El desarrollo es un objetivo que han perseguido todos los pueblos a lo largo de la historia.  Y ha sido una meta común para prácticamente todas las doctrinas políticas que se han preocupado de organizar una sociedad. Sobre todo la ideología del progreso, planteada por el racionalismo de la Ilustración, se convirtió en una nueva religión desde el siglo XIX, cuando la revolución industrial amplió las capacidades productivas de las economías nacionales de una forma exponencial. Por eso, a lo largo del siglo XIX se unieron en simbiosis ideológica el liberalismo económico, el racionalismo científico y el nacionalismo político. Las naciones se lanzaron a una carrera de desarrollo tecnológico para prosperar y superar a las demás naciones. Los avances tecnológicos se hicieron sinónimo de progreso. Apareció en consecuencia la desigualdad de las naciones en el panorama mundial, cuyo poder no estaba tanto en tener grandes ejércitos y dominar tierras, sino en poseer los ejércitos más destructivos tecnológicamente e imponer sus exigencias a otras naciones. Por otra parte, junto a esa desigualdad entre naciones, también surgió otra desigualdad dentro de cada país, la creada por el control de los recursos científicos. Por eso los Estados y las grandes empresas aparecen ahora como los pivotes sobre los que giran los avances en el conocimiento científico y en sus aplicaciones tecnológicas.

En este artículo se plantean, por tanto, los elementos más importantes para comprender cómo los descubrimientos científicos y sus aplicaciones tecnológicas han cambiado desde la revolución industrial de fines del siglo XVIII los mecanismos de organización mundial, por un lado, y de poderes sociales, por otro. Esto se analizará en la primera parte. En la segunda parte se hará un bosquejo de los actuales problemas que se manifiestan en torno a la desigualdad de acceso a las nuevas tecnologías.

Etapas históricas de los vínculos entre cambios tecnológicos y cambios sociales.

La historia de las sociedades humanas está muy condicionada por las capacidades tecnológicas sobre las que organizan su bienestar, desde el Paleolítico hasta hoy. No por casualidad dividimos la prehistoria por el dominio de unas u otras capacidades tecnológicas: Paleolítico, Neolítico, Edad del Bronce, Edad del Hierro…, hasta que pasamos a dividir la historia por etapas sociopolíticas, pero también en estas etapas es la tecnología y la consiguiente mano de obra la que marca las divisorias entre los modos de organización esclavista, el feudal y el capitalista, si seguimos las propuestas más clásicas del marxismo (Hacneker, Marta, 1995).

Lo importante es subrayar que no se trata de un vínculo unidireccional. Esto es, que el cambio social no está predeterminado por el cambio tecnológico. Al revés, los avances científicos y tecnológicos solo se comprenden si se profundiza en lo que suponen los cambios sociales. Son los cambios sociales los que generan la demanda tecnológica que impulsa nuevos conocimientos y la innovación tecnológica. Ahora bien, las innovaciones en el saber y en sus aplicaciones técnicas generan cambios sociales. Esto se confirma con las tres grandes revoluciones que han jalonado la historia de la humanidad: la revolución agrícola (en los siglos del Neolítico), la revolución industrial (desde el siglo XVIII) y la revolución telemática, cibernética y biotecnológica del presente.

Por eso, para interpretar los procesos históricos de interacción entre la ciencia, la técnica y el cambio social habría que analizar multitud de factores que no corresponde ser detallados en este artículo. Quizás es suficiente con repasar brevemente los vínculos entre ambos factores. Por ejemplo, ¿Por qué el frenazo histórico de la ciencia y la tecnología tan prometedoras que existían en el mundo griego y que no se recuperó hasta el siglo XVIII en Europa noroccidental? Se ha explicado por el desprecio hacia el trabajo industrial y las artes mecánicas, desde Grecia, Roma y luego la Edad Media cristiana. También por la asfixia generada por los sistemas socioeconómicos esclavista y feudal, con sociedades dominadas por unas clases sociales improductivas, lo contrario de la burguesía que impone un capitalismo obligado a innovar para incrementar las ganancias. Eran clases dominantes que no sólo despreciaban el trabajo sino que exaltaban el ocio o la vida contemplativa.

Ahora bien, conviene matizar sobre todo el papel de la Edad Media, porque desde el año 1000 hasta el siglo XV se dieron avances notables en aplicar mecánicamente las fuerzas de la naturaleza para los usos humanos (White, Lynn, 1990, pág. 96). Así, la actitud y el afán de dominar y encauzar las energías de la naturaleza se fragua en esos siglos medievales. Luego despega con una fuerza enorme en el siglo XVIII, sobre todo en Inglaterra.

La imprenta
La imprenta fue uno de los inventos revolucionarios dentro de la Edad Media. Imagen extraída de: https://www.experimenta.es/noticias/grafica-y-comunicacion/550-aniversario-de-la-imprenta-gutenberg-y-el-origen-de-la-revolucion-grafica/ consultado el 17/12/2018

En todo caso, hay que recordar que en el período de cazadores recolectores del Paleolítico fueron las herramientas líticas las que marcaron las distintas etapas de la evolución humana. La primera revolución tuvo lugar cuando se domesticaron plantas y animales. Esto es lo que se llama la revolución agrícola del Neolítico, que modificó totalmente las relaciones de los humanos con la naturaleza. Además fue el momento en que se inventaron la rueda y los primeros aperos para los trabajos agrícolas, aunque fuesen con materiales líticos. Esto supuso la base y el inicio de la historia de la tecnología industrial. Además, los primeros poblamientos fijos de personas permitieron la división social del trabajo y nacieron oficios dedicados sólo al trabajo en materiales como el cobre y el bronce, arranque de una decisiva industria como ha sido la metalúrgica (Harari, Yuval Noah, 2014 cap. 2 y 3).

Posteriormente, las innovaciones tecnológicas medievales también ahorraron mano de obra, sirvieron para aumentar la productividad del sector agrario y textil, lo que permitió el surgimiento de nuevos grupos sociales, como las burguesías medievales en las manufacturas, en el comercio y los labradores acomodados en determinadas comarcas. El ya citado historiador L. White explica cómo del siglo XI al XIV en la Europa medieval se había sustituido gran parte de mano de obra humana por energía hidráulica y la del viento en ciertas tareas industriales como las de curtir o lavar tejidos, aserrar maderas, triturar minerales, accionar fuelles de hornos de forja o los sistemas de molienda de mosto, etc. (White, Lynn, 1990, págs. 101-106).

La auténtica revolución tecnológica tuvo lugar en el Reino Unido, desde fines del siglo XVIII. Se basó en la invención de la máquina de vapor que permitió desarrollar las industrias textiles y los procesos del hierro. A partir de ese momento el invento de nuevas maquinarias permitió el incremento de la producción ye l avance tecnológico en construcciones, transportes y comunicaciones. Llegó así la segunda revolución industrial, que supuso un rápido desarrollo de la tecnología relacionada con la química, energía eléctrica, petrolífera y del acero (Salort i Vives, Salvador, 2010, págs. 305-308). Fue el momento en que ambas revoluciones industriales hicieron del capitalismo la forma de organización de las naciones más poderosas. Esto pasó en Europa y Estados Unidos, primero, y con la expansión imperial del Reino Unido y de Francia y Alemania, tras la Conferencia de Berlín de 1885, también se expandió por todos los continentes.

Fue la primera ola de globalización económica de la historia, en la que tecnología industrial, capitalismo y organización del poder de las naciones occidentales (incluyendo aquí los Estados Unidos) fueron de la mano. Muy pronto se unió Japón a este bloque de naciones-potencia. A este bloque se añadió a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial y a finales del siglo XX se sumaron China e India.

De este modo, hoy, en los inicios del siglo XXI las potencias tecnológicas son las que ejercen el poderío económico, social y cultural en un planeta ya globalizado en todos los aspectos. El ranking de potencias es revelador. Situados en primer lugar los Estados Unidos y China. Les siguen Japón, Reino Unido, Alemania, Francia y Rusia. Ahí están situadas las siete naciones que ejercen la hegemonía sobre el planeta, con más o menos tensiones entre ellas, alianzas o disputas que no es cuestión de analizarlas en este artículo.

En resumen, en este breve repaso a la interacción entre cambio tecnológico y cambio social se demuestra cómo el hecho de haber reemplazado una economía basada en el trabajo manual por otra dominada por la industria y la manufactura, ha llegado al momento actual. Ahora estamos en un vertiginoso avance científico gracias a la inteligencia artificial y la nueva era de la información. Así, en el siglo XXI cada vez somos más dependientes de la tecnología, un factor de desigualdad no sólo entre naciones, sino también entre clases sociales. El desarrollo tecnológico nos permite ampliar conocimientos y sofisticar el tiempo libre, por un lado, pero crea, por otro, otras ataduras de dependencia, así como brechas de desigualdad entre clases sociales, personas y países.

La desigualdad como constante histórica.

En esta segunda parte del artículo se explica no tanto el pasado sino el presente en el que los cambios tecnológicos han creado una nueva cultura y un nuevo tipo de desigualdades entre países y grupos sociales. Son las nuevas sociedades catalogadas como post-industriales o también informacionales, con dos categorías de países: los países centrales que acaparan los recursos de invención tecnológica y también de circulación financiera, cultural y de información, que podría representar el G-7, y aquellos otros países que ocupan el lugar de satélites de los anteriores.

Un ejemplo claro de esta nueva realidad es lo ocurrido en la Unión Soviética cuando en la década de 1980 hizo crisis, entre otras causas, por su desadaptación tecnológica, tal y como ha planteado Manuel Castells: «el elemento desencadenante de la crisis del sistema soviético no fue económico propiamente dicho, sino tecnológico. No es casual que el retraso fundamental de la Unión Soviética se produjera en una década (1975-1985) en la que tuvo lugar la plena difusión de las nuevas tecnologías microelectrónicas e informáticas en el mundo. La aceleración del progreso tecnológico evidenció de forma espectacular que, tal como señalara Marx, la organización social puede ser un freno decisivo al desarrollo de las fuerzas productivas… Por razones profundas, ligadas sobre todo a la absorción de la ciencia y la tecnología en el agujero negro del complejo militar-industrial (….), la Unión Soviética acumuló en pocos años un retrato decisivo en microelectrónica, informática, telecomunicaciones e ingeniería genética, es decir, en los campos clave de la nueva infraestructura tecnológica mundial» (Castells, Manuel, 1995, págs. 38-39).

Quizás es discutible atribuir tan decisivo papel en el derrumbe de la URSS a la crisis tecnológica, pero es cierto que no se debe obviar como factor concurrente con otras muchas circunstancias. Pasa también en la actual Europa, donde, incluso dentro del avanzado sector noroccidental, el crecimiento resultante tuvo un carácter abiertamente regionalista. Es cierto que, a diferencia de Asia existe básicamente una comunidad tecnológica, gracias sobre todo a la organización de la Unión Europea, de modo que la naturaleza competitiva del sistema de Estados favorece el intercambio continuo entre países (Jones, E.L., 1990, pág. 87).

Lo más decisivo, el tránsito a una economía post-industrial ha generado una concentración de los empleos en los servicios más diversos. Todo lo contrario de lo que ocurría en las sociedades agrarias y en las industriales. Esto se debe a que la dinámica de la alta tecnología exige tanto la especialización de conocimientos, como la diversidad de los mismos. Ahora, desde fines del siglo XX, los empleos en la industria descienden un 1.5% anual, como media, los empleos de obreros manuales sin cualificar se destruyen a un 2.5% anual (Reese J., Kubicek J. y Lange H. 1995; Vergara, J. M. 1996).

Esto ha cambiado la lógica de la estandarización, pues la orientación predominante de una economía de la información y de los servicios obliga a privilegiar la calidad del producto o servicio que se proporciona. Ya no se trata tanto de poseer materias primas sino de ofrecer servicios que marcan las diferencias. Es otra ruptura industrial, cuyas inversiones principales se dirigen hacia «la producción y la difusión en masa de bienes simbólicos, bienes culturales, información, representación, conocimiento, que actúan no ya solamente sobre la organización del trabajo, sino sobre los fines de la actividad y así pues sobre la misma cultura», con lo que esto implica de despliegue de una especialización flexible y una reconversión constante (Piore, Michael y Sabel, Charles, 1999, págs. 376-378.)

La velocidad de estos procesos tecnológicos no es homogénea ni por países ni por clases sociales, y está produciendo fracturas en todos los ámbitos. Quizás un nivel tan alto de velocidad en los cambios tecnológicos no los ha vivido jamás la humanidad hasta ahora, y esto explicaría, en parte, desde el derrumbe de la URSS hasta la emergencia de populismos políticos de todo signo o color, porque las crisis económicas de toda transición deben unirse a las crisis políticas para comprender ambas como parte de un mismo proceso de cambio social. (Castells, Manuel, 2009 y 2012).

Para estas cuestiones, es un autor necesario Manuel Castells. es muy pertinente su pensamiento cuando plantea que la economía de la sociedad de la información es global, pero que no todo es global, porque las actividades estratégicamente decisivas, como «el capital que circula sin cesar en los circuitos electrónicos, la información comercial, las tecnologías más avanzadas, las mercancías competitivas en los mercados mundiales, y los altos ejecutivos y tecnólogos», mientras que la mayoría de la gente sigue siendo local, de su país de su barrio, y esta diferencia fundamental entre «la globalidad de la riqueza y el poder» por un lado, y «la localidad de la experiencia personal crea un abismo de comprensión entre personas, empresas e instituciones». (Castells, Manuel, 2012, págs. 56-57)

Por ello, los países que se reúnen bajo el rótulo del G-7, que son los países con las economías más avanzadas del mundo, pueden exhibir proezas tecnológicas y médicas, mientras que existen enormes sectores de la población en sus márgenes, como todo el continente africano y gran parte de Latinoamérica. Son países irrelevantes para el nuevo sistema, y que además no pueden desarrollar su dimensión creativa. Este sería un nuevo reto a escala global, plantearse el reequilibrio entre el superdesarrollo tecnológico de los países del G-7 y el subdesarrollo social del resto de los países. Pero es una cuestión ya no de historia, sino un compromiso de futuro.

 

Bibliografía utilizada

  • CASTELLS, Manuel: La ciudad informacional. Tecnologías de la Información, reestructuración económica y el proceso urbano-regional. Madrid, Alianza Editorial, 1995.
  • CASTELLS, Manuel: Comunicación y Poder. Madrid, Alianza Editorial, 2009.
  • CASTELLS, Manuel: Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de Internet. Madrid, Alianza Editorial, 2012.
  • HACNEKERMarta: Los conceptos elementales del materialismo histórico, México, Siglo XXI, 1995.
  • HARARI, Yuval Noah: De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad, Madrid, Debate, 2014.
  • JONES, E. L.: El milagro europeo. Madrid, Alianza Universidad, 1990.
  • PIORE, MIchel y SABEL, Charles: La segunda ruptura industrial. Madrid, Alianza Universidad, 1999.
  • REESE, J., KUBICEK, J. Y LANGE, H.: El impacto social de las modernas tecnologías de información. Madrid, Tecnos, 1998.
  • SALORT I VIVES, Salvador: Revoluciones industriales, trabajo y Estado de Bienestar. La gran ruptura mundial contemporánea, Madrid, Sílex, 2010.
  • VEGARA, Josep Mª: Ensayos económicos sobre innovación tecnológica. Madrid Alianza, 1996.
  • WHITE, Lynn: Tecnología medieval y cambio social, Barcelona, Paidós, 1990.

 

 

 

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