, por el contrario, trató de apartar a esas mismas familias del poder casando a los primogénitos con extranjeras, como Juan II con Irene de Hungría (Casamiquela, 2016: 158).

Concesiones y Beneficios

Antes del reinado de Alejo la mejor y más efectiva forma de anclar a los magnates alrededor del emperador era la concesión directa de pensiones de las que acababan dependiendo (Rogai). En este primer reinado, en cambio, primó la inseguridad económica, salpicada con numerosas crisis bélicas e incluso requisas a diferentes colectivos. Por ello, la mejor manera que Alejo encontró para satisfacer las demandas aristocráticas y, además, ahorrarle esfuerzo al estado fue la Pronoia.

La Pronoia consistía en la cesión de los impuestos de X tierras a la persona señalada por el emperador. En una época en la que la inflación monetaria era una constante y el propio estado pocas veces tenía efectivo para las rogai, la pronoia cumplía una doble función. Satisfacía el “pago” de una pensión al aristócrata mientras a su vez se quitaba la necesidad de vaciar las arcas imperiales. De igual manera ya no era el estado el que debía cuidar y recaudar los impuestos de esa tierra, sino el administrador que designaba el agraciado, ahorrando más en el proceso (Casamiquela, 2016: 165). Debilitaba a la larga el sistema fiscal estatal, pero daba un beneficio inmediato.

A su vez no era algo heredable, pues el Imperio era pleno poseedor de esas tierras (como de fortificaciones). De igual forma era capaz de expropiarla sin problemas. Muchas de las “donaciones” realizadas no fueron simples “regalos”; mediante la actualización del catastro y la progresiva adaptación (subida) de impuestos se daba dos opciones al poseedor: pagar el extra adaptado o dar la diferencia en forma de terreno, el cual luego podía ser cedido (Mullet, Harvey, 1996:174). Entre los más beneficiados por esas cesiones o por la pronoia estuvieron algunos miembros de la dinastía, pues la familia perdió sus tierras patrimoniales paflagonias, proporcionando así cierto poder terrenal. Así mismo se atestiguan ocasiones en las que tierras fueron dadas, pero bajo condicionantes como la erección de fortificaciones. Otra variante de esa cesión de impuestos era la Exkousseia, librar de impuestos a ciertos terrenos, beneficiando así a su propietario (Kazhdan, 1993: 93).

Otro beneficio que podía otorgarse a laicos (individuos no relacionados con el clero) fue la Charistiké, mediante la que se cedía la gestión y beneficios de un monasterio o complejo eclesiástico. En la época Comneno se dio en menor medida, pues era criticado por la jerarquía ortodoxa, pero ante numerosas bancarrotas de monasterios, el estado podía llegar a ceder su gestión (Casamiquela, 2006: 238).

Reformas Económicas

El ingente coste del aparato estatal durante el s.XI, junto con la necesidad de mayor gasto militar y acuñación para tener liquidez, originó una inflación en el Imperio que no cesó hasta finales de siglo. Previa reforma el sistema monetario romano carecía de flexibilidad al basarse en metales puros. Con el Nomisma o Sólido (oro de 24 quilates), Milliaresion (1/12 del anterior, plata), y el Follis (1/228 nomisma, cobre). La reforma de Alejo en 1092 consistió en el uso de aleaciones y cambio de cantidades. Con él se introdujo el Nomisma Hyperpyron (oro de 20’5 quilates), Aspron Trachy (electro, aleación de oro y plata, 1/3 hyperpiron), Trachy (diferentes metales con un 6% de plata, 1/48 hyperpiron) y el Tetarteron (bronce 1/864 hyperpiron) (Mullet, Harvey, 1996: 172).

Nomisma Hyperpyron de Alejo Comneno acuñado en Constantinopla. Por un lado tenemos un Pantocrator entronizado mientras por el otro vemos a Alejo con las insignias imperiales. cngcoins.com
Nomisma Hyperpyron de Alejo Comneno acuñado en Constantinopla. Por un lado tenemos un Pantocrator entronizado mientras por el otro vemos a Alejo con las insignias imperiales. cngcoins.com

El problema viene en su aplicación, pues toda reforma que pretenda cambiar el sistema monetario requiere de una depuración completa, y ello en un sistema del s.XI necesita años de circulación. Al contrario de lo que pueda llegar a pensarse, la monetarización de la época, incluyendo el campo, era bastante alta debido al comercio interprovincial (Kazhdan, 1993: 89). Este nuevo sistema se adaptaba mejor al pequeño comercio, ayudando de esta forma también al propio desarrollo mercantil interno. Con ésto y con su economía en auge el sistema monetario bizantino persistió como modelo internacional durante otro siglo (Laiou, 2007: 155).

Otra motivación para la realización de la reforma monetaria, aparte de la propia estabilización del valor de la moneda (y evitar así mayores subidas de precios), fue la necesidad de llevar a cabo reformas. Destaca que en en este caso se basaron en gran parte en las reformas ya iniciadas por emperadores anteriores. Esos cambios, formulados entre 1106 y 1109, incluían el recálculo sistemático de los impuestos por la devaluación de la moneda, junto con su aumento generalizado sobre la tierra. Introdujo también la capacidad del campesino de cambiar ciertas cargas como las corveas por pagos. Así daba más efectivo al estado que poner en circulación a costa del campesino libre, llegando a provocar revueltas en algunas provincias (Mullet, Harvey, 1996: 183).

El Guardián de la Fe

Debido a la muy común huida nobiliar de la campiña con destino a la capital, Alejo decidió reasentar su autoridad haciendo uso de los propios obispos como representantes imperiales en las provincias. Pero ello conllevaba de cierta forma la supeditación de la jerarquía ortodoxa y patriarcal, algo muy complicado, más si tenemos en cuenta los antecedentes familiares y sus propias deudas.

Durante buena parte del s.XI la iglesia adquirió una vigorosa independencia y poder dentro del Imperio, con el patriarca Miguel I Cerulario (1043 – 1058), su mayor representante, con quien se produjo el Cisma de Oriente en 1054. Y aunque hubo idas y venidas, tal tendencia se mantuvo a lo largo de las décadas. Destaca que el tío de Alejo, Isaac I, fue quien echó del patriarcado a Cerulario a la vez que vasallizó a la iglesia, restándole grandes beneficios (Signes, 2018: 363).

Entronización de Miguel Cerulario (Juan Skylitzes, s.XIII). Ilustración donde vemos al patriarca de Constantinopla en sus inicios.
Entronización de Miguel Cerulario (Juan Skylitzes, s.XIII). Ilustración donde vemos al patriarca de Constantinopla en sus inicios.

Los recelos acertaron. Tras convencer a Alejo de coronar a Irene emperatriz y no repudiarla, el emperador echó al patriarca Cosmas, nombrado con Miguel VII y favorable a los Doukai. Aunque Zonaras suaviza el hecho, describe a su sucesor Eustratio (elegido por Ana Dalasena, madre de Alejo) como un eunuco imbécil, pero transigente con los Comneno (Álvarez, 2006: 363). Fue durante su patriarcado cuando, como hiciera Isaac, Alejo echó mano al tesoro patriarcal. En sus primeros momentos la hecatombe amenazaba ante la ofensiva normanda, y Alejo optó por requisar bienes eclesiásticos; usó como subterfugio legal una ley que permitía tal acto si era para rescatar prisioneros. Con el dinero pudo financiar a sus tropas en las siguientes campañas, pero ganó poderosos enemigos (Díaz, 2016: 213)

El más feroz de ellos fue León, obispo de Calcedonia, tachando el asunto de herejía. Por su presión y la de otros tantos jerarcas Alejo se vio obligado a exponerse en un tribunal eclesiástico donde prometió restituir lo confiscado, pero no fue suficiente (Díaz, 2016: 245). La oposición fue tal, y la incapacidad del patriarca semejante, que acabó abdicando al borde de un enjuiciamiento por herejía, sucedido por Nicolás III sin dar fin al conflicto.

La intención de Alejo fue la de resacralizar el título imperial, materia en la que tuvo parcial éxito. Tras un siglo de relativa calma doctrinal, el emperador centró enormemente sus esfuerzos en la caza de herejías. Destacaron los Bogomilos, Paulicianos u otros individuos, todo por su iniciativa, en la que el monarca tomaba la acusación. Con ello quiso dar un halo de sacralidad a sus esfuerzos defendiendo la ortodoxia y, de esa forma, estar legitimado para intervenir en los nombramientos de nuevos metropólitas (arzobispos) y obispos. Con ello los nuevos obispos, más adeptos a ese nuevo régimen centralizado, representaban al gobierno constantinopolitano en sus diócesis (Casamiquela, 2016: 176).

En 1107 Alejo llegó tan lejos como para dar un edicto de reforma de la propia iglesia ortodoxa. En tal cambio promocionó una mejor formación del clero con revisiones regulares, animó a una destacada meritocracia e instó a los miembros del sínodo eclesiástico a colaborar con el patriarca, entre otros temas, destacando una especie de “vigilantes” de la fe (Mullet, Magdalino, 1996: 203). Consiguió su objetivo, pero la oposición no cesó. En 1117 se llevó a alguien a juicio por herejía por primera vez en el reinado de Alejo sin que fuese él el promotor. La víctima era el obispo Eustrate de Nicea, y aunque tiempo antes pudo enviar al exilio a León, sus partidarios estaban al acecho.

Eustrate era un importante apoyo de Alejo dentro de la jerarquía ortodoxa, uno de los diferentes clérigos fieles. Pero dentro de sus funciones se le llegaron a detectar ciertos errores de forma en el discurso; cuestiones que décadas antes no hubieran apenas llamado la atención, pero los “calcedonianos” aprovecharon la ola anti-herética. Eustrate fue condenado, y Alejo se vio forzado a confirmar la condena (Casamiquela, 2016: 182) (aunque ni Ana ni Zonaras lo mencionan). La jerarquía patriarcal no pudo ser completamente domada, pero Alejo consiguió gran apoyo de la misma para su reinado y dinastía.

Los Conflictos de Alejo Comneno

Asia y los Turcos

El sistema defensivo del Imperio en Anatolia durante la época Macedónica consistía en una primera línea con estados tapón vasallos; luego una defensa mixta estática y flexible, con fortalezas y soldados themáticos, que estaban muy habituados a la guerrilla; y finalmente, aparte del desolado centro anatolio, las ciudades fortaleza, como Amorion o Antioquía, sin contar con el ejército tagmata de Constantinopla. Pero Anatolia se perdió. En cambio, los Comneno descansaron enormemente sobre la diplomacia tratando siempre de evadir el conflicto, que era la última opción. Por ello intentaron enfrentar a los turcos entre sí. Luego, al no tener tierra de por medio como sí ocurrió en décadas pasadas, era virtualmente imposible detener las razias turcas, sólo espantarlas. Se construyeron fortificaciones, pero a su alrededor no hubo garantías. Será un sistema demasiado dependiente de los buenos militares (Birkenmeier, 2002: 43).

Imperio de Alejo Comneno a su subida al trono en 1081. Los únicos remanentes en Anatolia son ciertas ciudades costeras y Antioquía, ya sólo romana de iure y que cayó a los pocos años.
Imperio de Alejo Comneno a su subida al trono en 1081. Los únicos remanentes en Anatolia son ciertas ciudades costeras y Antioquía, ya sólo romana de iure y que cayó a los pocos años. Fuente: Wikipedia, corregido.

Pero esa defensa sustentada en buenos militares se dio a finales del reinado de Alejo. En sus inicios las pocas plazas que resistieron el asalto turco lo hicieron por su aislamiento terrestre o por sus fortificaciones. Según Ana Comnena, al inicio de su reinado en el oeste de la Península sólo resistió Bitinia y gracias a la intervención de Alejo. Aunque es muy posible que simplemente fuese lo único que quedó sin caer (Díaz, 2016: 179). En el momento de su ascenso pactó una “tregua” con el sultán turco de Nicea, con lo que recibió hasta 7.000 mercenarios en su lucha contra los normandos de Roberto Guiscardo (en Dirraquio). Por ese generoso tratado una victoria terrestre de los turcos, e incluso una cesión territorial por parte de Alejo, es más que verosímil (Frankopan, 2006: 180).

Normandos y Pechenegos

Antes de la caída en 1081 del emperador Miguel VII, prometió a su hijo Constantino Doukas con la hija del normando Roberto Guiscardo, que tomó años antes el sur de Italia a los bizantinos. Con esa unión Miguel pretendía pacificar un frente, pero la unión no se celebró. Miguel fue depuesto y Constantino prometido a la futura cronista Ana Comnena (boda que tampoco se dio, pues Alejo no quería mezclarse más con los Doukai). Roberto Guiscardo utilizó el rechazo como pretexto para su campaña de invasión para hacerse con el trono imperial. En ella comprometió a 30.000 hombres y 150 navíos, enfrentados a los poco experimentados 20/25.000 hombres con los que contaba Alejo (Birkenmeier, 2002: 62).

Campañas normandas contra el Imperio Romano de Alejo Comneno. Autor desconocido.
Campañas normandas contra el Imperio Romano de Alejo Comneno. Autor desconocido.

Por otro lado, la situación en la capital era tan insegura que Alejo debió, como remarcábamos antes, llevarse consigo a media “corte” en campaña. De esta forma las tramas a sus espaldas serían mínimas. En esta contienda (1081 – 1085) destacaron figuras como Jorge Paleólogo, defensor de Dirraquio que ralentizó al invasor lo suficiente como para que Alejo pudiese prepararse. Mientras que en cuestión diplomática Alejo utilizó sus mejores bazas, llegó a reclamar con éxito la ayuda del Sacro Imperio a cambio de 360.000 marcos de oro, desviando tropas normandas a Italia (Jones, 2020: 57); y convenció a los venecianos de su intervención mediante privilegios comerciales. Éstos aportaron su flota en el control y corte del Adriático, privando al enemigo de la posibilidad de refuerzos (Norwich, 2018: 113).

En un principio, Alejo intentó combatir al enemigo en batalla campal, pero el ejército imperial no venció en ninguno de sus enfrentamientos abiertos. Las tácticas bizantinas estaban demasiado habituadas a combatir tácticas similares o a contrarrestar aquellas orientales. El encontronazo con un cuerpo enemigo muy disciplinado y centrado en la caballería de choque desbarató las tácticas de Alejo que, en cambio, supo recuperarse y reinstruir a su ejército, que tras la toma enemiga de plazas como Castoria o Larisa, fue derrotado (Birkenmeier, 2002: 68)

Catafracto bizantino contra bacallero normando (Ángel García Pinto). Uno de los diferentes escenarios que pudo verse en Dirraquio.
Catafracto bizantino contra caballero normando (Ángel García Pinto). Uno de los diferentes escenarios que pudo verse en Dirraquio en los que solían vencer los segundos por su doctrina de choque.

Pocos años tras la derrota normanda, y sin apenas tiempo de recuperación, la tribu nómada de los pechenegos atravesó el Danubio. En esta campaña, que duró hasta 1091, los pechenegos asaltaron las costas pónticas del Imperio, llegando a acosar la misma capital. Alejo, ante la imposibilidad de acabar con una tropa que en la época numeraban en 80.000 hombres, optó por la diplomacia. El emperador contactó con otra tribu, los cumanos, y se alió con ellos para acabar con sus rivales. Juntos tendieron una emboscada contra los pechenegos en Levounion, junto al río Évros, casi destruyendo a la tribu (Díaz, 2016: 331).

Fueron casi aniquilados y los supervivientes reclutados como mercenarios. Aunque tiempos de su hijo seguirán dando problemas. Estos mercenarios, entre otros, serán muy utilizados para vigilar a los futuros peregrinos a Tierra Santa. Tras tanto envite y crisis los Balcanes imperiales estarán seguros durante casi dos décadas, permitiendo cierta recuperación tras el saqueo al que fueron sometidos. La consecuencia más destacada fue el inicio de una larga lista de beneficios otorgados a Venecia, entre los que destaca su libre acceso por el Imperio y su liberación del komerkion, impuesto a los intercambios. En un mundo donde primaba el libre comercio tal ventaja se hará notar, dañando a la larga las arcas imperiales (Norwich, 2018: 115)

Revueltas Internas: las Islas

Durante todos estos años iniciales, en el reinado de Alejo hubo muy pocas “provincias seguras”. De entre ellas podría pensarse en las diferentes islas como Chipre, o Creta, junto con el Peloponeso, más presionadas para soportar mayores impuestos. Áreas principales de reclutamiento, por otra parte, eran Macedonia, Tracia o Tesalia. Pero la costa anatolia también cayó, y aquellos nómadas habituados a ser jinetes aprendieron también el arte de la navegación, es el caso principal del renombrado “Zaka”, pirata turco cuya base se situaba en Esmirna.

En tal momento gran número de islas fueron saqueadas y otras tantas tomadas para control turco. Coincidiendo con esos sucesos, las dos mayores islas romanas, Creta y Chipre, se rebelaron de forma coincidente. Para la hacienda imperial era una sentencia de muerte de no corregirse pronto, pues eran sus principales centros de recaudación. Su alzamiento era aparentemente una huída de un excesivo fisco en tiempos de crisis. Uno puede llegar a aceptar mayores impuestos de forma excepcional de servir para su propia protección, pero las islas pagaron más de lo debido siendo igualmente saqueadas (Frankopan, 2004: 385).

Aunque la crónica de Ana Comnena no lo indique con claridad, podemos deducir que los alzamientos se dieron entre 1091 y 1094. Los dux de Creta y Chipre, Carices y “Rapsomates”, se llegaron a independizar de facto del Imperio durante esos años (Díaz, 2016: 349).

Pronto, y ante la necesidad, se organizó una expedición con el césar Juan Doukas. Nada más desembarcar en Creta sus ciudadanos acabaron con el desertor, retornando a la obediencia. En Chipre el gobernante sí ofreció resistencia, en la que Ana destaca su mediocridad. Su nombre, Rapsomates (ράπτω + όμμα), significa “ojos cosidos”, por lo que nos advierte de la posibilidad de tratarse de un apodo. Frankopan ofrece la posibilidad de que incluso se trate de Nicéforo Diógenes, cegado tiempo atrás en su conjura, aunque no hay medios de asegurarlo (Frankopan, 2004: 398). El alzamiento fue derrotado, y para satisfacer a la población local se designó un nuevo “y justo” administrador junto con el emplazamiento de más tropas en la isla (Díaz, 2016: 351).

La Cruzada y sus Consecuencias

Los turcos continuaron amenazantes. Y, tal y como ya hizo Miguel VII, Alejo demandó contingentes armados al papado para combatirles. Lo que tenía en mente era la cesión de tropas mercenarias enteramente a sus órdenes, pero no fue lo que entendió (o quiso entender) Urbano II (Barrios, 2019: 16). Hoy en día continúa la polémica, pero se cree que fue el papa quien incluyó la palabra “Jerusalén” en la petición (Wright, 2013: 13).

Para más señas la impresión dada a Zonaras del paso cruzado por el Imperio fue la de una “plaga de langostas” (Álvarez, 2006: 366). Pese a la actitud conciliadora de las autoridades, los cruzados armaron alboroto con continuos pillajes o ataques a los judíos locales. Los propios bizantinos no tenían un problema per se con los musulmanes, sino con los invasores; con los siglos aprendieron a convivir y relacionarse entre sí. Ya Juan Comneno hizo notar, tiempo más tarde, que los conflictos del Imperio con invasores como los turcos no eran por religión, sino como afirmación de los derechos territoriales del Imperio (Oldembourg, 2003: 737). Los propios musulmanes entendieron sólo tiempo más tarde las  motivaciones de los cruzados, a quienes al principio tomaron por mercenarios imperiales (Oldembourg, 2003: 687).

Godefroy de Bouillon faisant acte d'allégeance à l'empereur byzantin Alexis Comnène (Alexandre Hesse, previo 1879). En la imagen podemos ver a Alejo Comneno recibiendo al cruzado Godofredo de Bouillón en Constantinopla.
Godefroy de Bouillon faisant acte d’allégeance à l’empereur byzantin Alexis Comnène (Alexandre Hesse, previo 1879). En la imagen podemos ver a Alejo Comneno recibiendo al cruzado Godofredo de Bouillón en Constantinopla.

La táctica de Alejo, pequeños enfrentamientos aparte, consistió en guiar a los cruzados individualmente hacia la capital, donde les hacía jurar fidelidad y respetar los derechos del Imperio. La excepción fue la “cruzada de los pobres”, una turba dirigida hacia Tierra Santa que, por su difícil control, Alejo mandó pronto cruzar a Anatolia, donde fue masacrada por los turcos. Los nobles cruzados aceptaron mayormente, no sin aspereza, las demandas de vasallaje de Alejo. Entre ellos destacaron Godofredo de Bouillón, futuro rey de Jerusalén al cual algunos le creían descendiente de Carlomagno (Edmond, 1993: 164), o Bohemundo de Tarento, hijo del fallecido Roberto Guiscardo.

El primer objetivo fue la captura de Nicea. La ayuda bizantina al contingente cruzado fue tanto militar como logística. Por una parte les acompañó tropa bizantina liderada por el veterano Tatikios, cuyo cuerpo se encargaría de reclamar y guarnicionar las plazas tomadas y, má importante, guiar a los cruzados por Anatolia. Respecto a la logística, suministrando toda la ayuda en cuestión de suministros posible, tanto por mar como por tierra, materia sin la que los cruzados no hubieran podido iniciar su ruta (Barrios, 2019: 21).

La plaza de Nicea se rindió mediante una acción combinada de sitio marítimo con la flota imperial y terrestre por parte cruzada. Pero los romanos, sabedores del destino que iba a sufrir de caer al asalto, negociaron con la guarnición turca su rendición, objetivo conseguido. Ello enfadó bastante a los caudillos cruzados, que tenían el pillaje como recompensa ya en sus mentes, pero la marcha, batallas mediante, hubo de continuar (Barrios, 2019: 28).

De forma paralela al avance cruzado por las planicies anatolias, guiados por Tatikios, una expedición propiamente bizantina fue también lanzada para maximizar los beneficios. Juan Doukas y Constantino Dalaseno recorrieron la costa anatolia, rindiendo o tomando Esmirna, Éfeso, Sardes o Filadelfia entre otras tantas, con lo que también acabaron con la piratería (Díaz, 2016: 437). Ello no sólo benefició enormemente al Imperio, que recuperaba una zona muy poblada y próspera, sino que aseguró la retaguardia cruzada mientras acortó el plazo del suministro marítimo. Pero en la toma de Antioquía la polémica se dispara, con cruzados descontentos (aunque el suministro en mayor o menor medida siempre llegó), colmando la situación la partida de Tatikios (que no de sus hombres) en extrañas circunstancias (Barrios, 2019: 35).

Mapa mostrando los territorios retomados por el Imperio tras la Primera Cruzada. Exagera en exceso la recuperación en el centro de Anatolia e ignora en parte Cilicia.
Mapa mostrando los territorios retomados por el Imperio tras la Primera Cruzada. Exagera en exceso la recuperación en el centro de Anatolia, ignora en parte Cilicia y no reconoce la pérdida de ciertas islas, pero es ilustrativo. Desconocido.

A partir de tal momento su vasallaje imperial se rompió, tomando cada uno aquel territorio que quería a voluntad. Pero no todos se “conformaron” con sus nuevas tierras, muy dependientes por otra parte del suministro y poderío naval de las repúblicas italianas (Eberhard, 2001: 244). Bohemundo, que se hizo con Antioquía, llegó a declarar nuevamente la guerra al Imperio. En esta nueva campaña (1107 – 1108) Alejo supo cómo actuar, evitando el enfrentamiento directo con el acoso a los suministros enemigos. Así llegó a ver postrado a Bohemundo, que hubo de aceptar un teórico vasallaje (Birkenmeier, 2002: 70).

Una nefasta consecuencia a la larga fue la propaganda esparcida por occidente de lo ocurrido. Un ejemplo fue la Gesta Francorum (crónica medieval narrada desde el punto de vista cruzado) donde se retratará a unos pérfidos griegos que querían la destrucción de la expedición desde su inicio. Tal desconfianza se cimentó de forma bastante acentuada hasta su colapso un siglo más tarde, con la Cuarta Cruzada, pero los roces serán numerosos y continuados (Wright, 2013: 15).

Muerte y Legado

La muerte llegó a Alejo en la noche del 15 al 16 de agosto de 1118. Desde hacía tiempo Alejo sufría por enfermedad, y con ello volvió a emular por última vez a su tío. Salió en caballo a desfilar por la ciudad para acallar aquellas voces que le auguraban un final cercano. Pero esas mismas voces acertaban. Según diagnósticos más modernos lo que pudo afectar al emperador fue un tumor maligno que le impidió descansar en sus últimos momentos (Díaz, 2016: 622)

Tras de sí dejaba un Imperio parcialmente recuperado, con una situación económica estable, con buena parte de las claves costas anatolias recapturadas y unos Balcanes pacificados. Pero no todo era en exceso positivo. Los beneficios que Venecia recibió del Imperio pronto serán también depredados por otras repúblicas mercantes, y la propia armada imperial acabará dependiendo en demasía de aquellas repúblicas marítimas que sólo se guiaban por el interés económico. Dentro de un estado en auge y con unos comerciantes en alza, la competencia desleal de extranjeros italianos con cero impuestos (con los privilegios adicionales que les concederán) supondrá un varapalo muy importante a la larga.

El estado, finalmente, sólo tendrá capacidad de aumentar su capacidad recaudatoria de forma natural gracias a las nuevas tierras roturadas, pero no será suficiente (Birkenmeier, 2002: 151). Los gastos aumentarán, y el gobierno, tras Juan y con Manuel, dejará de ser tan centralizado como solía debido a la repartición de responsabilidades entre una familia cada vez mayor. Pero para ello aún queda mucho tiempo, muchos conflictos y más cruzadas, ahora ya con unos occidentales abiertamente hostiles.

La muerte de Alejo muestra cómo la unidad no era precisamente un rasgo de los Comneno. Quien nos muestra una narración más completa de los hechos es Niketas Choniates, muy posiblemente porque su vida se desarrolló en el ocaso del poder Comneno, no tan atado a su narrativa. Niketas nos explica cómo, aún estando en su lecho de muerte, las conspiraciones siguieron persiguiendo a Alejo.

Postrado y sin posibilidad de recuperación en el Palacio de Mangana (al este de Constantinopla), fue rodeado durante su muerte por miembros de su familia como Irene o sus hijas Ana, María y Eudocia. Ana se esfuerza en describir a su madre en el papel de mujer doliente, que no hizo sino lamentarse con la muerte de Alejo, nada más lejos de la realidad (Díaz, 2016: 623). Nos cuenta Choniates que Juan, hijo mayor de Alejo y basileus, designado heredero, no tenía tampoco una posición muy asegurada. Su madre y Ana con los partidarios de los Doukai y demás oposición seguían tramando, así que fue a ver a su padre en la noche de su partida (Magoulias, 1984: 2).

Destaca mucho el comparar la narración de los hechos según los tres diferentes cronistas que para el caso manejamos: Ana, Zonaras y Niketas. Ana narra la visita de su hermano de forma fría, sin tan siquiera mencionar el nombre de Juan, lo nombra como “el heredero del Imperio”, retratando la escena como una visita rápida para salir corriendo al Gran Palacio (Díaz, 2016: 628). Zonaras por su parte nos muestra un acontecimiento más solemne, regio, con la visita del doliente hijo a su padre, el cual le nombra sucesor en el lugar y le entrega su anillo como forma de verificarlo, sin mucha mayor oposición (Álvarez, 2006: 373).

Choniates, en cambio, nos relata como Juan, ante la inseguridad, se reunió con sus partidarios, entre los que destacaba su hermano menor Isaakios, y acordó actuar. Fue a la habitación de su padre y cogió de él (con o sin permiso) su anillo, ante lo que partió a encabezar a sus fieles. El temor al ascenso de Bryennios estaba latente (aunque nada quiso saber él). Entonces a la cabeza de sus tropas quiso entrar en el Gran Palacio enseñando su sello, pero los guardias no abrieron las puertas, pues no tenían aún noticia del fallecimiento de Alejo. Ni cortos ni perezosos, los hombres de Juan desanclaron las puertas del palacio y entraron a él, encerrándose dentro (Magoulias, 1984: 3).

El cuerpo de este emperador-soldado fue enterrado rápidamente y sin el ceremonial merecido por las disputas familiares en un monasterio que él mismo mandó edificar. El arquitecto y origen de la Restauración Comneno gozó de un final tan pacífico como lo fuese su reinado. Adorado por unos y vilipendiado por otros, con su determinación y buen criterio condujo a un estado en pleno colapso a una renovada hegemonía.

Alejo Comneno en una representación en un manuscrito desconocido.
Alejo Comneno en una representación en un manuscrito desconocido.

Bibliografía

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