Alfonso I el Batallador: la espada de la cristiandad

La Edad Media es un periodo mal conocido y muy denostado. Cuando se recurre a éste, suele ser fundamentalmente para tergiversar o manipular la historia a favor de unos u otros. Hoy trataremos la figura de un rey aragonés que luchará contra los musulmanes tomando distintos enclaves y continuando la herencia de su padre. Entramos en los siglos XI y XII de la mano de Alfonso I el Batallador.

Antecedentes

El reino de Aragón comenzaría sus andaduras con total independencia a partir del 1035 con Ramiro I. No tenía gran extensión, más allá de Jaca. Un reino tan pequeño y precario solo podía mantenerse con un estricto régimen defensivo dividido en distritos militares dirigidos por “tenentes“. Además, la orografía del terreno era decisiva para el mantenimiento del reino.

Ramiro heredará Sobrarbe y Ribagorza de su hermano Gonzalo. Eran territorios más pobres y de escaso rédito económico, además, habían sido gobernados por condes carolingios. La falta de entendimiento entre los distintos territorios iba a causar que su potencial ofensivo no tuviera entidad para salir a conquistar los territorios más accesibles para la caballería de los territorios islámicos.

Después llegará Sancho Ramírez (1063-1094), su hijo, que buscaría el apoyo del papa para lo que peregrinaría a Roma y se arrodillaría ante el director de la cristiandad: Alejandro II. Éste le concederá dos bulas de cruzada, unos años anteriores a las cruzadas de las que habíamos hablado en otros artículos. Sin embargo, lo más importante de su reinado será la anexión de Pamplona. Todo saldría a pedir de boca para Sancho Ramírez cuando la taifa de Zaragoza colapsase tras la muerte de Muqtadir y se dividiese el territorio para sus hijos. Además, con la llegada en 1086 de los Almorávides, Alfonso VI de Castilla iba a necesitar el apoyo del rey aragonés.

Comenzaba así el expansionismo del reino.

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Infancia y juventud: a la sombra de su heroico hermano

Alfonso el Batallador había nacido como fruto del matrimonio entre Sancho Ramírez y Felicia de Roucy en 1074, mujer de noble cuna cuya abuela había sido la hija de Roberto el Piadoso, rey de Francia. Aun así no era de la más eminente burguesía, pero si tenía lazos de dependencia repartidos por buena parte del reino galo. Se cree que la unión de ambos pudo tratarse en el viaje de Sancho Ramírez a Roma. Alfonso ni siquiera era el primer hijo de este nuevo matrimonio, sino que era el segundón. El segundón de un segundo matrimonio ya que Sancho Ramírez ya había contraído nupcias con Isabel de Urgel, la cual moriría al dar a luz al futuro Pedro I, el futuro de la familia.

Su hermano mayor, Fernando, moriría antes de que Pedro I tomara el poder. Ramiro, hermano pequeño de Alfonso, dedicaría su vida a la oración en un monasterio francés.

Doña Felicia, como sería llamada por los aragoneses, iba a abrir el horizonte cultural a un reino diminuto anclado en la tradición, no es casualidad que por estas épocas empezara a construirse la catedral de Jaca. A su vez, el rito litúrgico romano iba a sustituir al tradicional. La nobleza aragonesa reafirmaba así su pacto de fidelidad al papado. En consecuencia, Gregorio VII iba observar expectante la conquista de la península, a la que consideraba pertenecedora del legado de San Pedro aunque ahora estuviera en manos de “infieles”.

Pedro I pronto se dedicaría a las tareas de gobierno. Su padre, aun joven pero cansado de guerrear delegaría en él estas tareas. Como ya se ha comentado, con la llegada de los almorávides, Alfonso VI iba a requerir el apoyo de Aragón, que enviaría a Pedro como comandante. El primogénito aragonés se desempeñaría valientemente en batallas como la de Sagrajas en 1086 -dónde sería derrotado- mientras gestionaba el reino de Sobrarbe y Ribagorza que le había dado su padre para que aprendiera a dirigir un reino. Sancho Ramírez le otorgaría el título de rey a su hijo, pero siempre bajo la autoridad de lo que se denominaba “rey padre”, así, este título de rey era muy similar a lo que se entendería posteriormente como el delfinado francés, por ejemplo.

Mientras tanto, Alfonso se instruiría en las primeras letras y se educaría como un miembro de la alta nobleza en un monasterio. Esto no duraría mucho, ya que el reino sobrevivía gracias al espíritu de sus caballeros, que debían estar siempre al servicio de éste, pues los musulmanes eran una amenaza continua. A la muerte de Fernando, Alfonso heredaría sus tierras y entraría de lleno en la vida administrativa de un feudo. Se cree que en este momento es cuando haría amistades entre la familia materna, ya que posteriormente muchos caballeros franceses de su familia actuarán en conquista de las tierras del Ebro.

Con la llegada de Urbano II al papado, se predicará en Clermont la primera Cruzada. Con esta razón, Pedro, siendo ya rey, lanza una cruzada contra Zaragoza con el clásico lema de “Deus Vulty la “christi vexillo“, la enseña de Cristo. Mientras, el sueño de Alfonso es viajar a Tierra Santa para liberar el Sepulcro del Señor. Hay que destacar que la religiosidad alfonsina es muy sincera, incluso ingenua en algunas ocasiones.

Pero Pedro I morirá sin dejar descendencia y será el turno de Alfonso, que ni quería ser rey ni se sentía preparado para tal aventura. Sin embargo, tal y como cuentan las crónicas era muy valiente, cosa que demostraría más adelante llevando las riendas de Aragón. De hecho, era tan consciente de que no iba a ser rey que ni siquiera se había casado.

En el trono tendrá una actitud absolutamente marcial. La corte se va a reducir a un compendio de monjes-guerreros y nobles de confianza que le van a servir y van a dirigir los castillos que él ordene, de hecho, las mujeres van a tener prácticamente vedado su acceso. Su poder va a ser prácticamente total, sin embargo, va a tener una serie de nobles en su contra durante todo el reinado.

Alfonso, rey de Aragón… y Castilla

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Ferrer-Dalmau representa así a un caballero plenomedieval, en concreto georgiano

A su llegada al trono, Alfonso I se da cuenta de que no hay una frontera clara que separe los dominios de Aragón de los zaragozanos. Hay una suerte de frontera permeable con enclaves cristianos en el lado musulmán y territorios del islam en la retaguardia aragonesa. Así, las conquistas y reconquistas serán continuas mientras los nobles de ambos bandos se guarecen en sus inexpugnables fortalezas.

Su objetivo es claro, seguir la expansión hacia el sur, y tal vez alcanzar Valencia, el bastión que le permitirá viajar hacia Jerusalén. Pero también buscaba atacar Lleida, sobre la cual Pedro I había tenido pretensiones animado por el papa Pascual II. Sin embargo, los condes catalanes se resistían a ello ya que se consideraban los únicos defensores de la Marca Hispánica y por lo tanto les correspondía a ellos. Mantendría entonces dos frentes abiertos casi desde el principio.

Así, comenzó su ataque en 1105 ocupando Ejea y Tauste en lo que se conoce como la comarca de las “Cinco Villas”. Allí mostrará su valor cargando con tanta fiereza contra los musulmanes que se verá cercado por ellos y tendrá que ser rescatado por Cic de Flanders y sus cinco hijos, que pagarán con la vida la fidelidad a su señor. Incorporaría a precio de sangre y acero estos dos territorios.

En cambio, en Lleida la cuestión era más espinosa. En Urgel el conde Ermengol V había muerto defendiendo Mollerusa y en consecuencia se había perdido Balaguer. Pedro Ansúrez, conde de Carrión llegó a la jefatura del condado como regente hasta que Ermengol VI creciese. Lo primero que hizo fue pedir ayuda a Ramón Berenguer III de Barcelona y a Alfonso I de Aragón para que se recuperase Balaguer, a cambio, cedería territorios al monarca aragonés en el margen derecho del río Segre. En 1106 conquistaría algunos castillos de Lleida para descongestionar Balaguer y al año siguiente conquistaría Tamarite.

A finales de 1108, los almorávides se hacen aun más fuertes y matan a don Sancho, infante y heredero al trono de Castilla y León, en la batalla de Uclés. Con la caída de Uclés, se pierden también Huete, Ocaña y Cuenca. Al morir su único hijo, la sucesión de Castilla y León recaía en Urraca, hija viuda de Alfonso VI a la que los nobles querían casar con uno de los suyos, pero los eclesiásticos preferían la piedad de Alfonso I de Aragón. Al final, Alfonso VI decidirá casarla con este último. Las fuentes musulmanas, menos escuetas que las cristianas explican que Alfonso I no era muy dado a mujeres, de hecho cuando se le recomendaba tomar una amante decía:

Un verdadero soldado debe vivir con hombres y no con mujeres.

En 1109, ya muerto Alfonso VI, desembarca el emperador Alí en la península y toma Talavera, asedia Toledo -defendida por Alvar Fáñez- y saquea Guadalajara y Madrid. Con esta coyuntura en Castilla, el único monarca fuerte frente a los Almorávides es Alfonso I. Así, el matrimonio con Urraca suponía una posibilidad de “unir los reinos” que permitiría a Alfonso continuar con su sueño de guerrero de la Cruz y a la vez obtener importantes territorios.

El matrimonio iba a encontrar muchos enemigos: los nobles que apoyaban al otro candidato, los condes de Portugal y algunos nobles de Galicia. Iba a estallar así una guerra civil que sufrirían sobre todo los estratos más bajos de la población. La oportunidad de la unión dinástica se desvanecía, ya que el matrimonio no era capaz de entenderse y además había movimientos desde la nobleza para evitar que pudieran llegar a un entendimiento. La unión de ambos reinos de forma efectiva tendría que esperar varios siglos.

Además, existía un problema de legitimidad en el matrimonio, pues estaba prohibida la unión por consaguineidad, aun así se llevó a cabo, pese a peligro de excomunión. Los beneficios de la unión eran evidentes, así que merecía la pena el riesgo.

Poco duró Alfonso I en Castilla, ya que en 1110 moría Al-Mustain en una razia en territorio aragonés y con ello se abría otra crisis -más- de sucesión en el último reino de taifas que se mantenía independiente a los almorávides. Su sucesor, Abd Al-Malik llamó a los cristianos cuando se enteró de que Abd Allah, gobernante de Valencia, se dirigía a tomar Zaragoza. Alfonso se dirigió tan rápido como pudo a la ciudad. Allí, aprovechándose del conocimiento del terreno, dividió sus tropas en dos y se lanzó al ataque venciendo en ambos lugares. Mientras tanto, en Castilla, Pedro Ansúrez, diplomática e inteligentemente, fue capaz de que Urraca mandase un ejército en apoyo a su marido. Tras su auxilio, no tardarían en volver ambos a Castilla ya que el reino se descomponía rápidamente por la inestabilidad política y las razias almorávides.

Allí tiene una serie de problemas conyugales ya que deciden que Urraca marche a Aragón a recibir el homenaje mientras Alfonso hace lo propio en Castilla. Aquí se verán las tensiones entre la nobleza castellana y el monarca, a lo que se suma un creciente recelo del clero. Vulgarmente hablando se podría decir que Alfonso era “de pueblo”, no entendía bien el gobierno de un reino tan grande, con una alta nobleza carcomida por viejos odios. Tampoco entendía el poder de un alto clero casi inexistente en Aragón, además, estos últimos tenían grandes esperanzas en ganar poder con su llegada, pero su ascenso parecía haberse detenido, lo mismo que había pasado con Alfonso VI.

Al estallar revueltas serviles en Castilla, un abad depuesto corre a exigir la vuelta de Urraca, que, enfadada con Alfonso, libera a los rehenes políticos de Zaragoza, destrozando así la política exterior del reino. Con el dinero recibido de la liberación utiliza algunos nobles aragoneses malcontentos para rebelarse.

Como comenta Lacarra, Alfonso había llegado al trono de casualidad, y cinco años después había visto también de casualidad la oportunidad de acceder al trono castellano. Pero, el acceso al reino cristiano más grande de la Península desde época visigótica iba a ser un quebradero de cabeza para el monarca. Sin embargo, iba a tener algo de suerte al ponerse a las ciudades de su lado y al observar como sus detractores no tenían apenas tropas.

Alfonso vio en Enrique de Portugal el apoyo necesario para vencer a los nobles rebeldes. Ambos juntaron sus ejércitos y se dirigieron contra los favoritos de la reina, a los que encontraron en la batalla de Candespina. Allí, nada más empezar la batalla, la vanguardia dirigida por el conde de Lara desertó, causando la muerte del conde Gómez González. Éste era muy posiblemente el amante de la reina, y así el conde de Lara se aseguraba ser el único favorito de Urraca. Tendría razón, ya que Urraca se refugiaría bajo su amparo y pediría ayuda también a Portugal, logrando que se acerque a su bando.

Las tornas habían cambiado y entonces Alfonso se tiene que refugiar en el castillo de Peñafiel, donde resistiría los envites de la reina y de su antiguo aliado Enrique. Esta fortaleza era inexpugnable y se vieron incapaces de asaltarla. Es entonces cuando todo cambia de nuevo y Urraca, viendo pisoteados sus derechos como reina por Enrique y su esposa, se cambia de bando y decide reintegrarse en la vida regia junto a su marido.

En septiembre de 1111 aparece una figura indispensable, un personaje inteligente e intrigante que decidirá el destino del matrimonio. Hasta ahora, no había ninguna figura que fuera realmente hábil en lo político, pues Alfonso era un gran militar, pero un auténtico desastre en cuanto a política, y su mujer era demasiado volátil como para tener una habilidad en estos campos desarrollada. El conde de Portugal tampoco reunía las características necesarias para descongelar la situación. En cambio Diego Gelmirez sí, y desde Galicia llevaría a cabo una política activa a favor del infante Alfonso. A finales de año sería derrotado por Alfonso I, pero conseguiría reunir al infante con su madre en Monzón.

Tras una serie de yermas luchas entre los conyuges, Alfonso I toma una decisión clara. Ya que no podía sacar ningún rédito a esto, repudiaría a su esposa y se marcharía de Castilla. Tras cinco años de luchas, Urraca veía sus tierras totalmente mermadas, en Galicia había empezado a reinar su hijo Alfonso VII y algunas tierras de Castilla las había ganado para sí Alfonso I. Así, Urraca, que seguía con pretensiones de reinar, solo pudo hacerlo de facto sobre León y una pequeñísima porción de Castilla.

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Estatua de Alfonso I en Zaragoza

La conquista de Zaragoza

El 30 de mayo de 1110 los almorávides habían ocupado Zaragoza. Desde la fortaleza de Rueda del Jalón, los musulmanes hispanos se oponen a los africanos en una guerra abierta. Alfonso se posicionaría claramente del lado hispano a cambio, evidentemente, de ciertos beneficios una vez terminase la guerra. El gobernador almorávide, Ibn Tifilwit, era primo del emperador Alí, razón por la que en Zaragoza vivió con absolutamente todos los lujos y riquezas que estaban al alcance de los hombres de su época. Para el año 1117 moriría por razones desconocidas y Zaragoza no volvería a tener gobernador nunca más antes de ser sitiada.

Si para Castilla la toma de Toledo fue un hito en el fenómeno de la Reconquista, para Aragón lo es la toma de Zaragoza, baluarte del dominio musulmán en esa zona de la Península. Para conquistar la ciudad iba a necesitar ayuda, y no la encontró en los hispanomusulmanes, así que tuvo que apoyarse en las amistades que había granjeado en el otro lado de los Pirineos, todo gracias a su madre.

El 8 de julio de 1117 Alfonso llamaba a las puertas de Zaragoza acompañado de Gastón, vizconde de Bearn y de su hermano Céntulo. Su objetivo era reconocer las murallas, construidas en época romana y que todavía persistían como un sistema defensivo imponente. Cuando los hermanos volvieran al Mediodía francés iban a ser capaces de reunir a una serie de señores ultrapirenaicos y convencerles de llevar a cabo una expedición a España -entiéndase como forma de designación geográfica, no nacional -. Así se fraguaba un importante ejército, ya que el espíritu de la primera Cruzada seguía vigente. Además, durante la convocatoria de esta cruzada, algunos nobles habían pedido auxilio a Alfonso y de hecho le habían rendido vasallaje, así que estaban obligados a escuchar su llamada.

Según los cronistas musulmanes:

Se colocaron bajo su estandarte como enjambres de langostas u hormigas

Estos cronistas cifran en 50.000 caballeros a las tropas beligerantes, algo que está claro que es muy exagerado, pero es que estaban embargados por el miedo, ya que los caballeros cristianos habían llevado a cabo una campaña propagandística de enorme envergadura. Dicha campaña era dirigida por Esteban, obispo de Huesca, preceptor y hombre de confianza del rey. El 22 de mayo comenzaba el asedio propiamente dicho.

Gastón de Bearn fue el artífice del asedio de Jerusalén y ahora lo sería de Zaragoza. Su experiencia le había colocado en el centro de atención de los caballeros cristianos. Para el asedio preparó grandes torres de madera para alcanzar las murallas. El 22 de mayo de 1118 se formalizaba el asedio. Sin el rey todavía presente, los sitiados salieron de la seguridad de las murallas y atacaron fieramente a los cristianos, que se defendieron e hicieron retroceder al enemigo. Sin embargo, cuando rompieron las primeras líneas almorávides, la plebe armada rompió filas y salió huyendo hacia la ciudad, causando un embotellamiento en el puente de acceso que casi termina en masacre. Por suerte, pudieron prender el puente a tiempo y ponerse a salvo. El alcázar de la Aljafería no tardaría en caer.

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Tropas almorávides

Zaragoza no estaba bien guarnicionada, y el gobernador de Levante, el hermano de Alí, no tenía fuerzas suficientes para socorrerles. Las únicas tropas capaces de socorrer Zaragoza eran las del gobernador de Granada. Cuando se enteró de lo ocurrido reunió a sus tropas y se dirigió a Zaragoza.

Mientras los “cruzados” atacaban Tarazona, cerca de Zaragoza, el ejército del sur llegó y les aplastó en lo que consideraron como una victoria “milagrosa”. Sin embargo el ejército cristiano era muy grande y podía mantener el asedio mientras saqueaba territorios cercanos.

Simultáneamente, el hambre hacía mella en el campamento cristiano, con sus consecuentes deserciones. De nuevo, la figura de Esteban de Huesca fue fundamental para cesar esto, ya que ofreció los bienes de su iglesia para que se alimentaran y pudo evitar que los desertores se marcharan definitivamente.

El emir de Granada consiguió romper temporalmente el cerco y entrar en la ciudad con un pequeño contingente de tropas escogidas por él mismo para un golpe rápido de mano. Sin embargo, al poco tiempo moriría por razones desconocidas. Se intentó ocultar todo el tiempo posible, pero cuando salió a la luz, las tropas musulmanas que se encontraban todavía fuera de la ciudad intentando romper el cerco se retiraron. Unas crónicas francesas hablan de una última batalla almorávide el 6 de diciembre para finalmente verse obligados a entregar la ciudad a los cristianos el 18 de diciembre, cuando Alfonso entrase en la ciudad triunfante.

Alfonso sería benévolo con los habitantes de la ciudad, quien quisiera irse, podía hacerlo. Quien en cambio, decidiese quedarse, podría, pagando los mismos impuestos que hasta ese momento y dirigiéndose al nuevo barrio de la morería, en el arrabal de los curtidores, a las afueras inmediatas de la ciudad. Posteriormente irían cayendo el resto de enclaves almorávides en la zona: Tudela, Tarazona, Borja y Calatayud. Sin embargo una última gran batalla les esperaba para pacificar la zona: Cutanda. Allí, doce mil jinetes y millares de infantes se enfrentaron a un número ligeramente inferior de almorávides. Los cristianos cifraron las bajas musulmanas en 15.000 soldados. Así se extendían por todo el valle  del Jalón. Para la defensa de las fronteras se crearía la cofradía de Belchite, una especie de orden al estilo de los templarios u hospitalarios pero de menor tamaño y con una actitud beligerante, pues debían hostigar también las fronteras enemigas.

Expedición de castigo en Andalucía

Sintiéndose invencible, el Batallador se dirigirá al Levante, Murcia y Andalucía para castigar a los almorávides en su propio territorio. Podría tomarse como una auténtica locura, pero como veremos, los musulmanes le temían, pues consideraban que por designios de Alá no podía ser derrotado:

Desde este día, – la toma de Zaragoza- hasta el de su muerte, Dios permitió que este insolente cristiano venciera siempre a los musulmanes.

Para los cristianos mozárabes que se encontraban en Al-Ándalus, la llegada del Imperio Almorávide se había convertido en un quebradero de cabeza. La tolerancia religiosa antaño existente se había convertido en una caza sin cuartel hacia los cristianos, con la consecuente destrucción de iglesias. Éstos, pidieron auxilio a Alfonso por carta, prometiéndole que había cerca de 12.000 cristianos dispuestos a luchar en Granada y a abrirle las puertas de la ciudad.

Seducido por la idea de crear un reino títere cristiano en el sur, armó a 5.000 caballeros y 12.000 infantes y se lanzó a la conquista. Comenzó así su marcha en 1126, pasando cerca de Valencia y cruzando hacia Alzira, ciudad que intentó tomar pero no pudo. Por el camino se le iban uniendo distintos grupos de mozárabes, luego atacó Denia y pasó a Murcia. Después, llegaría a Andalucía donde intentó atacar Baza, con infructuoso resultado. Sin embargo, por el camino iba saqueando y arrasando todo lo que podía, a la vez que las filas engordaban con más infantes mozárabes. Finalmente envió mensajeros a los cristianos de toda la zona y cuando arribó a las puertas de Granada, ya contaba con 50.000 soldados. El pánico cundió en toda la ciudad y se armó a todos los hombres para la defensa de la ciudad.

Allí esperó acampado a que le abrieran las puertas, pero no ocurrió nada. El jefe de los cristianos mozárabes argumentó que no podía porque un poderoso ejército había cruzado el estrecho. La única solución era unirse a las tropas de Alfonso, algo que hizo junto a otros 10.000 mozárabes más. Como la situación era insostenible, decidió levantar el campamento y dedicarse a arrasar todas las tierras de Granada y Córdoba. Procedente de Sevilla, Abu Bakr dirigió un ejército contra Alfonso al que encontró en Anzul, a tres leguas de Lucena. Allí intentaría atacar el campamento cristiano por la noche, pero sería repelido.  Al amanecer comenzaría la batalla, donde venció el Batallador para finalmente entrar en el campamento enemigo por la noche y terminar de destruir el ejército. Alfonso, como rey medieval que era, luchó en esta batalla.

Cambiaría de rumbo, y desde las Alpujarras iría  a la costa por Motril hasta llegar de nuevo a Granada. Sin embargo, le acosaban dos ejércitos, uno de Fez y otro de Mequínez. Llegaba el momento de la retirada, así que dirigió a su ejército y a los mozárabes no-combatientes hacia la frontera con Aragón. En el camino fueron hostigados, llegando a perder algunos miembros del “estado mayor” de su ejército. Sin embargo las bajas fueron menores y, aunque pasaron muchas penalidades típicas de la época -peste, hambre, frío- consiguieron volver. No consiguió su objetivo principal, conquistar Granada y establecer en él un reino cristiano, pero consiguió riquezas y un extra de población que necesitaba alarmantemente, pues la repoblación en Aragón estaba dejando grandes zonas sin explotar.

Después de esta aventura, pasaría mucho tiempo discutiendo la sucesión del reino de Castilla y León, pues Urraca había muerto. Finalmente reinaría Alfonso Ramírez como Alfonso VII de Castilla, mientras que Alfonso I se dedicaría a poner en orden las fronteras de su reino. Después, dirigiría una expedición contra Valencia, donde vencería sin dificultades a su enemigo y acabaría con 12.000 musulmanes entre muertos, heridos y presos. Llegado el año 1130, el monarca sufriría dos derrotas en lo personal. Dos grandes valedores de su persona, Esteban de Huesca y Gastón de Bearn -que tantas victorias le dio- morirían en el campo de batalla. La cabeza de Gastón se pasearía por las calles de Granada con gran gozo para finalmente ser enterrado en la iglesia de Santa María la Mayor. Legaba toda su tierra a los caballeros de la Orden del Temple.

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Últimas campañas y muerte

En 1131 Alfonso volvía de intentar tomar infructuosamente Bayona para impedir la conexión entre los nobles del lugar con Alfonso VII. Después de esto, se lanzaría otra vez a su lucha contra el islam, concretamente en dirección hacia Tortosa para finalmente poner sitio a Fraga en 1134. El sitio sería muy complicado, ya que la zona estaba llena de cuevas que servían para la protección de la población.

En este mismo lugar se libró una gran batalla. Muchos caballeros cristianos se encontraban en Aragón atendiendo sus asuntos en el momento en el que un gran ejército almorávide procedente del sur se plantó ante las puertas del campamento de Alfonso I. Convocó a sus adalides y se preparó para disponer la batalla. Mientras una serie de escaramuzas le distraían en el frente, un ejército -o los habitantes de la ciudad según distintas fuentes- salieron de la ciudad y atacaron el campamento. Cuando los cristianos quisieron darse cuenta, estaban totalmente rodeados por miles de musulmanes, tanto en los flancos, como en vanguardia y retaguardia. Alfonso observaba absorto desde una peña central del campo de batalla, dispuesto a morir este escenario. Mientras, miles de soldados morían a su alrededor siendo superados ampliamente por los musulmanes.

Entonces, el obispo de Urgel le apremió a huir, pero él se negó a lo que el eclesiástico exclamó:

Por la autoridad de Dios omnipotente, te ordeno que al momento te apartes de este campo, no sea que, cayendo tú, todo el reino de los cristianos caiga en poder de los paganos y todos los cristianos sean muertos.

Entonces, por orden del ministro eclesiástico, emprendió la huida, algo que parecía imposible, pues estaba absolutamente cercado. Su supervivencia se debió a sesenta caballeros cristianos, que, espada en mano y rodeando a su monarca, le defendieron hasta abrir una brecha en el grueso de las fuerzas musulmanas. El obispo de Urgel murió en el intento de huída, al igual que cincuenta de éstos. Entre los supervivientes se encontraba García Ramírez, que en un futuro sería su sucesor como rey de Navarra.

Buena parte de la nobleza fiel a Alfonso había muerto, entre ellos Céntulo de Bearn, hermano de Gastón. También el obispo de Huesca que había sustituido a Esteban.

Fue la mayor derrota del Batallador. Nunca volvería a ser el mismo y un mes y medio después de aquello moriría. No hay que olvidar que para 1134 tenía ya 61 años, y aun seguía llevando una vida de campamentos y guerras que flaco favor le hacían a su salud. De hecho, durante algunas campañas había tenido infecciones en los ojos y había perdido la visión largo tiempo. Fue tratado por médicos judíos.

Su testamento fue muy controvertido ya que legaba todo su reino a las órdenes militares del Sepulcro del Señor, del Hospital y del Templo de Salomón. Una vez los señores a su servicio murieran, sus territorios revertirían a las órdenes citadas. Evidentemente esto no fue aceptado por la nobleza, que rechazaría el testamento y haría rey a su hermano menor, Ramiro II “el monje”, que no tenía gran experiencia en el gobierno, ya que había dedicado su vida a la religión. Navarra sería heredada por García Ramírez “el restaurador”, que había salvado la vida a Alfonso en Fraga.

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Bibliografía:

GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A. La época medieval. En Historia de España Dirigida por Miguel Artola, 2. Madrid: Alianza Editorial, 1988.

LACARRA, José María. Alfonso el Batallador. Zaragoza: Guara Editorial, 1978.

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