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Cicerón y la Conjuración de Catilina

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Cuadro de Maccari, 1880. Cicerón denunciando a Catilina ante el senado.
Cuadro de Maccari (1880): Cicerón denunciando a Catilina ante el senado.

El historiador griego Polibio dijo de la constitución republicana de Roma que “En cualquier situación esta estructura se mantiene debidamente equilibrada, tanto, que resulta imposible encontrar una constitución superior a esta.” (Polibio, Historias, VI, 18). Sin embargo, nos encontramos con que poco más de un siglo después de que escribiese estas palabras la República había caído, y su constitución había sido incapaz de evitarlo.

Esta caída sabemos que fue gradual, la constitución mixta que describió Polibio en sus Historias (Polibio, Historias, VI, 11-18) había sobrevivido durante siglos, adaptándose a las necesidades de cada momento, pero respetando siempre el mos maiorum (tradición) que los romanos reverenciaban. A pesar de esta resiliencia constitucional y estructural de la República, la crisis política y social que tuvo que enfrentar en el último siglo de su existencia (133 a.e.c. – 31 a.e.c.) demostró ser demasiado profunda para ser solventada. En el presente artículo discutiremos la que fue una de las últimas grandes victorias de la constitución, el senado y de los conservadores: la Conjura de Catilina. Esto lo llevaremos a cabo en tres bloques: contexto histórico y político, descripción del conflicto (consulado de Cicerón) y las consecuencias que tuvo dicho conflicto.

Territorio de Roma hacia el año 100 antes de la era común.
Expansión del territorio Romano hacia el 100 a.e.c.

Contexto

No podemos entender la Conjura de Catilina sin antes tratar la situación política e histórica en Roma. Para empezar, la política romana se trataba, en su forma más fundamental, de una pugna entre los integrantes de la clase senatorial por alcanzar la magistratura más alta posible: el consulado. El Cursus Honorum o ‘Carrera de los Honores’ constituía una escalera de magistraturas de menor a mayor veteranía – y poder- por las que un político romano debía pasar para poder postularse como candidato a cónsul.

Este Cursus Honorum estaba estrictamente estratificado por razón de edad, así como por los requisitos que debían cumplirse para poder presentarse, el resultado siendo que un romano pugnaba siempre contra otros romanos de una edad y experiencia muy similares por los limitados puestos que había para cada magistratura (Beard, Crawford 1999, p.53). No nos vamos a detener a analizar el Cursus Honorum en detalle en este artículo, pero sí es importante saber que, debido a la escasez de puestos disponibles -especialmente en las magistraturas mayores (i.e. Cónsul, Pretor)-, “la competencia era fiera e incesante” (Syme 2010 p. 24). Esta lucha fue la que dio lugar a los grandes conflictos entre senadores prominentes, quienes acabaron por tumbar la república, aplastándola bajo el peso de su ambición.

´Diagrama de las magistraturas romanas.
Cursus Honorum: escalones de las magistraturas romanas de la república

Es importante saber que esta lucha no estuvo siempre marcada por la violencia que la caracterizó durante el siglo I a.e.c. En un comienzo, la élite senatorial había mantenido una lucha que, siendo algo generosos, podemos calificar de civilizada. Las pocas familias que constituían el patriciado acaparaban el poder. Estas se pasaban el relevo entre unas y otras sin que ningún conflicto escalase entre ellas más allá de la competencia esperada en una ciudad-estado con poca importancia. A principios del siglo V a.e.c., sin embargo, surgió el primer conflicto, el patricio-plebeyo, en el que estos últimos reclamaban la oportunidad de optar a magistraturas, de entrar al senado y una protección contra la arbitrariedad de los magistrados.

Esta lucha se resolvió tras la concesión a los plebeyos de presentarse a las magistraturas e incluso creando una magistratura para representar los intereses de la plebe: el tribuno de los plebeyos. La política romana no cambió significativamente con esto, las familias prominentes (patricias o plebeyas) se aseguraron de mantener su poder mediante la creación de la nobilitas. Esta consistía en el conjunto de aquellas familias con antepasados consulares. Se hizo notablemente raro que accediesen a magistraturas mayores los homines novi (hombres nuevos), hombres sin antecedentes consulares. Aun así, no era razón de alarma que lo hiciesen, puesto que eran sumamente escasos (Gruen 1995 p. 121).

En el año 146, con la toma de Cartago y la anexión de Grecia, Roma se había convertido en la potencia más importante del Mediterráneo. Las riquezas de Oriente, así como la plata de las minas de Hispania y la cultura Helena llegaban hasta la ciudad eterna, lo que generaría un conflicto cultural que mostraría ser de una importancia crucial. Es sumamente importante que nos demos cuenta de que, para los romanos de comienzos de la república, el ideal de ciudadano era aquel granjero-soldado patente en obras como De Agri Cultura de Catón el Censor o en la figura del dictador Cincinato. Este ideal romano se vio en conflicto con la élite romana, cada vez más y más Helenizada. Esta Helenización, acompañada por el gran flujo de riquezas que recibían los senadores importantes supuso un cambio de paradigma en la élite de Roma.

Lo que más nos interesa destacar en este artículo no es dicha Helenización, sino que nos tenemos que centrar en el factor más mundano de este cambio paradigmático: las riquezas de ultramar. Sobre este tema escribió Salustio: “creció primero la avidez de dinero, después la de poder. Esta fue, por así decirlo, la fuente de todos los males” (Salustio, La Conjuración de Catilina, X). En el estudio de la obra de Salustio debemos tener en cuenta su clara agenda ideológica. Además, sabemos que su opinión es que la decadencia moral de la República es lo que la hace caer.

Por otro lado, no se equivocó Salustio al relatar el crecimiento de la avidez senatorial por las riquezas que provenían de las nuevas provincias del territorio romano. La posibilidad de convertirse en gobernador de una de las provincias suponía la oportunidad de enriquecerse a costa de sus recursos. De este modo, la perspectiva de convertirse en cónsul había pasado de ser un objetivo en sí mismo a ser una mera herramienta para algunos de conseguir el gobierno de una provincia lucrativa con la que aumentar su patrimonio mediante la expoliación, los impuestos abusivos y la corrupción.

Así, vemos a senadores cada vez más dispuestos a endeudarse hasta niveles insospechados con tal de conseguir el consulado y de esta forma marchar al gobierno de un territorio para enriquecerse sobremanera. Este es, por ejemplo, el caso de César. César provenía de una familia económicamente humilde para los estándares senatoriales y se endeudó hasta el punto de que cerca estuvo de no poder marchar a Hispania como propretor en 61 a.e.c. y tuvo que ser avalado por Marco Licinio Craso.

Este choque entre la antigua y la nueva actitud para con la política generó una situación de inestabilidad, catalizada por la aparición de la violencia como método de actuación política desde la muerte de los hermanos Graco, ambos tribunos de la plebe. Estos dos tribunos sentaron un precedente que caracterizaría a la facción popular del senado: las propuestas de redistribución de tierras. Debido a la pérdida que estas redistribuciones supondrían para los senadores más ricos (normalmente conservadores), estas propuestas fueron enfrentadas con gran vehemencia por la mayor parte del senado. La situación escaló cuando las irregularidades constitucionales que ambos hermanos utilizaron para lograr sus objetivos provocaron la reacción violenta de sus enemigos.

Tras unos años de una aparente vuelta a la normalidad tras el asesinato de Tiberio Graco, su hermano menor, Cayo, decidió postularse como tribuno de la plebe para tratar de llevar a cabo las reformas anteriormente presentadas por su hermano. A pesar de que los senadores que habían participado en la muerte de Tiberio y sus seguidores no habían sufrido consecuencias legales, el pueblo llano dejó su opinión muy clara: Tiberio se convirtió en mártir. Esta situación alentó a Cayo a enfrentarse -como lo hiciera Tiberio- al senado en favor del pueblo. La situación fue empeorando debido a la intensidad con la que ambas partes defendían lo que consideraban sus derechos. Unos defendían las tierras que, por usufructo, pertenecían a la aristocracia y otros el derecho de los ciudadanos más pobres de tener una parcela de tierra estatal que cultivar para subsistir por ellos mismos (Stockton 1992, pp. 36-39.).

Este conflicto acabó por convertirse, a ojos de los senadores, en una amenaza al orden tradicional y debía de aplacarse cuanto antes. En situaciones de crisis el senado podía nombrar a un dictator, con el objetivo de resolver una crisis, pero esto podía resultar muy desestabilizante para el equilibrio de poderes. Además, se trataba de una crisis interna, por lo que otra medida tuvo que ser aplicada. Es en este momento cuando nos encontramos por primera vez con la fórmula del senatus consultum ultimum (o de republica defendenda según prefiere Plaumann (1913)).

Esta fórmula es de una importancia crucial para lo que nos concierne en este artículo, por lo que es necesario estudiar, aunque brevemente, en qué consistía. La traducción de senatus consultum ultimum es, grosso modo: ‘el último decreto del senado’. La otra posible formulación, que deja más clara su función, es senatus consultum de republica defendenda: ‘el decreto del senado para la defensa de la república’. Este acto del senado les daba la autoridad a los cónsules de hacer todo aquello que estuviese en su mano para salvaguardar la Res Publica (Cicerón, Filípicas, 5.34; 8.14 ; Lintott 1999, p. 89.).

El problema que nos encontramos con esta fórmula es que alentaba a los senadores a usar la fuerza de forma abusiva sobre ciudadanos romanos sin tener en cuenta la estricta legalidad y la protección de la que estos últimos disfrutaban en circunstancias normales. En una situación de normalidad un ciudadano romano tenía el derecho de recibir un juicio justo y podía ser protegido por los tribunos de la plebe ante la violencia de un magistrado. Este decreto tenía por objetivo desalentar a los tribunos de interponerse entre aquellos ciudadanos considerados peligrosos para el estado y dichos magistrados (Lintott 1999, p. 89.). Cuando se aplicó por primera vez este decreto, en el 121 a.e.c., el resultado fue el asesinato de ciudadanos romanos -los seguidores de Cayo Graco- sin juicio previo. Esto sentó un peligroso precedente en la política de la urbe.

 

Cicerón el Cónsul

Busto de Cicerón
Busto de Marco Tulio Cicerón, cónsul en 63 a.e.c.

Cuando llegaron las elecciones para el año 63 a.e.c., el bloque conservador en el senado se encontraba ante una encrucijada. Tras el reinado de terror de Sila a finales de los años 80 y con el auge de políticos reformadores, los conservadores estaban en una posición muy precaria para hacer frente a los reformistas liderados por hombres como Craso y Catilina.

Lucio Sergio Catilina provenía de una familia ilustre, con importantes antepasados que se remontan a los inicios de la república. Sin embargo, su reputación entre la aristocracia era de un hombre corrupto y degenerado que participó activamente en las proscripciones de Sila, mató a su propio hijo y, según comentan algunas fuentes, participó en una conspiración (no llevada a cabo) para tomar el control de la república por la fuerza en el 66 a.e.c. (Salustio, La Conjuración de Catilina, XVIII-XIX ; Everitt 2003, pp. 87-92). Es importante tener en cuenta que esta visión de Catilina está muy condicionada por autores posteriores y enemigos de este, de forma que autores contemporáneos como Wiedemann rechazan que esta primera conspiración fuese siquiera real (Wiedemann 1994, p. 41.).

Con todo, y a pesar de sus reservas en cuanto a los homines novi, los optimates no vieron mejor opción que la de apoyar la candidatura de Marco Tulio Cicerón. Cicerón era un hombre sin antepasados notables, además de ser un itálico (ciudadano romano nacido fuera de Roma). No obstante, se había granjeado una reputación como hábil orador y era un político querido por el pueblo, a la vez que un férreo defensor de la constitución. Los conservadores consideraron sus opciones, y Cicerón resultó ser la mejor de ellas a pesar de su pobre árbol genealógico.

A pesar de contar con el apoyo nominal de los optimates, Cicerón no era un hombre rico. En un mundo tan competitivo como Roma, el dinero era el mejor billete para comprar un consulado, y a Cicerón no le sobraba. No obstante, esto no le desalentó. En vez de sobornar a los votantes Cicerón decidió, simplemente, desprestigiar a sus enemigos mediante discursos en el foro, donde se movía como pez en el agua. Sus discursos eran convincentes y feroces, y pronto se convirtió en el favorito para lograr una victoria electoral.

Estatua de Cicerón en el Palacio de la Justicia, Roma.
Estatua de Cicerón en actitud de orador. Palacio de la Justicia, Roma.

Las elecciones finalmente llegaron y Cicerón consiguió uno de los puestos por una amplia mayoría. La pugna por el segundo puesto de cónsul fue más disputado. Los dos senadores que más posibilidades tenían eran Catilina y Cayo Antonio Híbrida. Este último ya había sido senador, pero se había visto expulsado del mismo años atrás. Era considerado poco inteligente y maleable, dispuesto a ofrecer su apoyo a aquel que mostrase capacidad de liderazgo (Everitt 2003, p. 93.). En una elección muy disputada, finalmente fue Antonio el elegido.

Este hecho facilitaba enormemente la vida de Cicerón, y en una muestra de gran habilidad política, llegó a un acuerdo con su compañero consular por el cual Antonio dejaría gobernar a su colega sin entrometerse, a cambio de quedarse con la lucrativa provincia de Macedonia después del consulado. Esto significaba que Cicerón gobernaría como cónsul único a efectos prácticos (Everitt 2003, p. 95.). Por otro lado, el efecto que la derrota tuvo sobre Catilina fue significante: se vio obligado a sumirse en aun mayores deudas y promesas populistas con el objetivo de volver a presentarse al consulado para el año siguiente lo que ahuyentó a sus apoyos más moderados.

Cicerón asumió el consulado el 1 de enero de 63 a.e.c., y pronto se posicionó vehementemente en contra de una propuesta de ley agraria con su discurso De Lege Agraria contra Rullum. Con esta oposición tan ardiente se ganó la enemistad de muchos políticos reformistas y, a la vez, se granjeó la confianza de los más conservadores. Seguidamente y como si de una señal profética se tratase, un senador reformista (alentado por Craso y César) presentó una acusación contra un anciano senador, Rabirio, por un asesinato cometido 37 años antes.

El asesinato había tenido lugar tras una revuelta en Roma liderada por el tribuno Saturnino. Ante la amenaza de un golpe de estado, el senado aprobó el senatus consultum ultimum, confiriendo a los cónsules el poder de hacer todo cuanto fuese necesario para preservar la República. Tras una guerra callejera, Saturnino se rindió, encerrándose dentro de un edificio público. Entonces, un grupo de senadores (entre ellos Rabirio) subió al tejado y ejecutó sumariamente a Saturnino y sus seguidores, lanzando tejas sobre sus cabezas.

Así como pasó con Cayo Graco años antes, los senadores (la mayoría conservadores) se justificaron mediante el poder del senatus consultum ultimum, alegando que este acto cancelaba temporalmente las libertades civiles de los ciudadanos romanos, justificación que nunca fue aceptada por los populares (Everitt 2003, p.97.). Cicerón, como cónsul apoyado por los optimates se vio obligado a defender a Rabirio, quien todos sabían era culpable. No obstante, el juicio fue suspendido gracias a una estratagema político-religiosa de los optimates, pero la advertencia sobre las consecuencias que tenía rebasar los límites del senatus consultum ultimum era clara.

Mientras Cicerón se enfrentaba a estos sucesos en los primeros meses de su mandato, Catilina siguió haciendo preparativos para presentarse al consulado de 62 a.e.c. Muchos senadores venidos a menos, así como ciudadanos empobrecidos, apoyaban sus políticas radicales, entre las que destacaba la cancelación general de deudas. Según nos cuenta Salustio, Catilina ya maquinaba una subordinación armada con los campesinos más pobres de Italia, mandando a sus seguidores a obtener hombres que se uniesen a sus filas. No obstante, Catilina seguía pujando por la magistratura (Salustio, La Conjuración de Catilina, XXIV-XXVIII.).

Con el objetivo de asegurar su consulado, Catilina recurrió a sobornos exorbitantes, por lo que la facción de Cicerón apoyó un proyecto de ley que aumentaba la severidad del castigo por este tipo de crímenes. La defensa de esta ley por parte de Cicerón parece que convenció a Catilina de que debía deshacerse de Cicerón, así como de muchos otros senadores que se le oponían. Catilina trazó un plan junto a sus seguidores: provocarían una reyerta el día de las elecciones, durante la cual sus enemigos serían asesinados. No obstante, estos rumores llegaron a oídos de Cicerón, que se apresuró en convocar al senado, dando la voz de alarma.

El senado escuchó a Cicerón y a Catilina y, a pesar de su aversión generalizada hacia el segundo, decidieron no aplicar el senatus consultum ultimum, como Cicerón probablemente habría querido. Esta inacción del senado preocupó al cónsul, que contrató a un cuerpo de guardaespaldas que le acompañaría el día de las elecciones. Esta demostración de fuerza desalentó a los conspiradores y las elecciones se llevaron a cabo sin incidentes (Odahl 2010, pp. 46-49.).

Catilina volvió a perder. Esta derrota le había dejado en bancarrota y, sobre todo, enfurecido. El sistema que se suponía que debía de respaldar a un hombre de familia noble le había rechazado y, para colmo, había sido vencido por un homo novus. Catilina no tenía ya los medios para postularse una vez más al consulado, sus seguidores moderados (con fondos para patrocinarle) le habían dejado de apoyar, por lo que la violencia y la insurrección armada parecían sus únicas opciones.

Mientras sus hombres realizaban los preparativos, Catilina mantenía las apariencias en Roma. Los sucesos en Italia no eran silenciosos, los senadores sabían que algo pasaba pero, por más que sospechasen, no tenían pruebas para incriminar a nadie. Sin embargo, Fortuna parecía sonreír a Cicerón, y el 20 de octubre de 63 a.e.c. un mensajero anónimo dejó en casa de Craso un paquete de cartas dirigidas a una serie de senadores que apoyaban o habían apoyado a Catilina. Dichas cartas contenían un mensaje claro: se avecinaba un baño de sangre, era necesario abandonar Roma.

Fuere por su ya extinta amistad con Catilina o por la creencia de que esto era ir demasiado lejos, Craso decidió entregar estas cartas a Cicerón, quien se apresuró a convocar una reunión de emergencia en el senado. El 21 de octubre se leyeron dichas cartas ante los estupefactos senadores, llegando a la conclusión de que se avecinaba un levantamiento en Italia. La República, argumentó Cicerón, estaba en peligro, por lo que se aprobó el senatus consultum ultimum. Sin embargo, no había pruebas inequívocas de que Catilina estuviese al frente de la conspiración, por lo que no se le pudo procesar. Con el senatus consultum ultimum en vigor comenzaron a reclutarse ejércitos senatoriales para hacer frente al levantamiento, el cual se produjo el día 27 (Odahl 2010, pp. 51-53. ; Everitt 2003, pp. 101-102.).

Habiendo apreciado la astucia y versatilidad política de Cicerón, Catilina llegó a la conclusión de que para vencer debía asesinar al cónsul. Según nos cuenta Salustio, Catilina se reunió con sus seguidores más cercanos el 6 de noviembre y trazaron un plan por el que unos asesinos irían a casa de Cicerón, simulando una visita de cortesía, y lo apuñalarían. Un conspirador arrepentido hizo llegar este plan a oídos de Cicerón, que tomó las medidas necesarias para protegerse del atentado. La mañana siguiente, Cicerón volvió a convocar al senado.

Catilina asistió a la sesión como si nada hubiese ocurrido, pretendiendo ignorar la razón de la reunión. Entonces Cicerón, haciendo gala de sus increíbles dotes para la oratoria, dio uno de los discursos más famosos de la historia: la Primera Catilinaria, cuya frase inicial es conocida universalmente: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra. Es decir, “Hasta cuándo abusaras, Catilina, de nuestra paciencia”. El aludido mantuvo su inocencia durante la reunión, mas abandonó Roma esa misma noche para reunirse con sus seguidores en Italia.

Cuadro de Maccari, 1880. Cicerón denunciando a Catilina ante el senado.
Cuadro de Maccari (1880): Cicerón denunciando a Catilina ante el senado.

La huida de Catilina convenció definitivamente a los senadores de su relación con el levantamiento; Catilina fue nombrado enemigo de la república, cancelándose así sus libertades y derechos como ciudadano romano (Salustio, La Conjuración de Catilina, XXXVI). Dentro de la ciudad de Roma aún quedaban senadores leales a Catilina, que trabajaban sin descanso. Sin embargo, no se sabía cuántos ni quiénes eran realmente estos senadores. Una vez más la suerte estuvo de parte de Cicerón. Una embajada de una tribu gala se encontraba en Roma por asuntos de política exterior, pero la crisis en la que estaba sumergido el senado impedía que la cámara pudiera atender debidamente a los embajadores. Aprovechando su descontento, los conspiradores trataron de convencer a los galos de que apoyasen su golpe de estado. En un principio los embajadores parece que estuvieron de acuerdo, aceptando la propuesta de los conspiradores.

No obstante, al poco tiempo se arrepintieron e informaron a Cicerón de esta trama. Cicerón, viendo una gran oportunidad de desenmascarar a los conspiradores que quedaban dentro de la ciudad, les pidió que les siguiesen el juego y lograsen pruebas irrefutables de quiénes eran cada uno de los conspiradores. Así, cumpliendo con su cometido a la perfección, los galos entregaron al poco tiempo una serie de documentos firmados estableciendo quiénes eran los senadores que apoyaban a Catilina. (Salustio, La Conjuración de Catilina, XL-XLIV ; Odahl 2010, pp. 60-62.).

Una vez obtenidas pruebas inequívocas de quiénes eran los conspiradores dentro de la ciudad, Cicerón los mandó capturar, siendo detenidos el 3 de diciembre cuando trataban de salir de la ciudad junto a los galos. Una nueva reunión de emergencia del senado fue convocada por el cónsul, en la cual se debía decidir el destino de los cómplices de Catilina. El debate que se dio a continuación demostraría ser trascendental en la vida de Cicerón. Bajo el senatus consultum ultimum Cicerón podría haber hecho como sus predecesores y mandar ejecutar sumariamente a los enemigos de la República. Sin embargo, el juicio contra Rabirio ese mismo año hizo que Cicerón se resistiese a actuar sin, al menos, el respaldo del senado.

Siendo ciudadanos romanos, los cómplices de Catilina tenían derecho a un juicio justo. Sin embargo, la probabilidad de sobornos, el peligro que suponía un ejército rebelde en Italia y la atmósfera de emergencia que reinaba en Roma empujó a Cicerón a querer acabar con el problema antes de que su año como cónsul expirase. De este modo, Cicerón se dirigió al senado afirmando que llevaría a cabo aquello que se votase en la sesión, añadiendo, no obstante, que su opinión era que había que ejecutar a los conspiradores cuanto antes.

Como era costumbre, después de Cicerón hablaron los consulares, quienes apoyaron la propuesta de ejecución. Tras los consulares hablaron los senadores con rango de pretor, entre los que se encontraba un joven César (elegido pretor para el siguiente año). César cambió la opinión general del senado con un gran discurso, proponiendo encarcelar a los conspiradores hasta poder asegurar un juicio justo para estos (Everitt 2003, p. 108-109); debemos recordar que César fue uno de los ideólogos detrás de la acusación contra Rabirio. La encarcelación no era un castigo típico de Roma; la multa, el exilio y la muerte eran las tres opciones que se barajaban en el día a día en los tribunales romanos.

La posibilidad de llegar a una solución que no implicase la ejecución de ciudadanos romanos hizo que los consulares apoyasen ahora la propuesta de César, por poco ortodoxa que fuese. No obstante, uno de los enemigos acérrimos de César pidió la palabra. Marco Porcio Catón, un archiconservador, sospechaba de César, y no iba a permitir que este salvase la vida de los conspiradores. Con un discurso hábil, Catón defendió la pena de muerte para los conspiradores, exacerbando a los demás senadores y recordándoles que no se encontraban ante ciudadanos romanos, sino ante enemigos del estado. A pesar de ser un senador joven, su reputación de hombre recto ayudó a convencer al senado, una vez más, a cambiar de opinión y apoyar la pena de muerte.

La votación se llevó a cabo y se aprobó la moción de ejecución. Cicerón no perdió un momento y mandó preparar todo para acabar con el problema lo antes posible. Los conspiradores fueron estrangulados sin juicio previo. Una vez acabada la ejecución, Cicerón se dirigió al público y pronunció: “vixerunt” “han vivido”, una forma sardónica de decir que los conspiradores habían muerto (Odahl 2010, pp. 65-66 ; Salustio, La Conjuración de Catilina, LII-LV.).

Habiéndose resuelto la crisis en la ciudad, Roma respiraba con más facilidad. La sensación de peligro había pasado en gran parte. La mayoría de los conspiradores estaban muertos y los ejércitos senatoriales habían marchado contra Catilina, quien sería vencido en poco más de un mes. El pueblo y una gran parte del senado consideraban que Cicerón había sido el responsable de devolver la paz a Roma. Por esto, en agradecimiento, decidieron otorgarle el título de Pater Patriae, o Padre de la Patria. Este era un título de gran honor, que pocos senadores recibirían durante la época republicana. Estos fueron los momentos más felices de la vida de Cicerón, allá donde iba presumía ante todo aquel que escuchase que él, un hombre nuevo itálico, había salvado a su patria. Nunca más llegaría a lograr una hazaña igual.

Finalmente, el último día de su consulado llegó. Según dictaba la costumbre, Cicerón se dirigió al foro, con el objetivo de dar un discurso de despedida. Sin embargo, un tribuno de la plebe vetó su discurso, alegando que aquellos que habían ejecutado a ciudadanos romanos sin juicio no tenían derecho a hablar ante el pueblo. De este modo, el año de Cicerón acabó con un sabor agridulce (Everitt 2003, p. 114.).

Las consecuencias

El verdadero alcance de los sucesos del año 63 a.e.c. fue mucho mayor de lo que nadie hubiese podido predecir. Al principio la política parecía volver a la normalidad, Cicerón se convirtió en un respetado excónsul, mientras nuevos políticos reformadores ascendían en la escena política. Publio Claudio Pulcro, uno de estos reformistas, venía de una familia noble, pero debido a su imagen pública populista, prefería hacerse llamar Clodio, una vulgarización de su nombre. Este había sido uno de los guardaespaldas de Cicerón durante la conspiración de Catilina, pero un escándalo político/religioso los separó y convirtió en enemigos.

La fiesta de la Bona Dea (la Buena Diosa) era una fiesta únicamente para mujeres, estando prohibida la entrada a los hombres. En el año 62 a.e.c. se celebraba en casa del Pontífice Máximo (Julio César). Clodio se disfrazó de mujer y se coló en la fiesta, con el objetivo de seducir a Pompeya, la mujer de César. No obstante, fue descubierto y se le acusó de sacrilegio. En el juicio, Cicerón habló en su contra, granjeándose su enemistad. Clodio logró sobornar al jurado para que le declarasen inocente, seguidamente jurando vengarse de Cicerón. (Everitt 2003, 116-122.).

Busto de Publio Clodio Pulcro
Busto de Clodio, tribuno de la plebe.

A mediados de 60 a.e.c., César fue elegido cónsul para el año siguiente, prometiendo una gran cantidad de reformas populares. Con el objetivo de asegurar dichas reformas, así como su futuro en la política, César logró establecer una alianza con dos de los senadores más importantes de la época: Craso y Pompeyo. Esta alianza, llamada el primer triunvirato, se estableció con el objetivo de superar la resistencia de los conservadores y poder llevar a cabo todas las medidas que los triunviros considerasen. Se rumorea que César trató de “fichar” a Cicerón para la alianza, sin éxito (Everitt 2003, pp. 133-134.). El triunvirato lograría pasar por encima del senado durante el consulado de César (59 a.e.c.), aprobando leyes sin el visto bueno de la cámara.

En marzo de 59 a.e.c., tras un juicio en el que Antonio (colega consular de Cicerón) fue encontrado culpable de corrupción durante su cargo en Macedonia, se celebró un banquete en honor a Catilina. Ofendido, Cicerón hizo unos comentarios contra el triunvirato que nada gustaron a César. Este decidió vengarse, permitiendo que Clodio fuese adoptado por una familia plebeya para poder así presentarse al puesto de tribuno de la plebe (Everitt 2003, p. 138.). Este era un puesto que Clodio ansiaba por el poder que le otorgaba para lanzar su carrera política y vengarse de sus enemigos.

Al llegar el año 58 a.e.c., Clodio había logrado dicho poder, ganando las elecciones para tribuno de la plebe. Nada más comenzar su año como tribuno, Clodio presentó una ley que proscribía a todo aquel hombre que hubiese ejecutado a ciudadanos romanos sin un juicio, ley que obviamente apuntaba a Cicerón. Con el objetivo de escapar de esta ley, Cicerón salió de Roma, esperando en Italia a que la situación se calmase. No obstante, Clodio logró hacerse con el control de la ciudad a través de bandas callejeras. Con este nuevo control de la política, pasó un nuevo decreto por el cual Cicerón era considerado un exiliado y debía abandonar Italia.

Para asegurarse que el exilio fuese permanente, Clodio quemó la casa de Cicerón, construyendo en su lugar un Templo a la Libertad. Cicerón, humillado y vencido, embarcó hacia su exilio en Grecia. Así, el que había sido su mayor éxito, la derrota de Catilina, le había condenado al exilio. (Wiedemann 1994, pp. 49-50 ; Everitt 2003, pp. 142-145.).

Pompeyo y César habían logrado su objetivo, dar una lección al orador, mostrándole que no convenía enfrentarse al triunvirato. No obstante, se encontraban ahora con que Clodio empezaba a ser una amenaza. Así que Pompeyo decidió actuar para traer de vuelta a Cicerón, asumiendo que ahora se sentiría en deuda con el triunvirato y colaboraría con ellos. A pesar de la autoridad que Pompeyo ostentaba, Clodio y sus aliados lograron atrasar la vuelta de Cicerón durante largo tiempo, vetando las propuestas del senado y provocando disturbios que ralentizaban el funcionamiento de la política. Sin embargo, tras algo más de un año en el exilio, Cicerón fue llamado de vuelta a Roma (Wiedemann 1994, p. 50 ; Everitt 2003, pp. 148-151.).

Primer triunvirato: Craso, Pompeyo y César
El Primer Triunvirato: Craso (izquierda), Pompeyo (centro) y César (derecha).

Una de las condiciones que le fueron impuestas a Cicerón por el triunvirato antes de su vuelta a Roma fue la de que no criticase abiertamente las acciones de los triunviros. A efectos prácticos, Cicerón se convirtió en una marioneta del triunvirato, necesitaba de su protección. Desde este momento en adelante, Cicerón pasó a ser un peón más de la Roma controlada por los grandes conquistadores. Clodio murió en una reyerta entre las bandas que asolaban Roma en el 52 a.e.c., y Pompeyo recuperó el control total de la ciudad. Tras unos años de relativa paz, César cruzó el Rubicón y comenzó una guerra civil, asunto que merece un artículo propio.

En la guerra civil que enfrentó a César contra Pompeyo, Cicerón apoyó a este último. Sin embargo, perdonado por César tras la batalla de Farsalia, pudo volver a Italia, donde mantuvo un relativo silencio. Tras el fin de la guerra, Cicerón no participaría en la política de forma notable hasta la muerte del dictador César. Así, solo encontró un último pequeño momento de gloria durante la lucha del senado contra Marco Antonio tras el asesinato de César. El orador logró hacerse con el control de la cámara, a través de la cual se enfrentó ferozmente a los partidarios de César, recordando su antigua lucha contra Catilina y los enemigos de la República y la constitución.

Sin embargo, con la creación del segundo triunvirato entre Marco Antonio, Octaviano y Lépido, a Cicerón se le consideró un peligro para los intereses del nuevo orden y fue proscrito a finales de 43 a.e.c. De este modo, Marco Tulio Cicerón encontró la muerte -decapitado y mutilado- 20 años después de su victoria sobre Catilina, una victoria que le supuso, al mismo tiempo, su mayor momento de gloria y el comienzo del fin de su carrera política.

 

Bibliografía

  • Fuentes primarias
    • Catón. (2012). Tratado de agricultura. Fragmentos. (A. García-Toraño Martínez & J. Martos Fernández, trads.). Gredos.
    • Cicerón. (2006). Discursos VI: Filípicas. (M.J. Muñoz Jiménez & J. Aspa Cereza, trads.). Gredos.
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