Putsch Kapp, o como los trabajadores salvaron la Revolución

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Un 13 de marzo de 1920, el conocido como el Marinebrigade Ehrhardt, uno de los muchos Freikorps (Cuerpos Libres) que pululaban por el antiguo Reich,  formado por antiguos suboficiales de la marina se sublevó contra el gobierno legitimo de la República. Estaban coordinados bajo la iniciativa del Comandante General del Reichswehr (Oberbefehlshaber des Reichswehr-Gruppenkommando I ) en Berlín, Walther Freiherr von Lüttwitz. Ocuparon los principales edificios gubernamentales de Berlín e inmediatamente declararon derribado el gobierno  socialdemócrata del  Presidente Friedrich Ebert y su canciller Gustav Bauer.

Ni una sencilla bala de un M98 fue disparada, y la respuesta del gobierno ante esta asonada militar fue huir. Quien salió  en defensa de la democracia, la revolución y del régimen de Weimar, fueron los trabajadores, que sí dieron una respuesta acorde al desafío. Este evento pasara a la historia como el  Putsch Kapp&Lüttwitz.

Este pronunciamiento militar estuvo en vigor por 100 horas. Contó con el apoyo del antiguo  Generalquartiermeister  Erich Ludendorff, así como con miembros  prominentes del Reichswehr y otras facciones conservadoras, nacionalistas y monárquicos. Todos ellos tenían como razón de ser  su animadversión por el cambio de régimen hacia uno republicano y democrático, así como la humillación que suponía  aceptar el Tratado de Versalles.

Tenían como fin instaurar un gobierno conservador y detener todo tipo de reformas sociales o democráticas. El Putsch se centró en Berlín. Dado que Ebert y Bauer no podían contar ni con la Reichswehr ni con los Freikorps, huyeron y recurrieron a los trabajadores, que por medio de una huelga general, la mayor habida nunca en el país, a la que se sumaron grandes sectores de la población alemana junto con la resistencia armada por parte de los trabajadores en Berlín hicieron fracasar la intentona. La mayoría de los funcionarios se negaron a cooperar con los golpistas y entre los militares hubo desunión acerca de la orientación real del golpe.

Los protagonistas fueron tres: el capitán de corbeta de Hermann Ehrhardt que dirigió el Freikorps que tomó Berlín; Walther Freiherr von Lüttwitz, Comandante General de la Reichswehr  supervisó, coordinó y dirigió la operación; y Wolfgang Kapp ideólogo del Putsch y antiguo director del Instituto de Crédito Agrícola de Prusia Oriental, con fuertes contactos con los Junkers. Cofundador del  “Deutsche Vaterlandspartei” ( Partido de la Patria), preside desde agosto de 1919, junto con Erich Ludendorff y Waldemar Pabst, la Nationale Vereinigung (Unión Nacional), asociación política de tendencias conservadoras. Kapp era miembro del Deutschnationale Volkspartei (Partido Nacional Popular), crítico despiadado contra el Tratado de Versalles y por último uno de los máximos exponentes de la teoría de la Dolchstoßlegende o “puñalada por la espalda”.

Antecedentes

El famoso artículo 160 del Tratado de Versalles imponía la reducción del ejercito alemán a 100.000 soldados profesionales y a la práctica desaparición de la marina de guerra y la aviación. Implicaba además la disolución de los  Freikorps una vez detenido el ímpetu revolucionario. Estos soldados sentían una fuerte aversión hacia la Republica de Weimar.

El Tratado de Versalles fue firmado el 28 de junio de 1919 y sus prerrogativas entraban en vigor desde el 10 de enero de 1920. Tenían, por tanto,   que desmovilizarse inminentemente los cerca de 400.000 hombres que formaban el Reichswehr y los 200.000 integrantes de los Freikorps.

Los Freikorps eran unidades paramilitares de antiguos veteranos de la Gran Guerra que se reengancharon al servicio militar. El gobierno alemán los utilizó en varias ocasiones para acabar con los levantamientos comunistas que surgieron tras la guerra. También lucharon en el Báltico bajo el beneplácito de los aliados, siendo su misión frenar el empuje del Ejército Rojo y acabar con los conatos revolucionarios.

Según los términos del Tratado de Versalles, los Freikorps tenían que ser disueltos para el 31 de marzo de 1920.  Dados sus orígenes, la represión interna contra movimientos de izquierdas, así como la defensa contra el empuje del Ejército Rojo, sus objetivos se habían cumplido y con creces, y ahora se estaban convirtiendo en una amenaza para el gobierno, por lo que este vio una oportunidad de oro  para licenciarlos. Corrían rumores de que ciertos líderes de estos Cuerpos Libres estaban acariciando la idea de dar un golpe de Estado ya desde la temprana fecha de julio de 1919.

Ante esa difícil situación, el malestar crecía entre los Freikorps. Este fue canalizado a través de la  agrupación política Nationale Vereinigung, codirigida por Wolfang Kapp y heredera a su vez del antiguo Partido de la Patria  (Deutschen Vaterlandspartei), instaurado por el Almirante Alfred von Tirpitz durante la Primera Guerra Mundial como un elemento aglutinador de todas las fuerzas nacionalistas.  Buscaban imponer un régimen conservador militar y autoritario y no monárquico, que sacara del colapso en el que se encontraba Alemania.

El Putsch

  1. Preparativos

Siguiendo órdenes del Interalliierte Militärkontrollkommission (Comisión Interaliada de control militar, impuesta por el Tratado de Versalles), el 29 de febrero de 1920 Gustav Noske como   Reichswehrmininister (ministro de Defensa) ordenó la disolución de dos de los Freikorps más poderosos: la Marinebrigade Loewenfeld y la Marinebrigade Ehrhardt. Este último contaba con un total de 6000 hombres y estaban asentados  en el Truppenübungsplatz de Döberitz, cerca de Berlín. Se trataba de un cuerpo de élite formado por miembros que habían luchado en Letonia, Múnich y Silesia.

La intención de Gustav Noske era trasferir la Marinebrigade Ehrhardt al mando original de la comandancia de la marina, con la esperanza de aprovechar la experiencia de este cuerpo y hacerlo leal al Estado, no a los intereses de su oficial Hermann Ehrhardt.

Ante esta situación, su comandante, el Korvettenkapitän Ehrhardt, rompió en un acto simbólico delante de sus oficiales la orden del Reichswehrmninister Noske. Organizó a toda prisa  un desfile patriótico, cuyo propósito era ganar apoyos, para el 1 de marzo  al que no fue invitado el ministro de Defensa, como desafío a su autoridad.

Walther Freiherr von Lüttwitz, Comandante General del Reichswehr y padre de los Freikorps, asistió gustoso al desfile, invitado por Hermann Ehrhardt y declarando ante un nutrido grupo de oficiales que no aceptaría de buen grado la disolución de una unidad tan importante que había prestado tantos y tan buenos servicios al Estado.

Desde principios de marzo de 1920 y como consecuencia de estas declaraciones, Lüttwitz rechazó la autoridad del gobierno y comenzó una gira de entrevistas con los principales líderes de la oposición: Oskar Hergt, presidente del Deutschnationale Volkspartei (DNVP), y Rudolf Heinze, cabecilla del Deutsche Volkspartei (DVP), con el fin de sondear su opinión en caso de un golpe de Estado.

El 10 de marzo, Ebert convocó en una reunión a Noske y a Lüttwitz. Este se sentía fuerte por el respaldo de los partidos conservadores, y presentó una serie de demandas a las que sumó las propias. Solicitaba la disolución de la Asamblea Nacional, nuevas elecciones al Reichstag, nuevos secretarios de finanzas y exteriores, y la revocación de la órden de disolución del Freikorps Marinebrigade Ehrhardt. Ebert y Noske se negaron en redondo a estas exigencias, y se exigió la inmediata dimisión de Lüttwitz para el día siguiente.

Lüttwitz no tuvo intención de dimitir, y se reunió en Döberitz con Ehrhardt el 11 de marzo, sondeando su opinión si era capaz de organizar a su hombres para ocupar Berlín al día siguiente. Respondió que necesitaba una jornada más para tomar la capital. Lüttwitz firmó la órden para el día 13 de marzo. La cuenta atrás para el Putsch había comenzado.

Una vez asegurado el sostén castrense, Lüttwitz puso su atención de nuevo en los civiles. Busca el apoyo de la influyente Nationale Vereinigung y especialmente de Wolfang Kapp, así como de Erich Ludendorff, Waldemar Pabst y Traugott von Jagow. Debían  tomar posesión de la administración y establecer un régimen autoritario.

Como los rumores del Putsch eran más que evidentes, Noske reforzó Berlín con dos regimientos de la Sicherheitspolizei,  la policía estatal, y un regimiento del Reichswehr leales para proteger los distritos gubernamentales. Los oficiales de estos regimientos decidieron no disparar contra soldados alemanes.

La renuncia a derramar sangre únicamente vino de una parte. Ehrhardt ordenó a sus oficiales marchar a Berlín con la siguiente consigna “romper cualquier resistencia sin piedad de esa chusma” (“jeden Widerstand Rücksichtslos zu brechen” ).

2.Desarrollo

A las 23 h del día 12 de marzo, Ehrhardt ordenó a su Freikorps marchar hacia Berlín y ocupar los principales puntos neurálgicos de la capital. La brigada llevaba vistosas esvásticas en sus cascos y en los camiones de transporte.

La esvastica que portaban los Freikorps que tanto impresiono a Hitler

A las 00 h del día 13 de marzo se informa a Noske que el golpe se ha iniciado. Es informado de que si el gobierno acepta antes de las 7 de la mañana las propuestas presentadas por Lüttwitz el día 10, no habrá derramamiento de sangre.

A la 1 de la mañana Noske alertó a los comandantes de las fuerzas gubernamentales que defendieran la ciudad frente a la agresión golpista. Algunos de estos oficiales responden negativamente,  argumentando que las tropas regulares no serían capaces de derrotar a la Marinebrigade por ser un cuerpo de elite. Otros se ampararon en el  comentario de Hans von Seeckt  Comandante de la Truppenamt “el Reichswehr no disparara al Reichswehr“.

A las 4 de la mañana, Noske recibe la respuesta de los comandantes que defienden Berlín, y estos muestran  cierta tibieza en defender al régimen establecido. Bastante consternado, convoca con urgencia al gobierno.

El gabinete de crisis, en un principio, no se pone de acuerdo. Hay una corriente liderada por Eugen Schiffer de negociar con los golpistas, y otra dirigida por Ebert de convocar una huelga general. Finalmente se toman dos decisiones importantes: ante la falta de apoyo del ejército, el gobierno decide huir; y segundo, se convoca una huelga general respaldada por los ministros del SPD (Partido Socialista).

A las 6:15 de la mañana, las deliberaciones del comité de emergencia se interrumpen por el aviso de que las tropas golpistas están en Berlín, y los ministros abandonan la ciudad huyendo en coches ya dispuestos.

A las 7:15 de la mañana del 13 de marzo, la Marinebrigade de Ehrhardt atraviesa la Brandenburger Tor, siendo recibido por Lüttwitz, Ludendorff, Kapp y sus seguidores. Se trasladan rápidamente a la Reichskanzlei (Cancillería del Reich) protegidos por un batallón de la Reichswehr con el fin de dar legitimidad al Putsch.

Kapp se autoproclamó Canciller y formó un gobierno provisional, donde varios conservadores y exsecretarios de Estado fueron invitados a asumir cargos en el nuevo gobierno. El exjefe de la policía de Berlín, Traugott von Jagow, fue nombrado ministro del interior; el coronel Max Bauer, jefe de la cancillería; y el pastor y político del DNVP Gottfried Traub, ministro de educación. Lüttwitz ejerció como comandante del ejército.

No hubo resistencia militar al Putsch. Las tropas regulares, la Sicherheitspolizei, la marina de guerra y los Gruppenkommando I y II aceptaron al nuevo ministro de defensa Adolf von Trotha. En Baviera, el Reichswehr derrocó al gobierno y lo reemplazó por el régimen derechista de Gustav von Kahr. En el resto del Reich, la mayoría de los comandantes  de distrito  simpatizaban con el golpe. La alta burocracia estaba dominada por personajes que simpatizaban con el alzamiento. Las provincias prusianas se alinearon con Putsch Kapp&Lüttwitz.

Los miembros del gobierno socialdemócratas se refugian en Dresde, pero son advertidos de que la lealtad del gobernador militar esta con Berlín, por lo que deciden marchar a Stuttgart, donde todo esta en calma. El resto de ministros de los partidos de centro negocian con los golpistas.

  1. Reacción proletaria

Al mediodía del 13 de marzo, el jefe de prensa de la Cancillería del Reich, Ulrich Rauscher, siguiendo las directrices del gabinete de crisis, proclama la Huelga General en nombre del Presidente y los ministros socialdemócratas del gobierno derrocado. La Revolución no había sido derrotada. Los trabajadores estaban dispuestos a luchar por todo aquello que habían ganado. Rápidamente, Karl Legien líder del principal sindicato, comenzó a organizar comités de huelga, sumándose a esta iniciativa el Partido Independiente Socialdemócrata (USPD) y el Partido Demócrata.

El Partido Comunista de Alemania (KPD) no apoyó la huelga porque estaban recelosos con el gobierno, que permitió el asesinato de Rosa Lusemburgo y Karl Liebknecht, aunque las bases conscientes del peligro que se cernía sobre la República no dudaron en salir a la calle y secundar la huelga. Hubo enfrentamientos con un Freikorps en Leipzig. La huelga estaba ahogando al país. En Berlín ni un solo trabajador imprimió los carteles de los golpistas. De nuevo los marinos se amotinaron en Wilhelmshaven y detuvieron a los oficiales. En Chemnitz se organizó en un soviet.

En Sajonia, Turingia y en el Ruhr grupos de izquierda reaccionaron y fueron mas allá de la huelga general e iniciaron una segunda revolución. Se levantaron formaciones armadas, como el Ejército Rojo del Ruhr. Para el 14 y el 15 de marzo, la huelga general tenía paralizada a toda Alemania. 12.000.000 de trabajadores la secundaron. Berlín se quedó sin suministro de agua, electricidad y gas.

El autoproclamado canciller Kapp era incapaz de gobernar. Las comunicaciones entre Berlín y el resto del país estaban cortadas. Lüttwit no podía dar órdenes a las tropas leales al golpe. Las burocracia está del lado de la huelga, pero no se editaron periódicos y los trenes estaban parados.

Kapp, con el apoyo  de Lüttwitz, ordenó atacar a los huelguistas, lo que iba a desatar una cruenta guerra civil. Incluso  los propios soldados leales estaban dudado del apoyo popular al Putsch. En el propio Berlín hubo motines y aparecieron barricadas. Los trabajadores tomaron Dortmund y el Ejército Rojo del Ruhr contó con el apoyo de la policía frente a los Freikorps. El Putsch estaba siendo derrotado por momentos.

4. Desenlace final

La nación quedo  paralizada. Incapaz de dar órdenes y con sus leales cuestionando el éxito del Putsch, Kapp inicia precipitadamente el día 15 negociaciones para dar una salida airosa a la situación.

Las conversaciones se iniciaron a dos bandas con miembros del gobierno que fueron capturados, como Schiffer, y con representantes de la derecha democrática como Hergt y Stresemann. Su objetivo, de nuevo como en noviembre de 1918, era detener la ola de bolchevización que estaba afectado al país y rescatar rápidamente al cuerpo de oficiales, por lo que era deseable que Kapp&Lüttwtz y sus acólitos abandonaran urgentemente el gobierno. La solución vendría por la vía de unas nuevas elecciones, remodelación del gabinete y amnistía para los golpistas si estos renuncian amigablemente. Schiffer quedaría como miembro del anterior gobierno y en ausencia del presidente Ebert, designaría a Seeckt como jefe del Reichswehr.

En Berlín se pasó precipitadamente del enfrentamiento armado con los Freikorps a un resurgimiento del movimiento de los soviets. Para el 17 de marzo se convocaron elecciones en los soviets en las fábricas, y fueron elegidos más de 1.000 delegados. La situación era tan tensa y desesperada que Kapp&Lüttwitz huyeron, uno a Suecia y otro a Hungría. Ehrhardt perdió el mando de su brigada y esta quedó disuelta. Entonces, el Putsch de las 100 horas se disolvió cual azucarillo en un café, gracias a la determinación de los trabajadores al luchar por los derechos alcanzados.

Wolfgang Kapp y el general Walther von Lüttwitz
Kapp y Luttwitz

Conclusiones

El gobierno legítimo volvió a Berlín el 20 de marzo. Solicitó que se desconvocara la huelga general, aunque para ello tuvo que hacer determinadas concesiones a los sindicatos.

Sería nombrado nuevo canciller Karl Legien. Se negoció con los trabajadores para que depusieran las armas. Las negociaciones fracasaron y las revueltas fueron suprimidas por el Reichswehr y los Freikorps a principios de abril.

Aparentemente, la derrota del Putsch puede ser vista como un éxito de la República de Weimar. En las 100 horas que duró la crisis, el apoyo de los trabajadores al régimen democrático fue definitivo para hacer desistir a las fuerzas reaccionarias de derechas.

Kapp y sus seguidores justificaron su intentona en que la Asamblea Nacional estaba empezando a gobernar como un Reichstag permanente, y no para redactar un Constitución. Además, sostenían que el Presidente de la República tenía que ser elegido por el parlamento y no por los electores. Como consecuencia de la promesa hecha a los golpistas, la Asamblea Nacional se disolvió en abril y las elecciones generales se adelantaron a junio, de modo que el pueblo podía expresar sus sentimientos de repulsa al Tratado de Versalles y especialmente a sus negociadores, los socialdemócratas, pagando así un profundo desgaste político y cobrando fuerza la hipótesis de la Dolchstoßlegende o “puñalada por la espalda”.

Supuestamente habían dominado al Putsch, por lo que debían de salir reforzados en estas elecciones de junio de 1919, pero en comparación con las de enero de ese mismo año, la coalición de Weimar de partidos de centro y socialdemócratas perdió la mayoría y jamás la volvió a recuperar.

El SPD pactó con el ejército acabar con los comunistas, perdiendo un apoyo importante. La unidad entre las izquierdas quedó tocada. Los apoyos de los partidos de centro se diluyeron. Los votantes se trasladaron a los extremos del arco parlamentario, tanto a la derecha como a la izquierda, al no vislumbrar soluciones.

Pabst y Ehrhardt se refugiaron en Baviera bajo el gobierno del ultraconservador Gustav von Kahr, que aprovechó el río revuelto para organizar un poder fuerte derechista contra el gobierno republicano de Weimar, siendo desde ese momento un oponente muy duro a cualquier medida democrática iniciada desde  Berlín.

El ejército salió muy reforzado. Noske renunció como ministro de Defensa por su falta de diligencia al proveer el golpe y como concesión a los sindicatos para que desconvocaran la huelga. Ebert permitió a Seeckt organizar un Estado dentro del Estado, siendo en 1932 clave para derrotar el ultimo bastión demócrata que quedaba en la República de Weimar: el Estado de Prusia.

Por último, cabe decir que un sencillo suboficial del ejército bávaro, participante del complot, el cual había volado a Berlín para participar activamente y que estuvo expuesto a recibir una soberana paliza, se libró de milagro. Observó agudamente los eventos caóticos que se desarrollan. Su nombre era Adolf Hitler. Admiró la energía y crueldad que desplegó el Freikorps contra los trabajadores en lucha. Quedó impresionado por las esvásticas impresas en sus cascos y tomó nota de los errores de los conspiradores.

Poco después, se dedicó a apelar los mismos objetivos que Kapp y el mismo odio y rabia que su predecesor, de manera mucho más eficaz y con mayor crueldad, a pesar de fracasar en el famoso Putsch de la Cervecería de Múnich en 1923. Para declarar hacia 1935 de manera triunfante: ” Ich habe die deutsche Nation nach fünfzehn Jahre gerettet, durch meinen fanatischen Wille”. “He rescatado a la nación alemana después de 15 años a través de mi voluntad fanática”

En esencia, los males que llevaron al colapso de la Republica de Weimar no pueden entenderse sin comprender el Putsch de Kapp y sus consecuencias.

Bibliografía

Sebastian Haffner. La revolución traicionada 1918/1919.

David Stevenson. La Historia de la Primera guerra Mundial. 1914-1918.

Adam Tooze. El Diluvio. La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial 1916-1931.

Dietrich Orlow: Preußen und der Kapp-Putsch  Vierteljahrshefte für Zeitgeschichte, 26.

Josep Fontana El siglo de la Revolución. Una historia del  mundo  desde 1914.

Nota: Este artículo pertenece a Galieno Augusto @Galieno_Augusto en Twitter. Si tu también quieres aparecer en la web escríbenos a contacto@archivoshistoria.com y valoraremos tu aportación.

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