El Grial y su misterio, una perspectiva diferente.

Filosofía, biología, medicina, psicología…Todas ellas han intentado  descifrar al ser humano en su plenitud. Pero sólo lo han conseguido en parte. Seguro que al menos una vez en la vida alguno de nosotros ha sentido la necesidad de hacerse la pregunta casi metafísica del porqué de ese preciso momento, ese instante en el que no sabes muy bien porqué te encuentras en esa situación, cuando el misterio de lo que te antecede acecha tu mente. Y es aquí donde uno acabará intentando llegar al origen último de sí mismo haciéndose una serie de preguntas que le llevarán de una forma u otra a distinguirse como algo que en esencia se muestra enigmático. Y es que, con el permiso del cientificismo moderno de la historia, nos vamos a permitir el lujo de apartarnos (por hoy) de ese rigor exacto y aparente para adentrarnos en la historia del Grial de una forma diferente. Digo esto porque vamos a estudiar el misterio del Grial no como algo empírico, sino como una tradición particular que nos muestra el símbolo y el carácter universal de su espíritu, pudiendo de esta forma compararlo con otros misterios tradicionales (algo que haremos con asiduidad).

Para comenzar a entender el misterio del Grial en su plenitud debemos apartarnos de los prejuicios literarios, pues una base fundamental para adentrarnos en el propio misterio es apreciar el símbolo incluso supraindividual que éste ha generado. Del mismo modo debemos hacer hincapié en el existente prejuicio etnológico que cabalga sobre él.

De los principios y antecedentes del misterio destaca el ciclo artúrico como algo relevante. Según la leyenda, el propio Arturo demostró su valía extrayendo la espada clavada en una gran piedra cuadrangular situada en el altar de un templo. Piedra y narración que guarda una gran similitud con la antigua tradición de los Tuatha dé Danann y su piedra de los reyes. Según esta tradición, Sigfrido, en la saga nórdico-germánica, realizó la misma acción que Arturo al arrancar de un árbol una espada (nadie lo había conseguido hasta él). El simbolismo que desprende este hecho lo podemos identificar como un acto de liberación de un poder sobre la materialidad al igual que sucede en el episodio de la leyenda artúrica cuando el rey se apodera de Escalibor, espada que estaba empuñada por un brazo misterioso encima de las aguas. Dicha espada según la propia leyenda estaría fabricada en Avalón, lugar que se ubica en la legendaria isla británica de la mitología celta y que concuerda con todos los supuestos centros hiperbóreos ubicados en el atlántico según las tradiciones indoeuropeas. Mencionamos este centro hiperbóreo por la gran importancia que tiene como punto de partida común entre tradiciones de toda Europa y más allá, bien sea con Thule, Isla Blanca, Tierra del Sol o isla Leuké. Centro hiperbóreo que según la tradición en las fuentes desapareció tras un gran diluvio.

El centro hiperbóreo es algo especial en toda esta tradición artúrica porque el Reino de Arturo se encuentra identificado en Logres, ubicado en Inglaterra al igual que Isla Blanca y que sería la sede del Grial en un inicio. Por ello los caballeros de Arturo buscan con tanto ahínco el Grial, pues pretenden devolver el esplendor al reino que desgraciadamente han perdido. El Grial para ellos actúa como símbolo de aquello que se ha perdido y hay que volver a encontrar, aunque no de cualquier manera. El hombre que lo encuentre manifestará todas sus virtudes y podrá sentarse en el «asiento peligroso», asiento que a su vez sólo podrá ser ocupado por aquel caballero que posea virtudes y dotes para encontrar el Grial, por lo que si no posee dichas virtudes su destino será fatal. Todo esto nos recuerda a las muchas formas que se han dado durante la historia del mito general del emperador o rey de todo. Echando una mirada atrás en la historia vemos como algunos reyes o emperadores han tenido de una forma u otra este mismo simbolismo que se corresponde con el mito de señor universal, de hombre dotado de todas las virtudes para la eternidad. Y no hablamos solamente de la tradición europea, sino que el mito del señor universal, relacionado con el concepto del regnum de la saga artúrica, va más allá, pues son evidentes las similitudes que se dan con la antigua concepción ario-irania precristiana.

En cuanto a la aceptación del ciclo del Grial por parte de la Iglesia, en un principio debemos referirnos al Grial como cáliz y elemento material que José de Arimatea salva tras la última cena, elemento a su vez de fuerte esencia espiritual por su valor eucarístico. Y es que desde un principio la saga del Grial en el cristianismo ha estado reflejada únicamente en el cáliz de Cristo, algo parecido al misterio que encubre a la lanza de Longinos (lanza del centurión que acompañó a Jesús durante su crucifixión). Pero el cristianismo era consciente de que la tradición del Grial venía de más atrás, que si observaban el fenómeno en su conjunto podían ver como sobresalían los secretos más profundos que chocaban directamente con la fe. De hecho la gran ausencia del Grial en las fuentes cristianas se debe a este misterio sobrenatural y a su origen precristiano. Así lo muestra Robert de Boron cuando afirmó que existió un gran libro en el que todo el Grial y su esencia quedase recogida, un libro que mostraba los entresijos más profundos: «Esta historia es muy valiosa y no se cuenta a gente que no pueda comprenderla, ya que una cosa buena divulgada entre hombres malvados nunca será aprendida por ellos». Asimismo, debido al carácter incomprensible del Grial, el cristianismo durante el medievo lo estigmatizó tachándolo de maligno y demoníaco, ya no sólo por lo que evidentemente suponía una amenaza para la sociedad cristiana de la época, sino por las alusiones de la saga a la espiritualidad y al heroísmo ajenos a la devoción cristiana y a la divinidad de Dios. De ahí que Inocencio III acusará a los templarios de haberse entregado a la doctrina de los demonios.

En los distintos textos vemos el Grial es presentado bien como cáliz de oro y cubierto por piedras preciosas (según la herencia cristiana), bien como objeto inmaterial e indefinido o bien como piedra «celeste o de la luz». Y en muchas de las fuentes de las distintas tradiciones del Grial vemos por fin la figura de la mujer, esta vez como portadora del mismo que ofrece las virtudes a quien lo encuentra. Pero el sentido esotérico de esta acción recae en la potencia vivificadora que simboliza la mujer. Por tanto podemos entender gran parte del mito creado en torno a la tradición del caballero templario y la mujer, referido a la castidad. Quien quisiera alcanzar el Grial debía alejarse de la mujer como objeto de codicia, y al igual que sucede en la tradición hindú del mito de Kalki, la castidad significa límite y superación del orgullo, nunca un tabú moral de raíz sexófoba. En la obra Parzifal del alemán Wolfram, Trevrizent afirma que «Sólo hay una cosa que el Grial y sus virtudes secretas no podrán tolerar jamás en ti: la desmesura de los deseos». Como vemos no cesan las ideas de virilidad y de espíritu personal que se deben poseer si no se quiere acabar cegado y quebrantado.

De las virtudes anteriormente mencionadas podemos extraer la de fuerza iluminante (José de Arimatea descubre el Grial entre la oscuridad cuando es iluminado por el Espíritu Santo o cuando el «rey pescador» lleva consigo el Grial que ilumina todo a su paso), la de dar alimento, curar heridas mortales y prolongar la vida, dotar de poder y dominio (gran «piedra de la victoria») y, por último, una virtud que actúa del mismo modo que el lado negativo del asiento peligroso, pues el Grial actúa como poder destructor y fulminante. Todas estas virtudes expuestas son de tal forma subjetivas pero conforman una realidad esencial que ha sido capaz de dar vida al Grial durante milenios. Nos referimos al poder espiritual y moral que otorga la cualificación de desarrollar en aquellos que han sabido asumir debidamente los altos cometidos que en su extenso ciclo la leyenda evoca.

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Aparición del Grial a José de Arimatea

Del rey pescador o «rico pescador» distinguimos su doble naturaleza tradicional, pues posee una vertiente cristiana y otra céltica. En la leyenda del Grand Saint Graal aparece la pesca milagrosa y la multiplicación de los peces (similar a la del evangelio) en la que los caballeros son saciados por unos peces conseguidos por Alano, caballero que recibe el nombre de li riche pescheour. Por otro lado, en las fuentes célticas encontramos un pez de la sabiduría que se relaciona con la antigua tradición de Irlanda en la que el único superviviente de los Partholan (conquistadores de Irlanda), Tuan, adopta la forma de un águila y posteriormente la de un pez que es comido por una princesa, renaciendo como hijo de ésta. Observamos así a través de la leyenda lo que a través de la tradición pudiera tener una relación del rey del Grial con la continuación de la estirpe Parholan. Pero la relación intertradicional no acaba aquí, pues a través de las leyendas árabes y hebraicas traducidas durante el medievo, vemos en las fuentes como el mismo Salomón pescando encuentra un pez con un anillo dentro del mismo que otorga grandes poderes. Similar a lo que le ocurre a Alejandro Magno cuando pesca un pez gigantesco y en él halla una piedra con propiedades luminosas. Más lejana, aparentemente, la relación con la tradición hindú en la que un pez con el nombre de Visnú guía sobre las aguas un arca que porta los gérmenes del mundo futuro.

 

Por otro lado, un aspecto fundamental es el de la herencia del Grial durante todo el medievo. Esta época es la única que se acerca de manera suntuosa al Reino del Grial a través de: el cristianismo, que supo dar el sentido genérico de trascendencia, de Roma, con su idea “aeternitas” de poder imperial y regnum universal, y, a su vez, de la sustancia nórdica que portaban en esencia los pueblos nórdicos.

En cuanto a la sede del Grial debemos hacer referencia tanto a la isla como al castillo. Dos lugares a los que la conciencia se desplaza en un mundo que se muestra cerrado al ser humano en sub specie interioritatis.

Sobre los templarios debemos considerar que entre las diversas manifestaciones dadas en las órdenes militares, la Orden del Temple fue la única desde sus inicios en desafiar el carácter simplemente monástico y cristiano en su más estricto espíritu, llegando de esta forma a un fin de carácter iniciático.  Para la orden templaria el combate y la guerra equivalían a una especie de liberación o ascesis, dejando de lado el carácter devocional y la cristolatría. Pero esto sólo sucedía en la teoría, pues la orden tenía una magnitud inverosímil con unos nueve mil centros y grandes riquezas. Y es que, entre sus numerosos miembros, muchos de ellos no estaban a la altura. La jerarquía moral estaba servida cuando entre los muchos ritos de iniciación para ser admitidos, los iniciados debían abjurar cristolatría pisoteando y ultrajando un crucifijo. Del mismo modo se les enseñaba que Jesús había sido un falso profeta muerto por sus falsos errores: «no debían creer en el crucifijo, sino en el señor que está en el paraíso». Este aspecto ritual de iniciación se celebraba normalmente el viernes santo.

Todo esto, sumado al supuesto desprecio de los sacramentos (penitencia y confesión) y a la simpatía con la fe musulmana, que no era cierta, aunque puede que se debiera a la anticristolatría mutua, hizo que acabaran hallándose ideológicamente a la par de los Ismaelitas (orden musulmana), pues ambos tenían una forma peculiar y semejante de interpretar los textos sagrados. Desgraciadamente la Orden del Temple queda disuelta en el medievo (1307) sin quedar bien detalladas las causas y dejando atrás consigo una época en la que el héroe se acercaba al Grial, como caballero que buscaba las virtudes, no el Grial al hombre, como sucederá en la tradición posterior.

A pesar de que la orden quedó disuelta oficialmente, los templarios supervivientes (física e ideológicamente) se retiraron a Escocia para ponerse bajo la protección de Robert Bruce y constituir la organización gremial e iniciática de la «Gran Logia real de Heredom», continuando de esta forma con lo que podríamos denominar como la herencia medieval y tradicional del Grial. Pero esta idea reiniciadora no termina de reforzarse, y no es hasta el siglo XVIII cuando se da el momento en el que comienzan a surgir de nuevo grupos de carácter iniciático favoreciendo las sociétés de pensé, estrechamente relacionadas con el iluminismo y el racionalismo. Estos grupúsculos conformados en un inicio por pocas personas siguen la vertiente tradicional y esotérica de la herencia y acaban derivando en los grupos masónicos. Además, parece ser que estos grupos se crearon en torno a los restos de los rosacruces. Los rosacruces, así denominada la orden esotérica y pre-masónica, fueron en esencia el legado más cercano del Grial (junto con la tradición hermética) en la modernidad. De hecho, el primero en iniciar la masonería y sus ritos fue Elias Ashmole, un británico del siglo XVII. En un inicio esta primera masonería sí que guardaba los grandes principios de la tradición gremial y misteriosa que conformaba parte de la herencia del Grial, pero pronto la corriente masónica se bifurcó y apareció la masonería especulativa, que no era otra cosa que una supraestructura ritual para controlar a las masas de forma algo similar al reino universal, aunque desviándose por completo de la tradición en sí e invirtiendo esta misma. Del mismo modo podríamos mencionar, aunque más tarde, a los Protocolos de los Sabios de Sión, donde se muestran los hilos del complot del hebraísmo y la masonería para manejar la humanidad. De esto último hay una gran duda histórico-científica en cuanto a su veracidad.

Para concluir diremos que la forma en la que hemos mostrado el misterio del Grial ha sido únicamente a modo de cohesión entre las distintas fuentes literarias y con el único fin de mostrar el Grial no ya como un elemento cristianizado y, por tanto, heredero del misterio creado en torno a esta religión, sino como una tradición con raíces pre-cristianas de diferentes puntos geográficos pero con perspectivas histórico-evolutivas de gran proximidad interpretativa.

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