Revolución Americana: Birth of a Nation

La Revolución Americana, también conocida como guerra de la Independencia, tiene muchas interpretaciones. Para muchos, es una revolución burguesa con la que nace un país imperialista. Para otros, es el parto de las libertades que mejoraron el mundo, ideas como democracia o representación nacen allí. Sea cual sea, en este análisis trataremos de dejar todo prejuicio de lado, esfuerzo necesario si queremos formarnos una acertada visión de la Edad Contemporánea.

We, the people

Decía Shakespeare, que el mundo es un teatro y las personas somos actores. Pues, en el elenco que participa en esta función tenemos al Imperio Británico, las Trece Colonias, Francia y España. El primero, caracterizado a menudo como villano con más o menos sentido, fue el fundador del segundo. Y así en el siglo XVI se inician los primeros asentamientos que continúan en el XVII y XVIII. España y Francia son los rivales coloniales de Inglaterra, participando con mayor o menor suerte en varias guerras, hasta salir ampliamente derrotadas en la Guerra de los Siete Años.

Pero, centrémonos en las Trece Colonias y su muy compleja sociedad. De 1700 a 1760 la población de colonos crece hasta multiplicar diez veces su tamaño. Su tasa de alfabetización es del 75% entre hombres y 35% en mujeres, siendo que en Inglaterra los hombres no pasaban del 60% . En la Francia de la Ilustración sólo un 48% sabía escribir, y apenas un 30% hablaba francés. En resumen, podemos hablar de que era el lugar más culto del mundo. Además habían tenido un “Gran Despertar”, una revitalización de las corrientes cristianas.

Este hecho religioso significó la fragmentación de las distintas confesiones, haciendo que sin estar sujetas a las estructuras tradicionales (diócesis, archidiócesis etc) fuesen más cercanas al pueblo. En cada municipio enseñaban a leer la Biblia (parte imprescindible entre los protestantes) y a interpretarla de forma muy personal. Es decir, una población culta, individualista y acostumbrada a ir contra las normas establecidas, contra lo normativo. Sin saberlo estaban formando unos perfectos rebeldes. Económicamente, estaban en una inmejorable situación. Eran los que menos impuestos pagaban del Imperio Británico, y al haber muchas tierras sin dueño se podía hablar de una sociedad de propietarios. La sociedad se dividía entre grandes latifundistas y patriciado urbano, una enorme clase media de propietarios, unos inmigrantes alemanes e irlandeses que tenían un contrato de servidumbre de siete años, artesanos y manufactureros, y muchos esclavos. Estos esclavos eran casi un quinto de la población, estando en Virginia y Maryland sobre todo, el sur de Estados Unidos. Ya hablamos de una sociedad muy comerciante, con ansias de expandirse en ese sentido, y que se va definiendo como una tierra de oportunidades. Donde un inmigrante podía llegar a ser un hacendado, lo más alto del escalafón social.

Aunque el Imperio Británico les hacía tener un déficit comercial negativo, (se vendían en Boston antes las manufacturas inglesas que las americanas) en general les compensaba. Tenían un enorme ejército, una flota poderosísima, y pesaban mucho los lazos culturales. Pero el desarrollo del pensamiento propio de estos colonos, su consideración de “ingleses de segunda”, y que sus asambleas eran mucho más democráticas que el parlamentarismo británico – donde votaba el 15% de los ingleses, mientras que en las asambleas norteamericanas votaba desde un 40% a un 80%-. Además ideas liberales como las de “gobierno por consentimiento” o libre comercio, penetraban en la sociedad norteamericana. Ya vemos que otra cultura política y religiosa se ha desarrollado. Pero bueno, igual que muchas castas en la India apoyaban al Imperio mientras fuese ventajoso, así harían ellos. Un ejemplo de su enorme autonomía era que tenían la capacidad de emitir moneda, algo muy poco común.

Pero entonces vinieron las guerras contra España y Francia, dos enormes potencias, una en lo militar y otra en lo marítimo, que podían disputar la hegemonía a Inglaterra. En la Guerra de la Oreja de Jenkins participaron miles de colonos, concretamente al mando de Lawrence Washington, hermano del famoso George. En varias guerras de Francia e Inglaterra los norteamericanos fueron formando sus famosas milicias, luchando en suelo canadiense. Pero donde más sufrieron fue en la Guerra de los 7 años, que acabó con una victoria pírrica de Inglaterra, que expulsó a Francia de Norteamérica (eran territorios deficitarios), y tomó Florida Oriental para sí de España. Todo ratificado en la Paz de París de 1762, parecía que significaba el auge del Imperio Británico. España y Francia quedarían heridas en su orgullo, pero nadie podía sospechar lo que se avecinaba. Como diría tiempo después Benjamin Franklin, el Imperio Británico era bello y frágil como un jarrón chino…

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No taxes without representation

Así, los ingleses trataron de hacer varias reformas que rompieron este clima de convivencia frágil pero exitoso y duradero. La cosa es, que el ejército había ayudado a los colonos a sentir una especie de conciencia pre-nacional, unida a lo anterior. Luchar en la Guerra de los 7 años, incluyendo a George Washington unía a muchos colonos. Una serie de continuos desagravios les unieron aun más, y acabaría estallando la Guerra de Independencia Americana.

En 1765 sale a la luz la Ley del Timbre. Bajo esta ley todos los documentos escritos debían estar en un papel sellado desde Londres, cobrando así un impuesto. Esta ley directamente fue desobedecida formalmente. Esto a una población tan letrada como a la useña le resultaba más molesto que a otros países donde se aplicó. Las Leyes de Navegación hacían que el tabaco, el hierro, el azúcar y la madera tuviesen que exportarse directamente a Gran Bretaña. ¿Dónde estaba el Free Market?, se preguntaban en sus pasquines los colonos. Y la gota que colmaba el vaso fue la Ley de la Moneda, que prohibía emitir moneda a los colonos. Esto provocó que el dinero de América perdiese su valor, agravando la crisis de escasez tras la Guerra de los Siete Años. Todas esas ideas antiautoritarias y liberales empezaban a cristalizar en movilizaciones.

¿A que venía enfadar a las colonias más prósperas de Inglaterra? ¿Por qué el Parlamento inglés había aprobado estas normas que iban tan en contra de los intereses de los colonos? Pues porque tras las largas guerras necesitaban dinero para llenar las arcas de Londres. Tenían un enorme nuevo territorio que organizar como era Quebec, además había llegado la hora de pensar en la India como una fuente de ganancias. A todo esto unámosle el coste de tener una flota gigantesca y un colosal ejército en funcionamiento. No, Gran Bretaña no podía dejar armonizada fiscalmente esa región. Y claro, cuando se gravan impuestos en Estados Unidos, siempre surgen problemas.

Y el problema fue una respuesta ideológica que será de las que marquen el mundo para siempre. No taxes without representation. En las cartas de protesta, personalidades como Jefferson o Washington, tratan al monarca inglés como su rey. Y es que ellos se consideran británicos. En 1765 sentían que eran herederos de Inglaterra. Lo único que exigían es que en vez de un 15% de personas en una metrópoli decidiese sobre sus impuestos y sus vidas, lo hiciesen esas asambleas que eran mucho más representativas de su realidad socioeconómica. Eso era todo, de independencia hablaban los más radicales pero nadie más. Inglaterra estuvo ciega ante estos hechos y mandó tropas y barcos para hacer cumplir los impuestos exigidos. Ese sería su último error. Quitaron la Ley del Timbre, sí, pero con la Ley Declarativa reforzarían la autoridad del Parlamento sobre los colonos, anulando el poder de sus asambleas.

Sin embargo, debemos fijarnos en la representation antes que en los taxes, pues para 1774 ya estaban la gran mayoría eliminados o suavizados. Era el desdén absoluto a las exigencias políticas de los colonos lo que encendía la mecha de la rebelión. “Mientras que entre nosotros hay respeto, e incluso afecto por las costumbres inglesas, ellos en Londres nos miran como una sucia raza republicana heredera de vagabundos, escoceses e incluso irlandeses…” se lamentaba Franklin. “No seremos sus negros” escribió John Adams, “somos tan capaces como los ingleses y seremos iguales ante ellos”.

Ocurre que eso para los ingleses no era algo válido, pues como decía Lord Mansfeld :“serían en todo caso como Escocia e Inglaterra antes de la unión, un retroceso”. Pero algunos visionarios como Tucker o el mismísimo Adam Smith veían en ese Imperio Federal la solución a sus problemas. No se les hizo caso y sus consecuencias fueron el inicio de tiroteos y enfrentamientos. El 19 de abril de 1775, en Lexington se enfrentaban los regulares ingleses y los minutemen. Estos hombres eran irregulares americanos famosos por su rapidez, por estar listos en un minuto. Pero, los británicos les abatieron con gran facilidad, así empezaba la guerra, aunque según otros autores, puede empezar cuando en 1776 unos patriotas americanos tiran bolsas de te británico en Boston. Sea como fuere, lo realmente importante vendría después, el 4 de julio de 1776.

En una declaración de valor literario formidable, Thomas Jefferson dio fin a la Edad Moderna e inició la contemporánea. Y es que el que se hubiese dirigido al Rey Jorge III como “nosotros, sus leales súbditos…” ahora elaboraba la declaración de la independencia:

Consideramos evidentes por sí mismas las siguientes verdades: todos los hombres han sido creados iguales; el creador les ha concedido ciertos derechos inalienables; entre esos derechos se cuentan: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Los gobiernos son establecidos entre los hombres para garantizar esos derechos y su justo poder emana del consentimiento de los gobernados. Cada vez que una forma de gobierno se convierte en destructora de ese fin, el pueblo tiene derecho a cambiarla o suprimirla, y a elegir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y organizar sus poderes en la forma que a su juicio sea la más adecuada para alcanzar la seguridad y la felicidad. (…).

Cuando una larga serie de abusos y usurpaciones , dirigida invariablemente al mismo objetivo, demuestra el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, tiene el pueblo el derecho, tiene el deber de derrocar ese gobierno y establecer nuevas garantías para su futura seguridad (…).

Nosotros, los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso general (…) en el nombre y por autoridad del pueblo, solemnemente publicamos y declaramos que estas colonias son y de derecho deben ser Estados Libres e Independientes; que se consideran libres de toda unión con la Corona británica

Es especialmente importante la primera frase. Porque, aunque eso hoy sea una verdad más que aceptada por todo el mundo, en aquel momento era revolucionario. Con los estadounidenses debemos dejar de hablar de “súbditos” sino de “ciudadanos”. Un país que considera el derecho a derrocar un gobierno tirano, que proclama el gobierno por consentimiento. Un país que, como dice Aurora Bosch: “tiene como causa la de la humanidad, pues ya no eligen a sus representantes sólo los varones blancos con propiedades”. Comenzaba una nueva era, y no en la ilustrada Francia o la intelectual Gran Bretaña, sino en la tierra de la “sucia raza republicana”.

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Give me liberty or give me death!

Pero claro, no toda la modernidad iba a traer buenas innovaciones, desde luego hubo consecuencias lógicas que no fueron tan halagüeñas. Antes de explicar esto, debemos entender dos conceptos clave. La primera es que las guerras del siglo XVIII, son muy suaves. Ya avisaba un intelectual inglés: “se ha perdido el gusto por la guerra”. Comparado con las conflagraciones religiosas del XVII, las batallas del Siglo de las Luces eran muy simples. Habitualmente con muy pocas bajas, pues se tocaba retirada con facilidad, consistía en un (permítanme la expresión) juego de ajedrez humano. Artillería aquí, caballería que carga, y el Duque de Marlbrough entregaría el sable al Marqués de Vilars.

Sí, en el fondo era un duelo de aristócratas dentro del enfrentamiento de monarcas que se disputaban territorios como si intercambiasen cromos. Así que en líneas generales, no eran muy sangrientas. Otro factor a tener en cuenta es que esto es una guerra civil. Había muchos pobladores estadounidenses a favor del Rey Jorge, monárquicos que ansiaban estar unidos al Imperio. Los motivos podían ser desde económicos hasta religiosos, e incluso ambos bandos liberaron esclavos negros a cambio de que les ayudasen. La población intervenía en las batallas, a menudo siendo castigada en consecuencia.

Es decir, era una guerra total donde los ejércitos eran sólo un instrumento más. La propaganda, los motines y la economía eran otros muy distintos. El objetivo no eran X territorios en un lugar que solo a los militares y políticos importaba. Este objetivo era la guerra total. Hemos mencionado a menudo a Benjamin Franklin, pues ahora podríamos hablar de su hijo, William. Gobernador de New Jersey, se mantuvo leal al Rey Jorge III, y desde luego nunca volvió a hablarse con su padre. También es verdad que el pobre hombre se había pasado diez años defendiendo la causa de los colonos en Londres, hasta que se hartó y se volvió independentista. Los sacerdotes anglicanos a menudo se vieron divididos entre su lealtad política y la religiosa. Obedecerían al final en su mayoría al cabeza de la Iglesia anglicana. Y claro, los más conservadores de los colonos se vieron sorprendidos por el tono revolucionario de Jefferson, e ingresaron en la causa estadounidense.

Tenemos a disposición canciones como The Congress que dicen: “Todos estos rudos y bellacos, locos o mulas pragmáticas, todos estos forman el Congreso”. Y los soldados realistas eran tropas muy valoradas por su encono contra sus compatriotas. No solo eso, hoy en día valoramos de la siguiente forma las fuerzas. Por una parte muchos negros fueron con los patriotas a cambio de su libertad. El 20% de la población formaría este bando, y otro 20% el bando realista. Sí, estaban igualados en fuerzas. Y por concluir, explicar que los indígenas se pusieron del lado británico ya que habían firmado jugosos pactos de no agresión. Tenían miedo a que los estadounidenses no cumpliesen su palabra, y desgraciadamente no se equivocaron.

Sobre el bando revolucionario, pues no se puede decir que fuese una “revolución burguesa” pues era transversal. Un ejemplo de inmigrante fue Thomas Paine, autor del Common Sense, texto republicano de enero de 1776 que hablaba a las claras de la independencia. Tuvo 100.000 copias y fue clave para convencer a muchos de que las revueltas debían cristalizar en la separación total. Pues Paine era un antiguo recaudador de impuestos que no llevaba ni dos años ahí y al que habían echado por perder sus bienes, exigir continuos aumentos y divorciarse de sus segunda esposa. Los gremios de artesanos que veían que sus productos se vendían peor por injerencias del gobierno y comerciantes decidieron unirse a la revolución.

Washinhton había sido solo un coronel sin experiencia en grandes ejércitos, y cosechó varias derrotas al principio. El ejército británico era muy superior y se estaba notando, muchos patriotas se iban rindiendo y  las deserciones inundaban a los revolucionarios. Pero con sus tácticas de guerrilla y emboscada iban dando sus frutos, provocando situaciones de impasse. Los ingleses lograban mediante su propaganda dividir el sur estadounidense en cruentas contiendas civiles que contribuirían a asolarlo. Los disturbios en Nueva York sin ton ni son y la indepdencia de Vermont contribuían al caos general.

Pero entonces sucedió Saratoga. En 1777 el incompetente general británico Burgoyne fue emboscado por comandantes americanos, quedando su ejército rendido ante unos milicianos. El resultado fue que España y Francia vieron la oportunidad. En Cabo Santa María se le hizo a Inglaterra la mayor pérdida logística hasta la Primera Guerra Mundial gracias a la marina española. Se reconquistaron Menorca y Florida, y poco faltó para Gibraltar.

Y Francia aprovechó y envió a Lafayette, gran militar con una vida apasionante. Este hombre condujo al ejército patriota con aliados franceses a la conquista de Yorktown. La guerra había terminado, con más ayuda extranjera de la que Estados Unidos admitiría nunca. Pero al mundo también le cuesta aceptar los beneficios impagables de la declaración de 1776.

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Pursuit of happiness

Con la culminación de las ideas en un nuevo país, los Estados Unidos de América, nacía una nueva vía de salida a los pueblos del mundo que vivían bajo el absolutismo ya caduco. Como un dominó, Francia, Iberoamérica, España y el resto de Europa fueron los siguientes. Las estructuras tradicionales agotadas vieron surgir un nuevo movimiento que todavía hoy domina el pensamiento americano, el liberalismo. Un país de inmigrantes cuyo objetivo era posibilitar “la búsqueda de la felicidad”. Parece que hoy algún mandatario debería leer historia. Y como última referencia a la actualidad, es curioso que Canadá fuese formada esencialmente por  los 100.000 exiliados de la guerra. Estos pro británicos formarían el país del norte, uniéndose en mayor o menor armonía con los franceses de Quebec.

Este país, como todos sabemos, se convertiría en el más poderoso durante la Guerra Fría. Pero al margen de tanta loa, no podemos sino lamentar que por evitar conflictos internos no se hiciese la emancipación de los negros que fue hecha por distintos estados hasta mediados del XIX. Y desde luego el posterior y sistematico exterminio de los indígenas que resumió Lincoln: “no había otra opción, necesitábamos tierras para cultivar”.

Tampoco fue casualidad que España y Francia fuesen las siguientes, pues sus Haciendas agotadas, y su admiración al sistema norteamericano hicieron que grandes notables introdujesen su filosofía en el país. Y que las situaciones insostenibles de las economías europeas propiciasen las primeras revoluciones como tal. Lafayette lucharía por una república parecida en Francia, y el Conde de Aranda, nuestro particular Nostradamus:

Esta república federal nació pigmea, por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento… El primer paso de esta potencia será apoderarse de las Floridas a fin de dominar el golfo de México. Después de molestarnos así y nuestras relaciones con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que no podremos defender contra una potencia formidable establecida en el mismo continente y vecina suya”.

Bibliografía recomendada

Bosch, A. (2005). Historia de los Estados Unidos (1776-1945). Madrid: Crítica.

Ferguson, N.(2016). El Imperio Británico: como Gran Bretaña forjó el orden mundial. Madrid: Debate.

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