División de Alemania (I)

En la próxima serie de artículos intentaremos aclarar las causas y consecuencias de uno de los hechos que marcó a Europa durante 40 años, la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, además de dar un pequeño vistazo a los últimos coletazos que esta división aún tiene en la Alemania actual. Para ello, realizaremos un repaso desde las raíces profundas del problema, pasando por las diferentes Conferencias de Guerra y de Posguerra en las que se trató el tema de Alemania hasta su definición definitiva.

Introducción

Antes de comenzar a analizar la división, es necesario analizar las raíces profundas que llevaron a que las potencias aliadas acabasen tomando esta decisión extrema, para poder así comprender el ambiente en el que nos situamos y a lo que nos enfrentamos. Así, aunque la división alemana data de 1949, debemos remontarnos hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918) para comprender la situación política e ideológica de ambas partes, pues las consecuencias de las decisiones aquí tomadas, provocarán, en última instancia, la división alemana tres décadas después.

Tras el armisticio del 11 noviembre de 1918, entre enero y junio de 1919 se producen en París una serie de intensas y duras reuniones entras las cuatro grandes potencias vencedoras, Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Italia, las cuales, como vencedoras, se auto-otorgan el propósito de configurar un nuevo orden político y de devolver el equilibrio a Europa. Este selecto y elitista grupo, conocido como Consejo de los Cuatro, logró, tras arduas negociaciones, marcadas por la intransigencia francesa y la ausencia de los países derrotados, elaborar los diferentes tratados de paz. En el Tratado de Versalles de 1919, firmado con Alemania, las potencias vencedoras establecen unas duras condiciones de paz, de ahí que los alemanes lo apodaran como “Diktat”, el Dictado. Las indemnizaciones económicas de guerra exigidas fueron enormes (compensaciones que Alemania terminó de pagar el 3 de octubre de 2010), las concesiones territoriales muy grandes (Alemania perdió el 14% de su territorio europeo, además de todas sus colonias) y el maltrato fue abusivo (desmilitarización, aislamiento internacional,…). Y si a ello, además, se cargan la totalidad de las culpas del conflicto sobre Alemania (artículo 231), pues el sentimiento alemán sólo podía tener dos vías, la total resignación y aceptación del tratado de paz, o el revanchismo más absoluto. Y se eligió la segunda.

Treaty_of_Versailles,_English_version

 Portada del Tratado de Versalles de 1919

Esta excesiva carga que los vencedores colocaron sobre Alemania es considerada como una de las causas del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Así, se argumenta, que esta humillación sufrida por Alemania en 1919 fuera una de las causas que llevaron a que, apenas 14 años más tarde, el ultraderechista Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) liderado por Adolf Hitler, se hiciera con el poder en la joven República de Weimar. Algunos autores apuntan, sin embargo, a que el nazismo fue un hecho aislado y condicionado por el momento económico-social de la década de 1930, pero, si vemos el Programa de los 25 puntos del NSDAP aprobado el 24 de febrero de 1920 en München, se observa lo siguiente en el segundo punto:

Wir fordern die Gleichberechtigung des deutschen Volkes gegenüber den andere Nationen, Aufhebung der Friedensverträge von Versailles und St Germain.

Exigimos la igualdad de derechos del pueblo alemán en sus relaciones con las demás naciones y la abolición de los Tratados de Paz de Versalles y Saint-Germain.

Ahí se muestra claramente el espíritu revanchista existente en los sectores más radicales de Alemania, y que enlaza sus peticiones con el denigrante, para Alemania, Tratado de Versalles de 1919, y con el Tratado de Saint-Germain-en-Laye, firmado unos meses después entre las potencias aliadas vencedoras y el Imperio Austro-Húngaro, siendo la dureza de este tratado también enorme, aun cuando Austria-Hungría era el único Estado que verdaderamente tenía una razón para ir a la guerra, y cuya importancia para el NSDAP reside en que dicho tratado prohíbe la unión de Alemania y Austria, algo que choca frontalmente con la idea ultranacionalista alemana del partido encabezado por Hitler, pues, como se menciona en el primer punto del programa nazi:

Wir fordern den Zusammenschluß aller Deutschen auf Grund des Selbstbestimmungsrechtes der Völker zu einem Groß-Deutschland.

Exigimos la unión de todos los alemanes bajo el derecho de autodeterminación de los pueblos para crear una Gran Alemania.

Por tanto, como se puede observar, el Tratado de Versalles de 1919 provocó en Alemania un sentimiento de revancha o venganza frente a aquellos que en su momento la humillaron, tanto extranjeros como nacionales (considerados traidores a la patria por aceptar tales condiciones sin haber perdido completamente la guerra) y el rápido ascenso del partido nazi provocó que este sentimiento de revancha llegara al poder.

Hofbrauhaus
Haufbräuhaus am Platzl (München), sede extraoficial del NSDAP durante sus primeros años
Hitlers_Wegbereiter_2
Programa del NSDAP y sus bases y principios ideológicos. (1920)

En el lado aliado, las posiciones sobre la Paz de Versalles de 1919, especialmente entre los intelectuales, estaban, también, bastante divididas. Para algunos era vista como el fin de los conflictos en Europa. Gracias al esfuerzo y el sacrificio de la Gran Guerra, las viejas monarquías habían caído, la democracia estaba triunfando y el gran peligro, especialmente desde el punto de vista francés, Alemania, estaba bajo control. Además, se había creado una organización internacional, la Sociedad de Naciones, que aspiraba a resolver los problemas internacionales diplomáticamente, por lo que se puede decir que no sólo fueron los “felices años 20” en términos económicos, sino también políticos.

Sin embargo, hubo voces, que con el paso del tiempo, y en especial tras la Gran Depresión de 1929, vieron cómo el optimismo de los años 20 estaba transformándose en pesimismo. La incertidumbre mundial provocada por dicha crisis, unida al descontento social, especialmente en Alemania e Italia por cuestiones nacionalistas, provocaron el auge y triunfo de los partidos totalitaristas. En un principio, los grupos políticos occidentales aceptaron la presencia de estos totalitarismos al ser enemigos fuertes del comunismo, y frenar así su posible avance hacia occidente. Por ello, los países vencedores en la I Guerra Mundial comenzaron a apoyar estos totalitarismos mediante la conocida como “Política de Apaciguamiento” del Primer Ministro británico Neville Chamberlain, el cual dio facilidades a los derrotados, especialmente a Alemania, reduciendo las sanciones de guerra o permitiendo la unión con Austria, con el objetivo doble de mantener la paz en Europa y frenar al comunismo. Al final, esta política fracasó por las altas reclamaciones alemanas, y la Sociedad de Naciones tampoco fue capaz de hacer frente a la crisis internacional, por lo que en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial.

Así, nos encontramos, en un ambiente político y social muy enrarecido en la Europa de la década de 1930, donde los ojos extranjeros están muy pendientes de la Alemania nazi. Esto provocará que, en la segunda mitad de la década de 1940, gran parte del mundo, y en especial los aliados, vean a Alemania como el gran enemigo mundial por la naturaleza violenta de su pueblo, y el causante de las dos guerras que en poco menos de 30 años, han provocado la destrucción de Europa. Por todo ello, cuando el 7-8 de mayo de 1945 la Alemania nazi se rinde ante las potencias aliadas, la toma de decisiones que tuvieron lugar sobre el futuro alemán entre 1945 y 1949 es una situación tremendamente compleja y delicada donde no sólo se entremezclan cuestiones territoriales y económicas con sentimientos revanchistas, especialmente en Francia, o ideas políticas, que enfrentaron a EEUU y la URSS en el marco de una incipiente Guerra Fría, sino que además se tiene el miedo de repetir errores pasados y de provocar con una mala paz que lleve a una nueva y catastrófica guerra. Todo ello llevaría a que los aliados buscasen castigar a  Alemania de forma que nunca fuese capaz de volver a levantarse.

El proceso de buscar este castigo final a Alemania, y que finalizó en su división, fue el resultado de una serie de largas reuniones y negociaciones entre las potencias aliadas. Éstas se reunieron varias veces a lo largo de toda la guerra en diversas conferencias que definirán el futuro de las potencias del eje y, en especial, de Alemania.

Conferencia de Casablanca (Enero de 1943)

Celebrada en la ciudad marroquí de Casablanca, en la reunión con el nombre en clave de SYMBOL, se reunieron el Presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, y el Primer Ministro británico, sir Winston Churchill, además de algunos consejeros de ambos países y los líderes de la resistencia francesa. No acudió, sin embargo, el Secretario General del Partido Comunista de la URSS (PCUS) Josef Stalin, pues aunque recibió la invitación de las potencias occidentales a acudir, éste la rechazó, argumentando que su presencia era mucho más importante en la propia URSS, que estaba inmersa en la decisiva batalla de Stalingrado, que en Casablanca, por lo que conferencia fue bipartita.

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De izq. a der. Henri Giraud, Franklin D. Roosevelt, Charles de Gaulle y Winston Churchill

En esta primera gran conferencia aliada concerniente a temas militares, ambos líderes acordaron tres puntos fundamentales para el devenir de la guerra: la política de “Europe First” o “Atlantic First”, es decir, centrar los esfuerzos bélicos en derrotar incondicionalmente en primer lugar a la Alemania nazi antes que a Japón; la rendición incondicional germana; y los primeros trazos de las líneas del nuevo sistema político europeo tras la guerra.

Los aliados, tras lograr dar los primeros reveses al ejército nazi, derrotándole en El Alamein (Egipto) y en el África Noroccidental (Operación Torch), y cuando la batalla en Stalingrado comenzaba a inclinarse del lado soviético, iniciaron la discusión de sus futuras actuaciones conjuntas, siendo el aspecto más destacado la planificación del desembarco aliado en Sicilia. Sin embargo, el acuerdo alcanzado más interesante, y a la vez controvertido, es la rendición incondicional alemana, el cual marca las intenciones aliadas de llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias, algo que en la Gran Guerra no había sucedido al aceptarse el armisticio. Esta estrategia de rendición incondicional no surgió en la Conferencia de Casablanca, sino que ya era manejada desde 1939 por británicos y estadounidenses como la única solución posible al fin de la guerra, creando una paz donde se hiciera énfasis en la derrota política de los nazis y de Alemania, y no sólo en la derrota en el campo de batalla, evitando así que se repitiera lo sucedido tras la Paz de Versalles de 1919, donde la paz nunca cerró definitivamente el conflicto. Sin embargo no sería hasta enero de 1943 cuando este objetivo aliado se hiciese público, y marcase la línea a seguir, con la idea de provocar, en palabras de Churchill, “the categorical defeat of irreconcilable evil”.

Por tanto, se ve a la Alemania nazi como un demonio, el cual ha roto la paz en Europa, pero en ningún momento ambos países se acuerdan que en su momento vieron rasgos positivos en este régimen como contrapunto fuerte a la amenaza soviética de la cual, paradójicamente, ahora son aliados. Se plantea, por tanto, una guerra total contra el país teutón donde solamente se acepte una victoria definitiva e incondicional sobre los germanos, sin ambigüedades y que acabase para siempre con posibles amenazas provenientes de Alemania.

Otro de los puntos que llevó a tomar la decisión de aceptar solamente la rendición incondicional de la Alemania nazi, fue la ausencia de alguna fuerza, favorable a los aliados, que pudiese hacerse con el poder. La resistencia alemana al nazismo era muy débil, y no podría llegar al poder mediante un golpe de Estado. Y, por supuesto, estaba descartado negociar con Hitler. Así, con la derrota incondicional, los aliados tendrían carta blanca para negociar las condiciones de la paz.

Las conversaciones sobre cómo actuar con la Alemania derrotada se aplazaron hasta contar con la presencia de los representantes soviéticos y lograr así una línea de actuación única, reunión que tendría lugar unos meses después, en la Tercera Conferencia de Moscú y que sentaría las bases de la Conferencia de Teherán, donde se trata, por primera vez, la “cuestión germana”. Para saber lo que se desarrolla a partir de entonces tendréis que esperar a la siguiente entrega.

Continúa la serie en:

Bibliografía

Rafael ARACIL. El mundo actual de la Segunda Guerra Mundial a nuestros días. Ed.: Universitat de Barcelona, Barcelona (ESP), 1995.

Robert DALLEK. Franklin D. Roosevelt and America foreign policy, 1932-1945. Revised edition. Ed.: Oxford University Press, Nueva York (USA), 1995.

Brian P. FARRELL. Symbol of paradox: The Casablanca Conference, 1943. En VVAA, Canadian Journal of History, nº. 28. Ed.: University Toronto Preess, Toronto (CAN), 1993.

VARIOS AUTORES. World War II: an account of its documents. Conference on Research on the Second World War. Ed.: Howard Press University, Washington DC (USA), 1976.

https://www.cia.gov/library/publications/the-world-factbook/

http://www.historicum.net

http://www.verfassungen.de/

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