Momias, el misterio de la vida eterna

Hoy haremos un viaje nada menos que hasta el Antiguo Egipto. Si bien es un viaje que nos permitiría analizar un millar de cuestiones, hay una que durante siglos ha maravillado y suscitado una gran curiosidad, las momias. Y es que ¿quién no ha sentido fascinación o al menos cierta curiosidad por estos cadáveres tan perfectamente conservados durante miles de años?  No obstante me veo obligada a decir que esto no siempre ha sido así, de hecho, esta pasión por las momias, y no solo por ellas, sino por todo lo egipcio, llegó nada menos que con la fallida expedición de Napoleón a Egipto en 1798.

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Expedición de Napoleón a Egipto 1798

A partir de ahí este entusiasmo por todo lo relacionado con esta cultura aumentó hasta el punto de que en el siglo XIX  muchos jóvenes aristócratas que viajaban a Egipto volvían a casa  con una momia como recuerdo, convirtiéndose ésta en la guinda final de todas sus veladas, puesto  que era desenvuelta ante los hipnotizados ojos de los invitados.

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Sin embargo, lo que a nosotros realmente nos interesa es el porqué de esta práctica, la momificación, y cómo era realizada. Así lo primero que diremos es que a pesar de que el arte de conservar los cuerpos era algo sagrado, los egipcios no dejaron constancia escrita de esta práctica. Fue el historiador griego Herodoto el único en realizar un relato sobre la misma, cuando visitó Egipto en el año 450 a.C.

Lo primero que debemos comprender es porqué era tan importante que los cadáveres se mantuvieran en tan buen estado. La solución a esa incógnita se hallaba en la propia  creencia que tenían de la muerte.  Consideraban  que el espíritu de una persona sobrevivía después de morir. El único problema es que necesitaba alimento. La condición que debía darse para que el espíritu no pasara hambre y su vida en el más allá no corriera peligro, era la de que el cuerpo fuese reconocible, es decir, que éste no estuviese totalmente descompuesto, motivo que evidentemente daría lugar a la práctica.  Tras la muerte el espíritu era guiado por el chacal Anubis, guardián del mundo subterráneo,  a través del más allá hasta un tribunal donde se llevaría a cabo el famoso juicio de Osiris. Allí se decidiría si la persona era digna para vivir eternamente en el paraíso, también conocido como Aaru.

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Para superar los obstáculos que el juicio  entrañaba existía el libro de los muertos, una serie de sortilegios que los egipcios se llevaban a la tumba. Entre todos esos sortilegios, había uno que  indicaba cómo debía dirigirse el difunto a cada uno de los 42 dioses que presidirían el juicio. Esto era de suma importancia, ya que los egipcios tenían la creencia de que esa valiosa información les facilitaría pasar la prueba con éxito.

Una vez que se había dirigido a cada uno de los jueces por su nombre, el difunto debía declararse inocente de 42 fechorías cometidas, mientras su corazón era pesado en una balanza ante la diosa de la verdad, Maat. El chacal Anubis, observaba la balanza, a la vez que el dios Thot, con cuerpo de hombre y cabeza de Ibis,  anotaba las respuestas. Lo ideal es que la balanza permaneciese en equilibrio, puesto que significaba que el fallecido había llevado una vida ejemplar. No obstante el que tomaba la decisión final, y dictaba sentencia era Osiris, padre de Horus.

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Representación del juicio de Osiris, donde se ve claramente en el plano superior a los distintos jueces y en el plano inferior la balanza donde el corazón del difunto era pesado ante la diosa de la verdad (izquierda) y el chacal Anubis(derecha), mientras detrás de este último el dios Thot apunta las respuestas y el monstruo Ammit espera la sentencia.

Si la sentencia era favorable el difunto viviría eternamente en el paraíso, pero si la sentencia era negativa, el monstruo  Ammit, una criatura con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león y piernas de hipopótamo, devoraría el corazón cargado de pecados y el fallecido  dejaría de existir para siempre. Una vez concedida la inmortalidad una máscara de oro depositada sobre su cara le garantizaba la vida eterna.

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El dios Horus lleva al difunto hasta el dios Osiris

Como vemos, para ellos era de suma importancia que su rostro y demás partes del cuerpo se conservasen lo mejor posible, era su seguro contra el olvido podríamos decir. En un primer momento los cuerpos eran enterrados en tumbas poco profundas en el desierto. Gracias a la arena caliente, la humedad era eliminada y se evitaba la descomposición, pero poco a poco la técnica tuvo que ser perfeccionada con la complejidad, cada vez mayor de las ceremonias. No bastaba únicamente con introducir los cadáveres en cámaras profundas, ya que sin la arena caliente del desierto los cuerpos al final se descomponían. Así surgió  esta eficiente técnica,  por la que un egipcio de nivel medio llegaba a gastarse dos meses de sueldo. Pero claro, era eso o vagar por el más allá en peligro, conque indudablemente les merecía la pena.

Los pasos a seguir en el proceso por los embalsamadores, nombre que recibían los encargados de tratar los cadáveres, eran los siguientes. Lo primero que se hacía era preparar las especias, las resinas y los aceites. Tras esto se retiraba el cerebro a través de los orificios nasales empleando para ello un garfio de metal, y se vertía aceite caliente, una mezcla de resina y cera de abeja dentro del cráneo, donde debía solidificarse.

El siguiente paso consistía en realizar una incisión en el abdomen para extraer una serie de órganos internos: los pulmones, el hígado, el estómago y los intestinos .Había que llevar a cabo esto de manera rápida para que éstos no se descompusieran debido a su alto contenido en agua. Uno a uno, los órganos se iban momificando por separado: se disecaban, se lavaban con sumo cuidado y eran ungidos con aceite y resina, para luego ser envueltos en lino e introducidos en los cuatro vasos canopos rituales, los cuales tenían inscripciones dedicadas a los dioses, a los que se pedía la protección de los mismos.

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La primera duda que puede surgir nos tras leer esto es qué pasaba con el corazón, ya que como hemos visto era fundamental en el juicio de Osiris. Y por tanto, si esto era así, ¿Por qué no era tratado como el resto de los órganos? Pues bien, resulta que no se trataba como al resto debido precisamente a su carácter especial. El corazón era considerado la fuente de la sabiduría, de ahí que en el juicio fuese pesado ante la diosa de la verdad. Así , era mantenido  en su sitio.

Después se cubría el cuerpo con natrón, conservante natural que extraía la humedad de los tejidos en una duración de cuarenta días. Una vez transcurridos los mismos, se eliminaba el natrón, se ungía el cuerpo con aceite y se cubría con tela, lino (sábanas, tela usada para el ropaje o bien fabricada expresamente para la ocasión) para evitar que se deformara el cuerpo. Sólo en cubrir el cuerpo por completo se tardaban unos quince días, y se empleaba una gran cantidad de material. Entre los vendajes se introducían amuletos, la cantidad variaba en función de la momia, y podían ser representaciones de los dioses o bien símbolos de eternidad y fuerza. El más importante era uno con forma de escarabajo, por lo general de color verde que se colocaba justo encima del corazón, y representaba el renacimiento. Su función primordial era evitar que este órgano traicionase al difunto el día del juicio.

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Sarcófago de Tutankamón, faraón perteneciente a la dinastía XVIII de Egipto

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El arqueólogo y egiptólogo  Howard Carter y un trabajador examinan el sarcófago de Tutankamón, 1922

Es importante mencionar que a día de hoy se  ha avanzado muchísimo en el estudio de las momias. Antes desenterrar una momia suponía su destrucción y tampoco había herramientas lo suficientemente útiles como para analizarlas impidiendo que resultaran dañadas, pues los rayos X, por ejemplo, solo permitían ver su esqueleto. Pero gracias al famoso TAC, una técnica totalmente inocua,  se ha podido analizar en profundidad las mismas, llegando en muchos casos a establecer la posible causa de la muerte, pero sobre todo,  lo más importante conseguir valiosísima información sobre una civilización que a día de hoy sigue maravillándonos con cada descubrimiento.

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