Megido, la primera batalla de la historia

La propia lógica humana nos lleva a pensar que nuestra especie lleva matándose desde que tuvo la capacidad para ello. Según el inherente avance de la humanidad continuaba su – a veces lenta – marcha, las técnicas para asesinar se iban refinando más y más. Mientras los babilonios gustaban de castigar a los infractores de la ley a latigazos con un pene de buey hecho tiras y secado al sol, los asirios sentían fascinación al arrasar ciudades y hacer comer lana y beber agua a sus cautivos hasta que literalmente estallaban por la hinchazón.

Pero, si a la poco refinada costumbre humana de la matanza le unimos el más sofisticado desarrollo de la escritura, obtenemos la primera batalla documentada de la historia. Para ello debemos remontarnos al 1457 a.C. durante el Imperio Nuevo de una de las civilizaciones más interesantes de la Historia Antigua: Egipto.

Egipto durante el Imperio Nuevo

 

Las fértiles tierras del Nilo han sido estudiadas durante siglos por los historiadores europeos, por eso, aunque esta milenaria civilización siga guardando grandes incógnitas, no es difícil tener una documentación de calidad hoy en día. La primera fuente gracias a la cual empezamos a conocer más de este territorio es Manetón, un egipcio helenizado que llevó a cabo un listado de faraones y escribió una historia general del territorio. ¿Por qué cuento esto en un artículo sobre una batalla? Básicamente porque fue el primero en agrupar a los distintos faraones en dinastías y consecuentemente ordenó la historia egipcia, sin embargo, estas dinastías no seguían un orden sanguíneo, sino que se cambiaba de número cuando se alteraba la continuidad por algún evento importante. Actualmente, gracias a los hallazgos arqueológicos, Manetón no es la fuente principal.

Para entender el Imperio Nuevo nos tenemos que remontar a su origen, cerca del 1800 a.C. con la caída del Imperio Medio. La dinastía XII, la última de este periodo, era incapaz de gobernar el vasto territorio que tenía a su mando y además tuvo que lidiar con una constante en la Historia Antigua, las presiones demográficas y migratorias en las fronteras. Un sinfín de imperios cayeron debido a este empuje en los primeros albores de la historia.

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En esta ocasión, fueron unos pueblos conocidos como los “hicsos” los que entraron por las fronteras del Bajo Nilo e impusieron a sus dirigentes como reyes por encima de los nomarcas de la nobleza endémica del Gran Río. Durante siglos, impondrían su gobierno y establecerían una serie de estados vasallos que debían pagarles impuestos para mantener una cierta autonomía.

Sin embargo, una ciudad se mantenía de cierta manera independiente y controlaba su territorio: Tebas. Allí, la que se conoce como dinastía XVI y posteriormente XVII llevaría a cabo una guerra de liberación que conseguiría expulsar a los hicsos y restaurar un Egipto unificado bajo un solo rey: Ahmose, que sería el fundador de la dinastía XVIII sobre el año 1550.

Esta dinastía comenzaría a extenderse por Asia y por África conteniendo a sus enemigos históricos: los nubios. La dinastía avanzaba y el equilibrio interno del país se fortalecía con cada reinado, entonces llegamos a Tutmosis I, cuya hija, Hatshepsut estaba destinada a reinar pero desafortunadamente para ella, sería obligada a desposarse con el futuro Tutmosis II por culpa de intrigas palaciegas. A su temprana muerte fue nombrado heredero Tutmosis III -nuestro protagonista de hoy-, pero era demasiado joven. así que Hatshepsut se hizo con la regencia.

Durante el segundo año de regencia decidió proclamarse faraona y Tutmosis III viéndose tan débil no tuvo otra opción que aceptar el poderío de su madrastra que, por cierto, también era su tía. Durante su gobierno se llega a uno de los periodos de estabilidad y riqueza más grandes de Egipto. Tomó los atributos de varón llegando incluso a llevar una barba postiza y fue ungida como faraona por los sumos sacerdotes. Después encabezó una serie de campañas contra los nubios, que tenían como costumbre atacar las fronteras para tantear las fuerzas de los nuevos faraones. Llevó a cabo varias campañas más en Nubia y también conquistó Gaza. Se piensa que uno de sus generales era el propio Tutmosis III.

A la muerte de Hatshepsut, Tutmosis III llegó al poder contando con un profesional y veterano ejército preparado para su campaña expansionista. Respecto a la anterior faraona, se cree que el nuevo monarca llevó a cabo una Damnatio Memoriae, es decir, borrar su rostro de todos los lugares y su presencia de la historia como si nunca hubiera existido. Sin embargo, una corriente actual de egiptólogos defiende que no fue así, que las relaciones entre ambos no fueron tan malas como se piensan y que quien llevó a cabo esto fue el clero del dios Osiris, entidad del panteón egipcio que fue ninguneado durante su reinado e incluso ella se hizo esculpir como si fuese tal deidad.

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Arqueros y mensajero durante el Imperio Nuevo

Tutmosis III quería emular a su abuelo, Tutmosis I que había extendido sus fronteras hasta tocar con el Éufrates. Pero, para ello, tendría que enfrentarse a una coalición de ciudades y reinos que se querían liberar de su yugo: los cananitas, el imperio Mittani, Kadesh y Megido.

Un breve inciso: el ejército egipcio

No se puede decir que Egipto fuera un estado puramente expansionista como otros de su época. Más bien basaba su sistema defensivo en mantener unos territorios de contención frente al peligro de otros estados, ciudades o tribus. Esto cambia en el Imperio Nuevo y se toman unas medidas expansionistas que pueden tener su explicación en la búsqueda de engrandecimiento del monarca.

Esto causa que, durante el periodo anterior al tratado en este artículo, los ejércitos estuviesen formados por campesinos reclutados por los nomarcas – la nobleza terrateniente – con una muy baja efectividad y preparación escasa. El hecho de que hasta este punto Egipto hubiera sobrevivido es que sus enemigos tampoco estaban excepcionalmente preparados para la guerra. Pero la llegada de los hicsos enseñará a este estado una dura lección, ya que podían ser doblegados por cualquier ejército que demostrase un poco de orden y táctica.

En el imperio nuevo esto cambiará radicalmente y tal vez sea esta otra razón por la que Egipto se vuelve más beligerante y expansionista. Surge una clase guerrera dispuesta a luchar y a vivir de eso, los soldados se profesionalizan y van convirtiéndose en una clase poderosa gracias a los pingües beneficios que le proveía el saqueo.

Aparecen también los carros de guerra, pero mucho más ligeros que los utilizados por los hititas o por los mesopotámicos. Con tan solo dos caballos, llevaban una “tripulación” de dos personas, una conduciendo y la otra con un arco compuesto y una lanza para el combate más cercano. No debemos olvidar que la guerra en esta época le debía mucho al arco, pues las armaduras de la época eran fácilmente perforables. Muy rara vez tenían armadura de escamas y un escudo, lo que solían usar eran tiras de cuero atadas alrededor del pecho. La parte baja no iba protegida, ya que el propio carro iba blindado. La perfección del sistema egipcio de combate sobre el carro era que lo utilizaban para la lucha a distancia, otros ejércitos preferían lanzarlos a la carga con afiladas cuchillas en sus ruedas, lo que causaba una auténtica carnicería.

También hubo avances en la infantería, se empezó a usar una espada conocida como “khopesh”, la que hemos visto infinidad de veces en películas y otros recursos visuales. Tenía la capacidad de apuñalar y cortar sirviendo también como una especie de garfio que servía para tirar los escudos enemigos. También se avanzó en las hachas, muy usadas por la infantería que seguía prefiriendo la espada.

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Khopesh

El arco compuesto, hecho con capas de hueso y madera fue usado por los egipcios dándoles una auténtica ventaja. Permitía llegar a una gran distancia y permitía penetrar las armaduras de escamas. Sin embargo, este tipo de arcos requerían un mantenimiento especial, ya que había que cambiar las cuerdas más a menudo y hacía falta la ayuda de una segunda persona y muchísima fuerza. También se solían cubrir para evitar que la humedad los destrozara. Además, eran especialmente difíciles de construir y no los compraban de fuera; así que, muchos todavía usaban el arco recurvo o el arco simple.

Posteriormente, también se usarían mercenarios para completar sus filas, como los Sherden, de los pueblos de mar, libios e incluso Mittanos o hebreos.

La batalla

Tutmosis III fue posiblemente uno de los faraones más importantes, alcanzando la máxima extensión territorial de su época. Pero para el comienzo de su reinado estaba hambriento de fama y tuvo que lidiar con una revuelta inicial en el Levante oriental, concretamente en Siria. Las provincias al norte de donde se produjeron las revueltas intentaron usar estas como tapón y cambiaron su vasallaje al Imperio hitita y a Mittani. Rápidamente se formó una confederación para enfrentarse a Egipto dirigida por Kadesh y por Megido, dos ciudades-estado monárquicas. Además, la rebelión de estos territorios cortaba la vía fundamental de comercio entre las tierras del Nilo y la también rica Mesopotamia.

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Hititas contra egipcios en la Batalla de Qadesh

 Para esta campaña el faraón reuniría cerca de 20.000 hombres de los cuales 1000 iban sobre temibles carros y que se enfrentarían a los 15.000 formados por distintos clanes, tribus y ciudades. Es destacable explicar su ruta, pues hicieron cerca de 500 kilómetros desde Tjaru, una fortaleza donde empezaba el camino que llevaba hasta el Levante, hasta Megido. De Tjaru fue a Gaza, ciudad conquistada por Ahmose y que se había mantenido fiel; 11 días después llegaron a Yehem, donde Tutmosis no tuvo más remedio que enviar exploradores para intentar adivinar la ruta del ejército enemigo, ya que se podían seguir tres rutas: dos relativamente fáciles y una muy arriesgada en la que debía atravesar un peligroso y sinuoso desfiladero donde las posibilidades de una emboscada eran enormes. Tutmosis III, utilizando un razonamiento de psicología inversa decidió tomar este último camino, y acertó pese al intento de sus oficiales de disuadirle. El acierto fue tal que consiguió evitar así destacamentos importantes de tropas que había desplegado el rey de Kadesh en los otros dos caminos y, además, conquistar la ciudad de Aruuna, que estaba casi desprovista de guarnición. ¿Estamos ante una de las primeras muestras de inteligencia y contrainteligencia militar? No tenemos respuesta a ello, pero el rey-guerrero se había plantado con su ejército a las puertas de uno de los bastiones enemigos.

Esa noche, Tutmosis ordenó acampar y cuando el campamento enemigo se encontraba en el más absoluto silencio sacó a todas las tropas de sus tiendas y marchó sobre ella. A la mañana siguiente atacó inesperadamente con una formación cóncava que cubría los dos flancos enemigos con lo cual la bolsa era fácilmente previsible. El propio Tutmosis luchó en la batalla en la que los rebeldes se vieron superados y tuvieron que huir sin remedio corriendo a la ciudad. Tal era su desesperación que tuvieron que subir las murallas escalando porque la puerta había sido cerrada. Muchos murieron en la desbandada general.

Sin embargo, Tutmosis decidió no atacar, lo que habría significado una conquista rápida, sino que decidió sitiarla. Craso error, pues tardaría 7 meses en caer en sus manos. Sin embargo, finalmente sería suya y con ello la recuperación de sus territorios en el levante. El rey de Kadesh consiguió escapar, pero Tutmosis cogió a sus hijos -y al del resto de derrotados- como rehenes para educarlos al estilo egipcio y permitirles luego gobernar. Además, el saqueo se saldó con muchas ganancias, entre las que destaca un carro de oro y cerca de 300 prisioneros.

Las bajas fueron altas para ambos bandos, cerca de 5000 hombres perdieron la vida en el bando egipcio mientras que unos 8000 perecieron entre los rebeldes. Son unas cifras que cuestan imaginar hace 3400 años pero que se recogen en las fuentes escritas.

¿Cómo tenemos constancia de esta batalla?

La batalla como tal, no es la más épica, la más valerosa, ni la más costosa. Sin embargo, sí la más antigua que conocemos y en la que está documentado un balance de bajas, heridos y botín. Además de la estrategia llevada para el combate.

Generalmente, lo sabemos por las escrituras jeroglíficas que se encontraron en el templo de Amón en Karnak en Tebas, que fueron hechas por Tjaneni, un escriba que acompañó a Tutmosis III durante sus campañas y recopiló toda la información. También se narran los hechos en diferentes estelas como la de Gebel Barkal o la del templo de Ptah, también en Tebas.

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Tutmosis III representando en Amon el Karnak

 

 

 

 

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