La conspiración de la pólvora: Catolicismo y magnicidio en la Europa del siglo XVII

 

Antecedentes:

A la muerte de Isabel I de Inglaterra en 1603, el nuevo siglo no se presentaba mucho mejor que el anterior para los católicos ingleses. Su situación no era nada cómoda, especialmente desde que en 1570 una bula papal determinase la excomunión de la Reina Virgen. Con ello Roma pretendía enviar un mensaje claro, venía a decir que los católicos ingleses no tenían por qué someterse a la obediencia de una reina herética, pasando estos de súbditos a verdaderos disidentes culpables de traición a ojos de la autoridad regia. Tenían prohibido celebrar misa y estaban obligados a acudir a los oficios de la Iglesia Anglicana de Inglaterra.

Los católicos esperaban que los años de persecución que sufrieron durante el reinado anterior terminarían con el ascenso al trono de Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, hijo de María Estuardo, que había sido una ferviente católica durante toda su vida, y casado con la también católica Ana de Dinamarca. Pero, aunque su actitud aparentemente moderada preveía futuras concesiones para la minoría católica y su reinado comenzó con una política de relativa tolerancia hacia las diferentes confesiones que tenían divido al país esto demostró ser imposible por la intransigencia de unos y de otros. De esta forma, la trama de la pólvora no fue sino la tercera conspiración católica contra su persona que el Estuardo hubo de afrontar en solo tres años. Asimismo, descubrir que el Papa había enviado un rosario a su esposa le indignó gravemente e influyó mucho en su posterior decisión de expulsar a todos los jesuitas y al resto de sacerdotes católicos del reino, reinstaurando las penas por recusación. Llegado este punto eran muchos los católicos que consideraban legítimo y justificable un regicidio para expulsar del poder a un tirano y colocar en su lugar a un monarca obediente al Papa.

La conspiración:

En este contexto se produce el llamado Gunpowder Plot, una conspiración católica que pretendía volar con cargas de pólvora la Cámara de los Lores durante la primera sesión de apertura del Parlamento que se celebraría el 5 de noviembre de 1605. El objetivo principal de los conspiradores era en resumidas cuentas asesinar a Jacobo I de Inglaterra, pero muchos otros objetivos importantes también serían eliminados de manera colateral al encontrarse allí, incluyendo a los parientes más cercanos del monarca y su esposa, así como los miembros del Consejo Privado y de la Cámara de los Lores, esto es, jueces superiores del sistema jurídico inglés, la mayoría de la aristocracia protestante y los obispos de la Iglesia Anglicana.

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Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia retratado en 1606 por John de Critz el Viejo.

Un golpe de gracia que se completaría con la ejecución de una segunda parte del plan bastante menos meditada que consistiría en secuestrar a los infantes reales. En concreto ambicionaban hacerse con la princesa Isabel, tercera en la línea de sucesión, que en ese momento se encontraba en la abadía de Coombe. Los conspiradores pretendían instalarla en el trono inglés como reina titular hasta su mayoría de edad con la esperanza de que se convirtiese convenientemente al catolicismo. El destino de los príncipes Enrique y Carlos sería improvisado. Su papel en las ceremonias estatales era todavía incierto. Los conspiradores planeaban utilizar al conde de Northumberland, un simpatizante de la causa católica, como protector de la princesa, aunque muy probablemente nunca lo informaron de esto. Esto pretendía ser el preludio para un gran levantamiento de los católicos ingleses, en concreto se esperaba provocar una rebelión en las Midlands, que es donde se concentraban la mayoría de ellos, y a partir de ahí restaurar el catolicismo en toda Inglaterra contando con el patronazgo regio y el apoyo de Roma.

El reclutamiento:

El principal artífice de la trama fue Robert Catesby, un católico de distinguido linaje que había participado en la rebelión del conde de Essex de 1601. Además, en 1603 había ayudado a organizar el envío de una embajada al nuevo rey de España, Felipe III, para instarle a realizar un intento de invasión en Inglaterra, que aseguró, sería bien apoyado por los católicos ingleses, de los cuales 3.000 podrían ser puestos en pie de guerra por su causa. El emisario elegido fue Thomas Wintour, que acabaría formando parte de la conspiración tras una reunión en el domicilio de Catesby en la que también se les uniría John Wright, de quien se decía era uno de los mejores espadachines de su tiempo y que como él había participado en la rebelión de Essex tres años antes. En cualquier caso, la misión fracasó, pues el rey de España, aunque se mostró apenado por la situación de los católicos ingleses se encontraba en ese momento en medio de las negociaciones de paz con Inglaterra. Por su parte el Papa Clemente VIII expresaba ya entonces su preocupación acerca del uso de la violencia para lograr una restauración del poder católico en Inglaterra que resultaría en la destrucción de los que quedaban.

En 1604 Thomas Wintour volvió al continente, esta vez a Flandes, donde intentó persuadir al Condestable de Castilla, Juan Fernández de Velasco y Tovar, para que presionase en pos de un mejor trato a los católicos en las negociaciones de paz que fructificaron en el Tratado de Londres. Posteriormente se entrevistó con Sir William Stanley, un veterano católico inglés que había desertado para servir bajo el estandarte español contra los rebeldes holandeses. Si bien este solo les confirmó la imposibilidad de un apoyo español, la visita sirvió a Wintour para conocer a un nuevo adepto que se sumaría a la causa: Guy Fawkes, más tarde Guido al adoptar la forma latinizada de su nombre, un devoto católico que había servido en el regimiento de Sir William hasta ascender al rango de capitán tras participar en acciones bélicas tan sonadas como fueron el asedio de Calais y el sitio de Ostende.

En algún momento alrededor de junio del año anterior Catesby recibió la visita de Thomas Percy, un pariente y agente de Henry Percy, noveno barón de Northumberland, que había sido enviado a una misión secreta en la Corte de Jacobo en Escocia con el objetivo de pedir el favor del rey para los católicos de Inglaterra, pero sus esperanzas de lograr garantías para los católicos pronto quedaron insatisfechas provocando que se uniera a la conspiración.

La primera reunión entre los cinco principales conspiradores tuvo lugar el 20 de mayo de 1604, en “Duck and Drake”, una taberna del acomodado distrito londinense de Strand. Más tarde, en una habitación privada, hicieron un juramento de secreto sobre un libro de oraciones y celebraron la Eucaristía. Mucho se ha hablado de una posible participación jesuita en la conspiración, lo cierto es que Robert Catesby se reunió hasta en tres ocasiones en Londres con el principal jesuita de Inglaterra, el padre Henry Garnet. En una de estas le preguntó acerca de la moralidad de entrar en una empresa que podría implicar la destrucción de los inocentes junto con los culpables. Garnet contestó que tales acciones podían ser excusadas a menudo, aunque más adelante le amonestó durante una segunda reunión mostrándole una carta del Papa que prohibía la rebelión. Catesby debió dudar de su autenticidad y le aseguró que si el Papa conociese sus intenciones estaría de acuerdo con lo que pensaba hacer.

Robert Keyes fue admitido en el grupo en octubre de 1604 con el encargo de vigilar la casa de Catesby en Lambeth, donde se iban a almacenar la pólvora y otros suministros. Dos meses después Catesby reclutaría a su sirviente Thomas Bates después de que accidentalmente se enterase del plan. Conforme avanzaba el año se incorporaban algunos más, a saber: Robert Wintour, John Grant y Christopher Wright. Posteriormente, se añadieron Sir Everard Digby, Ambrose Rookwood y Francis Tresham para costear parte de la operación.

Los preparativos:

Los trece conspiradores alquilaron una dependencia en los sótanos del Parlamento, donde poco a poco fueron almacenando 36 barriles de pólvora, aguardando a que el rey abriese oficialmente las puertas del Parlamento, a principios de octubre de 1605, para hacerlos estallar. Pero una epidemia de peste obligó a aplazar la ceremonia hasta el 5 de noviembre. El suministro de pólvora era teóricamente controlado por el gobierno, pero era fácilmente obtenido de fuentes ilícitas.

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Plano del antiguo Palacio de Westminster entre 1793 y 1823 que muestra la sala bajo la Cámara de los Lores en la que se depositarían las cargas de pólvora.

Según un documento gubernamental posterior, los conspiradores habrían comenzado excavando un túnel bajo el Parlamento en diciembre de 1604, pero no existen pruebas ni resto alguno del mismo. Si la historia fuera cierta, el grupo de Catesby habría abandonado el plan inicial cuando les fue posible alquilar una habitación subterránea bajo la Cámara de los Lores. El relato de un túnel proviene directamente de la confesión de Thomas Wintour, mientras que Guy Fawkes no admitió su existencia hasta su quinto interrogatorio, lo que hace dudar de la veracidad de sus palabras. Logísticamente, excavar un túnel habría resultado extremadamente difícil, puesto que ninguno de los conspiradores tenía ninguna experiencia alguna en minería.

Los detalles de la trama se finalizaron en octubre, en una serie de reuniones celebradas en tabernas entre Londres y Daventry. A Fawkes, que tenía una larga experiencia en las artes de la guerra, le fue asignado encargarse de la pólvora, encender la mecha y luego escapar a través del Támesis, mientras que simultáneamente estallaba una revuelta en las Midlands que ayudaría a asegurar la captura de la princesa Isabel. Cabe decir que en las últimas semanas previas al atentado también se había discutido el posible secuestro del Príncipe de Gales, Enrique Estuardo en lugar de su hermana. Completada esta fase del plan Fawkes se marcharía para el continente a explicar su santo deber de matar al rey y a su séquito a las potencias católicas europeas.

La carta de Monteagle

Conforme el plan iba tomando forma algunos de los conspiradores expresaron su inquietud sobre la suerte que correrían los católicos que serían víctimas de la explosión por encontrarse en la ceremonia de apertura. Thomas Percy estaba preocupado por su patrón, Northumberland mientras que el nombre de William Parker, barón Monteagle, también fue mencionado por su cuñado Francis Tresham. El 26 de octubre este último recibió una carta anónima en la que le indicaban que no acudiera al Parlamento con la advertencia de que “recibirían un terrible golpe en el Parlamento y no serían capaces de saber qué les golpeaba”.

Monteagle trasladó su inquietud a otros miembros del Parlamento hasta que la noticia-nunca mejor dicho-estalló como la pólvora llegando a oídos de uno de los principales ministros: Robert Cecil. Sin embargo, parece ser que Cecil era desde hacía meses consciente de la existencia movimientos católicos que maquinaban contra el monarca y aunque desconocía sus verdaderas intenciones bien pudo haber organizado con su equipo de espías e infiltrados un verdadero contracomplot dirigido a descabezar definitivamente la denostada “hidra jesuítico-católica-romana”. Catesby por su parte fue avisado de la traición por un sirviente de Monteagle. Inmediatamente sospechó que Tresham era responsable de la carta, pero tras amenazarle de muerte, éste le convenció de que no había sido cosa suya. A pesar de todo los conspiradores resolvieron continuar con sus planes confiando en que quedase como un simple bulo.

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Guy Fawkes es arrestado por Thomas Knyvet, tal y como lo imaginó Henry Perronet Briggs en 1823.

Como es natural la carta llegó a manos del rey, que ordenó a Sir Thomas Knyvet que junto con la guardia real llevara a cabo un registro de las bodegas situadas bajo el Parlamento, lo que hizo en las primeras horas del 5 de noviembre. Allí encontraron a Guy Fawkes ultimando los preparativos para la voladura, con la mecha en una mano y una linterna en la otra, vistiendo capa, sombrero, botas y espuelas, famosos atributos de los que la saga de Alan Moore hicieron un conocido arquetipo. Además de al desdichado Fawkes encontraron los barriles de pólvora bajo una gran pila de leña y carbón. Suficiente como para hacer arder el edificio entero.

Interrogatorio y juicios:

Durante su primer interrogatorio ante los miembros de la Cámara Privada del Rey se presentó como un sirviente y dijo llamarse John Johnson, pero en todo momento mantuvo una actitud desafiante. Cuando le preguntaron qué estaba haciendo en posesión de tal cantidad de pólvora, Fawkes respondió que su intención era “expulsaros a vosotros, mendigos escoceses, de vuelta a las montañas”. Su firme actitud ante las autoridades hizo que se ganara la admiración del rey Jacobo, que describió a Fawkes como poseedor de una resolución romana. Esta admiración, sin embargo, no impidió que el monarca ordenara que el prisionero fuera torturado brutalmente en la Torre de Londres.

Aunque se desconoce si Guy Fawkes fue torturado en el potro, su firma deja constancia del sufrimiento que le infligieron sus interrogadores. Si bien en un principio aguantó con determinación, la resistencia de Fawkes se quebró en algún momento durante las torturas de la semana siguiente, hasta confesar su nombre, el de los demás conspiradores y sus verdaderas intenciones. Cuando las noticias de su captura fueron difundidas, el resto de los conspiradores huyeron de Londres, pero poco a poco todos acabaron siendo detenidos o asesinados por los hombres del rey. El juicio y posterior ejecución de los ocho conspiradores que quedaban comenzó el lunes 27 de enero de 1606 en el mismo lugar que habían planeado demoler, frente a Westminster.

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Firma de Guy Fawkes antes y después de pasar por la tortura.

Se actuaría con ellos siguiendo la costumbre con los traidores, hanged drawn and quartered, esto es: colgándoles del cuello sin dejarles morir, seccionándoles los genitales para echarlos a un fuego ante sus propios ojos y, hallándose aún vivos, destripándoles y arrancándoles el corazón antes de decapitarles y despedazarles. Luego se expondrían ante el público las cabezas clavadas en picas y serían arrojados los restantes trozos a los pájaros para su alimento. Para asistir a las ejecuciones hubo que pagar entradas como a cualquier otro espectáculo de masas. En cuanto a Fawkes, evitó tan triste destino saltando de la escalera del patíbulo con la soga al cuello, rompiéndose el cuello en el acto. A pesar de todo, su cuerpo sin vida fue descuartizado y las distintas partes distribuidas y exhibidas por las cuatro esquinas del reino como advertencia a todos traidores.

Consecuencias:

Las consecuencias del fallido atentado sobre los católicos no se hicieron esperar. Jacobo I sancionó medidas duras para controlar a los católicos ingleses. En mayo de 1606, el Parlamento aprobó la Ley de Recusantes Papistas, que podría exigir a cualquier ciudadano que hiciera un juramento de lealtad negando la autoridad del Papa sobre el rey. Además, se les prohibió servir como oficiales del ejército o de la armada, se les estigmatizó socialmente y se les privó del derecho al voto, una exclusión que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX. Algunas de las confesiones acabaron implicando de lleno a los jesuitas, ya de por sí mal vistos en la sociedad protestante del momento, percibidos como poderosos agentes de la causa papista. En concreto el propio padre Garnet, que había intentado frenar los impulsos de los conspiradores, fue torturado y asesinado.

Guy Fawkes en la cultura popular:

Desde el mismo día que se impidió el atentado las autoridades animaron a los londinenses a celebrar que se había evitado el asesinato del rey. Una ley del Parlamento, que estuvo en vigor hasta el año 1859, designó cada 5 de noviembre como día de acción de gracias. Era obligatorio por decreto celebrar la salvación del rey, una celebración que incluía espectáculos pirotécnicos y la construcción de hogueras sobre las que se quemaban los guys, unos muñecos con la efigie de Guy Fawkes, aunque acabaron haciéndose de todos aquellos personajes odiados por el pueblo inglés en cada momento, desde el Papa de Roma hasta Hitler o Margaret Thatcher.

Además, aunque el sótano en el que se almacenó la pólvora desapareció en un incendio en 1834, desde aquel 5 de noviembre de 1605 la guardia del Parlamento ha seguido registrando el edificio todos los años como preámbulo a la ceremonia de apertura por el monarca hasta el día de hoy, más por conservar la tradición que como precaución.

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