Miércoles de mujeres (V): las samurái

La historia de Japón está plagada de historias de mujeres guerreras, algo que se ve desde  la mítica diosa Amaterasu, cuya espada, kusanagi-no-tsurugi (espada de la lluvia de las nubes en racimo), forma parte del imaginario de las dinastías imperiales niponas. Es en estas familias donde encontramos la mayor parte de las mujeres que desafiaron el sistema de la época, como la legendaria emperatriz Jingu, que, tras perder a su marido y embarazada, encabezó una expedición contra Corea en el siglo III. Para retrasar el parto y poder dirigir a las tropas, cuenta la leyenda que utilizó una laja de piedra para que el bebé no saliera todavía.

Durante estos siglos, la mujer va a tener un papel preponderante en la historia de Japón, siendo, en muchas ocasiones, la total gobernadora de los territorios. Sin embargo, con la llegada de las guerras civiles del siglo XII, la mujer va a acabar siendo reducida a un rol de absoluta servidumbre. El auge de los samurái en este momento va a ser determinante, ya que con el aumento de poder de las distintas familias, la figura del emperador va a quedar en el descrédito absoluto.

Esto va a cambiar, pero nunca permanentemente, habrá muchas mujeres que dirijan el shogunato a su antojo utilizando a sus maridos como títeres, no van a tener el poder real, siempre en la sombra.

A finales del siglo XII y principios del XIII se rebela la familia Jo, entre las que figura Hangaku Gozen, una mujer que defendió un fuerte de madera durante tres meses, dirigiendo a sus tropas desde una torre en 1201. Durante esta contienda, destacó en combate muchas veces, con su armadura torio típica de los generales a punto y su naginata afilada -la herramienta de combate más típica de las samurái-  se dispuso a defender la puerta contra los enemigos montada en su caballo, mientras era cubierta por arqueros desde las torres.

Es extraño que las mujeres usaran katana, no se sabe por qué, pero sí que solían llevar una daga como último recurso.

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En un momento determinado, fue herida por un arquero, momento que causó la caída de la moral de su ejército, que acabaría rindiéndose. Su futuro era el seppuku, pero la valentía demostrada hizo que el shogun la perdonase y finalmente se casó con otro samurái teniendo una larga vida y una pequeña prole de guerreros de élite.

Con la llegada de los estados en guerra, es decir, el Sengoku Jidai, (del que ya os hablamos en otra entrada) los ejércitos van a ser fundamentalmente dirigidos y formados por hombres. La mujer va a tener un rol menor, pero siempre va a haber algunas valientes que desafíen los límites establecidos para su género como Ichikawa Tsubone, que imitando a Hangaku Gozen, se va a poner al frente de la defensa del castillo de la familia Morí cuando este sea asaltado. El clan Shimazu, por su parte, va a utilizar a las mujeres en actividades de espionaje y contraespionaje.

Esta guerra latente, que nunca terminaba, va a ser atroz para las mujeres de la clase privilegiada samurái, ya que cuando sus yamashiro eran asaltados, su destino era el suicidio, como el de los demás miembros de la familia. Si sobrevivían, su destino sería,  la violación, como está documentado en muchas ocasiones.

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Un yamashiro

Durante este periodo, surgieron los Ikko-ikki, un heterogéneo grupo de ronin y campesinos que, siguiendo a una secta del budismo, decidieron emanciparse de sus daimyo, expulsándoles de sus territorios y gestionándolos ellos. Esta “insolencia” hacia la clase privilegiada fue contestada con una dura represión por parte de Oda Nobunaga, el primer unificador de Japón, que segó, solo en una de sus campañas, la vida de más de 40.000 prisioneros. Las mujeres no se libraron a esta represión. No se sabe cuántas murieron, pero muchas lucharon con las armas que tuvieron a su alcance.

La figura de la mujer samurái fue perdiendo aún más importancia en este periodo, siendo usadas como moneda de cambio entre los señores. Pero, a veces, estas jugadas salían mal y ellas eran perjudicadas. Oda Nobunaga, que, como veis, no era famoso por su piedad, crucificó a algunas a las que había prometido perdonar tras derrotar a sus maridos. Tokugawa Ieyasu bombardeó sin piedad el hogar de Yodo-Domo para forzar a los Hideyoshi a que dejaran de ser pretendientes al shogunato.

Aun así, siempre habrá excepciones, como es el caso de Ginchiyo, una monja guerrera ex-mujer de Tachibana Muneshige. Se sentía en deuda con este daimyo por su antiguo matrimonio, y cuando un destacamento armado les acosaba, armó a sus hermanas y se lanzó al ataque.

Sin embargo, un momento clave en la historia de la mujer guerrera en Japón es en la revolución Meiji en 1868. Buen ejemplo son las mujeres guerreras de Aizu, un clan fiel al Shogun durante las guerras Boshin, que enfrentaron a los dos tipos de gobierno, shogunato e imperio.

El emperador envió a 3000 soldados que fueron arrasando las posiciones de los samurái rebeldes hasta llegar al territorio de los Aizu. Los rumores que circulaban decían que el ejército imperial no solo mataba a los rebeldes, sino también a todo habitante del territorio, incluido mujeres y hombres. Sin embargo, las mujeres Aizu no cumplían con los cánones típicos del resto de Japón, pues eran diestras tanto con su naginata como con la pluma, por lo que iban a luchar hasta el final. Shiba Goro, un joven de diez años que fue apartado de los combates, recuerda en sus memorias como sus hermanas practicaban en el patio con sus armas de madera, esperando el momento de la confrontación. Llevadas por su fidelidad al daimyo y la seguridad de que caer en manos del enemigo significaba la muerte, Nakano Takeko y algunas de sus compañeras decidieron coger las armas y luchar junto al resto de habitantes contra los imperiales. Cuando cargaron enarbolando sus armas y sus gritos de guerra, las primeras filas enemigas salieron huyendo asustados de que las mujeres les mataran.

Pero las armas blancas contra los rifles casi siempre han sido un indicador de derrota, y esta no fue la excepción. Recibidas por el fuego de los modernos fusiles, Takeko y muchas de sus compañeras perecieron. Su hermana, antes de retirarse le cortó la cabeza para evitar que la tomaran como trofeo, y la llevó al interior del castillo de los Aizu.

Más feliz es el final de Yamamoto Maeko (1845-1932), que con un rifle Spencer, se pondría en primera fila junto con sus compañeros y su valor les inspiraría. Hija de un artillero que murió durante el asedio al castillo, ella ocuparía su lugar con honor, sobreviviendo después al conflicto hasta bien entrado el siglo XX.

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Como veis, la historia de Japón, un país donde la figura de la mujer ha estado siempre sometida a la del hombre, ha tenido figuras de relevancia en el “arte de la guerra” desafiando así los cánones de su estricta sociedad.

Bibliografía

Turnbull, S., & Rava, G. (2010). Samurai women, 1184-1877 (1st ed.). Oxford: Osprey.

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