La imagen de Alemania y Japón como aliados de la Segunda Guerra Mundial ha quedado impregnada en la psique popular, considerada en muchas ocasiones como una alianza firmemente asentada. Incluso en el terreno de la ucronía hay lugar para esta visión idealizada, especialmente en el caso de la serie The Man on the High Castle —basado en una obra homónima de 1962— que esboza cómo habría sido la historia si Alemania y Japón hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial.

La realidad, sin embargo, suele ser mucho más compleja de lo que parece. Aún siendo dos países aliados tanto en ámbito político como el campo militar, ni antes ni durante la Segunda Guerra Mundial se comportaron realmente como tales.

Hacia el Pacto Tripartito

Ambos países habían tenido importantes vínculos económicos desde finales del siglo XIX, ejerciendo el Imperio Alemán como un auténtico modelo para un Japón que se encontraba en pleno proceso de modernización. Por poner algunos ejemplos, el código civil japonés está fuertemente inspirado en el código civil alemán, mientras que el Ejército Imperial Japonés tenía una importante influencia procedente del modelo militar prusiano.

Sin embargo, el elemento principal que va a marcar la “amistad” germano-japonesa es la Unión Soviética. Japón, vencedor de la Guerra ruso-japonesa de 1904-1905, había invadido parte de Siberia durante la intervención extranjera contra la Revolución bolchevique, y desde la ocupación de Manchuria (en 1931) el Ejército nipón entró en una dinámica de conflictos continuos con los soviéticos. En cuanto a Alemania, el ascenso al poder de los nazis fue un elemento que lo cambió todo. Adolf Hitler desde antes de su llegada al poder ya había hablado de la necesidad vital que Alemania tenía de ocupar los territorios de la Rusia europea. Con estas premisas, desde bien pronto se haría evidente la simpatía mutua entre alemanes y japoneses. El Pacto Anti-Komintern de 1936 va a ser el primer gran acuerdo diplomático entre ambos estados, con el objetivo de apoyo mutuo en su lucha contra el comunismo internacional (es decir, contra la Unión Soviética).

Jóvenes japonesas sosteniendo las banderas de Alemania, Japón y el Comité Olímpico Internacional, en 1938. Para entonces la Alemania nazi y Japón mantenían estrechas relaciones.

No sólo la Unión Soviética constituía el gran enemigo común de las potencias fascistas en ascenso. A medida que la política exterior de Alemania y Japón se volvió más agresiva, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos comenzaron a ser una amenaza para los objetivos germanojaponeses.

Sin embargo, a pesar del Pacto Antikomintern, la realidad era más compleja. Si Japón sostuvo repetidos conflictos con China durante la década de 1930, las autoridades de Berlín mantuvieron un acuerdo de cooperación militar con el Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek, al menos hasta 1938. Y mientras en Alemania se hallaba instaurado un sistema totalitario, en Japón la democracia liberal seguiría perviviendo de facto (aún en precarias condiciones) hasta una fecha tan tardía como 1940. De hecho, aunque en el Imperio del Sol naciente existían algunos movimientos de carácter fascista, no había un gran partido único de carácter totalitario; la llamada Asociación de Asistencia al Régimen Imperial [1], aunque se la ha catalogado como una partido para-fascista, a duras penas podía compararse con la organización del Partido Nazi.

Convencidos de que Alemania estaba de su lado, los japoneses empezaron a mostrarse cada vez más agresivos con el Ejército soviético en la frontera de Manchuria. Entre 1935 y 1939 se desarrolló un conflicto fronterizo entre ambos estados, que incluyó combates directos. Estos pequeños enfrentamientos se mantendrían sin un claro vencedor hasta la grave derrota japonesa en la Batalla de Kalkhin Gol (1939). Paradójicamente, en aquellos momentos se producía la firma del Pacto de no agresión germano-soviético. Este acuerdo, que suponía una clara violación del Pacto Antikomintern, constituyó toda una sorpresa para la opinión pública mundial. También para los japoneses, que no habían sido informados por sus teóricos aliados.

Aliados de circunstancias

La victoria soviética en Kalkhin Gol permitió a los soviéticos concentrar sus esfuerzos en el frente de Europa, mientras que Japón veía eternizarse la Guerra con China.

A partir de mayo de 1940 los acontecimientos se sucedieron con velocidad. Las rápidas victorias militares de la Alemania nazi en Europa occidental —y sobre todo, la humillante derrota del otrora poderoso Ejército francés— agitaron a muchos militares nipones, ansiosos de emular los éxitos alemanes. El 22 de septiembre de ese año fuerzas japonesas invadieron el norte de la Indochina francesa, estableciendo también tropas en la zona de Hanói. Los franceses terminaron aceptando la ocupación, que un año después se extendería por toda la península indochina. Y poco después, el 27 de septiembre, se firmaba en Berlín una alianza militar por parte de Alemania, Italia y Japón: el Pacto Tripartito. Se formalizaba así una cooperación que ya existía entre estas potencias.

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Celebración de la firma del Pacto Tripartito en Japón, c. 1940.

Pero mientras todo esto tenía lugar, el ministro de exteriores nipón —Yosuke Matsuoka— negociaba la firma de un pacto de no agresión con la Unión Soviética, lo que finalmente se lograría en abril de 1941. La firma de este pacto se hizo a espaldas de Alemania, repitiéndose lo que ya había ocurrido en agosto de 1939. Para entonces Hitler y sus generales están ultimando los planes para la invasión de la Unión Soviética, que se desencadenaría el 22 de junio de 1941. Japón no había sido informado previamente de esta operación (una de las grandes operaciones militares de la guerra), ni tampoco se le había ofrecido participar en una invasión conjunta.

Ante la euforia por las victorias alemanas que se sucedieron durante el verano de 1941, cuando parecía que la URRS podía colapsar, renació la posibilidad de una guerra con los soviéticos. El Estado Mayor del Ejército japonés volvió a acariciar la idea de atacar Siberia, atacando por la espalda al Ejército Rojo en un momento en que se hallaba concentrado en el frente europeo. Pasaron varios meses sin estar claro qué ocurriría. Pero finalmente se prefirió atacar las colonias asiáticas de Gran Bretaña y Holanda, así como a los Estados Unidos. Se decidió, no obstante, que Japón atacaría a los soviéticos en un momento en que estos estuvieran muy debilitados y no tuvieran opciones de victoria.

Esa ausencia de coordinación entre ambas potencias se volvería a manifestar nuevamente cuando Hitler, poco después del ataque japonés contra de Pearl Harbor (diciembre de 1941), declaró la guerra a los Estados Unidos. Su gesto, sin embargo, nunca se vería correspondido por Tokio en la guerra contra los soviéticos. Así pues, la guerra mundial evolucionó en dos grandes teatros de operaciones relativamente separados entre sí, sin que existiera una cooperación militar directa entre Berlín y Tokio.

Hasta ese momento una de las principales rutas de acceso entre alemanes y japoneses había sido el ferrocarril transiberiano, si bien la invasión alemana de la URSS la cerró como vía de comunicación. La entrada en guerra de Japón tras los ataques de Pearl Harbor cerró la vía marítima, a excepción de los submarinos alemanes que pudieron llegar desde Europa hasta el Pacífico. Esto contribuyó a aumentar el aislamiento geográfico y político entre Tokio y Berlín, a diferencia de lo que ocurría entre Estados Unidos y Reino Unido —que mantenían abiertas sus comunicaciones marítimas—. Alemanes y japoneses tampoco llegaron a establecer un Estado Mayor conjunto, ni tampoco coordinaron sus operaciones militares cuando hubo oportunidades de ello.

A pesar de las dificultades, durante ese contexto hubo un momento en que parecía que Alemania y Japón iban a ganar la guerra. En el verano de 1942 los tanques alemanes avanzaban sobre Oriente Medio y el Cáucaso, mientras que la Armada japonesa acechaba las costas de Australia y la India. Durante aquel verano, Tokio y Berlín creyeron realmente que estaban cerca de alcanzar la victoria final.

Confraternización de marineros alemanes y japoneses en una base naval de Penang, Malasia, c. 1943.

Pero fue un espejismo. Los alemanes, que habían alcanzado el río Volga —la frontera entre Europa y Asia—, se vieron atrapados en el infierno congelado de Stalingrado y entraron en una espiral de derrotas militares de la que nunca saldrían. La misma suerte corrió el otrora poderoso Imperio japonés, que en apenas unos años vio a su armada barrida de los mares y a sus principales ciudades convertidas en pasto de las llamas. La alianza germano-nipona, si bien continuó existiendo, en la práctica se vio ensombrecida por la ausencia de una verdadera cooperación militar. El agotamiento de la capacidad ofensiva del Eje y la presión de los Aliados sellaron el destino del Pacto Tripartito.

La Alemania nazi terminó rindiéndose en mayo de 1945, y Japón lo haría unos meses después, tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Notas

[1] La Asociación de Asistencia al Régimen Imperial (Taisei Yokusankai) fue un partido para-estatal que se fundó en 1940, como una suerte de partido único de carácter totalitario. Sin embargo, nunca gozó de un papel real y sirvió más como una organización carácter auxiliar a los propósitos del Estado.

Bibliografía

HALL, J.W. (1973). El Imperio japonés. Editorial. Siglo XXI

PRESSEISEN, Ernst L. (1958). Germany and Japan: A Study in Totalitarian Diplomacy 1933–1941. Springer Sience+Business Media Dordrecht.

SIMS, R.L. (2001). Japanese Political History Since the Meiji Renovation, 1868-2000. C. Hurst & Co. Publishers

SPANG, C.W.; WIPPICH, Rolf-Harald (2006). Japanese-German Relations, 1895-1945: War, Diplomacy and Public Opinion. Routledge.

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