Pablo Morillo: el último conquistador

Este artículo tratará de un soldado que participó en la Guerra de la Independencia, venció a un Mariscal de Napoleón, derrotó a Simón Bolívar en América, y es recordado como un ogro. Un auténtico reaccionario con el ansia de sangre de Robespierre para algunos, un héroe patriota para otros y decididamente, anónimo para la gran mayoría. Así es Pablo Morillo, nacido con solo dos apellidos y muerto con tres títulos. Hoy rescatamos la historia del Flavio Aecio español.

Yo soy yo y mis circunstancias

El 5 de mayo de 1778 nacía hijo de Lorenzo Morillo y María Morillo, en la provincia de Zamora en el pequeño pueblo de Fuentesecas. Hijo de dos honrados labradores, tuvo que huir de su pueblo pues por error tiró piedras a un alguacil, contando él trece años. Por miedo a la justicia huyó con un amigo de su padre, que le recomendó cursar estudios. Fue a Salamanca pero pronto lo abandonó, no estaba hecho para esa vida, y en 1796 se alistó en la Marina, que iba a emprender sus acciones de guerra. Y es que mientras su vida ocurría, el mundo seguía girando.

En 1776, dos años antes de su nacimiento, Jefferson hacía el primer acto revolucionario proclamando que todos los hombres son libres e iguales. Y en 1789 el abate Sieyes declaraba que el tercer estado (burguesía y pueblo llano) querían formar parte de la política. Comenzaba la era de las Revoluciones Liberales, donde muchos cadáveres yacerían, y muchos sueños de libertad se alcanzarían de rocambolescas formas. Y mientras, en España unos reyes incapaces y unas élites que poco contaron con el pueblo, acabarían por cambiar todo el mundo. Las rebeliones en América eran cada vez más frecuentes, los motines del populacho en España igual, y las arcas cada vez escaseaban más. La población avanzaba, la cultura también, y las estructuras feudales del Antiguo Régimen no estaban listos para contenerlos. Comienza el despertar de nuevos sectores de la población. Las ideas regadas en la Ilustración van a germinar.

Y ahí Pablo Morillo entraría como hombre del pueblo que sería vital pese a no tener ni apellido, ni dinero ni estudios. Claro que en momentos de crisis y rupturas es donde los grandes carácteres se ven puestos a prueba. Así, cuando se alistó a la marina empezaba la Guerra del Rosellón. España luchaba contra los revolucionarios franceses, comenzaban las guerras del país galo contra Europa. Aunque empezaron mal, finalmente los ejércitos republicanos batieron a todos los ejércitos absolutistas: Inglaterra, España, Austria. Y es que estas monarquías tenían miedo de que las matanzas, los desordenes y la pérdida de privilegios, por supuesto, se extendiese por Europa.

Y destacaba en grandes acciones el jovencísimo Pablo Morillo. Si uno lee su hoja de servicios está repleta de ocasiones donde destaca un valor rayano en la temeridad. Participa en las acciones en Cataluña, defendiendo Rosas de los ejércitos franceses. Y estaría con la flota que en Tolón arrincona a los republicanos junto a la inglesa. Y posteriormente en la defensa de Cádiz por Mazarredo también combatiría. Llegó a ser hecho prisionero por los ingleses, pero ya en 1797, de vuelta en España, le ascenderían a sargento. Y es que por mucho que un marino mostrase valor, para ocupar altos cargos necesitaba conocimientos astronómicos, geográficos, químicos…En resumen, ser un ilustrado. Y Morillo ni lo era ni lo fue nunca, teniéndoles según las malas lenguas más bien antipatía. Quizá en esto estuviese el origen.

Pero finalmente en 1805 la escuadra franco-española se enfrentaba a la inglesa en Trafalgar, cosechando la mayor derrota de su historia. España nunca jamás discutiría el reinado de los mares, y la pérdida de fe en la marina fue brutal. Pero lo peor es que para Napoleón el país ibérico ya no era la llave de Inglaterra. Solo un país “formado por nobles, curas y campesinos” molesto al que atraer a la civilización. Consiguió que los reyes abdicasen en su hermano, y metiendo sus tropas en el reino. José I Bonaparte se sentaba en el trono, y el 2 de mayo de 1808 el pueblo estallaba. Comenzaba la Guerra de la Independencia.

La guerra contra el francés

Por diseccionar esta guerra, diremos que los participantes eran Portugal, España e Inglaterra contra el Imperio Napoleónico, los afrancesados y Nápoles. Podríamos hablar sobre el sabotaje de los ingleses a la industria española, dejándola como un páramo económico. Podríamos explicar que realmente es casi una guerra civil, y que realmente la mayoría de campesinos y artesanos luchaban por el “Trono y Altar”. Tarde o temprano, esas masas derribarían las tumbas y asesinarían a las familias de los liberales que habían querido un futuro mejor para el país, ilusionados con hacer su Revolución Española. Pero sería alejarnos mucho de nuestro protagonista.

Centrándonos en la guerra, los españoles no tenían un ejército para enfrentarse a las mejores tropas del mundo. Así que las guerrillas fueron las tácticas preferidas, consistentes en usar el terreno, golpear y huir. Una herida sangrante en el Imperio de los Bonaparte que se tragaba sus ejércitos, la primera palada de su tumba. Una guerra total, donde todos participaban y no había batallas campales como Eylau o Austerlitz que arreglasen toda la campaña. Ese pueblo de campesinos, en palabras de Bonaparte “se comportó como un solo hombre de honor”. Y concretamente fue en Bailén donde Morillo tuvo su primera gran acción militar. El general Castaños contra todo pronóstico destrozó el ejército francés gracias a al ayuda de la población local. Morillo destacó que esa batalla le convenció de dejar la Marina definitivamente. Había encontrado sus sitio.

Los ascensos eran meteóricos, y tan escasas de mando cualificado estaban las tropas que su título de sargento de infantería de marina le sirvió de mucho. Dirigió una partida de guerrilleros con valentía, llegando a asustar hasta a sus compañeros. En Extremadura fue cogiendo fama junto a más guerrilleros como el liberal Empecinado, el más reaccionario cura Merino, y un largo etcétera. Sus partidas eran más y más eficaces, y gozaba de popularidad entre sus hombres. Pero la Junta de Sevilla decidió que fuese a Galicia, donde se encontró con una sorprendente situación. Aunque en esos tiempos ya nada sorprendía, era esperpéntico lo que se vivía en Vigo.

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Pablo Morillo y Morillo con uniforme de capitán. Museo del Prado.

Galicia es una tierra cuyo interior estaba (y está) marcado por la vida rural y religiosa. Y por ende con muchas posibilidades de rebelarse contra el francés, enemigo laico. Y de hecho, lo que antes eran molestas partidas de guerrilleros gallegos habían formado un valiente pero desorganizado ejército. Los mandaba un cacique, secundado por curas que les animaban a la batalla. No había ni una pieza de artillería ni un militar, entre los ocho mil que asediaban a los dos mil franceses. Aprovechar la ausencia del Mariscal Soult, que se hallaba en Oporto, era vital para ese puerto. Una fragata inglesa poco o nada podía hacer.

La realidad es que la situación del ejército francés era también pésima. De hecho fue llegar el Capitán Morillo, arrinconar con fiereza al castillo a los napoleónicos y el francés acordar su rendición. Sí, efectivamente no se había rendido antes por la vergüenza de capitular ante semejante tropa. Otra condición fue que les trasladasen en la fragata inglesa a Gran Bretaña, no fuesen a caer en manos de los salvajes españoles. Y el desastre galo se consumó cuando una columna inadvertida de lo ocurrido fue emboscada por la variopinta tropa de Morillo.

Es esta una anécdota suficientemente esclarecedora de lo que fue la guerra. Una guerra absurda, de curas, campesinos, marinos que dirigen tropas en tierra, aliados inciertos y adversarios en un infierno. En palabras del capitán MacKinley, el mérito de esa batalla era de Morillo. Y de hecho fue ascendido a coronel, pues Vigo era una fortificación clave para luchar por las tierras galaicas. Pero Napoleón ya estaba con sus ejércitos en España, las tropas inglesas se retiraron pese a las súplicas hispanas, y envió a lo mejor de su ejército. Desde Valladolid mandó a Soult, al cual ya hemos mencionado, y a Ney. El Mariscal Ney es junto a Murat el más conocido, por sus acciones valientes en Rusia asegurando la retirada y jugándose la vida. Le valieron el apelativo de Bonaparte de “valiente entre los valientes”. Pelearía con él hasta en Waterloo.

Y este legendario Ney pediría ayuda a Soult, que estaba todavía en Portugal luchando. Además por las complicadas comunicaciones de Galicia no podía recibir refuerzos, en total le quedaban 10.000 hombres. Pero veteranos de la Grand Armeé, debería vencer en una batalla decisiva a los hombres de Morillo. Estos se atrincheraron en el Río Verdugo y volaron los puentes, teniendo 7.000 soldados con armas de fuego y 3.000 milicianos que ni eso portaban. Además les apoyaban unos cuantos cañones de campaña capturados en Vigo y algunas lanchas cañoneras de la otrora legendaria flota española.

La metralla y el plomo español, aparte de una sorprendente buena puntería hicieron que Ney se retirase el primer día. El único momento crítico fue una bala de cañón que levantó el sombrero de Morillo. Solo hizo una mueca de disgusto, como si se hubiese manchado con un estofado la bandolera. Al segundo día intentó Ney lanzarse por vados, pero las lanchas cañoneras acribillaron a sus hombres. Incluso llegaban a disparar a los árboles para que se cayesen sobre los franceses. La orgullosa caballería gala no pudo atravesar los puentes ante el fuego de los campesinos. Ney tuvo que retirarse viendo como unos desharrapados vencían. Finalmente Morillo dio la orden de disparar a los artilleros franceses, dejando así sus cañones inútiles. Galicia estaba recuperada.

La Batalla del Puente de Sampayo fue legendaria, celebrada por todos. Morillo ya era una celebridad en toda España, y el fervor patriótico se apoderaba de Galicia. Los enfrentamientos se sucedieron por toda la Península, las guerrillas se mostraron más eficaces que las tropas imperiales, y Wellington empezaba a destacar en toda Europa como general. Este aristócrata que despreciaba a la soldadesca (inglesa y española, por borrachos y por vagos respectivamente) tuvo en gran consideración a Morillo. Y aunque parezca sorprendente, lo cierto es que el zamorano había formado un regimiento en Extremadura que fue capaz de aguantar hasta veintisiete cargas de coraceros franceses. Era normal que incluso el inglés le tuviese respeto.

El último hecho de armas que participó fue en la batalla definitiva contra el francés, Vitoria. Esta localidad fue testigo de cómo Sir Arthur dio el mando de la primera división en atacar a Morillo. El cual se puso al frente de sus fieras tropas, y cargó colina arriba contra los bonapartistas. El general Morillo fue herido de bala, pero no se retiró. Tras la jornada, los franceses se habían dado a la fuga, dejando José I su famoso equipaje (colección de pinturas de Velázquez, Murillo, Rubens etc). Como anecdotario de la batalla, Morillo entregó un diploma a una de sus soldados (sí, una) Agustina de Aragón. Dos leyendas frente a frente.

EL MAESTRO DEL TERROR

Pablo Morillo tenía treinta y siete años, héroe condecorado de guerra, viudo y listo para la acción. En Cádiz durante esa época había una enorme afluencia cultural y política de ideas liberales, las cuales abrazó. Con reservas claro, y es que si bien estaba de acuerdo con las mismas, lo cierto es que su ideario se puede resumir en libertad sin libertinaje. Esto lo vemos cuando él mismo se dedica a justiciar guerrilleros, Y además empezó a conocer allí a los españoles del otro hemisferio, que rezaba la Constitución de Cádiz. Ese debate de la independencia de América era algo peliagudo, en el que Morillo tendría un papel determinante…

Tanto en el Cono Sur como en Nueva Granada había habido rebeliones por varios motivos. Entre otras cosas se exigía libre comercio, liberalismo político, libertad de prensa, representación parlamentaria…Que no muchos siguieron, siendo algo que dividió radicalmente América. Y es que aunque había mucho alzamiento, no era tan extraño. Normalmente en el XVIII algún cacique se levantaba por buscar honores, y era derrotado.

Y en este caso los americanos que se alzaron, como San Martín, argentino libertador, eran antes fieles súbditos de la Corona. Por ejemplo peleó en Bailén, consiguiendo condecoraciones al heroísmo. Pero desde luego que no querían ser súbditos sino ciudadanos. Además a esto se le añade cierta hispanofobia, pues los españoles ocupaban los cargos más altos de la sociedad americana. Tras los españoles vendrían los criollos, hijos de españoles nacidos en América. Rara vez se mezclaban, solían ser burgueses o hacendados, fueron los principales revolucionarios. Hartos de los españoles peninsulares, tuvieron la principal ayuda de los mestizos. Esta clase media baja era hija de español e indígena (no se concebía la inversa). Y en el último, los principales aliados de los españoles, los pardos (hijos de negros e indígenas), negros y por último los indígenas. Estos tenían muy buenos tratos de convivencia con la Monarquía Hispánica, y no se fiaban (con razón, como se vio a posteriori), de los criollos.

Una cosa admirable según historiadores venezolanos, como Lombardi Boscán, es la resistencia de sectores venezolanos realistas(trono y altar contra constitución y república), y como España pudo mantener guerras durante tanto tiempo. Mucho más que Inglaterra contra Estados Unidos, por ejemplo, que se rindió antes. Y es curioso que Lombardi Boscán rescate esa teoría de “locura gloriosa” que tienen Parker y Carr sobre los gobernantes españoles. Una obsesión por sus territorios, por realizar empresas imposibles, que marcarían este periodo. La guerra de un mundo que se acaba, un régimen colonial que va terminando contra los nuevos revolucionarios. Claro que sería imposible de no ser por muchos criollos leales, como los de Maracaibo o Coro.

Así que en 1815, con la Guerra de Independencia Española acabada, el país arruinado pero con grandes soldados, deciden enviar a Morillo con diez mil efectivos a América. Un chico joven se le acercó, exigiéndole formar parte de la expedición. El ya veterano Morillo se rió, diciendo que volviese a jugar. El zagal respondió que de no ser Pablo Morillo él mismo La expedición más grande que jamás vio el Nuevo Mundo, que desembarcaría en Tierra Firme. Y la situación no era tan caótica como parecía, pues los patriotas americanos estaban resistiendo como podían. Si atendemos a militares colombianos el motivo del mal estado del ejército se debe a estas razones: Los perniciosos efectos de la política partidarista en el ejército corrompieron la disciplina hasta el punto de que jefes superiores como el coronel Manuel Castillo, cegados por odios personales y bastardas ambiciones, hicieron imposible con su desobediencia empresas que como la de rendir a Santa Marta, confiada al Libertador a raíz de la capitulación de Santafé, ofrecían esperanzas de éxito. Y todavía se dejan arrastrar más allá, hasta desatar sobre la patria moribunda el terrible flagelo de la guerra civil.Las deserciones en masa, la desobediencia a las órdenes superiores, los execrables asesinatos de prisioneros inermes ejecutados con pueriles pretextos por orden de oficiales de las tropas de Urdaneta en la provincia de Tunja y por las tropas de Bolívar en la de Honda, la depredación de la propiedad civil, la denegación de auxilios de unas fracciones a las otras, las marchas vagarosas y sin objeto, y cien cosas más, nos muestran al ejército republicano muy parecido a las mesnadas desordenadas y violentas de los tiempos bárbaros.

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Así desembarcaba el impresionante ejército de veteranos españoles que iban a defender los derechos de un rey, indigno, pero su rey al fin y al cabo. Pablo Morillo desembarcó cerca de la Isla de Flores, donde un caudillo llamado Arismendi se había rebelado. El “patriota” se arrodilló y suplicó perdón, y el general razonó que si mataba al que se arrodillaba, nadie volvería a arrodillarse. Había que ser temido pero no odiado. Sus tropas entonces marcharon, entre vítores de pueblos americanos que ansiaban la paz y estabilidad del régimen colonial, pues la gran mayoría eran sencillos analfabetos a los que las ideas de libertad, fraternidad etc daban igual. Y sitiaron la legendaria plaza de Cartagena de Indias, que esta vez no tenía un Blas de Lezo para ayudarles.

Así pues el asedio fue heroico, con los criollos aguantando como pudieron. Los españoles desertaban al ver que estaban en un sitio lleno de enfermedades, remoto y ajeno al que les dijeron (Montevideo). Morillo puso que se fusilase a cualquiera que se alejase un cuarto de milla del campamento. De cualquier forma las deserciones y bajas por plagas fueron sustituidas por americanos leales a la corona. Para que el lector se haga una idea, en los ejércitos realistas el 80-85% según los últimos cálculos era americano. Los europeos eran una minoría de élite, por la experiencia en guerras del Viejo Mundo. Los americanos independentistas, como ya hemos comentado, estaban en una muy precaria situación. Sin pólvora a menudo, con uniformes raídos, se encerraron en la inexpugnable Cartagena a la espera del milagro.

La ciudad tenía islas desde donde los fuertes podían machacar al ejército sitiador. Morillo lo sabía y las fue conquistando, una a una. Organizaba mientras tanto desfiles, de esa forma impresionaba a los “desharrapados” sitiados. Un oficial patriota trató de salir a por víveres en secreto, pero como una mosca cayó en la telaraña del zamorano. Este ordenó que su cabeza fuese cortada y enterrada en la caballeriza. Pese a que las enfermedades asolaban a sitiados y sitiadores por igual, los voluntarios endógenos sustituían las bajas españolas rápidamente. Una vez tomados los fuertes, en Santa Catalina se refugiaban los civiles que veían como las bombas españolas arrasaban la ciudad. Una vez mientras se daba la misa una bomba cayó destrozando el altar. Nadie se inmutó.

Pero mientras tuviesen Tierra Bomba y San Felipe, dos poderosos fuertes, Cartagena era muy difícil de tomar. Morillo decidió rendirla por hambre, y llegó un punto en el que la carne podrida se vendía en la ciudad a precio de oro. La muerte y la podredumbre se habían adueñado de la joya del Caribe. Cuando la población hambrienta abandonó en tropel la ciudad, decidió el general ofrecerles una rendición que no aceptaron. Un oficial criollo propuso volar la ciudad cuando estuviese Morillo dentro, tal era su desesperación. Y finalmente evacuaron la ciudad, intentando salvar los hombres, las armas y el honor de la República. No lo consiguieron, cayendo la mayoría en manos españolas.

Mientras la República se dedicaba a discutir sobre himnos, banderas, milicias novatas y su uniforme…Era como alguien que se preocupa más por el equipo de fútbol que de su empleo. Una especie de irresponsabilidad negligente criticada por Bolívar, San Martín y celebrada por los españoles. En poco tiempo Morillo tuvo controlada toda Colombia.

Aquí sin embargo viene el episodio que ha hecho tristemente famoso a Morillo. Antes habíamos mencionado a Arismendi, criollo que de rodillas pidió perdón. Pues aprovechando que el general estaba en Cartagena, aprovechó para rebelarse y asesinar a la guarnición española del lugar. Esto provocó que Morillo perdiese el respeto y la confianza, haciendo caso a sus consejeros más duros. En Cartagena, impresionado por el valor militar ejecutó apenas a seis, pero a decenas en otros sitios. Seguramente tuviese resquemor contra toda persona de clase alta (incluso Wellington le hizo desprecios en su vida), y los criollos lo eran. Una élite traidora, relamida, que vivía de sus haciendas y habían traído el caos a las tierras del legítimo rey, Fernando VII el Deseado. Y comenzaron los fusilamientos.

Llamado irónicamente el Pacificador por sus enemigos, que se apresuraron a demonizarle, comenzó las ejecuciones con la élite intelectual. Murió Camilo Torres, el Verbo de la Revolución y el que comenzó todo. Carbonell era un ilustrado líder de masas, y además a Francisco José de Caldas, geógrafo, botánico y apodado el Sabio. Esta fue la muerte más dolorosa, y según la tradición americana Morillo le dijo “España no necesita sabios”. Claro que es una cita que nunca se ha demostrado, y que además se encuentra una igual durante la ejecución del francés Lavoisier. Con lo cual parece un bulo con mucho recorrido. De cualquier forma esta política le granjeó más y más enemigos entre los criollos, y uno en concreto habría de ser su gran rival. Simón Bolívar, de gran renombre entre los suyos y que volvía del exilio para ser apodado como el Libertador.

Decía un profesor mío que América no tiene héroes, y por su manía de despreciar su régimen colonial, tiene aun menos. Mientras que a España le da igual que el Cid sea un mercenario pues siempre queda Pizarro, o sino Espartero o…América no deja que se critique a Bolívar en absoluto. Bolívar era el perfecto enemigo de Morillo, experto en guerrillas, militar amateur (nunca pisó una escuela, como el español) pero había una gran diferencia. Simón Bolívar era de clase alta, siendo un buen motivo para que ninguno se soportase. Los archirrivales mantuvieron una interesantísima partida de ajedrez militar.

Y desde luego hay que decir algo, si Morillo era como se le llama hoy un “Maestro del Terror”, desde luego que Bolívar es un catedrático cum laude. Declaró en 1813 la Guerra a Muerte. Todo español que no participase activamente a favor de la independencia sería fusilado. Todo americano aunque colaborase con España, perdonado. 886 españoles fueron fusilados por Arismendi en Caracas, y casi 2.000 enfermos del hospital de la Guajira corrieron la misma suerte. Desde luego echar en cara los doscientos ilustrados muertos a Morillo parece ridículo. Pero todo régimen populista de cualquier tipo (de ultraderecha a ultraizquierda) ha santificado la figura de Bolívar. Aunque Marx no le tuviese precisamente cariño: “cobarde, tirano, resentido, mezquino y mentiroso”. Sin entrar a ese juicio de valor, lo cierto es que su campaña contra Morillo es apasionante.

Generoso Jaspe Fusilamiento de los próceres de Cartagena Ca. 1886 Litografía en color.
Fusilamiento de los próceres de Cartagena, por Generoso Jaspe, ca. 1886. Litografía en color.

Estaba financiado con empréstitos ingleses, los cuales además bloquearon todo tipo de ayuda europea a España (derrotar a Napoleón diplomáticamente no valió nada). Y con su gran oratoria, supo apelar a los resentimientos de la guerra, al patriotismo y al ansia de libertad para levantar más ejércitos. Pero como aun así no eran suficientes decidió contratar a miles de mercenarios ingleses que pelearon en América contra sus antiguos aliados. Era un mundo difícil, esta era de las revoluciones.

Mientras tanto Morillo veía como menguaba su tropa. La falta de dinero para pagar provocaba deserciones y saqueos, ergo se iba ganando más antipatía de los lugareños que tan bien les habían recibido. El gobierno de Fernando VII había contado con lograr una ayuda en el Congreso de Viena que no llegaba, merece la pena repetirlo para darse cuenta de algo. España estaba arruinada, sin rutas de comercio atlántico, con su industria asolada, y manteniendo una guerra en América. Y todo esto mientras el debate de absolutismo y liberalismo rezumaba en sus calles. Lo raro es que hubiesen podido levantar la expedición, mantenerla era imposible.

Pero Morillo era alguien de recursos, y decidió liberar a los esclavos negros. Negros, pardos etc iban a participar del proceso de reacción contra la revolución. Pese a tener recuperada Nueva Granada se dirigió a Venezuela, donde Bolívar empezaba su ya tercera revolución. Los dos eran maestros de la guerrilla, y lucharon enviando rápidas partidas de golpear y huir. Otra vez luchando contra guerrilleros, pensaría Morillo. Venció en febrero de 1816 en el enfrentamiento del Puente, pero se vio sorprendido por Bolívar en Ocaña. Se rehace en Cachiri, y ya empieza a contar con sus batallones de pardos.

Finalmente consigue asaltar la Isla Margarita, donde sufrió aquella traición de Arismendi que marcaría toda su estancia en América. Ahí vence en la Batalla de Juan Griego, pero empieza a notar las bajas lentamente en su tropa. La falta de refuerzos y la revolución le consumía sus hombres. Sobre la conquista de Isla Margarita Morillo escribió esto:

Desde aquel momento presentó el ataque al Fuerte el aspecto más espantoso. Pasaban de 500 rebeldes de la canalla más atroz y desalmada de la isla, los que defendían, hombres feroces y crueles, famosos y nombrados entre los piratas de las flecheras, el terror de las costas de Venezuela y facinerosos, que cada uno contaba muchos asesinatos y estaba acostumbrado a mirar la vida y la existencia con mayor desprecio. Estos malvados llenos de rabia y de orgullo, con su primer ventaja en la defensa, parecía cada uno de ellos un tigre, y se presentaban al fuego y las bayonetas con una animosidad de que no hay ejemplo en las mejores tropas del mundo (…) Estos llegaron al último extremo de la desesperación y apuraron todos los medios de defensa. No contentos con el fuego infernal que hacían, arrojaban piedras de gran tamaño, y como eran hombres membrudos y agigantados, se les veía arrojar una piedra enorme con la misma facilidad como si fuese una pequeña. Así tuvimos algunos muertos y heridos a pedradas (…) Nuestra caballería, que para el momento de ocupar el reducto ya estaba prevenida, recibió a los que salieron de él, en unas lagunas poco profundas, donde todos se arrojaron, y allí pereció a sablazos aquella banda de asesinos feroces que ni imploró la clemencia ni hubo que diera señales de timidez en medio de la carnicería que en ellos se hizo (…) De esta suerte se concluyó una acción tan sangrienta y empeñada, allí quedaron tendidos más de quinientos forajidos, que ni aun en el último momento quisieron rendirse.

Así pues, sus bajas hacían que sus victorias empezasen a costar guerras. No podía retirarse de un sitio sin que los civiles atacasen su guarnición. Y para colmo de males los ejércitos novatos bolivariano ya no lo eran tanto, y junto a a la Legión Británica eran un peligro considerable. Y saber que había invadido Margarita mientras que el Libertador asaltaba la Guyana le hizo saber que debía ir para allí inmediatamente. Era hora de dar una gran batalla de verdad.

Bolívar mientras había demostrado a los indomables guerreros de los Llanos que sabía pasar privaciones, que no era un hacendado con ínfulas. Y junto a la Legión Británica y sus revolucionarios marchó conquistando la Guyana. Una región rica que le servía de base de operaciones para sus dos objetivos, Bogotá y Caracas. Cerca de Calabozo, Bolívar ha infligido una derrota a Morillo que le obliga a retirarse. El español sabe que tiene a su ejército desmoralizado, y se dirige al mítico campo de batalla de la Puerta. Si perdía Bogotá y Caracas estaban perdidas, pero ese lugar era un talismán para los españoles, siempre vencían. Decide que se va a poner al frente de sus hombres. Es un hombre del pueblo, no un burgués ni un noble de irrespetuoso mohín.

Morales, su lugarteniente más férreo, se puso con 1.000 infantes y 500 dragones junto al vado del río Sémen. Bolívar mandó un avance general, claramente estaban en tal inferioridad que podrían rodearles y destrozarles. La presencia española en América estaría cerca de concluir, y el sueño de la Gran Colombia se acercaba. Pero todo era una trampa, y Morillo avanzó al frente de sus batallones pardos y veteranos españoles. Sus soldados rompieron el frente republicano poniendo en fuga al Libertador. Entre algunos generales le valió el apelativo burlesco de “el Napoleón de las retiradas”. 1818 había sido un año salvable a pesar de todo.

Pero no fue a cualquier precio la victoria. Recibió un lanzazo en el estómago, y mientras sangraba fue porteado por su Batallón de Pardos de Valencia. Le gustaba presumir de la lealtad de los americanos, y pronunció la frase “Respeten a los prisioneros”. Algo inaudito teniendo en cuenta lo de la Guerra a Muerte. Después de esta batalla tuvo que quedarse el siguiente año en cama, mientras noticias inciertas le llegaban de la guerra. Él simplemente se dedicó a pedir refuerzos, pues cada hombre era insustituible, y en cambio daba igual cuantas veces derrotase a los republicanos, siempre volvían. En 1819, pierde casi un tercio de su caballería cuando los llaneros de Páez salvan a su reciente general en jefe Bolívar. Sería esta su última oportunidad de vencer. En 1820 recibe la orden de firmar un armisticio con Simón Bolívar.

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Monumento al armisticio sellado por Simón Bolivar y Pablo Morillo en Santa Ana.

Aquí se encuentran ambos militares. Se cuenta que Morillo se rió ante Bolívar sobre los que fusiló en Santa Fe hacía ya unos años. Pero de cualquier forma fue un encuentro muy cordial. Ambos acordaron que sus ejércitos dejarían de cometer las habituales salvajadas que se llevaban haciendo en esa guerra. Aunque el armisticio no duró mucho, al menos se libró la guerra de otra forma. Igualmente este momento y el Abrazo de Santa Ana con Bolívar significa el nacimiento de un país en guerra (Colombia) y el fin de la estancia de Morillo en el Nuevo Mundo.

EL DESTINO DE TODO HÉROE ESPAÑOL

Su labor fue estéril, pues todo lo que contuvo a Bolívar se terminó a su marcha. El grandísimo general americano no tuvo oposición alguna, y sus victorias se contaron por decenas. Sin embargo murió en un estado económico desolador, traicionado por los suyos, dimitiendo del gobierno de la Gran Colombia. A su muerte, el general Flores se quedó con Ecuador, Paéz con Venezuela, y tuvo que ser cobijado en su agonía por un español. El proyecto de la Gran Colombia había fracasado. Aunque siempre estuvo muy orgulloso de haber logrado la independencia.

Pablo Morillo observó el Trienio Liberal, donde sus correligionarios decidieron cercar políticamente a Fernando VII. Irónicamente toda su vida había estado peleando contra liberales franceses y sudamericanos, ahora se pondría de parte de los españoles. Aunque no fue reprimido durante la Década Ominosa por Fernando VII (vuelta del despotismo), nunca le pagaron lo que le debían. Vivió en su última etapa vital de su mujer. Enfermo, se fue a tratar a París puesto que iba a empezar la gran guerra contra los absolutistas (Guerra Carlista) y quería estar listo para pelear por ideales por una vez. No pudo ser y murió en Francia, solo y olvidado por todos. Un nuevo héroe nacional se aproximaba, con menos méritos pero con más fama. Era el chico que con trece años le desafió. Baldomero Espartero.

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Retrato militar de Pablo Morillo y Morillo como capitán general y gobernador. Luce las placas de la Orden de Carlos III e Isabel la Católica.

BIBLIOGRAFÍA:

Pérez Ochoa, E. (1982). La guerra irregular en la independencia de la Nueva Granada y Venezuela 1810-1830. Tunja: Vicerrectoría de Investigaciones y Extensión Universitaria de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia & Ediciones La Rana y el Águila

Rodriguez Villa (1908). El teniente general Don Pablo Morillo, primer Conde de Cartagena y Marqués de la Puerta. Madrid.

Quintero Saravia G.M. (2005). Pablo Morillo: General entre dos mundos. Planeta: Madrid.

 

 

 

2 comentarios en “Pablo Morillo: el último conquistador

  1. Pues lo siento no me ha gustado este artículo. Demasiado literario y poco histórico. Espartero hizo la guerra de la Independencia como oficial y luego pasó a America de la que volvió como Brigadier (general de Brigada), así que no podía ser ese muchacho.

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    1. Hola Dani.

      En primer lugar gracias por leer el artículo. En segundo, te voy a transcribir la fuente primaria de la que viene este dato. https://books.google.es/books?id=I6dbcfHPtFwC&pg=PA22&lpg=PA22&dq=espartero+pablo+morillo&source=bl&ots=Xu4IyoU213&sig=_MDsnrXzawvXY-xdx9pQq8s84Dg&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiC286xirTUAhUNbVAKHQxADugQ6AEIQzAE#v=onepage&q=espartero%20pablo%20morillo&f=false
      Fíjate en la nota a pie de página. Un saludo.

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