El Eje Berlín-Tokio, considerado tradicionalmente como una alianza firme, consituyó en realidad una amistad frágil. La imagen de Alemania y Japón como aliados de la Segunda Guerra Mundial ha quedado impregnada en la psique popular. Incluso en el terreno de la ucronía hay lugar para esta visión idealizada, especialmente en el caso de la serie The Man on the High Castle —basado en una obra homónima de 1962— que esboza cómo habría sido la historia si Alemania y Japón hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial.

La realidad, sin embargo, suele ser mucho más compleja de lo que parece. Aún siendo dos países aliados tanto en ámbito político como el campo militar, ni antes ni durante la Segunda Guerra Mundial se comportaron realmente como tales.

Una vieja relación

Ambos países habían tenido importantes vínculos económicos desde finales del siglo XIX, en el contexto de la era Meiji y la unificación germana. El Reich alemán ejerció como un auténtico modelo para un Japón que se encontraba en pleno proceso de modernización. Por poner algunos ejemplos, el código civil japonés está fuertemente inspirado en el código civil alemán, mientras que el Ejército Imperial Japonés llegó a estar bajo una importante influencia procedente del modelo militar prusiano.

Sin embargo, el elemento principal que predominó en esta «amistad» germano-japonesa fue la Unión Soviética. Japón, vencedor de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, ya había invadido parte de Siberia durante la intervención extranjera contra la Revolución bolchevique. Desde la ocupación de Manchuria, en 1931, el ejército nipón entró en una dinámica de conflictos continuos con los soviéticos. En cuanto a Alemania, el ascenso al poder de los nazis fue un elemento que lo cambió todo. Desde antes de su llegada al poder Adolf Hitler ya había hablado en su libro Mein Kampf de la necesidad vital que Alemania tenía de ocupar los territorios de la Rusia europea

Con estas premisas, desde bien pronto se haría evidente la simpatía mutua entre alemanes y japoneses. El Pacto Antikomintern, suscrito el 25 de noviembre de 1936, constituyó el primer gran acuerdo diplomático que promovía la colaboración entre ambas naciones. El acuerdo nacía con el objetivo declarado de que Berlín y Tokio se apoyasen mutuamente en su lucha contra el comunismo internacional. Es decir, contra la Unión Soviética y la red de la Internacional Comunista (Komintern).

Berlín-Tokio Olimpiadas
Jóvenes japonesas sosteniendo las banderas de Alemania, Japón y el Comité Olímpico Internacional, en 1938. Para entonces la Alemania nazi y Japón mantenían estrechas relaciones.

Aunque la Unión Soviética constituía el gran enemigo común de las potencias fascistas en ascenso, no era el único anatagonista de Berlín y Tokio. A medida que la política exterior de Alemania y Japón se volvió más agresiva, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos comenzaron a erigirse como una amenaza para los objetivos germano-japoneses.

Los límites de la amistad

A pesar de la existencia del Pacto Antikomintern y la aparente sintonía del eje Berlín-Tokio, la realidad fue más compleja. Se da la circunstancia de que Japón sostuvo repetidos conflictos con China durante la década de 1930. Al mismo tiempo, las autoridades de Berlín mantuvieron un acuerdo de cooperación militar con el Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek, al menos hasta 1938. Las simpatías mutuas también chocaban con la realidad de los distintos regímenes políticos que existían en Alemania y Japón, respectivamente.

Mientras que en la Alemania nazi se hallaba instaurado un sistema totalitario, en Japón el régimen parlamentario seguía perviviendo de facto, aún en precarias condiciones. En el Imperio del Sol Naciente operaban algunos movimientos de carácter fascista, si bien no existía un gran partido único de carácter totalitario. La llamada Asociación de Asistencia al Régimen Imperial [1], a pesar de que ha sido catalogada como un partido para-fascista, ciertamente no puede compararse con la organización del Partido Nazi. Hasta una fecha tan tardía como 1940 no se puso final al sistema multipartidista en Japón.

Convencidos de que Alemania estaba de su lado, los japoneses empezaron a mostrarse cada vez más agresivos con el Ejército Rojo en la frontera de Manchuria. Entre 1935 y 1939 se desarrolló un conflicto fronterizo entre ambos estados, que incluyó combates directos. Estos pequeños enfrentamientos se mantendrían sin un claro vencedor hasta la batalla de Jaljin Gol, en agosto de 1939. En este enfrentamiento las armas japonesas sufrieron una importante derrota frente a las fuerzas soviético-mongolas, comandadas por un entonces poco conocido general Georgy Zhukov. Jaljin Gol dejó entrever que el Ejército Rojo era mucho más poderoso de lo que los círculos militares de Tokio habían estimado.

Paralelamente, en esas mismas fechas se produjo la firma del Pacto de no agresión germano-soviético. Este acuerdo, que suponía una clara violación del Pacto Antikomintern, constituyó toda una sorpresa para la opinión pública mundial. También para los japoneses, que no habían sido informados por sus teóricos aliados. Como consecuencia, durante el invierno de 1939-1940 las relaciones germano-japonesas se enfriaron sensiblemente.

Hacia el Pacto Tripartito

Con posterioridad a 1939, la victoria en Jaljin Gol permitió a los soviéticos concentrar sus esfuerzos en el frente de Europa. De forma paralela, Japón abandonó temporalmente sus planes de expansión haca Siberia, mientras veía eternizarse su guerra con China. Muy lejos quedaban las victorias sobre las tropas zaristas durante la guerra ruso-japonesa.

Sin embargo, la situación dio un nuevo vuelco a partir de mayo de 1940. Las rápidas victorias militares de la Alemania nazi en Europa occidental causaron un hondo impacto en Japón. El éxito de la Blitzkrieg o «guerra relámpago» que practicaban los alemanes contrastaba con la situación en que se encontraba para entonces la guerra de China. Además, la humillante derrota del anteriormente poderoso ejército francés estimuló a los generales nipones a aprovechar la nueva situación y emular los éxitos germanos. El 22 de septiembre de ese año fuerzas japonesas invadieron el norte de la Indochina francesa, estableciendo también tropas en la zona de Hanói. Los franceses terminaron aceptando la ocupación, que un año después se extendería por toda la península indochina.

Poco después, el 27 de septiembre, se firmaba en Berlín una alianza militar por parte de Alemania, Italia y Japón: el Pacto Tripartito. Se formalizaba así una cooperación que ya existía entre estas potencias, al tiempo que Tokio olvidaba la anterior «traición» tras la firma del Pacto de no agresión con la URSS.

Alianza germano japonesa
Brindis entre oficiales alemanes y japoneses, c. 1940-1942. Durante aquellos años la imagen del Eje Berlín-Tokio alcanzó su cénit en la propaganda del Eje. Fuente: Quora.

Pero mientras todo esto tenía lugar, el ministro de exteriores nipón —Yosuke Matsuoka— negociaba la firma de un pacto de no agresión con la Unión Soviética, lo que finalmente se lograría en abril de 1941. La firma de este pacto se hizo a espaldas de Alemania, repitiéndose lo que ya había ocurrido en agosto de 1939. Para entonces Hitler y sus generales están ultimando los planes para la invasión de la Unión Soviética, que se desencadenaría el 22 de junio de 1941. Japón no había sido informado previamente de la Operación Barbarroja, ni tampoco se le había ofrecido participar en una invasión conjunta.

Ante la euforia por las victorias alemanas que se sucedieron durante el verano de 1941, cuando parecía que la URSS podía colapsar, renació la posibilidad de una guerra con los soviéticos. El Estado Mayor japonés volvió a acariciar la idea de atacar Siberia, atacando por la espalda al Ejército Rojo en un momento en que se hallaba concentrado en el frente europeo. Pasaron varios meses sin estar claro qué ocurriría. Pero finalmente se optó por atacar las colonias asiáticas de Gran Bretaña y Holanda, así como a los Estados Unidos. Aun así, se decidió que Japón atacaría a los soviéticos en un momento en que estos estuvieran muy debilitados y no tuvieran opciones de victoria.

Una guerra global

La ausencia de una verdadera coordinación entre ambas potencias fue una constante que se volvería a manifestar nuevamente en diciembre de 1941, poco después del ataque japonés contra de Pearl Harbor, cuando Hitler declaró la guerra a los Estados Unidos. A pesar de las presiones alemanas sobre sus aliados nipones, el gesto del líder nazi nunca se vio correspondido por Tokio en la guerra contra los soviéticos. Así pues, la guerra mundial evolucionó en dos grandes teatros de operaciones relativamente separados entre sí, sin que existiera una cooperación militar directa entre Berlín y Tokio.

Hasta ese momento una de las principales rutas de acceso entre alemanes y japoneses había sido el ferrocarril transiberiano, si bien la invasión alemana de la URSS la cerró como vía de comunicación. La entrada en guerra de Japón tras los ataques de Pearl Harbor cerró la vía marítima, a excepción de los submarinos alemanes que pudieron llegar desde Europa hasta el Pacífico. Esto contribuyó a aumentar el aislamiento geográfico y político entre Tokio y Berlín, a diferencia de lo que ocurría entre Estados Unidos y Reino Unido —que mantenían abiertas sus comunicaciones marítimas—. Alemanes y japoneses tampoco llegaron a establecer un Estado Mayor conjunto, ni tampoco coordinaron sus operaciones militares cuando hubo oportunidades de ello.

A pesar de las dificultades, durante ese contexto hubo un momento en que parecía que Alemania y Japón iban a ganar la guerra. En el verano de 1942 los tanques alemanes avanzaban sobre el Cáucaso y Oriente Medio, mientras que la Armada japonesa acechaba las costas de Australia y la India. Durante aquel verano, Tokio y Berlín creyeron realmente que estaban cerca de alcanzar la victoria final, y la propaganda del Eje se hizo eco de ello.

Confraternización de marineros alemanes y japoneses en una base naval de Penang, Malasia, c. 1943.

Pero fue un espejismo. Los alemanes, que habían alcanzado el Cáucaso y el río Volga, se vieron atrapados en el infierno congelado de Stalingrado. A partir de ese momento entraron en una espiral de derrotas militares de la que nunca saldrían. La misma suerte corrió el otrora poderoso Imperio japonés. En apenas unos años vio a su Armada barrida de los mares y a sus principales ciudades convertidas en pasto de las llamas. El antiguo Eje Berlín-Tokio, aunque todavía continuaba vigente, se vio ensombrecido por la ausencia de una verdadera cooperación militar. El agotamiento de la capacidad ofensiva del Eje y la presión de los Aliados sellaron el destino del Pacto Tripartito.

La Alemania nazi terminó rindiéndose en mayo de 1945, y Japón lo haría unos meses después, tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Notas

[1] La Asociación de Asistencia al Régimen Imperial (Taisei Yokusankai) fue una organización de carácter para-fascista que se fundó en 1940, como una suerte de partido único de carácter totalitario. Sin embargo, nunca gozó de un papel real y sirvió más como una organización carácter auxiliar a los propósitos del Estado.

Bibliografía

HALL, J.W. (1973). El Imperio japonés. Editorial. Siglo XXI

PRESSEISEN, Ernst L. (1958). Germany and Japan: A Study in Totalitarian Diplomacy 1933–1941. Springer Sience+Business Media Dordrecht.

SIMS, R.L. (2001). Japanese Political History Since the Meiji Renovation, 1868-2000. C. Hurst & Co. Publishers

SPANG, C.W.; WIPPICH, Rolf-Harald (2006). Japanese-German Relations, 1895-1945: War, Diplomacy and Public Opinion. Routledge.

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