Una de las características comunes que tienen todas las épocas o periodos históricos es que hay elementos que destacan por encima del resto y se convierten en referentes de esa etapa. En la Edad Media uno de esos elementos señeros es el feudalismo. Sin embargo, como se podrá comprobar en las sucesivas líneas que van a componer este artículo, el sistema feudal es mucho más complejo de lo que podría considerarse en un principio. Tradicionalmente, suele asociarse el feudalismo a la Edad Media en el Occidente europeo en su totalidad, aunque esto es bastante inexacto. También se puede hallar íntimamente unido con el término señorío, pese a que las diferencias entre ambos también son evidentes como ya se verá. Admitiendo la complejidad del tema, el esquema que seguirá el artículo estará destinado a conseguir conocer de forma más o menos precisa ese fenómeno político, social y económico que fue el feudalismo, pero también los debates que su estudio ha puesto en marcha. Para ello se comenzarán exponiendo las principales controversias en torno al feudalismo, en torno a cuándo y dónde se desarrolló, pero también acerca de cómo se ha entendido y estudiado, a partir de ahí se dedicarán tres apartados a la configuración del feudalismo, uno a sus etapas previas, otro será destinado a la etapa plena y el tercero arrancará con el aumento de poder regio en torno al siglo XII y XIII extendiéndose hasta el final de la Edad Media.

Controversias sobre el feudalismo.

Antes de comenzar a exponer en qué consistió el sistema feudal deben quedar claros dos asuntos; el primero de ellos es el relativo a la cronología: de ninguna manera puede considerarse que el feudalismo se extendió durante la Edad Media (siglos V-XV) de forma monolítica; más adelante se describirá cuándo se desarrolló, pero de momento debe quedar claro que lo que es seguro es que, el feudalismo propiamente dicho (el cual será definido más adelante), no se extendió durante esos diez siglos, y muchos menos sin cambios. Este problema está relacionado con otro de los mitos acerca de la época que tratamos: el relativo a considerar la época medieval como un periodo de escasas variaciones y cambios. El segundo de los postulados que debe quedar meridianamente claro es el relativo al componente espacial, el feudalismo no se desarrolló de igual manera en todos los lugares del Occidente europeo, ni mucho menos. Así, pues, teniendo claro lo que no es el feudalismo y habiendo desechado algunas de las ideas más extendidas, es el momento de pasar a describir lo que sí es.

Si bien es relativamente sencillo desterrar tópicos debido a su simpleza, ejecutando una definición negativa del feudalismo (lo que no es), mucho más complejo es dar una definición positiva. A esa labor se han entregado muchos especialistas de diferentes nacionalidades desde hace décadas. En consonancia, la nómina de interpretaciones que existen en torno a este tema es extensísima, lo cual entronca con lo que es la propia historia que “lejos de ser una mera colección de hechos estáticos, es un proceso hermenéutico dinámico” (Little y Rosenwein 2003: s.p.). Esas interpretaciones discuten dónde y cuándo se desarrolló el sistema feudal, pero también cómo se desarrolló; todo ello se expone a continuación. Por otro lado, es preciso especificar que hay autores que denominan a esta realidad como feudalismo y otros como sistema feudal, pero con el fin de simplificar la comprensión ambas se utilizarán a lo largo del artículo de forma indistinta.

Dónde y cuándo se desarrolló el sistema feudal.

En cuanto a los debates sobre el inicio del feudalismo hay varias corrientes, dos de las principales son las que se centran en torno a la continuidad o la ruptura para explicar la llegada del sistema feudal. Las tesis mutacionistas consideran que las sociedades germánicas, originadas a raíz de la caída del Imperio, existieron hasta el año 1000; en ese momento una crisis brusca, violenta… daría lugar a la destrucción del antiguo edificio político y económico que se sustituye por un nuevo sistema: el feudalismo. Esta concepción se basaría en dos elementos principalmente. El primero de ellos es el de la continuidad y pervivencia del esclavismo, entendido como parte fundamental del sistema económico desarrollado entre los siglos V y el X. En segundo lugar, la continuidad de las estructuras jurídicas y administrativas de tipo romano o tardorromano donde pervivía la autoridad pública; dicha autoridad se ejerce de forma homogénea sobre todos los habitantes en lo referido a temas como fiscalidad y justicia. Por ejemplo en Cataluña esa crisis se produce entre 1020 y 1060 y tras ese periodo de crisis surgiría la sociedad feudal. También en León han tenido eco estas ideas y para este espacio la cronología habla de una ruptura entre finales del siglo X y principios del XI. Es decir, que incluso en espacios relativamente reducidos las cronologías cambian, lo que otorga una idea de la complejidad del panorama general.

Frente a estas teorías, hay autores que consideran que el feudalismo nace de una serie de procesos y cambios que se extienden a lo largo del tiempo. Desde este punto de vista, la transformación de realidades más antiguas se daría en unas zonas más rápidas que en otras. Ese proceso de transformación habría acabado hacia el siglo XI de forma general; aunque, de nuevo, es preciso señalar que la cronología no es monolítica y que hay algunas zonas donde esa fecha sería algo posterior. Según estas teorías, la sociedad tardorromana se transforma en una sociedad feudal. En la Península, esa teoría encontrará ciertos problemas derivados de la invasión musulmana; así pues, previamente a la invasión parecen existir algunos elementos protofeudales en aquellas zonas más romanizadas del valle del Guadalquivir, aunque ese teórico proceso de transformación quedaría roto con la ruptura del 711. Pese a ello, algunos autores consideran que, efectivamente, el feudalismo peninsular proviene de la evolución de sociedades antiguas, pero no romanas sino indígenas; sería un proceso por medio del cual las sociedades gentilicias del norte de la Península se transformarían en sociedades feudales.

También existen arduos debates en torno al final del feudalismo. Hay quienes consideran que su fin llega en el siglo XVI con la construcción de los Estados modernos, mientras que otros autores extienden la vida del feudalismo hasta fechas tan tardías como fines del siglo XVIII o inicios del siglo XIX, aunque otros tantos consideran que solo puede hablarse de feudalismo entre los siglos X y XII (Arroyo Martín 2018: 11). De igual manera ocurre en lo relativo al desarrollo territorial del sistema feudal; hay quienes discuten sobre en qué lugares de Europa se desarrolló mientras que otros lo hacen en torno a la cuestión de si fue un fenómeno exclusivamente europeo o si, por el contrario, otras civilizaciones como la musulmana o incluso la japonesa pusieron en marcha sistemas homologables con el feudalismo.

Cómo se ha entendido y estudiado el feudalismo.

Los primeros estudiosos del tema fueron, sobre todo, historiadores cuyas investigaciones estaban destinadas al derecho y las instituciones. Dentro de esa categoría sobresalen dos autores: R. Boutruche y F. Ganshof. Ambos estudian los vínculos feudo-vasalláticos y definen el feudalismo de una forma concreta, a modo de una institución jurídica concreta. Su definición tiene mucho que ver con ese contrato, es decir, con los elementos jurídicos que componen esa realidad. De esta forma, el sistema feudal afectaría al rey y a la sociedad privilegiada, los cuales eran una franca minoría dentro del conjunto de la sociedad medieval; así, pues, esta forma de analizar el feudalismo incluía a un porcentaje muy escaso de la población como parte del sistema.

Cuando no aparecían esas instituciones de manera pura, muchos autores plantearon que no se podía hablar de feudalismo. Es por ello que algunos autores comienzan a teorizar sobre la inexistencia del sistema feudal en ciertas zonas de Europa, es el caso de Sánchez Albornoz que defiende esas tesis aplicadas a la península, a excepción de la zona catalana que debido a sus influencias francas sí que presenta un modelo feudal puro. Es decir, se caía en una especie de maniqueísmo debido a que se consideraba que, o existía o no, dejando fuera todo tipo de situaciones intermedias.

Además, los juristas consideraban que el señorío no iba dentro de ese contrato, que el contrato feudal iba separado del régimen señorial. Esa visión de los estudiosos del derecho va a ser puesta en duda posteriormente por aquellos que interpretan de diferente manera esos contratos feudo-vasalláticos. Un ejemplo de ello son los historiadores de la escuela de los annales francesa, autores como Marc Bloch o Georges Duby aportan un nuevo punto de vista sobre la situación. Estos autores consideraban que, para definir al feudalismo había que tener en cuenta un componente económico y social que los historiadores del derecho ignoraban. Dentro de ese componente uno de los grandes cambios que propugnaban era el de incluir a los campesinos en el sistema feudal, éstos serían pieza clave de ese sistema en virtud de que eran el grupo mayoritario de la sociedad, por ejemplo en torno al siglo XII las sociedades europeas podían situarse por encima del 80% de población rural, dedicada casi exclusivamente a labores agrarias (García Cortázar y Sesma Muñoz 2008: 193).

También será muy importante la corriente de estudiosos centrados en el materialismo histórico, que analizaron la realidad histórica desde una óptica marxista, dos de ellos son Guy Bois y Hilton. Estos autores consideraban que para definir el feudalismo es necesario resaltar la dominación señorial y la dependencia campesina como consecuencia de esa dominación. Todo ello se pone de manifiesto en el marco geográfico del señorío. De esta manera, los estudiosos marxistas unían feudalismo y señorío debido a que “se considera al feudalismo como una transición entre el sistema esclavista y capitalista; por lo cual, utiliza una definición eminentemente económica y social, mucho más cercana al régimen señorial que a las relaciones feudales” (Arroyo Martín 2018: 12). Por lo tanto, tanto los marxistas como los integrantes de la escuela de los annales, van a plantear una definición diferente de feudalismo que, sin desdeñar las instituciones jurídicas, incluya otros elementos como la dominación señorial. Es decir, tan feudales serían los vínculos entre privilegiados como la relación entre los señores y los campesinos. Esta visión está totalmente aceptada en el marco del estudio de la historia, pero en el ámbito jurídico aún hay quien considera acertada la definición más restringida.

Las muy ricas horas del Duque de Berry
Las muy ricas horas del Duque de Berry: mes de julio. (1410). hermanos Herman, Paul y Johan Limbourg, Museo Condé (Francia). Fuente: El libro de las horas, Madrid: Libsa, p. 58.

Señorío y feudalismo.

Antes de pasar a hablar del proceso que experimentó el feudalismo a lo largo de la Edad Media, es preciso señalar las semejanzas y diferencias en torno al término señorío y sus conexiones con feudalismo. Durante la época feudal, el señorío ha sido calificado como “agente principal de todo el sistema” (Fourquin en Arroyo Martín 2018: 25); ello es debido a que es el principal agente económico y social de la época, a través del mismo se sustentan desde los más altos magnates hasta los campesinos más depauperados. Durante la Edad Media será la fórmula de encuadramiento social por excelencia, siendo dos sus elementos esenciales: el dominio de tierras y la autoridad impuesta sobre los hombres allí residentes (García Cortázar y Sesma Muñoz 2008: 196). “El señorío es, ante todo, una tierra, pero una tierra habitada, y por gentes sometidas” (Bloch, 2011: 252). Sin embargo, la historia del señorío no es la historia del feudalismo, ya existía previamente al feudalismo (en la época carolingia, por ejemplo, donde el Estado todavía era poderoso) y se prolongó una vez que éste se había desmembrado, así, el señorío pudo sobrevivir durante buena parte de la Edad Moderna; sin embargo, tanto en la época previa como posterior, el señorío se movió en un marco diferente de relaciones político-institucionales, e incluso socioeconómicas. Es por ello por lo que se puede hablar del señorío sin hacer referencia únicamente al feudalismo, pero, al contrario, no podemos hablar de sistema feudal sin definir y explicar qué fue el señorío.

Protofeudalismo y el cambio del año 1000

Aislar los elementos que, una vez finalizada su evolución, condujeron al establecimiento del sistema feudal es un trabajo complejo. En primer lugar por la dificultad que entraña esa labor en sí misma, pero también debido a la divergencia de situaciones que existían en Europa en aquel momento: la zona astur-leonesa, la catalana, Francia meridional y septentrional, Italia, Sajonia… todas esas regiones tienen características específicas. En cualquier caso, dos de los procesos más claros que conducen a la creación de un sistema feudal son los que tienen que ver con la evolución de las aristocracias y de la situación general del campesinado entre los primeros compases del siglo IX y el XI.

En lo referido a la aristocracia, ésta asentó su poder político de forma considerable durante esa etapa; la posesión de tierras había ido configurándose como el vector de acción política, por lo que a partir de un aumento de tierras en manos de los señores, estos aumentaron irremediablemente su poder. De esta forma, “este proceso implicó que los señores usasen cada vez más sus tierras como elementos de la política regional, además de la política de ámbito nacional, o en lugar de ésta” (Wickham 2013: 626). Es decir, un proceso de patrimonialización de la tierra que conllevó el control de las riquezas y los patrocinios locales, añadiendo tierras que, frecuentemente, habían pertenecido a la monarquía; pero no solo, ya que a ello sumaban los derechos políticos locales, lo cual es tanto o más importante.

Con frecuencia, las aristocracias disponían de patrimonios desarticulados entre sí, diseminados en el espacio. Una forma de darles una estructura fue a partir de la fundación de monasterios familiares; tanto la propiedad como el patrocinio que estos proporcionaban se compartían entre la totalidad de miembros de la familia. Es decir, era un núcleo de poder que permanecía indivisible y del que se beneficiaba buena parte de la familia (Wickham 2013: 627). Otro recurso similar a éste era el de los castillos, aunque el origen de su uso es una cuestión debatida en la actualidad, lo cierto es que para el siglo X es una tendencia cada vez más asentada. Esto no significa que no existiesen castillos antes del siglo X, sino que a partir de esas fechas es la aristocracia la que se hace con el control de esos centros de poder; en este sentido el siglo XI, plenamente feudal, vendrá a confirmar y a acelerar esa tendencia hasta el punto de que los castillos se convirtieron en los centros por excelencia del poder señorial. Las funciones de estos castillos se encaminan a la defensa de los intereses de la aristocracia en el ámbito local, además de actuar como centros de cohesión familiar (de forma similar a los monasterios). En cualquier caso, tanto los castillos como los monasterios son una prueba fehaciente de que la nobleza se encontraba inmersa en un proceso de regionalización, ambas construcciones servían para vincular a los nobles a áreas concretas (Wickham 2013: 628).

Pero si el dominio del territorio era importante, más aún si cabe lo eran las prerrogativas que estos aristócratas fueron consiguiendo; un abanico de derechos aplicados a sus propiedades que iban desde la potestad para obligar a sus subordinados a hacer guardias en su castillo, hasta las cotas más altas de poder como el cobro de tarifas o la administración de la justicia, la cual sufrió un vigoroso proceso de privatización. Al conjunto de derechos que el aristócrata disponía se le denomina señorío banal, palabra que proviene de bannum debido a que esos derechos un día fueron prerrogativas regias (Wickham 2013: 629).

Otra de las transformaciones que sufrió la aristocracia fue la de su militarización como grupo. Ello se debió, entre otras cosas, a la patrimonialización de la guerra, que pasó a ser cosa de los poderosos. Los grandes aristócratas necesitaban hacerse con un séquito armado para defender sus intereses, los fideles, que más adelante se convertirían en vasallos. Los Estados eran débiles, ya no podían levantar ejércitos como en la época romana, además, pero además, en los siglos VIII y IX ya no quedaba nada de aquellos caudillos germánicos que en su día arrastraban a pueblos enteros a la guerra. Además, el ejercicio de las armas comenzó a sancionar positivamente aquellos soldados a caballo en detrimento de la infantería, de modo que cada vez eran menos los que podían costear el equipamiento (Arroyo Martín 2018: 40). La guerra sería llevada por los milites, es decir, soldados profesionales que habían jurado lealtad a un aristócrata. Así, pues, a partir del siglo IX la actividad militar pasó a considerarse como una actividad propia de la elite social. Esos juramentos hacia el señor por parte de sus guerreros irían complejizándose y añadiendo elementos rituales hasta que en el año 1000 aproximadamente, el miles ya no es un soldado sino un caballero, lo que terminará derivando en la creación de esa condición de caballero (Wickham 2013: 630), fundamental para la comprensión del mundo feudal y que se examinará posteriormente. En cualquier caso, los miles, dada su condición de elementos fundamentales para la puesta en marcha de la guerra consiguieron que su status creciese hasta ocupar, en algunas zonas de Europa, el escalafón más bajo de la aristocracia, pero al fin y al cabo aristocracia.

Representación de dos caballeros normandos en Inglaterra a finales del siglo XI
Representación de dos caballeros normandos en Inglaterra a finales del siglo XI. (1993). Christina Hook, Norman Knight 950-1204 AD

En suma, todas estas circunstancias dieron lugar a que, durante mucho tiempo, los historiadores hablasen de una desaparición absoluta del poder público en la Europa del siglo XI. Sin embargo, diferentes autores han venido a matizar esa afirmación, asegurando que esa quiebra del poder público no fue homogénea en todos los lugares, aunque, grosso modo, en toda Europa se puedan encontrar indicios de una revitalización de la aristocracia y un descenso acusado del poder central, que irá recuperándose, como ya se verá, a partir del siglo XII (Wickham 2013: 633 y ss).

Mientras que todo esto sucedía ¿Qué ocurría con el campesinado? A fin de cuentas era la mayoría de la población. Pues lo cierto es que Europa asistió a un proceso por medio del cual el número de campesinos libres descendió sustancialmente; para el año 1000 eran mucho más dependientes, en términos cuantitativos y cualitativos, que respecto al 750, por ejemplo. Para definir su situación de forma general basta con las siguientes palabras: “de forma lenta pero sostenida, los campesinos se vieron cada vez más apartados de la esfera pública y, en términos generales, cada vez más sometidos a los aristócratas y las iglesias” (Wickham 2013: 642 y ss). El campesinado era cada vez menos autónomo, ese proceso de pérdida de libertades se le ha denominado enjaulamiento, encastillamiento… término acuñado por Robert Fossier que designa la realidad social del momento, la de una sociedad dividida de forma celular. “Los predios abiertos dominicales o comunales dieron paso al castellum como entidad de control y dominio territorial” (Arroyo Martín 2018: 57), control y dominio que se extendía también sobre los campesinos. Pese a que este proceso arranca en la época que podemos denominar como protofeudal, se extiende hasta los años plenamente feudales, momentos en los que esta tendencia se intensifica.

El sistema feudal “pleno”

A través del apartado anterior se han puesto de relevancia algunos de los principales elementos que componen lo que se ha venido a llamar feudalismo o sistema feudal, a saber: la quiebra de lo público, la extensión del poder aristocrático así como su regionalización y militarización, la caída en desgracia del campesinado que cede sus competencias bélicas así como su autonomía…pero durante los siglos centrales del sistema feudal más puro, principalmente el XI, XII y en buena medida el XIII, hubo otros elementos más que destacables.

Representación de un monje, un obispo y un miles normando del siglo XI
Representación de un monje, un obispo y un miles normando del siglo XI . (1987). Angus Mc Bride, The normans.

Si se habla de sistema feudal se debe tener en cuenta un elemento, y este es el trabajo campesino; a través del mismo se puede edificar el resto de mecanismos jurídicos entre las diferentes partes de la sociedad, pero tal y como han señalado algunos autores “la apropiación de las rentas campesinas es la base económica dela estructura feudal” (Arroyo Martín 2018: 58), a través de dos elementos: el sistema dominical de tenencias, y por otro las rentas que provenían de la existencia de señoríos jurisdiccionales que guardaban ascendencia sobre estos campesinos. Pero además del campesinado, piedra angular, y de la aristocracia, como clase dirigente, lo que puede definir verdaderamente el feudalismo es la siguiente afirmación: ser hombre de otro hombre, con ella se designan las relaciones de dependencia que existían entre dos partes, sin importar la naturaleza jurídica del vínculo entre ambos o la posición social de ambas partes. “El conde era el hombre del rey como el siervo era el de su señor rural” (Bloch 2011: 161). Esa relación abarcaba el conjunto de la sociedad, era por lo tanto enormemente diversa ya que se extendía desde el más humilde campesino hasta el más poderoso de los señores e incluso hasta el propio monarca. Esas relaciones eran, en todos los casos, de dependencia y subordinación (Arroyo Martín 2018: 58).

La célula de explotación fue el señorío, pero éste se vio sancionado muy positivamente por la extensión de las relaciones de vasallaje, a las que después se hará referencia; en este contexto, el señorío en lo referido a la parte humana será “una colectividad de dependientes sucesivamente dirigidos, protegidos y explotados por un superior, en el cual sus relaciones se establecieron por la vinculación del hombre a la tierra” (Arroyo Martín 2018: 80). El señor era poderoso con respecto al campesino en función de su poderío militar, pero no solo, sino que a éste se sumaban otros elementos como el político, jurídico o el cultural; en definitiva, el sistema en su conjunto estaba diseñado para que la realidad fuese en la dirección de aumentar considerablemente el poder y la extensión de los señoríos con respecto a los campesinos libres.

Fuese a través de la violencia o de un acercamiento espontáneo y sincero por parte del campesino, lo cierto es que en todas las ocasiones se muestra claramente la debilidad del campesino libre (Bloch 2011: 258). Los propietarios alodiales (libres) dejaban de serlo para convertirse en colonos, de esta forma, sus propiedades pasaban a manos del señor que se las cedía de vuelta en usufructo para que las trabajase. El contrato por medio del cual el campesino alodial se convertía en colono era tan impreciso como rápido de olvidar, de forma que ambas partes se guiaban por las costumbres (Bloch 2011: 259-260). La gran cantidad de servidumbres a las que se sometía el campesino se fue simplificando, pero lo cierto es que no hay homogeneidad en torno a esta cuestión, el señor podía exigir al campesino desde horas de trabajo en sus propiedades, hasta servicios militares o pagos en especie y, por supuesto, una renta por ocupar la tierra que le cedía. En cuanto a la morfología del señorío, este debe ser entendido el señorío como un conjunto de pequeñas fincas sometidas a la persona del señor (Bloch 2011: 258), aunque ese sometimiento no era homogéneo. Así, pues, los señoríos se constituían a partir de la reserva: tierras gestionadas directamente por el señor; y los mansos: parcelas de tierra cedidas a las familias campesinas independientemente de su condición, ya fuesen colonos, siervos o libres, eran tierras en régimen de tenencia (Arroyo Martín 2018: 84).

Una vez que se ha puesto de relieve, aunque de forma somera, las relaciones entre el campesino y el señor a través del señorío, es preciso abordar las relaciones entre los aristócratas, las cuales durante tanto tiempo fueron el único indicio del sistema feudal, como ya se ha explicado unos párrafos más arriba.

Toda la clase caballeresca se encuentra encuadrada en las instituciones feudales (Perroy 1961: 265), vinculados mediante un contrato denominado como feudo-vasallático. Se sabe que en época carolingia algunos de los elementos de este contrato estaban ya desarrollados (Wickham 2013: 630). A partir del siglo XI ese contrato se va a institucionalizar, es decir, tendrá validez jurídica, se reviste de unas nuevas características. Es preciso decir que es en Francia donde localizan por primera vez este tipo de contratos que, sin embargo, no aparecerán en todo el Occidente por igual.

El contrato cuenta con un elemento simbólico, ceremonial, que va a estar conformado por el homenaje y la investidura. Contrato que se va a caracterizar por llevar aparejadas una serie de prestaciones entre ambas partes, es decir, entre el senior y el vassus (vasallo). La primera parte se encuentra desposeída de elementos religiosos, por lo que la Iglesia presionó para que se añadiese una segunda parte más simbólica, el volo, en la cual se juraba fidelidad sobre los libros sagrados, lo cual le otorgaba al contrato garantía jurídica y moral (Arroyo Martín 2018: 64).

En cuanto a las obligaciones, eran mutuas entre ambos. Por una parte existen obligaciones del vasallo respecto al señor, cuando el vasallo declara su fidelidad, si esta era rota se le consideraba felón. La fidelidad, además, “comportaba consejo y ayuda si se quería ser digno del feudo y estar en regla con la fe que ha jurado” (Perroy 1961: 267). El auxilium tenía un claro componente militar, de ayuda en términos militares; mientras que la intercesio estaba más relacionada con un valor de consejo o de desempeño de labores de índole administrativa. El señor también tenía obligaciones respecto al vasallo, como la fidelidad. Si se traicionaba a la otra parte, el contrato dejaba de tener validez.

Por último, uno de los elementos cruciales de las relaciones feudo-vasalláticas, pero también del feudalismo en sí (debido a que le otorga el nombre) es el elemento material producto de ese acuerdo: el feudo. Éste es otorgado por el señor al vasallo a través de la investidura, momento en que se produce la enfeudación (Arroyo Martín 2018: 64). Sin embargo podía tener diferentes tipologías; en primer lugar, podía consistir en un simple mantenimiento del vasallo y su familia en el palacio o el castillo, lo que se denominaba feudo de cámara. También podía consistir en el pago de una cantidad monetaria por parte del señor. Por último, el tercer tipo de feudo era el señorío, una dotación de tierras junto con los pobladores de las mismas, el más valioso y el que más fama ha cosechado a posteriori. Sin embargo, el feudo, que en un principio era la recompensa que el señor entregaba en virtud del homenaje recibido, se acabó convirtiendo en la causa misma. Cuando fallecía el señor, la relación feudal quedaba rota, aunque la costumbre reconocía que el feudo debía volver a los herederos; sin embargo, al menos durante el siglo XI, era difícil que un señor arrebatase el feudo al heredero mayor del vasallo lo que pone de evidencia que las relaciones personales a través de ceremonias como el homenaje fueron perdiendo terreno (Arroyo Martín 2018: 73).

A lo largo del siglo XII se va estableciendo una red que va uniendo a las aristocracias, configurando las relaciones sociales del grupo privilegiado. Lo cual llevará a la aparición de problemas y enfrentamientos a lo largo de dicha centuria. Los señores, en su afán insaciable suscribían contratos con varios miembros superiores de la aristocracia, de esta manera conseguían diferentes feudos, que con frecuencia se plasmaban en nuevas tierras. Pero el problema de todo esto se originaba cuando había una colisión de intereses debido a la existencia de un vasallo que mantenía contratos con ambos señores, de forma que no estaba claro a quién debía prestar ayuda el vasallo.

Los monarcas intentaron ponerle fin a la situación mediante actuaciones del tipo de la prohibición de la firma de diversos contratos o la sanción positiva del primer contrato firmado teniendo preeminencia sobre los demás. Sin embargo, esas medidas fueron poco efectivas. La situación se resuelve mediante la lógica económica: quien ofrezca un mayor feudo conseguirá hacerse con los servicios del vasallo. Se le denominará señorío ligio. El Rey utilizará este mecanismo para conseguir los servicios de los nobles de más alta cuña. Estas actuaciones las observamos en Inglaterra o Francia, pero también en Castilla. Se ha señalado que esa multiplicidad de contratos fue una de las causas por medio de la cual la institución feudal fue perdiendo su sentido primigenio, hasta el punto de existir casos en los que un vasallo tenía un señor que, a su vez, era vasallo suyo, lo cual no tiene ningún tipo de sentido.

Todo esto iba acompañado de una realidad ideológica y cultural que sancionaba de forma muy positiva el sistema. La Iglesia creó, a partir de personajes como Adalberón de Laon y Gerardo de Cambrai una modelo perfecto de sociedad basado en una división tripartita de la misma, de esta manera el conjunto de los habitantes de una sociedad se encuadraban en uno de los tres órdenes, a saber: oratores (los que rezan), bellatores (los que luchan) y laboratores (los que trabajan). Ese esquema quedó consagrado de forma aún más evidente a partir del momento en que la representación política de los reinos (a través de las cortes, que comienzan a funcionar entre el siglo XII y el XIII) se ejecuta a partir de representantes de esos tres órdenes: clero, nobleza laica y procuradores de las ciudades (García Cortázar y Sesma Muñoz 2008: 218). Desde el momento de su formulación, este ideal social se extenderá allende de los siglos que componen la plena Edad Media, por lo que es también aplicable al siguiente apartado.

Pirámide social propia del mundo feudal
Pirámide social propia del mundo feudal. Fuente: Pinterest.

Aumento del poder regio, crisis bajomedieval y las transformaciones del feudalismo

Entre el siglo XII y el XIII, en virtud de una serie de cambios y transformaciones el feudalismo entrará en lo que se ha denominado como “segunda etapa feudal” por autores tan relevantes como Georges Duby (Arroyo Martín 2018: 123). Bloch señalará que esa transformación se debe a los cambios económicos de la época, entre los que se encuentran el nacimiento de la burguesía, el desarrollo urbano y la expansión de la actividad comercial; de esta manera, en algunos espacios de Europa se podrá encontrar lo que se ha denominado como “Estados feudales” (Ibidem). Gran parte de la responsabilidad de ello la tiene el hecho de que el monarca aumentase de forma destacada su poder; así pues, si en las etapas previas (siglos X y XI) se asistía a una quiebra casi total del poder público, a partir del siglo XII o XIII la monarquía comienza una senda que la llevará a que, paulatinamente, recupere cuotas de poder.

La actitud de las monarquías hacia el sistema establecido se define del siguiente modo: “es precisamente en esta maraña de relaciones que se estructuran bajo el modelo feudal donde surge la figura del rey como referente unificador, pues todos los hombres pasan a ser sus vasallos, independientemente de sus fidelidades” (Arroyo Martín 2018: 116). Por otro lado, los monarcas encontraron una legitimación en el sistema social tripartito al que antes se ha aludido, según este esquema el monarca era ungido por el Papa a partir de la auctoritas que éste recibía directamente de Dios. La potestas que recibían los monarcas era un aldabonazo para situar su figura de forma teórica, pero firme, como el primus inter pares, es decir, el rey era el primero entre los nobles y esa situación no podía ser revertida por el simple hecho de que éste revestía una dignidad especial, aunque de facto su poder fuese muy limitado. Así pues, pese a que los enfrentamientos entre monarquía y nobleza, éstos respondían al interés práctico de ambas partes, puesto que ambas sabían que no podían acabar la una con la otra, más bien ambas se necesitaban y sustentaban mutuamente.

En cualquier caso, esa reconversión no acabó con el feudalismo, ni mucho menos, sino que se profundizó en los aspectos fundamentales del mismo, apostándose por una estratificación cada vez mayor de las relaciones feudales, de forma que se llegaría a generar la tradicional pirámide feudal que cualquiera puede tener en la cabeza y que abarcaba al conjunto de la sociedad. Sin embargo, con la llegada de la crisis del siglo XIV la sociedad feudal se vio duramente castigada; las tragedias que asolaron Europa: pestes, guerras, hambrunas tuvieron su eco en la sociedad feudal. Los señores, presionados por el encarecimiento de sus formas de vida y por la pérdida de ingresos merced de la debilidad de sus vasallos, intensificaron su lucha contra estos con el fin de conseguir recuperar su nivel de vida, es por ello que se puede hablar de una ofensiva de los poderosos, a través de un aumento de la presión recaudatoria, pero también a través del ius malectractandi, los malos usos contra los campesinos (Arroyo Martín 2018: 150). La reacción campesina se evidencia en la huida o el levantamiento: Flandes en 1323, la jacquerie de 1358, los irmandiños gallegos en 1467…

A final de la Edad Media comienza a quedar patente las diferencias entre feudalismo y señorío. Durante la pugna entre la monarquía y la aristocracia, la primera salió claramente vencedora en un proceso que no fue nada fácil. En los siglos XIV y XV la monarquía fue fortaleciéndose en los diferentes aspectos, por ejemplo, consiguió imponer su poder en lo relativo al aparato judicial, creando una red fiscal cada vez más asentada, etc. Sin embargo, aunque pueda parecer paradójico el poder de los señores también se desarrolla.

Los señores ejercen un poder cada vez más intenso sobre sus vasallos, la dominación se hace cada vez más efectiva. En este sentido irá también el desarrollo de figuras como el mayorazgo, a través del cual el patrimonio de las familias permanecerá incólume puesto que será indivisible y pasará obligatoriamente a las manos del hijo primogénito; de esta manera, las familias no veían su poder disminuido como consecuencia de las herencias. Para el siglo XV, el señorío es lo que dotaba de poder social a la familia, pero su poder económico cada vez dependía menos de esa estructura, sino que se conseguía a través de la participación de los señores en las rentas de la monarquía. Lo que viene a demostrar todo esto son dos elementos: que al final de la Edad Media el rey comienza a ser la figura principal de acción política, y que en torno a ella se arremolinan los aristócratas en una tendencia que se reforzará con el paso a la época moderna. Por otro lado, queda patente que el señorío continuaba vigente y, de hecho, se encontraba reforzado, de forma que éste perduraría durante varios siglos, al contrario que el sistema de relaciones feudales. De éste únicamente quedaría la estratificación social y la formación de la nobleza como grupo social de una importancia determinante durante los siglos siguientes: XVI y XVII principalmente (Arroyo Martín 2018: 160).

Conclusiones.

Lo planteado aquí no es sino un esbozo general del sistema feudal o feudalismo; a través de los sucesivos apartados se ha intentado dar una imagen más o menos acertada de los aspectos generales del sistema feudal, sin embargo las dificultades para hacerlo son varias. En primer lugar, en relación con las diferentes corrientes interpretativas, dar un veredicto sobre este tipo de temas es complicado, por ello se ha intentado llevar a cabo una síntesis que aúne las más recientes investigaciones y los más reputados expertos en el tema, aunque entre ellos mismos puedan existir contradicciones. En segundo lugar, apenas se han hecho referencias específicas a las diferencias entre regiones, aunque existieron y fueron evidentes, ello se debe a que la multiplicidad de situaciones haría imposible describirlas todas por la extensión que ello mismo llevaría aparejado. Es por ello que según con qué información se compare lo que aquí se ha expuesto, pueden haber notables diferencias (bien porque el autor disponga de una interpretación diferente o porque se centre en un territorio donde algunas de las disposiciones aquí nombradas no se daban o lo hacían de otro modo).

En cualquier caso, al margen del denso y pesado debate historiográfico es preciso hacer hincapié en una cuestión como es la complejidad del sistema feudal. De hecho, a partir de la descripción del feudalismo se está radiografiando una sociedad entera, lo cual es, con frecuencia, bastante más complicado que el análisis de un acontecimiento o una sucesión de estos. En relación con esto mismo que se comenta se debe sacar en claro que la sociedad del medievo europeo no fue una sociedad simple, propia de una época oscura. El análisis tampoco debe ser del signo opuesto, considerando como algunos que Europa como tal nació en esta época; esos debates casi nunca conducen a nada bueno. Muy al contrario, en la opinión del que aquí escribe, se debe tomar la sociedad feudal como causa y consecuencia de su propio tiempo, tiempos convulsos en los que Europa se fue asentando pero sin dejar de evolucionar; cada estamento buscaba su sitio. Entonces, los perdedores fueron los campesinos, mientras que la nobleza consiguió cuotas de poder nunca antes imaginadas, a la vez que la Iglesia se afanaba por encorsetar a la sociedad bajo sus directrices ideológicas. El arado y la aldea, el señor y el castillo, la corona y la cruz, símbolos de una sociedad diferente, llamativa y apasionante aunque, posiblemente, mucho más para estudiarla que para vivirla.

Bibliografía.

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Malpica, A., Quesada, T. (eds.). 1994. Los orígenes del Feudalismo en el Mundo Mediterráneo. Universidad de Granada: Granada.

Arroyo Marín, F. 2018. Feudalismo y señorío en Europa. Parainfo Universidad: Madrid.

Sesma Muñoz, J. A., García de Cortázar, J. A. Manual de Historia Medieval. Madrid: Alianza Editorial, 2008.

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