Rodrigo Díaz de Vivar, también llamado el Cid o el Campeador, fue un noble castellano que vivió en el siglo XI, un momento fundamental dentro de la historia peninsular debido a las transformaciones que a lo largo de dicho siglo acontecieron. En el presente artículo se tratará de desgranar de forma la forma más precisa y accesible quién era este personaje el cual casi todo el mundo conoce, aunque, con frecuencia, gracias al Cantar del Mío Cid (un cantar de gesta compuesto un siglo después de la muerte de Rodrigo) o a la película de los 60 El Cid, protagonizada por Charlton Heston y Sophia Loren. Ambos ejemplos se alejan de lo que fue esa figura histórica del Cid Campeador, por ello, a continuación se relatará de la manera más fidedigna posible el contexto en el que vivió Rodrigo, así como su vida y hechos.

Contexto

La Península en tiempos de Rodrigo

Tal y como han apuntado algunos especialistas en la materia, la generación del Cid (es decir, aquellos que vivieron en la segunda mitad del siglo XI) tiene mucho de “bisagra”, la causa de ello es que el mundo en el que se desenvolvían era diferente del de sus abuelos y sería diferente del de sus nietos (Escalona 2017: 6). Los antecesores de Rodrigo se movieron en aguas mucho más difíciles para los cristianos, mientras que sus sucesores se encontrarían con un mundo cada vez más dominado por la ideología de cruzada, con todo lo que ello implica (cabe recordar que Jerusalén cae en manos cristianas solo unos pocos días después de morir Rodrigo).

En cualquier caso, lo que aquí importa no es lo que sucedió a posteriori de la muerte del Campeador, sino cuál era la situación de la Península cuando éste vino al mundo. Como es bien sabido, la Península se encontraba dividida en multitud de entidades políticas; el norte era ocupado por los cristianos, que en 1035 (unos años antes del nacimiento del Cid) controlaban la franja norte de la Península, aunque de forma muy desigual puesto que, si en el oeste peninsular los cristianos dominaban Oporto y Zamora, en el este no llegaban a dominar Huesca o Tarragona. Estos territorios se dividían entre los reinos de León, Castilla, Pamplona, Aragón y los condados catalanes. El resto de la geografía peninsular estaba bajo el dominio musulmán.

Entre el 929 y el 1031 los dominios musulmanes de la Península estuvieron gobernador por un Califa, éste tiempo fue el de mayor poder y empuje de los musulmanes durante la totalidad de tiempo que estos se mantuvieron en la Península. Sin embargo, el poder de los califas comenzó a decaer desde el momento en que su figura, divinizada, quedaba separada de la administración y el gobierno efectivo. En su lugar, los funcionarios del estado comenzaron a ejercer un poder cada vez más fuerte, extendían su poder e influencia a expensas de la familia gobernante, del Califa (Catlos 2019: 193). Además de ello, figuras como Ibn Abi Amir, que llegaría a ser conocido como Almanzor, restaron aún más poder al Califa; de hecho, Almanzor intentó crear una verdadera dinastía política que sus hijos no supieron conservar. Así, pues, con la llegada del siglo XI el califato se encontraba al borde del precipicio; con la muerte de Sanchuelo, uno de los sucesores de Almanzor (que no eran califas, pero eran los depositorios reales del poder), se inicia la fitna que puede definirse como “la antítesis de la paz y la estabilidad en el islam. […] una lucha desaforada por el poder entre miembros de la familia omeya, esclavos de palacio, señores de la guerra, ulemas y gobernadores locales” (Catlos 2019: 218).

Finalmente, en 1031 quedaba depuesto el último de los califas, aunque el proceso de disolución del califato había comenzado mucho antes (Monsalvo Antón 2010: 92). El proceso de disgregación continuaría hasta la década de 1080, y se conocerá como el periodo de las taifas (bandería, partido, desunión). En un primer momento, había decenas de ellas (veinticinco en 1035), aunque las más grandes y fuertes fueron absorbiendo otras taifas más débiles (hasta que en 1085 quedasen nueve). Cada taifa estaba gobernada por una familia, aunque su origen podía ser bereber, eslavo o árabe; por ejemplo, bereberes: la de Toledo con los Banu al-Aftas; árabe: la de Zaragoza con los Banu Hud; eslava: la de Almería con los Banu Sumadih.

El principal problema de estas entidades políticas fue su debilidad, lo cual favoreció a los reinos cristianos. Con motivo de ello, las taifas entendían que su supervivencia pasaba por firmar pactos o alianzas con los cristianos, las denominadas parias. Mediante esos pactos los reyezuelos musulmanes pagaban una cantidad anual, un tributo, a cambio de que el señor cristiano firmante se comprometiese a no atacarles e incluso a defenderles (Monsalvo Antón 2010: 93). Las taifas eran ricas y podían satisfacer esos pagos, pero para ello la carga fiscal sobre sus súbditos debía aumentar. En cualquier caso, las tendencias políticas del momento pueden definirse de la siguiente manera: “el ambiente político postcalifal era implacablemente pragmático, reflexivamente oportunista y sumamente atomizado” (Catlos 2019: 231)

Las consecuencias de esa política son varias, tanto para unos como para otros. Los cristianos conseguían introducir un caudal monetario en sus dominios, lo que estimulaba la economía, que hasta entonces había permanecido prácticamente desmonetizada (Escalona 2017: 9); pero ese sistema únicamente funcionaba en caso de que el monarca cumpliese con su parte del acuerdo, si era así, el monarca conseguía disponer de un caudal monetario que distribuía a su antojo, siendo parte esencial de su política (compra de fidelidades). Todo esto también debe ser tenido en cuenta a la hora de entender la relación de Rodrigo con el monarca Alfonso VI.

Por otro lado, en lo relativo a los poderes cristianos, la fuerza y el empuje de éstos estaba relacionada íntimamente con la situación de los musulmanes. De esta manera, durante el último tercio del siglo X, periodo dominado por las campañas de Almanzor, los diversos monarcas cristianos únicamente pudieron aguantar las constantes ofensivas. Sin embargo, con la llegada del siglo XI y el inicio de la fitna musulmana los cristianos verían como su situación cambiaba radicalmente. Así, pues, dejaron de ser tributarios del califato para convertirse en los depositarios de esos tributos pagados por las taifas, las parias de las que ya se ha hablado.

Políticamente hablando, la primera mitad del siglo XI fue de una gran efervescencia entre los territorios cristianos: muertes, traiciones, batallas, herencias… una dinámica que, de hecho, continuará hasta que Alfonso VI se haga con el poder en Castilla de forma definitiva. En 1035, cuatro años después de la desaparición oficial del califato, Fernando I, segundogénito de Sancho III el Mayor, obtenía el Condado de Castilla; dos años más tarde uniría el Reino de León a sus dominios tras derrotar a su rey, Vermudo III, en la batalla de Tamarón. De esta manera, Castilla y León quedaban unidas, al menos hasta su muerte.

En un ambiente de profunda inestabilidad, consiguió hacerse con las parias de taifas tan importantes como la de Toledo, Sevilla, Zaragoza o Badajoz, la consecuencia de ello: un aporte de 40.000 dinares anuales que convirtieron a este reino en el más rico de la Península (Monsalvo Antón 2010: 100). Será durante el reinado de Fernando I cuando nace Rodrigo Díaz de Vivar, llegando incluso a participar en algunas campañas de dicho monarca, que fallece en 1065. La muerte del monarca abrirá otro periodo de inestabilidad entre los reinos cristianos y tocará muy de cerca al Cid.

Mapa político de la Península Ibérica en 1065
Mapa político de la Península en 1065, unas décadas después de la caída del Califato

El mundo bélico en el siglo XI

El mundo del Cid, es decir, la segunda mitad del siglo XI, fue un mundo de conflictos, un mundo violento en el que la figura de Rodrigo Díaz de Vivar es uno de los mejores arquetipos, pero no el único. De tal manera, se hace necesario explicar cuáles eran los fundamentos bélicos que regían por aquel entonces, tanto los cristianos como los musulmanes. Sin embargo, antes que nada, es preciso mencionar que la guerra peninsular estaba marcada por los asedios y las cabalgadas (y por tanto la lucha de fuerzas de caballería, que con frecuencia era ligera), mucho más que por las batallas de gran escala (Nicolle 1988: 4). La guerra peninsular difería de la practicada en el resto de Europa debido al énfasis que aquí se le daba a la caballería e infantería ligeras (lo cual no invalida lo que se comentará a continuación).

La Europa del siglo XI es una Europa feudalizada, a causa de ello surgiría una élite que basaba su forma de vida en la lucha, la guerra y el combate; el caballero desempeñaba labores bélicas a cambio de recibir el feudum, mediante el cual podía mantener su panoplia (Balbás 2017: 47), la cual era inmensamente cara para la época. Pero fue en Cataluña donde más se pudo apreciar esta realidad, debido sobre todo al influjo francés (Nicolle 1988: 11). En cualquier caso, lo cierto es que en Europa se estaba desarrollando una caballería pesada que terminaría dominando de forma hegemónica el campo de batalla medieval en buena parte del occidente europeo.

Dentro del escenario peninsular, la caballería siempre había tenido un peso específico relevante, pero en con la llegada de la Plena Edad Media esas fuerzas de caballería comienzan a convertirse en caballería pesada. Los jinetes comienzan a vestir lorigas de cota de malla además, empuñan lanzas cada vez más pesadas; el aspecto de un caballero podía ser el siguiente:

“Él mismo viste su loriga, que ningún hombre vio otra mejor, y se ciñe su espada cincelada de oro de mano maestra. Alza su lanza admirablemente pulida, fabricada de noble fresno del bosque, aguzada con sólido hierro erigido en su punta. Lleva en el brazo izquierdo un escudo, enteramente ornado de oro, en el que luce un feroz dragón con fulgido esplendor” (Carmen Campidoctoris, 105-116 en Balbás 2017: 47).

Además del jinete, la montura era fundamental, éstas debían ser lo suficientemente fuertes como para aguantar la carga, además debían estar entrenadas para no asustarse con el fragor del combate. Parece ser que tras la caída del Imperio Romano hubo un retroceso en la cría caballar en toda Europa, a raíz de lo cual a partir del siglo VIII los poderes occidentales buscaron conseguir estos animales en la Península y proteger su cría. A raíz de dichas medidas surgió el destrier, el caballo de guerra europeo (Balbás 2017: 47). En el caso de la infantería, la Península, y en concreto los reinos cristianos, destacaron por el uso de la ballesta; en cualquier caso, esta infantería era complementaria a la caballería y siempre de rango inferior a la misma. Tal y como han apuntado algunos “la España medieval era una sociedad organizada para la guerra” (L. Lourie en Nicolle 1988: 11).

Imagen de dos soldados cristianos y uno musulmán con la indumentaria propia del siglo XI
Imagen que muestra una representación de la indumentaria de los guerreros cristianos y musulmanes del siglo XI. Los dos cristianos representan a El Cid y a Alvar Fáñez

La principal estrategia seguida por los reinos cristianos era la de alinear a la caballería como el cuerpo de batalla principal; a partir de ahí, la carga era el principal recurso, ésta tenía como fin conseguir romper las filas enemigas, momento en el que entraba en liza la infantería. Para conseguir dicho objetivo la caballería se agrupaba en haces, grupos que cargaban de forma sucesiva. En caso de una batalla a campo abierto, lo ideal era distribuir el ejército en cinco cuerpos: dos alas, una vanguardia, el centro y la retaguardia (Balbás 2017: 48).

En el caso de los musulmanes, las taifas no eran todo lo fuertes militarmente que había sido el Califato; la mayoría de ellas no tenían el poder militar suficiente para hacer frente a los aguerridos y expansionistas reinos cristianos, de ahí el pago de las parias. Las taifas no tenían élites guerreras al estilo de los reinos cristianos. En cualquier caso, también en los territorios musulmanes la caballería era la fuerza más prestigiosa, pero su mayor fuerza militar provenía de las populosas ciudades que controlaban. Sea como fuere, la caballería de las taifas podría asemejarse a la cristiana (Nicolle 1988: 16).

En el caso de los almorávides la situación era diferente. Desde sus inicios subsaharianos hasta la llegada a la Península en 1086 sus huestes habrían ido evolucionando. Se caracterizarían por ser tropas más disciplinadas que las que podían encontrarse en el resto del espacio norteafricano; estos guerreros fanáticos acudían a la batalla acompañados de tambores y banderas que servían las veces de elementos organizativos, o bien utilizados para infundir pánico en bestias y hombres entre sus enemigos. A ese efecto contribuirían las armas y otros elementos con las que no estaban familiarizados los cristianos peninsulares.

El soldado almorávide iría ataviado de una forma similar a como pueden vestir hoy día los tuaregs norteafricanos. Se envolvían en amplios ropajes que les protegían de la arena del desierto, el tórrido calor del Sahara y de sus frías noches. Destacaría el turbante, que hasta entonces era infrecuente en al-Ándalus, así como el velo facial con el que tapaban su cara, de hecho, ésta se convertirá en su principal característica hasta el punto de que los andalusíes se referían a ellos como los velados. Mediante esta prenda los almorávides mostraban su rigor religioso y se diferenciaban del resto (Balbás 2017: 46). En lo que se refiere a la configuración social del ejército almorávide, en un principio estaba basado en el tribalismo, pero Yusuf Ibn Tasufin transformaría el ejército, orientándolo hacia los extranjeros y los esclavos negros, fundamentalmente de Senegal, lo cual influía en la moral cristiana (Nicolle 1988: 16).

Representación de tropas andalusíes del siglo X y XI
Representación de tropas andalusíes del siglo X y XI, tanto tropas de infantería como de caballería. El Cid conocería estas tropas en virtud de su ayuda a la taifa zaragozana

Por último, en lo que se refiere a las tácticas bélicas, los almorávides eran bastante avezados en el arte de la guerra. En el continente africano sus tropas montaban camellos, pero en el momento que arriban en la Península se adaptan al modo de combate y comienzan a utilizar también tropas a caballo, aunque continuarán utilizando tropas a lomos de camellos debido al efecto que tenían sobre los cristianos. De modo general, los bereberes primaban la infantería y caballería ligera sobre otros cuerpos más pesados, sobre todo debido a que una de las principales tácticas de su caballería consistía en una sucesión de ataques y retiradas, propia de los pueblos del Magreb. Además, es destacable que la infantería podía ser utilizada para crear una especie de falange, creada a base de tropas armadas con lanzas y que servía para que la caballería pudiese resguardarse tras estas formaciones al huir de la caballería enemiga, dentro de ese modus operandi de la caballería ligera. Como en el caso de los andalusíes y los cristianos, luchar montado era signo de prestigio, de forma que se ha de considerar que los esclavos y otras tropas de escaso rango servirían de infantería, mientras que la élite almorávide lucharía como caballería.

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, vida y hechos

No sabemos a ciencia cierta dónde y cuándo nació Rodrigo Díaz de Vivar, sin embargo, las evidencias apuntan a que pudo ser en Vivar, a unos diez kilómetros de Burgos; la misma incertidumbre asalta a los historiadores sobre el año exacto, eligiéndose 1043 como referencia, aunque también pudo haber nacido en fechas algo más tardías como 1046 y 1047 (Fletcher 1989: 111). Sea como fuere, Rodrigo nace en la década de los cuarenta del siglo XI en Castilla, en una zona cercana a Burgos. En cuanto a su familia, las últimas investigaciones parecen apuntar que Rodrigo, lejos de ser un pobre infanzón era el descendiente de una poderosa familia condal proveniente de León, aunque la rama concreta de la que desciende el Cid se puede considerar una rama de segundo orden (Torres Sevilla 2017: 19).

Como vástago de una familia de aristócratas, Rodrigo recibió una educación acorde a su estatus y posición social. Su educación debió incluir la enseñanza de narraciones heroicas, “una virtud marcial atemperada por una tosca moralidad cristiana era lo que los nobles del siglo XI buscaban infundir en sus hijos” (Fletcher 1989: 114). Además de una reducida educación intelectual, Rodrigo debió familiarizarse muy pronto con el oficio de las armas. Prácticamente a la vez que aprendían a caminar, los nobles de la época eran adiestrados en la equitación, a esa formación seguía el entrenamiento militar propiamente dicho, que se calcula que podría empezar en torno a los doce años. Además, se versaría en la caza y la cetrería, pasatiempos habituales de los nobles de la época y que ayudaban a desarrollar otras competencias como el sigilo, el tiro con arco, a aguantar las inclemencias del tiempo… El fin de la educación de Rodrigo debió hacerse efectivo en el momento en el que Sancho “le ciñó la espada de caballería”, una ceremonia que debió celebrarse en torno a 1062 (Fletcher 1989: 115).

Acto seguido Rodrigo comenzaría a participar en campañas militares, la primera de relevancia en la que tomó partido tuvo lugar en 1063, acompañando a Sancho a Zaragoza a combatir al rey aragonés Ramiro I en defensa de la paria de Zaragoza. De hecho, esta campaña viene a mostrar lo complejo que era el mundo de la política en el siglo XI. En cualquier caso, aquí lo que interesa es que Rodrigo con veinte años (o menos) ya había participado en una campaña de importancia. Más allá de eso, poco sabemos de las actividades de Rodrigo en esos años, aunque puede ser que por estas fechas se labrase una reputación a base de combates individuales como los que mantuvo con un guerrero navarro de nombre Jimeno Garcés o la victoria sobre un sarraceno en Medinacelli, al cual dio muerte.

En cualquier caso, la historia avanza hasta 1065, año en el que fallece Fernando I; éste dividió el reino entre sus hijos: a Sancho, el primogénito, le otorgó Castilla; a Alfonso, su predilecto, León; y a García, el más joven de los tres, le legó Galicia. De esta manera, Sancho, que había ejercido de protector con Rodrigo, se convertía en monarca, lo cual beneficiaría enormemente al Cid. Rodrigo aparece de forma recurrente en la documentación regia de la época, lo que indica que su presencia en la corte real era notoria (Fletcher 1989: 119). Además, parece ser que Sancho le otorgó el cargo de alférez o armiger, las funciones que acompañaban al cargo posiblemente fuesen las siguientes: reclutar, entrenar, mantener la disciplina entre la tropa, supervisar las pagas, asesorar al rey en materia militar… (Fletcher 1989: 119). También es cierto que hay quien pone en duda que Rodrigo ocupase este puesto.

Por otro lado, es muy posible que Rodrigo se ganase el título de campi doctor o campi doctus durante esta época, aunque hoy conocemos la versión romance: campeador; el significado literal es “maestro del campo (militar)”.

En 1067 da inicio la llamada “guerra de los tres Sanchos” en la que Sancho II de Castilla, el señor del Cid, se enfrentaría a sus homónimos navarro y aragonés. Además, mantenía continuas pugnas con sus hermanos con el fin de lograr reunificar los territorios de su padre. Consecuencia de ello es la batalla de Llantada en la que derrota a Alfonso en 1068; tres años después ambos hermanos derrotarían al menor de los tres, García; y, en 1072, Alfonso salía derrotado de nuevo en la batalla de Golpejera. De esta manera, Sancho se convertía en rey de Castilla y León (además de Galicia) reunificando el territorio de su padre. Aunque esa situación era únicamente teórica, puesto que las aristocracias leonesa y gallega, así como su hermana Urraca (que ejercía una macrotenencia en torno a Zamora) se oponían a su dominio.

En ese contexto, Sancho se dirige a Zamora para arrebatarle el poder a su hermana. Durante el transcurso del sitio Sancho recibe muerte a manos de un traidor, concretamente el día 7 de octubre de 1072. Este acontecimiento generó uno de los temas literarios más conocidos de la Edad Media: la traición de Vellido Dolfos, a lo que se suma la supuesta participación de Alfonso VI y la posterior jura de Santa Gadea, todos esos elementos forman parte de la épica (Monsalvo Antón 2010: 100). Sea como fuere, las fuentes no permiten desentrañar hasta qué punto estuvo implicado Alfonso VI en el asesinato, aunque lo que es evidente es que le benefició puesto que ocupó el trono que hasta entonces había pertenecido a su hermano.

También es parte de la épica la supuesta jura de Santa Gadea, acontecimiento en el que Rodrigo obligaría a jurar a Alfonso que no tenía nada que ver con la muerte de su hermano. Lo cierto es que Rodrigo se plegó a la nueva situación, y de ello sí que hay evidencias: “se había mostrado dispuesto a servir al rey y éste a aceptar sus servicios. Era un miembro destacado de la corte…” (Fletcher 1989: 129). Pero todo ello cambiaría.

La suerte de Rodrigo comienza a cambiar en 1079, cuando es enviado a cobrar las parias de Sevilla. Al mismo tiempo, otros emisarios castellanos como García Ordóñez, hacían lo propio en Granada. Granada y Sevilla eran taifas enemigas, y Alfonso veía con buenos ojos que estallase una guerra abierta entre ambas. Aprovechando el contingente castellano, los granadinos invadirían junto a aquellos la taifa de Sevilla. Ante tal movimiento la actitud del Cid fue la de defender la taifa sevillana ¿Por qué? Es imposible saberlo, aunque se puede suponer que Rodrigo actuó como creía adecuado pensando en los intereses del rey, puesto que Sevilla era una fuente de parias muy importante. Lo cierto es que el Cid se enfrentó al combinado granadino-castellano en Cabra saliendo victorioso. Además de los muertos castellanos, la otra gran consecuencia de la batalla fue la humillación de García Ordóñez (Porrinas González 2017: 23). Las tropas sevillanas lo aclamarían como al-sayyid (“señor” en lengua árabe) y que los castellanos transformarían en El Cid.

A la vuelta de Sevilla, el Cid participaría en otra acción controvertida. En primer lugar, éste no acudiría a la llamada de Alfonso VI alegando enfermedad, y ese mismo año (1081) se produciría un incidente en la frontera de Gormaz, una partida de guerreros proveniente supuestamente de Toledo tomaría la citada fortaleza replegándose de inmediato. El Cid los perseguiría y, una vez dentro de la taifa de Toledo (aliada de Alfonso) saquearía a su antojo, en palabras de su biógrafo:

“Reunió a su ejército y a todos sus caballeros bien pertrechados, y arrasó y saqueó las tierras de los sarracenos en el reino de Toledo” (Fletcher 1989: 137).

El díscolo Rodrigo, además, se enfrentaba a las inquinas de los Ordóñez; el hermano de García (el derrotado en Cabra) sería en esos momentos armiger o alférez del rey. Finalmente, Rodrigo es desterrado.

Como consecuencia de ello, el Campeador venderá sus servicios al mejor postor, que en este caso será la taifa de Zaragoza. Terminaría por estar al mando de las tropas de la taifa zaragozana, las cuales resultarían ser una mezcolanza de elementos cristianos y musulmanes (Porrinas González 2017: 23). Rodrigo tendrá que enfrentarse a otras taifas, pero también a los condes de Barcelona y los reyes de Aragón. Todo ello sucede en una sucesión de campañas, enfrentamientos, etc., que no merece la pena señalar aquí. Quizá lo más destacable sea la victoria en 1082, en Almenar, frente a conde de Barcelona, que le granjeará un nuevo enemigo, pero también una posición de fuerza dentro de la propia taifa, que sabía que tenía un gran activo en la figura de Rodrigo.

En 1085 el monarca castellanoleonés conseguiría conquistar Toledo, lo cual fue todo un hito. Alfonso VI se erigía como el principal poder político peninsular, pero esa conquista había suscitado recelos más allá del estrecho. Una vez conquistada Toledo se dirigió a Zaragoza, cuya defensa estaba comandada por Rodrigo. Sin embargo, antes de que el asedio comenzase a endurecerse, Alfonso recibió noticias de que un enorme ejército había desembarcado en el sur de la Península. Se trataba de los Almorávides. Zaragoza dejó de ser la prioridad, y el monarca se apresuró a reunir sus tropas para combatir la nueva amenaza. Finalmente, Alfonso se enfrentaría a los invasores en Sagrajas, cerca de Badajoz, a finales de octubre de 1086. El resultado fue una estrepitosa derrota. A raíz de tal varapalo Alfonso y el Cid se reconcilian (Fletcher 1989: 150).

La Península Ibérica en 1086, mapa político
La Península Ibérica en 1086, mapa político que representa las conquistas cristianas del siglo XI, más avanzadas por el oeste que por el este. Como se puede ver, Valencia, conquistada unos años más tarde por el Cid, estaba controlada por los musulmanes.

La caída de Toledo convenció a estos extremistas norteafricanos de que debían invadir frenar a los cristianos. Aunque, esta vez, una vez contenida la amenaza cristiana vuelven al norte de África. Lo excepcional de la situación da lugar a esa reconciliación; Alfonso sabía la valía del Cid, y no podía prescindir de ninguno de sus activos militares en un momento de debilidad como son los momentos posteriores a una derrota.

Alfonso encomendará al Campeador que proteja al endeble al-Qadir, el gobernante de la taifa valenciana aliado del monarca. En 1089 los almorávides desembarcan de nuevo en la Península y junto a tropas de taifas se proponen atacar la fortaleza de Aledo, por lo que Alfonso pide a Rodrigo que se una a él. Pero por alguna razón que no conocemos, ambos contingentes no llegaron a unirse. Los enemigos de Rodrigo actuaron con rapidez y le acusaron de que no había unido sus tropas a las del rey de forma deliberada. El rey no creyó la versión del Cid y, de nuevo, se materializó el destierro. Por aquel entonces el Campeador se encontraba en Elche, y parece ser que algunos de los caballeros que le acompañaban, creyendo que Rodrigo había llegado a su final, decidieron abandonarle: “permitió que algunos de los caballeros que habían ido con él desde Castilla regresaran a sus hogares” (Fletcher 1989: 164). Pero Rodrigo no estaba acabado.

El Cid, a partir de entonces, actuaría por cuenta propia, de forma autónoma. La lista de aliados sería mucho más exigua que la de enemigos, pero acabar con el Cid era ardua tarea. Uno de sus viejos enemigos que vuelve a la carga será el conde Berenguer Ramón II de Barcelona que, sin embargo, correrá la misma suerte que antaño y seria derrotado de nuevo por Rodrigo. Esta vez será el pinar de Tévar el escenario de la batalla, en el agreste Maestrazgo el Campeador infligió una dolorosa derrota a Berenguer que “renunció a las pretensiones de hegemonía sobre los principados taifas del levante español en favor de Rodrigo” (Fletcher 1989: 167).

Tras la batalla, Rodrigo continuaría vagando por las tierras del Levante mediterráneo mientras cobrara las parias a al-Qadir, señor de Valencia. Poco a poco el Cid fue recuperándose de las deserciones que había sufrido tras su segundo exilio. Durante 1091 el monarca convoca a Rodrigo, pero la reconciliación fue más bien breve, los problemas entre ambos eran tantos que difícilmente se podrían reconciliar de manera sencilla. De nuevo, es bien posible que Alfonso VI no desease ningún tipo de reconciliación, pero el Campeador era un comandante tan experimentado que tenerlo de su parte siempre iba a ser positivo, al menos en lo que se refiere al oficio de la guerra.

En 1092, Alfonso prepara una campaña contra el Levante para demostrarle a Rodrigo su poderío y privarle de sus fuentes de ingresos, sin embargo, el Campeador se adelantó al monarca e invadió Castilla, la zona elegida fue La Rioja, cuya ribera fue violentamente devastada. Con ello, Rodrigo no solo quería devolverle el golpe al rey, sino castigar a su enemigo acérrimo: García Ordóñez (aquel al que derrotó en la batalla de Cabra, de la cual se ha hablado anteriormente). Por aquel entonces García era cercano al Rey, y uno de los principales magnates del reino, por lo que es posible que utilizase su posición para menoscabar el prestigio del Cid en el entorno regio.

«En efecto, hizo un ingente, funesto y muy llorado botín, y con irremediable llama un cruel, impío y vasto incendio hizo en aquellas tierras de forma cruel y sin misericordia» (Historia Roderici 4 y 5 en Porrinas González 2017: 28).

Una vez saqueada La Rioja y apartado Alfonso del Levante, Rodrigo se dirige a Valencia aunque cuando llega su situación allí ha cambiado sustancialmente: al-Qadir (el rey de taifa títere que le pagaba parias) ha sido asesinado, los víveres almacenados consumidos… pero el Campeador pasa a la acción sin dilación ninguna. Su primera medida fue encaminada a intentar hacerse con una base fortificada, que se convertiría en su centro de operaciones. Finalmente, a principios de 1094 se establece de forma definitiva el cerco sobre Valencia (Porrinas González 2017: 28). El asedio consistía en bloquear una ciudad o fortaleza, en el caso de Valencia el Cid esperaba asfixiarla, privando a su población de comida y agua. Además del cerco, Rodrigo se dedicó a saquear algunas zonas aledañas a Valencia.

Una vez más entran en escena los norteafricanos. Los almorávides se dirigieron a Valencia con la intención de ahuyentar al Cid, hacerse con la ciudad y dominar la taifa, tal y como habían hecho con otras muchas. Pero, sin embargo, parece que la suerte sonrió a Rodrigo y el ejército almorávide no llegó a presentarle batalla. Viendo las dificultades en que podría encontrarse si una tropa almorávide acudía en ayuda de la ciudad, Rodrigo decide intensificar el asedio. Esa actitud dará sus frutos cuando a finales de mayo de 1094 la máxima autoridad de la ciudad (Ibn Jahhaf) decide entablar negociaciones (Fletcher 1989: 173). Finalmente, el 15 de junio de 1094 el Cid entraba en Valencia.

Sin embargo, ahí no terminaron las dificultades. En una situación similar a la que se encontraron los cruzados en Antioquía unos años antes, el Cid se encontraba en un territorio enemigo recién conquistado con un enemigo, que seguramente superase sus fuerzas, aproximándose. Finalmente, en torno a mediados de octubre las fuerzas almorávides llegaban a Valencia. Ambos ejércitos se enfrentaron el 14 de dicho mes. Una vez más, la pericia militar de Rodrigo lleva a sus tropas a la victoria. La estrategia seguida fue la siguiente: el principal contingente atacó al cuerpo de ejército almorávide, pero mientras tanto, Rodrigo salía de la ciudad por otra puerta con la intención de flanquear a las tropas norteafricanas y sorprenderlas. La maniobra tuvo éxito, el Cid calló sobre el campamento almorávide indefenso provocando que el cuerpo de ejército almorávide corriese a socorrerlo, aunque con poca fortuna. La victoria sería total (Fletcher 1989: 183). En esta batalla, la de Cuarte, era la primera vez que los cristianos derrotaban a los almorávides.

Mapa que representa el poderío almorávide en su máxima expansión
Mapa que representa el poderío almorávide en su máxima expansión, desde el áfrica subsahariana hasta la Península, donde conquistaron las frágiles taifas

En cualquier caso: “aquella gran victoria no sirvió para conjurar una amenaza norteafricana que de manera constante hacía planear su sombra sobre un señorío en vías de consolidación” (Porrinas González 2017: 30). Y efectivamente así era, de hecho, la batalla de Cuarte no sería la última que luchase contra los almorávides, a quienes volvería a enfrentarse en 1097 en Bairén, aunque en este caso de la mano de Pedro I de Aragón y Pamplona. En esa situación, los contingentes cristianos estaban en una situación desfavorable una vez más; el ejército almorávide se encontraba apostado en unas elevaciones frente al mar, mientras que sus naves se encontraban frente a la costa. Pedro y Rodrigo apenas tenían capacidad de maniobra, estaban atrapados entre el mar y las elevaciones, ambos terrenos controlados por sus enemigos. La situación era desfavorable pero el Campeador consiguió no solo sacar a sus tropas de allí, sino derrotar a las fuerzas almorávides que se encontraban colina arriba. Esta batalla, llamada de Bairén sería la última de cierta importancia que lucharía el Cid.

En 1098 el Cid lanzaba otra exitosa campaña, y en 1099 moría por causas naturales en Valencia, su gran conquista. Durante cinco años el Cid había gobernado aquellos territorios, muchas veces con puño de hierro: “el gobierno del Cid no fue maravilloso ni romántico” (Fletcher 1989: 183).

La plaza era una conquista digna de un rey, y Rodrigo había conseguido mantenerla en vida, pero tras su muerte todo se vino abajo. No tenía hijos y sus posibles aliados se encontraban atendiendo sus asuntos, por lo que la defensa recayó sobre la valiente Jimena, la viuda del campeador. Aunque consiguieron soportar un asedio, Valencia estaba tan expuesta que ningún monarca estaba dispuesto a arriesgar sus tropas por una plaza que iba a ser constantemente atacada. Es por ello que, finalmente, la ciudad es evacuada en 1102.

Conclusiones

Rodrigo fue un hombre de su tiempo, una época de cambios y transformaciones sociopolíticas intensas. Sin embargo, no fue uno más, sino que puede ser presentado como uno de los más influyentes, pero, además, uno de los que mejor expresa lo que fueron aquellos tiempos. Al servicio de dos reyes, en continua pugna con el segundo de ellos, no dudó en ponerse al servicio de las taifas para conseguir un sustento. Además, conforme pasaban los años el Cid fue dándose cuenta que podía romper los límites que se establecían para alguien como él. De ahí que termine orientándose hacia la conquista y dominación de territorios tan importantes como los del Levante mediterráneo. Podía haber otros guerreros como él, de hecho, los hubo, pero el Cid fue más que un formidable combatiente. En un tiempo de continuismo social y de escasas rupturas del orden establecido, Rodrigo terminó haciendo lo que pocos: luchar para sí mismo, no para otros, y responder únicamente a su interés. Todo eso es Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Una historia apasionante que no necesita de la épica del cantar de gesta posterior y que tampoco se merece las burdas manipulaciones a las que se ha sometido y somete su figura. El Cid fue lo que fue, no hagamos que sea lo que nosotros quisiésemos que hubiese sido, una figura de esa talla no lo merece.

Bibliografía

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Escalona, Julio, “La Castilla del Cid”, Desperta Ferro Antigua y Medieval 40, 2017.

Fletcher, Richard, El Cid, Madrid: Nerea, 1989.

Monsalvo Antón, José María, Atlas Histórico de la España medieval, Madrid: Síntesis, 2010.

Nicolle, David, El Cid and the Reconquista, Oxford: Osprey Publishing, 1988.

Porrinas, David, “Las campañas del Cid Campeador”, Desperta Ferro Antigua y Medieval 40, 2017.

 

2 COMENTARIOS

    • Cierto, es una de las más famosas. Pero en ningún caso he querido indicar lo contrario, de hecho lo mismo podría haber puesto la de Burgos, es simplemente una cuestión de estética.

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