La Gran Redada de 1749: gitanos y limpieza étnica en España.

El de los gitanos ha sido un pueblo marginado casi desde el momento en que apareció. La escasa información que de ellos tenemos comienza a partir de sus primeras migraciones y como los datos de los que disponemos deberán ser suministrados siempre por sus anfitriones europeos esta literatura será en consecuencia hostil casi en su totalidad. Los gitanos sólo serán objeto de atención a causa de sus fricciones con el grupo no gitano. Considerados descendientes de Caín, una leyenda balcánica los señalaba como quienes forjaron los clavos de Cristo, motivo por el cual habrían sido condenados a errar por el mundo ¿pero quienes son realmente los gitanos?

Al tratarse de una cultura de tradición eminentemente oral sus orígenes permanecen aún hoy casi tan difusos como se presentaban entonces. Muchos de los primeros gitanos europeos se inventaron un origen místico para sí mismos que les ayudaba a hacer negocio en circos o como adivinadores ambulantes. Muchas veces se presentaban como nobles con su propio séquito procedentes de lugares lejanos y exóticos, de ahí que los primeros grupos gitanos que entraron en la península ibérica se hiciesen pasar por egipcios y fuesen desde entonces conocidos como “egipcianos”.

No será hasta el siglo XVIII cuando, gracias a estudios lingüísticos, se arroje un poco de luz sobre su origen, situándolo en la zona noroeste de la India, lo que hoy corresponde al Punjab. Estos estudios confirmaron que el idioma romaní se trataba de un idioma índico, muy similar al panyabí o al hindi occidental, al que luego se sumaron aportes eslavos y latinos. Poco sabemos sobre su modo de vida en su país de origen, aunque se supone que pertenecían a las castas sociales más bajas, los parias, que quizás pudieron ser reclutados y enviados a luchar contra la penetración de los gaznávidas musulmanes. O tal vez fueron los propios musulmanes quienes los conquistaron y esclavizaron motivando la diáspora posterior. Se da como fecha aproximada del inicio de su partida el intervalo entre los años 950 y 1100 d. C. Tras esto se dirigirían hacia el oeste pasando por la costa sur del Mar Caspio hasta que las constantes guerras entre el Imperio Bizantino y los turcos les obligaran a iniciar una nueva migración en el siglo XV que les llevará por toda Europa.

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Gitanos fuera de la ciudad de Berna. Se los muestra con trajes y armas sarracenas. Grabado del siglo XV.

Cómo y cuándo llegaron los gitanos a la península ibérica es una cuestión cuyo consenso dista de haberse alcanzado. Una primera teoría considera que llegaron desde el norte de África cruzando el estrecho de Gibraltar para reencontrarse en Francia con la ruta migratoria norteña más conocida. Esto explica que en España no se los conociera como un solo pueblo, sino como dos: egiptanos/tingitanos que procederían de Egipto y grecianos que procederían de Grecia. La estrategia de supervivencia más común era la de presentarse como peregrinos cristianos para buscar la protección de un noble. Así lo hicieron en 1415 para obtener un salvoconducto con objeto de hacer el camino de Santiago que les fue otorgado por el rey Alfonso V de Aragón. Este constituye el primer contacto documentado entre el pueblo gitano y los pobladores de la península ibérica.

Aunque serían recibidos con benevolencia y cierta expectación fruto de la curiosidad no tardarán en surgir las primeras quejas por su presencia, que se veía como una amenaza al modo de vita nativo y a su religión hegemónica. En realidad, se trataba del tradicional conflicto entre un grupo nómada que recorre el territorio de una sociedad sedentaria y esta última. Dos actitudes diferentes ante la vida que parecían abocadas al enfrentamiento. Estos recelos finalmente cristalizarán durante el reinado de los Reyes Católicos en la Pragmática de Medina del Campo de 1499 que exigiría su asimilación. Las penas eran bastantes explícitas. La primera vez que fueran sorprendidos cometiendo una falta recibirían cien azotes, la segunda les serían cortadas las orejas y pasarían sesenta días encadenados, en cualquiera de los dos casos supondría el exilio y si fueran sorprendidos una tercera vez serían hechos cautivos de por vida.

Este hecho debe ser contextualizado para ser entendido. Los Reyes Católicos inauguraron la unidad territorial de España como una empresa uniformizadora en detrimento de la tolerancia a los distintos grupos que se constituían en minorías religiosas o de otro tipo. No hay que olvidar que siete años antes (1492) se había decretado la expulsión de los judíos y tres años después llegó la conversión forzada de los musulmanes (1502). Es la época de la consolidación de los Estados y, por ende, de la elaboración de censos. Desde finales de la Edad Media cualquier persona que estando en España no pertenecía a una unidad política local era considerada extranjera y, por tanto, estaba privada de los beneficios del derecho público.

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La realidad es que la actitud de la ley ante su presencia estaba repleta de contradicciones: obligados a sedentarizarse al tiempo que se les impide la entrada en ciertas ciudades, obligados a integrarse al tiempo que se los concentra en determinados barrios (gitanerías), obligados a trabajar en oficios reconocidos al tiempo que se les impide la entrada en los gremios…esto inspirará una serie de estrategias de ocultamiento, multiocupacionalidad y seminomadismo que les permitirán conservar sus propios caracteres culturales más o menos intactos. Por otra parte, los estudios genéticos evidencian cierto mestizaje con la población autóctona, siendo más común la incorporación de individuos no gitanos en la comunidad gitana que lo contrario, hecho que ya preocupaba a las autoridades de la época. En 1539 se los conminó de nuevo a la sedentarización bajo pena de seis años de galeras o trabajos forzados en las minas de mercurio llegándose a publicar desde entonces más de 280 pragmáticas contra el pueblo gitano.

Frente a la práctica de la deportación a América que fue empleada ese mismo siglo por Portugal, los gitanos españoles solamente podían viajar a América con permiso expreso del rey Felipe II, quien decretó en 1570 una prohibición de entrada a los gitanos en América y ordenó el regreso de los ya enviados. La pena de galeras se intensificó tras la batalla de Lepanto (1571), cuyas pérdidas obligaron a reponer los galeotes perdidos a través de una leva general en la que se hizo especial incidencia en la captura de gitanos varones de modo que sirvieran como forzados sin sueldo los que no estaban avecindados y como buenas boyas (remero libre asalariado) con un pequeño sueldo los que lo estaban. Durante el reinado de Felipe III una nueva pragmática emitida en 1619 daba un plazo de seis meses para que todos los gitanos no avecinados saliesen de España, se les prohibía usar su lengua, nombres y vestiduras tradicionales, así como salir de sus localidades, acudir a ferias e incluso montar a caballo. Tras la expulsión de los moriscos en 1609, los gitanos se convertían en la última minoría que rompía la homogeneidad social anhelada por los monarcas españoles. Mientras tanto se intensificaron las redadas periódicas de vagos y malogrados que les afectaron especialmente e incluso se registraron intentos de asimilarlos por la fuerza separando hombres y mujeres para que no pudieran reproducirse, aunque estas iniciativas no llegarían a ser aprobadas.

Otro aliciente para su mala fama era que mostraban un conocimiento muy precario del cristianismo que decían profesar, lo que no resulta extraño si tenemos en cuenta que en otros países habían adoptado la religión musulmana. En una sociedad tan profundamente religiosa como era la española de entonces sus hábitos causaban extrañeza primero y rechazo después. Sin embargo, esto no se tradujo en una deportación masiva como había ocurrido con otras minorías religiosas anteriormente, lo cual se explica por las graves consecuencias de la despoblación que siguió a la expulsión definitiva de los moriscos en 1609. Monarcas posteriores se decantarían entonces por la asimilación forzada como alternativa a la expulsión.

Mapa con las ciudades elegidas para el asentamiento forzado de gitanos entre 1717 y 1746.

Aunque nunca faltaron leyes destinadas a disminuir la presencia gitana, a la llegada de una dinastía francesa le acompañaron los nuevos valores ilustrados que cambiaron la concepción de la pobreza y la mendicidad. Si la Monarquía Católica había mantenido el discurso paternalista católico tradicional de dignificación de la miseria, viéndose en el pobre la imagen de Jesucristo, el despotismo ilustrado pretendía ejercer un control riguroso de la mendicidad, sinónimo de todo tipo de vicios, lo que pasaba por extirpar de la sociedad a todos los elementos considerados no productivos, entre ellos la etnia gitana. Otro de los argumentos que justificaron esta medida era la creciente inseguridad ciudadana que se estaba generalizando en el país, con un aumento de los salteadores de caminos que en realidad se debía más a la situación de desorden resultante de la recién finalizada Guerra de Sucesión que provocaba que las tropas mercenarias tuvieran escasa movilidad para actuar.

La llegada de los Borbones al trono de España supuso nuevas leyes contra el nomadismo de los gitanos más reticentes. En 1717 una pragmática de Felipe V fijó la residencia forzosa de los gitanos en un total de 41 ciudades, luego de él su hijo Fernando VI ampliaría la lista a 75 ciudades en 1746. Lo que se pretendía es que hubiera una familia gitana por cada cien vecinos y, por otro lado, obligar a que estos se asentasen por familias en lugar de en grupos más amplios. La finalidad última de todo este conjunto de leyes no es sino la “desaparición” o asimilación de la minoría gitana, en un largo proceso que tiene su culminación en la trágica noche del 30 de julio de 1749 con la ejecución de la Gran Redada, también conocida como Recogimiento general de gitanos y que se resume en el intento de las autoridades de reunir, arrestar y finalmente eliminar a todos los gitanos del reino. Cuando se habla de eliminación del pueblo gitano no hay que entenderlo como la eliminación física de los gitanos a la manera en que los nazis hicieran con los judíos, sino como una serie de medidas orientadas a la desaparición del pueblo gitano como cultura y, finalmente, también física al mezclarse e integrarse con la población del país. Durante ese día y los siguientes fueron apresados unos 9.000 gitanos, cifra que se eleva a 12.000 si contamos los que ya estaban encarcelados.

Es importante tener presente que cuando el plan comenzó a dibujarse Madrid estaba repleta de gitanos en espera de reasentamiento, pero la lentitud de los procesos burocráticos provocó las quejas del monarca, que ordenó apurar los trámites para expedir cuanto antes a los gitanos ambulantes a sus destinos. Esta situación permitió luego conocer con exactitud el paradero de muchas familias gitanas, incrementando la eficacia de la operación. Además, debe destacarse que una iniciativa como esta nunca hubiese sido posible hasta aquel momento debido a la posibilidad que tenían muchos gitanos de acogerse a sagrado en las iglesias, lo que dio al traste con muchas de las redadas ejecutadas anteriormente. Durante años la Corona negociaría con la Iglesia para suprimir el derecho de asilo de los gitanos hasta que en 1748 el Papa Benedicto XIV autorizaba que pudieran ser detenidos incluso en el interior de los templos.

Llegó a barajarse la posibilidad de deportarlos a todos en pequeños grupos a América para que trabajasen en las fábricas y minas que allí había, imitando el proceder de Portugal que ya había hecho esto en 1745. Sin embargo, las noticias procedentes de Brasil y Guinea daban a entender que la llegada de gitanos había desestabilizado mucho la situación en las colonias de modo que esta estrategia quedaba desechada. La alternativa elegida fue enviar a los varones gitanos a los presidios y arsenales españoles del norte de África mientras mujeres y niños menores de siete años quedaban confinados en prisiones y fábricas. Una vez alcanzada la mayoría de edad los niños serían enviados con sus padres donde aprenderían un oficio. Esto permitiría en palabras del Marqués de la Ensenada “darles destino con que se impidan tantos daños y extinga si es posible esta generación” mediante la separación física entre sexos.

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El Marqués de la Ensenada retratado por Jacopo Amigoni

Al frente de éste proyecto se encontraba Vázquez Tablada, obispo de Oviedo y presidente del Consejo de Castilla, quien también se encargó de darle una justificación ante los posibles reparos morales que la empresa pudiera generar, escudándose para ello en los numerosos crímenes atribuidos a quienes consideraba “delincuentes de raza”. A su caída en desgracia le sustituiría quien era entonces el Secretario de Estado y Marqués de la Ensenada. El hombre poderoso del momento continuaría con el proyecto desde el Despacho de Guerra bajo el más estricto secreto. Fue tal el hermetismo que ni los oficiales que iban a poner en práctica tal orden sabían lo que tenían que hacer.

Las fisuras del plan comenzaron a hacerse cada vez más evidentes cuando a poco de comenzar las primeras redadas estas se encontraron con el rechazo popular acompañado por las reclamaciones de aquellos gitanos que podían alegar tener un oficio y vivienda fija. Y es que irónicamente serían las familias más integradas, y que por ello estaban mejor controladas y localizadas, las primeras perjudicadas por la Gran Redada. Los encargados de los astilleros que debían dar salida a los gitanos recolocados manifestaron pronto su incapacidad tanto para dar cobijo y alimento a la cantidad de personas que les llegaban como para poner a trabajar a quienes carecían de la preparación para desempeñar el trabajo que se desarrollaba allí. Otro problema importante fue la paralización de las administraciones locales ante el gran volumen de trabajo burocrático y contable que se generó dado el aluvión de recursos que fueron llegando desde las instituciones locales hasta el Consejo de Castilla. Según lo previsto los gastos originados se sufragarían con lo obtenido de la subasta de los bienes de las familias gitanas, pero muchas de estas tenían tan pocas posesiones que la mayor parte del gasto tuvo que ser pagado por las arcas del reino. Muchos motines se sucedieron durante los días siguientes destacando el de las mujeres gitanas en la Casa de la Misericordia de Zaragoza quienes se cuenta desgarraban sus ropas hasta quedar desnudas en señal de protesta.

Todo esto llevó a la Corona a interrumpir la redada general y conceder la liberación de muchos gitanos el 28 de octubre de 1749. Poco después daría inicio el reinado de Carlos III, que comenzó con una nueva actitud. En 1763 decretó el indulto de los afectados por la redada que en palabras del nuevo rey “hace poco honor a la memoria de mi hermano”. Los gitanos tendrían un plazo de tiempo para asentarse en cualquier lugar, a excepción de Madrid y los Reales Sitios, pasado el cual se les aplicarían las severas penas que recaían sobre los vagos, pues no se iban a quedar al margen la filosofía utilitarista de la época. El proceso se completó con la Pragmática de 1783 que inauguraba una nueva etapa en la relación entre el Estado y los gitanos, que dejarían de ser vistos como una minoría extranjera.

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Fernando VI por Louis-Michel van Loo

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