Los siglos XVII y XVIII vieron un avance generalizado en la centralización de los estados europeos. El caso de Prusia es curioso, el cómo un pequeño estado pobre y sin población llegó a vencer frente a sus vecinos mediante continuas y efectivas reformas. En el siguiente artículo se destacará la administración prusiana junto con sus reformas y esfuerzos internos para adaptarse a un entorno hostil y cambiante.

Estado de la Cuestión

Actualmente para aquellos no versados en la historia prusiana destacan principalmente dos figuras, Federico Guillermo I el Gran Elector y Federico II el Grande como padres y fundadores del prestigio de Prusia y símbolos nacionales alemanes. El resto de adelantados por sus reformas y/o construcción estatal han sido sepultados por el «mérito» bélico de estos dos individuos.

En el siglo XIX, con el auge del Positivismo y Romanticismo, se dieron relatos de carácter nacionalista que asociaban erróneamente a Federico II con la nación de Alemania, cuando este solo actuaba por Prusia; también relacionaron de forma inalienable a la dinastía Hohenzollern con la nación; en ello destaca el afamado Leopold von Ranke. Tras la Primera Guerra Mundial la historiografía occidental asoció Prusia a lo militarista y antiliberal, mientras entre los sectores germanófilos de la opinión pública se apuntaba a lo contrario de forma maniquea. La propia concepción de «Prusianismo» fue utilizada en el periodo de entreguerras por los nacionalistas más militaristas.

Pero todo lo anterior se limita a la historia política. Fue en 1950 cuando comenzó a explorarse la historia social de Brandemburgo-Prusia o se trató de forma seria su origen, también de extracción polaca, con Karin Friedrich (1963). Mientras autores como Sebastian Haffner (1978) desmontaron la visión puramente militarista y refractaria del Estado. Actualmente puede señalarse a Christopher Clark como autor de referencia, citado en el presente trabajo, debido a su gran influencia en la historiografía social y política prusiana (Dwyer, 2013: 50).

Contextualización y Precedentes

La historia de Brandemburgo y Prusia va ligada de forma inalienable a su dinastía, los Hohenzollern, provenientes del castillo de Zollern en Suabia, sur de Alemania. Éstos acabaron migrando al norte tras hacer fortuna en Nüremberg; en 1417, tras negociar con el emperador, adquirieron el Margraviato de Brandemburgo junto con su puesto electoral por 400.000 florines y su voto (Clark, 2016: 33). Pero la tierra adquirida no era precisamente un vergel.

Mapa de Prusia en tiempos del Gran Elector. Se aprecia en naranja el original Margraviato de Brandenburgo y en rosa, al este, Prusia (E. Berner, 1886).

El Margraviato era una mezcla de marismas arenosas, pantanos y campos poco fértiles. Todo ello dominado por una nobleza terrateniente que remontaba sus orígenes a la toma franca, los junkers. Aun con tierras no demasiado extensas, los junkers eran muy numerosos, dominando los Estados, «parlamentos»  provinciales donde tenían la prerrogativa de aprobar o denegar cuestiones como impuestos; junto con el reclutamiento de milicias, la recaudación o la impartición de justicia. En ello destacó su obstinación, pues todo impuesto o envío de milicias que no se destinase a su propio estado o que contradijese sus intereses era inmediatamente tumbado (Shennan, 1995: 26).

Otros problemas del nuevo estado, asentados como una constante, fueron las fronteras y la población. El territorio no tenía fronteras naturales defendibles, Brandemburgo era y es una planicie con apenas montañas, dejando el lugar indefenso como zona de paso a ejércitos extranjeros. Y de igual forma la población era reducida y completamente rural. Berlín, la capital, tenía 10.000 habitantes en 1618. Ésto marcó severamente la agenda electoral a futuro (Hagen, 2008: 61).

Primeros Margraves y Duques (1598 – 1640)

Los dos primeros margraves del siglo XVII no destacaron en mucho. Joaquín Federico (1598-1608) creó en 1604 el Consejo Privado, un órgano formado por notables dedicados a auxiliarle en el gobierno que fue adquiriendo ciertas prerrogativas con el tiempo. Su sucesor, Juan Segismundo (1608-1619), disputó y consiguió los ducados renanos de Cleves-Mark, se convirtió al calvinismo y heredó por uniones familiares el Ducado de Prusia en 1618, futuro núcleo del reino. De igual forma este ducado conllevó el vasallaje (más de iure que de facto) al rey polaco.

El mayor acontecimiento de la primera mitad de siglo fue sin duda la Guerra de los Treinta Años, vivida con el infortunado gobierno de Jorge Guillermo I (1619-1640). De esta etapa podemos destacar la devastación que supuso para el territorio. Las tierras fueron saqueadas tanto por amigos como por enemigos, el Electorado perdió la mitad de su población con un elector incapaz de hacer nada al respecto (Clark, 2016: 68).

En la guerra estuvo presente el Conde Adam Schwartzenberg, católico y renano. Destacó en el Consejo Privado y fue pronto elevado de rango. En 1630 creó el Consejo de Guerra usurpando la función del anterior consejo. Con un elector ausente huido a Königsberg y cuya única motivación era la permanencia de su linaje, Schwartzenberg tuvo manos libres. Se dedicó a aplicar nuevos impuestos, contratar tropas y restar y atacar los privilegios y prerrogativas de estados y ciudades. Aunque los mercenarios contratados se mostraron asalvajados, y sus medidas despertaron una ira generalizada entre los potentados locales, se vio por primera vez que en caso de excepción una figura central podía tomar el mando. A su muerte en 1641 mucho fue revertido, pero no olvidado (Shennan, 1995: 5).

El Gran Elector (1640 – 1688)

Sucedió entonces Federico Guillermo I el Gran Elector (1640-1688). Con él, el Consejo de Guerra fue abolido, restaurándose en sus funciones el Consejo Privado, que absorbió la capacidad militar del anterior añadiendo la función judicial, solo por debajo de sí mismo. En 1654 se llevó a cabo una reforma militar siguiendo el modelo holandés, con lo que el ejército aumentó de los 3.000 efectivos iniciales hasta los 25.000 en 1680. Debido a la nula defendibilidad geográfica de su Estado, los sucesivos electores intentaron siempre expandir el ejército como forma de sustentar tanto su defensa e intereses como su prestigio a nivel internacional (Clark, 2016: 77).

Sitio y captura de Stettin con el Gran Elector en 1677. Puede apreciarse a mano derecha el águila roja, heráldica del Margraviato de Brandeburgo. El águila negra será símbolo del futuro reino (Autor anónimo, s.XVII).

También creó diferentes oficinas que fueron restando prerrogativas a estados y consejo, como el Comisariado General de Guerra (1655) o la Oficina de Propiedad Territorial. Con afán centralizador finalmente  unificó el ministerio de Guerra y el Comisariado formando la Oficina de Guerra (1679), encargada de supervisar las finanzas del ejército, ya permanente y no tan dependiente de las milicias temporeras. Tras las diferentes contiendas en las que se involucró, con una diplomacia «péndulo» (a conveniencia y tomando partido según sus intereses), consiguió tomar el este de Pomerania a Suecia tras la Guerra de los Treinta Años, obteniendo acceso al mar. De su época destaca la batalla de Fehrbellin (1675), de la Guerra Franco-Holandesa que venció contra Suecia, «inicio» de la historia militar prusiana (Shennan, 1995: 49). La posterior historiografía nacionalista identificó la batalla como punto fundamental de la concienciación nacional alemana, nada más alejado de la realidad.

Por otra parte este elector prefirió llevar a cabo un gobierno pactista con junkers y estados, mediante el cual restauró parte de sus prerrogativas para tener vía libre en sus campañas y gobierno. Aunque no todo fueron buenas relaciones debido al enfado por la entrada de calvinistas en la administración, más fieles al elector, o la costumbre electoral de recaudar impuestos manu militari cuando los estados se negaban. Durante su reinado también se favoreció el comercio báltico con los primeros pasos de su armada (de 20 pequeños navíos) y se dio un pie en el comercio triangular con la obtención de la plaza fuerte africana de Friedrichsburg (Gana), cameralismo (mercantilismo alemán) mediante. Siguiendo la línea de favorecer internamente a Prusia acogió refugiados hugonotes procedentes de Francia, mayormente artesanos, mejoró las comunicaciones fluviales para favorecer el comercio e intentó restar poder a los gremios urbanos.

Federico I y Federico Guillermo I (1688 – 1740)

El periodo de Federico III y I de Prusia (1688-1713) fue una época de grandes metas en la que los electores prusianos coincidieron con sus vecinos en la aspiración al título real, siendo el mejor ejemplo el caso del elector sajón, que se coronó rey de Polonia-Lituania. Tras grandes preparativos en 1701 se creó el nuevo Reino en y de Prusia, fuera del Imperio, de cuya ligazón polaca se libró durante las guerras de esta con los suecos. Lo más destacado del reinado (y motivo de crítica) fue su suntuosidad, comparándose su Corte con la de Luis XIV. Todo ello respondía a la necesidad de mantener una apariencia «regia» con la que sustentar su nueva posición y prestigio.

Coronación de Federico III de Brandeburgo y I de Prusia en Königsberg, 1701 (Autor desconocido).

Durante el reinado de Federico el ejército aumentó hasta los 40.000 hombres, se le dio unidad vistiéndolo con los colores dinásticos y la armería central fue situada en Berlín para un mayor control. Progresivamente el Consejo Privado perdió atribuciones como la judicial con el establecimiento de la Corte Suprema de Apelación en Colonia, o la económica con la creación del Hofkammer (oficina central de cuentas), reduciéndose al ámbito administrativo hasta su disolución. Otro punto destacable fue la notoria corrupción que campaba entre sus ministros, la cual nunca pudo o supo combatir (Shennan, 1995: 77).

Tras este reinado de relativa calma vino a suceder Federico Guillermo I (1713-1740). Aunque hubo cierta continuidad entre ambos reinados en el campo financiero, el hijo era consciente de que la débil economía prusiana no podía soportar tal volumen de gastos en la Corte, por ello pasó del lujo a una sobriedad tal que dejó pasmados a los diplomáticos de la época. Tampoco podían depender de los subsidios franceses, que tanto les ayudaron en guerras pasadas. Los rasgos característicos del reinado fueron la meticulosidad en las cuentas y su militarismo. Es un ejemplo el que en sus representaciones Federico Guillermo siempre llevase uniforme.

Cuadro de Samuel Theodor Gericke (1713). En pocas pinturas podrá verse a este monarca sin su atuendo militar.
En pocas pinturas podrá verse a Federico Guillermo sin su atuendo militar (Samuel Theodor Gericke, 1713).

Durante su reinado se hizo una gran labor en la centralización de los diferentes cuerpos de gobierno. En dos tandas diferentes hasta llegar a 1723 se unificaron en el Directorio General (…principal de finanzas, guerra y tierras) el Directorio de Tierras, la Oficina Central de Hacienda (con las tierras reales) y el Comisariado General (impuestos indirectos en ciudad y contribuciones rurales). Con estructura colegial, restando poder tanto a sus componentes como a los ministros, más dependientes del rey; y a su vez la administración se llenó de «plebeyos» que no «empatizaban» con la causa nobiliaria (Clark, 2016: 136). El mayor problema vino con los solapamientos de funciones, no solventados hasta el siguiente reinado.

El Reino de Prusia seguía estando dividido en 12 estados (con sus correspondientes 12 títulos para el monarca) reticentes a la centralización. Los reyes siguieron la táctica de dividir a las élites locales pero contentarlas individualmente mediante privilegios; por otra parte favorecieron la implantación de los religiosos pietistas en la educación, cuyo mensaje de tolerancia entre luteranos y calvinistas restaba poder a la beligerante élite luterana. Hay que recordar que los Hohenzollern prusianos eran calvinistas, y también la mayoría de sus allegados, mientras sus súbditos eran mayormente luteranos. Económicamente renunció a la aventura colonial, vendiendo su colonia a los holandeses; se centró en mejorar la capacidad recaudatoria alodificando la tierra e implantó impuestos en ella su calidad. Ello, junto con el derribo de las aduanas internas, ayudó enormemente a las arcas estatales (Dwyer, 2013: 75).

Militarmente obligó a los junkers a aportar jóvenes con los que nutrir la oficialidad. Formados en escuelas especializadas, los colocaba en buena posición y situaba a los junkers como una clase más «servil», a la par que formaba uno de los mejores cuerpos de oficiales. También modificó el sistema de reclutamiento, típicamente de milicias, por Sistema Cantonal (1733) basado en el número de fuegos por el que 1 de cada 25 hombres era reclutado por un periodo de formación de 5 años. Destacaba entre sus filas la constante presencia de «sorbios» o «wendos», etnia eslava del este alemán muy apreciada por la oficialidad prusiana (Möbius, 2019: 217). El número de tropas creció hasta las 80.000, dedicando al ejército el 80%  de los impuestos. En 1713 recaudaban 4.000.000 de táleros, mientras que tras su gestión en 1740 7.000.000 de táleros (Shennan, 1995: 76).

Federico II el Grande (1740 – 1786)

Federico II (1740-1786) actuó de forma que la historiografía divide su reinado en el antes y el después de la Guerra de los Siete Años. Primero nos encontramos al «monarca filósofo» amigo de Voltaire, amante de la cultura francesa y la filosofía inglesa, y entre cuyos principios estaba el que el soberano era el primer siervo del Estado. Tras tomar el mando gestionó la diplomacia personalmente debido a la guerra, precedente de lo que iba a ocurrir. Poco tras ascender al trono murió el emperador Carlos VI del Sacro Imperio, cuya heredera era mujer. Por ello buena parte de su reinado la dedicó a conseguir apoyos diplomáticos para su Pragmática Sanción mediante la cual su hija María Teresa heredaría sus dominios. Pero no todo el mundo estuvo de acuerdo y Federico fue de los primeros en actuar en la Guerra de Sucesión Austriaca (Fraser, 2001:52).

Federico II en sus tiempos como príncipe heredero (Antoine Pesne, 1739).

Federico anexionó en un golpe de mano la provincia austriaca de Silesia por antiguas reclamaciones, y tal era su población (1.000.000) y riqueza (agrícola y metalúrgica) que en 1755 las exportaciones de la provincia significaban el 45% de las de toda Prusia. Tras la guerra muchos junkers se encontraron arruinados por la mala gestión, cosa que Federico quiso revertir para garantizar su oficialidad. Concedió los Landschaften, créditos por los que debían modernizar sus tierras para hacerlas más productivas, aunque los usaron mayormente para especular. Entre otras medidas también amortizó tierras junker para que éstos no pudiesen perderlas. Nunca mencionó el asunto de la servidumbre y su posible reforma debido a su conservadurismo en cuestiones sociales, su desarrollo fue algo bastante progresivo dado con mayor potencia a principios del siguiente siglo (Clark, 2016: 273).

Siguiendo influencias ilustradas también quiso racionalizar la justicia prusiana, para lo que creó el Código de Derecho General Prusiano. Este fue elaborado y reescrito en varias ocasiones desde 1747 hasta 1792, aunque no se llegó a aplicar en toda su extensión hasta 1794. Entre sus grandes mejoras estuvo el alejar la arbitrariedad de los juicios campestres dominados por los terratenientes, con la prerrogativa de impartir justicia en sus dominios, o la abolición total de la tortura en 1754. Al hilo de mayores reformas también creó un cuerpo de 5.000 fiskale encargados de supervisar todo el entramado burocrático prusiano. Y también formó la Administración General de Impuestos enajenando su trato al Directorio General, con lo que aumentó la recaudación y su poder a costa de debilitar a la administración central berlinesa (Dwyer, 2013: 196).

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) le afectó de sobremanera. En una revolución diplomática enemigos históricos (Austria y Francia junto a Rusia) se unieron contra Prusia, aliada continental de Inglaterra en la guerra. Entre las principales razones para su victoria están las innovadoras estrategias prusianas como la formación oblicua, la nula coordinación enemiga y su final agotamiento. Las bajas fueron tremendas y Federico dedicó el resto de sus esfuerzos a la recuperación. Su misantropía aumentó, y con ello su desconfianza a ceder prerrogativas. Creció la cadencia de sus visitas a provincias, donde revisaba personalmente tropas y administración; también su separación con los ministerios. Su reinado acabó por gestionarse a voz dictada, mediante unos secretarios transmitía su voluntad y la administración simplemente obedecía, coartando toda clase de iniciativa y haciéndola ultra-dependiente.

Económicamente para favorecer a ciertos sectores y a la vez disgregar el poder administrativo creó los Departamentos de Ejército e Industria. En la última, a falta de burguesía emprendedora, el Estado con proteccionismo e inversiones impulsó la industrialización, destacando la porcelana, seda o metalurgia, que alcanzaron su cenit con la posterior liberalización. Prusia debía mejorar su economía, pues sustentaba su estatus por el ejército, el cual en 1786 ascendió a 190.000 hombres, siempre intentando evitar reclutar a los productivos campesinos. A su razón y también siguiendo la tendencia, se dio una reforma educativa cuya misión fue la de adaptar a los siervos al contexto y hacerlos más rentables para el Estado (Dwyer, 2013: 203).

Imagen que muestra a los gigantes de Potsdam, unidad creada por Federico II, a la marcha en la Batalla de Hohenfriedeberg (Carl Röchling, 1913).

Su mayor aumento de territorio tras la toma de Silesia se dio con la Primera Partición de Polonia (1772) en la que el Reino de Prusia anexó la Prusia Real o Polaca a costa de su debilitado vecino. La Mancomunidad Polaco-Lituana estaba regida por un consejo de nobles que designaban al monarca a votación, pudiendo uno solo de sus miembros vetar a la cámara, lo que la hacía carne de influencia extranjera. Con el tiempo esta aumentó lo suficiente para no poder sostenerse por sí misma, y Austria, Rusia y Prusia acabaron por repartírsela. Con ello, Federico consiguió conectar Prusia Oriental con el resto del Estado.

Otros acontecimientos sucedidos durante su reinado giraron en torno a la oposición prusiana hacia el Sacro Imperio, su principal rival y nominal señor en el panorama germánico. En la Guerra de Sucesión Bávara (1778-1779) se opuso a la anexión austriaca del Electorado, y más tarde (1785) encabezó la Fürstenbund, una liga de diferentes estados alemanes, contradiciendo las pretensiones austriacas. La historiografía romántica sitúa estos sucesos como germen del nacionalismo alemán que encabezaba Prusia contra injerencias externas, cuando Federico únicamente actuaba por los intereses de Prusia. Con su gestión, el país pasó de los 2.250.000 a los 5.800.000 habitantes (Clark, 2016: 274).

La Resaca y Conclusión (1786 – 1797)

El sucesor de Federico el Grande sería su «porcino y estúpido» sobrino (en sus propias palabras), Federico Guillermo II (1786-1797). El gobierno resultante sería el paradigma de la dejadez de funciones, añadiéndose el factor de que desde hacía casi cuarenta años nadie hacía apenas nada sin que se lo dictase el monarca. Destaca del mismo su errática y multipolar diplomacia, que le granjeó un aislamiento generalizado en el plano internacional, y su crecimiento a costa de la raquítica Polonia-Lituania, cuya capital acabó por fagocitar. Aparte, su reacción contra el raciocinio ilustrado se manifestó al esparcirse las doctrinas de la Secta de Rosacruz, relacionada con el misticismo y la superstición (Clark, 2016: 335).

Continuó aquí el gobierno de Federico Guillermo III y el advenimiento generalizado de las Guerras Napoleónicas. Aunque la dejadez y mala praxis condenaron a Prusia a una derrota total contra el corso, las reformas centralizadoras que crearon una potente administración y la reforma militar pusieron los mismos cimientos para su recuperación. Fue realmente tras el Congreso de Viena (1815) cuando con la adquisición de la rica y poblada Renania pudo resurgir como una verdadera gran potencia.

La historia de Prusia en los siglos XVII y XVIII es la historia de un Estado indefendible protegido por las armas, las cuales motivaron una mejora impositiva acompañada de una efectiva administración. Ello, junto con monarcas reformadores y un Federico abierto, hicieron a este pequeño estado centro cultural de la misma Europa. Su problema fue hacer al sistema demasiado dependiente de su cabeza sin que el sucesor fuese igualmente efectivo o esta inmortal.

Mapa de Prusia que muestra las adquisiciones territoriales de Federico II y Federico Guillermo II (Fix W., 1869).
Bibliografía:
  • Clark, C. (2016) El Reino de Hierro. Auge y caída de Prusia. 1600-1947. Madrid: La Esfera de los Libros.
  • Dwyer, P.G (ed). (2013) The Rise of Prussia 1700-1830. Nueva York: Routledge.
  • Fraser, D. (2001) Frederick the Great. Nueva York: Fromm International.
  • Hagen, W.W. (2008). Ordinary Prussians: Brandenburg Junkers and Villagers. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Shennan, M. (1995) The Rise of Brandenburg Prussia. Londres: Routledge.
  • Möbius, K, Möbius, S. (2019) Prussian Army Soldiers and the Seven Years’ War: The Psychology of Honour. Londres: Bloomsbury Academic.

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