Tres momentos ridículos de la historia militar

A veces, cuando estás leyendo algún libro de Historia te encuentras con las típicas situaciones ridículas que te hacen echar alguna que otra carcajada. En este artículo vamos a repasar algunas de esas historias ridículas, en este caso de la Historia Militar.

El ataque a Cádiz de 1626

Cuando tu ejército se compone de deudores, amantes cazados, enfermos mentales, discapacitados tanto físicos como psíquicos y tu armada está formada por barcos en un estado nefasto, un buen general debería saber que su empresa es la crónica de un fracaso anunciado.

No fue así con Edward Cecil, que decidió echarse a la mar con 10.000 hombres sin ningún tipo de experiencia en el arte de la guerra y cuya única meta era alcanzar la gloria de sus antepasados. La única parte decente de su ejército era un pequeño contingente holandés que se les había unido. Medio siglo de guerra les había servido para estar muy puestos en la doctrina militar.

Sea como fuere, y con este desastre en ciernes, decidió partir de Plymouth con un objetivo claro: el asalto de Cádiz y su posterior saqueo, sobre todo para hacerse con los galeones repletos de plata que había fondeados allí. Sin embargo, el viaje fue de todo menos tranquilo, pues las tormentas causaron graves daños en las embarcaciones. Algunas se hundieron, otras tantas se perdieron y ante todo, se perdieron ingentes cantidades de comida y lanchas de desembarco.

Sin embargo Cecil consiguió su objetivo, llegó a Cádiz, donde se dio cuenta de que la mayoría de armas no tenían boca y que la munición no valía, así como los moldes para fabricar más se habían quedado defectuosos por culpa del mal tiempo. Aun así se decidió a continuar con la empresa y mandó al conde de Essex a conquistar el puerto de Santa María, orden que desobedeció cargando contra los galeones españoles que fueron cubiertos por las baterías marítimas de Cádiz que hicieron bastantes daños a las embarcaciones durante el tiempo suficiente para que los navíos de la Monarquía Hispánica huyeran.

Allí, un comerciante inglés afincado en Cádiz le dio el chivatazo de que estaba prácticamente desguarnecida y que un ataque contra la ciudad sería sencillo. Sin embargo Cecil receló de esta información y decidió conquistar antes El Puntal, donde tras un día de lucha, se alzó vencedor. Claro que mientras tanto, Cádiz había pedido ayuda al duque de Medina-Sidonia que había reforzado la ciudad con su ejército.

Sin salida aparente, dirigió a sus hombres hacia el puente de Zuazo donde le habían avisado de la existencia de barcos españoles a los que asaltar. Pero, era una falsa alarma, y cuando llegó allí, decidió seguir avanzando para ver que encontraban. Para su desgracia, se les había olvidado llevar comida y agua, así que miles de almas sedientas campaban por Andalucía, hasta que llegaron a un pueblo donde se hacía un exquisito vino de Jerez, muy apreciado por los ingleses.

A la semana siguiente, todo un ejército de ingleses borrachos yacía por el campo andaluz mientras el propio Cecil se daba cuenta de que la empresa era un fracaso. Decidió volver con los que podían tenerse en pie, dejando abandonados al resto, a los que Medina-Sidonia eliminó con relativa facilidad.

A la vuelta, las tormentas y el mal tiempo causaron muchas bajas, y durante meses estuvieron llegando barcos perdidos a las costas de Albión.

Radetzky y los globos kamikaze

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Relativamente denostada es la figura de Radetzky, que, aunque ha sido inmortalizada por la marcha homónima de Strauss, es francamente desconocida en el resto de ámbitos. A los setenta años llegaría al rango de mariscal de campo y dirigirá a los ejércitos contra los territorios italianos que se habían levantado en armas en la década de 1840. Sus soldados le idolatraban, hasta tal punto que le llamaban “Vater Radetzky” es decir, “Padre Radetzky”. Además, muy alejado de las aspiraciones de otros generales de la época como Wellington o Napoleón, el solo se comportó como un militar profesional, sin excesivas aspiraciones políticas. Es lo que podría decirse, un cumplidor.

Sea como fuere, vencería al reino de Cerdeña en Novara y se dirigiría hacia Venecia que se había proclamado independiente. Sitió la ciudad, pero no era especialmente fácil el terreno, así que empezó a maquinar un plan para atacar la ciudad. La idea era coger unos globos con granadas atadas, bombardeando así la ciudad. Evidentemente era algo arcaico, la idea era guiarse por el viento y el viento siempre es traicionero.

De hecho, ningún globo llegó a la ciudad de Venecia, sino que la mayoría cayeron en las líneas austriacas causando el caos y la confusión. Mientras, la ciudad de los canales vitoreaba a sus sitiadores por tan esmerado plan.

El barco que casi mata a Roosevelt

Esta historia es posiblemente la más rocambolesca que haya existido y es gracias a la tripulación más torpe del barco más desdichado que sirvió en la Segunda Guerra Mundial. Nada más ser fletado y abandonar el puerto, a algún marinero despistado se le olvidó levar el ancla del todo destrozando un buque mercante que tenía a su lado con ella. Con esta auténtica declaración de intenciones abandonaba el Porter el puerto.

Su primera misión sería en 1943, cuando se encargase al destructor USS Porter escoltar al USS Iowa donde iba Roosevelt con el objetivo de reunirse con Stalin y Churchill en Teherán y el-Cairo. El destructor debía ocuparse de acabar con los submarinos alemanes que plagaban el Atlántico si se acercaban, lanzando cargas de profundidad.

Y una noche parecía haber llegado el momento, cuando el Porter empezó a soltar cargas de profundidad a mansalva todas las alarmas sonaron y la tripulación del resto de barcos se pusieron a la defensiva… pero todo había sido un gran error. Algún marinero novato había olvidado activar los seguros de las cargas, que se habían desprendido accidentalmente.

Nerviosos todos por la actuación de una marinería tan torpe, Roosevelt pidió al USS Iowa que hicieran pruebas de tiro para entretenerse, y así fue. Lanzaron globos al aire para ir acertando con sus baterías antiaéreas. El USS Porter para intentar demostrar que no eran unos inútiles dispararon a los globos que se extraviaban, e incluso acertaron. Lo que no les vino nada bien, porque se vinieron arriba e hicieron una exhibición del uso de torpedos usando como blanco al USS Iowa. Con tan mala fortuna que la tercera lanzadera estaba cargada y, efectivamente, dispararon al barco que llevaba al presidente Roosevelt. Afortunadamente avisaron de que se dirigía hacia ellos y con un violento viraje pudieron evitar el ataque de fuego amigo. Sin embargo al moverse tanto el barco, la silla del presidente se dirigió a la borda y estuvo al punto de caerse al embravecido mar.

Tehran_Conference,_1943
El amigo por poco no lo cuenta.

Tras esto fue expulsado del convoy y enviado a las islas Aleutianas en Alaska, donde se esperaba que no molestase a nadie. Craso error, pues un marinero borracho bombardearía la casa del comandante de la base.

En los últimos compases de la guerra, fue enviado al frente del Pacífico donde figura en su haber el derribo de cinco aviones japoneses, tres norteamericanos y daños a distintas embarcaciones aliadas. Un kamikaze les intentó atacar y fue derribado por las defensas antiaéreas, pero milagrosamente el avión continuó con su dirección bajo el mar, explotando en la quilla del Porter que acabaría hundiéndose horas después.

Never forget.

Bibliografía

Strosser, E., Prince, M.  (2009). Breve historia de la incompetencia militar. Barcelona: Ediciones B.

Regan, G. (2007). Historia de la incompetencia militar. Barcelona: Crítica.

Webgrafía

Destructor Porter, el barco más torpe e incompetente de la historia …

2 comentarios en “Tres momentos ridículos de la historia militar

  1. Me parece el mejor artículo de la Web. El tono humorístico está muy conseguido, y lo del Porter me ha matado. Top. No descarto que los norteamericanos estuviesen aliviados cuando por fin esa calamidad marina cayó.

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