Los kurdos, historia en guerra

A pocos o a nadie, a excepción de los aficionados a la lectura de textos clásicos y a los estudiantes de griego, les sonará en lo más mínimo el significado de la palabra “carducos”, pero estoy seguro de que si menciono a los kurdos todo el mundo podría aportar algún dato, dada su actual resonancia mediática. Pero, ¿de dónde viene este nombre de “carducos”? El nombre actual y conocido por todo el mundo es el del pueblo kurdo, pero sería la Anábasis de Jenofonte, escrita en torno al año 401 a.C., la que les comenzó a dar esa fama de pueblo guerrero que aún hoy en día tan bien conservan debido a la guerra.

El pueblo kurdo hoy en día es una minoría en todos los Estados en los que habita, puesto que carecen de un Estado propio, y el Kurdistán histórico está dividido entre varios países del Medio Oriente como podrían ser el sureste de Turquía, el noreste Sirio, el noroeste iraquí o zonas del oeste de Irán, que destacan precisamente por ser las zonas de sus respectivos países con más valor, es decir, las zonas más fértiles, con más agua potable o donde se acumula la gran mayoría de los campos petrolíferos de estos, confiriéndoles esa zona a sus países ocupantes un valor económico más que cuantioso, una de las razones por las que se niegan en rotundo a conferirles la más mínima autonomía.

Pero, ¿cuál es el origen de los kurdos actuales?

Historia del pueblo kurdo

La primera datación acerca de su existencia se remonta a la época de una de las civilizaciones más antiguas conocidas, la sumeria, que en el tercer milenio antes de Cristo ya nos dio a conocer de la existencia de tierras alrededor del lago de Van o el de Urmia (este de Turquía)  llamadas Karda, habitadas por los antecesores de origen iraní indoeuropeos de los actuales kurdos. Los carducos, tal y como en aquel entonces se les conocería, eran en aquel entonces y durante la mayor parte de su, hasta dentro de mucho, tranquila historia, un pueblo de agricultores y pastores.

Más tarde el Imperio Asirio, que fue desde el segundo milenio antes de Cristo hasta su derrota y anexión por los medos y babilonios, escribió acerca de la existencia del pueblo Kurkhi según los escritos conservados, pueblo con el que compartieron frontera un tiempo y más tarde se anexionaron alrededor del siglo IX a.C. Antes de su anexión asiria, el pueblo Kurkhi se encontraba dentro de las fronteras del Reino de Uruartu, con capital en Tushpa, que regentaban los antecesores de los actuales armenios, cuyo territorio histórico comparte en muchos casos tierras con Kurdistán, por lo que estas dos minorías históricas han estado en muchos casos enemistadas históricamente.

En cualquier caso heredaron muchos rasgos de sus conquistadores medos, imperio del que realmente aun hoy en día poco se sabe, pero del que en muchos casos se les considera sus descendientes culturales. Este Imperio medo se desintegró tras la rebelión y conquista de los persas en la segunda mitad del s.VI a.C., que anexaron todo el imperio dentro de sus fronteras, y rápidamente se  dedicaron a expandirlas a costa del Reino de Lidia o de Babilonia.

Durante esta época se les pierde la pista, pero se les vuelve a ver en torno a los años 401-399 a.C. en lo que sería una de las historias clásicas con más fama de la Antigüedad: la Expedición de los Diez mil o la “Anábasis de Ciro”, obra del ateniense Jenofonte. “La Anábasis”, como es actualmente conocida, nos llega gracias a los escribanos bizantinos o romanos que la conservaron y adaptaron en diferentes versiones y manuscritos. Su historia narraba como, tras la muerte del emperador persa Darío II (nieto de Jerjes I, quien sufrió  una derrota aplastante como resultado la Segunda Guerra Médica contra los griegos entre los años 480 y 479 a.C.), su hijo menor, Ciro el joven, le disputó el trono a su hermano mayor y heredero, Artajerjes II, reclutando para ello como élite de su ejército a mercenarios griegos, los cuales en un inicio serían alrededor de doce mil. ¿Por qué griegos? Por su reconocimiento como los mejores soldados del momento, con los hoplitas acorazados que tanto miedo infundían a los persas, y por la increíble experiencia de estos, puesto que la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.) acababa de finalizar y había miles de mercenarios griegos ociosos que no tenían otro oficio que la guerra, siendo de todas las nacionalidades griegas posibles, motivo en algún caso de disputas menores en su viaje junto a Ciro. Pero este, acompañado por su escribano y amigo Jenofonte, no hizo sino morir en la batalla de Cunaxa, en el interior del actual Irak, batalla en la que sesenta mil mercenarios del aspirante se enfrentaron a doscientos mil del rey. Tras la muerte de Ciro el joven, el ejército salió en desbandada, aguantando únicamente los griegos, que finalmente resistieron y vencieron al ejército persa, pero estando solos en una tierra hostil y muy lejos de casa. Fue en ese momento en el que, tras intentar fallidamente negociar, decidieron volver a Grecia siguiendo el curso del río Tigris, pasando por los montes de Armenia y los Alpes Pónticos, lugares con altitudes máximas de hasta casi cuatro mil metros. También cruzaron una de las zonas más duras de la región, los montes Tauro, donde se encontrarían de nuevo con nuestros protagonistas, los carducos, que según escribió Jenofonte habitaban en las montañas anteriores a la fuente del río Tigris, dominando todo el terreno circundante, zona que los griegos se vieron obligados a cruzar si querían llegar al Ponto, desde donde regresarían a sus hogares.

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Ruta de la Expedición de los diez mil donde se ve el País de los Carducos

 La Expedición de los Diez mil en el país de los carducos

En un inicio, nada más avistar a las tropas mercenarias helenas, los carducos huyeron a las montañas y las cimas más altas del lugar, dejando todos sus víveres y objetos de valor, mayormente de bronce, en las aldeas, que rápidamente saquearon los helenos en busca de con qué alimentarse. Aunque ya en la primera noche los nativos comenzaron a organizar escaramuzas, acabando con la vida de los últimos griegos que bajaban desde sus puestos en las montañas de camino a las aldeas. El mismo Jenofonte reconoce que con sus flechas y piedras eran una gran amenaza, puesto que de haberse reunido en un inicio en un número mayor, dice, podrían haber puesto en riesgo la propia expedición. Los carducos, ni cortos ni perezosos, al ver sus hogares saqueados y sometidos al pillaje de los griegos, decidieron organizar la defensa de su tierra con pequeñas pero continuas escaramuzas con hondas y arcos desde las montañas y pasos circundantes al camino seguido por los griegos, a los que acosaban incesantemente. En palabras de Jenofonte “avanzaron así, a veces luchando, a veces descansando”, en referencia a los continuos ataques carducos.

Para Jenofonte, los carducos eran una fuerza formidable desde la distancia, ya que estos eran increíblemente rápidos y ágiles al no llevar ningún tipo de armadura o coraza, por lo que fácilmente podían huir de los pesados hoplitas griegos, mientras que en cuestión de armamento no llevaban ni tan siquiera armas de cuerpo a cuerpo, sino únicamente hondas con las que lanzaban pesadas piedras, o arcos de tres codos de longitud (casi metro y medio) con munición de flechas de dos codos para las que, según aseguraba Jenofonte, las armaduras griegas eran inútiles.

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Los mercenarios griegos de la expedición. Imagen de Johnny Shumate

“Las flechas atravesaban los escudos y las corazas”

 Al séptimo día de viaje finalmente atravesaron completamente el país de los carducos, días que para Jenofonte no fueron sino de una lucha y sufrimiento tal, “que ni siquiera habían recibido del Rey y Tisafernes (sátrapa persa) juntos”, muestra de la increíble bravura del pueblo de los carducos desde tiempos tan alejados por defender sus hogares. Y aunque tuvieron más tarde una gran batalla con los griegos mientras estos cruzaban el río Centrites (actual Bohtan Su) en su retirada a Armenia, nunca más volvieron a saber de ellos, para los cuales, sin duda alguna, su estancia en el país de los carducos fue un verdadero infierno.

A partir de este punto se les pierde la pista, aunque se sabe que poco a poco se fueron extendiendo por todo lo que hoy en día se conoce como Kurdistán, llegando a ser parte de esta región anexada al Imperio Romano y más tarde el Bizantino (Romano Oriental), o en otro caso al Imperio Sasánida (heredero de los temibles partos), hasta su total anexión por el califato islámico. Los kurdos convivirían con el Califato sin ver perdida su lengua ni sus costumbres olvidadas. Es importante señalar que, aunque todos los grupos kurdos hablan diferentes dialectos, mantienen un mismo idioma y, en muchos casos, unas mismas costumbres.

Tras el período califal y una pequeña reanexión al Imperio Romano de Oriente con Basilio II en el 1022, vendría un periplo de diferentes sultanatos y reinos de poco calado hasta la llegada de los otomanos tras la batalla de Chaldirán, en la que estas tierras les fueron conquistadas al Imperio Persa. Pero al ser esta tierra muy próspera y a su vez fronteriza, fue pasto de guerra durante mucho tiempo, alineándose finalmente los kurdos con los turcos otomanos, ya que estos eran sunitas como ellos, razón por la cual consiguieron recompensas como una mayor independencia y autonomía que este pueblo sin estado agradeció, hasta que le fue arrebatada durante el s. XIX.

Con el paso de los siglos, los kurdos pasaron del politeísmo al cristianismo, y tras su anexión a diversos estados islámicos, fueron progresivamente convirtiéndose al islam, siendo la mayoría de ellos de fe sunita, aunque existían muchas variantes e incluso había judíos, cristianos o yazidíes, una minoría religiosa kurda creyente en una religión preislámica (nacida alrededor del año 2000 a.C.) por la que han sufrido reiterados ataques y purgas a manos de casi todas las potencias ocupantes durante su historia.

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Tras el paso de los siglos y su, de nuevo, pérdida de autonomía debido a un mayor centralismo por parte otomana, vino la guerra que daría lugar a su independencia de iure, que nunca sería de facto durante la Gran Guerra. En un inicio, y como todo otomano en el servicio militar, lucharon en las filas turcas, destacándose su caballería en la ofensiva caucásica, operación fallida de cuyo fracaso se culpó a los armenios, iniciándose entonces el conocido genocidio armenio que fragmentó y casi destruyó a esa etnia, en la que los kurdos también participaron minoritariamente, pero de lo que se han disculpado y arrepentido oficialmente hoy en día. Sin embargo, a partir del año 1915, tras la llegada rusa a sus tierras, se volvieron contra sus ocupantes con la esperanza de una esperada independencia que casi se cumplió. En el tratado de Sèvres, que estableció los términos de la paz con Turquía y fue firmado el 10 de agosto de 1920, se tenía la intención de crear un Kurdistán independiente, además de la celebración de diversos referendos en zonas cercanas acerca de su optativa pertenencia al nuevo Estado, como en la ciudad de Mosul.

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Caballería kurda en la ofensiva del Cáucaso

Pero la Guerra de Independencia Turca (1919-1922) terminó por ratificar el nuevo Tratado de Lausana, firmado el 23 de julio de 1923, por el que las tierras del Kurdistán quedaban repartidas entre las diferentes potencias, como Turquía y Persia o Francia e Inglaterra desde sus colonias.

Durante este periodo, se caracterizaron por tener una actitud mucho más tolerante que las culturas vecinas, sobre todo en el campo de la igualdad de género, ya que las mujeres kurdas son mucho más libres que en los Estados vecinos e incluso pueden estar solas o hacer vida social sin miedo a represalia alguna.

Hasta ese momento, Sèvres fue la ocasión más cercana a una independencia real que jamás tuvieron, pero hoy en día hay una oportunidad clara de, si no independencia (cosa harto dudosa debido a los intereses económicos puestos por los Estados ocupantes), sí una mayor autonomía, puesto las gentes del Kurdistán con sus peshmergas (fuerzas armadas) han sido desde el inicio de las guerras contra el Estado Islámico los abanderados de la libertad contra los opresivos y radicales del yihadistas.

Bibliografía:

Gérard Chaliand. (2007). Guerra y civilizaciones: Del imperio asirio a la era contemporánea (Orígenes). España: Paidós Ibérica.

Jenofonte. (2006). Anábasis. España: Alianza Editorial.

Jorge Pisa Sanchez. (2011). Los Persas, breve historia. España: Nowtilus.

Webgrafía:

http://historiageneral.com/2010/01/22/los-kurdos-origenes-e-historia/

http://turquia.pbworks.com/w/page/22538166/Tratado%20de%20Lausana

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/10/141014_kurdos_kurdistan_historia_analisis_aw

http://www.dipublico.org/3680/tratado-de-sevres-1920/

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