El Gran Sitio de Malta de 1565: la última cruzada

El sitio de Malta por los turcos en 1565 fue uno de los mayores asedios del siglo XVI, tanto por la envergadura del ataque emprendido por el Imperio otomano como por las especiales circunstancias que lo rodearon y la atención que Europa prestó a su desarrollo. La otrora poderosa Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén no pasaba por su mejor momento pero contará con el apoyo de la Monarquía Hispánica.

Antecedentes

Las cruzadas han pasado al imaginario colectivo como un fenómeno exclusivo del Medievo, pero cabe preguntarse hasta qué punto su espíritu sostuvo las iniciativas y el aparato ideológico del Papado y la Monarquía Hispánica. Durante las décadas anteriores a los hechos aquí narrados, el imparable avance otomano había consolidado su dominio en Anatolia y los Balcanes. La amenaza del Gran Turco se cierne entonces sobre una pequeña isla en pleno centro del Mare Nostrum ahora sarraceno.

Tras la caída de Rodas en 1522 los hospitalarios pidieron auxilio a Carlos V, quien les cede las islas de Malta, Gozo y Comuno, así como la plaza norteafricana de Trípoli. Malta era bastante menos próspera que la anterior sede de la Orden, tanto por su menor tamaño como por la escasez de sus recursos, hasta el punto de que los hospitalarios estuvieron tentados de abandonarla. Por otra parte, la isla contaba con una posición privilegiada que le confería una gran importancia estratégica.

Esto último no impidió que la decisión de llevar a cabo la empresa estuviese exenta de debate. Aunque los caballeros de Malta eran un escollo constante para la piratería berberisca (actuando ellos mismos como piratas, cabe decir) los Bajás temían que una acción semejante desencadenase una gran coalición de los príncipes cristianos con España y el Papa a la cabeza. El Serrallo del sultán se dividió en dos facciones: a un lado  estaban los jefes militares y al otro un variado grupo de cortesanos que incluía al muftí de Egipto, el Capi Aga (líder de los eunucos blancos) y Roxelana. El interés de la esposa eslava de Solimán por la destrucción de los caballeros malteses se debe a que tanto ella como su hija fueron secuestradas por estos cuando viajaban a la Meca.

Desoyendo los consejos de la facción castrense, Solimán el Magnífico se prepara para una campaña que se presentará bastante más amarga que las de sus años de juventud. Los primeros soldados en ser movilizados fueron los 6.000 jenízaros de su guardia personal, una implacable infantería de élite reclutada de entre los hijos de los siervos cristianos. Además de estos se movilizaron 6.000 espahíes o sipahis como unidad de caballería, los llamados iayalás o matasietes (nombre que reciben por su juramento de no huir nunca del campo de batalla hasta matar a siete oponentes) y un número indeterminado de irregulares azab, derviches, piratas de Berbería y toda clase de aventureros. En total sumaron 28.900 soldados para la expedición. De Constantinopla partieron un total de 130 galeras, 30 galeotas, 9 mahonas (naves de transporte), 10 naves gruesas y 200 caramuzales (barcos mercantes).

Mientras tanto, los caballeros de Malta preparaban sus defensas lo mejor que podían. El inminente ataque a la isla era un secreto a voces que circulaba a través de renegados, desertores y advenedizos varios, personajes paradigmáticos de la frontera entre el cristianismo y el islam que constituían una valiosa fuente de información. Esclavos y otros pobladores de la isla ya llevaban varias semanas trabajando sin descanso en reforzar muros y revellines cuando la flota turca es avistada un 18 de mayo de 1565.

En lo que se refiere a la fuerza de los defensores, el mercenario ítalo-español Francisco Balbi, cuyo diario del sitio es una de las principales fuentes sobre el mismo, da la reducida cifra de 550 caballeros. Cabe decir que a estos se añadieron los contingentes de tropas aportadas por la Monarquía Hispánica, además de la propia población de la isla que participó en la defensa y esclavos a los que se había prometido la libertad si hacían lo que se esperaba de ellos (cosa muy común que también hicieron los turcos). En total puede hablarse de unos 6.000-9.000 defensores entre italianos, griegos, españoles y locales.

Días antes de comenzar el asedio se habían tendido dos grandes cadenas de hierro para cerrar el puerto a las naves enemigas. La primera unía San Telmo con la Punta de las Orcas, mientras que la segunda unía las poblaciones de San Miguel y San Ángel. Idéntica estratagema a la utilizada por los defensores Constantinopla en 1453. Uno de los principales problemas del lado otomano será la duplicidad de unos mandos que para colmo se odiaban mutuamente: el sultán había confiado el mando de la armada a Pialí Bajá, pero el ejército estaba a cargo de Mustafá Bajá.

Apenas desembarcaron se produjeron las primeras escaramuzas frente al Burgo, las cuales marcarán las pautas a seguir por los dos bandos. El Gran Maestre de la Orden, Jean Parisot de La Valette, viendo el coste de estos primeros combates, querrá limitar la exposición de los defensores y no propasarse en las salidas mientras estuviesen en posición de inferioridad.

Un tren de artillería de 21 piezas será descargado al día siguiente para batir el primer objetivo de los sitiadores: San Telmo. Se ha dicho que los turcos cometieron un error crucial al centrar sus esfuerzos en este fuerte, pero la decisión no estuvo exenta de discrepancias.

Mustafá, como general del ejército, estará a favor de desplegarse por la isla y ocupar la ciudad de Medina antes de lanzarse al asedio de los bastiones del Burgo y San Miguel. Por su parte, Pialí primaba la necesidad de establecer una base en el Marsamuxeto de cara a salvaguardar su flota. La necesidad de tomar San Telmo se explica por la imposición de la estrategia defendida por este último. En cualquier caso, ambos comandantes se apresuraron al iniciar una acción militar contundente sin esperar al tercer comandante que esta por llegar, Dragut, pese a que tenían órdenes de no hacer nada sin él.

El asedio de San Telmo

San Telmo era un pequeño fuerte en estrella con cuatro puntas que apenas contaba con 100 caballeros y 500 soldados viejos para su defensa. Los turcos esperan tomar esta posición en cuestión de unos pocos días, aunque tienen en su contra el terreno rocoso del Monte Sceberras, que dificulta cualquier intento de cavar trincheras o minar los muros.

El 24 de mayo la legendaria artillería de sitio otomana comienza a batir los muros de San Telmo dando inicio al asedio. Ese mismo día llegan noticias de García Álvarez de Toledo, Virrey de Sicilia, que pide tiempo a La Valette para reunir los refuerzos prometidos. Alertado por la vulnerabilidad de la plaza, el Gran Maestre enviará a otros 50 caballeros y 200 soldados para su defensas. El 27 de mayo se unirá a los sitiadores el corsario calabrés Uluj Alí, junto con cuatro bajeles y 600 leventes.

Aleccio, Matteo Perez d', 1547-1616; The Siege of Malta: Siege and Bombardment of Saint Elmo, 27 May 1565
El campamento de los turcos otomanos en un fresco de Mateo Pérez de Alesio

Pese a los intentos por reconstruir las defensas, el bombardeo constante reducirá la plaza a escombros en menos de una semana, pero esta continúa resistiendo gracias a que por las noches La Valette envía barcas que traen refuerzos y se llevan a los heridos. En una de sus salidas la guarnición llega a provocar la huida de la primera línea otomana ocupando sus propias trincheras, pero serán contenidos por los jenízaros.

El 30 de mayo se produce la llegada del famoso corsario y almirante de la flota otomana, Turgut Reis, más conocido como Dragut. Su veteranía era respetada por todos, pues conocía muy bien Malta, de hecho, entre sus hazañas estaba el haber tomado como cautivos a la población entera de la isla vecina de Gozo, unos 5000 habitantes.

Traía con él 2.500 hombres repartidos en 13 galeras, dos galeotas propias y 30 bajeles de otros corsarios. Fueron recibidos por la flota de Pialí, quien sacando 80 galeras dirigió una salva hacia San Telmo, con la mala suerte de acabar bombardeando sobre sus propias trincheras causando graves daños. Dragut no quedó nada satisfecho con la precipitación con la que se había iniciado el asedio, pero ya era demasiado tarde como para abandonarlo. Una de sus primeras medidas será instalar nuevas plataformas de artillería, enviar patrullas por el puerto y dirigir los cañones hacia la zona en la que desembarcaban los refuerzos cristianos.

La situación se complica aún más para los exhaustos defensores cuando los turcos toman posesión de un revellín y colocan sobre este dos piezas de artillería con las que castigaban el muro interior, que quedaba a la misma altura. Durante los días siguientes los turcos intensificaron los trabajos en las trincheras para situar a los expertos tiradores jenízaros, aunque fueron rechazados en numerosos asaltos. Luego de esto tratarán de construir varios puentes para salvar el foso, sin mucho éxito dado que los cristianos los quemaron todos en las diversas escaramuzas que se produjeron a lo largo del mes. Cabe citar el uso del fuego griego y otros ingenios incendiarios como algo constante por parte de ambos contendientes.

El 8 de junio tiene lugar una pequeña crisis en el lado de los cristianos, cuando la resignada guarnición envía una carta al Gran Maestre anunciando su deseo de regresar al Burgo o en caso de serles denegado, obtener el permiso para hacer una última salida esperando morir espada en la mano. La misiva fue firmada por 53 hospitalarios, con abstención de sus capitanes Estaba en juego perder la fortaleza entera junto con sus hombres.

Ante esta situación a medio camino entre el chantaje y el motín, La Valette decide enviar a unos emisarios para reconocer el estado del lugar. Estos opinarán que el fuerte todavía puede resistir unos días más. Uno de ellos, el napolitano Castriota, llega a ofrecerse voluntario para tomar su lugar si se le otorgaban 600 hombres de refresco. Es entonces cuando los defensores, avergonzados, expresaron su deseo de permanecer y morir en San Telmo.

El día 16 las huestes turcas atacaron San Telmo desde todos los frentes en un asalto general. La armada de Piali Bajá se situó frente a la fortaleza, mientras que, desde las  trincheras 4.000 arcabuceros estaban preparados para disparar. En el foso también esperaban enemigos con escalas, puentes y fuego griego. Tanto la artillería naval como la de las plataformas distribuidas por el área circundante bombardearon la plaza sin cesar durante una hora. Junto al puente reconstruido Mustafá Bajá despliega varias oleadas de iayalás y derviches, reservando a sus jenízaros para otra ocasión, pero ninguna consigue penetrar en el fuerte.

Los capitanes cristianos habían ordenado que se situara un caballero entre cada dos soldados comunes y un arcabucero entre cada dos piqueros, dividiendo a todos los hombres disponibles en tres escuadras para suplir su inferioridad numérica. Esa misma noche el Gran Maestre envió a fray Lorenzo Iarnieu junto con 30 caballeros, 150 soldados y un gran número de gastadores con pertrechos y provisiones. Será el último refuerzo que recibirán los de San Telmo.

Dragut conseguirá interrumpir la comunicación por el puerto, dejando a los caballeros de San Telmo completamente aislados, aunque morirá sin poder ver el desenlace del asedio como consecuencia del fuego amigo. El 17 de junio un disparo de su propia artillería impacta en una trinchera situada a su espalda y la esquirlas de piedra despedidas le dejan herido de muerte.

El 21 de junio, en uno de los últimos asaltos, los turcos se hacen con el control del caballero, lo que le permite a los turcos dominar el lugar por completo, restando mucha movilidad a los cristianos, que estaban muy expuestos al fuego enemigo desde la mayoría de posiciones. Quedaban menos de cien hombres en pie, muchos de ellos heridos. Sabiéndose perdidos celebran una misa y entierran el cáliz para que no cayese en manos de los infieles.

Finalmente, el 23 de junio, los turcos consiguieron tomar lo que quedaba de San Telmo. Ante el empuje del segundo asalto general, los cristianos debieron retirarse hacia la capilla, único edificio que quedaba en pie, pero al ver que el enemigo no tenía compasión con los soldados rendidos, salieron a combatir buscando una muerte rápida. El capitán Juan de Guaras murió cargando contra los jenízaros y el coronel Mas, herido de una pierna, combatió sentado con un mandoble. Cinco soldados consiguieron huir a nado y otros nueve fueron evacuados por unos corsarios que se los llevaron para cobrar un rescate por ellos provocando la furia de Mustafá Bajá.

Los cadáveres de los hospitalarios fueron destripados y clavados en cruces y pilotes que se arrojaron al mar para que la marea los llevase hasta las posiciones cristianas. La respuesta de La Valette fue ejecutar a los prisioneros turcos que tenía en su poder y lanzar sus restos por encima de las murallas asegurándose de que los del otro lado lo veían. El balance final de este trágico episodio no fue muy positivo para los turcos. Tras 30 días de encarnizados combates habían perdido 6.000 hombres, entre los que se encontraban muchos jenízaros y el propio Dragut.

Asedio del Burgo y San Miguel

A lo largo del mes de julio los turcos conseguirían reunir un tren de artillería compuesto por 64 pieza, de las cuales cuatro eran los denominados basiliscos, unos enormes cañones que disparaban balas de hasta 130 libras. Temiendo los efectos de este gran dispositivo La Valette ordenó derribar las casas de Burmola, desde donde los turcos podrían hacerles mucho daño. Para ello envió primero a una partida de caballería de reconocimiento, seguida por un buen número de arcabuceros que aseguraron la posición mientras las dichas casas eran derribadas por unos mil malteses del lugar, que se encargaron además de envenenar los aljibes y cisternas, así como de talar los árboles del jardín del Gran Maestre.

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El sitio de Malta en un fresco de Egnazio Danti (Museos Vaticanos). En la parte superior de la imagen se observa el fuerte de San Telmo al final de la península que forma el Monte Sceberras. Al otro lado del Gran Puerto se encuentran San Miguel (arriba) y San Ángel (abajo) 

 

Para entonces ya se preveía que el asalto a San Ángel y San Miguel iba a tener lugar tanto por tierra como por mar, sospecha que quedó confirmada por el testimonio de un sipahi que, cruzando el estrecho a nado, se pasó al lado cristiano y dio buena cuenta de ello. Los Bajás consiguieron pasar los barcos desde Marsamuxeto hasta al Gran Puerto por la base del Monte Sceberras arrastrándolos unos 500 metros por tierra ayudándose de troncos dispuestos en hilera, tal y cómo hicieron sus antepasados cien años antes en el asedio de Constantinopla. También informó sobre la llegada a la ciudad de un pequeño socorro venido desde Sicilia: 42 caballeros de la Orden de Santiago y 600 soldados españoles a cargo de Juan de Cardona.

Durante la madrugada del 4 de julio el pequeño socorro bordea toda la costa dirigido por el maestre de campo del Tercio Viejo de Sicilia, Melchor de Robles, hasta llegar a la Arenela, donde les esperan los malteses con las barcas para pasar al Burgo. La operación se completó con éxito, aunque no sin gran discusión al respecto, ya que entre la ciudad de Medina y el Burgo había 18 millas y las noches de verano eran demasiado cortas como para que diese tiempo a completar todo el recorrido amparándose en la oscuridad.

En realidad, este socorro estuvo muy cerca de no llegar, ya que tanto Robles como Cardona habían recibido órdenes de García de Toledo de no desembarcar con sus hombres si se había producido la caída de San Telmo. Pero se dio el caso de que el primero en pisar tierra fue un caballero francés llamado Quinci Brunefay, que había pactado en Sicilia con un caballero maltés para guardar en secreto la toma de la fortaleza si se hubiese producido.

Las baterías turcas dirigieron su fuego hacia las obras de fortificación del Burgo, causando gran daño a los que allí trabajaban, de modo que el Gran Maestre decidió poner a trabajar en ellas a los esclavos, que eran enviados en parejas y unidos por una cadena, pero el bombardeo no cesó, llevándose a más de quinientos esclavos en solo una jornada. Dos de estos esclavos rogaron a gritos a los turcos del otro lado del estrecho que dejasen de disparar, pues eran musulmanes como ellos, pero fueron lapidados por la población del Burgo que debió pensar que les estaban revelando secretos en su idioma.

Entre el 7 y el 8 de julio, tras enterarse los turcos de que el pequeño socorro había llegado a través de la cima del Salvador, establecieron allí una nueva plataforma con una batería junto con un poderoso cuerpo de guardia, obligando al Gran Maestre a derribar más casas de la villa.

Sabiendo que el asalto a San Miguel iba a producirse por mar, el Gran Maestre dispuso una serie de postes de madera encadenados a lo largo de istmo, de modo que cuando los turcos aproximasen sus barcas no podrían llegar con ellas hasta las playas, viéndose obligados a mojarse con gran estorbo para arcabuceros y arqueros que acostumbraban a vestir faldas largas a la manera oriental.

La noche del 13 de julio el Gran Maestre ordenó construir un puente que iba del Burgo a San Miguel para facilitar el rescate de esta segunda plaza en caso de necesidad. Las obras concluyeron por la mañana, pero dado que se encontraba demasiado expuesto al fuego de cañón hubo que desplazarlo un poco a la noche siguiente, tras lo cual las baterías enemigas no fueron capaces de destruirlo aun acertándole algún tiro.

El 15 de julio tuvo lugar el primer asalto general al amanecer. Estuvo a cargo de Hasán Bajá, virrey de Argel, que había llegado días atrás al mando de 28 navíos. Este asalto constaría de dos ataques bien diferenciados, uno terrestre dirigido contra el fuerte de San Miguel y otro marítimo sobre los puestos de la Burmola y el Espolón. Entre la Punta de las Orcas y la Arenela aguardaría 60 galeras de Pialí Bajá para entrar en el puerto del Burgo una vez que un lugarteniente de Hasán tomase el Espolón soltando la cadena de hierro que unía ambos istmos cerrando el paso a la armada turca.

Francisco de Zanoguera no contaba con más de sesenta hombres para proteger el Espolón y aunque lo defendieron bien acabó asesinado por un jenízaro. Para entonces los turcos ya habían plantado siete banderas en los cestones de la muralla, pero fueron contrarrestados por la llegada de los capitanes de socorro desde el Burgo a través del puente flotante. En ese momento diez barcones cargados con unos ochocientos turcos entre jenízaros y leventes intentaban el asalto por el mismo Espolón, viendo que era el único punto en el que no había empalizada, pero fueron destruidas por la artillería de San Ángel. Un hecho muy oportuno que salvó el día, pues de haber llegado los turcos al puesto de Zanoguera los defensores no habrían tenido ninguna oportunidad. Por suerte, la mayoría de los que iban en los barcones no sabían nadar y los que no murieron por bala de cañón se ahogaron.

Viendo el asalto perdido Piali Bajá acude a galope a avisar a las sesenta galeras que esperaban en la Arenela para impedir que se dirigiesen hacia la cadena del puerto como estaba previsto, pero por el camino una bala de cañón le voló el turbante tumbándolo del caballo, lo que le tuvo aturdido unos días. Por tierra se estaba llevando a cabo un asalto con 8.000 hombres sobre San Miguel y el puerto de al Burmola, retirándose con gran daño después de 5 horas de lucha, habiendo muerto la mitad de ellos frente a 200 soldados y 42 caballeros del hábito en el otro lado.

Durante los días próximos los turcos se dedicaron a reforzar su plataforma del Salvador, que tendría como objetivo principal batir el baluarte de Castilla. Para evitar un desembarco en esta zona La Valette dispuso una serie de barcos llenos de piedras y asidos por cadenas que puso bajo el agua en el espacio que iba desde este puesto a los dos laterales.

El Gran Rescate se esperaba para el 25 de julio, por ser el día de Santiago que era patrón de España, pero como no fue así los sitiados comenzaron a pensar que no recibirían auxilio alguno. Para entonces las murallas de San Miguel en encontraban prácticamente batidas, especialmente por la parte de Castilla, aunque por suerte la brecha era todavía pequeña. Estaba claro que ese iba a ser el objetivo principal del asalto, de modo que el Gran Maestre mudó su residencia a la casa de un mercader de la zona para estar informado en todo momento. Durante este tiempo se veía siempre a La Valette acompañado de dos pajes, uno que portaba su celada y su rodela y otro que cargaba con su pica, en vistas de un ataque inminente. Pero a pesar de que los muros estaban bastante llanos, los turcos no hicieron esos días nada más que algunos simulacros.

Debe aclararse que la excesiva cautela que había caracterizado a don García de Toledo hasta ese momento no era tal. En realidad, el virrey solo había permanecido a la espera de directrices desde Madrid, ya que sin la autorización de Felipe II no le estaba permitido hacer nada más.

Días atrás los turcos se habían hecho fuertes en el foso de San Miguel sin que los de la muralla pudieran hacer nada al respecto gracias a que habían excavado una serie de cuevas y oquedades en las que resguardarse del fuego cristiano. Una de estas acabó descubriéndoles los cimientos de la muralla en la parte en la que esta se hallaba más batida, hecho que aprovecharon para empezar a sacar piedras del muro hasta hacer un pequeño túnel. Además de esta habían excavado una galería anexa que llegaba hasta el mismo puesto del Gran Maestre, donde tenían pensado colocar una mina que estallaría el día del asalto mientras por el otro saldrían los jenízaros arcabuz en mano acabando con los defensores que quedaran.

Para llevar a cabo este propósito el Agá de los Jenízaros se aproximó al muro y pidió parlamentar con el maestre de campo, que rechazó hablar con él y amenazó con dispararle si no se retiraba, haciendo que algunos de sus hombres lanzasen piñatas (recipientes de barro llenos de fuego griego u otras sustancias incendiarias que actuaban a modo de granadas) para hacerle huir. Lo cierto es que el Agá no tenía nada que decirle y solo estaba allí para distraer a los defensores mientras sus hombres colocaban la mina sin ser descubiertos.

Al final se delatarían cuando uno de ellos, queriendo tantear si se hallaban cerca de la superficie con la punta de una saeta y estando la tierra muy movediza tras el batir de tantos disparos de cañón, provocó que el terreno comenzase a ceder. Esto alertó a un alférez español que arrojó una piñata dentro del agujero provocando la salida espantada de los turcos, que fueron rápidamente reducidos.

Mustafá Bajá ordenó otros dos asaltos masivos simultáneos el 7 de agosto: uno contra San Miguel y otro contra el Burgo, pensado así para que al Gran Maestre le fuese imposible enviar ayuda a través del puente flotante por la necesidad de hombres que tendría en la defensa del puesto de Castilla.

En total ese día atacaron San Miguel unos 8000 hombres. Nada más despuntar el alba Pialí Bajá reunió a la mitad de ellos con intención de tomar el Espolón. En esta ocasión, los turcos lograron atravesar las murallas de la ciudad y viendo que la derrota parecía segura el propio La Valette decidió unirse a los combates en primera línea. El anciano caballero dirigió una salva de arcabucería que redujo a los turcos que acababan de tomar el baluarte de Buena Enseña, donde habían llegado a plantar la bandera real del Gran Turco, obligándoles a emprender la retirada.

Para entonces ya llevaban nueve horas de asedio que los de San Miguel resistían a duras penas, aunque en el último momento los invasores retrocedieron inesperadamente. La razón fue que el capitán de la caballería de Medina, Vincenzo Anastagi, había emprendido un ataque contra el desprotegido hospital de campaña de los sitiadores, masacrando a enfermos y heridos al grito de “¡Victoria!” y “¡Socorro!” logrando desorganizar la retaguardia turca. Probablemente estas proclamas fueron la causa del falso rumor que se extendió por las trincheras infundiendo el temor ante la llegada del gran socorro desde Sicilia, lo que precipitó la retirada antes de que los Bajás diesen orden alguna.

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Vincenzo Anastagi, heróico capitán de caballería la Orden de San Juan (El Greco, 1571-1576)

Solo Mustafá Bajá fue capaz de retirar a sus hombres de forma ordenada y en escuadrón. Pasado el día comprobó el ardid mediante el cual unos pocos cientos de hombres les habían privado de lo que pudo ser una gran victoria. La jornada dejó más de 2000 muertos y el doble de heridos en el lado de los turcos. Los cristianos perdieron a unos 70 hombres, aunque tuvieron muchos más heridos.

Esta derrota ponía en evidencia el desgaste de los otomanos, que Mustafá achacaba a Pialí y su insistencia en la toma de San Telmo. Otro error estratégico del mando turco fue no encargarse de los contingentes de caballería dispersos por el resto de la isla, especialmente de los que había en Medina. La creciente escasez en el lado turco obligó a continuar el bombardeo de los bastiones cristianos con la munición de las galeras. Por otra parte, temiéndose la llegada de un posible socorro desde Sicilia, se dispuso una flota de 80 galeras que patrullarían sin descanso los contornos de la isla.

El 13 de agosto los defensores cristianos debieron sorprenderse de ver a algunos turcos subir con picos y azadas al caballero abatido de la parte de Castilla. No podían hacer gran cosa para estorbarles desde su posición ya que estaban muy expuestos a los tiradores que tenían los turcos en sus trincheras. Consciente del peligro que esto suponía, el Gran Maestre decidió cortar lo que quedaba del caballero con un encajado terraplenado, aunque implicase cederle bastante terreno a los turcos. Esa endeble barrera era lo único que separaba ya a sitiados y sitiadores. Los turcos habían conseguido poner un pie dentro de la fortaleza y decididos a mantener la posición construyeron en ella una trinchera con muchas troneras para arcabucería, aunque serían expulsados por cinco caballeros en un hábil golpe de mano.

El 20 de agosto comenzó el tercer y último asalto general a San Miguel y el bastión de Castilla, liderado por Mustafá Bajá en persona, a pesar de que sumaba unos setenta años. Sin embargo, quedó tan aturdido por disparo de cañón que hubo de retirarse a gatas para refugiarse en el foso de San Miguel, del que no salió hasta bien entrada la noche. La moral en el campamento otomano estaba por los suelos y es que las pérdidas de los últimos días se contaban ya por 18.000 muertos.

Desesperado por no poder tomar ninguna de las dos fortalezas principales Mustafá Bajá decidió lanzar un ataque contra la ciudad de Medina, con lo que esperaba elevar la moral de sus hombres y restablecer tanto su honor personal como el del sultán. En el mejor de los casos podría hacerse con el control de la plaza y pasar el invierno allí. Ante la llegada de los turcos el gobernador de la ciudad dispuso a toda la gente que pudo, mujeres y niños incluidos, en las murallas, donde alzó además numerosas banderas y dio algunos cañonazos de aviso queriendo mostrar que la plaza estaba bien guarnecida y que les sobraba la pólvora. Esta imagen desmoralizó por completo a las tropas turcas, entre las que se empezaron a escuchar lamentos que decían claramente “¡es otro San Telmo! ¡es otro San Telmo!”. No pudiendo ignorar tan desalentador panorama, el bajá ordenó la retirada, que fue aprovechada por la caballería de la ciudad para salir a hostigar su retaguardia.

También fueron reseñables en estos días algunas tormentas de verano, algo importante puesto que la lluvia inutilizaba los arcabuces, que el Gran Maestre se apresuró a sustituir por una gran cantidad ballestas que la Orden tenía guardadas en el tesoro. Esto les dio bastante superioridad sobre sus enemigos, ya que en el lado de los turcos estaba más generalizado el arco como alternativa a las armas de fuego.

Este cambio en el tiempo dará lugar a interesantes episodios en el sitio, que se caracterizarán por el recurso a viejas tácticas de asedio un tanto abandonadas que poco tenían que hacer contra la traza italiana. Mustafá ideó la construcción de una torre de asedio de madera repleta de arcabuceros con la que trataron de acercarse a la muralla. La Valette ordenó hacer un agujero en el muro para situar en el un cañón serpentino que disparó a bocajarro contra el artefacto, que cayó causando graves daños.

Avisado de la llegada de los españoles, Pialí Bajá se apresuró a embarcar a toda la gente de mar disponible para poner en marcha su armada, temiendo ser atacado sin estar preparado para el combate. Aprovechando el desconcierto y el abandono de las trincheras, La Valette envió a sus hombres contra las posiciones de los sitiadores, donde lograron prender fuego a una nueva torre de asedio que se estaba construyendo. Una vez confirmado por Mustafá que no se había producido el desembarco pudieron los turcos poner un poco de orden, pero su armada se mantuvo a la espera tras conocerse que García de Toledo estaba en la mar con 58 galeras.

La explosión de un cañón en el Salvador inutilizó definitivamente aquella plataforma de artillería. El 7 de septiembre se escuchó desde San Telmo el último tiro de cañón (sin bala) que efectuaron los turcos, para entonces ocupados en retirar sus tiendas y bagajes.

La llegada del Gran Socorro

Los turcos ya habían perdido a más de un tercio de sus hombres y la retirada estaba cerca de consumarse. Para asegurar la victoria, García Álvarez de Toledo había desembarcado en la isla con un ejército de 9.600 hombres y emprende una marcha de tres días rodeando la isla con objeto de despistar a los turcos. Pero aun con este refuerzo los malteses no eran suficientes para hacer frente al ejército otomano, por lo que La Valette consiguió engañar a los sitiadores extendiendo falsos rumores que anunciaban la llegada de más de 20.000 hombres. Tras unas últimas escaramuzas favorables a los malteses el día 12 de septiembre la ultima vela turca desaparece por el horizonte.

Consecuencias

Para los turcos, la fallida empresa de Malta costó cerca de 20.000 hombres, teniéndose que lamentar la pérdida de muchos buenos soldados y oficiales, además de unas tropas de élite como son los jenízaros, difícilmente reemplazables a corto plazo. Malta por su parte había perdido una tercera parte de sus soldados y otro tercio de sus habitantes.

La derrota turca supuso un freno al expansionismo otomano en el Mediterraneo Occidental. Su importancia no solo es comparable a la victoria cristiana en Lepanto (1571) sino que antes que esta sellará el equilibrio entre las zonas de influencia de ambos imperios, lo que no impide el desarrollo de la piratería berberisca, igual o incluso más activa que antes. Tras estos acontecimientos, Solimán volvió a concentrarse en su frontera oriental, lanzando un nuevo ataque contra Hungría, donde murió de apoplejía.

Por su parte, el anciano La Valette, quedó agotado por los rigores del asedio e incluso llegó a sugerir la derrotista idea de abandonar la isla tras arrasarla por completo para asentar a los caballeros en algún puerto siciliano, a ser posible Siracusa. Moriría tras una breve enfermedad al cabo de tres años. Las ciudades fueron renombradas como Invicta, Vittoriosa y Cospicua en honor a la defensa protagonizada por sus habitantes durante el asedio. Además se fundaría una nueva ciudad fortificada sobre el Monte Sceberras, en el mismo lugar donde se habían instalado las baterías turcas. Bautizada como Humilissima Civitas Valletta (“Humildísima Ciudad de La Valeta”) en recuerdo del Gran Maestre.

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AGRADECIMIENTOS: el presente artículo ha sido realizado de manera conjunta por MiguelRivers96, Ismael L., y Juan M. Sayago Guzmán, todos colaboradores y articulistas habituales de Archivos de la Historia.

Bibliografía

CAÑETE, Hugo A. Los Tercios en el Mediterráneo. Los Sitios de Castelnuovo y Malta, Ediciones Platea 2015.

 

 

 

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