Abderramán III y el Califato de Córdoba

Por Occidente ha salido el sol de un Califato que ha de brillar con esplendor en los dos orientes. Con estos versos celebraba el brillante poeta al-Qarawi la autoproclamación califal de ′Abd ar-Rahman III.

Antecedentes

Abderramán III vino al mundo el 7 de enero del año 891. El nombre de ′Abd ar-Rahman, siervo de Dios, hace honor a su célebre antepasado que siglo y medio antes se había salvado de la matanza de sus familiares en Damasco para huir al otro extremo del mundo conocido y establecerse como emir independiente reinstaurando el poder Omeya en la ciudad de Córdoba. Al-Ándalus alcanzó así uno de los mayores esplendores que se conocen en la historia islámica y Córdoba se convirtió en una de las ciudades más populosas del mundo, solo comparable a Constantinopla y Bagdad.

Sin embargo, la juventud del que había de ser el primer Califa cordobés transcurrió en un panorama muy hostil, marcado por intrigas y revueltas. Cuando el viejo emir Abd Allah murió en el año 912, la sucesión tomó un cariz inédito, puesto que no recayó en ninguno de los hijos del difunto, sino en su nieto predilecto: Abderramán. Contrariamente a lo que cabía esperar, la sucesión fue fácil, no habiendo ningún problema por parte de sus tíos.

Abderramán III el emir: 912-929

Heredaba así un emirato al borde de la disolución, cuyo poder efectivo no iba mucho más allá de los arrabales de Córdoba. Desde mediados del siglo IX, una serie de conflictos étnico-políticos habían minado la autoridad de los emires, provocando la fragmentación política de al-Ándalus. Diversas facciones de árabes, bereberes y muladíes enfrentadas entre sí se repartían el territorio, las ciudades y las marcas fronterizas.

La pacificación de al-Ándalus

Si la sucesión al título fue relativamente sencilla, hacer valer su autoridad en todo el territorio sería un verdadero reto que pasaría por reconquistar, literalmente, el emirato perdido a manos de enemigos y rebeldes, tanto cristianos como musulmanes, que se habían hecho fuertes en las distintas coras o provincias.

La primera campaña de su mandato tuvo lugar al mes de ascender al trono, cuando las fuerzas del emir derrotaron a los bereberes del Campo de Calatrava. También tomarían la importante ciudad de Écija, cuyas murallas y defensas fueron derribadas, tras lo cual se concedió el amán a todos sus habitantes. La concesión del amán, el perdón, sería un recurso constante en la pacificación de al-Ándalus.

En la primavera de ese mismo año, Abderramán III dirigió personalmente su primera aceifa, esto es, una expedición militar sobre Elvira, Jaén y Granada, regiones controladas parcialmente por un peligroso enemigo de los Omeyas cordobeses, el rebelde muladí Umar ibn Hafsún, aunque en sus últimos días se haría llamar Samuel tras convertirse al cristianismo. Málaga fue liberada del asedio al que estaba sometida por sus partidarios, que eran en su mayoría mozárabes o incluso bereberes descontentos con la aristocracia árabe dominante.

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La crisis del emirato en el momento de ascenso al poder de Abderramán III.

Después se someter la cora de Elvira, marchó hacia el nordeste tomando una serie de fortalezas a su paso. En concreto destaca el espectacular asedio de Juviles en las Alpujarras de Granada. Tras arrasar los campos de cultivo, talar sus árboles, cortar el agua y destruir todos los recursos de los alrededores, sitió el castillo, que se defendió con eficacia debido a que quedaba fuera del alcance de las catapultas. Entonces el emir de Córdoba hizo construir una plataforma donde instaló un gran almajaneque que debilitó la fortaleza hasta que pasadas dos semanas se rindió.

En su avance, Abderramán otorgó el perdón a aquellos señores rebeldes que se le sometieron sin oponer resistencia, muchos de los cuales pasaron a engrosar las filas del ejército emiral. Aunque para asegurarse su lealtad, dispuso guarniciones en sus alcazabas y retuvo a sus familias en Córdoba como rehenes. En 913 el emir pudo regresar victorioso a Córdoba. Según los cronistas, durante el transcurso de la campaña, que duró noventa y dos días, se habían tomado o destruido unas setenta fortalezas y cerca de trescientas fortificaciones menores o torres.

Otro gran éxito de este primer año de reinado fue el sometimiento de Sevilla, conseguido a costa de explotar hábilmente las disputas internas existentes en el clan árabe que la gobernaba. Los Banu Hayyay se hallaban divididos tras la reciente muerte del cabeza de familia, que había enfrentado al hijo de este con su tío, el señor de Carmona, apoyado por el emirato, por el control de la ciudad. El señor de Carmona rompió pronto la alianza con Córdoba, descontento por no haber conseguido la ciudad para sí mismo, pero fue derrotado al año siguiente. Sevilla, por su parte, continuó siendo un foco de rebeldía hasta tiempo más tarde.

La rebelión de Umar ibn Hafsún 

Este rebelde de origen hispano-godo fue sin lugar a dudas la mayor amenaza para la integridad del estado cordobés de todas cuantas hubo en el siglo IX. Un problema que el emirato arrastraba desde tiempos Muhammad I (879) sin que ninguna de las respuestas del poder cordobés consiguiera sacarle de su, en apariencia inexpugnable, fortaleza de Bobastro. En su momento de máximo poder llegó a dominar la cora de Rayya, que abarcaba las actuales provincias de Málaga y Granada, de la que el emirato hubo de reconocerle oficialmente gobernador.

Su actitud fue siempre advenediza, caracterizándose por el recurso al saqueo y las razias, aunque en ciertos momentos también llegó a recaudar impuestos, más o menos usurpados al poder central cordobés, respecto al que tuvo varios momentos de breve adhesión para volver cada poco a su antigua actitud de rebeldía.

Estableció alianzas con otros insurrectos en Jaén, Badajoz y Zaragoza. Incluso tuvo contactos con Ifriquiya (África) primero con los aglabíes y después con los fatimíes que los sustituyeron. En el año 899 dio un paso decisivo al instalar una diócesis en el Bobastro convirtiéndose al cristianismo, intentando también el reconocimiento de su estado por Alfonso III de Asturias presentándose como un descendiente de visigodos. Aunque su bautizo le restó partidarios, acabó abanderando la causa mozárabe.

El emirato consiguió aislarle en gran parte formando una coalición con los Banu Qasi de la Marca Superior. Su derrota ante Abd Allah debilitaría su posición y, aunque se recuperó del revés, nunca volvería a controlar una zona tan amplia como antes. Para terminar de aislarle del todo antes de dar el golpe final, Abderramán III inició una intensa campaña por Andalucía oriental que le llevó a Algeciras, donde la escuadra de ibn Hafsún fue prendida fuego ante el propio emir, cortando con ello sus comunicaciones por mar.

La intensa sequía sufrida por el territorio impidió el despliegue de grandes ejércitos, favoreciendo al rebelde, pero al fin terminó siendo aislado en su fortaleza de Bobastro donde murió en el 918 a los setenta y dos años, de los cuales los últimos treinta los había pasado recluido en la misma. Sus hijos continuarían la rebelión tras él, pero serían doblegados uno por uno con una crueldad desmedida sobre los vencidos. En el 929, cuando Abderramán III tomó finalmente Bobastro, el cadáver de ibn Hasfún fue desenterrado y sometido a una crucifixión póstuma en las puertas de Córdoba como castigo a la larga y sufrida rebelión y a su apostasía del islam. La mítica fortaleza fue arrasada hasta tal punto que hoy se desconoce su ubicación original.

La contención de los cristianos en el norte

Los conflictos internos que padeció el emirato cordobés a finales del siglo IX habían posibilitado la expansión de la frontera cristiana hacia el sur. En la parte occidental, el reino astur había llegado hasta el Duero ocupando núcleos tan importantes como Zamora, Simancas o León.

El saqueo de Évora por Ordoño II de León (913) en el que los cristianos se hicieron con 4000 cautivos musulmanes, causó tal impacto que alentó a la mayoría de ciudades del occidente peninsular a reparar sus murallas. En el 915 le faltó poco para hacerse con Mérida, de no ser porque los obsequios del gobernador de la ciudad le disuadieron de realizar el asalto. Mientras tanto, Sancho Garcés I de Pamplona atacaba en tierras de Tudela conquistando varias fortalezas.

Estos hechos influyeron a Abderramán III en la preparación de su primera aceifa contra los cristianos el año siguiente. Las primeras campañas no resultaron muy brillantes, pero se repetirían anualmente a partir de entonces, esperando con ello contener su avance, pero también la obtención del preciado botín. En el 918, Ordoño II de León y Sancho Garcés I de Pamplona realizaron una correría conjunta por tierras del alto y medio Ebro en la que tomaron Nájera, Tudela y Valtierra. Pero esta vez la suerte de los cordobeses y sus enemigos fue pareja, obteniéndose en Mitonia la primera victoria musulmana contra los leoneses.

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Campañas militares cristianas (en rojo) y musulmanas (en verde) en época de Abderramán III

En el 920, considerando los territorios cercanos a la capital bien sometidos gracias a la actividad militar de los primeros años de reinado, Abderramán III se vio capaz de dirigir en persona la campaña de ese año. Tratando de detener el avance cordobés, los dos monarcas cristianos volvieron a enfrentarse juntos contra las huestes cordobesas, sufriendo una grave derrota en la batalla de Valdejunquera, al suroeste de Pamplona.

Los supervivientes se refugiaron en el castillo de Muez, que las fuerzas del emir tomaron unos días más tarde. Los cordobeses pasaron a cuchillo a unos 500 defensores, entre ellos a algunas figuras principales de los estados cristianos. Tras esto, continuó remontando el Aragón por la vía clásica de las invasiones del sur hasta Pamplona. La ciudad abandonada sufrió el saqueo por parte de las tropas cordobesas, destacando el derribo de su iglesia catedral. Poco después regresaron a casa con gran número de cautivos, ganado y “tantas cabezas de politeístas que apenas podían transportarlas las bestias”.

La mirada al norte de África. El peligro fatimí

El segundo eje de la política exterior de Abderramán III se centró en frenar la expansión del Califato Fatimí, presente en el norte de África desde el año 910. En lo religioso, los fatimíes representaban una peligrosa herejía que atentaba contra la ortodoxia suní, además de reivindicar la descendencia de Fátima negando a todos los anteriores califas. Sin duda la voluntad de legitimarse frente a este nuevo enemigo pesó mucho en su posterior decisión de convertirse en califa.

El chiismo había prendido con éxito ente algunas tribus bereberes que eran clientes de los fatimíes, siendo el caso de los ziríes y los sanhaya, mientras que los omeyas también sostuvieron entre sus propios clientes a las tribus de los zanata y los idrisíes. Pero el surgimiento de este nuevo poder no solo era una amenaza en el plano de la fe, sino que también hacía peligrar el comercio transahariano, las rutas caravaneras que recorrían el camino desde Tombuctú hasta Sitilmasa llevando bienes indispensables para la economía andalusí como eran el oro y los esclavos africanos.

Para reforzar el control andalusí del estrecho de Gibraltar, el emir tomó Melilla (926) y Ceuta (932), levantó el castillo de Tarifa e impulsó el poderío naval de al-Ándalus con las construcción de ataranazas o astilleros. Desde entonces fue una constante su interés por el dominio del mar. Así lo explica el célebre cronista Ibn Hayyan cuando cuenta como el emir puso en marcha una escuadra “con todo tipo de armas y pertrechos, dotándolas de fuego griego y armamento marino y haciéndolas tripular por marinos expertos y hábiles nautas, audaces domadores del mar”.  

También explotó la expansión del jariyismo entre los bereberes de los territorios fatimíes por el predicador Abu Yazid para minar la autoridad de estos, a pesar de que se trataba de una corriente herética que chocaba con la defensa de la tradición de la que hacían gala los Omeya.

Con todo esto, Abderramán hizo suyo el dominio del Mediterráneo más occidental hasta el 955, cuando los fatimíes reaccionaron a la toma de uno de sus bajeles desencadenando un duro ataque a la flota omeya en Almería. Durante los años siguientes expulsarían a las guarniciones de casi todas sus plazas en el Magreb, a excepción de Ceuta y Tánger. A la muerte de Abderramán III en el 961, la influencia andalusí en la región era mínima.

Abderramán III el califa: 929-961

La proclamación califal de Abderramán III

En el 929 la historia de al-Ándalus da un giro espectacular a raíz de la proclamación de Abderramán III como Califa. Con ello daría un paso decisivo en su trayectoria como gobernante, cerrando una etapa de sonoros éxitos, pero cabe preguntarse qué le llevó hacerlo en ese momento. Desde luego era una forma de reafirmar su autoridad tanto de cara al interior como al exterior, pero sobre todo de legitimarse frente al califa abasí de Bagdad y el califa fatimí de Qayrawan como descendiente que era de los mismísimos Omeyas de Damasco.

Respecto a los primeros cabe señalar un precedente importante en la proclamación del emirato independiente en el 756, que supuso una ruptura con la autoridad política de los abasíes. La decisión de Abderramán III de asumir los títulos de Jalifa rasul-Allah (sucesor del enviado de Dios), amir al-muminin (príncipe de los creyentes) y al-nasir li-din Allah (combatiente por la religión de Alá) no era sino la lógica continuación de aquello al cortar también con todo vínculo religioso entre Córdoba y Bagdad. Pero sobre todo era un modo de contrarrestar la ofensiva política y religiosa que los fatimíes estaban llevando en el norte de África contra sus intereses.

También era un mensaje claro a rebeldes y disidentes interiores, pues ese mismo año habría de someterse la rebelión de los hijos de ibn Hafsún. Cabe añadir que un paso previo a la proclamación califal fue la reapertura al año anterior de la ceca de Córdoba para la emisión de dinares de oro y dirhemes de plata, una prerrogativa más de la autoridad suprema, que demuestra que la decisión había sido tomada con cierta antelación.

En la península ibérica, la noticia se acogió sin problemas. El 16 de enero del citado año 929 los imanes de todas las mezquitas recibieron instrucciones claras de empezar a emplear el nuevo título califal durante el rezo, de modo que los asistentes al acto escucharon de viva voz la gran novedad que acababa de producirse en tierras de al-Ándalus.

Sometimiento de las marcas interiores y estabilización fronteriza

Las acciones para sojuzgar a los señores de las marcas comenzaron el mismo año de proclamación del califato. Al-Ándalus tenía al norte tres territorios fronterizos, denominados marcas, que tenían un cometido esencialmente militar para la defensa frente a los cristianos del norte, pero que desde hacía algún tiempo venían actuando de forma prácticamente autónoma: la Marca Inferior, con centro en Badajoz, la Marca Media, con centro en Toledo y la Marca Superior, con centro en Zaragoza. Al frente de las mismas se encontraban prominentes familias muladíes, en más de los casos, descendientes de la antigua nobleza hispano-visigoda.

La primera acometida se realizó contra la Marca Inferior, donde se mantenían en rebeldía los descendientes de Ibn Marwan “el Gallego”. Las fuerzas califales arrasaron las tierras de Badajoz y se hicieron con las principales poblaciones de la región. Abderramán conjugó la presión militar con la concesión del amán e incentivos fiscales, así, Mérida se rindió a cambio del perdón, mientras que Beja, Santarém y Ocsobona fueron tomadas por la fuerza.

El siguiente objetivo sería la ciudad de Toledo, bien fortificada y en una posición estratégica, aunque rodeada por comarcas en su mayoría leales al Califato. La ciudad se rindió finalmente en el 932 tras dos años de duro asedio que la habían dejado en una situación muy precaria debido a la hambruna que vivía. Abderramán le concedió el perdón pero no sin que su lealtad se pagase a cambio con una gran autonomía y de nuevo garantías fiscales. Con ello, la Marca Media pasó a ser una pieza más del poder cordobés.

El último capítulo de la lucha califal por la pacificación de sus dominios interiores se desarrolló en torno al control de la Marca Superior, en concreto, de la ciudad de Zaragoza. Esta zona había sido escenario de intensas luchas entre los poderes locales, destacando los Tuyibíes de Zaragoza, los Banu Saprit de Huesca y los otrora poderosos Banu Qasi. Decidido a resolver esas querellas, el califa dio su apoyo a los primeros pero Al-Tuyibí se negó a prestarle servicio militar, aliándose con los señores de Huesca y Barbastro. En el 935 Abderramán puso en asedio Zaragoza, pero hubo de retirarse sin éxito habiéndose extendido la rebelión entre más señores fronterizos, que para colmo contaban entonces con el apoyo de los cristianos del norte.

A pesar de un comienzo difícil, para el 937 el califa había conseguido someter a la mayoría de las ciudades aliadas con Zaragoza y en la primavera de ese año marchó de nuevo a dirigir el asedio de esta, que incapaz de resistir más se rindió a cambio de la concesión del perdón. Al-Tuyibí se comprometería a pagar tributo, auxiliarlo en sus campañas militares y no establecer alianzas con los infieles, obteniendo a cambio el control vitalicio de la ciudad y la potestad para nombrar a su heredero como gobernador de la urbe. Esta serie de victorias permitieron volver a asegurar el control de las marcas por el Califato, aunque no logró acabar con el poder de los linajes fronterizos.

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El ejército del Califato de Córdoba.

 

De la derrota de Simancas a la sumisión de los cristianos

La muerte de Ordoño II en el 924, que dio lugar a una crisis sucesoria en el Reino de León, supuso el cese de las hostilidades hasta la subida al trono de Ramiro II en el 931. Al año siguiente acudió en ayuda de la rebelión contra Abderramán III que se estaba produciendo en Toledo, conquistó Madrid y derrotó a una columna militar islamita que le salió al paso en Osma. Estos primeros éxitos preocuparon al califa, que una vez hubo tomado Toledo, puso en marcha una campaña de castigo para contener los últimos triunfos de los cristianos, aunque hubo de desviarse ante una nueva rebelión de los zaragozanos. Tras esto se dirigió al reino de Pamplona, donde una embajada de la reina Toda logró obtener de él una tregua y el reconocimiento de García Sánchez como rey a cambio de abandonar toda alianza contra el Califato.

Sellada la paz con los navarros continuó su viaje triunfal y devastador por el oeste, atravesando Álava y Burgos, ocupó Falces, Clunia y Huerta del Rey y quemó el monasterio de San Pedro de Cardeña pereciendo todos sus monjes. Por último, las tropas islámicas cruzaron el Duero en dirección al sur de regreso al territorio cordobés, no sin antes vencer a las tropas de Ramino II cerca de Osma cerrando así una de sus campañas más exitosas.

Aunque los años siguientes el califa dedicó su principal atención a la conquista de Zaragoza, no por ello cesaron las campañas contra los territorios cristianos. En el 936 uno de sus generales derrotó al conde Sunyer de Barcelona. En el 937, los navarros rompieron la tregua aliándose con León y los rebeldes tuyibíes zaragozanos obligando al califa a intervenir.

Ahora bien, la pugna entre cristianos y musulmanes toma tintes oscuros para estos últimos a raíz de la grave derrota sufrida a manos de tropas leonesas, navarras y castellanas en la batalla de Simancas (939) donde el propio califa estuvo a punto de perder la vida, dejándose literalmente la cota de malla por el camino, circunstancia que le hizo decidirse por no volver a dirigir en persona ninguna otra batalla.

Varios hechos “milagrosos” o sobrenaturales aparecen ligados a este encuentro, como el eclipse de sol que relatan tanto las crónicas cristianas como las musulmanas y que causó tal impacto en los contendientes, que pasaron dos días sin que unos u otros hiciesen movimiento alguno. Por su parte la tradición cristiana dice que San Millán apareció en plena batalla, por lo que fue nombrado patrón de Castilla.

Si la derrota se debió a las disensiones entre los distintos jefes militares es algo que hoy día no sabemos, pero es una posibilidad conociendo las luchas internas entre los gobernadores fronterizos y los jefes militares “saqalibba” de origen eslavo que se repartían los mandos del ejército andalusí. El regreso del ejército musulmán a casa no pudo ser más lamentable, y aquellos considerados responsables de la derrota, puede que unos 300, serían crucificados en la capital califal.

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Abderramán III, por Theodore Chasseriau (1845)

La victoria cristiana impuso un cierto equilibrio compensando la situación anterior. La iniciativa militar quedó entonces en manos de los señores de las marcas fronterizas que lograron con ello una autonomía considerable. A nivel militar tuvo también otra consecuencia importante como fue el abandono de los choques en batalla campal por razias y campañas de hostigamiento.

A los cristianos, por su parte, les permitió iniciar una tímida repoblación de la margen izquierda del Duero, la llamada Extremadura, así como campar más o menos a sus anchas hasta la muerte de Ramiro II, que provocó una nueva crisis sucesoria bien aprovechada por los cordobeses que realizaron incursiones casi anuales (953, 955, 956 y 957). Pero las aceifas, aunque proveyeron de un sustancioso botín, no modificaron sustancialmente las fronteras y el territorio perdido no se recuperó. 

Abderramán III, emparentado por nacimiento con la casa Arista-Iñiga de Pamplona y a través de esta con los reyes de León, aprovechó esto para justificar su intervención en las disputas dinásticas, ahondando con ello en el debilitamiento del reino, que acabó convertido en un cliente suyo y de su sucesor.

Legado y muerte

Con una hábil combinación de violencia y magnanimidad, Abderramán III cierra su reinado dejando un panorama muy positivo en comparación a lo que se encontró al tomar el poder cincuenta años atrás. Había conseguido unificar y asegurar un territorio antes fragmentado por las revueltas bajo la autoridad de Córdoba, reprimiendo a sus enemigos internos y conteniendo a los externos.

Y Córdoba, con entre 150.000 y 200.000 habitantes, había quedado confirmada como la ciudad principal de Europa y un centro cultural de primer orden cuyo esplendor le debió mucho a Abderramán III. También destaca la construcción de la ciudad palatina de Medina Azahara, un auténtico ejercicio de propaganda del califato. Abderramán fue además el califa de los poetas e impulsó mucho la cultura, dotando a Córdoba con cerca de setenta bibliotecas, una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores. Amplió la Mezquita e hizo de la suya una de las cortes más esplendorosas de cuantas se conocían, regida por una estricta y teatral etiqueta que hizo de él un líder tan popular como alejado de su pueblo.

Sin embargo, sus logros se verían aminorados por la incompetencia de sus sucesores, que no podrían evitar la descomposición política del territorio hasta el punto de que el califato que había fundado quedó definitivamente abolido en el 1031 y los omeyas prácticamente desaparecieron de al-Ándalus.

Bibliografía

Valdeón Baruque, Julio (2002). Abderramán III y el Califato de Córdoba. DeBolsillo.

 

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