El Tratado de Tordesillas, ¿Un error de Castilla?

 Las relaciones hispano-portuguesas

En la primera mitad del siglo XV podemos hablar de una superioridad tecnológica y en cuanto a descubrimientos de Portugal sobre Castilla. Bien es cierto que al Tratado de Tordesillas no se llega por meros motivos económicos sino que debemos establecer una serie de diferencias históricas que anteceden al tratado.

Después de una serie de encuentros luso-castellanos  entre los reyes y nobles de Castilla y Portugal durante la primera mitad del siglo XV, llegamos a 1479, año en el que se firma el Tratado de Alcaçobas. En él se fija lo que posteriormente dará lugar al Tratado de Tordesillas ya que Juana la Beltraneja es ingresada en un convento portugués en el que pasará el resto de sus días hasta 1530. Este hecho da lugar a las posteriores rivalidades entre coronas que se dan entre Castilla y Portugal y hace que la realeza se posicione. En dicho tratado también se reconoce el monopolio portugués sobre las islas atlánticas a excepción de Canarias y sobre las islas de África.

Como conclusión a esta breve introducción sobre las relaciones hispano-portuguesas podemos afirmar que mientras que Castilla había perdido el tiempo en unirse con Aragón y en echar de la península al invasor musulmán, Portugal había invertido tiempo, medios y dinero en conquistar nuevos territorios. Pero esta situación se irá revirtiendo en la última parte del siglo XV y más en concreto en 1492, cuando España conquista América gracias a Colón, que había visto frustrado su primer viaje por la falta de financiación de la corona portuguesa.

 Zona de influencia de ambas y últimas expediciones

Durante el siglo XV los reinos hispánicos hicieron una expansión marítima y territorial, sobre todo en las islas del espinazo central del Océano Atlántico y también en las tierras continentales de África, en particular Marruecos, el Sahara y Guinea. A ello les mueve la guerra santa, la Reconquista, ya que Hispania había tenido esos territorios en tiempos del Imperio Romano (contraataque territorial a los musulmanes) pero sin duda debemos destacar las motivaciones geopolíticas (dominación del estrecho).

Frente a las hazañas conquistadoras en el continente africano por parte de los reinos hispánicos se encontraba la ambiciosa Portugal, que se propuso combatir al Islam conquistando el reino de Fez, parte de las islas atlánticas (excepto Canarias) y siguiendo con la exploración de África desde el golfo de Guinea hasta la extremidad meridional. Debemos señalar entre estas motivaciones algunos estímulos complementarios como la expansión territorial, la expansión de nuevos mercados, la sed de aventuras, el proselitismo evangélico y la fácil granjería entre otras cosas.

Llegados a este punto hay que resaltar el interés por las Indias pero de momento nos vamos a centrar en la consolidación de las posiciones en el atlántico. Aunque hemos destacado un adelantamiento de Portugal sobre Castilla en la parte introductoria del ensayo esto no fue del todo así. Durante la primera mitad del siglo XVI Castilla estuvo preocupada territorialmente hablando (obviamos la reconquista peninsular) casi por completo en la conquista de las Canarias.

Sin embargo, Portugal, con las manos libres en la Península Ibérica después de dar remate a la Reconquista se encontraba en condiciones privilegiadas para acometer cualquier empresa exterior, llevando por buen cauce las actividades militares y mercantiles de sus súbditos, siempre orientadas hacia la constitución de un poderoso imperio. Portugal encontró en Juan I al hombre sagaz que supo imponerle un destino propio con plan bien marcado. Dicho plan consistía en buscar al otro lado del mar, alem mar. Es así como en 1415 el rey lusitano con una brillante flota se apodera de Ceuta con su hijo Enrique como testigo pero en 1437 sufriría el duro revés de chocarse contra los muros de Tánger. Ya en 1433 se percataron de que era mejor idea la exploración de las costas occidentales del continente africano y es aquí donde Portugal tuvo que vencer la leyenda y el mito, pues se encontraban ante el reo de cruzar el mar Tenebroso y el cabo de Non, destacando la dificultad posterior al paso del cabo Bojador en la ruta de Guinea (más de quince intentos). Tras Juan I y el rey don Duarte le sucedió ante la minoría de edad de Alfonso V el infante Enrique. Él fue el encargado de realizar las empresas de este segundo periodo de exploraciones, llegando a cabo Blanco y las bocas del Senegal por Nuño Tristao en 1443 y 1444 respectivamente, también al arribo de Dinis Dias a Cabo Verde en 1445 y a la estancia de Álvaro Fernandes en cabo Rojo en 1446, todo ello en la llamada “tierra de negros” (Guinea).

El tratado de Alcaçobas

Después de la guerra de sucesión a la corona de Castilla, en la que Portugal y Alfonso V apoyaron con las armas la causa de doña Juana contra doña Isabel y don Fernando, se avecinaba el verano de 1479 y con él unas duras y lentas negociaciones  en las que participaron por parte de Castilla el doctor Rodrigo Maldonado de Talavera y en representación de Portugal Joao de Silveira. Dichas negociaciones tenían como fin principal una paz duradera. De esta forma el 4 de septiembre de 1479 tuvo lugar el encuentro en la villa de Alcaçobas.

 La reina Isabel estampó su firma en Trujillo el 27 de septiembre, aunque la ratificación se llevó a cabo en Toledo en el invierno de 1480, en presencia del embajador portugués. De esta misma forma lo hizo el rey Alfonso V el 8 de septiembre en Évora.

De las capitulaciones convenidas en las Alcaçobas hay dos que destacan. Por un lado tenemos el conocido como tratado de las Tercerias de Moura, en el que se zanjó el pleito dinástico, así como sus estipulaciones matrimoniales. Por otro lado tenemos otro segundo acuerdo o tratado que afecta de lleno a la cuestión africana y atlántica mediante la cual se dividía el Atlántico entre Castilla y Portugal. Debemos decir también que este tratado ratificaba en su plenitud al tratado de Medina del Campo, firmado en 1430 y vigente hasta la guerra de sucesión.

Del articulado de este último tratado que afecta a la cuestión africana podemos destacar dos capítulos principalmente que hacen referencia al reino de Fez, Canarias y al comercio afroatlántico: del Reino de Fez resalta que Castilla renuncia a la conquista de este reino en su totalidad, de Guinea y las islas atlánticas se acuerda la navegación exclusiva por parte de Portugal, de las islas Canarias se llega a la conclusión de que pertenecen a Castilla con extremada exclusividad y del comercio con Guinea se acuerda que pertenece a Portugal ofreciendo Castilla a ésta protección para sus navegantes si fuera necesario en las aguas atlánticas.

En definitiva, el Tratado de Alcaçobas reconocía el dominio portugués absoluto sobre el reino de Fez, las islas atlánticas portuguesas y las dilatadas provincias de Guinea. Todo esto Castilla lo hizo a cambio de su total control de las islas Canarias. Por otro lado estaban la navegación y el comercio, en las que Portugal adquirió una situación privilegiada pero Castilla abarcaría todo el territorio desde el paralelo de las Canarias hasta el océano Atlántico.

Firmado el tratado y con él en las manos, Portugal acudió a la corte pontificia con la intención de ganarse el respaldo de los derechos por parte de los papas. De esta forma consiguió la conocida bula Aeternis Regis el 21 de junio de 1481 del papa Sixto IV, que dio el cabo Bojador, hasta entonces infranqueable para el comercio y utilizando aguas atlánticas hasta Río de Oro. Esto no se llevó a cabo del todo ya que era un asunto demasiado conflictivo para los diplomáticos de Alcaçobas, aunque sí se abordó por completo en 1494 en Tordesillas. En cuanto al África Occidental se refiere, este tratado evita mencionar situación alguna pero sí reconoce la presencia castellana en dicho territorio.

Como conclusión critica a este tratado deducimos desde la simplicidad de los hechos lo beneficioso que fue para Portugal y lo desfavorable para Castilla, exceptuando las Islas Canarias. Esta desigualdad entre ambos reinos se debe a la falta de experiencia de los Reyes Católicos y a su desbordamiento ante el contexto histórico en el que se encontraban, ya que además del problema con Portugal había que sumarle los conflictos de reconquista peninsulares, la restauración monárquica posterior a la guerra y la estructuración del Estado (unión de Castilla y Aragón).

 El Tratado de Tordesillas

Ya hemos señalado que tras la firma del tratado de Alcaçovas impera durante catorce años una paz perfecta entre Castilla y Portugal. Además, el enlace matrimonial entre las casas reinantes, Trastámara y Avis, contribuye a resellar los vínculos de sangre. Pero el arribo del almirante Cristóbal Colón a Lisboa el 4 de marzo de 1493, de retorno de las supuestas indias, va a abrir una nueva etapa de rivalidad y reivindicaciones, que no hicieron sino poner al rojo vivo las relaciones entre los dos grandes pueblos descubridores.

Es en este momento donde debemos hacer una breve referencia al viaje emprendido por Cristóbal Colón con tres navíos entre el 3 de agosto de 1492, en que parte de Palos, y el 15 de marzo de 1493, en que da la navegación por concluida. Pero han de ser tres las fechas que se destacan en este ámbito, tres fechas claves, el 12 de octubre de 1492, cuando descubrió el Nuevo Mundo (él estimó como la extremidad oriental del viejo). El 25 de diciembre, cuando construyó el fuerte de la Navidad en la isla La Española con los restos de la Santa María, naufragada anteriormente. Y el 16 de enero de 1493, cuando emprendió el regreso a la Península exultante de gozo por haber logrado coronar con éxito sus objetivos. También hemos de añadir que había en la Andalucía de por entonces un servicio de espionaje portugués, con mil ojos y otros tantos tentáculos, contra el cual montaron los reyes católicos una red poderosa de contraespías.

El arribo forzado a Lisboa del almirante Cristóbal Colón a bordo de la carabela La Niña, y su entrevista con el monarca portugués Juan II, han de merecer nuestra atención por los puntos de vista contrapuestos, pues serán el inicio de la conversación del Tratado de Tordesillas.

Colón siguiendo las instrucciones expresas de sus regios patronos se había abstenido de navegar por las costas de África, conforme a los tratados suscritos entre ambas coronas. Pero esta circunstancia provocó la primera confesión que se promulgó en Lisboa, pues desde Portugal se afirmaba que Colón no venía de Guinea sino de las Indias. Esta situación produjo la amenaza de una laboriosa negociación directa que puso en juego sus títulos y privilegios. Tras esto, desde Lisboa Colón escribió una apresurada carta a Fernando e Isabel con los pormenores y noticias del descubrimiento y, en vista de los acontecimientos, redactó con ánimo sobrecogido una segunda misiva para los soberanos protectores dando la voz de alarma.

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Página original del Tratado

En la carta-respuesta de los reyes católicos escrita en Barcelona el 30 de marzo se hace eco de la inminente amenaza. Por tal motivo deciden acelerar al máximo la segunda expedición descubridora. Fernando e Isabel incitan al descubridor a que tome en la capital bética cuantas medidas considere oportunas para el apresto de la nueva expedición a Oriente. Ante ello, el almirante Colón hizo su entrada en Barcelona, residencia temporal de la corte, a mediados de abril de 1493, recibiendo todos los títulos y honores que se le habían prometido en Santa Fe, los cuales le fueron inmediatamente ratificados y confirmados, a la vez que recibía nuevas mercedes y gracias.

De cara a la segunda expedición los Reyes Católicos expidieron medio centenar de provisiones, cédulas y albalaes para el apreso de la poderosa armada, destacando esta expedición por la espléndida flota de 17 embarcaciones, llevando a bordo 1.500 hombres y destacando los nombres de 3 naos; Marigalante, Gallega y Capitana y de tres carabelas; Niña, San Juan y Cardera. Entre las personas más destacadas podemos señalar a Diego Colón, Antonio de Torres, Pedro Margarit, Fray Bernardo Boyl, Bernal Díaz de Pisa, etcétera.

Cuando los preparativos de esta expedición estaban en su momento culminante, una voz de alarma se extendió por todos los puertos. Portugal haciendo caso omiso de preferencias y tratados se disponía a tomar una resolución que traería consigo la guerra de no ser atajada a tiempo por Don Enrique de Guzmán, enviando éste una carta dirigida a los Reyes Católicos en la segunda quincena de abril de 1493 y siendo ésta contestada por los monarcas hispanos el 2 de mayo.

Esta valiosa información nos otorga la prueba de que la movilización de embarcaciones en los puertos andaluces de la vertiente atlántica debió ser general. Y es que, ante la amenaza de peligro los Reyes católicos no vacilaron en levantar la moral del descubridor. El propio Almirante Colón en vísperas de la partida para acometer la segunda exploración denunció a los soberanos de Castilla el viaje emprendido por una carabela desde la isla de Madeira, con objeto de alcanzar tierras ignotas de Oriente. Sin embargo la corona española vuelve a tranquilizar a su almirante al condenar a los violadores del espacio oceánico recién descubierto.

Para mayor seguridad fue concentrada en el estrecho de Gibraltar la armada de Vizcaya, con la misión de bloquear la vía marítima de comunicación entre Portugal y guinea-África del sur, cesando de esta forma las hostilidades.

Sin embargo, Portugal conocía la decisión de los Reyes Católicos de defender a toda costa la primacía de la navegación oceánica y la posesión de las tierras descubiertas en las riberas habitadas de Asia, de momento, por pueblos salvajes. Pero la guerra estaba decidida y pervivía la firme convicción de que la paz era posible mediante una negociación diplomática transigente y flexible.

El primer paso lo da en este sentido Portugal mediante el envío de un mensajero. De este mismo modo sigue con la negociación Castilla, pues envía un mensajero a Portugal, quien le recuerda a Juan II su limpia y rigurosa actuación después de la firma del tratado de Alcaçovas. De esta manera Fernando e Isabel invocan nuevos derechos nacidos del descubrimiento oceánico, lo que nos evidencia que la argumentación de los monarcas hispanos era de una solidez lógica aplastante. Posteriormente arribó a la corte española un tercer mensajero, Hablamos del gentil hombre Duarte de Gama, quien ratificó lo dicho por Rui de Sande (primer mensajero) para pedir que a partir de la llegada de los embajadores a la ciudad condal no se enviasen nuevos barcos durante sesenta días, en tanto continuaban las negociaciones.

Entre que los mensajeros iban y venían, los Reyes Católicos movieron a sus representantes en Roma para que el pontífice reinante, Alejandro VI, les concediese las pertinentes bulas de soberanía sobre los mares y tierras recién llegadas, respaldando de esta manera los derechos nacidos del descubrimiento y la ocupación. Por ello en agosto del año expresado, ya tenían reservadas en su cámara, con el mayor sigilo, las bulas de dominio. Esta circunstancia endurecerá la posición de los soberanos de Castilla, pues tras una embajada lusitana que arribó en Barcelona, se produciría al día siguiente la petición de un arreglo de la partición. Pero la interpretación de los portugueses es tan disparatada como absurda. El paralelo de las Canarias como línea divisoria del Océano entre Castilla y Portugal no se sostenía en pie. Pasados unos meses los Reyes Católicos tomaron la iniciativa de una segunda negociación designando como embajadores a dos prestigiosos cortesanos Pedro de Ayala y García López de Carvaja. Se producía en el mes de noviembre de 1492 y venía a ser una recapitulación rigurosa y exacta de cuantos derechos habían sido invocados hasta entonces por la corte de Castilla. La única novedad era la atrevida proposición de designar una comisión de arbitraje. Estos embajadores fueron recibidos con frialdad en Portugal.

Por otro lado y realizando un breve inciso debemos aclarar que la gestión de las bulas se lleva a cabo en Roma entre los meses de abril y septiembre de 1493, pues la laboriosa negociación estuvo en manos de Diego Lopez de Haro y los procuradores Bernardino López de Carvajal y Juan Ruiz de Medina.

Se ha discutido mucho sobre si las bulas se expidieron simultáneamente o sucesivamente. Ante la disyuntiva nos inclinamos por la última solución al considerar que hubo resistencia a la otorgación por parte del soberano pontífice que fue preciso vencer de manera paulatina. La trama interna de las bulas en la corte pontificia no es desconocida, sólo cabe señalar que fueron cinco, con los siguientes nombres de identificación y fecha; Intercaetera del 3 de mayo, Eximie Devotionis del 3 de mayo, InterCaetera del 4 de mayo, Piis Fidelium del 25 de junio y Dudum Siquiem del 26 de septiembre.

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Inter Caetera, correspondiente al 3 de mayo, atribuyendo el Papa a la corona española las tierras que ya habían descubierto y las que pudieran descubrir en un futuro, dirección a la India.

Inter Caetera,  del 4 de mayo, produciéndose una repartición mediante una línea de polo a polo, al oeste de las Islas Azores y Cabo Verde. Quedando atribuidos los territorios occidentales a  Castilla y los orientales a  Portugal respectivamente:

  • Eximiae Devotionis, del 3 de mayo, concediéndole los mismos privilegios a la corona de castilla en sus territorios que a la corona de Portugal en los suyos, esta bula era igualatoria para ambos mandos.
  • Piis Fidelium, del 25 de junio, produciéndose facilidades para que pudieran elaborar una mejor forma de llevar a cabo su función misional f(religiosa) por la que tanto empeñó tenían.
  • Dudum Siquidem, del 26 de septiembre, ampliaba la primera Inter Caetera, señalando que corresponderían a los castellanos las tierras que hubiera hacia la India.

Como vemos, en las bulas InterCaetera de 1493 (base y soporte del tratado de Tordesillas) se fundamenta un claro propósito evangelizador. Éste traerá consigo la proclamación de la libertad del hombre, pues en un principio se dirá que nadie será forzado. Por lo tanto, en el ánimo de los Reyes católicos al igual que en el de su almirante, estaba latente el propósito de evangelizar las islas y las tierras que se pudieran en la ruta a la India. Pero como era de esperar este objetivo espiritual no prevalecía sobre aquellos otros de carácter político y material.

Sin desviarnos del tema por completo, destacaremos que la opinón de Colón sobre los indios de América seguía la línea de conducta lusitana. Esta conducta admitía un tiempo la esclavitud del infiel y posteriormente apostaba por su conversión sin discriminaciones ni sutilezas de ninguna especie. En este aspecto es un gran discípulo de don Enrique el Navegante, pues no hizo el almirante más que pisar el Nuevo Mundo cuando intuyó, dada su aparente pobreza, que el lucrativo de los negocios sería la venta de los aborígenes en los mercados esclavistas europeos. Hacía hincapié en la gran utilidad que éstos podrían dar en los primeros momentos de la colonización de América. De esta forma, el problema de la libertad indígena se planteó en medio de dudas y vacilaciones, en circunstancia de gran similitud con los canarios.

Los indios que se sometieron pacíficamente vieron su libertad respetada pero aquellos que se rebelaron, una vez reducidos a cautividad, fueron pasaportados para España con el fin de nutrir con sus cuerpos los mercados esclavistas europeos. Las primeras remesas de estos arribaron a la metrópoli en 1495. En un segundo viaje Colón ofrecía a los Reyes Católicos la venta de esclavos como señuelo económico y cuando llegaron a Castilla los indios, los Reyes Católicos fueron consultados sobre el destino que deberían darse a los cautivos. La resolución regia no se hizo esperar ya que el 12 de abril de 1495, pero un lustro tardó la comisión de letrados, teólogos y canonistas en evacuar el dictamen que les fue pedido. Al fin fue depositado éste en mano de los Reyes Católicos habiéndose perdido incluso. Sólo nos es conocida la inmediata resolución que tomaron los soberanos en favor de la libertad de los indígenas mediante la Cédula Real dirigida por Pedro de Torres con fecha el 20 de junio de 1500. Aclarado este entuerto, retomaremos las negociaciones diplomáticas entre Castilla y Portugal a causa del descubrimiento de América y las consiguientes rivalidades y disputas por el dominio del Océano.

Los españoles exigían el cese inmediato de las expediciones del Atlántico y los lusitanos pretendían un trato de reciprocidad por espacio de sesenta días para dar tiempo a un amistoso arreglo. Ahora bien, la partida del almirante Cristóbal Colón de Cádiz el 26 de septiembre de 1493 con una poderosa flota de 17 navíos fue considerada por los lusitanos como un desafío, paralizando por completo los tratos que levemente se habían iniciado. Pero mediaron por un lado y por otro voces de conciliación que condujeron a la convocatoria de una conferencia en firme .El lugar elegido fue la villa de Tordesillas y la fecha de inauguración quedo fijada en el mes de marzo de 1494. La representación de España recayó en la persona de Enrique Enríquez, mayordomo real y de la corte y tío, por línea materna, de Don Fernando. También recayó en Don Gutiérrez de Cárdenas, comendador mayor de León y contador mayor del reino, y en el doctor Rodrigo Maldonado Talavera, preeminente consejero. La representación por parte de Portugal era de similar categoría y relieve, pues la componían Rui de Sousa, señor de sangre y beringel; Pedro de Sousa, y su hijo, Aires de Almada.

La negociación tenía como base los derechos de cada una de las partes, los cuales conviene que puntualicemos con el mejor orden y brevedad:

Los derechos de Castilla del Océano y de las tierras recién descubiertas reclamaban:

  • La exploración del mar océano hasta entonces por nadie navegado.
  • El descubrimiento, exploración y ocupación de las islas y tierras en poder de infieles.
  • Las bulas de dominio y demarcación Intercaetera, de 3 y 4 de mayo, que concedieron a dicho reino el dominio de mares y tierras situadas a cien leguas del meridiano de las Islas Azores y Cabo Verde, siempre a occidente.
  • La bula Eximiae Devotionis, del 3 de mayo, que otorgo al mismo reino idénticos privilegios a los que disfrutaba Portugal en Guinea y la Mina de oro.
  • La bula Dudum diquidem, del 25 de septiembre, que admitió la posibilidad de que navíos castellanos, navegando a poniente, descubriesen islas y tierra firme en la isla india.

Por otro lado, los derechos de Portugal en el Atlántico sur y en África reivindicaban:

  • El descubrimiento, explotación y ocupación de las tierras de Guinea, la Mina de Oro y África desde los cabos de Bojador y Nam.
  • Las bulas de dominio sobre dichos territorios Rex Regum (1436), Rex Regum (1443) y Romanus Pontife (1455). Esta última señalaba a la India como meta de los lusitanos.
  • El tratado de Alcaçovas que asignaba a Portugal el dominio, la navegación y el comercio de la zona costera de África desde las islas canarias para abajo contra Guinea.

Como puede verse la balanza era favorable, en todos los sentidos, para Castilla. Lo que bien es cierto es que si se buscaba una avenencia o transacción, estaba claro que una de las partes (la más poderosa), tenía que ceder. De la negociación en sí misma no se sabe nada, salvo la postura transigente de Fernando e Isabel, propicia a correr la línea demarcadora en aras del buen entendimiento, la paz y la amistad. Para los Reyes Católicos la decisión a tomar en la conferencia de Tordesillas era tan transcendente que optaron por trasladarse a orillas del Duero para seguir bien de cerca los conciliábulos diplomáticos. Su entrada en Tordesillas se produce en la temprana fecha del 8 de mayo, manteniéndose en la villa sin interrupción hasta el 7 de junio, fecha en la que quedó perfilado el tratado, procediéndose al acto solemne de la firma. Por lo que respecta al rey de Portugal, iban a venir sin interrupción los correos para tenerle al tanto de la marcha de las negociaciones.

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Pero no iba a ser todo tan sencillo, pues hay que señalar otra circunstancia de nota. Según el testimonio del cronista Resende, la red de espionaje lusa funcionó en Tordesillas en la primavera de 1494 con una eficiencia verdaderamente admirable. Durante las negociaciones los embajadores portugueses, favorecidos por el servicio de postas señalado, recibían informes anticipados, por vía de Lisboa, de todo cuanto posteriormente les iban a proponer los delegados castellanos, lo que permitía a Juan II dirigir personalmente la discusión con instrucciones directas.

 Al fin, el 7 de junio en el noble lugar de Tordesillas se da lugar a un segundo tratado dando punto y final a una problemática que tenían desde tiempo atrás sobre lugares de África. Es este el momento en el que se dividiría el Reino de Fez para resolver problemáticas entorno a zonas de pesca, territorios, etc. El pacto para Castilla tendrá gran importancia ya que la corona de Castilla había concluido la Reconquista, radiando la zona de conquista y produciéndose algo muy importante para esta época como es la difusión del cristianismo. Por ello, la negociación se llevó a cabo sin la presencia de los reyes, los cuales habían delegado sus poderes en los representantes. Decidieron por seguridad de ambas potencias darse un tiempo prudencial para la buena consecución de lo que sería un periodo estable entre ambas naciones tras la firma del tratado.

Consecuencias del tratado; ¿Error o acierto de Castilla?

Llegados a este punto, debemos entender el sino del tratado de Tordesillas en el que se habla tanto de los derechos de Castilla como de los de Portugal y que ha sido considerado tan beneficioso para Portugal como perjudicial para Castilla. Aunque esto es cierto, tampoco conviene exagerar los beneficios por la nación lusitana a favor de una suerte imprevisible por aquel momento.

Por otro lado, la reclamación de Portugal carecía de sentido y de una base jurídica sólida. El tratado precursor de Alcáçovas era específico y claro, no daba lugar a dudas y menos todavía a algún tipo de interpretación falsa. Los derechos de Portugal en la Mina de Oro son el resultado de la ocupación, el descubrimiento y las concesiones pontificias. Básicamente lo mismo que decimos de Castilla en cuanto al Océano y las tierras recientemente descubiertas.

En cuanto a lo ocultado por algunos historiadores de los diplomáticos castellanos y a la condescendencia demasiado generosa de Fernando e Isabel, se pueden alegar exculpaciones. Se piensa que lo que España daba a Portugal basándose en la cartografía de la época correspondía a una extensa superficie de mar, donde apenas se podrían encontrar más islas. En contrapartida aseguraron los territorios al otro lado de la línea demarcatoria, incluyendo las del sur del paralelo de Canarias, por las que tanto interés había mostrado desde un primer momento Portugal. Esto puede ser la respuesta a la buena satisfacción con la fue recibido el tratado por ambas partes y a la necesidad de una paz entre naciones hermanas (religiosa y étnicamente hablando) que no acababa de llegar.

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