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Diosas y Mujeres; un paralelismo degenerativo

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Innana-Isthar, British Museum

El análisis del mundo antiguo se presenta siempre como una tarea ardua. La distancia temporal y la falta de información en según qué aspectos convierten el estudio en una tarea compleja. El campo de la religión y su ámbito no es una excepción.

Tal y como establece Westenholz[1], al acercarnos a las religiones en la antigüedad debemos deslindarnos de los prejuicios y filtros de nuestro tiempo para lograr captar la esencia del concepto antiguo.

De igual manera, no solo se trata de retrotraernos lo máximo posible de nuestro contexto sino también de ser conscientes de las transformaciones que sufre el periodo analizado. Únicamente de esta manera lograremos acercarnos a la comprensión del mundo antiguo.

En este artículo pretendemos establecer qué tipo de presencia tuvieron las diosas en la mitología y rituales en el III y II milenio a. C.

En la religión del Próximo Oriente Antiguo son diversas las vías a través de las cuales rastrear información acerca de las divinidades femeninas: nombres propios o de lugares, lista de deidades, inscripciones, ofrendas votivas, literatura mitológica, himnos, plegarias e incluso exorcismos.[2]

Tradicionalmente, la historiografía a dividido el tercer milenio mesopotámico en tres periodos: el dinástico temprano (2900-2350 a. C.), el antiguo acadio (2350-2150 a. C.) y el neosumerio (2100-2000).

División político-geográfica de Mesopotamia.

III Milenio.

Los sumerios (2900-2350 a. C.)

Los sumerios organizaron la teogonía del mundo mesopotámico. Fueron los responsables del reconocimiento y descubrimiento de gran multitud de dioses que serán transmitidos a etapas posteriores.[3] Aunque debemos precisar que esa herencia mitológica se transmite en cuanto a nombres y no necesariamente en cuanto a significado tal y como desarrollaremos en el artículo.

Las divinidades sumerias fueron vinculadas a las ciudades en calidad de protectoras, actuando como divinidades principales en esas ciudades independientemente de si eran divinidades femeninas o masculinas.

Al respecto es importante establecer la inexistencia de una desinencia femenina en el sumerio, por lo que cuando encontramos en los textos referencias a divinidades pueden ser cambiantes. De esta manera, lo que en unas ciudades es concebido como una divinidad masculina en otras se asocia al femenino.

La teogonía sumeria, al igual que la de las civilizaciones posteriores (tanto dentro como fuera de Mesopotamia), estuvo expuesta a transformaciones.

En la primera de las versiones (Nipur), la característica principal es la reciprocidad entre el elemento divino masculino (Heaven- An) y el femenino (Earth- Ki).

En la segunda de las versiones (Eridu), el elemento divino único es Nammu, una diosa que ejerce como personificación de las aguas subterráneas, primer elemento de la creación a partir del cual aparecerían Ki y An.

Lo verdaderamente relevante de la teogonía sumeria es la consideración del papel femenino. Los sumerios conciben a las divinidades femeninas como creadoras, “madres de la vida”. Esta clasificación puede ser considerada como un elemento limitado en tanto en cuanto la divinidad femenina queda restringida al papel de “madre”.

No obstante, y en contraposición, nos gustaría aclarar que este simbolismo tiene unas connotaciones positivas al situar a divinidades femeninas en el rol de creadoras de toda vida. El caso de Nammu es esencial para comprender que los sumerios otorgaban a las diosas un papel primigenio dentro de la teogonía y de la mitología.

Siguiendo estos presupuestos, las divinidades femeninas ocuparán puestos de relevancia dentro de la mitología sumeria pero con la acepción principal de “madres” o “diosas creadoras de vida”. Diosas como Ninhursaga, Nintu, Dingir-mah o Ninmah. Una serie de diosas que traen a la vida a los inmortales.[4]

En cualquier caso, a pesar de que la mitología sumeria vincule a las diosas a la faceta de “creadoras de vida”, no es su único rasgo distintivo. La mitología sumeria también otorga un rol fundamental en cuanto a la decisión del destino de sus hijos.

Tal y como señala Frymer-Kensky, las atribuciones de las diosas sumerias tienen su reflejo e impacto en la sociedad, pretendiendo ser los ejemplos paradigmáticos de comportamiento.[5]

Un ejemplo claro sería la diosa Amageshtinanna, muestra perfecta de la devoción de una hermana (en este caso hacia Dumuzi). Pero existen más relatos ejemplificadores sobre temas diversos como: la esposa (Uttu), la mujer libre (Inanna), la hija, la madre (Ninmah), la madrastra e incluso la reina (Ninlil). En definitiva, una serie de relatos que ejercen a modo de “Espejos de príncipes” para la sociedad.

Representación de la diosa Uttu en estela.

La ritualística sumeria debe enmarcarse dentro del templo de cada localidad. Para la etapa sumeria no tenemos datos exactos sobre el número de ciudades vinculadas a divinidades femeninas protectoras (patronas). Este número nos indicaría la relación directamente proporcional al número de templos “hogar” de una diosa como divinidad principal.

Representación de Isthar Innana, British Museum

Otras prácticas de carácter ritual se encuentran en los hogares.[6] Deidades como Ezina/Ashnan se ocupan del cultivo del grano, Lahar y Duttur diosas protectoras de las ovejas, Ninurta diosa de la agricultura. También encontramos diosas en otros aspectos como Ninkasi, diosa de la cerveza y Geshtinanna, diosa del vino. Generalmente tienen unas connotaciones de fertilidad, bonanza o buen augurio.

En definitiva, y por no continuar con una lista prácticamente ilimitada, esta serie de divinidades se asociaban a prácticas más comunes o domésticas. Unas divinidades que recibían el culto en el hogar en función de las necesidades de la familia.

Otros ritos asociados a divinidades femeninas es el lamento público. El lamento por los difuntos era una actividad pública de carácter religioso que debía ser teatralizada en el mundo sumerio. Unos rituales que realizaban las mujeres de la familia del difunto en culto para con la divinidad.

Antes de proseguir con el periodo acadio, nos gustaría aclarar que a pesar de que los sumerios son los “creadores de la mitología”, o al menos quienes recogen las tradiciones de manera escrita, son deudores de una herencia pasada.

Zainab Bahrani[7] ya propone que desde etapas neolíticas (6500 a. C.) encontramos “diosas madre” en el Oriente Próximo representadas en figuras de arcilla. Unas figuras que se asocian con el potencial reproductivo, el elemento de la fertilidad y la creación, con grandes caderas y senos pero reduciendo al mínimo detalle rasgos como la cabeza, los brazos o las piernas.

Representación de Diosa Madre 6500 a. C.
Periodo Acadio (2350-2150 a. C.).

Se trata de un periodo menos imaginativo en cuanto a creación mitológica respecto al periodo precedente. Los acadios asumieron las divinidades sumerias de manera progresiva.

El periodo acadio está caracterizado por la inclusión de los paredros. A diferencia del sumerio, el acadio si posee una desinencia femenina. En consecuencia, aparecen en las divinidades unas delimitaciones bien marcadas del femenino y el masculino. Uno de los claros ejemplos lo encontraríamos en la divinidad Ashtar (masculino de Ishtar).

Uno de los registros más interesantes del periodo acadio es el de los himnos[8]. Los himnos acadios destinados a las divinidades revelan que el 39 por ciento de las ciudades poseían una divinidad tutelar femenina. Estos datos implican que el porcentaje de divinidades femeninas principales en las ciudades no era para nada irrelevante.

De esta manera puede establecerse que durante todo el periodo acadio hubo un 39 por ciento de templos cuya ritualistica  principal estaba destinada a diosas. De entre todas las divinidades femeninas “patronas” de la ciudad la más relevante será Inanna (sum.)/Ishtar (aca.) “La que entrega el reino de Summer”. El periodo acadio también legó a la etapa neobabilónica la diosa Gatumdug “Madre fundadora de Lagash”.

De igual manera, los rituales domésticos serán asumidos de los sumerios así como las tradiciones ritualísticas, cuyo mejor ejemplo es la teatralización del llanto público.

Como ya hemos establecido, la asunción de la mitología sumeria por parte de los acadios fue progresiva, especialmente intensa en la segunda mitad del periodo (2254-2154 a. C.) donde la influencia siria también se dejó notar.

En esta línea, los acadios lograron ampliar (en algunos aspectos) la mitología y los rituales sumerios. Divinidades como Ishtar que en etapa sumeria solo tenían atribuciones protectoras o creadoras, pasan a adquirir una mayor profundidad a través de atribuciones de carácter bélico[9].

II milenio

El segundo milenio supuso un cambio en la mitología del próximo oriente antiguo. Las migraciones semíticas, procedentes especialmente del Líbano e Israel, transformaron Mesopotamia. La convivencia de diversas culturas provocó un sincretismo en la situación política, social y religiosa.

La mitología sufrió un cambio drástico. El papel de las divinidades femeninas fue decreciendo paulatinamente. Las diosas mesopotámicas, que tanta importancia habían tenido en la mitología y rituales del III milenio, perdieron su papel primordial en lo relativo a la protección de las ciudades, a la actuación en el estado y en la relevancia en el cosmos.

En consecuencia, las concepciones sumerias y acadias sobre el relevante papel de la divinidad femenina se perdieron en un segundo plano.

La degradación fue tal que incluso las divinidades femeninas fueron designadas de manera genérica como Ishtar, debido al notable papel de esta diosa en los periodos anteriores.[10] Una medida que no deja de ser una desposesión de atribuciones religiosas, culturales y sociales.

La concepción del mundo cambió. Se articuló una nueva teogonía que se ajustase a los actuales parámetros que regían el Oriente Próximo. Esta teogonía siguió las concepciones de la bisexualidad en la reproducción humana[11]. Las aguas primordiales eran concebidas como Apsu (hombre) y Tiamat (mujer), así como la tierra, dividida en Urash (hombre) y Ninurash (mujer).

Estos nuevos presupuestos indican que las divinidades femeninas del III milenio siguieron siendo empleadas en el II milenio  pero con importantísimas variaciones.

Prueba de ello será el reinado asirio, que presentará a Ishtar como una mera “guardiana de secretos”, muy alejada de las grandes atribuciones del milenio anterior. En esta misma línea interpretativa debemos considerar a la diosa Ningirim, antigua señora de la importante ciudad de Uruk en el III milenio a. C., convirtiéndose en una figura menor.

Los rituales y acepciones mitológicas de carácter bélico que tenían las divinidades femeninas en periodos anteriores se abandonaron. Cultos como el llanto público pasaron a ser ejercidos por una especie de funcionarios especializados llamados gala.[12]

La ocupación del gala solo podía ser ejercida por un hombre, limitando el llanto de las mujeres al ámbito estrictamente privado. Curiosamente esta especie de funcionarios intentaban imitar el llanto y voz de las mujeres a las que habían sustituido.

Conclusiones

A lo largo del trabajo hemos ido desarrollando el papel de la divinidad femenina en la mitología y los ritos mesopotámicos. No obstante, tal y como indicamos en la introducción, nos encontramos ante un proceso donde los conceptos y atribuciones son muy irregulares, variando enormemente entre periodos.

El III milenio a. C. se consolidó como un periodo donde las diosas tenían una importantísima presencia en la mitología y la ritualistica. Este papel protagónico en el cosmos sumerio y acadio se vio reflejado en la cultura, sociedad y política. Tal y como señala Groneber[13]: “The religious imagination of a particular people reflects the conditions of their society, their norms and values”.

Sin embargo, la llegada del II milenio a. C. provocó una transformación cultural, social y política de gran calado que dio lugar a unos nuevos parámetros. En este nuevo contexto, las diosas fueron progresivamente marginadas de los roles esenciales dentro de la mitología y los ritos.

La balanza más o menos equilibrada que presentaba la concepción del cosmos sumerio y acadio fue decididamente desarticulada en el II milenio a. C.

En consecuencia, el decreciente papel de las diosas en la concepción del cosmos tuvo su reflejo en la sociedad. La progresiva dominación masculina en las cuestiones mitológicas y ritualísticas implicó una dominación masculina en el II milenio a. C.

El desequilibrio religioso sirvió como paradigma del desequilibrio social, cultural y político, aportando las bases de la decadencia del rol de la mujer.[14]

De esta manera asistimos a como la vital presencia de la mujer en la mitología y ritualística del III milenio a. C. torna en secundaria en el II milenio a. C. Este desarrollo presenta una degeneración del papel de la diosas que, por reflejo, estableció las bases paradigmáticas sobre las que se sustentó la degeneración de las mujeres en Mesopotamia a partir del II milenio a. C.

IV) Bibliografía

Bahrani, Z (2005). “The metaphorics of the body: nudity, the goddess, and the Gaza”. Women of Babylon, Gender and representation in Mesopotamia. Pp. 40-69.

Bottero, J (2001). La religión más antigua: Mesopotamia. Pp. 35-44.

Frymer-Kensky, J (1992). “The world of the Goddesses”. In the wake of the Goddesses. Pp. 9-82.

Groneberg, B (2007). “The role and function of goddesses in Mesopotamia”. The Babylonian world. Pp. 319-331.

Westenholz, J. G (1998). “Goddesses of the Ancient Near East”. Pp. 63-81.

Westenholz, J. G (2007). “Inanna and Ishtar in the Babylonian world”. The Babylonian world. Pp. 332-347.

[1] Westenholz, J. G. 1998: 63-65

[2] Westenholz, J. G. 1998: 65.

[3] Bottero, J. 2001: 36.

[4] Westenholz, J. G. 1998: 68.

[5] Frymer-Kensky, J. 1992: 14.

[6] Westenholz, J. G. 1998:  70.

[7] Bahrani, Z. 2005: 46.

[8] Westenholz, J. G. 1998: 66.

[9] Westenholz, J. G. 1998: 67. De esta manera puede comprenderse que la ritualística acadia sufriera una transformación, añadiendo nueva iconografía (como la bélica) a la ya existente sumeria (fertilidad, diosa creadora etc.). Westenholz Fig. 22.

[10] Westenholz, J. G. 1998:  77.

[11] Westenholz, J. G. 1998: 77.

[12] Frymer-Kensky, J. 1992: 43.

[13] Groneberg, B. 2007: 319.

[14] Frymer-Kensky, J. 1992: 44 y 80. También Groneberg, B. 2007: 319.

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