Para trazar los orígenes del nazismo debemos mencionar obligatoriamente la Primera Guerra Mundial, una guerra de rapiña, de claro carácter imperialista, que dio la entrada «oficial» al Siglo XX. Durante los cuatro años del conflicto (1914-1918), las potencias imperialistas se embarcaron en una lucha fratricida y sangrienta en su afán por repartirse el mundo. Como es sabido, en juego estaban colonias, abundantes recursos naturales y mano de obra barata.

Otros historiadores como Jacques R. Pauwels afirman que la guerra también fue lanzada en 1914 con otras pretensiones: Acabar con el ideal internacionalista y socialista que existía entre gran parte de la clase obrera europea mediante el fervor nacionalista y bélico, militarizar el «rebelde» movimiento obrero, acabar con la posibilidad de una posible revolución de «los de abajo» y, por último, frenar el proceso de democratización que inició la Revolución Francesa mediante la puesta en marcha de gobiernos autoritarios con la excusa del contexto bélico (Pauwels, 2016: 19).

Sin embargo, contradictoriamente, esta misma guerra terminó creando las condiciones para una auténtica ola revolucionaria que hizo temblar los cimientos del orden capitalista en toda Europa: Rápidamente, el cansancio por una sangrienta guerra que no acababa y las nefastas condiciones para la mayoría de la población europea – especialmente la alemana debido al bloqueo aliado –, hizo que el clima revolucionario se propagara por todo el continente, especialmente tras el triunfo de la Revolución Bolchevique en Rusia, la «llama» inicial de la revolución. Se avecinaba el fin del orden establecido, o al menos eso parecía, principalmente en la Alemania revolucionaria de 1918-1919.

Espartaquistas armados controlando una calle en Berlín durante los combates de enero, 1919. Fuente: Wikipedia.

Esta misma Revolución de Noviembre (1918) obligó a los representantes de todas las fracciones de la clase dirigente (con la burguesía monopolista al frente) a alinearse con la posición de los partidarios de la colaboración con la socialdemocracia y sindicatos reformistas para evitar el bolchevismo y consolidar el orden burgués, una posición impensable unos pocos años antes. En otras palabras, la clase dominante europea, especialmente la alemana, «aceptó» algunas concesiones y demandas populares (mayor democratización, fin de una institución como la monarquía asociada al antiguo régimen, mayores derechos laborales y civiles…) buscando mantener el orden y evitar mayores «peligros»: el comunismo y los «soviets» o consejos obreros, famosos tras los acontecimientos revolucionarios en Rusia.

De esta forma, la prioridad para la oligarquía financiera y las otras capas de la clase dominante era acabar con el peligro revolucionario más inmediato (los espartaquistas), pero para hacerlo la clase dominante no solo se apoyó en el ejército y los Freikorps: Cada vez veían más necesario conformar un movimiento de masas capaz de plantar cara al comunismo, en aquel momento en pleno ascenso por toda Europa y con una notable influencia entre la clase trabajadora. Una de las muchas plataformas nacidas con estos mismos fines fue la Liga Antibolchevique, creada a principios de diciembre de 1918 por el joven publicista conservador Eduard Stadtler (uno de los impulsores iniciales del «nacional-socialismo») con el apoyo de grandes industriales y banqueros alemanes.

Eduard Stadtler, 1932. Fuente: Wikipedia.

Eduard Stadtler, antiguo miembro del Partido de Centro (Zentrum), luchó en el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial hasta ser hecho prisionero por el Ejército Ruso en 1916. Fue liberado en 1918 y trabajó para la embajada alemana en Moscú (Feldman, 1998: 553), antes de regresar a Alemania en agosto. Desde entonces, en nombre de la Oficina de Prensa de la Guerra del Ejército, Stadtler actuó en varias ocasiones como orador anticomunista. El 1 de noviembre de 1918, por ejemplo, realizó una exposición en la gran sala de la Filarmónica de Berlín sobre el «Bolchevismo como amenaza mundial» (Petzold, 1982: 44).

En octubre fundó con Karl Helfferich – director del Deutsche Bank por el que Stadtler trabajó en la embajada alemana de Moscú (Feldman, 1998: 553) – la «Asociación de Solidaridad Nacional y Social» (Opitz, 1988: 93). En abril de 1919, este círculo fundó el semanario conservador «Das Gewissen», cuya primera edición escrita por Stadtler se titulaba: «Socialismo alemán contra Oriente y Occidente» (Opitz, 1988: 99). Los ideólogos más importantes del seminario fueron Heinrich von Gleichen, Max Hildebert Boehm y Arthur Moeller van den Bruck, siendo este último el autor del controvertido libro «El Tercer Reich» (Das Dritte Reich), publicado en 1923. Esta serie de personalidades jóvenes conservadoras, muchos de ellos admiradores de Mussolini, se oponían a la democracia parlamentaria y defendían la necesidad de un nuevo movimiento político que abrazara tanto al socialismo como al nacionalismo en una forma «única» de fascismo alemán.

A raíz de la proclamación de la República de Weimar, Stadtler estuvo muy activo en los medios de comunicación de derechas y volvió a intervenir como orador en varias ocasiones, llegando a participar en el Consejo de Ciudadanos de Berlín a invitación de Salomon Marx, con el que Stadtler mantenía una estrecha relación. Salomon Marx era un importante industrial y banquero del Deutsche Bank con fuertes conexiones con círculos influyentes conservadores. Fundó el reaccionario Consejo de Ciudadanos como un contra-movimiento de base pequeño-burguesa a los consejos de trabajadores y soldados nacidos durante la revolución. Por si fuera poco, Salomon Marx financió juntamente con los industriales Hugo Stinnes y Friedrich Minoux a los Freikorps de Waldemar Pabst, cuya unidad asesinó a los dirigentes comunistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht (Klaus Gietinger, 2019: 22).

El 28 de noviembre de 1918, por mediación de Karl Helfferich (Deutsche Bank), que no quiso hacerse visible para no dañar al propio movimiento (Williamson, 1971: 290), Stadtler recibió 5.000 marcos en efectivo del director ejecutivo (CEO) Paul Mankiewitz como «regalo del Deutsche Bank». Gracias a estos fondos, junto otros 3.000 marcos del político social-imperialista Friedrich Naumann, el 1 de diciembre de 1918 en el 107 de Lützowstraße (Berlín) Stadtler pudo abrir una secretaría general para estudiar y luchar contra el bolchevismo. La Liga Anti-Bolchevique, lanzada ese mismo día, estaba inicialmente prevista como organización paraguas de otras organizaciones «amigas» que debían crearse o que ya existían. A finales de enero, la Liga estableció sucursales en Hamburgo, Bremen, Königsberg, Düsseldorf, Essen, Dresden, Halle, Leipzig y Breslau (Blechschmidt, 1968: 31).

Junto con gente afín al proyecto, formó un «comité de acción» y presentó un «programa de rescate». Se preveía, entre otras cosas, la creación de una editorial para la edición y publicación folletos propagandísticos anti-bolcheviques, panfletos populares bajo el título “Antispartakus” para su distribución masiva por partidos y otras organizaciones, un ciclo de conferencias, la formación de agitadores y oradores, y el establecimiento de un servicio de prensa y noticias anti-bolcheviques.

Como nacionalista, Stadtler se oponía fervientemente al movimiento obrero y a sus objetivos. No hizo distinción alguna entre socialdemocracia y comunismo, ya que ambos eran entendidos en el sentido de una teoría conspirativa como un ataque a todos los valores de la nación alemana. Ya desde el principio, consideró que no bastaba con que el programa anti-bolchevique fuera negativo y, por lo tanto, buscó un proyecto de sociedad alternativo. En contraste con el «socialismo de lucha de clases» de los partidos de clase obrera, defendió la dictadura del «socialismo nacional» o del «socialismo nacional cristiano».

Por una parte, esta visión tenía por objetivo proteger la propiedad privada de los medios de producción de las expropiaciones – tal y como solicitaban los consejos de trabajadores surgidos durante la revolución de noviembre – y, por otra, abolir la democracia parlamentaria en favor de un «gobierno dictatorial» con el fin de superar la «guerra de partidos y clases» (Stadtler, 1935: 16).

Esta adopción del concepto de socialismo, que hasta entonces había estado claramente vinculado a la izquierda, también fue inicialmente aprobada por uno de los mayores magnates de la industria alemana, el industrial Hugo Stinnes (Opitz, 1988: 69, 280). En enero de 1919, Stadtler habló en Düsseldorf en una reunión con industriales del Ruhr sobre su concepto de «socialismo alemán» (Petzold, 1982: 53). En la propaganda de la liga, los conceptos de consejo, revolución y socialismo fueron vaciados de su contenido político y social, se volvieron anticomunistas y se utilizaron como medio de movilización nacionalista de amplias capas.

En cualquier caso, el objetivo político seguía siendo una «Volksgemeinschaft» (comunidad nacional) estructurada jerárquicamente (Kemper, 2011: 107, 133). Stadtler definió el comunismo como «potencia intelectual de primer orden», «que gobernaba sobre nueve décimas partes de nuestro pueblo y que solo se podría contrarrestar con éxito con una doctrina completamente nueva, un ‘activismo’ completamente anti-burgués» (Koenen, 2005: 248) que meses después defendería el mismo Hitler.

A principios de diciembre, la liga anti-bolchevique de Berlín publicó numerosos folletos y muy probablemente carteles pidiendo el asesinato de figuras destacadas de la Liga Espartaquista (Wettem, 1987: 313), algo común en la prensa de extrema derecha y asociaciones cercanas a los Friekorps. Como ejemplo de la gran actividad de agitación, dos de los folletos de Stadtler aparecieron simultáneamente con tiradas iniciales de 50.000 y 100.000 copias, respectivamente.

El 10 de enero de 1919, en plena huelga general en Berlín y con combates entre los trabajadores armados y los Freikorps (junto con las tropas leales el gobierno socialdemócrata), alrededor de cincuenta altos representantes de la industria, comercio y banca alemana se reunieron y establecieron un fondo anti-bolchevique de empresarios alemanes (Williamson, 1971: 290). Paul Mankiewitz, director ejecutivo del Deutsche Bank, junto Karl Helfferich, otro director del banco alemán y secretario de Estado durante la guerra, organizaron la reunión en las instalaciones de Flugverbandhaus (Berlín) en donde Stadtler pronunció un discurso titulado «El bolchevismo como amenaza mundial».

Entre los participantes invitados, que debían presentarse en persona, figuraban el conocido Hugo Stinnes (uno de los industriales más poderosos de Alemania), Albert Vögler (industrial del acero cercano a Stinnes), Carl Friedrich von Siemens (CEO de Siemens 1912-1919), Otto Henrich (CEO de Siemens 1919-1920), Ernst Borsig (industrial, financiador de los Freikorps y futuro financiador inicial del partido nazi) y Felix Deutsch. Entre ellos también estaba Arthur Salomonsohn, un banquero del Disconto-Gesellschaft, futuro presidente del consejo de supervisión del Deutsche Bank y miembro del Partido de la Patria Alemana (Deutsche Vaterlandspartei). A modo de ejemplo de la descarada línea anexionista de todas estas personalidades, en mayo de 1918, Salomonsohn escribió al Secretario de Estado del Tesoro del Reich: «Rusia […] es una colonia a las puertas de Alemania que promete abundantes empleos para el comercio y la industria alemana durante muchas décadas por venir. La apertura de esta colonia alemana está a la orden del día» (Schumann, 1975: 154).

Según las memorias de Stadtler, Stinnes consideraba cualquier discusión superflua, compartía las observaciones de Stadtler «en todos los puntos» y sugirió que la economía alemana debería, por lo tanto, proporcionar 500 millones de marcos con los que se financiaría todo tipo de actividades anticomunistas (Badia, 1971: 263). De ser exacta la cifra estaríamos hablando de una cantidad absolutamente astronómica, aunque historiadores como Joachim Petzold la ponen seriamente en duda, afirmando que se trata de «una exageración o declaración del período de inflación» (Petzold, 1983: 81). En esta misma linea, el historiador estadounidense Gerald D. Feldman defiende en su biografía de Hugo Stinnes que el fondo recibió cinco millones de Reichsmarks de cada líder empresarial presente, aunque rehúye de mencionar la cantidad de altos cargos económicos que asistieron a la reunión (Feldman, 1998: 553). Por otro lado, John G. Williamson, en su biografía de Karl Helfferich (Deutsche Bank), menciona brevemente la reunión y la asistencia de cincuenta altos ejecutivos e industriales, aunque admite basarse únicamente en las memorias de Stadtler (Williamson, 1971: 290).

En cualquier caso, se trató evidentemente de una cifra alta y aun siendo conservadores la cantidad no debió ser menor de 50 millones de marcos, cantidad que coincidiría con el préstamo bancario efectuado inmediatamente después de la creación de la liga.

Al frente del «Fondo Antibolchevique» se encontraba Karl Fehrmann, un ejecutivo a cargo del departamento ruso del magnate industrial Hugo Stinnes (Feldman, 1998: 553), y Alexander Ringleb (Petzold, 1983: 72), un banquero, juez y figura con amplias conexiones con el establishment alemán (Kemper, 2015: 154). Alexander Ringleb y Karl Fehrmann, ambos colegas, aparecen también junto a los industriales Albert Vogler, Paul Reusch y Alfred Hugenberg (en ese momento director de Krupp) como financiadores y figuras importantes del Club de Junio (Juniklub), otro grupo elitista, ultraconservador y de tendencia antidemocrática nacido tras los sucesos revolucionarios de 1918-1919 (Petzinna, 2015: 119, 120, 127). Detrás del Juniklub se encontraba el mismo círculo de empresarios, políticos e intelectuales contrarrevolucionarios que en octubre de 1918 creó la «Asociación de Solidaridad Nacional y Social» (apodada Solidaridad) y en noviembre del mismo año la Liga Antibolchevique, ambas presididas por el ya mencionado nacional-socialista Eduard Stadtler.

El lugar donde fue a parar todo este dinero no sorprenderá a los lectores. Como no podía ser de otra manera, mayoritariamente se usó para financiar a los Friekorps, aunque también fluyó generosamente por diferentes grupos y organizaciones anti-bolcheviques, entre los que destaca la «Asociación para Combatir el Bolchevismo» (Vereinigung zur Bekämpfung des Bolschewismus); el «Consejo de Ciudadanos del Reich», cuya rama en Berlín (donde actuó varias veces Stadtler) estaba liderada por el industrial Salomon Marx (Deutsche Bank); la «Defensa Ciudadana» (Einwohnerwehr), una organización paramilitar de Baviera protegida y financiada por el gobierno, ejército y Friekorps con vínculos con Ernst Röhm (futuro comandante de las milicias del partido nazi); Las arcas de las tropas activas en ese momento y, «sorprendentemente», también al Partido Socialdemócrata de Alemania (Stadtler, 1935: 46-49).

Por si fuera poco, parece que Stadtler también estuvo involucrado en los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. A principios de diciembre, un folleto distribuido por Berlín en grandes cantidades proclamaba:

«¡Obreros, ciudadanos! A la patria se le acerca el final. ¡Salvadla! Se encuentra amenazada, y no desde fuera, sino desde el interior por la Liga Espartaquista. ¡Matad a sus líderes! ¡Matad a Liebknecht! ¡Entonces tendréis paz, trabajo y pan! [Firmado] Los soldados del frente».

Como recoge Haffner, a pesar de estar firmado por ellos, los soldados del frente aún no habían llegado a la capital en ese momento. Wolfram Wette responsabiliza a la Liga Anti-bolchevique de esta incitación de asesinato (Wolfram, 1987: 312-313). Es muy probable que, en efecto, la misma Liga y Stadtler estuvieran detrás del folleto, aunque Haffner apunta directamente al gobierno socialdemócrata (Haffner, 2005: 159).

«¡Liebknecht, el agente de Rusia!»: Folleto propagandístico de la Liga Antibolchevique llamando a luchar contra el levantamiento de enero de 1919 en Berlín. Fuente: Biblioteca Digital Alemana (Deutsche Digitale Bibliothek).

Según sus memorias, tras el final de los combates de enero de 1919 Stadtler visitó a Waldemar Pabst – que recibía financiación de los industriales Hugo Stinnes, Salomon Marx y Friedrich Minoux, entre otros – para convencerle de la «necesidad» de asesinar también a los líderes espartaquistas, incluido Karl Radek, un revolucionario presente en Berlín en nombre de Lenin. Supuestamente, Stadtler se lo justificó al oficial de la siguiente manera: « […] Puesto que, por el momento, parece que no hay líderes de nuestro lado, lo menos que podemos hacer es privar al otro lado de los suyos» (Stadtler, 1935: 52).

Con independencia de que se produjera o no esta conversación, Eduard Stadtler, su liga anti-bolchevique, sus organizaciones satélites y la industria que les financiaba no solo fueron partícipes en el aumento de crispación y odio hacia los revolucionarios sino que también colaboraron activamente y de la mano de los Friekorps en el aplastamiento de la revolución, ya sea a través de financiación, pasando información o colaborando directamente en sus filas.

El nazismo surge de las necesidades del capitalismo en su fase más agonizante, el imperialismo

Las propuestas de un «socialismo alemán» o «nacional-socialismo» de Eduard Stadtler financiadas por la oligarquía financiera alemana fueron un paso adelante en la construcción de una idea y proyecto burgués para ganarse el apoyo de las masas trabajadoras y alejarlas del marxismo, proyecto que meses después continuaría a través del partido nazi.

El uso del «socialismo» por parte de la clase dominante, una ideología política ligada desde el principio a la clase obrera, un sector históricamente marginado de la política, explotado y reprimido, también se explica por la fase en la que se encontraba el capitalismo en aquel momento, etapa conocida como Imperialismo:

Monopolios enormes que controlan ramas enteras de la producción y distribución, un estancamiento económico causado por este mismo monopolismo que hace que cada vez sea más difícil conseguir beneficios o encontrar lugares donde invertir, una consecuente deriva reaccionaria que convierte a los estados – encargados de mantener el orden y garantizar el flujo de sus negocios – en enormes maquinarias burocrático-militares cada vez más represivas, una negativa a conceder cualquier reforma o mejora social importante debido al estancamiento económico ya mencionado sumado a la posibilidad que estas puedan dañar la competitividad de sus negocios (y afectarles negativamente en el plano internacional, donde compiten con otros países rivales), las constantes crisis de sobreproducción que destrozan la economía, disparan la pobreza entre la población y que intensifican aun más la explotación hacia la clase trabajadora, que tarde o temprano se agrupa y se organiza entorno a los partidos marxistas y un largo etcétera que vino a confirmar que los antiguos métodos de represión hacia la clase trabajadora y difamación contra el socialismo simplemente no servían.

Propaganda del Partido de Centro (católico) contra el Partido Socialdemócrata de Alemania, 1912: «¡La socialdemocracia está contra la política mundial, contra las colonias, contra el ejército y la marina! ¡Abajo los rojos traidores a la patria!». Fuente: Museo Histórico Alemán, Berlín.

Además, según Kurt Gossweiler, gran parte de la clase dominante llega a la conclusión que no puede gobernar ni lograr sus objetivos imperialistas solamente con el apoyo de las capas burguesas y pequeñoburguesas (un sector minoritario de la sociedad) y sin un apoyo importante dentro de la clase obrera (Gossweiler, 2006: 111-112), un sector muy importante por su posición en la producción y, como demuestran las huelgas de inicios del Siglo XX, con posibilidad de causar grandes pérdidas a las empresas y a la propia economía del país.

Sin embargo, dentro de la clase dominante y la burguesía imperialista existían diferentes actitudes respecto a cómo afrontar este problema: la creación un sostén de apoyo entre la clase trabajadora. Por una parte, según Gossweiler, existía un sector «moderno» encuadrado en las jóvenes industrias química y eléctrica, sus ideólogos y sus representantes políticos, que veían con buenos ojos la posibilidad de transformar la socialdemocracia revolucionaria en un movimiento reformista social-liberal. Esta actitud también debe ser entendida dentro de la tendencia del capitalismo de apaciguar a parte de los trabajadores y comprar a sus representantes sindicales a cambio de una mayor explotación en los países dominados, especialmente África. Este sector vio en la adhesión de la dirección de la socialdemocracia alemana y de sus sindicatos en la defensa de patria durante la Primera Guerra Mundial la confirmación de sus análisis (Gossweiler, 2006: 112).

Por otro lado, antagónicos a esta visión se situaban los representantes de la «línea dura», de la política represiva y de la negativa a cualquier concesión a las organizaciones de la clase obrera. Este sector era fuerte en la industria pesada y, evidentemente, entre los grandes terratenientes (los Junkers). Sus razones eran variadas, pero principalmente porque se trataban de ramas industriales menos rentables que las jóvenes industrias y mucho más expuestas a una competencia cada vez más fuerte de los mercados exteriores (Gossweiler, 2006: 112).

En realidad, estas visiones son dos caras de una misma moneda. Aunque el capitalismo pueda permitirse apaciguar temporalmente a parte de los trabajadores y comprar a sus representantes, a la vez tiende globalmente a ceder cada vez menos reformas y mejoras sociales debido a su estancamiento económico y crisis cíclicas, da menos margen a los políticos reformistas y termina socando inevitablemente las libertades democráticas de la población.

Además, el capitalismo históricamente siempre ha buscado perpetuarse y utilizar tanto la «zanahoria» de la democracia burguesa y de las reformas para apaciguar y calmar a la población, como las del «palo» de la represión y eliminación de las libertades democráticas para mantener a raya al pueblo, siempre en función de las necesidades y opciones que tenga en cada momento.

Sin embargo, la ola revolucionaria tras la Primera Guerra Mundial, el débil estado en que se encontraban países como la misma Alemania y la capacidad real de que la clase obrera tomara el poder al estilo bolchevique, hizo que hasta los sectores más reaccionarios aceptaran colaborar temporalmente con la socialdemocracia.

Pero es en este momento donde la oligarquía financiera alemana, especialmente su sector más «duro», se plantea los planes de cara el futuro, ahora mucho más profundos y ambiciosos: Poner fin al tratado de Versalles por encima de cualquier cosa; la vuelta a las antiguas fronteras y territorios del imperio alemán arrebatados por las potencias rivales imperialistas, especialmente las colonias; quitarse de encima a una socialdemocracia que, por muy bien que hubiera actuado en 1918-1919 frenando las tentativas revolucionarias y apaciguando a la población, estorbaba; derrocar la joven República de Weimar y eliminar todas las concesiones (laborales y civiles) dadas en un periodo donde la burguesía alemana se encontraba débil y amenazada y, por último, volver a los estados autoritarios y monárquicos anteriores a la guerra.

Pero sus planes no acababan ahí, pretendían además eliminar para siempre la socialdemocracia (ya sea en su vertiente reformista o revolucionaria) y al movimiento obrero organizado. A sus ojos, la etapa en la que se encontraba el capitalismo (estancamiento económico, crisis económica permanente, inestabilidad política, guerras constantes, militarización de la sociedad, lucha fratricida entre países imperialistas por controlar el máximo de mercados en el exterior, conflictos con el movimiento obrero, auge del comunismo con la Unión Soviética de referencia,…) lo hacia incompatible con la democracia, con las libertades democráticas y con el parlamentarismo, por no hablar de la posibilidad que el «rebelde» movimiento obrero se organizara y defendiese los tímidos derechos adquiridos con la República de Weimar, e incluso aspirase a más.

Miembros del Ejército Rojo durante el Levantamiento del Ruhr. Dortmund, 1920. Fuente: Wikipedia

De esta manera, la oligarquía financiera se plantea lo que Gossweiler llama «realización de la doble misión»: ganarse el apoyo de amplias capas de trabajadores y simultáneamente, aniquilar el movimiento obrero». (Gossweiler, 2006: 113).

Construir una base de apoyo entre la clase obrera: Una tarea difícil para los pangermanistas. 

No es casualidad pues, que en este mismo periodo (Primera Guerra Mundial) surgieran las primeras tentativas y organizaciones para ganar una base de apoyo sólida en la clase obrera (Gossweiler, 2006: 113), siendo el uso del «socialismo alemán» (contrario al marxista) o demagogia social anticapitalista claros ejemplos.

Las primeras semillas fueron puestas en 1917 con la creación del ultraderechista Partido de la Patria Alemana (Deutsche Vaterlandspartei, DVLP) por la Liga Pangermana (Alldeutscher Verband), una organización elitista e imperialista alemana en la que, según el historiador Joachim Petzold, «se encuentran los orígenes del fascismo alemán» (Petzold, 1978: 25). Esta nueva organización, que pretendía situar a los trabajadores del lado de la burguesía «nacional», se fundó como un «partido popular» pero detrás de él se escondían los círculos influyentes de la burguesía monopolista (Krupp, Siemens, Phoenix AG, Bayer, Hugo Stinnes, Emil Kirdorf, Ernst von Borsig, Alfred Hugenberg, Deutsche Bank, …), destacados terratenientes y militaristas como Alfred von Tirpitz o Wolfgang Kapp, de facto los lideres del partido (Gossweiler, 2006: 114).

A pesar de los grandes esfuerzos – como la creación de una «sección obrera» en la dirección del partido, encargada de la propaganda y de las «aclaraciones nacionales-políticas» entre los trabajadores –, este primer intento de crear una base de apoyo entre el proletariado alemán fracasó debido a su cercanía con la elite tradicional imperial, los archienemigos del movimiento obrero. Era necesaria la creación de una organización obrera «nacional» que aparecería como autónoma para el mundo exterior, es decir, una organización «independiente» (Gossweiler, 2006: 115).

Para hacerlo, los pangermanistas del Partido de la Patria Alemana (Deutsche Vaterlandspartei) emplearon los sectores «amarillos» – los comités de fábrica hostiles a las acciones que pudieran perjudicar a la economía – como punto de partida para la creación de una organización obrera «nacional» en un futuro.

En el verano de 1917, Wilhelm Wahl, director de un comité de fábrica en una empresa Krupp de Bremen, había creado en estrecha colaboración con el «comité independiente por la paz alemana», lanzado en 1916 por los pangermanistas, el «Comité de trabajadores libres para una buena paz» que se convirtió el punto de partida para la creación de comités correspondientes en otros lugares de Alemania (Gossweiler, 2006: 115).

Anton Drexler, mentor político de Hitler y fundador del DAP (Deutsche Arbeiterpartei), precursor del NSDAP, inició su carrera política militando en el partido Deutsche Vaterlandspartei (DVLP) y fundando un «Comité de trabajadores libres para una buena paz» en Munich. Según Gossweiler, «Wilhelm Wahl, al igual que Drexler, tenía la intención de penetrar entre los trabajadores socialdemócratas con la ayuda de una propaganda socialimperialista que recurría a una demagogia anticapitalista, pero sólo contra el capitalismo de las potencias de la Entente, y en particular de Inglaterra» (Gossweiler, 2006: 115). Con este objetivo, Drexler abandonó el Deutsche Vaterlandspartei (DVLP) para convertirse en miembro del Sindicato Libre de Ferrocarriles para así adquirir una base más amplia de agitación.

Otras personas, particularmente Wolfgang Kapp (un alto funcionario prusiano y miembro del consejo de supervisión del Deutsche Bank), llegaron a la conclusión que había que ir aún más lejos y fundar un «partido nacional obrero». Kapp era uno de los que, ya relativamente pronto, deseaba hacer avances ideológicos entre los trabajadores organizados en la socialdemocracia y los sindicatos. Cuando, a principios de noviembre de 1917, Wilhelm Gellert, un empleado de la Deutsches Kalisyndikat (una patronal de la industria de potasa), miembro del DVLP y activo en el movimiento de los empleados, le presentó el plan para la fundación de un partido de obreros y empleados, le concedió un apoyo total. El objetivo no era otro que crear algo «nuevo» para «dirigir» el movimiento obrero hacia el campo patriótico. (Gossweiler, 1983: 544)

Wolfgang Kapp (1858-1922), miembro del consejo de supervisión del Deutsche Bank desde 1912, del Partido de la Patria (1917) y uno de los principales defensores de la necesidad de crear un partido obrero «nacional». Estuvo involucrado en la creación del DAAP. Fuente: Wikipedia

Según Gellert, esta organización podría perseguir los mismos objetivos que el Partido de la Patria (DVLP) pero, al mismo tiempo, subrayó la importancia que el Partido actuase «por sí solo» y, sobre todo, sin un vínculo visible con las organizaciones burguesas: sólo un movimiento nacional creado por los propios obreros y empleados podía «salvar a éstos de la contaminación socialdemócrata». Para ganarse a las masas obreras, el nuevo partido debía hacer suyas las reivindicaciones materiales de la clase trabajadora de manera declarativa y de cara al exterior, pero que al mismo tiempo renunciase por completo a las «frases» revolucionarias e internacionalistas (Gossweiler, 1983: 544).

De esta forma, apoyado por Wolfgang Kapp y la dirección del Partido de la Patria (DVLP), Gellert fundó en febrero de 1918 el DAAP: el Partido Alemán de Trabajadores y Empleados (Deutsche Arbeiter und Angestellten Partei). La carta fundacional del DAAP apareció en la mayoría de periódicos asociados al Partido de la Patria y también fue publicada por el Norddeutsche Allgemeine Zeitung, el portavoz semioficial del gobierno del Reich (Stegmann, 1972: 401). El empleador (Arbeitgeber), el organismo de la Asociación Central de Industriales Alemanes (CDI) – muy ligada a Krupp –, señaló el establecimiento del DAAP y elogió la organización «preservadora del estado y favorable a los empresarios» (Gossweiler, 1983: 545).

Su programa inicial estaba formado por un cúmulo de eslóganes anticapitalistas «recargados» de antisemitismo, ya apreciables en su programa de demandas de diecisiete puntos publicado poco después de su fundación y que, según Gossweiler, identifican al DAAP como un claro «preludio de un partido fascista» (Gossweiler, 1983: 546). Durante los meses siguientes a su fundación, el DAAP desarrolló una intensa agitación por una «paz victoriosa» alemana y contra el «Reichstag judío». No hay demasiada información sobre el alcance organizativo, los métodos de trabajo y el número de miembros que tenía el DAAP. Aparentemente, usaban los comités de trabajadores nacionalistas (como el de Anton Drexler en Múnich) como una especie de subestructura a la cual suministraban material de propaganda.

El DAAP fue financiado y controlado por la oficina central del Partido de la Patria (DVLP). A principios de agosto de 1918, Georg Schiele (confidente de Kapp) pidió al director de Krupp, Alfred Hugenberg, que proporcionara apoyo financiero al DAAP «en secreto» (Hagenlücke, 1997: 348).

El partido no tuvo éxito y tras sus pésimos resultados se abandonó el proyecto. Sin embargo, Gossweiler destaca que su fundación «fue un paso importante hacia la formación de un partido de tipo fascista. Fue creado en tanto que las eminentes personalidades grises del Partido de la Patria habían comprendido la necesidad de compaginar las consignas de nacionalismo y de paz con nuevas piezas de repuesto ideológicas (…)» (Gossweiler, 2006: 118).

La Baviera contrarrevolucionaria, el lugar de nacimiento del partido nazi

Conviene matizar que la construcción del partido obrero «nacional» no fue, en ningún caso, el resultado de un proceso perfectamente planificado de arriba a abajo. Recordemos que hasta aquel momento el capitalismo, que se sustentaba con el apoyo de las clases medias, le interesaba muy poco la situación que vivía la clase obrera: un sector explotado y totalmente desligado de la política. Cuando esta se empezó a organizar entorno a las ideas, sindicatos obreros y partidos socialistas, la respuesta de la clase dominante solía implicar una dura represión estatal a sus incipientes organizaciones, la difamación de su ideología en sus medios de comunicación, un constante uso del nacionalismo y patriotismo para contrarrestarlas así como tímidas reformas para apaciguar a los sectores obreros más «acomodados».

Sin embargo, con la Primera Guerra Mundial y la entrada del capitalismo en una fase de crisis generalizada, la oligarquía financiera no le quedó otra que abrir rutas ideológicas más modernas y nuevos «caminos» políticos, muchos de las cuales no terminaron llegando al lugar deseado. Según Gossweiler, «el partido fascista, producto final de estos esfuerzos, no fue inventado sino elegido tras una especie de proceso de selección como la organización más adecuada a las nuevas necesidades de los círculos más reaccionarios de la burguesía imperialista». Se trató, pues, de un proceso clásico de acierto y error, en muchas ocasiones contradictorio, y que respondió más a la propia dinámica natural de supervivencia del capitalismo que no tanto a un proceso estrictamente «planificado» con anterioridad.

Y es aquí donde aparece el Partido Obrero Alemán (DAP), la organización que en febrero de 1920 pasaría a convertirse en el tristemente conocido Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), conocido como partido nazi. Sin embargo, antes de entrar en la propia creación del partido nazi, Drexler y la aparición de Hitler en la escena ultraderechista, debemos contextualizar brevemente la situación de Baviera tras la guerra, el lugar donde nació el partido nazi.

Baviera, tradicionalmente conservadora, fue curiosamente el escenario de una revolución socialista que rápidamente se radicalizó y que terminó cristalizando en la conocida pero efímera República Soviética de Baviera (Abril-Mayo de 1919). La clase dominante, con el apoyo del Ejército y los Friekorps, no dudó en reprimir de forma sangrienta la recién nacida República Soviética. Tras su aplastamiento, le siguió una contrarrevolución política masiva encabezada por las autoridades militares que, con la proclamación inicial del estado de sitio y la ley marcial, tomaron plena autoridad en Baviera (Longerich, 2019: 53). La ‘izquierda’ fue completamente eliminada por el régimen militar mientras que este último alentó y apoyó decididamente a todas las fuerzas contrarrevolucionarias de derecha, incluidos los nacionalistas étnicos radicales (völkische).

El general Friedrich von Friedeburg (1866-1933) inspecciona el desfile de los Freikorps «Görlitz» tras el derrocamiento de la República Soviética; a caballo del líder de los Freikorps, el teniente coronel Wilhelm Faupel (1873-1945). Fuente: Akg Images

Varios departamentos, especialmente el ejército y la policía, fueron sometidos a purgas sistemáticas sobre las cuales se construyó un «sistema de seguridad integral». Además, según Longerich, «la sede de la Reichswehr estableció su propia ‘información’, es decir, departamento de inteligencia, cuya tarea era supervisar la vida política en Baviera e influir en ella en interés de la contrarrevolución». Este departamento trabajó en estrecha colaboración con el departamento legal y de prensa en el cuartel general militar de la ciudad bajo el control del posterior ministro de Justicia, Christian Roth (futuro militante del NSDAP) y el nuevo jefe de policía y pangermanista, Ernst Pöhner (Longerich, 2019: 53).

Además, gracias a la iniciativa del capitán de la Reichswehr, Ernst Röhm (que pocó después se uniría al DAP), se establecieron unidades de guardia locales [Einwohnerwehr], una milicia de ciudadanos mayoritariamente de la clase media, financiada por el ejército, el gobierno conservador y los Friekorps que, con 300,000 miembros, era considerada una garantía contra cualquier tentativa revolucionaria (Longerich, 2019: 53).

De esta manera, el ejército proporcionó el contexto para la vida política durante los meses siguientes. Dicho clima estaba dominado por un miedo histérico a la revolución, por un consiguiente deseo excesivo de «seguridad y orden» a toda costa, por una ola brutal de antisemitismo, por la frustración de las inesperadamente duras condiciones del tratado de paz signado ese mismo año y, en general, por una hostilidad directa hacia los «criminales de Noviembre», los políticos demócratas y de izquierda, las «políticas de cumplimiento» y el modelo de democracia parlamentaria introducido durante el otoño de 1918.

No es de extrañar, pues, que la hostilidad al socialismo, el miedo al desorden, el antisemitismo y el nacionalismo fueran actitudes clave que los círculos conservadores de derecha dominantes en Múnich compartían con los elementos völkisch de extrema derecha en la ciudad (Longerich, 2019: 54). Aunque sus actividades no eran nuevas y surgieron antes de la Primera Guerra Mundial, ahora, bajo el régimen militar contrarrevolucionario, estos grupos que en el pasado habían sido considerados sectas marginales adquirieron importancia política. En palabras de Peter Longerich, este contexto «produjo un terreno fértil que convirtió a Múnich en el lugar de nacimiento del nacionalsocialismo» (Longerich, 2019: 54). Y fue en esta atmósfera fértil donde, como veremos, Hitler se involucró activamente en la política.

La creación del Partido Obrero Alemán (DAP): un partido «obrero» aupado desde «arriba».

Aunque pueda parecer que la creación del DAP surgió de manera espontánea de un grupo de personas de tendencia nacionalista y de status social más bien bajo – como el propio Hitler o Drexler –, esta organización no solo nació claramente de su organización antecesora, el DAAP y la Liga Pangermana y asumió rápidamente los postulados históricamente defendidos por el imperialismo alemán y la extrema derecha, sino que también fue claramente creada desde arriba, concretamente por las altas esferas económicas, políticas y militares que gobernaron de facto Baviera tras el derrocamiento violento de la República Soviética a manos de los Freikorps (Longerich, 2019: 53, 66).

Es en este contexto donde aparece Hitler, quien se encargó más tarde de crear una serie de mitos que inexplicablemente aun perduran en no pocas obras bibliográficas o documentales en televisión. A modo de instancia, el futuro dictador nunca fue enviado por el ejército para «espiar» ni «vigilar» a un nuevo y desconocido partido llamado DAP en 1919 (Partido Obrero Alemán – antecedente del NSDAP), ni tampoco llegaría a unas determinadas posiciones políticas por iniciativa propia, como explicó él mismo años después (Longerich, 2019: 58).

En realidad, Hitler – de origen pequeño-burgués, hasta aquel momento alejado de la política, sin estudios, con nulas perspectivas laborales y ante al temor a ser desmovilizado del ejército y perder su único trabajo en aquel momento – fue adoctrinado e introducido en sus primeras ideas «políticas» por el mismo ejército, a partir del cual pudo mantener su estatus como soldado – su prioridad en ese momento – convirtiéndose en orador y propagandista anticomunista y antisemita a sueldo de la Reichswehr, cuya obsesión en ese momento no era otra que «adoctrinar políticamente a los soldados que regresaban de los campos de prisioneros de guerra para vacunarlos contra tendencias revolucionarias» (Longerich, 2019: 58).

Poco después, Karl Mayr, el mismo capitán de la Reichswehr que adoctrinó a Hitler, lo envió al DAP como orador y propagandista con el fin de aumentar la influencia del partido dentro del campo de la extrema derecha, que como parte de la Reichswehr estaba apoyando y protegiendo activamente desde el aplastamiento de la República Soviética de Baviera, siempre con el objetivo de alejar a la clase trabajadora del marxismo e influir en favor de los intereses de la contrarrevolución (Longerich, 2019: 65).

El terreno fértil que proporcionaba la Baviera contrarrevolucionaria, que en aquel momento protegía y aglutinaba a los sectores más reaccionarios y anticomunistas del imperialismo alemán, estaba inevitablemente condenado a convertirse en el lugar de nacimiento del partido fascista, ese «nuevo» partido obrero «nacional» que los pangermanistas venían intentando construir desde 1917. A diferencia de las experiencias pasadas, el clima contrarrevolucionario (en el que los pangermanistas contribuyeron activamente) así como su implicación directa desde un inicio permitió que el partido no solo desplegara sus alas sino que se asentase definitivamente como organización de masas.

A través de la figura del mismo Hitler, que no deja de ser un producto del capitalismo en decadencia de aquella época, podemos ver cómo el imperialismo alemán, es decir, el entramado económico, político y militar del capitalismo moderno alemán, plantó las «semillas» del nazismo, creando las primeras organizaciones fascistas (especialmente el DAAP y DAP) y «cuidándolas» desde un inicio a través de la propia Reichswehr, el estado bávaro contrarevoluonario de 1919, grandes empresarios y personalidades ultraderechistas. No podemos nombrarlas a todos, aunque sí debemos destacar a algunas de estas personalidades y organizaciones claves en la creación y puesta en marcha del partido nazi:

  • El ya mencionado capitán Karl Mayr, el «jefe» y mentor inicial de Hitler – más bien adoctrinador – que introdujo a muchos de sus compañeros del ejército (Alois Grillmeier, Ernst Röhm, …) y a sus mejores oradores anticomunistas (Hitler, Hermann Esser,…) al partido, del cual también era miembro y financiador.
  • Protección y apoyo de importantes cuadros de la Reichswehr estacionados en Baviera como Konstantin Hierl, Eduard Dietl, Rudolf Schüssler, algunos de ellos – como el propio Mayr, Hierl o Röhm (futuro comandante de las SA) – con responsabilidad directa en las instituciones militares y que, de facto, gobernaban Baviera tras la supresión de la República Soviética. Dentro de este entramado estatal-militar que convirtió Baviera en un paraíso contrarrevolucionario donde la izquierda fue totalmente eliminada del mapa, debemos mencionar también a Christian Roth (futuro militante del NSDAP) al frente del departamento legal y de prensa en el cuartel general militar de Múnich, y Ernst Pöhner, furibundo anticomunista y jefe de policía de Múnich quien además de ser miembro del grupo local de la Liga Pangermana y de la Sociedad Thule, creó un «departamento político», cuya dirección transfirió a su leal asistente Wilhelm Frick, futuro ministro del Interior durante la dictadura nazi (Longerich, 2019: 53).
  • Apoyo inicial de la ultraderechista Liga Pangermana (Alldeutscher Verband), organización detrás de la cual se encontraba el sector más reaccionario e imperialista de la oligarquía financiera alemana. Liderada por Heinrich Claß, una persona muy influyente dentro de la extrema derecha alemana, la asociación financió en varias ocasiones (150.000 RM en 1922) las actividades iniciales del partido nazi en Baviera sin las cuales no hubiese podido operar (Longerich, 2019: 95). A pesar del clima de rivalidad constante y desconfianza mutua que existía dentro del campo ultraderechista, el apoyo directo e indirecto de la Liga Pangermana – especialmente a través de su grupo local de Múnich –  así como de sus organizaciones paraguas fue indispensable para el desarrollo inicial del DAP y posterior NSDAP (Longerich, 2019: 67, 68, 95). La influencia ideológica, política y financiera de esta asociación en la creación y expansión del partido fue tal que años después, en plena dictadura nazi, los pangermanistas afirmaron repetidamente que «el nacionalsocialismo era un hijo de la Asociación Pangermana» (Kruck, 1954: 193).
  • Apoyo vital de la Deutschvölkischen Schutz- und Trutzbund (DVSTB), una plataforma antisemita fundada por la Liga Pangermana en febrero de 1919, tras los sucesos revolucionarios de enero. La organización, que usaba la esvástica, se marcó como objetivo extender propaganda antisemita por toda la población, especialmente entre la clase trabajadora (Jackisch, 2016: 27). Gracias a la financiación en secreto del magnate industrial Emil Kirdorf y otros pangermanistas adinerados como Carl Caesar Eiffe, Konstantin von Gebsattel y Gertzlaff von Hertzberg, la organización inundó Alemania con cantidades sin precedentes de propaganda extrema antisemita y asumió la posición dominante dentro del campo ultraderechista völkisch de posguerra (Lohalm, 1970: 100-101), llegando a tener a cerca de 180,000 miembros en sus filas (Merkl, 1975: 625). En la sucursal Bávara de la DVSTB, el partido nazi pudo desarrollar una grandísima actividad y su crecimiento inicial fue en gran parte gracias a lo previamente construido por la Trutzbund (Longerich, 2019: 55, 70, 71, 82). Cuando los tribunales de Weimar ilegalizaron y disolvieron la plataforma entre 1922-1923 por estar vinculada con el asesinato del Ministro de Relaciones Exteriores Walther Rathenau (Jackisch, 2016: 28), muchos de sus miembros se unieron al partido nazi por orden directa de los lideres de la DVSTB (Lohalm, 1970: 280-281). El uso demagógico del antisemitismo tras la Primera Guerra Mundial se generalizó dentro del campo de la extrema derecha alemana – y también del partido nazi – en la medida que les servía como chivo expiatorio y herramienta para la agitación de masas contra el marxismo (Lohalm, 1970: 54). Por último, muchos de los futuros altos cargos y sanguinarios funcionarios nazis durante la dictadura (Reinhard Heydrich, Oskar Dirlewanger, Erich von dem Bach-Zelewski, Leonardo Conti, …) iniciaron su militancia y formación política en la Deutschvölkischen Schutz- und Trutzbund (Jung, 2000: 21).
Delegación del NSDAP durante el Día Alemán organizado por la Deutschvölkischer Schutz- und Trutzbund en Coburg, 1922. Fuente: Wikipedia
  • Paul Tafel, director de la empresa MAN (Maschinenfabrik Augsburg-Nürnberg, hoy en día propiedad de Volkswagen) y miembro de la junta directiva de la Federación Bávara de Industriales. Fue un importante miembro de la ultraderechista Liga Pangermana y Sociedad Thule, así como también de la Deutschvölkischen Schutz- und Trutzbund. Tafel fue el mentor político de Anton Drexler y la persona que lo inspiró para fundar el DAP en 1919 (Bauer, 2008: 92); una nueva organización independiente de los partidos burgueses capaz de agitar el nacionalismo y «socialismo alemán» en vistas de atraer a la clase trabajadora al campo patriótico, alejarlas del marxismo y construir un estado corporativo (Schulz, 1975: 175). Tafel se convirtió rápidamente en militante y financiador del DAP y, como miembro importante de la Liga Pangermana, representa junto con Drexler uno de los hilos de continuidad directos entre el DAAP y el DAP que no deben obviarse.
  • La elitista y antisemita Sociedad Thule, el «punto de apoyo clandestino de la contrarrevolución» durante la República Soviética y una organización clave en la posterior Baviera contrarrevolucionaria, caracterizada por su densa red de organizaciones de extrema derecha bajo la protección del ejército y la policía (Longerich, 2019: 54). La Sociedad, con conexiones con el establishment conservador, se involucró en la formación de los Freikorps Epp y Oberland y puso su sede en el prestigioso Hotel Vier Jahreszeiten a disposición de otros grupos de extrema derecha. Su periódico, Münchener Beobachter (Observador de Múnich), adquirido por la sociedad en agosto de 1918, fue el principal portavoz del movimiento völkische en la Múnich de posguerra (Longerich, 2019: 55). Este periódico se convertiría más tarde en el Völkischer Beobachter, el principal periódico nazi. La Sociedad Thule, con vinculos con la Liga Pangermana, fue clave en la creación del Partido Obrero Alemán (que un año después se convertiría en el Partido Nazi, NSDAP): También interesados en construir un contrapeso al socialismo entre la clase trabajadora, se centraron en intentar de alguna manera introducir un componente social en el nacionalismo y el antisemitismo. Sebottendorf, al frente de la Sociedad Thule, afirmó años después haber sido responsable, junto con Drexler y Harrer (ambos miembros de la Sociedad), de establecer, el 18 de enero de 1919 en las instalaciones de la Sociedad Thule, una «asociación ‘nacional socialista’ de trabajadores» (Longerich, 2019: 64), asociación que más tarde pasaría a ser el DAP (Partido Obrero Alemán).
  • El General de la Reichswehr y líder de los Freikorps Franz Ritter von Epp, quien en diciembre de 1920 puso a disposición del NSDAP 60.000 Reichsmarks de fondos secretos del ejército (junto con otros 56.000 RM del empresario pangermanista y miembro del partido nazi desde aquel mismo año, Gottfried Grandel) para que el partido adquiriera el Völkischer Beobachter, que pasaría a ser el periódico oficial del partido nazi (Longerich, 2019: 83)
  • Fritz Thyssen, un industrial del acero que en octubre de 1923 entregó al general Ludendorff 100.000 marcos para el NSDAP (Gossweiler, 2006: 115) (Shirer, 1960: 144).
  • El mismo general Erich Ludendorff, dictador militar que gobernó Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Ludendorff era un reconocido defensor y figura clave dentro del movimiento nazi tras la guerra y un hombre de confianza de los industriales armamentísticos de la región del Ruhr (Gossweiler, 2006: 18). Fue uno de los promotores iniciales de la leyenda de la puñalada por la espalda, que más tarde recogería toda la derecha alemana, incluido Hitler. Sus ideas ultraderechistas y reaccionarias llegaron a tal nivel de extremismo que incluso terminaron causando malestar y discrepancias con el propio partido nazi.
  • Emil Kirdorf, uno de los magnates más poderosos del Ruhr, que no sólo financió personalmente al partido y fue miembro desde 1927 sino que también amplió su círculo de contactos con altas esferas del mundo empresarial.
  • Theodor Reismann-Grone, propietario de varios periódicos de tendencia derechista y director gerente de la Asociación Minera de Dortmund, una patronal conocida por su actitud antisindical, intransigente y despótica hacia los trabajadores mineros del Ruhr. Theodor fue miembro de la Sociedad Colonial Alemana y como firme defensor de la necesidad de «nacionalizar a los obreros» y de un «líder» fuerte, fue un partidario entusiasta de Hitler ya en la década de 1920 (Frech, 2009: 242).
  • Dr. Emil Gansser, químico alemán de Siemens y miembro del partido nazi desde 1921, sin olvidarnos de Karl Burhenne, jefe del departamento de política social de Siemens que desde 1919 apoyó y financió al partido nazi durante sus primeros años. (Longerich, 2019: 95)
  • El industrial del acero Ernst von Borsig (Turner, 1985: 70), financiador inicial de Hitler que también consta como partícipe en la creación de la Liga Antibolchevique en 1918.
El nazismo actuó como tropas de coche contra el marxismo desde el principio. En la fotografía, Adolf Hitler, de pie sobre la multitud y de espaldas, revisa a los soldados de las SA y su pancarta «Muerte al marxismo». Alemania, 1926. Fuente: Library of Congress, Washington, D.C.

El ejemplo de IG-Farben: La dictadura del nazismo (1933-1945) y como hizo realidad los objetivos más reaccionarios y belicistas de la oligarquía financiera alemana

Si el capitalismo, en un estado de crisis general desde 1914, ya se encontraba cuestionado, el crac del 1929, otra crisis de sobreproducción, no hizo más que empeorar la situación: Millones de parados, pobreza generalizada, radicalización de sectores amplios de la sociedad que buscaban superar este sistema económico, inestabilidad política, auge de los partidos comunistas por toda Europa con la influencia de la Unión Soviética,… Como consecuencia, a partir de 1929, estos mismos banqueros, empresarios y magnates del acero y el carbón que apoyaron La Liga Antibolchevique y las primeras organizaciones fascistas no solo continuaron apoyando al partido nazi para intentar alejar a la clase trabajadora del marxismo sino que depositaron en él todas las esperanzas para el futuro.

La democracia parlamentaria resultaba incapaz de mantener el orden de sus negocios, había dejado de ser funcional. Y enfrente, un potente movimiento comunista y obrero influenciado por la URSS no hacía más que ganar adeptos, propugnándose abiertamente como alternativa a su sistema. Estableciendo una dictadura abierta y utilizando métodos terroristas de gobierno, la burguesía pretendía eliminar las libertades democráticas, aplastar al partido comunista y al movimiento obrero, y recuperar la influencia económica que tenía Alemania antes de su derrota en la Primera Guerra Mundial mediante el rearme, el inicio de una guerra de revancha, la conquista de tierras en el este y la destrucción de la odiada Unión Soviética, la «llama de la revolución». Pretendían, en otras palabras, eternizar la supervivencia del capitalismo a costa de la clase trabajadora, que ahora se vería esclavizada y sin posibilidad alguna de defenderse frente a los embates de la burguesía.

Aunque se suele afirmar de forma simplista que los grandes empresarios solo apoyaron a Hitler tras 1932, cuando su movimiento político era ya el primero en votos, la gran burguesía alemana llevaba desde 1926-1928 apoyando la reconstrucción del partido tras su ilegalización en 1923, y le incrementó el apoyo aun más con el estallido de la crisis en 1929. No podemos nombrarlos a todos los empresarios, banqueros y terratenientes que se unieron al partido nazi y lo financiaron a partir de 1930. Sin embargo, se trata de los mismos sectores monopolistas que dirigían la economia alemana y que estuvieron involucrados anteriormente en creación de la Liga Pangermana, La Liga Antibolchevique (1918), el DAAP y el NSDAP: Fritz Thyssen, Wilhelm Keppler, Emil Kirdorf, Otto Dietrich, Kurt von Schröder, Walter Tengelmann, Hjalmar Schacht, Emil Georg von Stauss (Deutsche Bank), Walter Funk, Alfred Hugenberg, el general Von Seeckt, el Junker von Oldenburg-Januschau, Edmund Stinnes, Carl Friedrich von Siemens (Siemens), Poensgen, Vögler, Friedrich Flick, Paul Reusch, Otto Meynen y Franz Reuter, Carl Bosch, Fritz Beindorff (Deutsche Bank), Gustav Krupp, August Rosterg (Wintershall AG), ….

La lista es interminable. Animamos al lector a interesarse por todos los nombres y compañías que apoyaron al partido nazi, algunos de los cuales aparecen en la reunión secreta de 1933, la petición de la «Asociación de Política Económica de Frankfurt am Main» de 1931, la Sociedad para el Estudio del Fascismo (1931), el Departamento de política económica del NSDAP (1931) o en la Industrielleneingabe (petición industrial) de 1932, entre otras.

Nada más fue puesto Hitler al poder en 1933, el partido comunista y el movimiento obrero fue brutalmente reprimido, ilegalizado y enviado en campos de concentración. Se eliminaron las libertades democráticas y, también en contra de lo que la pseudohistoria popular defiende, la situación general para la clase trabajadora no mejoró: los salarios bajaron, los impuestos subieron y los dividendos para las corporaciones incrementaron como nunca antes gracias al trabajo esclavo, la inexistencia de sindicatos y los numerosos contratos estatales ligados al rearme de la economía alemana buscando otra guerra de revancha, esta vez quizás con mejores resultados que la de 1914.

Las consecuencias son, tristemente, conocidas: El periodo más oscuro de la humanidad, el conflicto más mortífero de la historia. Los planes imperialistas y genocidas alemanes causaron cerca de 50 millones de muertes (militares y civiles), millones de desplazados, un número incontable de heridos, innumerables crímenes contra la humanidad, deportaciones en masa, detenciones ilegales, campos de concentración y exterminio, trabajo esclavo… La pobreza, el dolor y el sufrimiento sistemático que tuvo que soportar la población nos es a día de hoy difícil de llegar a comprender.

Pero si algo define el horror nazi fue el holocausto, un genocidio masivo e industrializado llevado a cabo a través de campos de exterminio, ejecuciones en masa y asesinatos que se llevaría la vida de alrededor de 20 millones de personas, incluyendo 6.000.000 de judíos, 6.000.000 de civiles soviéticos sumado a los 3.000.000 de prisioneros del Ejército Rojo y cerca de 2.000.000 de polacos, sin olvidarnos de las 270.000 personas discapacitadas, 30.000 comunistas alemanes (Allan Merson, 1999: 293) y 5.000 republicanos españoles asesinados en los campos nazis, por citar algunos de los grupos considerados «inferiores» o «indeseables» para el régimen criminal de Hitler.

Mientras que para la humanidad, envuelta en una guerra terrible, este periodo fue un infierno absoluto difícil de ni siquiera resumir en palabras, para otros fue un periodo glorioso. Los mismos que entre 1914-1918 enviaron a la muerte a millones de soldados buscando repartirse el mundo, los mismos que en 1917-1920 crearon las primeras organizaciones fascistas modernas – y, en concreto, al partido nazi – buscando alejar a la clase obrera del marxismo, los mismos que lo apoyaron durante los años veinte, los mismos que lo pusieron al poder cuando los negocios peligraron y la democracia parlamentaria resultaba definitivamente incapaz de mantener el «orden», estos mismos lograron increíbles beneficios.

Hitler con industriales y banqueros alemanes, entre los que destaca el presidente del Banco Central (Reichsbank) y Ministro de Economía Hjalmar Schacht. 16 de Junio de 1937. Todos ellos financiaron al partido nazi antes de 1933 y, como tal, se beneficiaron ampliamente durante la dictadura gracias al trabajo esclavo, la ilegalización de sindicatos y los contratos estatales encarados al rearmamento y la guerra. Fuente: Bridgeman Images

Una de estas corporaciones fue IG-Farben, y de alguna manera nos sirve para resumir la naturaleza del nazismo y de su propio «creador», el capitalismo. IG-Farben nació en 1925 como unión de varias empresas químicas alemanas, entre las que encontramos BASF, Bayer, Hoechst y Agfa. El jefe del consejo de supervisión de este enorme monopolio era el industrial Carl Duisberg, un furibundo pangermanista y anteriormente CEO de Bayer. Años atrás, Duisberg defendió y presionó para el uso de armas químicas durante la Primera Guerra Mundial y en 1916, junto con Walther Rathenau y Hugo Stinnes, exigieron con éxito la represión contra la población civil de la Bélgica ocupada y la deportación de civiles para la realización de trabajos forzados (Thiel, 2007: 109).

Gracias a los trabajos del historiador Kurt Gossweiler tenemos constancia que ya desde 1927-1928 IG-Farben mantenía contactos y apoyaba de manera secreta al partido nazi, y lo hacía a través de personajes cómo el propio farmacéutico Gregor Strasser, una figura de supuesta tendencia izquierdista pero que tras ser derrotado y expulsado del partido nazi se convirtió en director del grupo Schering-Kahlbaum, una empresa químico-farmacéutica subsidiaria de IG-Farben en Berlín (Gossweiler, 2006: 98).

Aparte del empresario e ingeniero químico Werner Daitz, un pionero del nacional-socialismo y miembro del partido desde 1931 cuyos trabajos serían difundidos más tarde por IG-Farben (en el que también era director de empresa), otra figura relacionada con el grupo fue Robert Ley, desde 1920-1921 químico de Bayer – posteriormente IG-Farben – que mantuvo su puesto durante años a pesar de sus funciones como destacado dirigente nazi. Al parecer, tras 1928, Ley seguía cobrando de IG-Farben aun estado desvinculado del grupo, dinero que muy probablemente terminaría financiando actividades de propaganda cómo el periódico nazi Westdeutscher Beobachter (Gossweiler, 2006: 99).

Otro personaje con vínculos con IG-Farben fue el infame empresario químico Wilhelm Keppler, miembro del partido nazi desde 1927, asesor económico de Hitler y en general una persona con importantes conexiones con el mundo empresarial. Al parecer, años antes, Keppler había actuado como intermediario de IG-Farben en un intento para hacerse con el control total de las plantas químicas Odin GmbH en Eberbach, proceso en el que también estuvo involucrado el banquero Kurt von Schröder. Años después, el 4 de enero de 1933, Wilhelm Keppler y Kurt von Schröder organizarían la reunión secreta entre Hitler y Franz von Papen donde se acordó la formación de un nuevo gobierno y el inicio de la dictadura fascista en Alemania. Más tarde, y entre muchas otras «tareas», Keppler presidió el consejo de supervisión Braunkohle-Benzin AG, una empresa subsidiaria de IG-Farben dedicada a la destilación de combustibles y otras necesidades para las fuerzas militares alemanas durante la Segunda Guerra Mundial.

En julio de 1931, la «Asociación político-económica Fráncfort del Meno» (Wirtschaftspolitischen Vereinigung Frankfurt am Main), muy ligada a IG-Farben, pidió por carta al presidente Hindenburg que nombrara a Hitler canciller. Entre los firmantes se encontraba Hans Geisow, un acérrimo nacionalsocialista e importante químico de IG-Farben. También a finales de 1931, Wilhelm Mann, miembro del consejo de supervisión de Degesch (la empresa química que vendió el infame gas venenoso Zyklon B en el transcurso del holocausto) y miembro adjunto de la junta ejecutiva de IG-Farben, se unió al partido nazi (Gossweiler, 2006: 22). En noviembre de 1932, a petición de Carl Bosch, presidente del comité directivo de IG-Farben, los directivos del grupo Heinrich Bütefisch y Heinrich Gattineau se reunieron con Hitler, que les aseguró que la producción sintética de gasolina sería subvencionada por un posible gobierno dirigido por los nazis (Gossweiler, 2006: 52). También según Diarmuid Jeffreys, Carl Bosch ya estaba proporcionando financiación al Partido Nazi en aquella época (Jeffreys, 2009: 149).

Por si fuera poco, IG-Farben consta como como el mayor donante en la Reunión secreta de 1933, donde la oligarquía financiera alemana donó 2,071,000 Reichsmarks (equivalente a casi 9 millones en la actualidad) para apoyar al partido nazi frente a las elecciones parlamentarias de marzo. (Nazi Conspiracy and Aggression VII, 1946: 501)

Durante la dictadura nazi se consolidó definitivamente como el mayor grupo químico del mundo y en una de las empresas más poderosas del planeta, gracias a la guerra y los contratos para el ejército, el trabajo eslavo, así como las anexiones de territorios y las posteriores adquisiciones de plantas químicas rivales. Durante la Guerra Civil Española, IG-Farben donó en varias ocasiones cantidades de 100.000 pesetas a los golpistas. Junto con Siemens y otras empresas alemanas, el grupo apoyó a la Legión Cóndor equipando a sus combatientes. Por si fuera poco, al parecer IG-Farben produjo las bombas incendiarias con las que la Legión Cóndor arrasó Guernica y otras ciudades vascas (Schmelzer, 1966: 25).

Heinrich Himmler (segundo por la izquierda) junto con Max Faust (Ingeniero de IG-Farben, jefe de operaciones de construcción en Monowitz-Buna y miembro del partido nazi desde mayo de 1933) visitando la construcción de la planta de IG-Farben en Auschwitz, julio de 1942. En la fotografía también aparecen varios oficiales de las SS, el comandante del campo de concentración Rudolf Höss y distintos ingenieros de IG-Farben. Wikipedia

Pero si por algo es conocida IG-Farben es por haber usado mano de obra esclava de los campos de concentración (incluyendo 30.000 en Auschwitz), por estar involucrada en experimentos médicos con reclusos tanto en Auschwitz como en Mauthausen y por tener el 42,5% del accionariado de Degesch, una empresa química que tenía la patente del infame Zyklon, un pesticida cuya variante «Zyklon B» acabó con la vida de más de un millón de personas en las infames cámaras de gas durante el Holocausto (Bartrop, 2017: 742). A través de las empresas Tesch & Stabenow GmbH (Testa) y Heerdt-Linger (Heli), Degesch vendió el gas venenoso Zyklon B al ejército alemán y las Schutzstaffel (SS). Durante los años 1938 a 1943, Degesch fue extremadamente rentable y mientras millones de persones sufrían en sus carnes el infierno del holocausto, IG-Farben recibió dividendos por el doble del valor de sus acciones (Hilberg, 2003: 952).

Nazismo
Prisioneros judíos en Monowitz, Auschwitz. 1941. Fuente: Wikipedia. La esperanza de vida de los trabajadores judíos en el complejo industrial de IG-Farben era de tres a cuatro meses; para los que trabajan en las minas periféricas, solo un mes. Aquellos considerados no aptos para trabajar eran gaseados en el infame Auschwitz II-Birkenau. Para 1944, el total de  trabajadores esclavos ascendía a 80.000 y se estima que 10.000 prisioneros del campo de concentración de Auschwitz perdieron la vida trabajando para IG-Farben.

Tal y como resume Kurt Gossweiler, el fascismo es la consecuencia extrema de la tendencia a la reacción y a la violencia inherentes al Imperialismo, la fase más agonizante del capitalismo (Gossweiler, 2006: 14). El ejemplo de IG-Farben, el grupo monopolístico más importante durante la dictadura nazi, pone trágicamente de manifiesto la naturaleza criminal del III Reich: Paraíso para los industriales, para los banqueros, para la clase dominante que en 1918-1919 creó la Liga Antibolchevique y las primeras organizaciones fascistas modernas (DAAP, DAP, NSDAP, …). Y, por otro lado, infierno, explotación, guerra, genocidio y muerte para la clase trabajadora, para los pueblos, para la humanidad.

 

 

Bibliografía:

LONGERICH, Peter: Hitler: A Life, Oxford University Press, UK, 2019.

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