El Ocaso de Jose Antonio: 80 años de la muerte del líder de la Falange

“¡No desmayeis! Sabed que en sus focos antiguos La Falange se mantiene firme a la intemperie y que en estas horas de abatimiento colectivo ella rehabilita, con su coraje combatiente, el decoro nacional de los españoles”.

Esta vez, la primavera no volvió a reír para José Antonio Primo de Rivera cuando las autoridades a cargo del recién inaugurado gobierno del Frente Popular arrestaron al líder falangista el 14 de marzo por posesión ilícita de armas de fuego, al encontrar en su domicilio dos pistolas.

La veracidad de esta acusación es algo que hoy en día sigue en entredicho, pues lo que realmente se buscaba era tenerle apartado de la posible sublevación militar que desde el gobierno ya se sospechaba, pues Primo de Rivera había sido sospechoso en diversas ocasiones de estar implicado en tramas conspiratorias que tenían como objetivo el derrocamiento de una Segunda República que, según él, estaba realmente dirigida desde las esferas estalinistas venidas desde Rusia a través de Azaña, al cual se refería como el “Kerensky español”, y, por ende, del gobierno del Frente Popular.

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José Antonio se reúne con miembros de la Falange Española de Talavera de la Reina y Villacañas en el Museo Santa Cruz de Toledo.

Explicándolo desde un punto objetivo de vista, la Falange no representaba en el periodo de la Segunda República el máximo exponente de la derecha conservadora de España, pero su mensaje si que había calado profundamente entre las juventudes universitarias.

Los partidos tradicionalistas de mayor importancia en ese momento eran Renovación Española, con líderes como Antonio Goicoechea y José Calvo Sotelo, Comunión Tradicionalista o la CEDA de José María Gil Robles. Todos estos partidos eran favorables a una insurrección tanto de carácter civil como militar, pues consideraban que la República se había convertido en una aberración que amenaza a los valores y a la moral española.

A estos, se sumaba en 1934 la Falange Española, partido cuya ideología estaba inspirada en las doctrinas del fascismo italiano, que veían la posibilidad de restablecer el orden que se había perdido en la Segunda República con la inauguración de un gobierno de carácter totalitario, en el que al frente estaría Primo de Rivera.

Jose Antonio era un líder carismático, conocedor de las leyes y que se distanciaba de la derecha tradicional española pues consideraba que esta había perdido la cercanía al pueblo, sin pensar en las necesidades reales del mismo. Este carácter, sumado a los continuos viajes que realizaba por el territorio nacional, le permitió tener adeptos entre la derecha más joven y que su mensaje calara entre estos.

Para promover ese cambio de gobierno, buscó acercamiento entre diversos militares españoles poco partidarios de la situación, llegando a idear un gobierno que incluiría a Francisco Franco como ministro de Defensa Nacional, a Emilio Mola como ministro de Gobernación y a Ramón Serrano Suñer como ministro de Justicia.

En 1935, llegó a reunir a la cúpula de la Falange en el parador de Gredos para planear una insurrección militar que se iniciaría en Fuentes de Oñoro (Salamanca) para que fuera posible la incorporación a la misma del General Sanjurjo, el cual se encontraba exiliado en esos momentos en Estoril (Portugal). No obstante, los dirigentes militares que estaban planeando el levantamiento no tenían previsto incluir a José Antonio entre sus planes, dejando a la Falange en un relativo olvido del que no acabará de salir hasta la muerte de sus figuras mas relevantes: Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma y José Antonio Primo de Rivera.

Encarcelamiento y traslado a Alicante

Tras ser detenido y llevado a la Cárcel Modelo de Madrid el 14 de marzo de 1936, finalmente es trasladado el 5 de junio a la prisión de Alicante, de la que ya nunca saldrá.

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José Antonio y su hermano Miguel en la cárcel de Alicante, lugar donde fueron trasladados junto a otros falangistas.

A partir de mayo mantendrá contacto con el general Mola a través de una serie de misivas, donde se da cuenta de que la Falange, no va a tener un papel trascendental ideológico en la sublevación militar. A causa de esto, enviará una serie de cartas el 24 de junio a los jefes territoriales de la Falange instándoles que no deben apoyar una insurrección en la que no son considerados más que una mera fuerza de choque. Sin embargo, cinco días más tarde cambia de opinión al considerar que no se han de quedar fuera en ese movimiento, enviando de nuevo diversas circulares para que las diversas secciones de la Falange se pusieran al servicio de los distintos líderes militares al estallar el conflicto.

Según nos cuenta Paul Preston en “Las derechas españolas en el siglo XX: autoritarismo, fascismo y golpismo” el día 13 de julio, José Antonio escribió una carta a Emilio Mola instándole la necesidad de adelantar la sublevación militar. Este mensaje se cruzó con el que el general Mola le envió informándole de la fecha del levantamiento.

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Primo de Rivera posa junto a otros miembros apresados de la Falange durante su estancia en la Cárcel Modelo de Madrid tras un partido de Fútbol.

El 18 de julio, cuando se produjo el inicio de la Guerra Civil, José Antonio seguía encarcelado en Alicante, lo que imposibilitó su anexión al golpe de estado y que pudiera dirigir de manera eficiente los movimientos y el papel que quería que su partido tuviese en el conflicto. Pese a haberse planeado diversos planes de fuga que no llegaron a llevarse a cabo, y a rechazar el ofrecimiento de un grupo de miembros alicantinos de la Guardia de Asalto para sacarle de prisión en un camión el mismo 18 de julio y así alejarle de Alicante, donde incialmente el levantamiento tuvo un rotundo fracaso.

Sin embargo, durante los cuatro meses siguientes al golpe, continuando su estancia en la prisión de Alicante, el discurso de José Antonio se fue suavizando y pasó de apoyar íntegramente el golpe de estado y considerarlo como algo “absolutamente necesario y un elemento de progreso” a buscar una postura conciliadora proponiendo a Martín Echevarría, delegado de la Junta de Gobierno de Levante, su abandono en prisión e integración en el gobierno para intentar realizar una serie de gestiones en el ámbito sublevado orientadas a poner fin inmediato a la guerra civil, manifestando que después de ellas volvería a retomar su condena en prisión. Además, se conoce que José Antonio llegó a afirmar que un conflicto civil lograría que España se deshiciera y que el triunfo absoluto de un bando sin supervisión alguna iba a tener como consecuencia un retroceso de las conquistas conseguidas en el ámbito social, económico y político.

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José Antonio Primo de Rivera vistiendo su uniforme como recluso en prisión.

Tras encontrarse dos pistolas y cien cartuchos de munición en la celda de José Antonio y Miguel Primo de Rivera, fueron recortados todos los privilegios que los reclusos tenían en la cárcel debido a su posición y entraron ambos en un régimen de incomunicación con el exterior.

Todos los intentos de excarcelación e intercambio de prisioneros entre los que entraría José Antonio fracasaron, aunque tampoco se puso especial énfasis en ellos pues la figura del líder de la Falange, como se ha comprobado en los años posteriores de la guerra y durante todo el régimen franquista, resultó ser de mayor utilidad enfocándola como un mártir, pues muerto José Calvo Sotelo, los militares que llevaron a cabo la sublevación, especialmente Francisco Franco, no tendrían que lidiar con un verdadero líder político que pusiera en duda sus decisiones y que tuviera la capacidad de movilizar masas que amenazaran al plan de gobierno que se iría desarrollando durante el conflicto, llegando a afirmar posteriormente el mismísimo Serrano Suñer, que Franco no le tenía una especial simpatía a José Antonio.

Finalmente, la causa contra José Antonio Primo de Rivera por conspiración y rebelión militar se abrió el 3 de octubre, llevándose a cabo diligencias contra su hermano Miguel y su cuñada Margarita Larios. Tras compadecer por primera vez el 3 de noviembre, la vista oral se llevó a cabo el 16 y 17 de noviembre, en la que 14 miembros del jurado declararon culpables a José Antonio y Miguel de conspiración y a Margarita como cómplice de la misma, sin embargo, Miguel fue condenado a cadena perpetua, Margarita a 6 años de prisión y José Antonio a morir bajo las balas de un pelotón de fusilamiento.

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Según cuentan algunas versiones, la ejecución ordenada por el Comité de Orden Público para la mañana del 20 de noviembre, no llegó a contar con el enterado del gobierno de la República.

Cuando se llevó a cabo la orden, los restos de José Antonio Primo de Rivera, de 33 años de edad, fueron depositados en una fosa común en el cementerio de Alicante. Con la entrada de las tropas nacionales en el municipio alicantino, los restos del fundador falangista fueron exhumados el 31 de marzo de 1939, siendo alojados en un nicho propio en el cementerio de dicha ciudad. No obstante, acabada ya la guerra, el 9 de noviembre de 1939 se acordó el traslado de sus restos mortales a la Basílica del Escorial, donde sería llevado su féretro a hombros por miembros de la Falange desde Alicante hasta el mismo San Lorenzo de El Escorial, donde permanecería hasta su alojamiento en la recién inaugurada Basílica del Valle de los Caídos en 1959, donde reposa en la actualidad.

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Lugar exacto donde fue fusilado José Antonio.

Tras la inauguración del régimen en 1939, Francisco Franco utilizó todo lo que tenía relación con José Antonio como elemento propagandístico de un mártir que había muerto por la patria, redactando y publicando sus discursos, erigiendo monumentos en honor a su figura, narrando su palabra a través de radio y televisión, haciendo placas conmemorativas con el testamento de Primo de Rivera e, incluso, utilizando su palabra como justificación de su gobierno y de cada uno de sus actos.

Testamento de José Antonio Primo de Rivera

“Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia.

Me acomete el escrúpulo de si será vanidad y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta coyuntura cuentas sobre algunos de mis actos; pero como, por otra parte, he arrastrado la fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer (demasiado bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla y contrita sinceridad), y como incluso he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilidades enormes, me parecía desconsiderada ingratitud alejarme de todos sin ningún género de explicación.

No es menester que repita ahora lo que tantas veces he dicho y escrito acerca de lo que los fundadores de Falange Española intentábamos que fuese. Me asombra que, aun después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía de otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos.

Ayer, por última vez, expliqué al Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé, aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más, observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban, primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: “¡Si hubiésemos sabido que era esto, no estaríamos aquí!” Y, ciertamente, ni hubiéramos estado allí, ni yo ante un Tribunal popular, ni otros matándose por los campos de España. No era ya, sin embargo, la hora de evitar esto, y yo me limité a retribuir la lealtad y la valentía de mis entrañables camaradas, ganando para ellos la atención respetuosa de sus enemigos.

A esto tendí, y no a granjearme con gallardía de oropel la póstuma reputación de héroe. No me hice responsable de todo ni me ajusté a ninguna otra variante del patrón romántico. Me defendí con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. Quizá no falten comentadores póstumos que me afeen no haber preferido la fanfarronada. Allá cada cual. Para mí, aparte de no ser primer actor en cuanto ocurre, hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aún pudiera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales. Además, que ni hubiera descendido a ningún ardid reprochable ni a nadie comprometía con mi defensa, y sí, en cambio, cooperaba a la de mis hermanos Margot y Miguel, procesados conmigo y amenazados de penas gravísimas. Pero como el deber de defensa me aconsejó, no sólo ciertos silencios, sino ciertas acusaciones fundadas en sospechas de habérseme aislado adrede en medio una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esa sospecha no está, ni mucho menos, comprobada por mí, y que sí pudo sinceramente alimentarla en mi espíritu la avidez de explicaciones exasperada por la soledad, ahora, ante la muerte, no puede ni debe ser mantenida.

Otro extremo me queda por rectificar. El aislamiento absoluto de toda comunicación en que vivo desde poco después de iniciarse los sucesos sólo fue roto por un periodista norteamericano que, con permiso de las autoridades de aquí, me pidió unas declaraciones a primeros de octubre. Hasta que, hace cinco o seis días, conocí el sumario instruido contra mí, no he tenido noticia de las declaraciones que se me achacaban, porque ni los periódicos que las trajeron ni ningún otro me eran asequibles. Al leerlas ahora, declaro que entre los distintos párrafos que se dan como míos, desigualmente fieles en la interpretación de mi pensamiento, hay uno que rechazo del todo: el que afea a mis camaradas de la Falange el cooperar en el movimiento insurreccionar con “mercenarios traídos de fuera”. Jamás he dicho nada semejante, y ayer lo declaré rotundamente ante el Tribunal, aunque el declararlo no me favoreciese. Yo no puedo injuriar a unas fuerzas militares que han prestado a España en África heroicos servicios. Ni puedo desde aquí lanzar reproches a unos camaradas que ignoro si están ahora sabia o erróneamente dirigidos, pero que a buen seguro tratan de interpretar de la mejor fe, pese a la incomunicación que nos separa, mis consignas y doctrinas de siempre. Dios haga que su ardorosa ingenuidad no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de la gran España que sueña la Falange.

Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia.

Creo que nada más me importa decir respecto a mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico.”


Bibliografía

PAYNE, Stanley G.; DE AGUINAGA, Enrique: José Antonio Primo de Rivera, S. A. Ediciones B,  Barcelona, 2003.

PRESTON, Paul: Derechas españolas en el s. XX: autoritarismo, fascismo y golpismo, Editorial Sistema, Madrid, 1986.

PRIMO DE RIVERA, José Antonio: Textos de doctrina política, Ediciones Almena, Madrid, 1974.

ZABALA, José María: Las últimas horas de José Antonio, Espasa Libros, Barcelona, 2015.

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